LA RAZÓN DE UN NUEVO BLOG DE GESTIÓN CULTURAL

Ante la avalancha de información cultural noticiosa que recibimos diariamente gracias a la colaboración que me proporciona Arturo Álvarez D'Armas, poeta, fotógrafo y promotor cultural venezolano, así como otros valiosos amigos colaboradores, hemos decidido abrir un nuevo blog de promoción y gestión cultural. Sean bienvenidos todos los amigos interesados en promover la cultura y el arte en general. Pueden enviarnos sus colaboraciones, las cuales subiremos a este blog como entradas tan pronto como las recibamos. Quienes deseen colaborar pueden dirigirnos sus trabajos a nuestro correo personal: renedayre@gmail.com René Dayre Abella. Autor y promotor cultural.

martes, 31 de agosto de 2010

Tolstói en microondas. TOMADO DE: http://www.elpais.com.uy/Suple/Cultural/10/08/27/cultural_510427.asp

Nueva edición de "Guerra y Paz"

Tolstói en microondas


Mercedes Estramil
CASI NO SUENA a disparate creer que Guerra y paz se escribió más rápido de lo que se puede leer. Entre 1864 y 1869 Lev Tolstói hizo alrededor de media docena de versiones, prolijamente transcriptas por su esposa Sofía en un acto santificable, de lo que llegaría a ser una de las obras máximas de la literatura universal. Ahora bien, si Tolstói se prodigó en manuscritos y correcciones, la posteridad no fue menos pródiga en traducciones y versiones, y no hay dos que se parezcan. Depende de qué edición tolstoiana de los manuscritos originales o de las ediciones en vida del autor se tome como base y de qué criterios editoriales se sigan, tendremos una novela u otra.
En unas hay más "guerra", en otras hay más "paz", en unas muere tal personaje, en otras queda con vida, algunas podan el bosque filosófico de Tolstói hasta hacerlo bonsai, están las que tienen epílogo y las que no, las que insumen 700, 1.200 o 1.800 páginas (a similar formato), las que incluyen fragmentos originales en francés y las que no, etc. Sin duda el atrevido consejo que dio no hace mucho la española Rosa Montero en el suplemento Babelia sobre la necesidad de saltarse sin complejos páginas de Cervantes, Melville o Thomas Mann, le calza como zapatito de cristal a Tolstói.
Un escenario de explicación posible es que no se escriben hoy ni podrían escribirse, macro-relatos conceptualmente densos como Guerra y paz (o como La montaña mágica de Thomas Mann o como En busca del tiempo perdido, la saga de Marcel Proust), y por lo tanto tampoco habría muchos lectores dispuestos a meterse en esos mundos, sin sentirse expulsados por una velocidad narrativa que el siglo veinte dejó (en apariencia) obsoleta.
No es cuestión del número de páginas, como el fenómeno Rowling dejó bien sentado: es un asunto de ósmosis. Tal vez porque hay una invisible pero corporal barrera entre esas arquitecturas sagradas del pasado y el hoy, es que una edición de Guerra y paz notoriamente licuada como ésta de Mondadori se percibe como más digerible. Lo cual no quita que quienes leyeron otras (las publicadas por Bruguera o Muchnik, por ejemplo) puedan tildarla con toda razón de boceto o novela partida.
EL ÁRBOL Y EL BOSQUE. Como sea, Guerra y paz retrata en detalle el fin de una época. El telón de fondo de la Rusia Imperial en la época de la gran campaña rusa de Napoleón Bonaparte, permite citar personajes reales (el zar Alejandro, Napoleón, el general Kutúzov), y batallas históricas (Austerlitz en 1805, Borodino en 1812). Pero el protagonista indiscutible es esa esplendorosa y ociosa aristocracia moscovita y peterburguesa ocupada en partidas de caza, veladas de sociedad, y en acrecentar fortunas mediante casamientos convenientes. Alrededor de cuatro familias (Bolkonski, Bezújov, Kuraguin y Rostov) se desenvuelve la madeja emocional y bélica de Guerra y paz. Los hijos de esos cuatro nobles, guiados por intereses, sentimientos y por el motor imprevisible de la Historia, serán los que muevan la maquinaria impresionante de anécdotas de la novela.
Tolstói (1828-1910) se luce presentando a esa clase de terratenientes a la que perteneció y que confesó adorar, mucho antes de que sus acciones coincidieran con la imagen revolucionaria y filántropa de sus últimos años (la que recoge con suavidad el film La última estación, dirigido por Michael Hoffman y recientemente estrenado en Montevideo).
Destila acidez en el retrato de los personajes femeninos, con frecuencia fijados desde un comienzo, y castigados o premiados según un patrón moralista. Las bellas son tontas, inmaduras o casquivanas; las de buen corazón son feas. Así son la infiel Hélène Kuragin y la boba Liza, hermosuras casadas con los personajes masculinos espiritualmente más ricos de la novela (Pierre Bezújov y su amigo Andrei Bolkonski), o la poco agraciada María Bolkonski que empeña la juventud cuidando a su padre y es compensada con una felicidad tardía. Incluso Natasha Rostov, ese prodigio de adolescencia caprichosa y pasional que las versiones más extendidas de la novela (no ésta, que la deja en el happy end) nos mostraron como una matrona entrada en carnes, hijos y mezquindades.
Los personajes masculinos, sin embargo, tienen otro espesor. Su salida al mundo y/o a la guerra les hace recorrer un camino vedado a las mujeres y explica en parte la dimensión de sus cambios. Es el caso de Andrei, que se desencanta de la vida castrense (donde triunfa) y redimensiona la vida familiar (donde fracasa). O el de Pierre, hijo ilegítimo que no se aclimata a su envidiable vida de millonario y emprende un via crucis personal de múltiples estaciones. O el de Nikolai Rostov, que pasa de riquito fanfarrón y soldado calculador a hombre hecho y derecho, capaz de encontrar en la amistad y el amor la redención personal y el bienestar familiar, todo un combo.
Esos son los puntales, pero conviene recordar que en la novela hay casi seiscientos personajes. Uno de los temores de Tolstói era que los árboles no le dejaran ver el bosque, y combatir ese aserto fue una de sus metas narrativas. Parte de su grandeza consistió en maniobrar con habilidad entretejiendo los hilos pequeños y los enormes, de modo que su historia permaneciera atada de modo coherente y seductor de principio a fin.
GRANDES VANIDADES. Pese a que esta versión puede hacer creer que el amor ocupa el papel principal, la gran historia de amor de Tolstói fue la pasión adúltera de Anna Karenina. En Guerra y paz ese sentimiento forma parte de un dibujo mayor en el que se inscriben los dilemas profundos de sus personajes masculinos, que son también los suyos. Averiguar de qué está hecha la naturaleza humana y qué cosas la alteran, mostrar la decadencia que obra el tiempo, y pese a todo, rescatar la nobleza intrínseca de la humanidad, es una posible lectura de Tolstói.
Si bien el punto de vista de la novela es el de "los nuestros" (una inclusión, más que de Rusia, de la aristocracia rusa), cierta ironía hace casi irrespirable esa noción de pertenencia por la que unos individuos que odian a Napoleón en público lo admiran en privado, o siguen usando el idioma francés en sociedad. Asimismo, cualquier posible elogio de la guerra queda diezmado en los análisis que Tolstói repite y ejemplifica: una cosa es la batalla que se imagina, otra la que luego se cuenta para gloria de la patria, y muy otra la que efectivamente se pelea.
No es un mundo de contornos definidos, sino surrealista, y el realismo tolstoiano lo desacraliza sin piedad, como desacraliza la riqueza ociosa, las sociedades secretas o el amor filial. Caen por igual prototipos de amante, de amigo y de héroe. Viran las promesas y las certezas. Pero sigue inalterable, monolítico, ese gran coro social hecho de miradas silenciosas, mentiras piadosas, complejas manipulaciones y deseos inconfesos, ese coro de boato del que Tolstói capta hasta el fru fru de las telas, el vello sobre el labio, y el sonido del corazón.
Una recreación verbal tan minuciosa sólo se puede seguir a la manera embelesada con que se sigue, por ejemplo, El arca rusa, la gran película de Sokurov. Ver el movimiento de marea viva y peligrosa de esos cientos de personajes es uno de los grandes momentos que Tolstói legó a la humanidad antes siquiera de pensar en legar sus bienes. Lo hizo sin pararse a pensar en el número de páginas, pero curiosamente, incluso cercenado y cocinado rápido, es grande. Un visionario.
GUERRA Y PAZ, de Lev Tolstói. Ed. Debolsillo, 2009, Barcelona, 1175 págs. Distribuye Random House Mondadori.
TOMADO DE: http://www.elpais.com.uy/Suple/Cultural/10/08/27/cultural_510427.asp
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