LA RAZÓN DE UN NUEVO BLOG DE GESTIÓN CULTURAL

Ante la avalancha de información cultural noticiosa que recibimos diariamente gracias a la colaboración que me proporciona Arturo Álvarez D'Armas, poeta, fotógrafo y promotor cultural venezolano, así como otros valiosos amigos colaboradores, hemos decidido abrir un nuevo blog de promoción y gestión cultural. Sean bienvenidos todos los amigos interesados en promover la cultura y el arte en general. Pueden enviarnos sus colaboraciones, las cuales subiremos a este blog como entradas tan pronto como las recibamos. Quienes deseen colaborar pueden dirigirnos sus trabajos a nuestro correo personal: renedayre@gmail.com René Dayre Abella. Autor y promotor cultural.

viernes, 15 de octubre de 2010

VARIOS ARTÍCULOS DEL SUPLEMENTO CULTURAL BABELIA (EL PAÍS. MADRID, ESPAÑA).

Testigo en el siglo de los perros lobo

L. F. MORENO CLAROS
En: Babelia. Madrid: 16 de octubre de 2010. www.elpais.com
Batalla de Stalingrado
Imagen de la batalla de Stalingrado en 1943.- Pictorial Parade / Getty Images
Vasili Grossman (1905-1964) es uno de los autores más relevantes del siglo XX. Su novela Vida y destino (Galaxia / Círculo), publicada por primera vez en Suiza (1980) tras sufrir desmedido ostracismo en la Unión Soviética, cosechó un sonoro éxito de ventas en toda Europa. Nacido en la ciudad ucrania de Berdíchev, y de origen judío, fue testigo de los horrores de la II Guerra Mundial y del Holocausto, así como de la destructora crueldad del régimen soviético. Nunca estuvo cautivo de los nazis, y sin recibir una sola herida, se destacó como el más valeroso de los reporteros de guerra del Ejército Rojo. Sus crónicas sobre Stalingrado y la caída de Berlín para Estrella Roja fueron leídas con avidez hasta por los gerifaltes del Partido. En ellas exaltaba el valor de los hombres y mujeres junto a los que él luchaba a brazo partido contra el invasor, bajo condiciones deplorables. En aquel entonces omitía referir sus opiniones sobre la nefasta gestión de la guerra por parte soviética y consignaba su rabia en sus diarios particulares.

La vida y el destino de Vasili Grossman

John y Carol Garrard
Traducción de Lázaro Sanz Velázquez
Encuentro. Madrid, 2010
502 páginas. 43 euros
En 1943 se topó con un hecho que le cambio la vida: las macabras evidencias del genocidio judío que los invasores alemanes, ayudados por colaboradores ucranios y lituanos, perpetraron en los territorios ocupados de Polonia y la URSS. Aparte de conocer el horror de los campos como el de Treblinka o Sobibor, constató el horrible destino que aguardó a los 100.000 judíos asesinados en Babi-Yar o a los 30.000 de Berdíchev: varones, mujeres y niños fueron masacrados en masa, tiroteados a sangre fría por verdugos alemanes y carniceros nativos, ávidos de violar a mujeres judías. En Ucrania y Lituania odiaban a Stalin tanto como a los judíos, de ahí la entusiasta cooperación con los invasores.
La madre de Grossman murió en una de las fosas descubiertas en Berdíchev. Su hijo, entonces en Moscú, no actuó a tiempo para alejarla del peligro; el remordimiento lo atormentó de por vida. Ante las fosas de Berdíchev, rebosantes de cadáveres desnudos medio descompuestos, Grossman tomó conciencia de lo que significaba ser judío en Rusia, célebre por sus históricos pogromos sangrientos, y juró preservar la memoria de lo acontecido.
Junto con Ilia Ehrenburg, Grossman quiso publicar un "libro negro" para dar cuenta del Holocausto en la URSS, mas sus ambiciones chocaron con el Kremlin. Tras la guerra, Stalin ordenó "reescribir la Historia": no hubo muertes de judíos en la Unión Soviética ni colaboracionismo; debía publicarse sólo que los "fascistas" alemanes habían asesinado a cientos de miles de "ciudadanos rusos indefensos" sin más distinciones. El propósito de Grossman de divulgar la verdad se truncó: el proyecto fue prohibido. Y lo mismo ocurrió con sus escritos de guerra que ya no pudo reeditar, o con sus novelas más ambiciosas: Todo fluye y Vida y destino. Lo que Grossman podía revelar contrariaba la historia oficial del Partido, que sostenía, por ejemplo, que Stalin dirigió en persona la batalla de Stalingrado y que su estrategia de guerra fue impecable.
Educado desde su juventud en el comunismo soviético, entusiasta de la fraternidad entre todos los pueblos de un inmenso país, Vasili Grossman conoció con los años qué clase de régimen tiránico era el que los esclavizaba. Durante el Terror de los años treinta vio cómo sus amigos eran encarcelados sin piedad; asimismo, supo de la gran hambruna a la que Stalin condenó a Ucrania; y luego, en el frente bélico, descubrió la necedad de unos dirigentes que enviaban a la muerte a miles de seres humanos como carne de cañón. Pero ni siquiera una vez muerto Stalin, los regímenes de Jruschov o Bréznev permitieron a Grossman publicar la obra que estuvo preparando durante una década: la mencionada gran novela Vida y destino, la Guerra y paz del siglo XX, en la que narraba sin trabas lo que había vivido. El KGB requisó las copias manuscritas. Se salvó una que pudo salir al extranjero. Sólo con la glásnost, en 1988, vio la luz también en Rusia, causando una enorme conmoción.
El poeta ruso Mandelstam caracterizó el siglo XX como el de los "perros lobo". John y Carol Garrard aportan en su espléndido libro generosa y bien documentada información sobre las fechorías que semejantes alimañas protagonizaron en toda Europa, pero también narran muy bien las vicisitudes del propio Grossman y algunos amigos valerosos para que al fin hoy se conozca la amarga verdad que el escritor pugnó por divulgar: que ambos totalitarismos, el nazi y el soviético, eran idénticos en su inhumanidad.

Cinco notas conjeturales

JUAN GABRIEL VÁSQUEZ
En: Babelia. Madrid: 16 de octubre de 2010. www.elpais.com
Albert Camus
Albert Camus (1913-1960, Nobel de Literatura en 1957), fotografiado por Henri Cartier-Bresson en 1944.- HENRI CARTIER-BRESSON / MAGNUM.
Los premios Nobel Mario Vargas Llosa y Albert Camus tienen algo de almas gemelas. Los malentendidos por sus ideas políticas o el refugio en la literatura frente a las carencias del mundo son ejemplos de sus analogías.
A la realidad le gustan las simetrías, se lee en un cuento de Borges, y es sin duda por eso que Vargas Llosa ha recibido el Nobel en el mismo año redondo en que los lectores de Camus conmemoramos los cincuenta años de su muerte. Vargas Llosa y Camus tienen algo de almas gemelas, o de vidas, si no paralelas, por lo menos análogas. ¿Quién le iba a decir esto al sartrecillo valiente? Algún día escribiré algo serio al respecto. Mientras ese día llega, he tomado algunas notas.
    Mario Vargas Llosa

    Mario Vargas Llosa

1 No me sorprende encontrar el nombre de Camus en las páginas de Sables y utopías, esa especie de retrato del intelectual público a través de sus textos. Cuando piensan en Vargas Llosa, sus lectores suelen pensar en Sartre: la idea de que las palabras son actos deslumbró a Vargas Llosa en su juventud y moldeó buena parte de su concepción de la literatura. Pero es la trayectoria de Camus, el hombre de izquierdas decepcionado por la izquierda totalitarista y violenta, y no la del existencialista dogmático, la que tiene más de un punto en común con la de Vargas Llosa. No llegan al mismo lugar, es cierto, pero sufren los mismos malentendidos, soportan los mismos ataques, deben enfrentar los mismos intentos de secuestro intelectual por parte del enemigo. En un discurso pronunciado en 1978, Vargas Llosa recuerda o parafrasea a Camus: "La única moral capaz de hacer el mundo vivible es aquella que esté dispuesta a sacrificar las ideas todas las veces que ellas entren en colisión con la vida, aunque sea la de una sola persona humana, porque ésta será siempre infinitamente más valiosa que las ideas". Vargas Llosa no dice de dónde viene la paráfrasis, así que me pongo a buscar argumentos semejantes en El hombre rebelde. Los encuentro, y en varias páginas; y entonces encuentro también otras cosas.
2 En la cuarta parte de El hombre rebelde, que Camus titula "Revuelta y arte", leo una cita de Nietzsche: "Ningún artista tolera lo real". Y luego la glosa de Camus: "La creación es exigencia de unidad y rechazo del mundo. Pero rechaza el mundo por causa de lo que le falta y en nombre de lo que, a veces, el mundo es". La creación artística como manera de subsanar las carencias del mundo: eso lo he leído antes y en varios ensayos o conferencias de Vargas Llosa. En el epílogo de La verdad de las mentiras leo que "toda buena literatura es un cuestionamiento radical del mundo en que vivimos", y también que la literatura "es un refugio para aquel al que sobra o falta algo, en la vida, para no ser infeliz, para no sentirse incompleto", y también que la mejor contribución de la literatura al progreso humano es "recordarnos que el mundo está mal hecho". El novelista que es Vargas Llosa siempre ha aspirado a compensar, mediante los poderes de la ficción, los defectos de la realidad; Camus, por su parte, dice: "El artista rehace el mundo por su cuenta".
Esto me hubiera bastado para imaginar a Vargas Llosa leyendo El hombre rebelde y derivando de allí buena parte de su visión literaria. Pero entonces me encuentro con este párrafo:
Un crítico católico ha escrito: "El arte, sea cual sea su objetivo, entra siempre en culpable competencia con Dios". Es más justo, en efecto, hablar de competencia con Dios, a propósito de la novela, que de competencia con el estado civil. Thibaudet expresaba una idea parecida cuando decía, a propósito de Balzac: "La comedia humana es la imitación de Dios padre". El esfuerzo de la gran literatura parece ser el de crear universos cerrados.
No me parece una especulación demasiado grosera ver en estas líneas, y en otras de ese capítulo de El hombre rebelde, el origen mediato de una de las teorías que soportan la obra literaria de Mario Vargas Llosa: el novelista como deicida.
3 En 1970, Vargas Llosa contestó a unas preguntas de la revista El Urogallo con palabras que no hubieran desentonado en el ensayo de Camus:
Esta representación desinteresada de la realidad humana que expresa el mundo en la medida que lo niega, que rehace deshaciendo, este deicidio sutil que entendemos por novela y que es perpetrado por un hombre que hace las veces de suplantador de Dios, nació en Occidente, en la alta Edad Media, cuando moría la fe y la razón humana iba a reemplazar a Dios como instrumento de comprensión de la vida y como principio rector para el gobierno de la sociedad. Occidente es la única civilización que ha matado a sus dioses sin sustituirlos por otros, ha escrito Malraux: la aparición de la novela, ese deicidio, y del novelista, ese suplantador de Dios, es el resultado de ese crimen.
Confrontar este pasaje con El hombre rebelde: "Religión o crimen, todo esfuerzo humano obedece, finalmente, a este deseo irracional y pretende dar a la vida la forma que ella no tiene. El mismo movimiento, que puede llevar a la adoración del cielo o a la destrucción del hombre, lleva también a la creación novelesca". Pocas páginas después, Camus se refiere a Proust. Le Temps retrouvé, dice Camus, es la eternidad sin dios. Proust, dice Camus, "ha demostrado que el arte novelesco rehace la creación misma, tal como ella nos ha sido impuesta y tal como la rechazamos".
4 Imaginar a Vargas Llosa en aquella buhardilla del Hotel Wetter. Imaginar que lee El hombre rebelde; imaginar que anota palabras clave para la construcción de una poética, palabras como creación, rehace, rechaza, religión, crimen, creación novelesca. Imaginar que tiene en mente a Camus (o ha olvidado que lo tuvo en mente) al contestar a las preguntas de El Urogallo en 1970 y, finalmente, al escribir el libro que da forma concreta a la idea del novelista como suplantador de Dios: Historia de un deicidio. Allí se lee esto: "Escribir novelas es un acto de rebelión contra la realidad, contra Dios, contra la creación de Dios que es la realidad".
5 Una mañana de principios de 1958, Camus, que por esos días dirige la reposición de una de sus obras de teatro, sale a la calle junto con la actriz María Casares. Un joven peruano de veintiún años se le acerca, le dice en un francés todavía torpe que lo admira, le entrega una revista. Camus, nieto de españoles, le contesta al joven en su lengua.
Camus muere dos años después, justo cuando Vargas Llosa llega a instalarse a París.
Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) es autor de las novelas Los informantes (Alfaguara y Punto de Lectura) e Historia secreta de Costaguana (Alfaguara), entre otros libros.

El romántico americano

JAVIER MADERUELO
En: Babelia. Madrid: 16 de octubre de 2010. www.elpais.com
Grupo de árboles
Grupo de árboles (1855-1857), de Asher B. Durand.-
El siglo XIX fue el siglo del paisaje. Apoyándose en el pensamiento ilustrado, las ciencias, con personajes como Humboldt y Goethe a la cabeza, descubrieron el paisaje como objeto de estudio, mientras que la pintura lo tomó como su tema más característico. Una serie de circunstancias, como el asentamiento de la sociedad laica, el sentimiento romántico, la ascensión de la burguesía, el rápido crecimiento de las ciudades y la eclosión de los nacionalismos, permitieron que en Europa surgieran figuras, como Friedrich, Constable, Dahl, Corot, Turner, y grupos de artistas, como los de la Escuela de Barbizon o los impresionistas, que desde muy diferentes posiciones estéticas e ideológicas encontraron la manera de expresar, por medio del paisaje, sentimientos personales y estados emocionales. Obviamente, lo que sucedía en Europa tenía una inmediata repercusión en las colonias, muy particularmente en los recién nacidos Estados Unidos de América, que, independizados de la corona británica, estaban buscando unas señas de identidad nacional que permitieran cohesionar comunidades de individuos de muy diferente procedencia e ideología.

Los paisajes de Asher B. Durand.

Fundación Juan March
Castelló, 77. Madrid
Hasta el 9 de enero de 2011.
En este contexto emerge la figura de Asher B. Durand (1796-1886), longevo personaje que fue, literalmente, testigo de todo un siglo. De formación autodidacta, comenzó su carrera artística como grabador, reproduciendo pinturas de otros artistas y trabajando para la industria de impresión de billetes de banco, antes de abrirse camino como retratista de algunas prominentes figuras políticas de su país. En la década de los años treinta del siglo XIX, influido por Thomas Cole, se empezó a interesar por el paisaje, siendo uno de los fundadores de lo que se conoce como la Hudson River School. Con una visión romántica del mundo, estos artistas de la famosa escuela de paisajistas, ciudadanos de la pujante urbe de Nueva York, remontaban el río Hudson, llegando hasta las montañas Catskill, el desfiladero Delaware y el macizo montañoso de Adirondack, donde recrearon estampas de una naturaleza idealizada y bucólica. Se trata de una pintura ingenua, en el sentido de poco contaminada por las teorías de lo sublime, lo maravilloso o lo pintoresco generadas en la vieja Europa, que transcribe, desde la sorpresa del urbanita, las bellezas de unos valles y montañas que constituyen los escenarios tópicos del Estado de Nueva York.
Pero la voluntad de conocer indujo a Durand, con 43 años, a realizar un viaje a Europa que inició en 1840, un auténtico grand tour de poco más de un año de duración por varios países, en el que tendrá ocasión de contemplar directamente la pintura de los viejos maestros, como Claudio de Lorena o Van Ruysdael, así como de dibujar paisajes de escenarios europeos. Al volver posee un conocimiento y una técnica que pondrá al servicio de la pintura de paisaje por medio de la cual pretende fijar "las bellezas de mi propio y adorado país". Para ello realizó frecuentes excursiones en las que dibujó una amplia colección de apuntes detallados de rocas, peñas y, sobre todo, árboles, tema que se convertirá en una obsesión. Su pintura, minuciosa y realista, no pretende ser expresión de pasiones personales, sino reflejo de un sentimiento muy romántico, el del incipiente nacionalismo.
Menos conocido que algunos de sus compañeros de la Escuela del río Hudson, como Albert Bierstad y Thomas Cole, su obra empezó a ser recuperada y estudiada en la década de 1960. La exposición que ahora se muestra en Madrid es la primera antológica que se le dedica en Europa. Para ello se han reunido nada menos que 140 obras, entre grabados, dibujos y pinturas; además se han editado en español sus Cartas sobre la pintura de paisaje, publicadas en 1855, un documento importante para conocer el ideario artístico de su época.

El árbol rojo

J. RODRÍGUEZ MARCOS
En: Babelia. Madrid: 16 de octubre de 2010. www.elpais.com
Décadas de discusión sobre la utilidad de la poesía se desvanecen en el aire con libros como este. El árbol rojo tiene un subtítulo más que explícito -'Versos para ceremonias laicas. 40 poetas ponen voz a nacimientos, bodas y funerales'-, lo cual no elimina la sencilla ceremonia de la lectura. El libro funciona a la perfección como respuesta a la intención cívica de llenar de contenido simbólico ciertos ritos y fiestas tradicionalmente arropados por una ceremonia religiosa, pero también funciona impecablemente como mera antología de poesía. Si prescindimos de su valor de uso, el libro podría también leerse como un repaso a los grandes temas de la literatura: el amor, la muerte, la vida, los ritos de paso... De hecho, el contenido propuesto por Andrés Rubio es el mejor posible: buena poesía. Y ya conocemos la clásica definición de un género indefinible: las mejores palabras en el mejor orden. De eso se trata. "Qué extraordinario, y qué difícil, atrapar las emociones con palabras. Por suerte, están los poetas", dice el arranque del prólogo. Los poetas, además, no son cualesquiera. Son, entre otros, Cavafis, Pessoa, Lorca, Neruda, Auden, Machado, Pizarnik, Rilke, Yeats y mucho Walt Whitman. Rubio los agrupa, anota y hasta traduce para completar una suerte de biblioteca portátil de nuestras emociones atrapadas en las palabras de otros. "Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien / Cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío", dicen dos versos de Cernuda. La poesía sirve para eso, para pegarse caprichosamente a nuestra vida. Para eso nació. Las tesis doctorales vinieron después. Nadie tiene la culpa.

El árbol rojo

Andrés Rubio
Demipage. Madrid, 2010
130 páginas. 16 euros.

El tiempo entre las ramas

MANUEL RICO
En: Babelia. Madrid: 16 de octubre de 2010. www.elpais.com
"¿Hablan de mí?": este verso, perteneciente al poema que da título al nuevo libro de Julia Uceda (Sevilla, 1925), va más allá del propio poema. Es una metáfora del resto: de casi cuarenta monólogos escritos con una alta tensión expresiva, con un lenguaje no por despojado de artificio menos lírico y eficaz. Hablando con un haya se alza sobre una base narrativa: la existencia de un viejo ejemplar de esa especie que fue plantado en el jardín en el tiempo de la infancia y que ha crecido y madurado a la vez que la experiencia de su propietaria hasta hacerse añoso. El viento agita sus ramas. Y la poeta busca (crea) el sentido de esa agitación dialogando con él porque para ella el ruido que aquéllas producen es metáfora de las palabras que almacenan y dan sentido a la vida. Hace recuento tanteando las briznas de pasado que quedan en cada vocablo, intenta construir un mundo que trascienda el presente con la sustancia de una memoria poliédrica: la que respira en los actos y objetos más personales (una galleta, los libros, el gato, silencios, sombras, un grifo viejo, la convivencia con un cuaderno Moleskine, una cinta...) y la que surge de la experiencia colectiva: una canción de Pete Seeger, la memoria de ciudades alguna vez vividas o la dura memoria de los veinte años recobrada a través de la evocación de un acontecimiento histórico que marcó a la Humanidad: la bomba atómica sobre Hiroshima, una noticia que, por sí sola, define al siglo XX: "Cuando recuerdo todo aquello / aún tengo veinte años: / ¿no os alegráis / de que el tiempo no pase para mí?". Esa equilibrada combinación de intimidad y civilidad, de ecos de lo cotidiano y rastros de conmociones colectivas, filtradas ambas por una memoria emocionada, aporta singularidad a la poesía de Julia Uceda y nos confirma que la intuición y la inteligencia mostrada en sus libros anteriores, en especial en Zona desconocida, con el que obtuvo el Premio de la Crítica en 2007, mantienen su plenitud. Es decir, la de una poesía serena y lúcida, cargada de despuntes reflexivos y de ventanas al misterio, con momentos de una elevada intensidad lírica, con la que recapitula, recobra sensaciones, medita sobre la soledad y sobre el despojamiento con que el ser humano, en el último tramo del camino, se enfrenta a la muerte e intenta entender la vida.

Hablando con un haya

Julia Uceda
Pre-Textos. Valencia 2010
74 páginas. 11 euros.

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