LA RAZÓN DE UN NUEVO BLOG DE GESTIÓN CULTURAL

Ante la avalancha de información cultural noticiosa que recibimos diariamente gracias a la colaboración que me proporciona Arturo Álvarez D'Armas, poeta, fotógrafo y promotor cultural venezolano, así como otros valiosos amigos colaboradores, hemos decidido abrir un nuevo blog de promoción y gestión cultural. Sean bienvenidos todos los amigos interesados en promover la cultura y el arte en general. Pueden enviarnos sus colaboraciones, las cuales subiremos a este blog como entradas tan pronto como las recibamos. Quienes deseen colaborar pueden dirigirnos sus trabajos a nuestro correo personal: renedayre@gmail.com René Dayre Abella. Autor y promotor cultural.

sábado, 20 de noviembre de 2010

El gran autor ruso (1828-1910): Los últimos días de Tolstoi

El gran autor ruso (1828-1910):Los últimos días de Tolstoi
A cien años de su muerte, reediciones, películas y homenajes giran en torno a León Tolstoi, uno de los mayores escritores de la literatura universal y de quien otro gran escritor ruso, Isaak Babel, dijo: "Si el mundo en persona supiera escribir, escribiría como Tolstoi".  

Patricio Tapia 
En la pieza del jefe de la remota estación ferroviaria de Astápovo, en la estepa rusa, un hombre está muriendo. Tiene neumonía y más de ochenta años. Unos días antes se ha escapado en secreto de su hacienda al sur de Moscú y su desaparición ha generado preocupación nacional, pues es una suerte de leyenda viviente, el hombre más famoso de Rusia: un escritor que ha devenido en gurú religioso, con discípulos y doctrina. Se llama León Tolstoi.
Mientras agoniza ha llegado su esposa, Sofía, pero no la dejan entrar y sólo puede verlo por la ventana. También llegan batallones de periodistas, emisarios de la Rusia central, espías de la policía, sus seguidores y su familia. De hecho, el libro "The Death of Tolstoi", de William Nickell, quien ha revisado la prensa, los miles de telegramas y otra documentación, plantea el episodio como el primer gran evento "en directo" de los medios masivos modernos. Todo el mundo está al tanto, el mismo Zar ha pedido que se le informe cada hora lo que ocurre, y a cada momento hay reportes telegráficos con la temperatura y pulso del escritor.
De la fama a la fuga
Hay quienes podrían ver esto como el final apropiado de un aristócrata enloquecido retornando a un cristianismo primitivo, asociado al vegetarianismo, el rechazo de la propiedad privada, la abstinencia sexual y el pacifismo. Respecto de todo lo cual había actuado concienzudamente en contrario antes: se entregó al juego, la guerra (participó como militar en el Cáucaso y en Crimea), los amores nada platónicos (fue amante de gitanas y prostitutas y luego padre de 13 hijos). Y a pesar de vestir como campesino y pregonar la pobreza, seguía siendo propietario de una gran hacienda con siervos: Yásnaia Poliana. Pero, ¿por qué abandonó su casa y a su mujer con quien compartió la vida por 48 años?
Si todas las familias felices se asemejan y las infelices lo son cada una a su modo -según la célebre frase inicial de "Anna Karenina", una de las grandes novelas del escritor-, la infelicidad de los Tolstoi tenía rasgos muy propios. Cuando Tolstoi, de 24 años, publicó "Infancia" -la memoria novelada que lo hizo célebre-, en 1852, la que sería su mujer, Sofía, tenía 8 años de edad. Y 18 años cuando Tolstoi se casó con ella, en 1862. Ella le dio 13 hijos y le ayudó con sus libros (más de una vez transcribiéndolos enteros). Pero su relación se fue deteriorando con los años, sobre todo, por el brusco giro de Tolstoi hacia la religión y el anarquismo y el conjunto de seguidores que llega a su lado y a su casa. Tolstoi amenazaba con entregar todas sus propiedades, incluso los derechos de sus obras, al pueblo ruso, y Sofía quiere asegurarlos para ella y sus hijos. Ella se sentía rodeada por una banda de lunáticos que de lo único que hablaban era del celibato, el vegetarianismo y la resistencia política.
Vivir y morir
Después de finalizar "Anna Karenina" (1877), Tolstoi sufre una crisis espiritual y una profunda depresión. Busca encontrar sentido a su vida y decide buscarlo en las fuentes originales del cristianismo: su interpretación de las enseñanzas de Jesús lo llevaron a ser un anarquista y pacifista, que radicaliza sus posturas, atacando instituciones (el Estado, el Ejército y la Iglesia) en libros como "El reino de Dios está en vosotros" (1890-1893) y que lo llevaron a ser excomulgado de la Iglesia ortodoxa en 1901. Ahora bien, sus ideas de resistencia no violenta influyeron en figuras como Gandhi, con quien mantuvo una correspondencia entre 1909 y 1910 (las cartas se incluyen en la edición de "El reino de Dios está en vosotros", por primera vez traducido directamente desde el ruso).
Unos meses antes del escape de Tolstoi, los celos de su esposa hacia el discípulo de éste, Vladimir Chertov, se habían convertido en delirio, con la creencia de que escritor y discípulo mantenían una relación homosexual (los espiaba con binoculares) y con intentos o amenazas de suicidio de parte de ella. La inclinación a leer novelas en clave biográfica ha llevado a considerar a algunos personajes de "Anna Karenina" como trasuntos de Tolstoi. Pero, visto lo anterior, ni Levin ni Vronsky parecen del todo adecuados. En todo caso, una de las escenas del libro recuerda la vida de Tolstoi en su etapa tardía: aquella pelea final entre Vronsky y Anna antes de que ella se suicide lanzándose debajo de un tren.
En castellano se ha traducido casi todo Tolstoi (su obra completa está en 90 tomos), pero no su palabra viva, en conversaciones y entrevistas (que el mexicano Jorge Bustamante ha empezado a rescatar). En una entrevista de 1904, Tolstoi explica por qué no aceptó participar en los funerales de Chéjov: "La muerte es un acontecimiento tan importante que, al contemplarla, pensamos ya no 'cómo vivió' la persona, sino 'cómo murió'". En el caso de Tolstoi, cómo murió lleva a pensar en cómo vivió.
 Otras novedades editoriales sobre Tolstoi El centenario de la muerte de Tolstoi ha generado varios libros en torno a él, su círculo o sus obras. Por ejemplo, ha aparecido una biografía: "Sophia Tolstoy" (Free Press, 2010, 354 páginas), de Alexandra Popoff, en que culpa de la mala prensa de la esposa de Tolstoi a Chertov. La mayor novedad del libro es que su autora tuvo acceso a ciertos materiales inéditos, incluyendo una memoria e incontables cartas que habían permanecido guardadas en Moscú.
En cuanto a obras, se publicó un libro infantil, "Karma" (Gadir, 2010, 64 páginas): un cuento popular de la India del que Tolstoi hace una versión. Pandu, un joyero rico, viaja a Benarés y tropieza con otros personajes; con unos será amable y con otros no. En el centro está la idea de que el destino de cada cual es consecuencia de sus actos anteriores. La edición española está ilustrada con acuarelas de Esther Saura. Y del período que Tolstoi pasó en el Cáucaso extrajo inspiración para obras como "Hadji Murad", el rebelde que lucha en contra y luego con los rusos. El relato cuenta con una versión editada en Chile: "Hadzi Murat" (LOM, 2006), además de la española publicada junto a "La muerte de Iván Illich": "Hadyi Murad" (Alianza, 2009). La traducción no sólo cambia las transliteraciones de los nombres. La descripción de una flor en la versión de López-Morillas para Alianza: "margaritas arrogantes de un blanco lechoso, con su botón amarillo claro, de esas 'me quieres no me quieres', de olor picante a fruta pasada", se transforma en la de LOM (que no señala traductor) en: "margaritas de un color blanco cremoso y corazón de un amarillo intenso".
La guerra y la paz conyugales En el entorno de Tolstoi, todo el mundo llevaba diarios: no sólo los voluminosos del propio novelista, sino también su doctor, su secretario, sus discípulos, sus hijos y su esposa, Sofía. El escritor estadounidense Jay Parini (nacido en 1948), poeta, crítico, narrador, autor también de tres biografías literarias de importantes escritores (John Steinbeck, Robert Frost y William Faulkner), se sirvió de toda esa documentación para escribir la celebrada "La última estación" (1990), una novela sobre el último año en la vida de Tolstoi y en la que se basó la película del mismo nombre, protagonizada por Christopher Plummer y Helen Mirren. El nudo del libro y de la película es el conflicto entre Sofía, que se ha vuelto ferozmente posesiva respecto de su marido y Chertov, el discípulo inflexible, decidido a hacerse cargo de su legado. Para Sofía, Chertov es un tonto y un revolucionario peligroso; para él, ella es una histérica. El resto de los personajes se encuentran en medio de esta lucha, e incluso los hijos de Tolstoi toman partido por uno u otro. Destaca también Valentin Bulgakov, quien reemplaza a Chertov como secretario de Tolstoi cuando aquél es arrestado por la policía zarista. No hay un solo narrador, sino diversas perspectivas: cada personaje presenta en primera persona su visión de los hechos. En el retrato de Parini, Tolstoi no figura, al menos explícitamente, atravesado por los rabiosos conflictos -religiosos, sexuales y filosóficos- que animaron la parte final de su vida: mientras los otros personajes están discutiendo o intrigando, él está solo en su estudio, reflexionando sobre la fe y la justicia o escribiendo cartas a George Bernard Shaw o Gandhi sobre el amor y el mal.
-¿Por qué decidió escribir una novela sobre Tolstoi y no una biografía?
"Pensé que sería posible meterse bajo la piel de los personajes al escribir una novela, imaginar -por ejemplo- cómo sería ser realmente la condesa Tolstoi en esa situación tan incómoda. Como un biógrafo convencional se podría decir: 'Sofía Tolstoi se lanzó en una laguna, un día'. En una novela se puede internar en su mente, imaginar lo que en realidad, emocionalmente, le estaba sucediendo a ella".
-¿Que casi todos escribieran diarios era una característica rusa o de la familia Tolstoi?
"Los diarios fueron muy comunes en el siglo diecinueve, pero el círculo de Tolstoi fue especialmente devoto de la práctica de llevar un diario".
-En el fuego cruzado entre la esposa y el discípulo de Tolstoi, incluso los hijos de éste toman bandos distintos. ¿Considera alguno de ellos más razonable?
"Para mí mismo, más o menos creía que el punto de vista de Sofía Tolstoi era más defendible que el de su marido. ¿Por qué debería ella dejarlo todo? Luego, por otra parte, puedo entender las ideas de Tolstoi, como ideas abstractas sobre la diseminación de la riqueza".
-Su Tolstoi parece más calmado y contemplativo que lo que ciertas biografías insinúan con los conflictos del final de su vida...
"No sé. En realidad, intenté sugerir que Tolstoi estaba en medio de la turbación".
El libro
"La última estación en la vida de Tolstoi", traducido por José Manuel Álvarez Flores, en Editorial Península, 1995 y ahora en RBA, 2010.
La película
"The Last Station", 2009, dirigida por Michael Hofman y protagonizada por Christopher Plummer y Helen Mirren. DVD disponible en Chile en Bazuca.com
 

En busca de Bolívar

RICARDO CHICA GELIZ

Zenia Valdelamar.

Foto: Zenia Valdelamar.
Vale veinte mil pesos y lo venden en el Éxito. Pienso que todos debemos leer el ensayo de William Ospina, para que el desafío nos quede bien claro: por dónde comenzar de nuevo. Tenemos que rehacer a Cartagena entre todos. “Entre todos” es, de por sí, un propósito descomunal porque, en nuestra ciudad, no somos iguales.
Conozco bien a cartageneros y cartageneras que están íntimamente convencidos de que valen más que el resto. Y, por otro lado, y quizás peor, conozco a bastantes locales sumidos en el complejo de inferioridad más hediondo y humillante. Muy cómodos todos.
Es urgente. Hay que leer “En busca de Bolívar” porque tenemos que ordenar la memoria acerca de nosotros mismos y, dicho ensayo, lo hace de una manera próxima, sincera y sin hacernos perder el tiempo en pendejadas. Va al grano. ¿Cómo se apropió Simón Bolívar de la modernidad? Bien, ¿Y qué es la modernidad? Se trata de un tema medular que se debe estudiar en colegios desde la primaria, desde múltiples enfoques.
Para esta ocasión, precisaré una distinción útil entre modernidad y modernismo, de la mano de Daniel Pécaut: Modernidad aludiría a “la transformación de la percepción del mundo y de la historia, que hace al hombre imponer a la naturaleza sus categorías de conocimiento y sus técnicas transformadoras, haciéndole ver en la historia un proceso de autoconstitución permanente de normas y de significaciones sociales (…) implica la secularización, la racionalización y (…) la indeterminación en la opción frente a los valores últimos”.
Modernización sería el “proceso de cambio en las formas de producción, de consumo, de modos de vida etc., fenómenos empíricos que no se insertan necesariamente en un conjunto articulado y significativo que implique la presencia de un ‘proyecto emancipador’”. O, como diría el maestro William Ospina, a Colombia llegaron los carros, pero no las carreteras.
¿Cómo fue que nos apropiamos de la modernidad (o no) en lo que hoy conocemos como Colombia? Ideas revolucionarias que llegaron de Europa cabalgando sobre un optimismo soberbio, del cual bebieron hombres y mujeres del continente americano, como en el caso de Bolívar. Es que se trata de ideas muy poderosas (hasta peligrosas) si calan en lo más profundo de la conciencia de la gente. Es por eso que siempre he creído que nada más temible para el statu quo que un negro que escriba bien, que lea bien. Es allí donde vive la autoconstitución, la emancipación, el poder de dudar. De preguntar: ¿Y es que las cosas tienen que ser así?
Liberado el territorio, esas ideas tan locas (por ejemplo, la de que todos somos iguales) fueron controladas a través de filtros aplicados, principalmente, en la escuela. Los filtros, en general, fueron tres al decir de los investigadores Javier Sáenz, Óscar Saldarriaga y Armando Ospina. Uno. Una profunda desconfianza en el pueblo: “al cual se consideraba una raza enferma, pasional, primitiva y violenta”. Dos. Desconfianza en el individuo. La idea era “formar individuos autónomos y con iniciativa para la producción de riqueza y progreso material, sin llegar a destapar la caja de Pandora de las emociones y la fantasía, que harían peligrar el orden social, económico o político”. Tres. Censura eclesiástica, “o autocensura, ante la autoridad de ésta, manifestada en la condena de teorías y prácticas que contrariaran los dogmas defendidos por la Iglesia católica”. A mi me da la impresión de que estos tres filtros, aplicados concientemente por la élite nacional, desde fines del siglo XIX, están más vigentes que nunca, sin importar la naturaleza de la constitución del 91.
Por eso es tan importante saber ubicarnos en el debate e involucrar, especialmente, a los niños, niñas y jóvenes. Por eso es tan importante obtener pistas de cómo se apropió de la modernidad un tipo como Bolívar –en su momento y contexto- y saber, además, porqué le tocó a él la titánica tarea de liberar las cinco repúblicas. Y saber, también, qué tenemos que ver nosotros con eso. Cuando digo “nosotros” me refiero a los que pujamos por un cupo en la universidad pública, a los que el día veinte del mes se nos acaba el mercado, a los que cuidamos las relaciones para que nos salga el contrato, a los que nos estamos dejando imponer la abnegación por la valentía de pensar distinto y cambiar. Sospecho que por eso el libro es tan barato. Ahora es cuestión de leer, preguntar y seguir leyendo.
ricardo_chica@hotmail.com
TOMADO DE: http://www.eluniversal.com.co/suplementos/dominical/en-busca-de-bolivar

La retórica en el túnel del tiempo

Por Javier Ferreira Ospino*

Aunque la voz retórica suele emplearse peyorativamente en nuestro tiempo, y pareciera indicar eventos comunicativos negativos, lo cierto es que este tipo de términos terminan siendo lugares de muchas significaciones que van alterándose con el tiempo.

Para hacer con justicia, claridad con esta expresión y así entender el significado, su transformación, en lo que comúnmente se conoce en nuestro tiempo como: ‘Discurso’, necesariamente tendríamos que volver nuestra atención hacia el pasado.

Recordaríamos el Tratado de la Retórica, de Aristóteles, en donde entiende la misma como: “La facultad de considerar en cada caso lo que cabe de percudir, y que tenía por finalidad persuadir por medio del lenguaje, para lo cual han de ser construidos discursos que, por sus características, pueden cumplir ese objetivo”. Es decir, que su finalidad se centraba en la facultad de un anunciador en una teoría del discurso.

En este arte, como en el discurso, eran identificables tres componentes: 1- el que habla, 2- aquello de lo que habla, y 3- aquel a quien habla. Estaba organizada en cinco fases de producción, que quien dirigía el discurso debía esforzarse por perfeccionar.

Ellas eran secuencialmente: la Inventio, o capacidad de invención o descubrimiento; la dispositio, o capacidad de disposición; la elocutio, o capacidad de elocuencia; la memoratio, la capacidad de memoria, y la action, capacidad de dicción.

La perfección del arte de la retórica, ya convertida en una enseñanza oficial en el imperio romano, se le debe a un reconocido abogado de nombre Marcus Fabius Quintillianus, quien hizo famosa por su práctica la escuela pública de la retórica.

Se cuenta entre sus aportes publicados en la obra De institutione oratoria el hecho que el hablante, ya sea en público o en privado, concurrido o solitario, en una ciudad extraña o en su patria, tenga en cuenta que cada cosa requiere su estilo, y su modo particular de hablar; sin olvidar que quien dirige el discurso tenga como regla las cosas que convienen y que estén bien según las circunstancias.

En el mundo latino se observa un íntimo vínculo de la retórica con el discurso moral. Al respecto, otros maestros de la retórica como San Agustín reiteraban que el hombre que tiene conocimientos de las virtudes –justicia, fortaleza, templanza, piedad– organizara de tal forma su discurrir que su hablar será vivencia de lo que conoce. El comienzo del mundo moderno, y en especial el racionalismo mecanicista de Descartes hicieron evidente la crisis de la retórica, abusada en las explicaciones teológicas de la escolástica medieval.

LA NUEVA RETÓRICA. Con el tiempo, Viehiweg y Perelman, entre otros, han recuperado este arte bajo el nombre de la nueva retórica, con la finalidad de establecer criterios razonables en las situaciones de decisión, motivación y persuasión.

Esta perspectiva de la retórica, ahora asimilada como argumentación, y para algunos como discurso, asimila la inventio, como la identificación de los esquemas argumentativos de la técnica de argumentación o taxonomía discursiva, empleada en el discurso publicitario o poético; la dispositio, entendida en el presente como la separación entre sintaxis y semántica, es hoy el carácter y el orden del discurso: la elocutio, han pasado a transformarse en las figuras empleadas en el discurso, tales como metonimia, sinécdoque y metáfora; la memoratio ha dado lugar a una hermenéutica de las imágenes en la que el orador recrea las cosas, según el contexto.

En el presente, el discurso está referido a los géneros: literario, en donde la libertad de quien se expresa es interpretada desde las múltiples visiones de mundo de sus lectores; cotidiano, que reduce la voz del sujeto, para dar cabida a las voces comunes de los otros, y técnico científico, que se afirma en la recreación y divulgación del conocimiento.

En el contexto discursivo, las recreaciones que se hacen de las realidades provenientes de los mitos y creencias culturales configuran en mayor proporción los elementos característicos del discurso literario, que son fáciles de identificar en la obra de García Márquez. Todo esto nos indica que el discurso ha pasado a considerarse una práctica social, creadora de vida y de mágico realismo.

*Filósofo, con maestría en hermenéutica y doctorante en sociología jurídica.

El derecho a canibalizar la vida de los demás

ANDRÉS BARBA
En: Babelia. Madrid: 13 de noviembre de 2010. www.elpais.com

Maupassant
Guy de Maupassant (1850-1893).-
En un artículo publicado por Maupassant en junio de 1883 en Gil Blas, inédito hasta hoy en español y recientemente recuperado en una antología de textos, se comenta cierta cuestión que, casi ciento cincuenta años después, no sólo no ha perdido su vigencia sino que parece haber sido escrita al hilo de los acontecimientos más recientes. El diario alemán Bild destapaba el caso haciendo saber que a uno de los mineros chilenos se le había hecho llegar (cuando aún estaba bajo tierra) un contrato por valor de 40.000 dólares a cambio de la exclusividad de sus declaraciones durante 72 horas. La cultura, dice Maupassant, como no podía ser de otra forma, siempre se ha alimentado caníbalmente de las vidas ajenas. Y no digamos los medios. Nuestra fascinación por el biopic, por los poemas (un tanto chuscos) y póstumos de Marilyn, por la confesión, nuestra sed de intimidad ajena, de secreto ajeno, del porno ajeno, pone de manifiesto dos cuestiones claras y en cierto modo contrapuestas; por un lado, que todos nos sentimos con derecho a juzgar y, por otro, que nadie parece saber vivir a derechas su propia vida y necesita devorar cómo otras personas, en el cerco privado de su intimidad, han resuelto lo que no hemos sabido resolver nosotros; el amor, la enfermedad, la soledad o la muerte. Más aún si esas personas han tenido una dimensión pública. Y más aún si se han demostrado poco solventes en esas lides.
Es curioso que Maupassant abogue tan sanamente por el derecho al canibalismo de la cultura. El artista tiene derecho a servirse de todo, a canibalizarlo todo. Cosa muy distinta es que tenga derecho a juzgarlo todo. Misterioso resulta también comprobar que la tan pintoneada sociedad laica, lejos de liberalizar los juicios, los haya promovido con tanta furia. Parece un contrasentido que cuanto más laicos nos hemos vuelto, más se haya desarrollado en nosotros, como sociedad y en todas sus manifestaciones (política, cultural y mediática), una vena moralista. Y como cada vez nos sentimos más acogotados entre lo que es conveniente y no decir, cada vez nos sentimos con más derecho a lapidar en la plaza pública a quien no ha dicho lo conveniente o a quien se ha reído de lo que no debía. "El día que sea posible representar en escena a un obrero deshonesto el teatro francés habrá demostrado su mayoría de edad", escribió Flaubert a Colette. Tanto se podría decir del cine español. El día en el que un artista español no tenga miedo de crear un personaje femenino que haya sufrido maltrato de género y sea, a la vez, una mala persona, habremos dado un paso de gigante, ya no estaremos representando discursos, sino personas. Canibalicemos pues la vida ajena como artistas, pero sin juzgarla, como exige Maupassant, y sin hacer entrar en nuestros libros la realidad a patadas en tres tópicos maltrechos. El canibalismo, tratado así, bien puede convertirse en una de las bellas artes.
Sobre el derecho del escritor a canibalizar la vida de los demás. Guy de Maupassant. Traducción y edición de Antonio Álvarez de la Rosa. El Olivo Azul. Córdoba, 2010. 184 páginas. 17,95 euros. Andrés Barba (Madrid, 1975) ha publicado recientemente la novela Agosto, octubre (Anagrama. Barcelona, 2010. 152 páginas. 15 euros)

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Poesía

El Cielo y la Tierra

JESÚS AGUADO
En: Babelia.  Madrid: 13 de noviembre de 2010. www.elpais.com
Pintura de la dinastía Jin
Pintura de la dinastía Jin (años 265 a 420).- Corbis
Lu Ji (261-303), general y poeta en la China de la dinastía Jin, invita en los 262 versos de su Wen Fu a atrapar el Cielo y la Tierra en una jaula, a transformar la emoción en luz, a provocar diluvios en el corazón o a convertirse uno mismo en palabras. Hermosas metáforas puestas al servicio de un texto unitario y preciso que desarrolla por primera vez en China los conceptos de creación poética y de crítica literaria, y que, más atento a la razón natural de las cosas y a la relación orgánica que entretejen unas con otras, se atreve a hacerlo liberándolos de sus obligaciones políticas y morales. En este breve tratado de raíz taoísta a Lu Ji le da tiempo a reflexionar sobre los aspectos psicológicos y mentales del poeta, el origen y el fin de la escritura, los complejos contrapesos a los que se someten mutuamente el pensamiento y el lenguaje, aspectos técnicos como la musicalidad, el orden, la proporción, la rima, el tono o la claridad, la originalidad (sobre la falta de originalidad tiene un par de versos muy hermosos: "Puede ser que la flecha haya alcanzado tu corazón, pero también hirió a otros antes que a ti"), el lugar que deben ocupar los genios de la antigüedad, o las que denomina cinco imperfecciones. Los seres, que se diluyen en lo informe, necesitan, para adquirir una forma, del poeta, que usará en su tarea látigos, cañas de pescar, hachas, arcos y flechas, balanzas de precisión, escuadras y compases (cualquier material será válido con tal de que puedan llegar a contemplarse a sí mismos gracias a la mediación de la poesía), pero que sobre todo usará el vacío, esa cualidad que comparten la mente y el universo. En este punto la Literatura, tal y como la entiende Lu Ji, y el Tao parecen confundirse, algo que le da a la primera una consistencia cosmológica y soteriológica que la faculta para sostener toda una civilización. Gracias a la extraordinaria edición de Pilar González España, que prologa, anota minuciosamente, reflexiona con gran conocimiento sobre la época y el autor y traduce en un castellano de gran belleza, por fin podemos disponer en versión directa de una de las tres obras maestras de estética de la antigüedad china. Como de otra de ellas (El corazón de la literatura y el cincelado de dragones, Liu Xie, traducción de Alicia Relinque, Comares, 1995) también existe versión española, sólo nos falta la tercera, Las 24 categorías de poesía, de Si Kongtu.

Wen Fu. Prosopoema del arte de la escritura

Lu Ji. Edición y traducción de
Pilar González España
Cátedra. Madrid, 2010
206 páginas, 10 euros
Lu Ji (261-303), general y poeta en la China de la dinastía Jin, invita en los 262 versos de su Wen Fu a atrapar el Cielo y la Tierra en una jaula, a transformar la emoción en luz, a provocar diluvios en el corazón o a convertirse uno mismo en palabras.

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Denise Affonço

"Si nadie habla, nadie recuerda"

CARLES GELI
En: Babelia. Madrid: 13 de noviembre de 2010. www.elpais.com
Denise Affonço
Denise Affonço, fotografiada a finales de octubre en Barcelona.- Marcel-Lí Sàenz
La autora camboyana de origen francés narra su estremecedor testimonio de sobreviviente del régimen de Pol Pot. "Mi exorcismo fue escribir el libro", afirma. "Los jemeres rojos fueron más astutos que los nazis"
Increíble: aún puede sonreír; es casi una mueca tras lo que se intuye un gran esfuerzo cortés. Pero lo hace, a pesar de tres años y ocho meses de haber estado en campos de trabajo, de haber perdido ahí a su hija de ocho años, a su cuñada y a sus cuatro hijas y, por el camino, a su esposo; de habérsele prohibido, literalmente, reír y llorar, de dejarla sin comida ni ropa, de tener que alimentarse de granos de sal, de saltamontes, cucarachas y ratas; de separarla de su hijo de 10 años, trabajador forzoso; de encajar la disentería y el paludismo quedándose en apenas 30 kilos... Sí, Denise Affonço (Phnom Penh, Camboya, 1944) se esfuerza para explicar cómo sobrevivió al suplicio de Pol Pot y su dictadura maoísta, que se llevó por delante a unos dos millones de camboyanos entre abril de 1975 y enero de 1979, o sea, una cuarta parte de la población. Lo cuenta en El infierno de los jemeres rojos (Libros del Asteroide), que hay que leer con pausas para coger aire ante uno de los testimonios literarios más punzantes sobre la crueldad del ser humano.
Foto

Primeras páginas de 'El infierno de los jemeres rojos', de Denise Affónço.

DOCUMENTO (PDF - 57,86Kb) - 10-11-2010

Primeras páginas de 'El infierno de los jemeres rojos', de Denise Affónço.
"No me pregunte sobre comunismo y, sobre todo, no me llame camarada", intenta bromear Affonço, que en el libro se muestra muy dura con su marido Seng, chino convencido de las bondades de la alucinante dictadura agraria de Pol Pot. De padre francés, Denise hubiera podido refugiarse con sus hijos en la Embajada de Francia donde trabajaba, pero la familia pudo más. "Era un comunista de salón, me recitaba textos de Mao, me lavaba el cerebro, por eso no supo ver esa obsesión de los jemeres rojos por crear un nuevo pueblo; querían hacer la revolución cultural china, pero aún más radical". El error de Seng ("fue a aclamarlos y les ofreció cerveza cuando entraron en la capital; además, hablaba demasiado") lo pagó con la vida: confiado, entregó a los dirigentes hasta el coche y se lo agradecieron haciéndole desaparecer, como a otros intelectuales y "enemigos burgueses" que expulsaron de las ciudades y llevaron al campo. Ahí empezó el calvario: "Los sentimientos por mis hijos fueron más fuertes; no quise separarlos de su padre y lo pagué muy caro".
Sorprende que nadie se rebelase ni durante el éxodo masivo forzoso ni en esos campos de concentración donde se negaba la comida a ancianos o a menores de siete años porque eran "bocas improductivas". "Era imposible; primero nos engañaron: nos dijeron que solo estaríamos fuera de nuestras casas dos días; luego, la población no tenía ni un arma; cuando nos dimos cuenta, ya era tarde".
"Todo el mundo será reformado por el trabajo"; "está prohibido expresar los sentimientos: alegría o tristeza"; "está prohibido sentir nostalgia del pasado"; "jamás os quejaréis de nada"; "nunca llevaréis ropa de colores"; "está prohibido cruzar una pierna por encima de otra porque es signo externo del capitalismo"; "no se necesitan gafas"; "todos hablarán solo jemer"... Son los alucinantes mandamientos del credo rojo que, tras jornadas infinitas, Affonço escuchaba, tras los que se escondía "un genocidio planificado: se trataba de matarnos manteniendo las manos limpias; estaba programado, pero, a partir de accidentes laborales, o te morías de hambre, o te intoxicaban con supuestas medicinas... Fueron más astutos que los nazis". Su hija, adelgazando día a día hasta la muerte, auténtico reloj de la maldad, encarna el sinfín de gente que no salió del infierno. ¿Remordimientos por sobrevivir, como Primo Levi? "Entiendo ese sentimiento porque lo he vivido; solo me consuela que puedo contar mi testimonio: si nadie habla, nadie recuerda". Lo que no ha superado, admite, es la reacción de su hijo. "No pensé nunca en el suicidio ni en el asesinato; lo aparté todo de mi cabeza para tirar adelante como fuera; me dije que tenía que seguir por mi hijo de diez años, que aún vivía... Pienso que fui una mala madre, que pasó todo eso por mi culpa y ahora me siento más responsable que entonces, porque mi hijo nunca me ha reprochado nada; eso es lo peor".
Jean-Jacques, el hijo, ha enmudecido. "Vivió su propia experiencia, le dije si quería añadir algo al libro y se negó. En los campos solo le vi una vez unas terribles marcas en la espalda; nada más; mi exorcismo fue escribir el libro; su terapia es el silencio". Relativa: "Sí, cuando dan películas de violencia no quiere verlas; y luego le he oído llorar por las noches". Ella, aún hoy, también tiene pesadillas y se sulfura al recordar que hasta hace unos años aún encontraba negacionistas: "En 1945, Eisenhower ordenó que se fotografiara y se buscaran testimonios de los campos nazis porque, con los años, dijo, no hubiera hijos de puta que afirmaran que eso no ocurrió; con lo de Camboya, hasta los noventa ha habido muchos intelectuales de izquierda que lo matizaban". Más rabia le dan, si cabe, los juicios internacionales contra los jemeres rojos iniciados en 2006: "Muchos responsables han campado a sus anchas y los responsables nunca han sido juzgados, como Pol Pot, que no murió por viejo sino eliminado por una facción interna". Se la ve escéptica. "¿Cómo quiere que esté? Creo poco en la justicia; mire lo de los crímenes de Yugoslavia". También se sabe utilizada por los vietnamitas, que liberaron Camboya en 1975 y la empujaron a hacer un informe de donde salieron las memorias, testimonio que presentó en un juicio propagandístico de 1979 sin, claro, los acusados sanguinarios Ieng Sari y Pol Pot. "Era francesa y les daba proyección internacional".
Poco ha trascendido del genocidio del último gran estertor dictatorial del siglo XX. "La guerra fría explica muchos silencios", apunta Affonço, que no recomienda la película Los gritos del silencio para saber del infierno camboyano. "Es más realista el documental S-21: la máquina roja de matar, donde los verdugos reconstruyen su labor". Ella, tras la liberación, visitó otros campos y vio cómo en uno se fabricaba abono humano, "a base de una capa de cadáveres, otra de cáscara de arroz y luego todo rociado con gasolina". No quiere saber, claro, de comunismo -"han destruido los verdaderos valores de una ideología; ahora no sirve para luchar contra la globalización"- y tampoco volverá a Camboya: "25 años de ayuda internacional no han servido para nada; el Gobierno de Hun Sen solo ha beneficiado a una capa muy próxima de la población". Se levanta rauda. Sale su buen aspecto a pesar de lo vivido. "Fue el régimen de insectos que llevé". Esbozo de sonrisa.
 
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Hans Magnus Enzensberger “La vanguardia tras la vanguardia me cansa, me aburre”

VICENTE VERDÚ
En: El País semanal. Madrid: 14 de noviembre de 2010. www.elpais.com
Este mes cumple 81 años, pero su sardónica lucidez sigue en plena forma. Es uno de los pensadores más influyentes de las últimas décadas. Por resumir: la Europa contemporánea está en el mundo de las ideas gracias a hombres como este alemán.
Hans Magnus Enzensberger (Kaufbeuren, Alemania, 1929) es uno de los intelectuales más cultos, poderosos e influyentes de la Europa contemporánea. Ha recibido el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2002, además de otra docena de importantísimas distinciones en diferentes países del continente y por razones muy diversas. Su compromiso con los derechos de los trabajadores y las sucesivas izquierdas de su historia le han perfilado como un intelectual comprometido al estilo de antes, pero su actualidad no ha cesado en las más distintas cuestiones; desde el sistema de enseñanza hasta el vigente sistema democrático, desde Europa hasta su atribulada Alemania, no han dejado de caer bajo su crítica tan sardónica como acerada.
“Me gusta lo que hago. no resisto unas vacaciones de más de una semana”
“El próximo año publico un libro recogiendo mis fracasos favoritos”
Poeta en sus principios, poeta en su fundamento, siempre se ha manifestado como un escritor ocupado en la precisión y eficacia de la palabra y la belleza; así, sus ensayos pueden ser leídos como extraordinarias piezas de ingenio literario. Por si no fuera bastante, ha sido autor de libretos, obras dramáticas, manifiestos y media docena de libros de poesía, uno de ellos significativamente titulado Poesías para quien no lee poesía. Sus conocimientos de arte y de historia, su pasión por Humboldt y por la pintura del siglo XVII le hacen no solo un sabio universal, sino un conversador amenísimo que añade a su bonhomía, las bromas y su cariñosa humanidad, el cigarrillo de toda la vida. Nunca hizo deporte, pero se hace imposible seguirle el paso en las caminatas. De nada alardea, en todo admite sus posibles errores, en cualquier ocasión se muestra de buen humor, en cada momento se desearía continuar a su lado. Savater dijo una vez: “De mayor, yo quisiera ser Magnus”. Tan grande como su inteligencia, tan humano y capaz como para incluirnos a todos en ella.
Una de las características más singulares de usted es que ha trazado su vida profesional a su santa voluntad y al margen de todas las clasificaciones convencionales. Ha sido doctor e investigador, pero no académico; ha escrito libros de poemas, pero no se ha presentado como poeta a tiempo completo; ha sido un hombre de letras, pero ha triunfado en el mundo con un libro sobre matemáticas, ‘El diablo de los números’, del que ha vendido más de un millón de ejemplares en treinta idiomas… Sí, no he sido un especialista. Pero esto es una cuestión de temperamento. Porque acaso haya dos tipos de temperamento, uno que sería como el del topo, que se introduce con mucha determinación en la tierra con su proyecto, y otro, que es mi caso, como las cigüeñas, un ave nómada que busca su alimento y pone sus nidos aquí y allá. No tengo paciencia para escribir 600 o 700 páginas. Es como en el deporte: hay carreras de 10.000 metros, de 20.000 metros o el maratón, pero yo no llego más allá de los 1.000. Y hay que seguir lo que es cada uno. Resulta inútil tratar de cambiar. Además, hay otro factor: yo no concibo sufrir con mi oficio. Me gusta divertirme y cambiar, hacer un libreto, un ensayo, unos poemas, me divierte más que seguir con lo mismo. La clase de artista que sufre no es en absoluto mi caso.
El artista/creador. El ‘Cristo’ del siglo XIX que crea sufriendo, que redime muriendo. El artista que alumbra una obra a través del dolor… Eso quiere decir. Aunque, por otro lado, le habrán dicho que se dispersa mucho. Claro que me lo han dicho. Muchas veces, pero yo ni en el caso de mis libros de historia me he demorado mucho.
¿Y no se ha sentido de esa manera un intruso en cada disciplina que practicaba? Sí, efectivamente. He sentido como si en ocasiones estuviera sentado en el comedor de un restaurante donde no perteneciera a la misma clase de gentes que ocupaban otras mesas.
Y en la poesía, que ha sido algo tan fundacional en usted, ¿ también se ha sentido un intruso? Pues no, porque en la poesía no existe tanta competencia ni se está nunca en el centro de la escena. Como tampoco me he sentido mal entre los matemáticos o los científicos, porque al contrario de considerarme un intruso, me han agradecido que divulgara su disciplina.
Y su éxito mayor fue precisamente ‘El diablo de los números’. Sí. Es un libro contra la manera de educar aburriendo a toda la clase. Y traté de mostrar que las matemáticas podían ser no solo accesibles, sino fascinantes para chicos de siete años. Y que son, a esa edad, capaces de captar incluso el mismo concepto de infinitud. Te ponen 0,9999999 y dices que eso se aproxima al 1, pero que nunca llega a él, y hasta el más modesto de los niños puede entenderlo. Y esto, a su vez, es más interesante que enseñar la multiplicación o la combinatoria. Yo creo que el cerebro humano está capacitado para casi todo. Hay quien se considera negado para la música, pero si se sabe presentar y enseñar no es nada difícil lograr que cualquiera la disfrute.
En ese libro sobre los números tuvo algo que ver su hija pequeña… Sí, también. Y si fue el más vendido de todos los míos, si llegó a alcanzar tanto éxito, fue por casualidad. Yo no buscaba nada parecido, sino desquitarme de haber sufrido una pésima escuela. Aunque también, si se piensa, una pésima escuela puede ser una buena escuela porque, por ejemplo, en la época nazi yo aprendí resistencia pasiva, aprendí a crear pequeñas alianzas, estratagemas, que también han servido después de esa mala escuela.
Recuerdo un ensayo suyo, publicado por Anagrama en un libro con varios temas, en el que usted proponía sustituir la escuela por el aprendizaje de los niños en casa. Sí, sería muy interesante para los niños conocer cómo viven los demás. Pero, bueno, es muy difícil que las instituciones se muevan.
Lo sorprendente de su vida profesional es que, no dedicándose a nada en concreto y en profundidad, haya recibido tantos reconocimientos y premios de instituciones muy distintas. Bueno, esto lo he conseguido con tiempo y un poco de fortuna. Porque el mundo no es justo y existe una cierta arbitrariedad en el éxito. Como también las cosas que se exigen para llegar a un determinado grado de éxito son contradictorias. Por ejemplo, alguien que no sea sensible al dinero puede ser un buen poeta, y, en mi caso, el primer estudio que hice sobre el capitalismo fue a partir de conocer el mercado negro. Mediante esta circunstancia entendí cómo funcionaba el sistema. A veces el éxito procede de circunstancias contradictorias. Supe precisamente del capitalismo no estando interesado en el dinero.
Sus avatares personales, las adversidades familiares o de salud, ¿no le han ocupado demasiado tiempo al margen del trabajo? Hablar de lo privado no me gusta. No hay que molestar a los demás con tus problemas. Todo el mundo tiene problemas, y el que cuenta sobre sus padecimientos, sobre los dolores de su divorcio o sobre sus trifulcas con el jefe es un tipo que se hace pesado a los demás.
Y los problemas de salud. Yo me encuentro bien, y mi familia es, además, muy longeva. Mi abuelo murió con 99, mi madre, con 104, etcétera… Pero tampoco hay que hablar de ello, porque puede molestar a los demás. Un escritor que no muere como Günter Grass es un gran inconveniente para los autores jóvenes. Dicen: “Pero ¿por qué no se muere de una vez? ¿Por qué no desaparecerá y nos dejará sitio?”. No es, desde luego, mi caso. Me refiero a esos autores que, como Thomas Mann o Goethe, por ejemplo, son figuras que representan a la nación entera. No es, desde luego, mi caso.
¿Pero ningún acontecimiento de su vida privada ha influido en sus ocupaciones laborales? Nada especial. Un amor que se acaba, un amigo que muere. Nada puedo considerar especial. He sufrido en la vida pública con algunos fracasos rotundos. Especialmente en el teatro he sentido el fracaso como si cayera una guillotina sobre mí. Con un libro no pasa esto. Si fracasas se ve aparecer el fracaso poco a poco, pero en las obras de teatro el fracaso se presenta de manera radical, cortante. En fin, los éxitos se olvidan, pero los fracasos quedan en el recuerdo. Y es interesante el aprendizaje de mis fracasos en el teatro porque te conviertes en una persona que sufre una enfermedad contagiosa o algo parecido. Todos te evitan.
¿Le ha pasado eso a usted? Claro, claro, claro. Pero me gusta, porque eso dice algo interesante sobre la producción de la obra. Dice algo sobre la responsabilidad del escritor, del escenógrafo, etcétera. Sobre la responsabilidad conjunta del grupo, y eso es interesante. Y he aprendido muchas cosas de todos los campos, puesto que, como he hecho casi de todo, he experimentado intrigas, mentiras, traiciones, falsas promesas.
¿También ha hecho películas? También he intentado hacer películas. Dos películas: una sobre Durruti, un documental, y otra que fue solo una colaboración. Pero en muchos casos he sentido mucha frustración respecto a proyectos que desaparecían o promesas de apoyos que no se cumplieron. El año próximo publico un pequeño libro recogiendo varios de estos fracasos. Se llama: Mis fracasos favoritos. Y quiero decir también que a través de mi experiencia con la poesía, que nunca se ha vendido mucho, he sentido también la recompensa de la libertad. Hacer una novela por la que se recibe un gran anticipo conlleva una gran responsabilidad, y esto en la poesía no existe.
También ha escrito novelas… Sí, un par. Pero no creo que fueran de primera clase. De primera división, digamos.
¿Y la música? Bueno, los libretos para ópera que he hecho han sido con la colaboración de una amiga que sabe mucho de música, de canto, de voces.
¿Y su pasión por la pintura previa al barroco? ¿Qué puede decir de ello? Pues que esto puede parecer un gusto reaccionario. Yo no aprecio la pintura abstracta ni nada de la pintura tras las vanguardias de comienzos del siglo XX. La vanguardia tras la vanguardia es una contradicción, y a mí me cansa, me aburre. Pero en todos nosotros existe una parte progresista y otra regresiva, creo yo. Me he convertido en un buen conocedor de la pintura entre 1600 y 1650 y con eso me complazco. No tengo la fortuna necesaria para ser un coleccionista importante, pero cuando tengo algo de dinero me intereso por obras de esa época, incluso aunque los nombres no sean muy conocidos. Hace ya cuarenta años que me intereso por ese periodo y ya tengo una buena biblioteca sobre esos años.
Y el deporte, ¿no le interesa? No. Soy un total ignorante. Es una de mis gigantescas áreas de ignorancia. Pero, por el contrario, soy un buen conocedor de la tipografía. Islas de conocimiento, ¿no?
¿Cómo es su vida diaria? Disfruto del privilegio de no tener jefes y hago cada día lo que deseo hacer. Otra razón para no lamentarse. Soy trabajador, pero porque me gusta hacer lo que hago. De hecho, no resisto unas vacaciones de más de una semana.
¿Y sus hijos? Tengo dos hijas. Una mayor, de 50 años, que vive en Noruega porque yo pasé mucho tiempo allí y tengo familia en esa zona. Ella tiene dos hijos, dos niños etíopes adoptados, de 8 y 10 años. Trabaja de bióloga y al mismo tiempo cría ovejas. Tiene unas 200 ovejas; es su marido el que se ocupa sobre todo de ellas. Él es pastor y músico, un músico de violín. Parece raro, pero en Noruega hay una tradición que se llama “el campesino intelectual”, porque son a su vez labradores y lectores, o músicos o cualquier otra clase de intelectual.
¿Por qué vivió un tiempo en Noruega? Tras mis primeros libros, que levantaron escándalo y me sacaban en la primera página de los periódicos, decidí mudarme a Noruega para apartarme de ese bullicio, y allí, en los años sesenta, pasé unos siete años. No fue, sin embargo, un exilio voluntario. Mi primera esposa era noruega, y por eso nos fuimos allí. Por otra parte, también deseaba aliviarme del peso de Alemania que toda mi generación lleva sobre sus espaldas. Fue, por tanto, en parte, un periodo terapéutico de la enfermedad de ser alemán. Otros, sin embargo, han hecho de ser alemán una profesión de por vida; yo quise evitar eso. Evitar que Alemania se convirtiera en una obsesión; el mundo es mucho más que Alemania. Y, además, en todos los países hay un equipaje histórico que pesa.
¿Y su segunda hija? Mi segunda hija tiene 22 años y es de mi segundo matrimonio. Es soltera y estudia cine en Estados Unidos. Nos vemos unas tres veces al año; o nos vemos allí o viene ella.
Vive usted en Múnich. Vivo en Múnich, lugar donde no se soporta el peso de Berlín, que es una ciudad voluntarista. Múnich tiene un millón y pico de habitantes y es una ciudad que tiene muchas ventajas para mí. Yo soy un gran andarín y allí se puede ir de un sitio a otro caminando.
¿Quién es su mujer? Fue periodista, estudió Literatura, pero no ve ahora la necesidad de ganar dinero. Es como una estudiante sempiterna. Ahora, por ejemplo, está concentrada en la historia de Mesopotamia.
Y están bien ustedes… Estamos bien. Ahora, a estas alturas, he descubierto, acaso un poco tarde y a la fuerza, el encanto de la monogamia. A condición, claro, de que exista cierta inteligencia para no agredirse y saber tolerarse. Y también para saber mantener cierta independencia. La folie à deux no vale para esto. Pero es bueno hacer cosas en común y ella es la primera buena lectora de mis trabajos. Ella me ayuda mucho. 

Alemania, Europa, España, el mundo

El polifacético pensador –aunque, en realidad, es lo más lógico, que el intelectual sea polifacético y demuestre su pensamiento en los más diversos formatos– nació en el Estado alemán de Baviera en 1929. Tras estudiar en diversas universidades de su país y en La Sorbona (París), fue miembro del Grupo 47, movimiento que perseguía la regeneración democrática de la lengua y literatura alemanas tras el paréntesis del nazismo y la II Guerra Mundial.
Su relación con España parte de su interés y dominio de la cultura y lengua castellanas, que le han llevado a ser traductor y divulgador de poesías de Rafael Alberti y César Vallejo. Además, ha escrito y realizado un documental sobre el anarquista español Durruti. En 2002 fue reconocido con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades.
Siempre ha hecho gala del valor de la inteligencia humilde. Así, en uno de sus últimos libros editados en España, Guía para idiotas (Anagrama), arremete contra la arrogancia de quienes se creen cultos. Él nunca ha perdido la elegancia; de ahí su apuesta constante por la poesía.
 
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William Ospina

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