LA RAZÓN DE UN NUEVO BLOG DE GESTIÓN CULTURAL

Ante la avalancha de información cultural noticiosa que recibimos diariamente gracias a la colaboración que me proporciona Arturo Álvarez D'Armas, poeta, fotógrafo y promotor cultural venezolano, así como otros valiosos amigos colaboradores, hemos decidido abrir un nuevo blog de promoción y gestión cultural. Sean bienvenidos todos los amigos interesados en promover la cultura y el arte en general. Pueden enviarnos sus colaboraciones, las cuales subiremos a este blog como entradas tan pronto como las recibamos. Quienes deseen colaborar pueden dirigirnos sus trabajos a nuestro correo personal: renedayre@gmail.com René Dayre Abella. Autor y promotor cultural.

domingo, 1 de agosto de 2010

Nuevo libro "Verano". La verdad detrás de los libros de J. M. Coetzee.

Nuevo libro "Verano"
La verdad detrás de los libros J. M. Coetzee

El Nobel sudafricano abre nuevos caminos literarios con la tercera parte de su autobiografía, Verano . Después de Infancia y Juventud , el autor repasa su vida en los años setenta a través de unos pocos hechos cruciales. El libro llega a Chile esta semana.  

JOSÉ MARÍA GUELBENZU Babelia  A partir de Elizabeth Costello , J. M. Coetzee entró en un territorio literario donde el juego ficción-realidad, preferentemente enmarcado en textos más o menos autobiográficos, supuso un cambio de rumbo en su narrativa, un cambio asumido con tanto espíritu como riesgo, que está dando como resultado obras que se adentran decididamente en la construcción de la novela del siglo XXI. Diario de un mal año era un texto a tres bandas que contenía un ejercicio de indagación en la senectud extremadamente inteligente gracias a esa simultaneidad de voces y actitudes (un viejo, una muchacha sensual y su novio) con la que establecía un expresivo ejercicio de perspectiva y autoanálisis. Con Infancia y Juventud entraba en una suerte de memorias sui géneris cuyo tercer capítulo, bajo el subtítulo de "Escenas de una vida de provincias III", lo constituye este Verano que ahora comentamos. Todos estos libros han sido editados por Mondadori.
Infancia y Juventud son dos novelas autobiográficas escritas en tercera persona. Recogen dos etapas de la vida de un tal John Coetzee; la primera, su vida de niño en la región de Karoo, alejada de la civilización urbana; la segunda se sitúa en Londres, adonde un joven John Coetzee se traslada tras estudiar en la Universidad de El Cabo. Verano , en cambio, toma otro tipo de distancia y de estructura; de hecho, viene antecedida por esa persona interpuesta que él utiliza para expresar sus ideas en Elizabeth Costello . El resultado es verdaderamente notable y, sobre todo, revela una audacia literaria que no por consecuente con la última parte de su obra deja de ser un reto original que manifiesta a las claras su viveza de espíritu y su apuesta irreductible por la verdad literaria; lo que en los tiempos que corren resulta muy gratificante.
El libro está dividido en siete capítulos. Cinco de ellos se corresponden con personas que conocieron a John Coetzee, cuatro mujeres y un hombre. De las cuatro mujeres, al menos dos tuvieron una relación erótica con él. El quinto es un hombre al que conoció por coincidir con él en la antesala de una entrevista de trabajo y con quien entabló una cierta amistad. El texto está redactado en forma de entrevistas con esas cinco personas porque el artificio que usa el autor es el de crear un joven biógrafo inglés, Vincent, que está escribiendo un trabajo biográfico sobre el periodo que transcurre entre 1972 y 1975 de la vida de John Coetzee, célebre escritor galardonado con el Premio Nobel y fallecido en Australia. Las cinco entrevistas se abren y cierran con unos Cuadernos de Notas del propio John Coetzee correspondientes a esos años.
El artificio requiere confianza y pulso narrativo, pues se trata de inventar a cinco personajes que, a su vez, deben de crear con su testimonio un Coetzee personal e íntimo, un Coetzee que, de cara al exterior, fue un hombre retraído y alejado de los circuitos literarios. Si no olvidamos que, a fin de cuentas, el auténtico J. M. Coetzee (afortunadamente, aún vivo) está hablando finalmente de sí mismo, el ejercicio de escritura se convierte en un verdadero alarde. Pero lo autobiográfico no debe hacernos olvidar lo literario: ¿han existido realmente esas personas o, por el contrario, son producto de su imaginación y lo único realmente comprobable es aquello que se refiere estrictamente a la vida de Coetzee y quizá no todo ello sino sólo parte? Y este es el momento de olvidar lo personal y entrar en lo literario: lo único que importa al lector, aparte de la natural curiosidad que suscita la historia, es que le están contando algo que ha de ser creíble; en este caso, creíble desde la ambigüedad de la propuesta. Y la realidad es que si consideramos estas memorias de una vida provinciana como una novela, estamos ante una novela sumamente inteligente que atrapa al lector por el camino de la imaginación, que es donde a fin de cuentas se sustancia la expresión de su autor.
La multiplicidad de voces consigue, entre otros efectos, el de crear un escenario, Sudáfrica, al que responden un conmovedor y hosco John Coetzee y su conmovedor y patético padre. Las voces establecen un paralelo natural entre su visión de Coetzee y su visión de la realidad sudafricana, lo que desemboca en la relación misma de Coetzee con su país y con su pasado. El juego es extraordinariamente complejo, sutil y de una gran riqueza de matices. La actitud ante el mundo de este hombre cerrado como una ostra se abre mágicamente ante los ojos del lector en lo que no es más que un duro y exigente ajuste de cuentas consigo mismo que, al preservar su voz -sólo aparece en los Cuadernos de Notas-, le permite exteriorizarlo sabiamente. Y detrás de todo está, a su vez, un tema eterno: la figura del artista.
Julia, su amante casada, que incluso aventura en un momento dado una interpretación de su obra en relación con él, está dispuesta a hablar de John, pero exige su cuota: hablar también de su propia vida. Margot, su prima, una figura del pasado en el presente actúa al revés: ella pregunta al biógrafo y ésta le va leyendo el texto que construyó con su testimonio. Adriana es un personaje fascinante que detesta a Coetzee y amplía el campo de visión, y Mario es una especie de sombra que se rozó con la de Coetzee: las que cuentan son las mujeres; el contraste entre esta y las otras voces es un acierto. Sophie, su otra amante, que es quien más habla de sus actitudes políticas y de su actitud ante la política, resume con una frase certera el espíritu del biografiado: "Para el fatalista, la historia es el destino".
Diría que el libro es deslumbrante si no fuera porque el deslumbramiento no deja ver y aquí, en cambio, lo que hacemos es, precisamente, ver. Léanlo como quieran ustedes, como cierto o como no cierto, pero léanlo; por su extrema inteligencia, por el derroche de talento, por su capacidad de convicción y por abrir nuevos caminos a la escritura narrativa. Por aquí sí se cuece el futuro de la novela.
 La violencia de las palabras: opinan autores chilenos Jaime Collyer
Si tuviera que escoger la mejor novela del siglo XX que he leído, esta sería con seguridad Esperando a los bárbaros, de Coetzee. En un escenario que podría corresponder a cualquier sistema autoritario, Coetzee recrea los desgarros medulares del individuo contemporáneo: el de su indefensión ante el poder o las arbitrariedades sin límites de éste, o la desolación de una vida sumida en la inconsecuencia -como es la vida del magistrado que protagoniza la historia- y que de pronto ha de asumir sus errores, combatir el mal. Sirve para las víctimas del apartheid, los chilenos del pospinochetismo o los sobrevivientes del gulag soviético, y eso es, por sí mismo, un mérito sugestivo de la fuerza y el alcance universales de Coetzee en lo temático. Para no hablar de su prosa certera, impecable, de todas formas cargada de una tonalidad íntima. Otras obras suyas, como Desgracia , satirizan las obsesiones de lo políticamente correcto, una faceta adicional, y más sutil, de la violencia psicológica moderna y cómo ella se ejerce a diario. Es un autor que desnuda las falacias y acometidas del gran poder en las sombras y de las servidumbres que él impone al ciudadano de a pie. Hay que leerlo.
Jaime Valdivieso
Pocos escritores han combinado tan extraordinariamente la erudición del maestro de literatura en su lucidez racional, con los misterios y las fuerzas oscuras del alma y el inconsciente, tal como lo demuestran a lo menos dos obras: Desgracia , que ocurre en Sudáfrica, y El maestro de Petersburgo, en la Rusia del siglo XIX, y donde emula sin querer la despiadada y a la vez tierna mirada del autor de Los hermanos Karamazov .
Andrea Jeftanovic
Confieso que cada vez que un autor que no conozco gana el Premio Nobel me despierta una curiosidad ansiosa y culposa que hace ponerme rápidamente al día, o en parte, con su obra. En el 2003 quería palpar desde los libros de Coetzee las huellas del apartheid, de los dialectos africanos a modo de una torre de Babel, de las familias mixtas, de las tensiones sociales, de la pobreza, del colonialismo, del vasto territorio sudafricano y de este Beckett en Ciudad del Cabo.
Leí Desgracia cuando empezaba a ser profesora universitaria, y me dio susto ver la desazón de ese académico que ya no sentía pasión por su oficio, por sus libros y se liaba amorosamente con sus alumnas; comenzaba así a vivir un despeñadero existencial. Me sorprendió en especial una escena, cuando asaltan su casa y los delincuentes violan en la habitación de al lado a su hija lesbiana. La escena es feroz, sientes la impotencia y desesperación de ese padre que sólo a través de los ruidos es testigo de tal vejación. Luego, me impactó Esperando a los bárbaros , la idea de la frontera, el complejo colonial que induce al temor de que siempre hay unos "otros" más allá que son bárbaros, incivilizados que son una amenaza. Eso es algo extrapolable a tantos conflictos con los inmigrantes, en la lógica de las guerras, del crimen, etcétera.
Las memorias Infancia y Juventud me parecieron interesantes, pero de un registro más convencional.
Diego Zúñiga
Resulta difícil olvidar cuando David Lurie es encerrado en el baño, mientras unos hombres violan a su hija en la pieza de al lado. Todo sucede rápido y Lurie no puede hacer nada más que escuchar los gritos de ella. Es, sin duda, uno de los momentos más intensos de Desgracia , porque Coetzee logra reflejar la resaca de lo que se vivió con el apartheid en Sudáfrica. Los violadores son negros y, de alguna forma, están tomando venganza. Pero esto no lo explica Coetzee, simplemente lo muestra.
Pensé en eso cuando vi la adaptación cinematográfica de Desgracia , estrenada en 2008, con un notable John Malkovich como Lurie. Pensé en esa violencia en sordina que Coetzee retrata con tanta precisión en la novela y en cómo, inevitablemente, se pierde en la adaptación cinematográfica. Porque más allá del tema, es en el uso del lenguaje donde radica una de sus mayores virtudes. Y eso queda demostrado acá: no basta con las imágenes, no; es necesario que las palabras calcen para construir la escena, para que los gritos de esa hija duelan, para que su silencio posterior sea la forma más elocuente del dolor.

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