LA RAZÓN DE UN NUEVO BLOG DE GESTIÓN CULTURAL

Ante la avalancha de información cultural noticiosa que recibimos diariamente gracias a la colaboración que me proporciona Arturo Álvarez D'Armas, poeta, fotógrafo y promotor cultural venezolano, así como otros valiosos amigos colaboradores, hemos decidido abrir un nuevo blog de promoción y gestión cultural. Sean bienvenidos todos los amigos interesados en promover la cultura y el arte en general. Pueden enviarnos sus colaboraciones, las cuales subiremos a este blog como entradas tan pronto como las recibamos. Quienes deseen colaborar pueden dirigirnos sus trabajos a nuestro correo personal: renedayre@gmail.com René Dayre Abella. Autor y promotor cultural.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Viaje por la Praga de Kafka Una ciudad y su escritor Hugo Burel

Viaje por la Praga de Kafka

Una ciudad y su escritor

Hugo Burel
HABER LEÍDO a Kafka con cierta constancia implica también añorar Praga sin haberla pisado. Siempre creí que hay ciudades con una asociación, por ejemplo, a lo pictórico. Es el caso de París, que atesora La Gioconda y nos promete todo el Louvre; o Amsterdam, que permite descubrir la luz de Rembrandt; también hay otras que remiten a la arquitectura como New York, Chicago, la monumental Viena imperial. Pero las ciudades que más me atraen son aquellas que se vinculan a la literatura o que están fuertemente teñidas de un sesgo literario: el Dublín de Joyce, la Buenos Aires de Borges, y sin dudas la Praga de Kafka. En su libro Venecias Paul Morand afirma que descubrir Nápoles era nombrar al sol por su verdadero nombre. La imagen es adecuada para describir la devoción que puede despertar una ciudad, sobre todo cuando uno no la conoce y alienta, muchos años antes de pisar sus calles, la esperanza invencible de hacerlo. Tal lo que me sucedía con Praga, la que hace semanas pude visitar para -siguiendo la imagen de Morand- nombrar a Kafka por su verdadero nombre.

ENSUEÑO DE PIEDRA. Por supuesto que una ciudad fundada en el siglo IX, si aceptamos que alrededor del año 870 se inició la construcción de su emblemático Castillo -que hoy es sede de su gobierno-, es mucho más que el nombre de su más famoso escritor. Y una vez en Praga pude comprobar que no todo cuanto veía me remitía a la mirada de Kafka, pese a que su literatura construyó entre líneas una ciudad de papel que yo iba a tener que superponer a la real que estaba caminando. En definitiva intenté perseguir a Kafka por una Praga que, en pleno verano, es un hervidero de visitantes de todo el mundo.
Viajé a Praga en tren, saliendo desde la moderna terminal Hauptbahnhof de Berlín para seguir las sinuosidades del río Elba que siempre aparecía a mi izquierda. Arribé a la estación de ferrocarril Hlavni Nadrazi, la más grande y popular de Praga a la que llegan trenes del centro y del este de Europa. La terminal se construyó en 1909. Alguna vez fue una hermosa estructura de cuatro pisos estilo art nouveau y uno de los diseños arquitectónicos más preciados de la ciudad antes de ser unificado con un salón de transferencias misteriosamente moderno. Ese contraste fue lo primero que me impresionó de Praga: la parte antigua de la estación, recargada, pintada en tonos ocre y marrón, deteriorada, oscura y un poco tétrica y el aditamento reciente, con acero, marquesinas de neón, locutorios de Internet y proliferación de marcas comerciales, entre ellas la "M" de la hamburguesería más famosa del mundo. Ese detalle resultó incongruente para la primera ilusión literaria que me distrajo: imaginar a Franz Kafka en esa estación, a punto de realizar el viaje inverso al mío en un lejano diciembre de 1910 cuando partía por primera vez hacia Berlín.
Con treinta grados de temperatura, cielo azul despejado y un sol implacable abandoné la estación saliendo por su puerta antigua para empezar mi estadía de tres días en lo que alguien definió como un ensueño de piedra y que en 1993 fue declarado Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad por la UNESCO. Había llegado por fin al lugar que amaron y admiraron Mozart, Beethoven, Apollinaire, Tchaikovski y Rodin entre muchos. La ciudad que fue conocida como la Roma del norte y el centro de la vida social y cultural del imperio de los Habsburgo y, para los que gustan de los temas esotéricos, uno de los vértices europeos del triángulo de magia blanca, junto con Turín y Lyon. Una ciudad que estuvo desde 1939 a 1945 -al igual que el país- ocupada por los nazis.
Durante la II Guerra Mundial cayeron apenas siete bombas sobre Praga, todas lanzadas por los aliados. Se dice que Hitler admiraba a Praga y nunca la bombardeó porque quería convertirla en cabeza de su proyectado imperio. A partir del final de la guerra y hasta 1989 estuvo en el campo socialista bajo la órbita soviética. Durante la primavera de 1969 fue invadida por las tropas del pacto de Varsovia, que sofocaron una posible apertura democrática y no se retiraron hasta la caída del régimen comunista. Una ciudad que, como Italo Calvino decía de los clásicos, desconcierta y "nunca termina de decir lo que tiene que decir".
PRAGA SIN LA LETRA G. Tuve que acostumbrarme a leer "Praha" en todos los rótulos, sin la "g", y también padecer el cacofónico idioma checo, que poco o nada orienta al hispanohablante. Áspero, un poco estridente y sibilante, y con la peculiaridad de tener declinaciones, el checo es la lengua dominante en una ciudad que antaño se preció de tener tres culturas (la alemana, la checa y la judía) y dos idiomas (el checo y el alemán). No obstante, se habla también el eslovaco, el ucranio-ruteno, el húngaro y el rom (que es un dialecto gitano), además del polaco. Obviamente, intenté apelar a mi elemental inglés, pero casi nadie lo entendía o lo hablaba. Además, ningún idioma le es tan inapropiado a Praga como el inglés.
Siempre me pareció misteriosa la palabra Praga, cargada de resonancias oscuras y sugestivas reminiscencias de calles estrechas y ecos de pasos que se pierden en las sombras de la noche. Algunos historiadores opinan que el nombre tiene su origen en la palabra eslava Prga, que significa «harina tostada», debido a la aridez del lugar elegido para construir el castillo de Praga. Otros afirman que el origen es la palabra checa Prahy que significa «rápidos», por los rápidos del río Moldava, a cuyas orillas se asienta la ciudad. Se sabe que los primeros vestigios humanos del territorio que hoy ocupa Praga datan del Paleolítico. El primer asentamiento estable se atribuye a una tribu celta -hacia el siglo VI a. de C.- que se estableció al sur de la actual Praga. La población se denominaba Závist. A partir del Siglo IX de la era cristiana los tiempos históricos muestran un curso cambiante en la existencia de Praga, que tienen una culminación en el siglo XIV, con la incorporación del país al Sacro Imperio Romano Germánico bajo Carlos IV de Luxemburgo. Toda esta retórica informativa forma parte del discurso estándar de los guías turísticos que se encargan de mostrar Praga y de ensalzar la figura del Emperador Sacro. De paso explican por qué el centro de Praga -más que el siempre visible castillo que por mil años ha representado al estado checo- es el Puente de Carlos, una maravilla construida en 1357 por orden del emperador y el primero que tuvo la ciudad.
LA INVASIÓN DE PEATONES. El Puente de Carlos es la construcción gótica más importante de la Edad Media en Bohemia. El astrólogo de la corte de Carlos IV calculó el día exacto en el que debía ponerse su primera piedra: el noveno día del séptimo mes del año 1357 a las 5 y 31 minutos. Los dieciséis arcos que lo sostienen fueron durante medio milenio el único enlace entre la Ciudad Vieja y la Malá Strana o lado pequeño de la ciudad. A lo largo de su historia le fueron incorporando al puente estatuas y elementos ornamentales y decorativos que a Kafka le parecían ominosos e inquietantes, en especial de noche. El Puente de Carlos es la zona más transitada de Praga y es el centro neurálgico de una ciudad que se ha convertido en un deslumbrante centro turístico. Sobre el puente no se permite el tránsito de vehículos y a lo largo de sus más de quinientos metros deambulan ávidos ejércitos de turistas, en especial japoneses, que no cesan de tomar fotografías y admirar la vista que desde allí se tiene del río Moldava, sus otros puentes y la colina con la Iglesia de San Vito, sus agujas góticas y el conjunto de edificios que configuran el castillo.
Si veinte años atrás, en una época contemporánea a la caída del muro de Berlín, se comercializaban en el puente souvenirs del mundo socialista y comunista, como uniformes, medallas o gorras del Ejército Rojo, lo que se ofrece hoy es muy diferente. Además de artesanías, joyas, fotografías o acuarelas de la zona, abundan los artistas del lápiz, que venden una especie de retrato-express a los paseantes y ejemplifican sus habilidades con los rostros de Angelina Jolie, Brad Pitt o Jessica Alba. La primera mañana que visité el puente, en su espacio central una banda de jazz que parecía salida de New Orleans -salvo que no contaba con un solo músico negro- ejecutó de manera irreprochable una música pegadiza pero inadecuada para el lugar y, bajo un sol que parecía el de Toscana, desbarató toda la magia de esa Praga misteriosa que pude haber traído en mi valija. En pleno día contemplé una Praga hiperreal, de deslumbrante colorido y colapsada por peatones de las más diversas procedencias. El paseante ejemplar que fue Kafka, que hasta escribía postales de sus merodeos ciudadanos, seguramente se hubiera espantado ante esa invasión alucinante.
TORRES, LABERINTOS Y MUNDIAL. El contraste del día con la noche es grande en Praga. Tras el largo crepúsculo veraniego las luces se encienden y la ciudad adquiere un evanescente clima mágico que se multiplica en el laberinto de sus calles y en las siluetas vigilantes de sus torres. Praga solo puede conocerse caminándola o subiéndose a un tranvía de su excelente servicio de transporte público. Tomando por la calle Karlova, continuación natural del Puente de Carlos, la topografía intrincada del barrio de Staré Mésto induce a perderse, a dejarse llevar por callejuelas empedradas y a descubrir recovecos, desniveles, pasajes y estrechos callejones que configuran un dédalo que suele desembocar en la plaza de la Ciudad Vieja, otro punto de concentración popular que en este año mundialista contó con pantalla gigante auspiciada por Hyundai. Allí pude ver el poder de una marca comercial, capaz de invadir literalmente un espacio histórico y apropiarse de él agrediendo sin misericordia toda la belleza edilicia circundante. Los banners gigantescos con el logotipo de la marca y los kioscos de venta de cerveza junto a los exhibidores de los vehículos último modelo contrastaban con edificios del Siglo XIV, como la torre del ayuntamiento de estilo neogótico y el reloj astronómico con sus doce figuras autómatas que aparecen dos veces por día representando a los 12 apóstoles.
Me fue imposible figurarme a Kafka entre los ávidos hinchas que ocupaban la explanada de la plaza extasiados con lo que sucedía en Sudáfrica. Probablemente nada esté más alejado de la mirada de Kafka que un partido de fútbol, porque en todo lo que sus biógrafos han consignado no hay una sola referencia a lo deportivo en versión colectiva. Para Kafka nadar, remar y hacer gimnasia, eran sus actividades físicas preferidas, además de sus largos paseos por la ciudad.
¿DÓNDE ESTÁ KAFKA? Según consigna y resume Reiner Stach en la Introducción de su obra Kafka. Los años de las decisiones, la vida del doctor Franz Kafka, funcionario de seguros y escritor judío de Praga, duró 40 años y once meses, ya que nació un 3 de julio de 1883 y murió el 3 de junio de 1924. De ellos, 16 años y seis meses y medio correspondieron a su formación escolar y universitaria, y 14 años y ocho meses y medio a la actividad profesional. A la edad de 39 años, Franz Kafka obtuvo el retiro para morir, casi dos años después, de una tuberculosis de laringe en un sanatorio de Viena. Aparte de sus estancias en Alemania -sobre todo, viajes de fin de semana- Kafka pasó solo unos 45 días en el extranjero. Conoció Berlín, Múnich, Zúrich, París, Milán, Venecia, Verona, Viena y Budapest, lo cual promedia apenas unos cinco días en cada ciudad. Vio el mar en tres ocasiones: el mar del Norte, el mar Báltico y el Adriático italiano. Fue testigo de una guerra mundial. Permaneció soltero y estuvo comprometido tres veces: dos con la berlinesa Felice Bauer y una con la praguense Julie Wohryzek y se le atribuyen relaciones amorosas con otras cuatro mujeres y contactos sexuales con prostitutas. No tuvo hijos. Como escritor dejó unos cuarenta textos completos en prosa y unas 3.400 páginas de diarios y fragmentos literarios entre las que se cuentan tres novelas inconclusas. Si algo puede decirse de Kafka es que centró su vida en la literatura -"todo lo que soy es literatura", escribió- y que esa vida transcurrió íntegramente en Praga.
Las guías especializadas sobre el escritor que leí antes de viajar -la de Klaus Wagenbach, La Praga de Kafka, es excelente- señalan sobre el mapa de Praga cada lugar en los que Kafka vivió, trabajó, tuvo esparcimiento o simplemente visitó con asiduidad. Desde su casa natal, en el No. 5 de la actual Rathausgasse, a la que llegué el mediodía del 3 de julio, día del cumpleaños de Kafka, a la casa de la Callejuela de Oro, cercana al castillo y hoy inhabilitada para ver porque la calle está en reconstrucción, es posible rastrear por toda Praga todos las casas en las que vivió, algunas de las cuales ya no existen. También están los cafés, como el Louvre o el Arco, a los que concurría habitualmente. Hay que considerar que siendo ya un treintañero todavía vivía con sus padres y que por su profesión y posición económica tenía una existencia que, dentro de Praga, no desdeñaba las amistades ni los eventos sociales. Además de los cafés, concurría a bibliotecas con asiduidad, participaba de tertulias, iba al teatro y, claro está, a los lugares en donde trabajaba: primero en la Compañía de Assicurazioni Generali en la Plaza Wenceslao y luego en la Aseguradora de Accidentes de Trabajadores del Reino de Bohemia en el No. 7 de Na Poricí. Por supuesto que se indica en las guías el lugar exacto de la tumba de Kafka en el Nuevo Cementerio Judío, lugar que no visité. En definitiva, está dibujado el itinerario de Kafka para que un devoto peregrino lo cumpla, pero eso es imposible de abarcar en solo tres días.
No obstante lo último, Praga no revela a Kafka. Es decir: Kafka es Praga, pero Praga no es solo Kafka sino muchísimo más. La Praga horizontal, por decirlo de alguna manera, es una, con sus edificios históricos, sus tejados rojos y sus cúpulas negras o verdosas; su mezcla de estilos: gótico, barroco, art nouveau o resueltamente contemporáneo -incluida la insulsa arquitectura del período socialista-. La Praga espiritual que remite al mundo de Kafka y al milagro de su literatura está oculta y las huellas visibles del escritor en la ciudad son pocas. En su casa natal hay apenas un relieve de metal con el rostro del escritor, colocado durante la Primavera de Praga en un ángulo de la equina del edificio. En Staré Mésto hay una estatua de Kafka realizada por el escultor checo Jaroslav Róna, que mide casi cuatro metros de altura y pesa 700 kilos. Está ubicada a la entrada de la antigua Ciudad Judía y fue inaugurada recién en diciembre de 2003. Su diseño, muy original, recuerda a un cuadro de Magritte y el escultor se inspiró para hacerla en el relato de Kafka "Descripción de una lucha".
EL FRANZ KAFKA MUSEUM. Finalmente pude encontrar cabalmente a Kafka en el museo que se ha instalado a un costado de unos de los portales del Puente de Carlos, en la orilla de Malá Strana del Moldava. La técnica museística organizó y dio espacio a una recorrida por la vida de Kafka, su familia, su obra y sus amores, con una inteligente instalación multimedia y multiespacial en la que abundan los testimonios gráficos y audiovisuales, con el aporte de documentos originales y primeras ediciones de las obras. Su configuración espacial corporiza a Kafka y lo kafkiano recurriendo a distintos planos, pasadizos, desniveles y un criterio de circulación que recuerda a un laberinto. Paredes cubiertas de ficheros en donde cada cajón tiene el nombre de un personaje de Kafka, teléfonos antiguos que al levantar su tubo permiten escuchar textos leídos del autor, la burocracia mostrada en videos que reproducen situaciones de pesadilla, fotografías que parecen flotar en un ambiente irreal, onírico: todo crea la ilusión de que ese es el mundo de Kafka y que por algún procedimiento fantástico nos hemos metido en su cerebro. Hasta hay una escalera que parece abismarse y reflejarse de manera múltiple en el vacío gracias a espejos estratégicos que crean una sensación de vértigo.
Las piezas documentales incluyen cartas, fotografías, diarios de la época y toda clase de alusiones a la existencia del escritor. Hay diagnósticos sobre su enfermedad firmados por los médicos que lo trataron, postales, frascos de los remedios que tomaba y sobre todo, una idea general de puesta en escena que captó de manera refinada y simple un mundo complejo e inabarcable. Lo más impresionante es un documental en blanco y negro granulado que trata sobre Praga. Unas imágenes fragmentadas, temblorosas y pautadas por una música obsesionante que descompone la geografía de la ciudad en planos irreales y movimientos nerviosos. Y al final del documental, una frase reveladora que Kafka incluyó en una carta a Oskar Pollak, el 20 de diciembre de 1902: "Praga no deja escapar (…) Esta madrecita tiene garras. Hay que someterse o… Deberíamos encenderla en dos lados, en el Vyschrad y en el Hradschin, entonces sería posible liberarnos". Una conmovedora confesión temprana de alguien que, evidentemente, no pudo escapar de Praga pero tampoco la pudo incendiar. Una ciudad irrepetible, con atributos de lo infinito, creada para perderse y soñar y que "nunca termina de decir lo que tiene que decir".

Praga básica

LA CIUDAD de Praga tiene una extensión de 496 km² y según el último censo una población que ronda el millón doscientos cuarenta mil personas. Su altitud media sobre el nivel del mar es 235 metros. Tiene una temperatura anual que promedia los 20 grados en verano (julio) y menos 0,9 grados en invierno (enero). El río Moldava atraviesa la ciudad a lo largo de 30 kilómetros, y en su parte más ancha mide 330 m. Praga está dividida en 22 distritos administrativos y 57 partes urbanas. El núcleo histórico se compone de los barrios de Hradcany, Malá Strana (Ciudad Pequeña), Staré Mésto (Ciudad Vieja), Josefov, Nové Mésto (Ciudad Nueva) y Wysehrad. La moneda es la Corona Checa que se cotiza aprox. a 25 por Euro. Es la capital de la República Checa desde 1993 cuando se dividió la federación checoslovaca en dos países: República Checa y Eslovaquia.
TOMADO DE: http://www.elpais.com.uy/Suple/Cultural/10/09/24/cultural_516566.asp

Textos

París de posguerra

Victoria Ocampo

Deauville, Hotel du Golf 13 de agosto de 1946 Mis queridos Tota y Pepe:
ME ESCAPÉ de París el jueves pasado, no pudiendo soportar más el ruido y el olor de la calle Boissy d`Anglas (los jeeps de la embajada norteamericana a perpetuidad bajo mis ventanas). Me pareció que si no volvía rápidamente al campo, me iba a volver loca, moralmente y físicamente. Por primera vez en mi vida (y al margen del desagrado de vivir en pleno centro lo que es para mí un suplicio) no siento ningún placer, ninguna satisfacción al encontrarme en una ciudad en otro tiempo adorada (y codiciada cuando estaba exiliada de ella). Sufro de París en París, de manera continua aunque sorda. París me hace mal. Sufro a causa del nombre de ciertas calles, de las puertas de ciertas casas, del color de algunos atardeceres a lo largo de los Campos Elíseos, del perfil del Arco del Triunfo al fondo de la Avenida del Bois, del aspecto de algunas sillas en algunas confiterías, del olor de los castaños cuyas hojas comienzan a temblar, de cierta fuente de Luxembourg, de cierto puente sobre el Sena, de ciertos ascensores de Roux Cambalusier que subían pero que no bajaban con sus intrépidos viajeros. Sufro a causa de las piedras de París. Y del hierro de la Torre Eiffel y de Sain-Étienne-du-Mont, de Notre-Dame y de la estación del quai d`Orsay. Las cosas pueden abrumarnos, en un momento dado, de modo más cruel que una presencia o una ausencia humana. Precisamente porque representan, porque son testigos con atroz indiferencia de presencias y de ausencias desbordantes, desesperadamente familiares. Hasta los carteles de los teatros, el nombre de una juguetería (Le Nain Bleu) [El enano azul] bastan para sembrar el pánico en mí, ¡se viene la avalancha de los recuerdos! Apartémonos, me digo. Los recuerdos, para una memoria como la mía, son minuciosos, instantáneos, fulgurantes. Se parecen a esa dolorosa electrización del brazo cuando uno tiene la mala suerte de golpearse el codo. (…)
Como un cordero que recupera sus vellones en la abertura del cerco por donde siempre pasa, yo recupero en algunos rincones de París pequeños sufrimientos olvidados que se suman y ahondan mi sufrimiento actual, como un ladrido, de noche en el campo, agranda el silencio. Porque lo que acabo de referirles es el aspecto muy personal y privado de mi tristeza, de mi desolación parisiense. Pero también está el otro aspecto.
Cuando oía a Valéry, en 1929, repetir que también las civilizaciones son mortales; cuando caminábamos con Drieu en 1929 alrededor de Notre-Dame y volvíamos finalmente a su casa, en la calle Saint-Louis-en-l`Isle, para leer alguna nueva efusión de su pesimismo; cuando me decía: "Veo estas calles muertas invadidas por la maleza que cubre las ruinas"; cuando Drieu me decía: "Te das cuenta que ya no pueden crear nada"… comprendía el sentido de sus palabras, pero esas profecías quedaban fuera de mí, las escuchaba distraídamente no dándoles sino una importancia relativa. Estaba henchida de la felicidad de volver a Francia, a Europa y había poco lugar para otra cosa.
NOTA: Tota y Pepe, los destinatarios de la misiva, son Tota Cuevas (María Apolonia Atucha de Caro, condesa de Cuevas de Vera) y José "Pepe" Bianco.

La autora

VICTORIA OCAMPO (1890-1979) fue una figura crucial de la cultura argentina, a través de la revista Sur y las traducciones de la editorial del mismo nombre. Frecuentó figuras clave de la época en Estados Unidos, Europa y la India. En este número se reseñan sus Cartas de posguerra, que incluye la de esta página.
TOMADO DE: http://www.elpais.com.uy/Suple/Cultural/10/09/24/cultural_516578.asp

Biografía Escritora rusa:
Marina Tsvetáieva, gran figura de la poesía universal
Escrita por Ariadna Efron, la biografía Marina Tsvetáieva, mi madre es una de las puertas de entrada para conocer a esta autora de trágica vida y monumental obra, nacida en Moscú el 26 de septiembre de 1892. En librerías también se encuentra Mi Pushkin , mezcla de autobiografía y ensayo poético que revela su temprano deslumbramiento literario gracias a la figura del escritor ruso.  
Camilo Marks 

FOTO: arturoborra.blogspot.com/2010/06/un-poema-de-...
Si Marina Tsvetáieva (1892-1941) viera lo que ha ocurrido con ella en los últimos 20 años, creería que el mundo se ha vuelto loco: todos los días aparecen estudios sobre su obra; cada año sale una biografía; es la autora rusa más leída en su país y en el planeta; su departamento moscovita es sitio de peregrinaje para miles de personas; se planea la construcción de un gran museo en su honor; se ha bautizado con su nombre a un gigantesco barco que transporta turistas al Polo Norte; se han hecho películas, óperas y dramas basados en su vida; las composiciones que Shostakovich le dedicó se han incorporado al repertorio en los teatros de concierto; Susan Sontag, Joseph Brodsky y Doris Lessing se cuentan entre sus fervientes admiradores; Judi Dench lee sus versos en Londres y Nueva York ante salas repletas; en París, Roma, Berlín y muchas ciudades, los textos de Tsvetáieva se agotan en las librerías.
El anecdotario sobre la genial escritora es infinito. ¿Qué es lo que explica este fenómeno, que comenzó en los 80 en Rusia y pronto transformó a la autora en figura de culto universal?
En parte, los esfuerzos de Ariadna Efron, su única hija sobreviviente, quien, tras décadas de cárcel y destierro, ocupó su vida en la difusión de los libros de su progenitora. Marina Tsvetáieva, mi madre es un notable testimonio que tiende un poco a lo colosal, y se nota el peso de la censura (data de 1975): Ariadna escribe bien, pero prima la apología sobre el aporte literario. Y el retrato, aunque contiene imprescindibles detalles, es parcial.
Quizá este interés creciente, que alcanza ribetes de fanatismo, proviene de la propia figura de Tsvetáieva, quien ha sido percibida como víctima de su tiempo y, por supuesto, del poder de su poesía, que desafió a su época, a su país, a las convenciones lingüísticas, manteniéndose en el abismo de lo que se dice y lo que no se dice, de lo clásico y lo moderno, en el discurso terso, veloz, elíptico. Simón Karlinsky, su primer biógrafo, resume así la trayectoria de la artista: "El exilio, el olvido, la persecución y el suicidio pueden haber sido el destino de los poetas después de la Revolución, aunque sólo Marina Tsvetáieva experimentó cada uno de ellos".
Familia y literatura
Marina, quien pasó por tres revoluciones, dos conflagraciones mundiales y otras calamidades, proviene de una acaudalada, liberal y cultísima familia: su padre, Iván, fundó el Museo Pushkin, y su madrastra, María, fue una eximia pianista. En 1912, se casó con Serguéi Efron, del que estuvo alejada durante la guerra civil, pues Efron, de tendencias radicales, tuvo que pelear con el Ejército Blanco. El matrimonio tuvo tres hijos: Irina, la mayor, murió de hambre en 1920, en tanto Ariadna se convirtió en confidente y secretaria de su madre. En 1922, Tsvetáieva se reunió con Efron en Berlín y convivió con él los próximos 15 años, hasta su retorno a la ex URSS, en 1939. Giorgi, el único varón de la pareja, nació en París en 1926. Aunque ya era una figura consagrada en su patria, Marina fue víctima de la condena de las autoridades comunistas y de la hostilidad de los emigrados (no era antisoviética). En el ínterin, Efron y Ariadna comenzaron a trabajar para la NKVD, el todopoderoso órgano secreto, precursor del KGB. Al verse implicado en el asesinato de un agente, Efron huyó a Moscú. La policía gala interrogó a Marina, pero ella parecía confusa ante sus preguntas, y terminó recitándoles traducciones francesas de sus poemas, por lo que concluyeron que estaba trastornada. Aparentemente, Marina no sabía que su marido era espía; sin embargo, los exiliados la responsabilizaron por esas acciones, y el estallido de la Segunda Guerra la hizo regresar.
No pudo haber previsto los horrores que la aguardaban: el terror estalinista estaba en su apogeo y cualquiera que hubiese residido en el extranjero era sospechoso, aun cuando peor suerte corrían los escritores conspicuos antes de la Revolución. Efron fue ejecutado; Anastasia, hermana de la poetisa, encerrada en la cárcel, y Ariadna sufrió más de dos decenios en prisiones y centros de "reeducación". Marina trató de sobrevivir por su hijo de 15 años -el joven moriría poco después en el frente de batalla-, pero al ser enviada a Yelabuga, en la República Tártara, sin tener qué comer, se ahorcó en 1941. Nunca se sabrá dónde descansan sus restos.
Lo más asombroso en una persona tan asediada por la desgracia y la incomprensión, y que tuvo una breve vida, es el gigantesco corpus literario que legó: cuentos, novelas, relatos autobiográficos, críticas y, sobre todo, poemas. Perteneciente a la generación literaria más espléndida del siglo pasado, que nació y fue devorada por la Revolución bolchevique, sobresale por su heroísmo e intensidad, por estar fuera de su tiempo -"un poeta no es de ningún país ni de ninguna época", dijo-, por el desprecio a la opulencia y el materialismo de los filisteos -"sólo necesito papel y lápiz"-, por aceptar la alienación y la soledad, por negarse a formar parte de un grupo, porque la victoria no tenía significado para ella y porque la suya fue una causa perdida, en la que los héroes eran los proscritos, los marginados, los solitarios.
En esa constelación, que produjo a Osip Mandelstam -de quien fue amante-, Ana Ajmátova, Alexander Blok, Serguéi Esenin, Vladimir Mayakowski -por quien se atrevió a hablar cuando se suicidó-, Boris Pasternak, Andrei Bely -"ser perseguido y torturado no requiere torturadores, nos bastamos nosotros mismos", le escribió-, Vsevolodov Meyerhold, Mijaíl Bulgakov, Natalia Sats y muchos más, la voz de Marina Tsvetáieva resalta por el lenguaje único, que emplea escasos verbos, crea su propia sintaxis, demuele todo para encontrar la palabra y el tono precisos, y finalmente halla la razón de ser en el mito: "nada es ajeno a él, anticipa el verso, constituye la forma de todo".
Amores y poemas
Una mujer así tuvo que ser, por fuerza, ardiente e irresistible. Su amor por Serguéi Efron fue extremado, casi obsesivo, si bien ello no le impidió tener otros affaires con hombres -para Mandelstam escribió "Monolitos"- y mujeres: a la poetisa Sofía Parnok dedicó "La amiga"; a la actriz Sonia Gollidey, "Relato de Soniechka", y a Natalie Berney, conocida escritora lesbiana en el París modernista, "Carta a la amazona". No obstante, su gran pasión extramatrimonial fue Konstantin Rozdevitch, ex oficial que recibió a Marina y Efron en Praga y los ayudó en su calidad de museólogo, filántropo y eje de los exiliados rusos. El romance fue conocido por el esposo, y Ariadna se refiere con circunloquios al adulterio de su madre con este singular personaje. Rozdevitch es el héroe de "Poema del fin", "Poema de la montaña" y "Poema de despedida"; el ciclo conforma la cima poética de Tsvetáieva, y es posible que el relativo bienestar y la calma doméstica hayan propiciado el clima para esta formidable secuencia lírica.
En 1923, la poetisa inició su larga y tortuosa relación epistolar con Pasternak, quien la idolatraba; él inspiró "Cables" y "El poeta". El vínculo fue platónico, ya que Marina evitó conocerlo en persona cuando viajó a Europa. En el mismo período, Tsvetáieva y Rilke, que conocían uno la obra del otro casi de memoria, empezaron a escribirse.
Mucho más tarde, ella y Pasternak se vieron en Moscú; el poeta, Ana Ajmátova y el novelista Ilya Ehrenburg, favorito de Stalin, fueron los únicos que le tendieron la mano en sus últimos y peores años de vida.
Cielo e infierno
En la temprana poesía de Tsvetáieva vemos a una adolescente perturbada y vulnerable que busca desesperadamente su identidad. Su verbo, extático o angustiado, penetra en la esencia que motiva a las personas. Además de estar dotada con una mente brillante, poseía una gran defensa contra la depresión: el temple para fundirse con la naturaleza y el aislamiento, junto a un extraño humor: "Mi día es desordenado y absurdo:/ al mendigo, pido pan,/ al rico le ofrezco limosna".
¿Qué significaba ser poeta para Tsvetáieva? Aunque fue fundamentalmente apolítica y no tenía mayor respeto por la Iglesia y el Estado, suscribía el concepto de la poesía en manos de un poder más alto, el Dios de los poetas: "La condición para crear es la condición de ser vencido por un hechizo. Algo, alguien, habita en ti, tu mano cumple esos designios. ¿Quién es? Aquel que, a través de ti, quiere ser".
Lo que hace de ella una de las más grandes poetisas rusas del siglo XX -algunos la consideran la voz lírica femenina más descollante de la era contemporánea- es la fusión de lo épico y lo lírico, la potestad suprema de su intelecto, el carácter innovador y, a la vez, clásico de su lenguaje; en suma, el triunfo del genio. Su deslumbrante producción le ha dado la victoria sobre el tiempo y la terrible adversidad que sufrió. Esta mujer, de rarísima inspiración, poseedora de iluminadas intuiciones y de una técnica magistral, fue también un ser humano de inmensa estatura ética. Solía decir: "El talento no significa nada, la grandeza moral es mucho más importante".
Y eso es lo que su poesía transmite: las sobresalientes cualidades de Marina. Aún así, quien valoraba más que nada la valentía, el honor, la nobleza, la magnanimidad, la devoción a la familia y a los amigos, estaba dispuesta a sacrificarlo todo por su oficio: "Nunca en mi vida me he preocupado por algo que no sea el verso". El lenguaje fue su compañero, su maestro, su esclavo, y era capaz de pasar días, semanas, meses, hasta encontrar la palabra exacta y, especialmente, el sonido justo. En "Sobre un corcel rojo", la protagonista inmola su niñez, asesina a su amante, incluso ofrenda a su hijo para ser una poeta. Jamás es grandilocuente o pomposa: en la zona entre la vida y la muerte, el cielo y el infierno, reside el fulgor de sus versos.
Tsvetáieva nunca fue del todo ignorada en su nación ni pudo serlo, dada su eximia calidad literaria. Hasta en la peor fase del totalitarismo, sus libros eran leídos por minorías en Rusia, porque el ciclo basado en Rozdevitch estaba disponible o porque algunos títulos suyos se hallaban en las universidades o formaban parte de las bibliotecas públicas o privadas. Fue, desde luego, completamente reconocida por sus contemporáneos: Ana Ajmátova la enumeraba entre una fraternidad de pares, que incluía a Pasternak y Mandelstam, quien, a su vez, la llamó "la dorada, incomparable poeta". Hasta Vladimir Nabokov, que la consideraba confusa y decía que seguirla le producía dolor de cabeza, terminó rindiéndose frente a ella. Y nombres tan dispares como Eugeni Evtushenko o Joseph Brodsky no cesaban de homenajearla. Este último declaró que ni una voz más apasionada ha sonado jamás en la poesía rusa del siglo XX.
Al fin, Rusia y el resto del mundo han terminado a los pies del genio lírico más trágico de la era moderna, que se alza en el poema "A los fiscales de la literatura" para decir: "¿Ocultar todo para que la gente olvide/ como nieve que se derrite o una vela?/ ¿En el futuro, no ser más que un puñado de polvo/ bajo la cruz de la tumba? No quiero".
Las memorias de su hija, con toda su carga de contradicciones y medias tintas, son, de cualquier forma, una puerta de entrada a la vida y la obra de esta superlativa creadora.
TOMADO DE: http://diario.elmercurio.com/2010/09/26/al_revista_de_libros/_portada/noticias/93DF2F32-FB62-4925-8D93-235F1F1846C9.htm?id={93DF2F32-FB62-4925-8D93-235F1F1846C9}

Un poema de Marina Tsvetáieva
Perdóname. No quería.
Es grito de entraña devastada.
Así esperan los condenados
su ejecución al alba,

jugando al ajedrez. Risa
burlona el ojo del vigilante.
Somos los peones de un tablero
y alguien va jugando con nosotros en él.

¿Dioses buenos? ¿Malignos? ¿Quién?
Todo el horizonte es el ojo del vigilante.
Ruido metálico. Pasillo sangriento.
Ya se ha acabado el juego.

Un cigarrillo por última vez.
Y escupir -ah vida, vida.
Escupir. Al borde del tablero,
abierto está el camino -desangrarse-

a la huesa. Te miro de reojo.
Es la luna un ojo secreto que vigila.

-Qué lejos estás ya.

TOMADO DE: http://www.google.co.ve/imgres?imgurl=http://1.bp.blogspot.com/_IoroqfPUwm4/TCc6WqdlLKI/AAAAAAAAB6U/na_at9obfk0/s1600/marina.jpg&imgrefurl=http://arturoborra.blogspot.com/2010/06/un-poema-de-marina-tsvetaieva.html&usg=__mDRuajr2Q_SO4_oinLa6Zxe1pW4=&h=360&w=280&sz=13&hl=es&start=1&zoom=1&itbs=1&tbnid=DgWwkKNn_UThtM:&tbnh=121&tbnw=94&prev=/images%3Fq%3DMarina%2BTsvet%25C3%25A1ieva%26hl%3Des%26sa%3DG%26gbv%3D2%26tbs%3Disch:1
Carlos Jurado y el arte de la aprehensión de las imágenes, reconocimiento de la UV al artista
Rinden tributo a quien dotó de “magia borgiana” a la fotografía
El también muralista es considerado pionero en la recuperación del uso de la cámara estenopeica, hoy en boga
En un tratado de 1974 afirmaba que las cajas mágicas se hacían realizando un orificio con la punta de un cuerno de unicornio
El libro se presenta hoy en la FILUV
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El libro es un trabajo de José Antonio Rodríguez y Alberto TovalínFoto Tomada del volumen
Mónica Mateos-Vega
 
Periódico La Jornada
Domingo 26 de septiembre de 2010, p. 2
Homenaje a un gran maestro: con la publicación del libro Carlos Jurado y el arte de la aprehensión de las imágenes, editado por José Antonio Rodríguez y Alberto Tovalín, la Universidad Veracruzana (UV) realiza el gran reconocimiento, hasta ahora relegado, a uno de los referentes fundamentales del arte fotográfico.
Se trata de un bello volumen de gran formato, cuyos interiores fueron impresos sobre papel Domtar Lynx White de 150 gramos. Además de una selección de la obra del homenajeado, incluye textos del propio Carlos Jurado, de Adrián Mendieta y José Antonio Rodríguez.
El volumen será presentado este domingo en Jalapa, en la Feria Internacional del Libro de la Universidad Veracruzana (FILUV), por Raquel Tibol, los autores y el artista.
Dentro de un laberinto borgiano
Algunos historiadores de la fotografía, tanto nacionales como europeos, citan como fuente fidedigna el tratado que en 1974 dio a conocer el maestro Carlos Jurado (San Cristóbal de las Casas, Chiapas, 1927), quien introdujo la cámara estenopeica como práctica creativa en México, titulado El arte de la aprehensión de las imágenes y el unicornio.
En ese texto, el artista explica que, según manuscritos renacentistas, las “cajas mágicas” que lograban captar imágenes ya se fabricaban en esa época de la siguiente manera: “Se toma un cuerno de unicornio, se aguza finamente la punta, y con él se practica un pequeño orificio sobre cualquier superficie refulgente. Por este orificio podrán hacerse pasar, comprimiendo su esencia, toda clase de personas, objetos y lugares, mismos que deberán ser guardados cuidadosamente en una caja de cartón donde permanecerán por la eternidad, para ser sacados cuando alguien los necesite”.
Incluso, el documento estaba acompañado por un pergamino emulsionado de color naranja, con la impresión de una tosca imagen de un unicornio, presuntamente del año 1039.
“El texto de Carlos era la única referencia que teníamos los historiadores de la foto, esa era la idea que nos comenzamos a formar en esa época y todo mundo lo citaba. Veíamos la imagen del unicornio y nos preguntábamos cómo la había conseguido, nos metió a esa generación de historiadores en un laberinto borgiano”, señala José Antonio Rodríguez, editor de un libro dedicado a Carlos Jurado en el que se repasa el tránsito del también muralista por la fotografía.
La historia del unicornio es una fábula inventada de pe a pa por el pintor, que le arranca sonoras carcajadas cuando descubre libros como la nueva novela de Kyra Galván, autora a la que no conoce y que en Los indecibles pecados de Sor Juana, al mencionar el conocimiento que tuvo la Décima Musa de los inventos de la época, uno de los personajes explica sesudamente: “En la antigüedad se aseguraba que el agujerito tenía que hacerse con la punta del cuerno de un unicornio. Por eso se le llamaba caja mágica, pues se decía que si no se usaba un cuerno de unicornio, la caja no serviría”.
También se ha atribuido erróneamente esa historia del unicornio ni más ni menos que a Nicéforo Niepce, francés del siglo XIX, considerado el inventor de la fotografía.
Rodríguez reitera: “esa es la gran magia borgiana que Carlos metió a este arte”, y añade, con respecto al libro, que preparó en colaboración con Alberto Tovalín, con apoyo de la UV: “A Jurado le debíamos un trabajo a fondo que abordara su vida y obra. Si bien tiene muchas publicaciones, son catálogos o folletos, y él tiene mucho qué mostrar, una historia portentosa.
Foto
Jurado contó en entrevista que en la década de 1970 tuvo problemas por dedicarse a la pintura y la fotografía de manera simultáneaFoto Jesús Villaseca
“Aun con la publicación de este volumen no hemos agotado su vida creativa. Hay muchos resquicios que él se guarda. Fundó la primera licenciatura en fotografía a escala nacional en la UV y puso en circulación la vieja técnica de la cámara estenopeica, hoy en gran boga, pero muchos no saben quién fue el pionero en hacer esto.”
Más que un caballo con un pico de cartón
“A mí me gusta haber inventado una leyenda; incluso, en una ocasión (el cantautor cubano) Silvio Rodríguez dijo que hizo la canción El unicornio azul después de haber escuchado esta historia de la quimera y la fotografía”, explica Jurado en entrevista con La Jornada.
–Y, en realidad, ¿qué es el unicornio plasmado en el pergamino?
–Es un caballo con un pico de cartón –responde Rodríguez.
–¿Cuál? No, es un unicornio de verdad –interrumpe Jurado entre risas.
–Sí, sí, perdón. Claro, es un pergamino emulsionado quién sabe con qué zumos. Aquello fue impresionante. Cuándo los jóvenes lo veíamos nos sorprendía, Carlos hasta decía que era de la colección Irving Collingwood de Inglaterra (también ficticia) –dice el crítico, actual dueño de la imagen.
Jurado lamenta que “vivamos una época de especializaciones, muy distinta al Renacimiento, en la que se era humanista, en lugar de tratar de dedicarse a una sola cosa. Inclusive tuve algunos problemas por practicar ambas disciplinas: la pintura y la fotografía. Me pedían que me definiera.
“Me tocó un momento muy difícil de la fotografía en México cuando me inicié, a principios de los años 70 del siglo anterior, cuando la única foto que se aceptaba era la social, ‘de compromiso’. A los que teníamos otra intensión prácticamente nos congelaban. Tuve rechazos muy notorios. Me habían invitado a participar en una exposición en el Museo de Arte Moderno, pero el curador (Lázaro Blanco) me eliminó en el último momento, porque dijo que mi trabajo no era fotografía. Era muy difícil estar presente. Ahora ya cambió todo el panorama.”
–¿Qué opina del trabajo que se hace ahora con la fotografía digital?
–Es inevitable el desarrollo tecnológico. Pero yo me quedo con mi criterio del medievo, hay más misterio y gusto. Me dicen que con las digitales hay mil posibilidades, pero yo no quiero tantas, sólo una. La fotografía estenopeica hoy es moda en el mundo entero; me imagino que un sector de las personas creativas se ha cansado del automatismo y quiere recuperar un poco la individualidad que permite este tipo de trabajo.
Adrián Mendieta, investigador del Instituto de Artes Plásticas de la UV, también participa con un texto en el libro Carlos Jurado y el arte de la aprehensión de las imágenes, que se presenta hoy a las 13:30 horas en el contexto de la Feria Internacional del Libro Universitario de la UV, en Jalapa, Veracruz. Participan: Raquel Tibol, Elizabeth Romero y Laura González Flores.
TOMADO DE: http://www.jornada.unam.mx/2010/09/26/index.php?section=cultura&article=a02n1cul

Enfermos pero muy poderosos

JESÚS RUIZ MANTILLA
EN: El País semanal. Madrid: 26 de septiembre de 2010. www.elpais.com
 
Cáncer, depresiones, alcoholismo, deficiencias cardiacas y sobre todo delirios de grandeza o ‘hybris’ han afectado a grandes líderes mundiales. ¿Para bien o para mal? Ambas cosas. El político y ex ministro británico David Owen ausculta la enfermedad instalada en el poder.
Quién sabe si la tensión vivida en la crisis de los misiles cubanos por John Fitzgerald Kennedy hubiese sido menor si este no la afrontara atiborrado de calmantes. Puede que el devenir de Francia en las últimas décadas habría resultado distinto si Mitterrand no hubiese ocultado su cáncer de próstata, o la irritabilidad de Hitler menor si no se pusiera fino de cocaína al final de la guerra. ¿Y del presente? ¿Estaríamos todos involucrados a nivel global en Irak o Afganistán si George Bush o Tony Blair no sufrieran claros síntomas de hybris o desmesura, un mal psicológico muy común en los dirigentes?
    Hitler tenía párkinson y consumía cocaína
    Párkinson y cocaína. Los males psiquiátricos de Adolf Hitler han dado para estudios de todo tipo. Pero no hay nada que indique que tomara decisiones fuera de sus cabales. Al final de la guerra le afectó el párkinson, sobre todo en la mano izquierda. Consumió habitualmente cocaína, recetada por sus médicos en los días del búnker. Tener solo un testículo también marcó su vida.- Fundación José María Castañé
"Si los estadounidenses hubieran sabido que Kennedy sufría la enfermedad de Addison, habría ganado Nixon”
“ Los problemas cardiacos de Tony Blair influyeron notablemente en su decisión de abandonar el poder”
Son cuestiones para las que un político como David Owen tiene varias respuestas. Dilemas y diagnósticos que esparce en su libro En el poder y en la enfermedad (Siruela). A la de diputado, líder del Partido Socialdemócrata y ministro de varios gabinetes británicos, Owen une su vocación médica. Ambas ciencias, la de la política y la de la medicina, le han hecho ofrecer servicios extras en política. Como fijarse si Leonid Bréznev mostraba síntomas de cáncer de garganta al reunirse con él. Pero también le han proporcionado los suficientes elementos de análisis como para ofrecer una más que curiosa y original perspectiva en su visión del poder.
Owen se limita a los últimos 100 años de historia y realiza revelaciones sustanciosas en su ensayo. Desde la polio de Franklin Delano Roosevelt y el alcoholismo de Churchill, hasta las depresiones de De Gaulle, la paranoia de Stalin y el párkinson de Hitler o las recientes borracheras de poder –léase hybris– de Bush y Blair.
La enfermedad es al tiempo un acicate y un freno entre los dirigentes. Tanto la dolencia en sí –física o psicológica– como las reacciones que generalmente produce. La primera de ellas es la ocultación, y eso tiene sus consecuencias. Los casos de Kennedy o Mitterrand son paradigmáticos. Pero sorprende mucho más, por novedoso, el de Blair. Según Owen, el ex primer ministro británico no forzó su salida por cuestiones meramente políticas. Sus problemas cardiacos influyeron mucho en la decisión: "Ahora no está obligado a dar cuenta de ello, ya que se ha retirado de sus responsabilidades. Pero mientras estuvo en ejercicio, como primer ministro elegido, debió hacerlo", asegura Owen.
El análisis y las conclusiones del político británico con el dirigente laborista sobre su posición ante la guerra de Irak son demoledoras. De las casi cien páginas que dedica al asunto, no realiza ni una sola mención a José María Aznar, otro de los miembros de la alianza, a quien, a juzgar por el número de menciones, no atribuye ningún calado político. Tampoco cree que Aznar padeciera el mismo síndrome de hybris que los dos políticos anglosajones. "No podría determinar si lo sufrió o no. Pero el hecho de que renunciara a ser reelegido parece indicar que no fue así", asegura Owen.
Uno de los problemas que genera la hybris es creerse señalado por el destino e imprescindible en la historia. Cuando a eso se une un fuerte sentimiento religioso, como en Blair y en Bush, se puede acentuar. "Blair todavía da muestras de padecer el mal aunque haya dejado el cargo. Su frenética búsqueda de un papel internacional lo denota. Quiere erigirse en negociador principal para el conflicto de Oriente Próximo cuando esa responsabilidad la sustentan más los estadounidenses".
En el caso de Bush, su fanatismo iluminado ha resultado preocupante. Owen cuenta una anécdota en el libro que lo demuestra: "En cierta ocasión le dijo a un ministro de Exteriores palestino: 'Me impulsa una misión de Dios. Él me dijo: George, ve a atrapar a esos terroristas en Afganistán. Y lo hice. Luego me dijo: ve a acabar con la tiranía en Irak. Y lo hice". Para Geoffrey Perret, biógrafo de varios presidentes norteamericanos, "es un lenguaje que no ha empleado ningún otro comandante en jefe en la historia de América".
No fue el ejemplo de Roosevelt –que también padeció hybris, aunque la atenuaba con sentido del humor– o Kennedy. Ni siquiera Nixon o Reagan, por citar dos republicanos con ansias también guerreras. Al primero también le afectó la hybris, esa enfermedad que Bertrand Russell definía como "la intoxicación de poder", pero casi más la depresión. Y el segundo pudo verse tocado por las primeras nubes del alzhéimer en los últimos años de su mandato, según Owen. Su actitud y sus declaraciones en el caso Irán-contra dan pistas acerca de ello.
Kennedy es un caso paradigmático por su rareza. Irrumpió en la escena internacional como un joven decidido y vigoroso. A los 43 años estaba lleno de lo que los kennedianos llamaban vigah: una mezcla explosiva de vitalidad, encanto y sentido del humor. Enfrente, los líderes mundiales, desde Nikita Jruschov en la URSS, con 66 años, hasta el papa Juan XXIII, con 79; De Gaulle, con 70, o el alemán Conrad Adenauer, con 84, le sacaban unas décadas. Pero, según Owen, "todos gozaban de mejor salud que él". Es más. Si los americanos hubieran sabido que Kennedy padecía la enfermedad de Addison cuando concurrió, probablemente habría ganado Nixon. Pero ocultó la insuficiencia que afecta de manera total o parcial a las glándulas suprarrenales. Y con ello, el hecho de que dependía de una terapia sustitutiva de hormonas. Aparte de una espiral de afición gratuita a los calmantes para sus dolores de espalda. Pequeños detalles que exigían tratamientos y medicación. Fue algo que pudo influir en su, según Owen, "inepta gestión del asunto Bahía de Cochinos".
Aun así, cuanto más se sabe de los problemas de salud de Kennedy, más se admira su fortaleza física, sostiene el autor. Los datos van apareciendo poco a poco. Abriéndose camino entre la maraña de secretismo que esparcieron él y otros tantos. Un asunto sobre el que Owen se extiende en el libro. Porque la deliberada ocultación de problemas de salud ha determinado el curso de muchas carreras políticas. ¿Habría seguido siendo Mitterrand presidente de Francia si no se hubiera empeñado en ocultar su cáncer de próstata? ¿Habría adoptado mejores decisiones en torno al conflicto de los Balcanes si el tratamiento no le hubiera afectado?
Queda como incógnita si hubiera presionado con más fuerza para hacer cumplir el plan de Atenas, rechazado por los serbobosnios en Pale. También Ruanda pudo pagar esas consecuencias, según Owen. De haber actuado con más determinación, "la ONU pudo haber aprobado un plan para enviar 6.000 soldados que impidieran el genocidio. Una postura más comprometida".
La Europa de la II Guerra Mundial también padeció las enfermedades de sus líderes y sus tiranos. Churchill fue el caso menos conocido. La cordura aliada frente al nazismo siempre ha hecho a sus líderes inmunes a ninguna sombra de mal. Pero lo cierto es que el primer ministro británico sufrió varias amenazas a su salud. Poco después de convencer al presidente Roosevelt de que entrara en guerra, padeció un leve ataque al corazón. Fue precisamente en la Casa Blanca. Pero más recurrente fue su tendencia a la depresión. El "perro negro", como él llamaba a sus ataques de melancolía, le acechaba de manera constante. La rama paterna era propensa, y esa herencia apenas quedaba mitigada por su afición a la buena mesa, los puros y el alcohol. Aun así, Churchill fue clave en la aniquilación del fascismo. Los enemigos exteriores no lograron doblegarle. Pero los interiores, tampoco.
El presidente estadounidense Roosevelt fue, según Owen, "el líder más influyente en la Segunda Guerra Mundial y, por tanto, en el siglo XX". Y eso que todo su mandato lo pasó en silla de ruedas. La polio que lo atacó con 39 años le dejó paralítico. Pero se resistía a mostrarse como un discapacitado. De las 35.000 fotografías que se conservan en la Roosevelt Presidencial Library, solo dos lo muestran en su silla. Su muerte fue objeto de controversia. Algunos mantenían que falleció de cáncer de estómago; otros, a causa de un melanoma maligno. Pero para el autor, hoy no hay duda de que falleció a causa de un derrame o un accidente cardiovascular por insuficiencia cardiaca.
Entre los sátrapas han preponderado los males psicológicos. Stalin padecía una indiscutible paranoia. Era de tal calibre que, como relata Owen en el libro, "ordenó que dispararan a un guardia personal después de que este, sin darse cuenta, hiciera que le arreglaran unas botas para que no crujieran". Koba se alarmó al comprobar que se acercaba sin que él pudiera oírlo y se empeñó en matarle. Lo paradójico, según el autor, es que en algún caso su obsesiva paranoia "le permitió sobrevivir".
Úlcera gastroduodenal fue el mayor problema físico de Mussolini. Pero lo peor fue su pérdida de contacto con la realidad y su trastorno bipolar. Algo que Hitler no sufrió. El Führer fue siempre consciente de sus decisiones. Era difícil diagnosticarle enfermedades mentales. Las apariencias engañan. El hecho de verle enfurecido en sus discursos no significa que sufriera males que le convirtieran en inútil. Era propaganda. Una mera estratagema para recavar y conectar con el odio creciente de una nación humillada. Fue hábil y sagaz. No hay duda de que sufrió hybris. Psicoverborrea, también. Unos estudios le definen como psicópata neurótico; otros, como obsesivo por el miedo al contagio por vía de sangre, y ha sido probado que durante toda su vida le afectó la monorquidia, el hecho de tener solo un testículo. Lo bueno de eso fue el remedio. Su médico personal le prescribió inyecciones de testículo de toro con azúcar de uva. Aunque para su hipocondría y su insomnio se incrementaron las recetas. La aparición del párkison con temblores en la mano izquierda pudo afectarle en decisiones clave. Pero también la cocaína que consumía y que le condujo a una mayor irritabilidad y decisiones compulsivas. El resto de su derrumbe es de sobra conocido.

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