viernes, 20 de julio de 2018

Carta de León Trostki al Presidium del PCUS, acusándolo del suicidio de su hija

Trostky con Zinaida Volkova

11 de enero de 1933

A todos los miembros del Comité Central del Partido Comunista de la URSS
Al Presidium del Comité Ejecutivo Central de la URSS
A todos los miembros de la Comisión de Control Central del Partido Comunista de la URSS 



Trostky, su esposa Natalia Sedova,
y su hijo León Sedov, asesinado en
París por orden de Stalin. Turquía,
Alma Ata.
    Considero necesario informarles cómo y por qué se suicidó mi hija.
    A fines de 1930 ustedes accedieron a mi pedido de autorizar a mi hija Zinaida Volkova, enferma de tuberculosis, a venir por un tiempo a Turquía, acompañada de su hijo Vsevolod, de cinco años de edad, para hacerse un tratamiento. No sospeché que detrás de esta actitud liberal de Stalin se ocultaba un motivo ulterior.
     Mi hija arribó a este lugar en enero de 1933, sufriendo de neumotórax de ambos pulmones. Tras diez meses de residencia en Turquía, logramos obtener -a pesar de la oposición permanente de los representantes soviéticos- un permiso para que fuera a tratarse a Alemania. El niño se quedó en Turquía con nosotros para no molestar a la enferma. Pasado un tiempo, los médicos alemanes creyeron posible curar el neumotórax. La enferma empezó a recuperarse y soñaba tan sólo con volver con su hijo a Rusia para reunirse con su hija y con su esposo, un bolchevique leninista exiliado por Stalin. 
León Sedov, hijo de Trostky,
con su propio hijo
     El 20 de febrero de 1932 ustedes publicaron un decreto en virtud del cual, no sólo mi esposa, mi hijo y yo, sino también mi hija Zinaida perdíamos la ciudadanía soviética. En el país extranjero al que ustedes le permitieron viajar con pasaporte soviético, mi hija se ocupó únicamente de su tratamiento. No participó en la vida política, no podía haberlo hecho debido a su estado de salud. Evitó todo lo que podría provocar "sospechas" en su contra. El hecho de privarla de su ciudadanía fue un miserable y estúpido acto de venganza en mi contra. Para ella, este acto de venganza significaba romper con su hijita, su esposo, su trabajo y todo lo que constituía su vida normal. Su salud mental, ya perturbada por la muerte de su hija menor y por su propia enfermedad, sufrió un nuevo golpe, tanto más atroz cuanto que fue totalmente sorpresivo y de ninguna manera provocado por ella. Los psiquiatras declararon unánimemente que sólo el retorno a su situación normal, con su familia y su trabajo, podría salvarla. El decreto del 20 de febrero coartó precisamente esta posibilidad de salvarla. Todos los demás intentos fueron, como ustedes saben, en vano. 
Trostky, con su hija Zinaida, que se
suicida con 29 años de edad
     Los médicos alemanes insistían en que si se le permitía, al menos, reunirse con su hijo lo antes posible, había una posibilidad de devolverle su equilibrio mental. Pero las dificultades del traslado de Estambul a Berlín se multiplicaron puesto que el niño de seis años también perdió la ciudadanía soviética. Durante seis meses realizamos esfuerzos constantes, pero inútiles, en diversos países europeos. Sólo mi viaje inesperado a Copenhague nos brindó la oportunidad de llevar al niño a Europa. Con la mayor dificultad, éste realizó la travesía a Berlín en seis semanas. Pero no había estado con su madre siquiera una semana, cuando la policía del general Schleicher, de común acuerdo con los agentes stalinistas, resolvió expulsar a mi hija de Berlín. ¿Adónde? ¿A Turquía? ¿A la isla de Prinkipo? Pero el niño debía ir a la escuela. Mi hija tenía necesariamente que recibir atención médica permanente y condiciones de trabajo y una vida familiar normales. Este nuevo golpe superó la capacidad de resistencia de la enferma. El 5 de enero se asfixió con gas. Tenía treinta años.
Natalia Sedova,
esposa de Trostky
En 1928 mi hija menor Nina [Nevelson], cuyo marido fue encarcelado por Stalin hace cinco años y todavía se encuentra incomunicado, debió ser hospitalizada, poco después de que yo fuera exiliado en Alma-Ata. Se le diagnosticó una tuberculosis aguda. Me dirigió una carta puramente personal, sin la menor mención de cuestiones políticas; ustedes la detuvieron durante setenta días, de modo que cuando le llegó mi respuesta ella había muerto. Tenía veintiséis años.
     Durante mi estadía en Copenhague, donde mi esposa inició un tratamiento para curarse de una grave enfermedad, y donde yo me preparaba para someterme a una cura, Stalin, por intermedio de la agencia TASS, ¡denunció falsamente a la policía europea que en Copenhague iba a celebrarse inminentemente una "conferencia trotskista"!. Eso le bastó al gobierno socialdemócrata danés para hacerle a Stalin el favor de expulsarme con premura febril, con la consiguiente interrupción del tratamiento que mi esposa necesitaba. Pero en éste, como en tantos otros casos, la unidad de Stalin con la policía capitalista obedecía a objetivos políticos. Aun así la persecución de mi hija no tuvo ni un asomo de sentido político. La pérdida de la ciudadanía soviética y, con ello, la única esperanza de volver a un ambiente normal y recuperarse, junto a su expulsión de Berlín (indudablemente un servicio que la policía alemana le prestó a Stalin) no constituyen más que un acto de venganza miserable y estúpido. Mi hija conocía perfectamente su situación. Sabía que no podía estar segura en manos de la policía europea, que la perseguía a pedido de Stalin. Era consciente de ello, y murió el 5 de enero. Se califica a esa muerte de "voluntaria". No, no fue voluntaria. Stalin la obligó. Me limito a informar, sin sacar conclusiones. Ya vendrá el momento de hacerlo. El partido regenerado lo hará.[1]


[1] Permítame el lector tomarme la licencia de dedicar la edición de esta carta, con mucha admiración y no poca melancolía, al historiador Lepoldo Moscoso Saravia, gran amigo de mi juventud universitaria, militante entonces de la L. C. R.  y un excelente y culto conversador. Esta durísima carta, en la que levanta la voz contra ese animal devastador que fue Josep Stalin, apareció publicada originalmente en The Militant, el 11 de febrero de 1933. Sobre las circunstancias descritas en es asesinato de su hijo, en la red podéis encontrar “El asesinato del hijo de Trotsky, León Sedov”, de Antonio de la Serna, en el que merece la pena detenerse.




León Trotsky


TOMADO DE: http://cartasenlanoche.blogspot.com/2012/01/carta-de-leon-trostski-al-presidium-del.html

martes, 17 de julio de 2018

Arqueólogos griegos creen haber encontrado el extracto más antiguo conocido de ‘La Odisea’

Las estimaciones preliminares fecharon la placa de arcilla, que econtraron arqueólogos griegos y alemanes en la antigua Olimpia, antes del siglo III d.C

La Odisea extracto
Versos de la 'Odisea' de Homero en una placa de arcilla.
Un equipo de arqueólogos ha descubierto en Grecia lo que podría ser el extracto más antiguo de uno de los primeros poemas de la historia de Occidente: La Odisea de Homero. La placa de arcilla en la que fueron grabados 13 versos de una de las rapsodias del poema épico fue hallada en los alrededores del santuario de Olimpia, en la península del Peloponeso, donde se encuentran restos de la época romana. Los especialistas creen que fue precisamente en ese periodo cuando fue grabada la tableta, ya que sus estimaciones preliminares fecharon el hallazgo antes del siglo III d.C.
“Si se confirma la datación, la placa podría ser el hallazgo escrito más antiguo de la obra de Homero jamás descubierto” en Grecia, aseguró ayer el Ministerio de Cultura del país helénico. El descubrimiento se realizó en el marco de la investigación geoarqueológica El sitio multidimensional de Olimpia, que durante tres años ha estudiado los alrededores del santuario con la participación de arqueólogos griegos y alemanes. El extracto proviene del canto 14 de la obra –de los 24 que componen el poema— en el que Homero narra el retorno de Ulises a su isla, Ítaca, el reencuentro con Eumeo, su porquero que lo cree muerto. Pese a no reconocer a su amo, que se presenta ante él bajo el aspecto de un mendigo, Eumeo lo cuida y le da cobijo.
La Odisea cuenta la historia de Ulises, rey de Ítaca, que viaja durante diez años tratando de llegar a su isla natal después de la caída de Troya. La obra atribuida a Homero, —se supone que el autor la compuso a finales del siglo VIII a.C—, fue en un primer tiempo transmitida de forma oral durante los banquetes o en algunas cortes, “hasta que en Atenas, en el siglo VI a.C, se decidió fijar el poema por escrito”, cuenta por teléfono Óscar Martínez, traductor de Homero (La Ilíada, en Alianza Editorial) y presidente de la delegación de Madrid de la Sociedad Española de Estudios Clásicos. Asegura que no quedó nada de aquella primera edición.
"Otra fase de la transmisión fue cuando se hicieron las copias de la obra sobre papiros en Alexandria" en torno al siglo III a.C, relata Martínez. La Biblioteca de Alexandría conservaba entonces numerosas copias del texto homérico que provenían de diferentes regiones de Grecia. Una de ellas, en la que figuran partes del canto IX y X, fue hallada en Egipto en el 1900. Conservada en la actualidad en el Instituo de Papirología de la Sorbona, la copia está fechada en el último cuarto del Siglo III a.C.
“Podemos suponer que no se encontrará toda la Odisea copiada pero [el trozo encontrado en Grecia] es muy valioso en términos epigráficos”, ahonda Martínez, al que llamó mucho la atención que se tratara del canto XIV de la epopeya y que se encontrara la placa de arcilla en Olimpia. “Era un sitio muy dado a recibir peregrinos, un centro panhelénico donde acudían muchos visitantes y en el que tratar bien al que venía era una prioridad”, explica.
El entusiasmo provocado por el descubrimiento no sorprende Martínez que destaca el carácter fundamental de la aportación de Homero a la literatura universal. "Tanto La Ilíada como La Odisea, que surgen aisladas en el tiempo con una belleza inigualable, han sido un referente para la literatura posterior”. Todos los elementos que aparecen en la obra como las sirenas, el cíclope, la maga Circe —e incluso los que no figuran en ella y que se asocian al mito creado en torno a Homero, como el caballo de Troya o el talón de Aquiles— llevan siglos “llenando toda la imaginación occidental. Es probablemente una de las obras más influyentes de toda la literatura occidental”.

TOMADO DE:   https://elpais.com/cultura/2018/07/11/actualidad/1531301394_545353.html

lunes, 16 de julio de 2018

MonteroS- Me provoca(Official video)

MonteroS en TN3 “Me provoca “ 2018

Desmontando la leyenda negra de Pío Baroja : ni era misógino ni condescendiente con el franquismo

Eduardo Mendoza, Soledad Puértolas y Bernardo Atxaga, entre otros, buscan en la colección Baroja & yo la reivindicación de la obra del autor vasco y abrirla a nuevos lectores

El escritor Pío Baroja.
El escritor Pío Baroja.
Dice José-Carlos Mainer, último biógrafo de Pío Baroja, que el autor de El árbol de la ciencia era un escritor profesional que recurría a ciertas estrategias para captar más lectores. Este historiador literario y catedrático emérito de Literatura Española de la Universidad de Zaragoza recuerda: “Desde los prólogos que Baroja pone tan abundantemente en sus obras hasta el hecho de que quiera dividir su obra en trilogías, va dando algunas pautas, algunas maneras de entender los textos, más claramente. O con títulos que hablan de un mundo revuelto, confuso, son pistas en las que Baraja parece citar al lector”.
Este biógrafo ha querido dar su bendición a Baroja & yo, una colección de libros impulsada por el sello navarro Ipso Ediciones para publicar, hasta mitad de 2019, 25 volúmenes a cargo de otros tantos autores que reflexionan, en clave autobiográfica, sobre su relación con el novelista, el recuerdo de sus primeras lecturas, su identificación con el sentimiento barojiano y distintas cuestiones relacionadas con la vida y obra de Baroja.
Las últimas plumas en sumarse a este proyecto son Bernardo Atxaga y Joxemari Iturralde. Ambos firman a cuatro manos Órdago-Hor dago, obra escrita en castellano y euskera donde estos dos viejos amigos valoran el “vasquismo” de Pío Baroja, su mirada cercana a la realidad del país, al mundo que se expresa en la lengua vasca, la que él mismo utilizó en muchas de sus novelas, sobre todo cuando narraba lo íntimo.
La nómina de autores la completan Raúl Guerra Garridon, cuyo título Un morroi chino con un higo en la coleta fue presentado recientemente en San Sebastián por el filósofo Fernando Savater; Jon Juaristi, quien se acerca a los mundos de la imaginación en Los pequeños mundos; Sergio del Molino, que regresa aquí al País del Bidasoa tras su exitoso viaje por La España vacía; Luis Antonio de Villena, con Un anarquista de derechas; o Soledad Puértolas, encargada de inaugurar esta colección a final de 2017 con Lúcida melancolía. Entre los escritores que se incorporarán próximamente a BAROJA & YO encontramos a Manuel Hidalgo, Andrés Trapiello o el Premio Cervantes Eduardo Mendoza.
El artífice de este proyecto sugerente y ambicioso es el navarro Joaquín Ciaúrriz, asesor jurídico y administrador de empresas jubilado que con esta iniciativa editorial aúna una pasión barojiana adquirida en la juventud con el gusto por un producto editado con mimo. Haciendo suyas las estrategias de Baroja para captar y fidelizar a sus lectores, Ciaúrriz ha lanzado una colección que pretende atraer a nuevos públicos hacia un autor cuyo legado ha dejado de calar en las nuevas generaciones, a pesar de su peso literario y filosófico, aunque se mantiene vivo gracias a barojianos convencidos como este navarro.
Un editor que aspira a evangelizar la obra del autor de El árbol de la ciencia entre otro tipo de lector, más joven y por lo general alejado de la literatura menos actual. Para conseguirlo, Ciaúrriz ha recurrido a una nómina de autores con un perfil variado: reconocidos, noveles, escritores, docentes, periodistas, articulistas, lectores cualificados. Esto, acompañado de un diseño contemporáneo, con especial cuidado en las cubiertas y marcapáginas. En ellas destacan las fotografías de Pedro Pegenaute realizadas en rincones de inspiración barojiana de País Vasco o Navarra. De paso la colección también pretende hacer justicia con la memoria del escritor y desmontar algunos errores instalados en torno a su figura, como su supuesta misoginia o cierta condescendencia con el régimen franquista. El editor lo tiene claro: “Baroja tenía una gran base romántica y sensibilidad y se puede comprobar en la lectura de sus primeras obras. Lo que ocurre es que no encontró a esa mujer intelectual que podía buscar. Además, fue un hombre cauteloso que intentó congeniar un poco con los vencedores porque estaba harto de estar en París y quería volver”.

martes, 3 de julio de 2018

Un relato íntimo del cautiverio de los Románov

Un libro compila textos del ocaso de la última dinastía zarista


Los Románov, en 1913. En el centro, Nicolás II y su mujer Alejandra.
Los Románov, en 1913. En el centro, Nicolás II y su mujer Alejandra.
Hoy, en los libros de historia, todo encaja. Un país inmenso con una estructura agraria feudal hasta el siglo XIX, una revuelta aplastada a disparos doce años antes y décadas del fantasma del comunismo recorriendo Europa. En cambio, cuando se desarrollaban los acontecimientos clave de la Revolución Rusa, la última dinastía zarista no entendió nada: se aferraba a la ilusión de que todo volvería a la normalidad y creía que "la naturaleza eslava" requería de "un látigo" y "casi crueldad", como apuntó la zarina Alejandra Fiódorovna a su marido, Nicolás II.
Es una de las impresiones que se extrae de las cartas, telegramas, diarios y otros documentos, principalmente de los Románov y sus allegados, escritos durante los tres cautiverios que sufrieron entre la revolución burguesa de febrero de 1917 y su ejecución en 1918 en Ekaterimburgo, donde se alza desde 2003 la catedral de la Sangre Derramada. Un relato íntimo compilado por la editorial Páginas de espuma en forma de novela epistolar bajo el título Románov, crónica de un final: 1917-1918.
Nicolás II y Alejandra Fiódorovna, en las celebraciones del 300 aniversario de la dinastía, en 1913 en Moscú.
Nicolás II y Alejandra Fiódorovna, en las celebraciones del 300 aniversario de la dinastía, en 1913 en Moscú. Heritage / Getty
25 de febrero de 1917, según el calendario juliano, trece días menor que el gregoriano que la Rusia de Lenin adoptó un año más tarde. La zarina escribe a su marido a la residencia imperial de Tsárskoye Seló: "Los chicos [en las calles] corren y gritan que no tienen pan -tan solo para agitar- y los obreros impiden que otros trabajen. Si hiciera mucho frío, todos estarían en sus casas. Pero todo esto pasará y se calmará si la Duma [el Parlamento] actúa bien". No aparece en el libro, pero un día después el presidente de la Cámara advertía al zar en un telegrama de que la situación era "grave" y la capital [entonces Petrogrado, la actual San Petersburgo] estaba en "estado de anarquía". Nicolás II no respondió. En marzo acabaría abdicando, presionado por la Duma.
En las misivas se mezcla lo político y lo cotidiano. Un breve comentario de la zarina sobre cómo "los pobres asaltan las panaderías" va seguido de un repaso a la fiebre de los niños. En otra carta anima a su esposo a mostrar su "mano poderosa" a la población justo antes de lamentar no haber podido desayunar juntos. Nicolás II responde en un telegrama: "Hace un tiempo maravilloso. Espero que os sintáis bien y tranquilos. Muchas tropas fueron enviadas al frente".
Los motes son cariñosos: Amigo aludía al asesinado Rasputín; Solecito, a la zarina (por influencia de su abuela Victoria, la reina británica, que solía llamarla Sunny); y el primogénito Alekséi era Rayito de sol o Baby.
También se palpa el aburrimiento de una vida ociosa y sin responsabilidades. "No tengo nada interesante para escribir: a las doce habrá misa. Anastasia ha cumplido dieciséis años. ¡Cómo pasa el tiempo!", cuenta Alejandra Fiódorovna a una amiga en junio de 1917. "El tiempo pasa rápida y monótonamente. Trabajamos, leemos, tocamos el piano, paseamos, tenemos clases. Y ya", resumía la princesa Tatiana Nikoláievna en una carta. Su padre define la vida como estar embarcado: "todos los días son parecidos el uno al otro". Llenan el tiempo con clases de catecismo, lectura o juegos de mesa.
"En cada uno de los cortos y esporádicos viajes a Tsárkoye Seló intentaba adivinar el carácter del exzar y entendí que nada ni nadie le interesaba excepto sus hijos. Su indiferencia hacia el mundo exterior me parecía casi artificial [...] Se quitó el poder como quien se quita el traje de ceremonia para ponerse el de casa", escribió Kerenski, líder del Gobierno provisional que concluyó con la revolución bolchevique. Más tarde ordenó separarle de la zarina, salvo para las tres comidas del día, por el "enfado irreconciliable" que esta arrastraba por la pérdida del poder.
Las entradas en el diario de Nicolás II son más bien breves y descriptivas. "Por la tarde tomamos el té en mi cuarto. Ahora dormimos juntos de nuevo", se limitó a escribir el 12 de abril de 1917. En ocasiones responde con tono distante a las cartas de su mujer, llenas de epítetos de amor. "Creo que es algo de la personalidad de Nicolás, sobre todo con su familia nuclear. No quería escribirles que viajaba solo en un vagón de tren mientras su cabeza daba vueltas sobre tener que abandonar el Gobierno o no [...] Era un enamorado de su familia que prefería estar con ella que escribirles, y siempre procurando no preocuparlos", señala  Ezra Alcázar, participante en la edición y construcción del libro.
En agosto de 1917 la familia real fue trasladada a una mansión en Tobolsk, la principal ciudad de Siberia. Cada vez más bolcheviques reclamaban la cabeza del zar y Kerenski quería alejarle de los principales focos de tensión. Su lujoso tren de vida descarriló. "Muchos cuartos no están arreglados y su estado es poco atractivo. Luego fuimos al supuesto jardín (una horrible huerta), examinamos la cocina y el cuarto de guardia. Todo se ve viejo y abandonado", narraba Nicolás Il en su diario. Un testigo fundamental de esos días, Pierre Gilliard, el académico suizo que enseñaba francés a los hijos de la familia, recuerda en sus memorias cómo los Románov "sufrían por la falta de espacio", pese a que la planta en que vivían era "cómoda y espaciosa".
Nicolás II corta madera con Pierre Gilliard durante el cautiverio en Tobolsk, en 1918.
Nicolás II corta madera con Pierre Gilliard durante el cautiverio en Tobolsk, en 1918.
"Me sorprendió la suavidad de la familia real. En las cartas enviadas a sus amigos desde Tobolsk se nota que se concentraban solo en lo bueno que les pasaba: fiestas, misas, una pieza de teatro que hicieron. Se entiende que vivieron un momento sumamente difícil y estresante, pero con su devoción a Dios y la unidad familiar todavía esperaban lo mejor", señala por correo electrónico la traductora de los textos, Tatiana Shvaliova.
En abril de 1918, la revolución comunista cuenta medio año de vida, Rusia ha salido de la Primera Guerra Mundial con la firma del Tratado de Brest-Litovsk y está inmersa en una guerra civil. Los Románov son trasladados a la ciudad de Ekaterimburgo y los textos del zar se impregnan de incertidumbre. 14 de junio: "Pasamos una noche llena de preocupación y nos desvelamos vestidos... hace poco recibimos dos cartas ¡en donde nos informaron de que nos preparemos para ser robados por la gente!". 30 de junio: "No tenemos ninguna noticia del exterior".
En la noche del 16 al 17 de julio la familia fue llevada por sorpresa a un sótano, como aparece descrito en el ensayo Los Románov (Crítica), de Simon Sebag Montefiore. "¿Por qué no hay aquí ninguna silla? ¿Está prohibido sentarse?", preguntó Alejandra. Yákov Yurovski, el miembro del Soviet de los Urales que ejecutó la orden de asesinato de los siete Románov, tres de sus sirvientes y un médico, leyó un pedazo de papel: "Nikolái Aleksandróvich, en vista de que tus parientes continúan con su ataque a la Rusia Soviética, el Comité Ejecutivo de los Urales ha decidido tu ejecución y la de tu familia". El zar, desconcertado, pidió escucharlo de nuevo. Yurovski releyó el texto y Nicolas II balbuceó: "¿qué? ¿qué?". "¡Esto!", zanjó Yurovski mientras abría fuego. "Los Románov estaban completamente tranquilos. No sospechaban nada", es su recuerdo del momento.

martes, 26 de junio de 2018

Muere Xiomara Alfaro, ‘el ruiseñor’ de la canción cubana

Contemporánea de artistas como Olga Guillot y Celia Cruz, la cantante de boleros y música romántica de los 50 será recordada por su interpretación de éxitos como ‘Siboney’

Xiomara Alfaro, en una foto para la portada de un disco.
Xiomara Alfaro, en una foto para la portada de un disco.
La artista cubana Xiomara Alfaro, una de las últimas grandes estrellas de la era dorada de la canción popular cubana, murió a los 88 años. La cantante, conocida como el ruiseñor o la alondra, falleció el domingo en Cape Coral, Florida (EE UU). Su salud era delicada, según explicó su publicista y biógrafa, Gema Castanedo, al diario Nuevo Herald. Alfaro no pudo superar un paro respiratorio.

La bolerista, que triunfó en la década de los 50 en la isla, comenzó su carrera en espectáculos de revista con los que recorrió Europa y Sudamérica antes de iniciar su carrera en solitario. En esa época actuó en los principales escenarios de Cuba, incluidos el cabaret Tropicana y la sala Montmartre. Su forma de actuar llamó la atención de productores de la época, y participó en películas como la italiana Mambo (1954), protagonizada por Silvana Mangano; la mexicana Yambaó (1956), de Alfredo Crevenna, y Olé Cuba (1957), de Manuel de la Pedrosa.

Pasó por la radio y la televisión cubanas, pero finalmente dejó la isla en 1960 para continuar con su carrera en Europa y Estados Unidos. Nunca volvió. Contemporánea de otras compatriotas emblemáticas, como Olga Guillot y Celia Cruz, su discografía abarca una treintena de títulos en los que colaboró con artistas como Bebo Valdés y Ernesto Duart Brito. Besos en mis sueños, Recordar es vivir y Lamento borincano son algunos de ellos, en los que destacó por su capacidad para mantener largos agudos. De ahí le viene su apodo. De todas sus interpretaciones, Alfaro será recordada por el bolero Siboney, un tema del también cubano Ernesto Lecuona.
Actualmente residía en Cape Coral, al suroeste de Florida, donde hay una gran comunidad cubana. La cantante murió sin volver a su tierra natal, como le sucedió a otros artistas que abandonaron la isla y cuya música, en algunos casos, llegó a estar vetada. Alfaro era “una de las últimas leyendas vivientes que se va sin regresar a Cuba”, lamentó en declaraciones a Efe Omer Pardillo, presidente de la Fundación Celia Cruz, quien recordó que “en el exilio, y de esa época, nos quedan Cándido Camero (percusionista, que vive en Nueva York) y Olga Chorens (actriz y cantante de 94 años, con residencia en Miami)”. Nacida el 11 de mayo de 1930 en La Habana, estaba casada con el pianista Rafael Benítez, al que conoció durante una de sus giras y fue su pareja durante 54 años.

TOMADO DE: https://elpais.com/cultura/2018/06/26/actualidad/1530023154_917827.html