LA RAZÓN DE UN NUEVO BLOG DE GESTIÓN CULTURAL

Ante la avalancha de información cultural noticiosa que recibimos diariamente gracias a la colaboración que me proporciona Arturo Álvarez D'Armas, poeta, fotógrafo y promotor cultural venezolano, así como otros valiosos amigos colaboradores, hemos decidido abrir un nuevo blog de promoción y gestión cultural. Sean bienvenidos todos los amigos interesados en promover la cultura y el arte en general. Pueden enviarnos sus colaboraciones, las cuales subiremos a este blog como entradas tan pronto como las recibamos. Quienes deseen colaborar pueden dirigirnos sus trabajos a nuestro correo personal: renedayre@gmail.com René Dayre Abella. Autor y promotor cultural.

miércoles, 23 de mayo de 2018

Philip Roth, la escritura y la lujuria

El autor de ‘El lamento de Portnoy’ muere a los 85 años. Retirado desde 2010, su obra, explora la identidad judía y la sexualidad masculina en la América contemporánea


Philip Roth, en su casa en Manhattan, el pasado 5 de enero.
Philip Roth, en su casa en Manhattan, el pasado 5 de enero. The New York Times / Contacto
Philip Roth, titán de las letras norteamericanas y una fuerza de la naturaleza cuya portentosa producción novelística obliga a pensar, como se ha dicho en más de una ocasión, que no era exactamente un escritor sino una literatura, falleció la noche del martes a los 85 años de edad en un hospital de Manhattan, rodeado de amigos y familiares.
Había nacido en 1933, en la localidad de Newark, en New Jersey, escenario de buena parte de su dilatada obra, que suma más de treinta títulos de ficción, además de un valioso conjunto de libros de ensayo y memorias personales. Le fueron concedidos innumerables premios y distinciones, algunos de ellos los de mayor prestigio a que puede aspirar un escritor, incluido el Príncipe de Asturias de las Letras o Man Booker International a toda su carrera en 2011. La excepción fue el Nobel: haciendo honor a los altibajos de su trayectoria, la Academia Sueca no supo estar a la altura del genial novelista.
No era algo que a le importara demasiado. Roth escribía movido por un imperativo categórico. En una conversación particular con él con motivo de la publicación de una de las novelas centrales de su extenso corpus, Pastoral americana (1997), el escritor declaró que para él escribir entrañaba una entrega dolorosa. Su vida fue de principio a fin una aceptación de ese destino. Philip Roth encarnaba la idea del escritor total, y la dedicación a su oficio exigía de él, como en el caso de Kafka, una de sus influencias más conspicuas, una entrega sin fisuras, casi un sacrificio.
Había en su manera de entender su vocación una actitud comparable a la de uno de sus novelistas más admirados, Dostoievski. Como él, se adentraba en los abismos de la condición humana sin calcular los riesgos: “Cada mañana, siento que desciendo a una mina, de la que al final de la jornada regreso con los materiales que después he de pasar a la página”, dijo en aquella conversación. Su corpus novelístico, extraordinariamente sólido, incluye varias obras maestras.

Imprescindibles

El lamento de Portnoy (1969).
La mancha humana (2000).
Pastoral americana (1997).
La conjura contra América (2004).
Némesis (2010).
Operación Shylock (1993).
El teatro de Sabbath (1995).
Elegía (2008).
El animal moribundo (2002).
Hay altibajos, pero por encima de todo lo que cuenta es el valor de conjunto de su obra, que es un todo esencialmente indivisible. Tras un debut que marcaba la aparición de un escritor excepcional, Goodbye, Columbus (1959), Roth inició una trayectoria fulgurante, que incluye más títulos imprescindibles de los que cabe señalar aquí. Algunos: El lamento de Portnoy (1969), probablemente la exploración más tormentosa y radical de la sexualidad masculina que se haya llevado a cabo jamás; la heptalogía centrada en torno a la figura de su alter ego literario, Nathan Zuckerman, en la que explora en profundidad qué significa ser escritor. Aunque la mayor parte de su obra se movió dentro de los parámetros de una concepción realista de la ficción, en algunas novelas, como La contravida (1986), experimentó con las posibilidades de la narrativa, buscando nuevas formas de expresión. Otros títulos fundamentales de su canon son Operación Shylock (1993) y El teatro de Sabbath (1995). Su exploración de lo que significa ser judío en los Estados Unidos, una de sus preocupaciones centrales, le valió tantos rechazos como adhesiones. A finales del siglo XX, la marcha triunfal de su escritura continuó con obras como Pastoral americana, Me casé con un comunista y, ya en el tercer milenio, La mancha humana.
Tras haber tratado a fondo cuestiones como la historia, la naturaleza del deseo y el papel de la literatura en la cultura actual, Roth dirigió la mirada hacia lacras que aquejan tanto al individuo como a la sociedad estadounidense contemporánea. A esta fase corresponden El animal moribundo, La conjura contra América, Elegía, Sale el espectro, que pone punto final a la saga de Zuckerman, Indignación, Humillación y Némesis. Publicadas casi a razón de una por año, el torrente creativo de Roth echa por tierra la idea del escritor que entra en declive en las décadas finales de su vida.
Tan importantes como sus novelas son sus obras de no ficción, entre las que destacan Los hechos (1988) y Patrimonio (1991). En conversación con David Remnick, director del New Yorker, tratando de explicar la energía interior que lo guiaba, señaló: “No sé adónde voy con esto, pero no puedo parar. Es así de sencillo”. No obstante, el momento de parar llegó. Tras la publicación de Némesis (2010), Philip Roth anunció al mundo que dejaba para siempre la escritura.

Frenazo en seco

La revelación fue recibida con estupor e incredulidad. Para su público, la idea era inaceptable. Con la misma inexorabilidad con que se entregó a la escritura, Philip Roth la abandonó. Fue un frenazo en seco para la historia literaria, no solo de su país, sino para los millones de seguidores que tenía en todos los idiomas y latitudes. Adoptó la decisión con total serenidad. Para decirlo con sus palabras, dejó de bajar a diario a la mina en busca de un material que le exigía transformar el dolor en belleza. Se abrió más a la vida social. Disfrutó de la amistad de escritores con los que no había podido relacionarse tanto como hubiera querido. Le asombraba seguir vivo. Un día más, se decía cada vez que se levantaba por la mañana, y continuaba la plácida rutina de la que no había podido disfrutar ni un solo día desde que aceptó la condena de vivir para la escritura. La muerte de Philip Roth deja un vacío que no será fácil cubrir, porque, efectivamente, con él no desaparece un autor, sino toda una manera de entender la literatura.
 
TOMADO DE:  https://elpais.com/cultura/2018/05/23/actualidad/1527093625_855231.html

sábado, 19 de mayo de 2018

La poesía sigilosa de Rafael Cadenas gana el premio Reina Sofía

El poeta venezolano sucede a Claribel Alegría en la XXVII edición del galardón

Rafael Cadenas,  poeta venezolano.
Rafael Cadenas, poeta venezolano. EL PAÍS
“Humilde, silencioso y rebelde”, así se autorretrató en un poema el venezolano Rafael Cadenas, que acaba de obtener el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Convocado por Patrimonio Nacional y la Universidad de Salamanca, el galardón se ha convertido en el más prestigioso del género en los países de lengua española y portuguesa. Cadenas toma el relevo este año de la nicaragüense Claribel Alegría, que lo obtuvo el año pasado, meses antes de fallecer.
El jurado encargado de seleccionar a Cadenas como ganador del premio estuvo copresidido por Alfredo Pérez de Armiñán y de la Serna, presidente del Patrimonio Nacional, y Ricardo Rivero Ortega, rector de la Universidad de Salamanca. Su composición la completaron Darío Villanueva Prieto, director de la Real Academia Española; Juan Manuel Bonet Planes, director del Instituto Cervantes; Ana Santos Aramburo, directora de la Biblioteca Nacional de España; y José Manuel Mendes, presidente de la Asociación Portuguesa de Escritores, entre otros poetas y personas vinculadas con el mundo de la poesía como Berna González Harbour, Luis Alberto de Cuenca, Pilar Martín-Laborda y Bergassa o Blanca Berasategui.
Nacido en Barquisimeto (Venezuela) en 1930 y vecino de la urbanización La Boyera, al sureste de Caracas, Cadenas es uno de los autores fundamentales de la lírica latinoamericana de los últimos años, papel ya reconocido por el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances que otorga la Feria del Libro de Guadalajara (México) o el García Lorca que se concede en Granada. Sigiloso en el trato y lento en la conversación –piensa cada palabra como si formara parte de un futuro poema-, Cadenas ha ido ocupando poco a poco un lugar en el Olimpo de los poetas vivos sin abdicar ni de su humildad ni de su rebeldía ni de su silencio. Ni de un compromiso crítico al que se ha acercado también sin estridencias.
Era un jovencísimo militante comunista autor de un libro de poemas –Cantos iniciales (1946)- cuando tuvo que exiliarse a la isla de Trinidad, circunstancia a la que suele quitar hierro diciendo que se puede llegar a ella “en lancha” desde la costa venezolana: “está a 30 kilómetros”. Cuatro años tardó en recorrerlos de vuelta para instalarse en la capital en 1957, pocos meses antes de la caída del dictador. Un año más tarde publicó el poemario La isla y en 1960, uno de sus libros clave, titulado, no por casualidad, Los cuadernos del destierro. En 1966, en medio de una profunda depresión, dio a la imprenta Falsas maniobras (1966), que incluye su poema más famoso, un verdadero hito en América Latina: Derrota. “Yo que no he tenido nunca un oficio / que ante todo competidor me he sentido débil / que perdí los mejores títulos para la vida / que apenas llego a un sitio ya quiero irme (creyendo que mudarme es una solución)…” Cuando se le recuerdan esos versos Cadenas responde que los escribió con 32 años –en unos meses cumplirá 88-, que ya no se reconoce en ellos y que su éxito se debió a la situación política de los años sesenta en su país, volcado en la consolidación de la democracia con el presidente Rómulo Betancourt. Se reconoce, eso sí, en el verso que dice que es un hombre que apenas habla. “¡Que cada palabras lleve lo que dice. / Que sea como el temblor que la sostiene. / Que se mantenga como un latido”, dicen tres famosos versos suyos.
Su laconismo le ha llevado a cultivar una poesía cada vez más influyente y, a la vez, más esencial. Menos exuberante, matiza él. A la reunión en 2007 de su Obra entera (Pre-Textos) -700 páginas que contienen libros como los citados más Intemperie, Memorial (los dos de 1977), Amante (1983) o Gestiones (1992)- le siguieron títulos como Sobre abierto (2012) o En torno a Basho y otros asuntos, su último libro hasta la fecha. “Lo que salva de los escombros / es la mirada”, escribió en él. Aunque es difícil encontrar en su poesía rastro alguno de intención política, Cadenas mantiene una actitud muy crítica respecto al Gobierno de su país. Siempre se ha declaro a favor de la democracia, “por defectuosa que sea”, y alarmado por la ausencia de separación de poderes en Venezuela. Pese a los ataques que ha recibido por ello desde el flanco gubernamental, siempre ha quitado importancia a su propio papel. Rebelde y silencioso era su autorretrato.

sábado, 28 de abril de 2018

Lo que queda de James Brown

Un libro reciente denuncia el saqueo de la herencia del Padrino del 'Funk'


El cantante James Brown, en una actuación en 1973.
El cantante James Brown, en una actuación en 1973.
Con Kill 'Em and Leave, el último libro publicado sobre James Brown, el literato James McBride ha causado cierto malestar. Verán, existe una rica bibliografía sobre el personaje, pero, en general, son obras de autores blancos. McBride se muestra respetuoso con sus predecesores, pero sugiere que están demasiado lejos de la experiencia vital de un negro sureño para entender sus claves íntimas.
En realidad, también McBride ha crecido en un mundo muy diferente del de James Brown. Neoyorquino de 1957, es hijo de un reverendo baptista y una madre judía. Como periodista, ha colaborado con medios potentes. Como literato, ha publicado media docena de libros que ganaron premios (incluyendo la Medalla de las Humanidades, de manos de Barack Obama). Ha escrito guiones, llevados al cine por Spike Lee.
Pero lo decisivo, cuando se embarcó en la investigación de Kill 'Em and Leave fue el color de su piel, que le permitió llegar a lugares inaccesibles para reporteros blancos. Logra así establecer el árbol genealógico de James, dinamitando el mito del niño abandonado que creció en un burdel. De paso, avisa de que Get on Up, el biopic de 2014, es tan poco fiable como cualquier producto de Hollywood, a pesar de que Mick Jagger figurara en la producción, más o menos como garante de veracidad. Lo cual, como comprobaríamos luego en la serie Vinyl, no garantizaba nada.
No se trata de purificar la reputación de Brown. Todos los horrores que se cuentan se sustentan en la realidad: la tacañería con los músicos, la crueldad con sus mujeres, el caos en los negocios. Y aun con todos esos lastres, ocupó el centro gravitacional de la música afroamericana durante casi toda la segunda mitad del siglo XX. Una carrera extraordinaria, ya que su público natural exigía consistencia y novedad, combinación difícil para alguien que trabajaba —económicamente hablando— en los márgenes del negocio, sin el respaldo de las multinacionales que lanzaron a Michael Jackson o Prince.
El escritor James McBride explica las claves de la herencia de James Brown.
Charles Bobbit, que fue su ejecutor durante los años de gloria, reconoce aquí que James Brown vivió bajo el signo del miedo. “¿Miedo de qué?”, pregunta el escritor. Miedo del hombre blanco, que le podía quitar todo —lo intentó la Hacienda federal— o mandarle a la prisión, como hicieron en 1989, tras una persecución policial que pudo acabar con su vida (y que no hubiera ocurrido si el perseguido hubiera sido Jerry Lee Lewis, por mencionar otro sureño turbulento).
Lo ratifica la revelación más cruda de Kill 'Em and Leave: el despojo de su herencia. Dejó un testamento supuestamente inexpugnable, que repartía sus efectos personales entre sus hijos, dejando un fideicomiso para la educación de los nietos; el grueso de su fortuna —derechos de autor, uso de su imagen, etcétera— iba a una fundación para socorrer a niños pobres (blancos y negros, especificaba).
Un experto calculaba que, con una explotación diligente, aquello podía rendir unos 100 millones de dólares. Un pastel demasiado apetitoso para las hienas de Carolina del Sur, un Estado neocolonial donde políticos, jueces y abogados ejercen el poder real. Esa jauría ha enfrentado a unos sucesores contra otros, generando una impenetrable maraña de litigios.
Algunos herederos han recibido pellizcos sustanciosos; los bufetes de abogados y los administradores cobran regularmente facturas de seis dígitos. Y los niños que en esos condados dependen de la caridad para recibir material escolar y alimentación, no han visto ni un centavo. La última valoración reduce el actual valor del legado a unos 4.700.000 dólares (3,8 millones de euros).
  TOMADO DE:https://elpais.com/cultura/2018/04/22/actualidad/1524413381_845905.html

viernes, 20 de abril de 2018

Los cuatro revólveres de ‘La noche de la iguana’

Huston consiguió un reparto tan estelar como repleto de egos: Richard Burton, Ava Gardner, Deborah Kerr y Sue Lyon


Alcohol, frustraciones, sexualidad reprimida, miserias... En La noche de la iguana, el dramaturgo Tennessee Williams volvió a combinar el abanico de ingredientes emocionales con los que había estado experimentando a lo largo de toda su carrera. El director John Huston los envolvió en una atmósfera sofocante de aislamiento, calor y humedad, y, entre los dos, cocinaron una obra maestra a fuego intenso.
El guion estaba basado en la obra del mismo título que había triunfado en Broadway con Bette Davis como protagonista. John Huston consiguió un reparto estelar: Richard Burton, Ava Gardner, Deborah Kerr y Sue Lyon, que después de haberse dado a conocer en Lolita se había convertido en el icono de la precocidad sexual. Todos estaban en lo más alto de su popularidad. Consciente del impacto que podría tener la presencia de todas aquellas estrellas en el lugar de rodaje y de la revolución mediática que podrían ocasionar, Huston se decantó por una localización aislada. La película se rodó en la localidad mexicana de Puerto Vallarta que, por entonces, no pasaba de ser una remota aldea de pescadores. El elenco de estrellas se instaló allí durante semanas, en una convivencia que puede que sirviera para que los actores se acercaran al estado emocional de sus personajes, pero que a priori era temible. Una reunión de egos en la que todo hacía presagiar que saltarían chispas, más aún teniendo en cuenta que –todo el mundo lo sabía– no era difícil trazar en aquel grupo conexiones de tipo sentimental. Sin ir más lejos, Peter Viertel, marido de Deborah Kerr, había tenido un lío previo con Ava Gardner. Curándose en salud, antes de viajar a Puerto Vallarta, Huston reunió a sus actores y regaló a cada uno de ellos un revólver Derringer. "Dentro hay unas balas doradas en las que están escritos los nombres de los demás", les dijo. "Si las necesitáis durante el rodaje, utilizadlas, y así me evitáis a mí problemas".
Contra todo pronóstico, nadie echó mano de su arma. Y eso a pesar de que, al parecer, el alcohol fluía a oleadas, con un Richard Burton que desayunaba cerveza y una Ava Gardner que trataba de ahogar la inseguridad que le provocaban algunas escenas. A Puerto Vallarta también se trasladó Tennessee Williams, que ayudaba a Huston cuando este se estancaba con algún diálogo; el novio de Sue Lyon, a quien el director prohibió acercarse al plató porque no dejaba de darse arrumacos con la actriz, y también Liz Taylor, que se instaló allí para acompañar a Richard Burton y que trabó una relación tan estrecha con el sobrino de un vecino que, meses después, volvería para asistir a su primera comunión. En sus memorias Ava Gardner sólo tuvo halagos para la Taylor y, ante tanta armonía inesperada en un rodaje que se preveía tumultuoso, la prensa desplazada hasta la zona no tuvo más remedio que entretenerse escribiendo acerca del lugar. La noche de la iguana supuso un antes y un después para Puerto Vallarta que, a partir de entonces, empezó a transformarse en un centro turístico. "Fue una bendición a medias", diría John Huston años después. “Las playas se llenaron de hoteles y grandes y edificios de apartamentos. Los habitantes se convirtieron en camareros, doncellas y policías. La mayoría de las tiendas están orientadas al turismo, pero el agua es potable, la fiebre tifoidea y el tifus casi han desaparecido. Los niños tienen tantas posibilidades de nacer vivos como en cualquier lugar de Estados Unidos y ahora hay escuelas”.
La noche de la iguana ganó en 1965 los Oscar a mejor fotografía, dirección artística y mejor actriz de reparto, para Dorothy Jeakins. Ava Gardner, sin embargo, ni siquiera consiguió una candidatura. Ganó, eso sí, el premio a mejor intérprete femenina en el Festival de San Sebastián, y hoy todo el mundo coincide en que La noche de la iguana es una de sus mejores interpretaciones. Un gran texto de Tennessee Williams. Una de las grandes películas de John Huston.

jueves, 12 de abril de 2018

Hace mucho tiempo

La impresionante obra de Sergio Pitol corrió al parejo de su gusto por divertirse a expensas de unos y en sintonía con otros.

Sergio Pitol, durante una entrevista en 2005.
Sergio Pitol, durante una entrevista en 2005.
Sergio Pitol hizo de la amistad una religión. A contrapelo del escritor que requiere de aislamiento, buscó a los demás con insólita vocación gregaria. Recuerdo el entusiasmo con que leyó el primer libro de Mario Bellatin publicado en México, Salón de belleza, y el orgullo con que comentó que ya era su amigo. En un oficio plagado de recelos y competencias, jamás pensó en desmarcarse de los otros. Y no sólo eso: escribió convencido de que la literatura se produce en densidad. Su sostenida tarea como traductor deriva de su convicción de que no hay literaturas individuales. Todo autor, por original que sea, se inscribe en la tradición que lo explica.
Nacido en 1933, en un ingenio azucarero de Veracruz dominado por italianos, Pitol conoció desde niño la ambivalencia de vivir entre dos culturas. Sus mayores añoraban la ópera y los salones de Venecia y el entorno ofrecía los estímulos sensuales del trópico. Esta tensión aflora en los cuentos de Los climas y en cierta forma explica su deseo de entender el mundo como un horizonte sin fronteras.
Durante veintiocho años vivió en China, Polonia, Yugoslavia, Inglaterra, España, Hungría, la Unión Soviética y Checoslovaquia. Esta errancia lo llevó a traducir cerca de cien libros de cinco lenguas diferentes. Por un tiempo vivió en barcos cargueros; alquilaba un camarote sin preguntar cuál sería la ruta y se dedicaba a traducir en su oficina náutica. A esa etapa se deben sus versiones de Cosmos y Transatlántico, de Witold Gombrowicz, que deberían formar parte de la Enciclopedia biográfica de traductores inmortales propuesta por Ricardo Piglia.
La generosidad con que Pitol se ocupó de obras ajenas demoró la valoración de su propio trabajo. En 1969 publicó una novela excepcional, El tañido de una flauta, sobre el fracaso artístico y la dificultad de pertenecer a la cultura mexicana. De manera previsible, esta obra no tuvo los lectores que merecía y Carlos Monsiváis señaló que estaba destinada a convertirse en un “clásico secreto” de la literatura mexicana.
Durante casi una década, Pitol se concentró en traducir y prologar obras ajenas. A partir de su estancia en Moscú, a principios de los años ochenta, recuperó la fibra narrativa con Nocturno de Bujara, volumen de cuentos cuyo tema esencial es el misterioso origen de los cuentos. En uno de sus regresos a México, advirtió que la historia del país sólo podía ser contada en clave novelesca y concibió El desfile del amor, donde un historiador busca desentrañar sucesos de 1942 y advierte que la única manera de llegar a ellos son las conjeturas de la ficción.
En la cuerda de Sebald y Magris, escribió libros sin género preciso, mezcla de ensayo, crónica, fabulación y autobiografía. A esta etapa pertenecen El arte de la fuga, El mago de Viena y El viaje.
Su casa de Xalapa era un monumento a su pasión por la escritura ajena. Atrás de su escritorio, la pared estaba decorada con fotos de sus autores favoritos. Ahí, los clásicos alternaban con los amigos. Al revisar su biblioteca, me sorprendió que diera especial importancia a la estadística de la lectura. Al final de cada libro anotaba las veces que lo había leído, como una prueba de que la pasión mejora al reincidir.
Pero ninguna lealtad superó en él al trato con los amigos. Durante casi toda su vida se benefició del afecto y el humor de Carlos Monsiváis, Luis Prieto y Margo Glantz. En España, esta devoción se extendió a Lali Gubern, Jorge Herralde y Enrique Vila-Matas. Sabía, como Choderlos de Laclos, que toda relación es peligrosa, y por eso mismo la cortejaba, convencido de que el entusiasmo derrota las más complejas neurosis: “No hay quien se resista a un disco de Toña la Negra”, decía. Sin pedir auxilio a la sabiduría química, aconsejaba beber licores cada vez más fuertes para no sucumbir a una instantánea borrachera. Este manual de comportamiento no dio grandes resultados en el terreno de la salud, pero le permitió explorar el carnaval de la existencia. Como Gógol, entendió que el ser humano es un sujeto que se considera estupendo y de pronto sufre un retortijón. Los dispositivos teatrales que generaba en vida le permitieron ser testigo de situaciones intensamente ridículas que recreó en Domar a la divina garza y La vida conyugal.
Lo conocí en 1980 cuando participamos en el ciclo “Encuentro de generaciones”, donde un autor consagrado leía junto a un principiante. Me trató como si nos hubiéramos visto desde siempre. Después de la lectura, fuimos a casa de unos amigos suyos. Uno de los asistentes era Augusto Monterroso, mi maestro de taller de cuento. Afectado por la magia de Pitol, que borraba las generaciones, dije que conocía a alguien desde hacía mucho tiempo. Monterroso me reconvino en broma: “A tu edad, no tienes derecho a usar la expresión ‘hace mucho tiempo’”.
Cuarenta años después puedo decir con agraviante naturalidad: hace mucho tiempo conocí a Sergio Pitol. Mi opera omnia constaba entonces de un cuadernillo con tres relatos, pero él me trató como un colega. Cuando le dije que tenía problemas para escribir una novela, me dio a leer Los orígenes del Doctor Faustus. Le comenté que mi circunstancia era muy distinta a la de ese egregio autor. Entonces me palmeó la nuca y dijo: “Nadie es distinto a Thomas Mann”.
Sergio Pitol creía en los demás con una “fe de carbonero”, como él decía. Su impresionante obra corrió al parejo de su gusto por divertirse a expensas de unos y en sintonía con otros. La comedia humana alimentó su escritura y le brindó, en las más arduas circunstancias, el imbatible remedio de la risa
TOMADO DE: .https://elpais.com/cultura/2018/04/13/actualidad/1523578367_488087.html

viernes, 23 de marzo de 2018

La forja recobrada de García Lorca

LITERATURA

El poeta granadino durante su estancia en Estados Unidos en 1931 EM
El Instituto Cervantes emprende el proyecto de recuperar la obra dispersa e inédita del escritor Arturo Barea, una de las figuras principales de la literatura del exilio, con un ensayo sobre el poeta granadino nunca antes publicado en España
Es hora de Barea. De Arturo Barea. De recobrar o descubrir el pulso de un escritor que es también parte de la conciencia traspapelada de un país partido en dos cuando la Guerra Civil. Barea escribió del bando democrático, del lado de la República. Y levantó una de las cumbres de la memoria vencida de la guerra: La forja de un rebelde, que antes se publicó en el extranjero y en plena Segunda Guerra Mundial. Todo un récord de extravagancia. Como Chaves Nogales acabó refugiado en Inglaterra, y desde allí continuó apuntalando su obra (en España sólo se publicó un libro suyo en vida, el primero, Valor y miedo, 1938). Buena parte de su escritura fue borrada del canon oficial, hurtada y víctima del musgo de la desidia.
Extremeño de 1897, le dieron sepultura en Faringdon el 24 de diciembre de 1957. Más de la mitad de su obra la trabajó en el país de exilio, con su mujer de cómplice y bujía. Escribiendo aquí y allá. Haciéndose sitio en la radio, la BBC, con el seudónimo de Juan de Castilla. Y dictando conferencias que trabajaba con un rigor picapedrero. De entre tantos papeles queda mucho inédito en España. Barea tuvo un éxito fuera que aquí no ha llegado. Aún queda mucho por descubrir qué hizo y en ese empeño está el Instituto Cervantes, que inaugura la colección Los Galeotes con un volumen revelador: Lorca, el poeta y su pueblo, ahora con prólogo de Ian Gibson y al cuidado del poeta Juan Marqués.
De este texto audaz tuvo la culpa el éxito de La forja de un rebelde en Inglaterra. A Barea le cayeron algunos encargos y, entre esos, una conferencia sobre el poeta de Granada. Su asesinato fue noticia mundial. Y Barea triunfó hasta extender la conferencia a 174 folios que despliegan un ensayo de primera calidad sobre la figura y legado del autor de Romancero gitano. El novelista estudió la relación de Lorca con el pueblo, con la muerte, con el sexo y con su arte. O sea, disección el Lorca total y despertó el apetito por su poesía. «Se trata de un libro con la misión de poner a una minoría de británicos en contacto con las raíces de la obra de un inmenso poeta español asesinado por los enemigos de la democracia en Granada», explica Gibson. «Barea no sólo cumplió con creces su cometido, sino que su trabajo sirve como invitación a todos los que aman la literatura, españoles incluidos, a emprender la aventuras de profundizar en el mundo de uno de los genios poéticos más asombrosos jamás nacidos en este país. O en cualquier rincón del universo».
Aquí no sólo se insiste en el poderoso voltaje de la escritura del poeta, sino que demuestra cómo la poesía de los necesarios es extraordinariamente de todos. Barea habla de raíces y alas. De pueblo y de sueño. De pulsión y de rabia. De daño y de bosques. De risa y amores. De la explosión de las bombas. Es un Lorca propio y suyo: temperamental y telúrico, pero también frágil y niño. Y de él dice esto: «Hacia 1898 España lo había perdido todo. El poeta de esta juventud más joven iba a ser Federico García Lorca, en cuya poesía apenas ocurre la palabra España y que nunca intervino en lucha alguna social o política; pero que fue un recipiente y un transmisor tan sensitivo de las emociones españolas que su obra adquirió una vida propia, después de su asesinato».
Entre los muchos méritos de esta edición, más allá del rescate de un autor que urge ser recobrado, está descubrir cómo alguien tan a lo lejos de aquella España de carbonilla interpretaba con calentura al poeta. Cómo entra a saco y con acierto en la interpretación de los símbolos lorquianos. Pero también como escurre el signo de su homosexualidad, dejando veladuras pero escapando de decirlo. Algo que es síntoma de época. Pero en lo esencial Barea no falló la diana: «Las fuerzas emocionales que él generó pasaron a formar parte, aún sin forma concreta, del vago movimiento revolucionario de España, aunque esta no fuera su intención. Y así tenía que ser inevitable, a mi juicio, que fuera asesinado por la sombría brutalidad del fascismo y que su obra se convirtiera en una bandera. De este Lorca es del que quiero hablar». Y lo hizo. Y ahora lo sabemos. Pues este texto se publicó en 1957 en Argentina, editorial Losada, y nunca más se supo de él en español. Ni en España. Pero Lorca no acaba nunca: «Estamos con un cuerpo presente que se esfuma,/ con una forma clara que tuvo ruiseñores».
  1. Mario Vargas Llosa: "¿Pero conoce usted algún liberal español?"
  2. Memorias de hambre y dolor
  3. La gran familia de los Premios Loewe
TOMADO DE:  http://www.elmundo.es/cultura/literatura/2018/03/21/5ab163c622601d743b8b4688.html

domingo, 18 de marzo de 2018


Lenin, el machista y reprimido sexual sin amigos que vivió de su madre hasta los 40 años

En pleno aniversario de la Revolución de Octubre (1917) analizamos el lado más personal del líder soviético. Un abogado que vivió durante años gracias al dinero y la comida que le enviaba su progenitora y que, a pesar de estar rodeado siempre de mujeres (no se fiaba de sus adversarios políticos) siempre fue algo retraído en lo que se refiere a las relaciones íntimas


Actualizado:Un político decidido que ayudó a poner en jaque al gobierno zarista. A día de hoy, la imagen que ha prevalecido de Vladimir Ilich Uliánov (más conocido por Lenin, su nombre de guerra) es la de un mito con barba de chivo. Un icono para el pueblo soviético (primero), y ruso (después). Sin embargo, el líder comunista tuvo también una cara privada que suele pasarse por alto en los libros de Historia. Ejemplo de ello es que, a nivel personal, dejó su libido a un lado en favor de la Revolución y, a pesar de que se rodeaba de «compañeras», jamás creyó en la liberación sexual de la mujer.
Pero no solo eso, sino que este mito de la URSS también vivió una buena parte de su adultez a costa de su madre (a quien desangró económicamente) y, según una nueva biografía sobre su persona, carecía de amistades masculinas debido a que solía cambiar drásticamente de opinión.
Este Lenin más escondido (el menos conocido por la sociedad) es hoy noticia debido a que, en pleno 2017 como estamos, Rusia celebra el centenario de la Revolución de 1917. Un año en que los rusos se alzaron para derrocar al zar Nicolás II en un movimiento que costó más de un millar de muertos al país. En base a todo ello, queremos recordar la otra cara de este curioso personaje.

«Envíame todo el dinero que puedas»

La figura del Lenin anterior a la Revolución jamás estuvo ligada a la bonanza económica. Más bien todo lo contrario. Tal y como afirma la popular historiadora Diane Ducret en su obra «Las mujeres de los dictadores», cuando nuestro protagonista no superaba las 24 primaveras era un abogado afincado en San Petesburgo que apenas tenía clientela suficiente como para pagar un plato de comida. Por entonces, la frase que más solía repetir en las cartas que enviaba a su progenitora era la siguiente: «He superado mi presupuesto, y no espero poder salir de apuros por mis propios medios. Si es posible, mándame unos 100 rublos más».
Ella jamás dudó en lo referente al «cash» si era su pequeño quien se lo pedía. Para María Aleksándrovna el futuro líder revolucionario era el niño de sus ojos. Por él estaba dispuesto a hacer cualquier cosa. Y no era raro pues, al fin y al cabo no quedaba otro hombre en la familia (pues tanto su padre como su hermano mayor habían fallecido).
María Aleksándrovna demostró el apoyo incondicional a su hijo cuando vendió la vivienda familiar en la que había visto nacer a sus pequeños allá por 1887. Una medida que tomó para conseguir dinero con el que comprar una granja por 7.500 rublos. El mismo lugar en el que esperaba que Lenin se ganase un porvenir a golpe de azadón y trabajo duro. Sin embargo, su joven hijo tenía otros planes. «Mamá quería que me ocupase de los trabajos del campo. Lo intenté, pero aquello no funcionaba», dijo posteriormente el revolucionario. Por el contrario, cuando el calendario marcaba 1895, Vladimir abandonó todo y se marchó a vivir a Europa. ¿Cómo se costeó los gastos? Simple: con la pensión de su madre.
Lenin, en su juventud
Lenin, en su juventud- Wikimedia
Durante aquel viaje no fue extraño que enviase misivas a su madre pidiéndole dinero para poder sufragar sus gastos. Entre otros, caprichos como comprar libros. «Con gran susto veo que sigo teniendo dificultades financieras. El placer de comprar libros es tan grande que el dinero se va como el agua. Me veo obligado una vez más a pedir ayuda: si es posible, mándame 50 o 100 rublos», escribió en una ocasión. Y es que, el futuro líder rojo devoraba realmente los textos de los grandes filósofos rusos.
Por entonces Lenin ya había hecho sus pinitos en lo que política se refiere. Y no se sentía atraído precisamente por los mandamientos de los zares. Por ello -y porque se había dedicado a visitar a multitud de personalidades revolucionarias en su viaje a través de Europa- fue detenido poco después de regresar a su hogar, allá por septiembre de 1895.
Poco después de pisar la tierra que le había visto nacer, tuvo que ver como le encarcelaban de forma preventiva mientras esperaba juicio. Durante ese tiempo, su madre y su hermana mayor (Anna) volvieron a demostrar por enésima vez que Vladimir era el niño de sus ojos al enviarle multitud de trajes, ropa blanca, mantas o chalecos de lana.
Lenin9, junto a su esposa en 1922
Lenin9, junto a su esposa en 1922- ABC
Tampoco le faltó la comida a Lenin. Al fin y al cabo, se la llevaba habitualmente mamá Aleksándrovna. Así lo dejó claro el futuro líder en varias cartas: «Tengo una reserva de víveres, podría abrir por ejemplo un comercio de té». El hombre de la barba de chivo habló incluso, con cierto desprecio de los alimentos que recibía de su familia. Algo que dejó claro a su hermana en una misiva: «Pan como muy poco, intento seguir una dieta. Y tú me has traído tal cantidad que necesitaré una semana para acabarlo». Otro tanto sucedía con los trajes antes mencionados: «No me envíes más ropa blanca, no se donde ponerla», señalaba.
Tanto Ducret como Danilkin (autor de una nueva biografía sobre Lenin y entrevistado por el medio internacional «Russia Today» hace apenas unas jornadas) son partidarios de que María y Anna fomentaron en Lenin una actitud negativa con respecto a las mujeres. La autora belga es la más específica con respecto a esta idea, tal y como determina en su obra: «Este apoyo femenino del cual se vio rodeado le parecía tan habitual y obvio que los esfuerzos de quienes le mimaban apenas merecían su gratitud». Se convirtió, en definitiva, en un «niño mimado» a pesar de que, como señala el autor ruso, jamás conoció la bonanza económica.

Un reprimido sexual

Después de casi un año en prisión, Lenin fue juzgado y deportado a Siberia en 1887. Allí pasó tres años que no fueron del todo malos, pues los sufrió junto a una de sus admiradoras: Nadejda Krupskaia. Una mujer que -a pesar del frío y las malas condiciones- decidió pasar con el líder revolucionario su exilio. Ambos se casaron en el verano de ese mismo año. Sin embargo, la explosión de amor que vivieron en primera instancia no duró demasiado y terminó transformándose rápidamente en complicidad y cariño. Así lo afirma la belga en su obra: «Muy pronto el deseo se desvaneció. Lenin pareció dejar su libido a un lado durante varios años, pues prefería invertir su energía en la tarea revolucionaria».
En palabras de la experta, Nadia vivió entonces una situación difícil en lo que respecta a su feminidad. Un sentimiento que se acrecentó cuando supo que, por un problema médico, tendría serias dificultades para dar un hijo a su esposo.
«Siberia acabó con su vida íntima [la de ambos], pero a cambio les dio una complicidad que duraría hasta la muerte. A partir de entonces, Vladimir jamás podría separarse ni un solo día de ella», añade la historiadora. En lo que a sexualidad se refiere, la vida entre ambos no mejoró después de la liberación de Lenin. Y es que, ni en Zúrich primero, ni en París después, pasaron mucho tiempo a solas. Por el contrario, el revolucionario prefería dedicar las horas que podría haber invertido en sus relaciones íntimas, a la Revolución.
Vladimir Ilich Lenin con Sverdlov
Vladimir Ilich Lenin con Sverdlov- ABC
La misma Nadia así lo dejó escrito en multitud de cartas, como bien recoge la historiadora en su obra: «Para encontrar un momento de intimidad y estar a solas con él, Nadia no tenía más remedio que arrastrar a Lenin hasta el Jardín público de la esquina». La mujer, en sus misivas, tampoco escondió su frustración y el aburrimiento que -en ocasiones- sentía al estar con su esposo: «Por la noche no sabíamos como matar el tiempo. No teníamos ningunas ganas de quedarnos en nuestra habitación fría e incómoda, y salíamos todas las noches al cine y al teatro».
Su posterior viaje a Francia no modificó nada la situación. De hecho, en él quedó claro que Lenin no había cambiado ni un ápice en ningún ámbito de su vida. Ejemplo de ello es que (aunque por entonces ganaba algo de dinero escribiendo artículos), en diciembre de 1908 volvió a pedir dinero a su madre para alquilar una vivienda de la que se había encaprichado en París. Más y más monedas a pesar de que ya casi rozaba las cuatro décadas de vida.
En los meses posteriores, además, recibió multitud de paquetes de su madre. En ellos, María le envió desde tocino, hasta pescado ahumado, jamón o mostaza. «Golosinas», como señala Ducret, para que a su pequeño no le faltase absolutamente de nada.

El extraño trío

Por si aquella fuese una situación poco extraña para Nadia, la esposa de Lenin tuvo que ver como su marido se echaba una amante frente a sus narices durante la estancia de ambos en París. La nueva pareja del revolucionario fue Inessa Armand, una mujer cuatro años menor que él que cautivó instantáneamente a nuestro protagonista. Lo más preocupante es que la mujer que había pasado más de tres años en Siberia junto a Vladimir tuvo que convivir desde ese momento junto a la amante de su esposo.
El historiador español Iñigo Bolinaga afirma en su obra «Breve historia de la Revolución rusa» que Nadia conocía perfectamente la relación de su marido con Inessa. «Armand fue amante de Lenin, con el conocimiento de su esposa. El mito del líder-héroe de moralidad intachable que quiso legar el estalinismo se rompe entonces para dar paso a un hombre lleno de pasiones y debilidades».
Inessa Armand, la amante de Lennin
Inessa Armand, la amante de Lennin- Wikimedia
Desde que conoció a Inessa, Lenin inició una relación con ambas. Nadia, de hecho, llegó a proponerle en varias ocasiones que se fuera con su nueva amante. Sin embargo, el revolucionario se negó, pues siempre consideró a la que oficialmente fue su esposa como un pilar básico de su vida. Al final, parece que los tres se acostumbraron a esta extraña situación.
Ducret llega a tildar al líder revolucionario, a Nadia y a Inessa como un «trío» cuyo pegamento no solo era nuestro protagonista, sino también la buena relación de amistad que mantenían ambas. A ellas, de hecho, les unía el carácter y su pasión por el feminismo. Este raro triángulo amoroso queda perfectamente definido en una carta escrita por la misma Nadia: «Todos queríamos mucho a Inessa, siempre parecía estar de buen humor. Todo parecía más cálido y más vivo cuando ella estaba presente».

«¡Chorradas!» sexuales

Ya con aquellas dos mujeres de la mano, y después de cientos de discursos hablando de revolución e injusticias, Lenin comenzó a ganarse una legión de seguidores a comienzos del siglo XX. Lo curioso es que muchos de ellos eran mujeres que se sentían atraídas, como afirma Ducret, «de forma hipnótica por él». Nuestro protagonista, sabedor de que era como un imán para el sexo opuesto, explotó esta faceta haciéndose pasar por un defensor del feminismo. «No puede haber un verdadero movimiento de masas sin las mujeres», solía señalar. Sin embargo, la realidad es que únicamente apoyaba el levantamiento de las hembras en el trabajo, y no en el ámbito sexual.
«Aunque yo no sea un asceta, esa pretendida “nueva vida sexual” de la juventud me parece puramente burguesa»
La autora llega incluso a afirmar que su forma de actuar da a entender que no tenía empatía por el sexo contrario. Así lo demuestran varios comentarios que hizo sobre la liberación sexual de la mujer: «Considero esa superabundancia de teorías sexuales, la mayor parte de las cuales son hipótesis, y a menudo hipótesis arbitrarias, como procedentes de una necesidad personal de justificar ante la moral burguesa la propia vida anormal o hipertrofiada».
No se dejó influir, ni quiera, por las teorías de Freud ni de sus seguidores, como él mismo señaló: «El texto más difundido en este momento es el folleto de un joven camarada de Viena sobre la cuestión sexual. ¡Chorradas! La discusión sobre las hipótesis de Freud le confiere un aire “culto” e incluso científico, pero en el fondo no es más que una vulgar redacción escolar».
A su vez, Lenin se dedicó a cargar contra la idea de la libertad sexual. Y es que, para él, aquello era una mera excusa burguesa para satisfacer los más bajos instintos. «Aunque yo no sea un asceta, esa pretendida “nueva vida sexual” de la juventud —y a veces también de la edad madura— me parece puramente burguesa, como una extensión del burdel burgués. [...] Sin duda conocéis esa famosa teoría según la cual la satisfacción de las necesidades sexuales será, en la sociedad comunista, tan sencilla vaso de agua ha enloquecido totalmente a nuestra juventud».
a mujer de Lenin, Krupskaia (segunda a la izquierda), junto al cadáver de su marido.
La mujer de Lenin, Krupskaia (segunda a la izquierda), junto al cadáver de su marido.- ABC
El líder revolucionario llegó, incluso, a señalar que las mujeres no podían aspirar a una liberación sexual debido a que no contaban con «conocimientos profundos y variados sobre el tema». A Clara Zetkin, una popular teórica del feminismo, le espetó que jamás había conocido a una hembra capaz de leer «El Capital», consultar un horario de trenes o jugar al ajedrez. Así lo afirma, al menos, la autora en su obra «Las mujeres de los dictadores».
Sin embargo, y a pesar de todo ello, Lenin solía estar rodeado siempre de mujeres. Al parecer, porque se fiaba más de ellas que de los hombres. Así lo afirmaba Danilkin a «Russia Today» hace apenas unas jornadas: «Era un polemista. Daba mucha importancia a los matices, a las pequeñas diferencias. Por eso su entorno le detestaba. Era un compañero poco fiable. Por ejemplo, cuando era presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo, en una sesión podía apoyar un punto de vista, pero cambiar de opinión con facilidad poco después. Se puede decir que no tenía amigos. Sin embargo, esto quedó compensado con una gran cantidad de amistades femeninas».