LA RAZÓN DE UN NUEVO BLOG DE GESTIÓN CULTURAL

Ante la avalancha de información cultural noticiosa que recibimos diariamente gracias a la colaboración que me proporciona Arturo Álvarez D'Armas, poeta, fotógrafo y promotor cultural venezolano, así como otros valiosos amigos colaboradores, hemos decidido abrir un nuevo blog de promoción y gestión cultural. Sean bienvenidos todos los amigos interesados en promover la cultura y el arte en general. Pueden enviarnos sus colaboraciones, las cuales subiremos a este blog como entradas tan pronto como las recibamos. Quienes deseen colaborar pueden dirigirnos sus trabajos a nuestro correo personal: renedayre@gmail.com René Dayre Abella. Autor y promotor cultural.

sábado, 9 de octubre de 2010

ALGO DE LITERATURA

Adolf Hitler lector

La brutalidad letrada

Carlos María Domínguez



PUEDE PREGUNTARSE qué es, en rigor, un lector. En su hipótesis ingenua: el hombre que lee; en la pretenciosa: el que lee entre líneas, un interpretador. Con las dos definiciones cumple Adolf Hitler, quien a lo largo de su vida llegó a reunir alrededor de veinte mil volúmenes en tres grandes bibliotecas privadas, sin contar los miles del archivo del partido nazi y de la cancillería del Reich. En las trincheras de la Primera Guerra Mundial, durante los años de febril actividad política, en la cumbre del poder y refugiado bajo los bombardeos en su búnker de Berlín, Hitler leyó uno o dos libros por noche hasta altas horas de la madrugada. Gozaba e interpretaba lo que leía, subrayaba y hacía anotaciones en los márgenes, como suelen hacer los bibliófilos impenitentes.
Un concepto extendido adjudica a los libros el poder de enriquecer el espíritu con los bienes de la cultura humana. Suele suponerse que si no hacen bien, son inocuos, y que la brutalidad es patrimonio de los iletrados, pero es posible que se trate de una ligereza. No fue iletrado el monstruo nazi del siglo XX.
trabajo minucioso. El historiador norteamericano Timothy W. Ryback, especialista en temas del Holocausto, revisó los mil doscientos libros que pertenecieron a una parte de la biblioteca de Hitler y hoy se encuentran en la Biblioteca del Congreso, en Washington, además de otros ejemplares ubicados en universidades norteamericanas y del extranjero. Identificó en qué momento adquirió algunos libros, cuáles fueron leídos y cuáles no, describió sus anotaciones en los márgenes y cruzó su información con otras fuentes testimoniales. La mayoría de sus bibliotecas privadas de Berlín, Múnich y su residencia de Obersalzberg fueron saqueadas por las tropas aliadas, pero no falta información sobre los libros que formaron a Hitler y aquellos que lo acompañaron por décadas en sus anaqueles.
Buena parte de sus libros estaban forrados en cuero o piel, con encuadernaciones lujosas y sus iniciales en el lomo, debajo del águila dorada. El informe más completo lo ofreció el periodista Frederick Oechsner en un libro de propaganda, de 1942: siete mil volúmenes estaban dedicados a las campañas de Napoleón (con abundantes anotaciones), los reyes prusianos, vidas de generales alemanes y campañas militares famosas. Los libros militares se presentaban agrupados por países, algunos traducidos a pedido de Hitler, entre ellos uno sobre el conflicto del Gran Chaco (la guerra de 1932-1935 entre Paraguay y Bolivia), escrito por el general alemán Hans Kundt, quien como Ernst Röhm fue instructor de tropas en Bolivia. Uniformes, armas y pertrechos completaban los temas de esta sección.
Una segunda colección de mil quinientos libros abarcaba temas de arquitectura, teatro, pintura y escultura, incluidos libros sobre el surrealismo y el dadaísmo. Uno de ellos lucía esta anotación de su puño y letra "¿Revolucionará el mundo, el arte moderno? ¡Putrefacción!". Otra sección comprendía libros sobre astrología y espiritismo, a los que era muy afecto, junto a temas de alimentación y dieta (unos mil), y crianza de animales, con fotografías de sementales y yeguas célebres que Hitler tachó con un lápiz rojo.
Poseía también unos cuatrocientos libros sobre la Iglesia, varios con imágenes pornográficas sobre el libertinaje del clero, y otros en los que se veían a papas y cardenales pasando revista a las tropas, en distintos momentos de la historia. Uno lucía la anotación: "Nunca más".
Alrededor de mil novelas populares, muchas policiales, todas las de Edgar Wallace, libros de aventuras de G. A. Henry, docenas de novelas románticas, y entre las favoritas de Hitler, las novelas de indios del Lejano Oeste escritas por el alemán Karl May, que nunca estuvo en América pero cultivó el género hasta convertirse en un best seller de la literatura juvenil, completaban su colección. Oechsner contabiliza también doscientas fotografías de constelaciones estelares de los días importantes de su vida, anotadas por Hitler y guardadas, cada una, en un sobre separado, además de una colección de piedras preciosas, compradas con el dinero que obtuvo por la venta de su libro Mein Kampf, que le reportó ganancias por una suma estimada de veinte millones de dólares actuales.
CLÁSICOS. Hitler tenía las obras completas de Shakespeare encuadernadas en cuero marroquí artesanal, y consideraba al autor de Hamlet, superior a Goethe y a Schiller. Admiraba a Don Quijote, a Robinson Crusoe, La cabaña del tío Tom y Los viajes de Gulliver, pero eran escasas las obras de la literatura clásica en sus bibliotecas. La cineasta Leni Riefenstahl le regaló una primera edición de las obras completas del filósofo alemán Johann Gottlieb Fichte en un intento por recuperar su simpatía luego de negarse a rodar una tercera película, pero aunque Hitler contaba con las obras de Nietzsche, Schopenhauer y Kant, todo indica que los leía sólo para extraer citas que prestigiaran sus discursos. Aunque reconocía el genio de Nietzsche y exaltaba la "inteligencia cristalina" de Schopenhauer, de quien más se sirvió fue del impetuoso Fichte.
De la extensa información que acerca Timothy Ryback, destaca que dos de sus libros más amados y trabajados pertenezcan a autores norteamericanos. Incluyó El judío internacional: El principal problema del mundo, de Henry Ford, en la lista de lecturas recomendadas para los afiliados del partido nazi y tenía un gran retrato de Ford colgado en su despacho. Lo consideraba el empresario "más grande", un hombre racialmente puro, "un tipo nórdico absoluto". Pero su biblia, el libro que expandió su concepción racista fuera de las fronteras de Alemania fue La muerte de la gran raza o la base racial de la historia europea, de Madison Grant, un licenciado en la Universidad de Yale al que el gobierno de los Estados Unidos encomendó la regulación de las cuotas de inmigración extranjera. El libro fue publicado en New York en 1916 y el ejemplar de Hitler pertenece a la traducción alemana de 1925. Allí encontró el fundamento para la eugenesia. "El acatamiento a lo que erróneamente se considera leyes divinas y la creencia sentimental en la santidad de la vida humana -sostenía Grant- impiden tanto la eliminación de los niños deficientes como la esterilización de los adultos que no tienen ninguna utilidad para la comunidad". También el aliento para su campaña por la purificación de la raza y la eliminación de los judíos. Grant argumentaba que "el vestir buenas ropas y el ir a la escuela y a la iglesia no transforman a un negro en un blanco", y advertía que se tendría la misma experiencia "con el judío polaco, cuya baja estatura, mentalidad peculiar y fijación inquebrantable en el propio interés se están asimilando al carácter de la nación".
Ryback enlaza la historia lectora de Hitler con las expresiones de Walter Benjamin sobre su pasión bibliófila, pero el intento no se anuda sin violencia. Precisamente, en la dificultad de ensamblar ambas experiencias resiste no sólo el misterio de Hitler, sino también el del poder, lábil, poco inocuo y siempre imprevisible, de la lectura.
LOS LIBROS DEL GRAN DICTADOR, de Timothy W. Ryback, Destino, 2010. Buenos Aires, 380 págs. Distribuye Planeta.
TOMADO DE: http://www.elpais.com.uy/Suple/Cultural/10/10/08/cultural_519675.asp

Ensayos de Paul Valéry

Reflexiones sobre la poesía

Alfredo Fressia

SE PUEDE afirmar que Paul Valéry (Sète, 1871-1945) fue un poeta más respetado que realmente querido. Simbolista, creador de un "arte difícil", es autor de una obra poética relativamente breve, sobre todo si se compara a la inmensidad de su trabajo como teórico de la literatura, como memorialista y como "pensador". Perteneció a esa generación que pudo conocer a Leconte de Lisle o a Verlaine, pero que frecuentaba sobre todo las reuniones de los martes en casa de Mallarmé, en la calle Rome. De hecho su obra poética es la de un simbolista a ultranza, que potencia los principios teóricos y la práctica poética de Mallarmé.
limbo para universitarios. Osciló entre la poesía y las matemáticas. En gran parte instigado por André Gide, creará en los años ´20 una obra poética que lo transforma muy rápidamente en una especie de poeta oficial de la Tercera República. Dará conferencias dentro y fuera de Francia, será recibido en todas partes con honras de Estado. Desde 1937 ocupará la cátedra de Poética del Collège de France, se manifestará contra la ocupación alemana en su país y sólo morirá después de la Liberación.
En los años `50, Francia, que era todavía un lugar culturalmente central y relativamente hegemónico, asistirá por un lado a las disputas de Sartre y Camus, a la descolonización, y por otro, verá nacer el estructuralismo, con la lingüística en primer plano, lo que llevará a una especie de inflación del valor Signo como objeto-llave para leer el mundo. Se puede entender que la poesía exigente, difícil y a veces cerebral de Valéry haya pasado rápidamente a esa especie de limbo frecuentado por estudiantes universitarios, pero no por el público.
Lo mismo ocurre con la obra teórica de Valéry. Sin duda, su misma naturaleza reflexiva no hace de esa producción un objeto "popular", pero es evidente que fue perdiendo lectores. Además de los Cahiers, en los que trabajó cotidianamente durante décadas, y de otros libros donde reunía sus reflexiones, Valéry juntó sus conferencias y artículos diversos en Variété (y habrá cinco tomos entre 1924 y 1944). En las apretadas ediciones La Pléiade, el conjunto de las Variétés ocupa 1.100 páginas.
En la Variété de 1944, el autor propone un orden temático para sus ensayos, organizado en seis grupos: "Estudios literarios", "Estudios filosóficos", "Ensayos cuasi políticos", "Teoría poética y estética", "Enseñanza" y "Memorias del poeta". En el presente De Poe a Mallarmé, ensayos de poética y estética, el poeta y profesor argentino Silvio Mattoni (Córdoba, 1969) elige y traduce una veintena de estos ensayos de Valéry, con hincapié en los temas literarios o de teoría literaria, aunque el libro cubra casi todos los grupos temáticos.
PARA UNA TEORÍA POÉTICA. De hecho el lector encuentra en esta mínima antología los textos más revisitados de las Variétés, desde ensayos sobre el sueño o sobre el cuerpo, hasta las reflexiones del autor sobre el Mediterráneo, o recuerdos de Verlaine o de la intimidad de Mallarmé. Comparece siempre la inteligencia y la elegancia del razonamiento de Valéry, la ironía (sin grandes maldades, como llamar a "Verlaine, Stéphane Mallarmé, Arthur Rimbaud, los tres Reyes Magos de la poética moderna"), las contradicciones de un espíritu crítico como el suyo, capaz de pintar con erudición la biografía de Villon después de declarar que la biografía es un dato inútil y aun perjudicial ("porque demasiado a menudo proporciona la ocasión, el pretexto, el medio para no afrontar el estudio preciso y orgánico de una poesía").
En sus ensayos sobre teoría poética, Valéry insiste en un nítido distingo de poesía y prosa. La prosa, dice, es el lenguaje que muere después de cumplir su función (una idea próxima a la de la función denotativa del lenguaje en Roman Jakobson), mientras que "el poema no muere por haber vivido, está hecho expresamente para renacer de sus cenizas y volver a ser infinitamente lo que acaba de ser" ("Poesía y pensamiento abstracto"). De ahí proviene su alarma al verificar esa especie de incapacidad de los críticos (y los profesores, ya que el problema se reproduce en escala pedagógica) de contemplar el poema como unidad (fónica, de sentido, visual, etc) y de reducirlo a los niveles que pueden ser por un lado, analizados, y, por otro, reducidos a la prosa y la paráfrasis ("Cuestiones de poesía").
Demasiado inmediato. La situación de la crítica de poesía resulta delicada, en el mejor de los casos, y es dable preguntarse si sería siquiera legítimo el discurso crítico (prosaico) aplicado sobre la materia poética. Valéry no se lo pregunta, y menciona la tarea de la crítica con este desdén: "[Los críticos] enumeran, por ejemplo, los medios visibles que usan los poetas; destacan frecuencias o ausencias en sus vocabularios; se señalan semejanzas entre uno y otro, e influencias. Algunos procuran restituir sus designios secretos, y leer en una engañosa transparencia intenciones o alusiones en sus obras. Escrutan gustosamente, con una complacencia que hace visible cuánto se extravían, lo que se sabe (o lo que se cree saber) de la vida de los autores(...)". Leída casi un siglo después, esa pintura del crítico podría confundir a un lector desavisado porque, vista la indigente situación actual del discurso crítico, parece más bien un elogio.
Pero tal vez el problema sea más grave y Valéry nos anunciaba desde 1935 algo que puede también explicar el desamor que el autor parece sufrir en los días que corren: "Hasta ahora, y desde la más remota antigüedad, la lectura y la escritura eran los únicos modos de intercambio así como los únicos procedimientos de trabajo y de conservación de la expresión por medio del lenguaje. No podemos responder por su futuro. En cuanto a las mentes, ya vemos que son solicitadas y seducidas por tantos prestigios inmediatos, tantos estimulantes directos (...) que les representan la vida misma y la naturaleza como totalmente presente, que podemos dudar que nuestros nietos encuentren el menor gusto por las gracias caducas de nuestros poetas más extraordinarios y de toda la poesía en general" (pág. 205).
Detalle: el presente libro está financiado por el Ministerio de Asuntos Extranjeros de Francia y la embajada francesa en Buenos Aires.
DE POE A MALLARMÉ, ensayos de poética y estética, de Paul Valéry. El cuenco de plata, 2010. Buenos Aires, 271 págs. Distribuye Gussi.
TOMADO DE: http://www.elpais.com.uy/Suple/Cultural/10/10/08/cultural_519677.asp

Mario Vargas Llosa
El sueño del celta
ALFAGUARA HISPANICA
Para Álvaro, Gonzalo y Morgana.
Y para Josefina, Leandro,
Ariadna, Aitana, Isabella y Anaís.
Cada uno de nosotros es, sucesivamente, no
uno,
sino
muchos. Y estas personalidades sucesivas, que
emergen las unas de las otras, suelen ofrecer entre sí
los más raros y asombrosos contrastes.
josé enrique rodó
Motivos de Proteo
El Congo
I
Cuando abrieron la puerta de la celda, con el chorro
de luz y un golpe de viento entró también el ruido de
la calle que los muros de piedra apagaban y Roger se despertó,
asustado. Pestañeando, confuso todavía, luchando
por serenarse, divisó, recostada en el vano de la puerta, la
silueta del
sheriff. Su cara flácida, de rubios bigotes y ojillos
maledicentes, lo contemplaba con la antipatía que nunca
había tratado de disimular. He aquí alguien que sufriría si
el Gobierno inglés le concedía el pedido de clemencia.
—Visita —murmuró el
sheriff, sin quitarle los ojos
de encima.
Se puso de pie, frotándose los brazos. ¿Cuánto había
dormido? Uno de los suplicios de Pentonville Prison era no
saber la hora. En la cárcel de Brixton y en la Torre de Londres
escuchaba las campanadas que marcaban las medias
horas y las horas; aquí, las espesas paredes no dejaban llegar
al interior de la prisión el revuelo de las campanas de las
iglesias de Caledonian Road ni el bullicio del mercado de
Islington y los guardias apostados en la puerta cumplían
estrictamente la orden de no dirigirle la palabra. El
sheriff
le puso las esposas y le indicó que saliera delante de él. ¿Le
traería su abogado alguna buena noticia? ¿Se habría reunido
el gabinete y tomado una decisión? Acaso la mirada del
sheriff,
más cargada que nunca del disgusto que le inspiraba,
se debía a que le habían conmutado la pena. Iba caminando
por el largo pasillo de ladrillos rojos ennegrecidos por la
suciedad, entre las puertas metálicas de las celdas y unos
muros descoloridos en los que cada veinte o veinticinco
pasos había una alta ventana enrejada por la que alcanzaba
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a divisar un pedacito de cielo grisáceo. ¿Por qué tenía tanto
frío? Era julio, el corazón del verano, no había razón para
ese hielo que le erizaba la piel.
Al entrar al estrecho locutorio de las visitas, se afligió.
Quien lo esperaba allí no era su abogado,
maître George
Gavan Duffy, sino uno de sus ayudantes, un joven rubio
y desencajado, de pómulos salientes, vestido como un petimetre,
a quien había visto durante los cuatro días del
juicio llevando y trayendo papeles a los abogados de la
defensa. ¿Por qué
maître Gavan Duffy, en vez de venir en
persona, mandaba a uno de sus pasantes?
El joven le echó una mirada fría. En sus pupilas
había enojo y asco. ¿Qué le ocurría a este imbécil? «Me
mira como si yo fuera una alimaña», pensó Roger.
—¿Alguna novedad?
El joven negó con la cabeza. Tomó aire antes de
hablar:
—Sobre el pedido de indulto, todavía —murmuró,
con sequedad, haciendo una mueca que lo desencajaba
aún más—. Hay que esperar que se reúna el Consejo de
Ministros.
A Roger le molestaba la presencia del
sheriff y del
otro guardia en el pequeño locutorio. Aunque permanecían
silenciosos e inmóviles, sabía que estaban pendientes
de todo lo que decían. Esa idea le oprimía el pecho y dificultaba
su respiración.
—Pero, teniendo en cuenta los últimos acontecimientos
—añadió el joven rubio, pestañeando por primera
vez y abriendo y cerrando la boca con exageración—,
todo se ha vuelto ahora más difícil.
—A Pentonville Prison no llegan las noticias de
afuera. ¿Qué ha ocurrido?
¿Y si el Almirantazgo alemán se había decidido por
fin a atacar a Gran Bretaña desde las costas de Irlanda?
¿Y si la soñada invasión tenía lugar y los cañones del Káiser
vengaban en estos mismos momentos a los patriotas
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irlandeses fusilados por los ingleses en el Alzamiento de
Semana Santa? Si la guerra había tomado ese rumbo, sus
planes se realizaban, pese a todo.
—Ahora se ha vuelto difícil, acaso imposible, tener
éxito —repitió el pasante. Estaba pálido, contenía su indignación
y Roger adivinaba bajo la piel blancuzca de su tez su
calavera. Presintió que, a sus espaldas, el
sheriff sonreía.
—¿De qué habla usted? El señor Gavan Duffy estaba
optimista respecto a la petición. ¿Qué ha sucedido
para que cambiara de opinión?
—Sus diarios —silabeó el joven, con otra mueca
de disgusto. Había bajado la voz y a Roger le costaba trabajo
escucharlo—. Los descubrió Scotland Yard, en su
casa de Ebury Street.
Hizo una larga pausa, esperando que Roger dijera
algo. Pero como éste había enmudecido, dio rienda suelta
a su indignación y torció la boca:
—Cómo pudo ser tan insensato, hombre de Dios
—hablaba con una lentitud que hacía más patente su rabia—.
Cómo pudo usted poner en tinta y papel semejantes
cosas, hombre de Dios. Y, si lo hizo, cómo no tomó la
precaución elemental de destruir esos diarios antes de ponerse
a conspirar contra el Imperio británico.
«Es un insulto que este imberbe me llame “hombre
de Dios”», pensó Roger. Era un maleducado, porque a
este mozalbete amanerado él, cuando menos, le doblaba
la edad.
—Fragmentos de esos diarios circulan ahora por
todas partes —añadió el pasante, más sereno, aunque siempre
disgustado, ahora sin mirarlo—. En el Almirantazgo,
el vocero del ministro, el capitán de navío Reginald Hall
en persona, ha entregado copias a decenas de periodistas.
Están por todo Londres. En el Parlamento, en la Cámara
de los Lores, en los clubes liberales y conservadores, en las
redacciones, en las iglesias. No se habla de otra cosa en la
ciudad.
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Roger no decía nada. No se movía. Tenía, otra vez,
esa extraña sensación que se había apoderado de él muchas
veces en los últimos meses, desde aquella mañana gris y
lluviosa de abril de 1916 en que, aterido de frío, fue arrestado
entre las ruinas de McKenna’s Fort, en el sur de Irlanda:
no se trataba de él, era otro de quien hablaban, otro
a quien le ocurrían estas cosas.
—Ya sé que su vida privada no es asunto mío, ni del
señor Gavan Duffy ni de nadie —añadió el joven pasante,
esforzándose por rebajar la cólera que impregnaba su voz—.
Se trata de un asunto estrictamente profesional. El señor
Gavan Duffy ha querido ponerlo al corriente de la situación.
Y prevenirlo. La petición de clemencia puede verse comprometida.
Esta mañana, en algunos periódicos ya hay protestas,
infidencias, rumores sobre el contenido de sus diarios. La
opinión pública favorable a la petición podría verse afectada.
Una mera suposición, desde luego. El señor Gavan Duffy lo
tendrá informado. ¿Desea que le transmita algún mensaje?
El prisionero negó, con un movimiento casi imperceptible
de la cabeza. En el acto, giró sobre sí mismo, encarando
la puerta del locutorio. El
sheriff hizo una indicación
con su cara mofletuda al guardia. Éste corrió el pesado
cerrojo y la puerta se abrió. El regreso a la celda le resultó
interminable. Durante el recorrido por el largo pasillo de
pétreas paredes de ladrillos rojinegros tuvo la sensación
de que en cualquier momento tropezaría y caería de bruces
sobre esas piedras húmedas y no volvería a levantarse.
Al llegar a la puerta metálica de la celda, recordó: el día
que lo trajeron a Pentonville Prison el
sheriff le dijo que
todos los reos que ocuparon esta celda, sin una excepción,
habían terminado en el patíbulo.
—¿Podré tomar un baño, hoy? —preguntó, antes
de entrar.
El obeso carcelero negó con la cabeza, mirándolo
a los ojos con la misma repugnancia que Roger había advertido
en la mirada del pasante.
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—No podrá bañarse hasta el día de la ejecución
—dijo el
sheriff, saboreando cada palabra—. Y, ese día,
sólo si es su última voluntad. Otros, en vez del baño, prefieren
una buena comida. Mal negocio para Mr. Ellis,
porque entonces, cuando sienten la soga, se cagan. Y dejan
el lugar hecho una mugre. Mr. Ellis es el verdugo, por si
no lo sabe.
Cuando sintió cerrarse la puerta a sus espaldas, fue
a tumbarse boca arriba en el pequeño camastro. Cerró los
ojos. Hubiera sido bueno sentir el agua fría de ese caño
enervándole la piel y azulándola de frío. En Pentonville
Prison, los reos, con excepción de los condenados a muerte,
podían bañarse con jabón una vez por semana en ese
chorro de agua fría. Y las condiciones de las celdas eran
pasables. En cambio, recordó con un escalofrío la suciedad
de la cárcel de Brixton, donde se había llenado de piojos
y pulgas que pululaban en el colchón de su camastro y le
habían cubierto de picaduras la espalda, las piernas y los
brazos. Procuraba pensar en eso, pero una y otra vez volvían
a su memoria la cara disgustada y la voz odiosa del
rubio pasante ataviado como un figurín que le había enviado
maître
Gavan Duffy en vez de venir él en persona a darle las malas noticias.
TOMADO DE: http://www.elpais.com/elpaismedia/ultimahora/media/201010/07/cultura/20101007elpepucul_2_Pes_PDF.pdf

"El nacionalismo es la peor construcción del hombre"

Mario Vargas Llosa ha dedicado tres años a reconstruir la vida de Roger Casement, pionero defensor de derechos humanos, que protagoniza 'El sueño del celta'

IKER SEISDEDOS
En: www.elpais.com  /  Madrid: 29 de septiembre de 2010.
Galería: entre las letras y la política
Mario Vargas Llosa recoge en su nueva y estupenda novela aquella reflexión del escritor y político uruguayo José Enrique Rodó: "Un hombre es muchos hombres". No digamos ya en el caso de Roger Casement (1864-1916), personaje real inspirador de uno de los lanzamientos más esperados del otoño literario. Diplomático reservado, sir y escritor, temprano relator de derechos humanos, héroe irlandés, traidor británico, torpe estratega militar, homosexual atormentado, reo ajusticiado... De la suma de todos los casement resulta una obra que Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936) ha tardado "tres años" en culminar, desde aquel lejano y nebuloso "descubrimiento del personaje en una biografía de Joseph Conrad".
"No hay barbarie comparada a la del colonialismo. África nunca se recuperó"
"Nunca he hecho novela histórica. Para mí, la historia es materia prima"
El tiempo se fue en documentar la peripecia de un cónsul británico que, despertado a los horrores del colonialismo de Leopoldo II, viajó por el Congo belga en 1910 para documentar la barbarie con descarnado realismo en el informe que le daría fama (y que ahora rescata Ediciones del Viento en La tragedia del Congo). No fue esa la única amarga denuncia de Casement. La situación de los indígenas al servicio del sistema de la extracción del caucho en la Amazonia mereció otro de sus relatos de estilo aterrador por su exacta sobriedad.
Entregado a la causa nacionalista irlandesa, viajó a Berlín para conspirar contra Reino Unido en plena I Guerra Mundial, participó en el alzamiento del Ulster de 1916 y acabó condenado a morir ahorcado tras tres meses en prisión y un juicio que conmovió a la sociedad británica por el aireamiento de unos diarios repletos de escabrosas aventuras homosexuales cuya autenticidad aún es objeto de debate. "Es un personaje múltiple, con varias biografías que no encajan muy bien", explicaba recientemente Vargas Llosa en su casa de Madrid, donde se mostró tan brillante, preciso y generoso como la lectura de sus libros hacía presagiar. "Fue, sobre todo, uno de los primeros europeos que tienen una conciencia clara de lo que es el colonialismo".
Pregunta. Sorprende el nacionalismo fervoroso de su protagonista. Un atributo poco común en sus héroes...
Respuesta. Siempre he tenido terror de esa forma de fanatismo. El nacionalismo me parece la peor construcción del hombre. Y el caso más extremo de nacionalismo es el nacionalismo cultural. Aunque en ciertas circunstancias puede representar valores libertarios...
P. ¿Hay un buen nacionalismo?
R. En ciertos pueblos aplastados por colonizadores, que aspiran a liberarse del ocupante, el nacionalismo tiene un valor positivo. Pero lo peligroso es cuando se convierte en una ideología. El nacionalismo significa violencia, prejuicios, distorsión de valores. Casement vive la parte más idealista, que es la de la lucha contra el opresor.
P. El libro está repleto, desde su mismo título, de sueños y fantasías.
R. El sueño del celta es un poema que escribió Casement, que era muy mal poeta. A mí las fantasías me sirvieron para tapar los huecos de un personaje enigmático. Y luego están las fantasías políticas. Leopoldo II fue un gran fabricante de sueños; él consigue que le regalen el Congo porque monta una ficción, un mito sobre sí mismo, sus intenciones y sus designios. Por eso Casement se va al Congo, en pos de ese sueño.
P. Y se topa con el horror más absoluto y conradiano, el horror del coronel Kurtz...
R. Es un libro también sobre cómo ciertas circunstancias deshumanizan a los hombres hasta hacerlos monstruos. Eso también lo vivió en el Perú, con el sistema de extracción del caucho. Se cometían las mayores atrocidades desde la impunidad más absoluta. Es como una especie de inmersión en el mal. Casement vive eso y mantiene una distancia, lo escribe, lo documenta y no se vuelve loco.
P. ¿La barbarie de África, que se suele despachar como un continente sin remedio, es heredada?
R. Por supuesto. No hay barbarie comparada a la del colonialismo. Y además deja unas secuelas de las que África nunca se ha podido recuperar. No dejó nada positivo. En otras partes se puede decir que algo quedó...
P. ¿Como en América?
R. Allá se trasladó una parte de Europa que echó raíces. Se recreó una nueva versión de Occidente. Pero en África fue el saqueo por el saqueo. Como eran culturas muy primitivas fueron arrolladas sin ninguna oposición. Fíjese, tanto tiempo después no hay manera de que el Congo se ponga en pie. Leopoldo II ha sido la gran maldición del Congo.
P. Sin olvidar al bestial dictador que fue Mobutu...
R. Les ha tocado lo peor. Tal para cual. Los horrores que hicieron ambos...
P. ¿Diría que la figura de Leopoldo II ha quedado fijada en la historia en su justa envergadura genocida?
R. En Bélgica, no. Sigue teniendo un museo maravilloso, que es una especie de pequeño Versalles. No sabemos cuántas, pero se calcula que murieron 10 millones de personas en su época. Casi como dos veces el Holocausto judío. Es, de hecho, el primer gran Holocausto moderno. Ahí siguen todavía, entre matándose, con ejércitos extranjeros interviniendo en el Congo.
P. ¿Cree, como Robert Kaplan, que hay países incapaces de construir una democracia?
R. En lo inmediato no creo que haya ninguna posibilidad para el Congo. Es el país que peor lo ha pasado en el África y probablemente en el mundo. Hay una fuerza de las Naciones Unidas a la que han dado unas instrucciones completamente disparatadas, yo lo pude comprobar cuando viajé con Médicos Sin Fronteras para escribir un reportaje en El País Semanal. Solo actúan para que se apliquen los acuerdos de paz, pero les prohíben que intervengan en los asuntos internos.
P. Los periódicos informan regularmente de episodios pavorosos como las recientes violaciones en masa acaecidas en Congo ante la pasividad de la ONU.
R. Cuando viajé, un médico me habló de que el gran problema eran las violaciones. Todos violan porque la violación se ha convertido en un arma política, militar. Haces daño al enemigo violando a sus mujeres. Es el objeto más vulnerable, codiciado que hay. Y me impresionó muchísimo. Me contó varios casos espantosos y se echó a llorar. ¡Qué extremos de barbarie! Todo esto lo vio Casement de una manera muy premonitoria. Sus informes son de una enorme riqueza etnológica, antropológica y desde luego política. Luego es muy interesante la evolución del personaje, cómo siendo un anglófilo imperialista y anglicano se hace independentista irlandés y católico. Vive una contradicción permanente siendo diplomático británico se instala en la duplicidad que en realidad es una triplicidad, si se añade el asunto de su homosexualidad. Depende del ángulo desde el que lo mires cambia completamente de sentido, de valencia moral, política.
P. El lector que desconozca el personaje histórico, quedará fascinado con otra dimensión, la novelesca...
R. Siempre va a quedar alrededor de él una gran incertidumbre. ¿Qué cosas son ciertas de las que se le han atribuido? Sobre todo lo relativo a sus escandalosos diarios, está hundido en los fondos de la inteligencia británica. Y en Irlanda, por una parte es considerado un héroe, pero por otra hay una incomodidad absoluta. Nadie lo reivindica abiertamente porque provoca mucho malestar, porque es un país católico, moralista, tradicionalista. Hablas con los independentistas, reconocen que es un héroe y niegan de entrada todo lo que se le ha atribuido.
P. ¿Cree que sus diarios fueron falseados?
R. Es una polémica que siempre está muy viva. Quedan historiadores que sostienen que los diarios son falsificados. Mi impresión tiende a aceptar que si no totalmente, en gran parte son auténticos. Es una cosa de novelista, no de historiador. No había materialmente tiempo para que se hiciera una falsificación ajustada a los pormenores de la vida de Casement. Pasaron tres meses entre que lo apresaron y su ejecución. Por otra parte, las barbaridades que él cuenta, sobre todo las sexuales, es casi imposible que las cometiera sin que lo supieran los de alrededor, sin que fuera la comidilla de la comunidad de colonos. Y luego están las proezas sexuales, técnicamente imposibles...
P. De la novela se deduce que era su forma cobarde y tímida de vivir cosas que no le estaban deparadas.
R. Creo que así fue. Lo más probable es que llevase su homosexualidad de una manera muy reprimida, tomando inmensas precauciones. No solamente la moral, la legalidad victoriana era feroz. Uno podía acabar en la cárcel. Quizá su desfogue eran sus diarios.
P. La historia de Casement nos enseña que, por mucho positivo que uno haga, su imagen pública valdrá lo que sus últimos actos. ¿Llegó a sucederle a usted con su incursión en la política a principios de los noventa?
R. Si tuviera que hacerlo de nuevo no la haría. No lo lamento, ya lo viví. Aprendí cosas... Más negativas que positivas. Pero me sirvió. Normalmente, un intelectual ve de la política lo mejor. No ve la cosa menuda, pequeña, mezquina... todo lo que se relaciona con el poder es muy degradante. Si no quieres que la política sea peor de lo que es, tienes que actuar. Y eso implica, como decía Max Weber, vender el alma al diablo. La política no es para los puros. Es humana en el sentido más terrible de la palabra.
P. El sueño del celta guarda cierta similitud con La fiesta del chivo, parte de la historia como pretexto de ficción...
R. No he hecho nunca novela histórica. No es lo mío ofrecer una versión más o menos animada de los hechos. La historia ha sido para mí siempre una materia prima, para fantasear, para intentar a partir de ahí contar una ficción.
P. Sostiene la periodista cultural Janet Malcolm que toda biografía es un acto de traición...
R. Es un acto frustrante. Sartre dedicó muchos años a escribir sobre Flaubert. En El idiota de la familia trataba de averiguar valiéndose de todos los adelantos intelectuales de nuestra época qué se puede saber hoy sobre un hombre. Escribió tres enormes volúmenes, inmensos, que te tomaba meses leer, al final no había llegado siquiera a Madame Bovary.
P. ¿Hemos de advertir un cierto agotamiento de la vida, de su día a día, como fuente de inspiración en su obra reciente?
R. Una historia que pasa en la literatura no es una historia anterior a la literatura. Es una historia que se vuelve literatura, porque las historias que pasan en la vida suceden no con palabras, sino con hechos. Al volverse literatura, se convierten en otra cosa. Se convierten en una cosa que vale por el vocabulario, la simbología, el estilo, la estructura. La literatura se puede apropiar de todo. Lo que resulta es literatura, no es sociología, historia o política aunque de todo haya en una novela. Lo maravilloso del género novelesco es que es un género caníbal que se apropia de todo y le da otra dimensión.
P. ¿Aún se considera periodista?
R. Escribo en periódicos. Y a veces aún hago periodismo de calle. Fue además una fuente maravillosa de temas, de personajes. No sé qué porcentaje, casi la mitad de las cosas que he escrito provienen de mis tiempos de periodista.
P. ¿En qué trabaja ahora?
R. En un pequeño ensayo, La civilización del espectáculo. Cómo la cultura contemporánea prima el espectáculo. Lo que no pasa por el espectáculo no es cultura.
P. ¿Hay vuelta atrás para eso?
R. No creo que se pueda recuperar. El espectáculo se ha convertido en el valor de nuestra época. Ya no hay valores, nadie sabe qué cosa es buena, qué cosa es mala, qué cosa es bella, qué cosa es fea. Vivimos en una de las épocas más confusas de la historia.
P. Ensayos, obras de teatro, columnas de opinión... ¿No teme que la superproducción le impida estar a su propia altura?
R. Siempre hay miedo a perder el pie. Hay que tratar de mantenerse lúcido, no volverse una ruina humana. Uno hace lo que puede... Lo que no creo que deba pensar un escritor es en retirarse. Si el tiempo te retira, la enfermedad te retira, claro, pero si tienes ilusiones hay que seguir trabajando.
P. Edward Said hablaba del interés de cierto estilo tardío...
R. Sí, claro, pero siempre me ha angustiado mucho la idea de esos escritores que pierden el fuego, se callan. Me sentiría muy desgraciado si no pudiera trabajar. Con el tiempo se pierden capacidades, me temo que sí, pero hay que mantener la lucidez y el espíritu crítico. Perder el espíritu es una enfermedad en la que caen muchos escritores. Es como volverse una estatua en vida.
P. ¿Y el Nobel de Literatura?
R. Pensar en ello es malo para el estilo, tardío o no.

Literatura electrónica pasajera

El sueño del celta es la primera novela de Mario Vargas Llosa de la nueva era... del libro electrónico. ¿Se ha atrevido el autor de Conversación en la catedral con el formato digital? "No lo he hecho. Lo he visto, sí, lo he sopesado, pero todavía no me animo, no. La lectura todavía sigue siendo mi gran placer, claro, aunque en soporte tradicional. No hay que rechazarlo de entrada. Los defensores del libro electrónico aseguran que solo es un soporte. Así como el papel es un soporte. Sin embargo, cuando yo veo lo que ha pasado con la televisión, veo que no es así, que la pantalla ejerce una influencia sobre la creación. Tiende a introducir una facilidad, a destacar por encima de todo el entretenimiento rápido, que es lo que ha pasado con la tele. Hay cosas fabulosas en ese medio, pero predomina la cosa leve, ligera, pasajera. Mucho me temo que la literatura en pantalla se convierta en eso".
¿Y qué lee Vargas Llosa? "Leo por trabajo o por placer, y cuando leo por placer releo autores clásicos. Me da un poco de vértigo el torbellino de las novedades. Es absolutamente imposible estar al día de todos los autores jóvenes. Con todo, nada me produce tanto placer como encontrar el libro adecuado. ¿Mis últimos descubrimientos? Me fascinó El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince. Muy certero. Qué bonito libro. ¡Qué fina manera de rendir un homenaje a su padre y al mismo tiempo trazar un relato de toda una época! Y recientemente descubrí a Irene Némirovsky. Es una maravilla, te impresiona cómo viviendo unas circunstancias absolutamente terribles, una judía francesa en la II Guerra Mundial, pudo escribir Suite francesa, un libro tan controlado. Tan frío, mostrado con serenidad".

Los 10 mejores enlaces para entender el universo de Mario Vargas Llosa

Artículos, fotografías, vídeos... Un decálogo en la red que muestra con urgencia la dimensión artística del nuevo premio Nobel de Literatura

MANUEL CUÉLLAR
En: www.elpais.com  /  Madrid: 7 de octubre de 2010. 
1) En el principio. "Extemporáneos: semilla de los sueños" . En este artículo, Mario Vargas Llosa cuenta cómo se enamoró de la literatura y cómo la literatura se enamoró de él. Fue un flechazo natural que comenzó con su afición por la lectura en una infancia que el escritor recuerda feliz recreando películas de Tarzán y con los ronquidos de su abuelo como banda sonora.
2) Los escritores. Así se titulaba el programa sobre literatura que emitía Radio Televisión Española en los años 70. En 1978 le tocó el turno a Mario Vargas Llosa con un monográfico de 27 minutos de duración en el que el escritor responde, entre otras a preguntas sobre su vanidad y la necesidad de la página en blanco y participa en un coloquio centrado en la creación literaria.
3) Premio Príncipe de Asturias y Premio Cervantes. Antes de el premio Nobel, el escritor peruano fue galardonado con las dos mayores distinciones que pueden recibir los escritores en habla hispana. Este es el texto de su discurso al recibir el premio Príncipe de Asturias y el vídeo de la entrega del premio Cervantes.
4) Las Mil y Una noches. Aitana Sánchez-Gijón se subió a las tablas entre otras en las ciudades de Madrid, Barcelona y Mérida para representar la adaptación que realizó Vargas Llosa sobre Las mil y una noches. Durante estas representaciones el autor compartía escenario con la actriz y reconocía su terror escénico.
5) Vargas Llosa íntimo. La fotógrafa Morgana Vargas Llosa, hija del escritor, contiene en su página web las fotografías más íntimas que la proximidad le ha permitido realizarle a su padre. También las publicaciones en la que pone imagen a textos de su progenitor.
6) Mario Vargas Llosa político. Vídeos de las intervenciones de Mario Vargas Llosa durante la presentación del partido político liderado por Rosa Díez Unión Progreso y Democracia. Parte 1. Parte 2.
7) Diccionario de Vargas Llosa. Club Cultura realizó un diccionario que disecciona la figura del escritor peruano de una forma rápida e intuitiva.
8) Cinéfilo. Bajo el pseudónimo de Vincent N. el adolescente Mario Vargas Llosa publicó una serie de críticas de sus películas favoritas como La Strada de Fellini, Rebelde sin causa de Nicholas Ray o Historia de un amor de Roberto Gabaldón. Aquí puedes leer las 22 críticas seleccionadas por el propio escritor.
9) Raro vídeo de Mario Vargas Llosa escuchando al cantautor Eduardo Peralta interpretando la canción Juan González en Chile en 1980. El escritor con la canción protesta.
10) Página web oficial de Mario Vargas Llosa con todo sobre su obra, cronologías, biografías y fotos. Precisamente es en la sección cronología en la que se pueden ver enlaces al álbum de fotos personal del escritor desde su nacimiento hasta la actualidad.

Instante de bendiciones

ANTONIO ORTEGA
En: Babelia. Madrid: 9 de octubre de 2010. www.elpais.com
Fina García Marruz y su esposo, Cintio Vitier
Fina García Marruz y su esposo, Cintio Vitier (1921-2009), en una imagen de 1997- CONSUELO BAUTISTA
 
Poco y mal conocida en España, gracias solo a algunas antologías colectivas, la escritura poética de Fina García Marruz (La Habana, 1923) es sin embargo una de las más importantes de nuestra lengua. Así su alta y delicada gracia, una gracia otorgada por ese algo sobrenatural, ese don o cualidad indefinible de una escritura poética que, como decía Juan Ramón Jiménez, es una forma de la huida, de eso que la propia poeta denomina una "revelación que huye", esa que está "no en lo que permanece siempre huyendo / sino entre lo que, huyendo, permanece". El instante raro es la primera antología que recoge en nuestro país buena parte de la obra de la mayor poeta viva de Cuba. Seleccionada y prologada con esmero por Milena Rodríguez, pone en actualidad una obra imprescindible, reclamando su importancia en la literatura en español, y logrando mostrar, a través de sus poemas más representativos, los distintos registros de su voz. Decía Martí: "No se ha de decir lo raro, sino el instante raro de la emoción noble y graciosa". De aquí surge esa idea que García Marruz alza en sus poemas: que es en el apresamiento de ese instante, el de la emoción y la vivencia huidiza, donde encuentra su lugar la sustancia real de la poesía. Y lo insólito y extraño solo emergen de lo más común e indiferente: "Lo eterno en lo fugaz, como estas hojas / en las que ahora llueve, / o lo que pasa raudo, o lo que, extraño, / se detiene". Grandes poemas de lo familiar y lo pequeño, parecidos a esos descampados de uno de sus mejores poemas, unos versos "Algo deslavazados, ni bien ni mal del todo. / Acá un mate apagado, allá un fulgor humilde, / y espacios que aún alientan entre arrumbados oros". Esa es su gran enseñanza, obligarnos a modular nuestra mirada, a ver la realidad desde una nueva dimensión, la de la memoria y la distancia, la de lo pobre y lo material, para así descubrir un todo más grande y piadoso: "Pues poco a poco el mundo se vuelve impenetrable, / los ojos no comprenden, la mano ya no toca / el alimento innombrable, lo real". Poemas como pequeñas y luminosas bendiciones, que hacen suyo el singular peso de la levedad, la gravedad de lo minúsculo y cotidiano. Poemas que se resisten a un final que, en caso de alcanzarse, será el mismo que García Marruz desea para sí: "Yo que hallé en lo escondido una extraña familia".

El instante raro. (Antología poética)

Fina García Marruz
Edición, selección y prólogo de Milena Rodríguez Gutiérrez
Pre-Textos. Valencia, 2010
448 páginas. 23 euros

Una actitud humanista

JOSÉ MARÍA RIDAO
En: Babelia. Madrid: 9 de octubre de 2010. www.elpais.com
Lenin proclama el poder soviético
Lenin proclama el poder soviético (1947), de Vladímir Serov.-
Tzvetan Todorov comparte con los filósofos la "búsqueda de la sabiduría" y con los novelistas la "afición al relato". En La experiencia totalitaria, analiza la utilidad de la memoria y el papel de la justicia a través de apuntes sobre pensadores y episodios de la historia reciente
Sólo en las últimas páginas de La experiencia totalitaria se advierte el sentido de la búsqueda que lleva a cabo Tzvetan Todorov: desaparecidas las grandes utopías del siglo XX, es preciso identificar las ideas y los autores que permitirían dar forma a una actitud humanista ante los problemas que sigue padeciendo el mundo. No es un asunto radicalmente novedoso en la obra de Todorov: hacia él venían apuntando obras anteriores como Frente al límite, Una tragedia francesa o Memoria del mal, tentación del bien. Lo que sí resulta original es la voluntad cada vez más deliberada de explicitar el contenido de esa actitud humanista y, también, la estrategia intelectual desde la que Todorov se propone hacerlo.

La experiencia totalitaria

Tzvetan Todorov
Traducción de Noemí Sobregués
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores
Barcelona, 2010
314 páginas. 22,50 euros
Foto

Primeras páginas de La experiencia totalitaria, de Tzvetan Todorov

DOCUMENTO (PDF - 2,59Mb) - 06-10-2010

Primeras páginas de La experiencia totalitaria, de Tzvetan Todorov
En sus últimos trabajos, los apuntes biográficos sobre escritores contemporáneos y el análisis monográfico de episodios de la historia reciente han ido ocupando el lugar que, en su obra anterior, correspondía al razonamiento abstracto, más ajustado a las estereotipadas exigencias del rigor académico. Todorov ofrece una explicación de este desplazamiento, de esta estrategia intelectual, en el prólogo de La experiencia totalitaria: "Aunque soy historiador", escribe, "comparto con los novelistas la afición al relato, y con los filósofos la búsqueda de la sabiduría". Pero seguramente habría una explicación adicional relacionada con la naturaleza de la actitud humanista que Todorov intenta identificar. Hacerlo a través de apuntes biográficos y del análisis monográfico de episodios de la historia reciente le impide caer en la formulación de un sistema de pensamiento cerrado, opuesto a las grandes utopías del siglo XX pero también a la propia actitud humanista. Las ideas que la van configurando responden, en cambio, a estímulos y coyunturas particulares que reclaman una atención minuciosa. Y el vínculo que las une no puede ser el de un engranaje perfecto sino el de un inconcluso palimpsesto, el de un interminable proceso de amplificación y de corrección.
Todorov da el título de 'Retratos' a la primera sección de La experiencia totalitaria, y en ella traza una sucinta biografía de Germaine Tillion y de Raymond Aron, además de establecer una comparación entre las ideas y las trayectorias vitales de dos de los más importantes teóricos de la literatura en la Rusia comunista, Roman Jakobson y Mijaíl Bajtín. La figura de Tillion ocupa un lugar destacado en los trabajos más recientes de Todorov, hasta el punto de erigirse en una referencia tan constante como imprescindible. Si algo caracteriza la actitud humanista de Tillion, una de las primeras voces en denunciar los campos soviéticos y las torturas y masacres cometidas por Francia en Argelia, es la duda siempre irresuelta acerca de si debe prevalecer la compasión sobre la justicia; duda que, como señala Todorov, no paraliza su acción, sino que, simplemente, le evita incurrir en simplificaciones maniqueas. A este respecto, la trayectoria intelectual de Raymond Aron no sería distinta de la de Tillion, pero el rasgo que Todorov destaca en el pensador francés, el rasgo que incorpora a la descripción de la actitud humanista, es su orgullosa, casi soberbia disposición a arrostrar la soledad. El capítulo dedicado a Jakobson y Bajtín, tal vez uno de los más brillantes de La experiencia totalitaria, ilustra, por su parte, la falta de correspondencia entre las actitudes vitales y las intelectuales, hasta el extremo de resultar antagónicas en no pocas ocasiones.
Si en la sección 'Retratos' Todorov da cuenta de cómo ciertas figuras respondieron a los requerimientos éticos y políticos de su tiempo, en la que titula 'Historias' enfrenta al lector con hechos como la salvación de los judíos búlgaros durante la Segunda Guerra Mundial, la tiranía de Stalin sobre su entorno inmediato o la concomitancia ideológica entre los proyectos políticos revolucionarios y el arte de vanguardia. En cada uno de estos capítulos Todorov presta más atención a las preguntas, a los requerimientos éticos y políticos que desprenden los hechos que a las respuestas que ofrecieron determinadas figuras. Se trata en todos los casos de episodios del pasado que, contemplados desde el presente, conducen de manera casi inexorable a interrogarse sobre el alcance, la utilidad y la validez de dos conceptos hoy en boga: la memoria y el papel de la justicia. Y a esos dos conceptos consagra la última sección de La experiencia totalitaria. Todorov advierte en ella contra ese uso cada vez más generalizado de la memoria que parte de una sistemática y retrospectiva identificación con las víctimas y no con los verdugos, lo que impide extraer cualquier lección útil del pasado. De igual manera, expresa profundas reservas hacia la justicia internacional y los juicios por crímenes contra la humanidad. No porque renuncie a preocuparse por las víctimas, sino porque "la finalidad de la justicia debe seguir siendo sólo la justicia", no la educación. Perseguir una pedagogía histórica a través de los tribunales puede llevar, afirma Todorov, a "cometer una injusticia a poco que ofrezca una buena lección".
La experiencia totalitaria es un paso más en la identificación de la actitud humanista que defiende Todorov. No es un paso definitivo porque no podría serlo sin traicionar su propósito. Pero es en este carácter aproximativo donde reside uno de los principales valores de este estimulante ensayo.

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