LA RAZÓN DE UN NUEVO BLOG DE GESTIÓN CULTURAL

Ante la avalancha de información cultural noticiosa que recibimos diariamente gracias a la colaboración que me proporciona Arturo Álvarez D'Armas, poeta, fotógrafo y promotor cultural venezolano, así como otros valiosos amigos colaboradores, hemos decidido abrir un nuevo blog de promoción y gestión cultural. Sean bienvenidos todos los amigos interesados en promover la cultura y el arte en general. Pueden enviarnos sus colaboraciones, las cuales subiremos a este blog como entradas tan pronto como las recibamos. Quienes deseen colaborar pueden dirigirnos sus trabajos a nuestro correo personal: renedayre@gmail.com René Dayre Abella. Autor y promotor cultural.

jueves, 30 de septiembre de 2010

martes, 28 de septiembre de 2010

PUERTAS Y VENTANAS DE CAMAGUÁN Fotografías: Arturo Álvarez D'Armas

PUERTAS Y VENTANAS DE CAMAGUÁN

Fotografías: Arturo Álvarez D'Armas



Una vez llegué a escribir que Camaguán es un pueblo de argonautas. En su orilla es un mitológico puerto de agua dulce, un espejismo muy alejado del salobre aire del oceano. Mas allá de sus arenosas calles buscar el vellocino es una mera excusa, es solo otro modo de velar la eterna lujuria del hombre por el paisaje. Es optar por la absoluta mudez, cortar las ajadas ataduras del lenguaje. Alienarse en la imagen pura del verde. Y más adentro es encontrarse con el óxido de la luz sobre el viejo lienzo de las paredes, una veces desvencijado por el paso poroso del tiempo de los hombres y otras remozado como el crudo rostro de una Penélope entregada a la devoción de la nostalgia. Hoy Arturo Álvarez D'Armas nos presentan estas imágenes tomadas con un pulso ingenuo y acertivo en el acento verdadero del instante. Ancianas puertas y ventanas de Camaguán, serenas muecas que en la cálida metáfora del llano resisten la erosiva presencia de un escandaloso presente.
Jeroh Montilla
































































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Publicado por Jeroh Montilla para SAN JUAN DE LOS MORROS Y EL ESTADO GUÁRICO el 9/28/2010 04:23:00 PM

 




domingo, 26 de septiembre de 2010

Viaje por la Praga de Kafka Una ciudad y su escritor Hugo Burel

Viaje por la Praga de Kafka

Una ciudad y su escritor

Hugo Burel
HABER LEÍDO a Kafka con cierta constancia implica también añorar Praga sin haberla pisado. Siempre creí que hay ciudades con una asociación, por ejemplo, a lo pictórico. Es el caso de París, que atesora La Gioconda y nos promete todo el Louvre; o Amsterdam, que permite descubrir la luz de Rembrandt; también hay otras que remiten a la arquitectura como New York, Chicago, la monumental Viena imperial. Pero las ciudades que más me atraen son aquellas que se vinculan a la literatura o que están fuertemente teñidas de un sesgo literario: el Dublín de Joyce, la Buenos Aires de Borges, y sin dudas la Praga de Kafka. En su libro Venecias Paul Morand afirma que descubrir Nápoles era nombrar al sol por su verdadero nombre. La imagen es adecuada para describir la devoción que puede despertar una ciudad, sobre todo cuando uno no la conoce y alienta, muchos años antes de pisar sus calles, la esperanza invencible de hacerlo. Tal lo que me sucedía con Praga, la que hace semanas pude visitar para -siguiendo la imagen de Morand- nombrar a Kafka por su verdadero nombre.

ENSUEÑO DE PIEDRA. Por supuesto que una ciudad fundada en el siglo IX, si aceptamos que alrededor del año 870 se inició la construcción de su emblemático Castillo -que hoy es sede de su gobierno-, es mucho más que el nombre de su más famoso escritor. Y una vez en Praga pude comprobar que no todo cuanto veía me remitía a la mirada de Kafka, pese a que su literatura construyó entre líneas una ciudad de papel que yo iba a tener que superponer a la real que estaba caminando. En definitiva intenté perseguir a Kafka por una Praga que, en pleno verano, es un hervidero de visitantes de todo el mundo.
Viajé a Praga en tren, saliendo desde la moderna terminal Hauptbahnhof de Berlín para seguir las sinuosidades del río Elba que siempre aparecía a mi izquierda. Arribé a la estación de ferrocarril Hlavni Nadrazi, la más grande y popular de Praga a la que llegan trenes del centro y del este de Europa. La terminal se construyó en 1909. Alguna vez fue una hermosa estructura de cuatro pisos estilo art nouveau y uno de los diseños arquitectónicos más preciados de la ciudad antes de ser unificado con un salón de transferencias misteriosamente moderno. Ese contraste fue lo primero que me impresionó de Praga: la parte antigua de la estación, recargada, pintada en tonos ocre y marrón, deteriorada, oscura y un poco tétrica y el aditamento reciente, con acero, marquesinas de neón, locutorios de Internet y proliferación de marcas comerciales, entre ellas la "M" de la hamburguesería más famosa del mundo. Ese detalle resultó incongruente para la primera ilusión literaria que me distrajo: imaginar a Franz Kafka en esa estación, a punto de realizar el viaje inverso al mío en un lejano diciembre de 1910 cuando partía por primera vez hacia Berlín.
Con treinta grados de temperatura, cielo azul despejado y un sol implacable abandoné la estación saliendo por su puerta antigua para empezar mi estadía de tres días en lo que alguien definió como un ensueño de piedra y que en 1993 fue declarado Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad por la UNESCO. Había llegado por fin al lugar que amaron y admiraron Mozart, Beethoven, Apollinaire, Tchaikovski y Rodin entre muchos. La ciudad que fue conocida como la Roma del norte y el centro de la vida social y cultural del imperio de los Habsburgo y, para los que gustan de los temas esotéricos, uno de los vértices europeos del triángulo de magia blanca, junto con Turín y Lyon. Una ciudad que estuvo desde 1939 a 1945 -al igual que el país- ocupada por los nazis.
Durante la II Guerra Mundial cayeron apenas siete bombas sobre Praga, todas lanzadas por los aliados. Se dice que Hitler admiraba a Praga y nunca la bombardeó porque quería convertirla en cabeza de su proyectado imperio. A partir del final de la guerra y hasta 1989 estuvo en el campo socialista bajo la órbita soviética. Durante la primavera de 1969 fue invadida por las tropas del pacto de Varsovia, que sofocaron una posible apertura democrática y no se retiraron hasta la caída del régimen comunista. Una ciudad que, como Italo Calvino decía de los clásicos, desconcierta y "nunca termina de decir lo que tiene que decir".
PRAGA SIN LA LETRA G. Tuve que acostumbrarme a leer "Praha" en todos los rótulos, sin la "g", y también padecer el cacofónico idioma checo, que poco o nada orienta al hispanohablante. Áspero, un poco estridente y sibilante, y con la peculiaridad de tener declinaciones, el checo es la lengua dominante en una ciudad que antaño se preció de tener tres culturas (la alemana, la checa y la judía) y dos idiomas (el checo y el alemán). No obstante, se habla también el eslovaco, el ucranio-ruteno, el húngaro y el rom (que es un dialecto gitano), además del polaco. Obviamente, intenté apelar a mi elemental inglés, pero casi nadie lo entendía o lo hablaba. Además, ningún idioma le es tan inapropiado a Praga como el inglés.
Siempre me pareció misteriosa la palabra Praga, cargada de resonancias oscuras y sugestivas reminiscencias de calles estrechas y ecos de pasos que se pierden en las sombras de la noche. Algunos historiadores opinan que el nombre tiene su origen en la palabra eslava Prga, que significa «harina tostada», debido a la aridez del lugar elegido para construir el castillo de Praga. Otros afirman que el origen es la palabra checa Prahy que significa «rápidos», por los rápidos del río Moldava, a cuyas orillas se asienta la ciudad. Se sabe que los primeros vestigios humanos del territorio que hoy ocupa Praga datan del Paleolítico. El primer asentamiento estable se atribuye a una tribu celta -hacia el siglo VI a. de C.- que se estableció al sur de la actual Praga. La población se denominaba Závist. A partir del Siglo IX de la era cristiana los tiempos históricos muestran un curso cambiante en la existencia de Praga, que tienen una culminación en el siglo XIV, con la incorporación del país al Sacro Imperio Romano Germánico bajo Carlos IV de Luxemburgo. Toda esta retórica informativa forma parte del discurso estándar de los guías turísticos que se encargan de mostrar Praga y de ensalzar la figura del Emperador Sacro. De paso explican por qué el centro de Praga -más que el siempre visible castillo que por mil años ha representado al estado checo- es el Puente de Carlos, una maravilla construida en 1357 por orden del emperador y el primero que tuvo la ciudad.
LA INVASIÓN DE PEATONES. El Puente de Carlos es la construcción gótica más importante de la Edad Media en Bohemia. El astrólogo de la corte de Carlos IV calculó el día exacto en el que debía ponerse su primera piedra: el noveno día del séptimo mes del año 1357 a las 5 y 31 minutos. Los dieciséis arcos que lo sostienen fueron durante medio milenio el único enlace entre la Ciudad Vieja y la Malá Strana o lado pequeño de la ciudad. A lo largo de su historia le fueron incorporando al puente estatuas y elementos ornamentales y decorativos que a Kafka le parecían ominosos e inquietantes, en especial de noche. El Puente de Carlos es la zona más transitada de Praga y es el centro neurálgico de una ciudad que se ha convertido en un deslumbrante centro turístico. Sobre el puente no se permite el tránsito de vehículos y a lo largo de sus más de quinientos metros deambulan ávidos ejércitos de turistas, en especial japoneses, que no cesan de tomar fotografías y admirar la vista que desde allí se tiene del río Moldava, sus otros puentes y la colina con la Iglesia de San Vito, sus agujas góticas y el conjunto de edificios que configuran el castillo.
Si veinte años atrás, en una época contemporánea a la caída del muro de Berlín, se comercializaban en el puente souvenirs del mundo socialista y comunista, como uniformes, medallas o gorras del Ejército Rojo, lo que se ofrece hoy es muy diferente. Además de artesanías, joyas, fotografías o acuarelas de la zona, abundan los artistas del lápiz, que venden una especie de retrato-express a los paseantes y ejemplifican sus habilidades con los rostros de Angelina Jolie, Brad Pitt o Jessica Alba. La primera mañana que visité el puente, en su espacio central una banda de jazz que parecía salida de New Orleans -salvo que no contaba con un solo músico negro- ejecutó de manera irreprochable una música pegadiza pero inadecuada para el lugar y, bajo un sol que parecía el de Toscana, desbarató toda la magia de esa Praga misteriosa que pude haber traído en mi valija. En pleno día contemplé una Praga hiperreal, de deslumbrante colorido y colapsada por peatones de las más diversas procedencias. El paseante ejemplar que fue Kafka, que hasta escribía postales de sus merodeos ciudadanos, seguramente se hubiera espantado ante esa invasión alucinante.
TORRES, LABERINTOS Y MUNDIAL. El contraste del día con la noche es grande en Praga. Tras el largo crepúsculo veraniego las luces se encienden y la ciudad adquiere un evanescente clima mágico que se multiplica en el laberinto de sus calles y en las siluetas vigilantes de sus torres. Praga solo puede conocerse caminándola o subiéndose a un tranvía de su excelente servicio de transporte público. Tomando por la calle Karlova, continuación natural del Puente de Carlos, la topografía intrincada del barrio de Staré Mésto induce a perderse, a dejarse llevar por callejuelas empedradas y a descubrir recovecos, desniveles, pasajes y estrechos callejones que configuran un dédalo que suele desembocar en la plaza de la Ciudad Vieja, otro punto de concentración popular que en este año mundialista contó con pantalla gigante auspiciada por Hyundai. Allí pude ver el poder de una marca comercial, capaz de invadir literalmente un espacio histórico y apropiarse de él agrediendo sin misericordia toda la belleza edilicia circundante. Los banners gigantescos con el logotipo de la marca y los kioscos de venta de cerveza junto a los exhibidores de los vehículos último modelo contrastaban con edificios del Siglo XIV, como la torre del ayuntamiento de estilo neogótico y el reloj astronómico con sus doce figuras autómatas que aparecen dos veces por día representando a los 12 apóstoles.
Me fue imposible figurarme a Kafka entre los ávidos hinchas que ocupaban la explanada de la plaza extasiados con lo que sucedía en Sudáfrica. Probablemente nada esté más alejado de la mirada de Kafka que un partido de fútbol, porque en todo lo que sus biógrafos han consignado no hay una sola referencia a lo deportivo en versión colectiva. Para Kafka nadar, remar y hacer gimnasia, eran sus actividades físicas preferidas, además de sus largos paseos por la ciudad.
¿DÓNDE ESTÁ KAFKA? Según consigna y resume Reiner Stach en la Introducción de su obra Kafka. Los años de las decisiones, la vida del doctor Franz Kafka, funcionario de seguros y escritor judío de Praga, duró 40 años y once meses, ya que nació un 3 de julio de 1883 y murió el 3 de junio de 1924. De ellos, 16 años y seis meses y medio correspondieron a su formación escolar y universitaria, y 14 años y ocho meses y medio a la actividad profesional. A la edad de 39 años, Franz Kafka obtuvo el retiro para morir, casi dos años después, de una tuberculosis de laringe en un sanatorio de Viena. Aparte de sus estancias en Alemania -sobre todo, viajes de fin de semana- Kafka pasó solo unos 45 días en el extranjero. Conoció Berlín, Múnich, Zúrich, París, Milán, Venecia, Verona, Viena y Budapest, lo cual promedia apenas unos cinco días en cada ciudad. Vio el mar en tres ocasiones: el mar del Norte, el mar Báltico y el Adriático italiano. Fue testigo de una guerra mundial. Permaneció soltero y estuvo comprometido tres veces: dos con la berlinesa Felice Bauer y una con la praguense Julie Wohryzek y se le atribuyen relaciones amorosas con otras cuatro mujeres y contactos sexuales con prostitutas. No tuvo hijos. Como escritor dejó unos cuarenta textos completos en prosa y unas 3.400 páginas de diarios y fragmentos literarios entre las que se cuentan tres novelas inconclusas. Si algo puede decirse de Kafka es que centró su vida en la literatura -"todo lo que soy es literatura", escribió- y que esa vida transcurrió íntegramente en Praga.
Las guías especializadas sobre el escritor que leí antes de viajar -la de Klaus Wagenbach, La Praga de Kafka, es excelente- señalan sobre el mapa de Praga cada lugar en los que Kafka vivió, trabajó, tuvo esparcimiento o simplemente visitó con asiduidad. Desde su casa natal, en el No. 5 de la actual Rathausgasse, a la que llegué el mediodía del 3 de julio, día del cumpleaños de Kafka, a la casa de la Callejuela de Oro, cercana al castillo y hoy inhabilitada para ver porque la calle está en reconstrucción, es posible rastrear por toda Praga todos las casas en las que vivió, algunas de las cuales ya no existen. También están los cafés, como el Louvre o el Arco, a los que concurría habitualmente. Hay que considerar que siendo ya un treintañero todavía vivía con sus padres y que por su profesión y posición económica tenía una existencia que, dentro de Praga, no desdeñaba las amistades ni los eventos sociales. Además de los cafés, concurría a bibliotecas con asiduidad, participaba de tertulias, iba al teatro y, claro está, a los lugares en donde trabajaba: primero en la Compañía de Assicurazioni Generali en la Plaza Wenceslao y luego en la Aseguradora de Accidentes de Trabajadores del Reino de Bohemia en el No. 7 de Na Poricí. Por supuesto que se indica en las guías el lugar exacto de la tumba de Kafka en el Nuevo Cementerio Judío, lugar que no visité. En definitiva, está dibujado el itinerario de Kafka para que un devoto peregrino lo cumpla, pero eso es imposible de abarcar en solo tres días.
No obstante lo último, Praga no revela a Kafka. Es decir: Kafka es Praga, pero Praga no es solo Kafka sino muchísimo más. La Praga horizontal, por decirlo de alguna manera, es una, con sus edificios históricos, sus tejados rojos y sus cúpulas negras o verdosas; su mezcla de estilos: gótico, barroco, art nouveau o resueltamente contemporáneo -incluida la insulsa arquitectura del período socialista-. La Praga espiritual que remite al mundo de Kafka y al milagro de su literatura está oculta y las huellas visibles del escritor en la ciudad son pocas. En su casa natal hay apenas un relieve de metal con el rostro del escritor, colocado durante la Primavera de Praga en un ángulo de la equina del edificio. En Staré Mésto hay una estatua de Kafka realizada por el escultor checo Jaroslav Róna, que mide casi cuatro metros de altura y pesa 700 kilos. Está ubicada a la entrada de la antigua Ciudad Judía y fue inaugurada recién en diciembre de 2003. Su diseño, muy original, recuerda a un cuadro de Magritte y el escultor se inspiró para hacerla en el relato de Kafka "Descripción de una lucha".
EL FRANZ KAFKA MUSEUM. Finalmente pude encontrar cabalmente a Kafka en el museo que se ha instalado a un costado de unos de los portales del Puente de Carlos, en la orilla de Malá Strana del Moldava. La técnica museística organizó y dio espacio a una recorrida por la vida de Kafka, su familia, su obra y sus amores, con una inteligente instalación multimedia y multiespacial en la que abundan los testimonios gráficos y audiovisuales, con el aporte de documentos originales y primeras ediciones de las obras. Su configuración espacial corporiza a Kafka y lo kafkiano recurriendo a distintos planos, pasadizos, desniveles y un criterio de circulación que recuerda a un laberinto. Paredes cubiertas de ficheros en donde cada cajón tiene el nombre de un personaje de Kafka, teléfonos antiguos que al levantar su tubo permiten escuchar textos leídos del autor, la burocracia mostrada en videos que reproducen situaciones de pesadilla, fotografías que parecen flotar en un ambiente irreal, onírico: todo crea la ilusión de que ese es el mundo de Kafka y que por algún procedimiento fantástico nos hemos metido en su cerebro. Hasta hay una escalera que parece abismarse y reflejarse de manera múltiple en el vacío gracias a espejos estratégicos que crean una sensación de vértigo.
Las piezas documentales incluyen cartas, fotografías, diarios de la época y toda clase de alusiones a la existencia del escritor. Hay diagnósticos sobre su enfermedad firmados por los médicos que lo trataron, postales, frascos de los remedios que tomaba y sobre todo, una idea general de puesta en escena que captó de manera refinada y simple un mundo complejo e inabarcable. Lo más impresionante es un documental en blanco y negro granulado que trata sobre Praga. Unas imágenes fragmentadas, temblorosas y pautadas por una música obsesionante que descompone la geografía de la ciudad en planos irreales y movimientos nerviosos. Y al final del documental, una frase reveladora que Kafka incluyó en una carta a Oskar Pollak, el 20 de diciembre de 1902: "Praga no deja escapar (…) Esta madrecita tiene garras. Hay que someterse o… Deberíamos encenderla en dos lados, en el Vyschrad y en el Hradschin, entonces sería posible liberarnos". Una conmovedora confesión temprana de alguien que, evidentemente, no pudo escapar de Praga pero tampoco la pudo incendiar. Una ciudad irrepetible, con atributos de lo infinito, creada para perderse y soñar y que "nunca termina de decir lo que tiene que decir".

Praga básica

LA CIUDAD de Praga tiene una extensión de 496 km² y según el último censo una población que ronda el millón doscientos cuarenta mil personas. Su altitud media sobre el nivel del mar es 235 metros. Tiene una temperatura anual que promedia los 20 grados en verano (julio) y menos 0,9 grados en invierno (enero). El río Moldava atraviesa la ciudad a lo largo de 30 kilómetros, y en su parte más ancha mide 330 m. Praga está dividida en 22 distritos administrativos y 57 partes urbanas. El núcleo histórico se compone de los barrios de Hradcany, Malá Strana (Ciudad Pequeña), Staré Mésto (Ciudad Vieja), Josefov, Nové Mésto (Ciudad Nueva) y Wysehrad. La moneda es la Corona Checa que se cotiza aprox. a 25 por Euro. Es la capital de la República Checa desde 1993 cuando se dividió la federación checoslovaca en dos países: República Checa y Eslovaquia.
TOMADO DE: http://www.elpais.com.uy/Suple/Cultural/10/09/24/cultural_516566.asp

Textos

París de posguerra

Victoria Ocampo

Deauville, Hotel du Golf 13 de agosto de 1946 Mis queridos Tota y Pepe:
ME ESCAPÉ de París el jueves pasado, no pudiendo soportar más el ruido y el olor de la calle Boissy d`Anglas (los jeeps de la embajada norteamericana a perpetuidad bajo mis ventanas). Me pareció que si no volvía rápidamente al campo, me iba a volver loca, moralmente y físicamente. Por primera vez en mi vida (y al margen del desagrado de vivir en pleno centro lo que es para mí un suplicio) no siento ningún placer, ninguna satisfacción al encontrarme en una ciudad en otro tiempo adorada (y codiciada cuando estaba exiliada de ella). Sufro de París en París, de manera continua aunque sorda. París me hace mal. Sufro a causa del nombre de ciertas calles, de las puertas de ciertas casas, del color de algunos atardeceres a lo largo de los Campos Elíseos, del perfil del Arco del Triunfo al fondo de la Avenida del Bois, del aspecto de algunas sillas en algunas confiterías, del olor de los castaños cuyas hojas comienzan a temblar, de cierta fuente de Luxembourg, de cierto puente sobre el Sena, de ciertos ascensores de Roux Cambalusier que subían pero que no bajaban con sus intrépidos viajeros. Sufro a causa de las piedras de París. Y del hierro de la Torre Eiffel y de Sain-Étienne-du-Mont, de Notre-Dame y de la estación del quai d`Orsay. Las cosas pueden abrumarnos, en un momento dado, de modo más cruel que una presencia o una ausencia humana. Precisamente porque representan, porque son testigos con atroz indiferencia de presencias y de ausencias desbordantes, desesperadamente familiares. Hasta los carteles de los teatros, el nombre de una juguetería (Le Nain Bleu) [El enano azul] bastan para sembrar el pánico en mí, ¡se viene la avalancha de los recuerdos! Apartémonos, me digo. Los recuerdos, para una memoria como la mía, son minuciosos, instantáneos, fulgurantes. Se parecen a esa dolorosa electrización del brazo cuando uno tiene la mala suerte de golpearse el codo. (…)
Como un cordero que recupera sus vellones en la abertura del cerco por donde siempre pasa, yo recupero en algunos rincones de París pequeños sufrimientos olvidados que se suman y ahondan mi sufrimiento actual, como un ladrido, de noche en el campo, agranda el silencio. Porque lo que acabo de referirles es el aspecto muy personal y privado de mi tristeza, de mi desolación parisiense. Pero también está el otro aspecto.
Cuando oía a Valéry, en 1929, repetir que también las civilizaciones son mortales; cuando caminábamos con Drieu en 1929 alrededor de Notre-Dame y volvíamos finalmente a su casa, en la calle Saint-Louis-en-l`Isle, para leer alguna nueva efusión de su pesimismo; cuando me decía: "Veo estas calles muertas invadidas por la maleza que cubre las ruinas"; cuando Drieu me decía: "Te das cuenta que ya no pueden crear nada"… comprendía el sentido de sus palabras, pero esas profecías quedaban fuera de mí, las escuchaba distraídamente no dándoles sino una importancia relativa. Estaba henchida de la felicidad de volver a Francia, a Europa y había poco lugar para otra cosa.
NOTA: Tota y Pepe, los destinatarios de la misiva, son Tota Cuevas (María Apolonia Atucha de Caro, condesa de Cuevas de Vera) y José "Pepe" Bianco.

La autora

VICTORIA OCAMPO (1890-1979) fue una figura crucial de la cultura argentina, a través de la revista Sur y las traducciones de la editorial del mismo nombre. Frecuentó figuras clave de la época en Estados Unidos, Europa y la India. En este número se reseñan sus Cartas de posguerra, que incluye la de esta página.
TOMADO DE: http://www.elpais.com.uy/Suple/Cultural/10/09/24/cultural_516578.asp

Biografía Escritora rusa:
Marina Tsvetáieva, gran figura de la poesía universal
Escrita por Ariadna Efron, la biografía Marina Tsvetáieva, mi madre es una de las puertas de entrada para conocer a esta autora de trágica vida y monumental obra, nacida en Moscú el 26 de septiembre de 1892. En librerías también se encuentra Mi Pushkin , mezcla de autobiografía y ensayo poético que revela su temprano deslumbramiento literario gracias a la figura del escritor ruso.  
Camilo Marks 

FOTO: arturoborra.blogspot.com/2010/06/un-poema-de-...
Si Marina Tsvetáieva (1892-1941) viera lo que ha ocurrido con ella en los últimos 20 años, creería que el mundo se ha vuelto loco: todos los días aparecen estudios sobre su obra; cada año sale una biografía; es la autora rusa más leída en su país y en el planeta; su departamento moscovita es sitio de peregrinaje para miles de personas; se planea la construcción de un gran museo en su honor; se ha bautizado con su nombre a un gigantesco barco que transporta turistas al Polo Norte; se han hecho películas, óperas y dramas basados en su vida; las composiciones que Shostakovich le dedicó se han incorporado al repertorio en los teatros de concierto; Susan Sontag, Joseph Brodsky y Doris Lessing se cuentan entre sus fervientes admiradores; Judi Dench lee sus versos en Londres y Nueva York ante salas repletas; en París, Roma, Berlín y muchas ciudades, los textos de Tsvetáieva se agotan en las librerías.
El anecdotario sobre la genial escritora es infinito. ¿Qué es lo que explica este fenómeno, que comenzó en los 80 en Rusia y pronto transformó a la autora en figura de culto universal?
En parte, los esfuerzos de Ariadna Efron, su única hija sobreviviente, quien, tras décadas de cárcel y destierro, ocupó su vida en la difusión de los libros de su progenitora. Marina Tsvetáieva, mi madre es un notable testimonio que tiende un poco a lo colosal, y se nota el peso de la censura (data de 1975): Ariadna escribe bien, pero prima la apología sobre el aporte literario. Y el retrato, aunque contiene imprescindibles detalles, es parcial.
Quizá este interés creciente, que alcanza ribetes de fanatismo, proviene de la propia figura de Tsvetáieva, quien ha sido percibida como víctima de su tiempo y, por supuesto, del poder de su poesía, que desafió a su época, a su país, a las convenciones lingüísticas, manteniéndose en el abismo de lo que se dice y lo que no se dice, de lo clásico y lo moderno, en el discurso terso, veloz, elíptico. Simón Karlinsky, su primer biógrafo, resume así la trayectoria de la artista: "El exilio, el olvido, la persecución y el suicidio pueden haber sido el destino de los poetas después de la Revolución, aunque sólo Marina Tsvetáieva experimentó cada uno de ellos".
Familia y literatura
Marina, quien pasó por tres revoluciones, dos conflagraciones mundiales y otras calamidades, proviene de una acaudalada, liberal y cultísima familia: su padre, Iván, fundó el Museo Pushkin, y su madrastra, María, fue una eximia pianista. En 1912, se casó con Serguéi Efron, del que estuvo alejada durante la guerra civil, pues Efron, de tendencias radicales, tuvo que pelear con el Ejército Blanco. El matrimonio tuvo tres hijos: Irina, la mayor, murió de hambre en 1920, en tanto Ariadna se convirtió en confidente y secretaria de su madre. En 1922, Tsvetáieva se reunió con Efron en Berlín y convivió con él los próximos 15 años, hasta su retorno a la ex URSS, en 1939. Giorgi, el único varón de la pareja, nació en París en 1926. Aunque ya era una figura consagrada en su patria, Marina fue víctima de la condena de las autoridades comunistas y de la hostilidad de los emigrados (no era antisoviética). En el ínterin, Efron y Ariadna comenzaron a trabajar para la NKVD, el todopoderoso órgano secreto, precursor del KGB. Al verse implicado en el asesinato de un agente, Efron huyó a Moscú. La policía gala interrogó a Marina, pero ella parecía confusa ante sus preguntas, y terminó recitándoles traducciones francesas de sus poemas, por lo que concluyeron que estaba trastornada. Aparentemente, Marina no sabía que su marido era espía; sin embargo, los exiliados la responsabilizaron por esas acciones, y el estallido de la Segunda Guerra la hizo regresar.
No pudo haber previsto los horrores que la aguardaban: el terror estalinista estaba en su apogeo y cualquiera que hubiese residido en el extranjero era sospechoso, aun cuando peor suerte corrían los escritores conspicuos antes de la Revolución. Efron fue ejecutado; Anastasia, hermana de la poetisa, encerrada en la cárcel, y Ariadna sufrió más de dos decenios en prisiones y centros de "reeducación". Marina trató de sobrevivir por su hijo de 15 años -el joven moriría poco después en el frente de batalla-, pero al ser enviada a Yelabuga, en la República Tártara, sin tener qué comer, se ahorcó en 1941. Nunca se sabrá dónde descansan sus restos.
Lo más asombroso en una persona tan asediada por la desgracia y la incomprensión, y que tuvo una breve vida, es el gigantesco corpus literario que legó: cuentos, novelas, relatos autobiográficos, críticas y, sobre todo, poemas. Perteneciente a la generación literaria más espléndida del siglo pasado, que nació y fue devorada por la Revolución bolchevique, sobresale por su heroísmo e intensidad, por estar fuera de su tiempo -"un poeta no es de ningún país ni de ninguna época", dijo-, por el desprecio a la opulencia y el materialismo de los filisteos -"sólo necesito papel y lápiz"-, por aceptar la alienación y la soledad, por negarse a formar parte de un grupo, porque la victoria no tenía significado para ella y porque la suya fue una causa perdida, en la que los héroes eran los proscritos, los marginados, los solitarios.
En esa constelación, que produjo a Osip Mandelstam -de quien fue amante-, Ana Ajmátova, Alexander Blok, Serguéi Esenin, Vladimir Mayakowski -por quien se atrevió a hablar cuando se suicidó-, Boris Pasternak, Andrei Bely -"ser perseguido y torturado no requiere torturadores, nos bastamos nosotros mismos", le escribió-, Vsevolodov Meyerhold, Mijaíl Bulgakov, Natalia Sats y muchos más, la voz de Marina Tsvetáieva resalta por el lenguaje único, que emplea escasos verbos, crea su propia sintaxis, demuele todo para encontrar la palabra y el tono precisos, y finalmente halla la razón de ser en el mito: "nada es ajeno a él, anticipa el verso, constituye la forma de todo".
Amores y poemas
Una mujer así tuvo que ser, por fuerza, ardiente e irresistible. Su amor por Serguéi Efron fue extremado, casi obsesivo, si bien ello no le impidió tener otros affaires con hombres -para Mandelstam escribió "Monolitos"- y mujeres: a la poetisa Sofía Parnok dedicó "La amiga"; a la actriz Sonia Gollidey, "Relato de Soniechka", y a Natalie Berney, conocida escritora lesbiana en el París modernista, "Carta a la amazona". No obstante, su gran pasión extramatrimonial fue Konstantin Rozdevitch, ex oficial que recibió a Marina y Efron en Praga y los ayudó en su calidad de museólogo, filántropo y eje de los exiliados rusos. El romance fue conocido por el esposo, y Ariadna se refiere con circunloquios al adulterio de su madre con este singular personaje. Rozdevitch es el héroe de "Poema del fin", "Poema de la montaña" y "Poema de despedida"; el ciclo conforma la cima poética de Tsvetáieva, y es posible que el relativo bienestar y la calma doméstica hayan propiciado el clima para esta formidable secuencia lírica.
En 1923, la poetisa inició su larga y tortuosa relación epistolar con Pasternak, quien la idolatraba; él inspiró "Cables" y "El poeta". El vínculo fue platónico, ya que Marina evitó conocerlo en persona cuando viajó a Europa. En el mismo período, Tsvetáieva y Rilke, que conocían uno la obra del otro casi de memoria, empezaron a escribirse.
Mucho más tarde, ella y Pasternak se vieron en Moscú; el poeta, Ana Ajmátova y el novelista Ilya Ehrenburg, favorito de Stalin, fueron los únicos que le tendieron la mano en sus últimos y peores años de vida.
Cielo e infierno
En la temprana poesía de Tsvetáieva vemos a una adolescente perturbada y vulnerable que busca desesperadamente su identidad. Su verbo, extático o angustiado, penetra en la esencia que motiva a las personas. Además de estar dotada con una mente brillante, poseía una gran defensa contra la depresión: el temple para fundirse con la naturaleza y el aislamiento, junto a un extraño humor: "Mi día es desordenado y absurdo:/ al mendigo, pido pan,/ al rico le ofrezco limosna".
¿Qué significaba ser poeta para Tsvetáieva? Aunque fue fundamentalmente apolítica y no tenía mayor respeto por la Iglesia y el Estado, suscribía el concepto de la poesía en manos de un poder más alto, el Dios de los poetas: "La condición para crear es la condición de ser vencido por un hechizo. Algo, alguien, habita en ti, tu mano cumple esos designios. ¿Quién es? Aquel que, a través de ti, quiere ser".
Lo que hace de ella una de las más grandes poetisas rusas del siglo XX -algunos la consideran la voz lírica femenina más descollante de la era contemporánea- es la fusión de lo épico y lo lírico, la potestad suprema de su intelecto, el carácter innovador y, a la vez, clásico de su lenguaje; en suma, el triunfo del genio. Su deslumbrante producción le ha dado la victoria sobre el tiempo y la terrible adversidad que sufrió. Esta mujer, de rarísima inspiración, poseedora de iluminadas intuiciones y de una técnica magistral, fue también un ser humano de inmensa estatura ética. Solía decir: "El talento no significa nada, la grandeza moral es mucho más importante".
Y eso es lo que su poesía transmite: las sobresalientes cualidades de Marina. Aún así, quien valoraba más que nada la valentía, el honor, la nobleza, la magnanimidad, la devoción a la familia y a los amigos, estaba dispuesta a sacrificarlo todo por su oficio: "Nunca en mi vida me he preocupado por algo que no sea el verso". El lenguaje fue su compañero, su maestro, su esclavo, y era capaz de pasar días, semanas, meses, hasta encontrar la palabra exacta y, especialmente, el sonido justo. En "Sobre un corcel rojo", la protagonista inmola su niñez, asesina a su amante, incluso ofrenda a su hijo para ser una poeta. Jamás es grandilocuente o pomposa: en la zona entre la vida y la muerte, el cielo y el infierno, reside el fulgor de sus versos.
Tsvetáieva nunca fue del todo ignorada en su nación ni pudo serlo, dada su eximia calidad literaria. Hasta en la peor fase del totalitarismo, sus libros eran leídos por minorías en Rusia, porque el ciclo basado en Rozdevitch estaba disponible o porque algunos títulos suyos se hallaban en las universidades o formaban parte de las bibliotecas públicas o privadas. Fue, desde luego, completamente reconocida por sus contemporáneos: Ana Ajmátova la enumeraba entre una fraternidad de pares, que incluía a Pasternak y Mandelstam, quien, a su vez, la llamó "la dorada, incomparable poeta". Hasta Vladimir Nabokov, que la consideraba confusa y decía que seguirla le producía dolor de cabeza, terminó rindiéndose frente a ella. Y nombres tan dispares como Eugeni Evtushenko o Joseph Brodsky no cesaban de homenajearla. Este último declaró que ni una voz más apasionada ha sonado jamás en la poesía rusa del siglo XX.
Al fin, Rusia y el resto del mundo han terminado a los pies del genio lírico más trágico de la era moderna, que se alza en el poema "A los fiscales de la literatura" para decir: "¿Ocultar todo para que la gente olvide/ como nieve que se derrite o una vela?/ ¿En el futuro, no ser más que un puñado de polvo/ bajo la cruz de la tumba? No quiero".
Las memorias de su hija, con toda su carga de contradicciones y medias tintas, son, de cualquier forma, una puerta de entrada a la vida y la obra de esta superlativa creadora.
TOMADO DE: http://diario.elmercurio.com/2010/09/26/al_revista_de_libros/_portada/noticias/93DF2F32-FB62-4925-8D93-235F1F1846C9.htm?id={93DF2F32-FB62-4925-8D93-235F1F1846C9}

Un poema de Marina Tsvetáieva
Perdóname. No quería.
Es grito de entraña devastada.
Así esperan los condenados
su ejecución al alba,

jugando al ajedrez. Risa
burlona el ojo del vigilante.
Somos los peones de un tablero
y alguien va jugando con nosotros en él.

¿Dioses buenos? ¿Malignos? ¿Quién?
Todo el horizonte es el ojo del vigilante.
Ruido metálico. Pasillo sangriento.
Ya se ha acabado el juego.

Un cigarrillo por última vez.
Y escupir -ah vida, vida.
Escupir. Al borde del tablero,
abierto está el camino -desangrarse-

a la huesa. Te miro de reojo.
Es la luna un ojo secreto que vigila.

-Qué lejos estás ya.

TOMADO DE: http://www.google.co.ve/imgres?imgurl=http://1.bp.blogspot.com/_IoroqfPUwm4/TCc6WqdlLKI/AAAAAAAAB6U/na_at9obfk0/s1600/marina.jpg&imgrefurl=http://arturoborra.blogspot.com/2010/06/un-poema-de-marina-tsvetaieva.html&usg=__mDRuajr2Q_SO4_oinLa6Zxe1pW4=&h=360&w=280&sz=13&hl=es&start=1&zoom=1&itbs=1&tbnid=DgWwkKNn_UThtM:&tbnh=121&tbnw=94&prev=/images%3Fq%3DMarina%2BTsvet%25C3%25A1ieva%26hl%3Des%26sa%3DG%26gbv%3D2%26tbs%3Disch:1
Carlos Jurado y el arte de la aprehensión de las imágenes, reconocimiento de la UV al artista
Rinden tributo a quien dotó de “magia borgiana” a la fotografía
El también muralista es considerado pionero en la recuperación del uso de la cámara estenopeica, hoy en boga
En un tratado de 1974 afirmaba que las cajas mágicas se hacían realizando un orificio con la punta de un cuerno de unicornio
El libro se presenta hoy en la FILUV
Foto
El libro es un trabajo de José Antonio Rodríguez y Alberto TovalínFoto Tomada del volumen
Mónica Mateos-Vega
 
Periódico La Jornada
Domingo 26 de septiembre de 2010, p. 2
Homenaje a un gran maestro: con la publicación del libro Carlos Jurado y el arte de la aprehensión de las imágenes, editado por José Antonio Rodríguez y Alberto Tovalín, la Universidad Veracruzana (UV) realiza el gran reconocimiento, hasta ahora relegado, a uno de los referentes fundamentales del arte fotográfico.
Se trata de un bello volumen de gran formato, cuyos interiores fueron impresos sobre papel Domtar Lynx White de 150 gramos. Además de una selección de la obra del homenajeado, incluye textos del propio Carlos Jurado, de Adrián Mendieta y José Antonio Rodríguez.
El volumen será presentado este domingo en Jalapa, en la Feria Internacional del Libro de la Universidad Veracruzana (FILUV), por Raquel Tibol, los autores y el artista.
Dentro de un laberinto borgiano
Algunos historiadores de la fotografía, tanto nacionales como europeos, citan como fuente fidedigna el tratado que en 1974 dio a conocer el maestro Carlos Jurado (San Cristóbal de las Casas, Chiapas, 1927), quien introdujo la cámara estenopeica como práctica creativa en México, titulado El arte de la aprehensión de las imágenes y el unicornio.
En ese texto, el artista explica que, según manuscritos renacentistas, las “cajas mágicas” que lograban captar imágenes ya se fabricaban en esa época de la siguiente manera: “Se toma un cuerno de unicornio, se aguza finamente la punta, y con él se practica un pequeño orificio sobre cualquier superficie refulgente. Por este orificio podrán hacerse pasar, comprimiendo su esencia, toda clase de personas, objetos y lugares, mismos que deberán ser guardados cuidadosamente en una caja de cartón donde permanecerán por la eternidad, para ser sacados cuando alguien los necesite”.
Incluso, el documento estaba acompañado por un pergamino emulsionado de color naranja, con la impresión de una tosca imagen de un unicornio, presuntamente del año 1039.
“El texto de Carlos era la única referencia que teníamos los historiadores de la foto, esa era la idea que nos comenzamos a formar en esa época y todo mundo lo citaba. Veíamos la imagen del unicornio y nos preguntábamos cómo la había conseguido, nos metió a esa generación de historiadores en un laberinto borgiano”, señala José Antonio Rodríguez, editor de un libro dedicado a Carlos Jurado en el que se repasa el tránsito del también muralista por la fotografía.
La historia del unicornio es una fábula inventada de pe a pa por el pintor, que le arranca sonoras carcajadas cuando descubre libros como la nueva novela de Kyra Galván, autora a la que no conoce y que en Los indecibles pecados de Sor Juana, al mencionar el conocimiento que tuvo la Décima Musa de los inventos de la época, uno de los personajes explica sesudamente: “En la antigüedad se aseguraba que el agujerito tenía que hacerse con la punta del cuerno de un unicornio. Por eso se le llamaba caja mágica, pues se decía que si no se usaba un cuerno de unicornio, la caja no serviría”.
También se ha atribuido erróneamente esa historia del unicornio ni más ni menos que a Nicéforo Niepce, francés del siglo XIX, considerado el inventor de la fotografía.
Rodríguez reitera: “esa es la gran magia borgiana que Carlos metió a este arte”, y añade, con respecto al libro, que preparó en colaboración con Alberto Tovalín, con apoyo de la UV: “A Jurado le debíamos un trabajo a fondo que abordara su vida y obra. Si bien tiene muchas publicaciones, son catálogos o folletos, y él tiene mucho qué mostrar, una historia portentosa.
Foto
Jurado contó en entrevista que en la década de 1970 tuvo problemas por dedicarse a la pintura y la fotografía de manera simultáneaFoto Jesús Villaseca
“Aun con la publicación de este volumen no hemos agotado su vida creativa. Hay muchos resquicios que él se guarda. Fundó la primera licenciatura en fotografía a escala nacional en la UV y puso en circulación la vieja técnica de la cámara estenopeica, hoy en gran boga, pero muchos no saben quién fue el pionero en hacer esto.”
Más que un caballo con un pico de cartón
“A mí me gusta haber inventado una leyenda; incluso, en una ocasión (el cantautor cubano) Silvio Rodríguez dijo que hizo la canción El unicornio azul después de haber escuchado esta historia de la quimera y la fotografía”, explica Jurado en entrevista con La Jornada.
–Y, en realidad, ¿qué es el unicornio plasmado en el pergamino?
–Es un caballo con un pico de cartón –responde Rodríguez.
–¿Cuál? No, es un unicornio de verdad –interrumpe Jurado entre risas.
–Sí, sí, perdón. Claro, es un pergamino emulsionado quién sabe con qué zumos. Aquello fue impresionante. Cuándo los jóvenes lo veíamos nos sorprendía, Carlos hasta decía que era de la colección Irving Collingwood de Inglaterra (también ficticia) –dice el crítico, actual dueño de la imagen.
Jurado lamenta que “vivamos una época de especializaciones, muy distinta al Renacimiento, en la que se era humanista, en lugar de tratar de dedicarse a una sola cosa. Inclusive tuve algunos problemas por practicar ambas disciplinas: la pintura y la fotografía. Me pedían que me definiera.
“Me tocó un momento muy difícil de la fotografía en México cuando me inicié, a principios de los años 70 del siglo anterior, cuando la única foto que se aceptaba era la social, ‘de compromiso’. A los que teníamos otra intensión prácticamente nos congelaban. Tuve rechazos muy notorios. Me habían invitado a participar en una exposición en el Museo de Arte Moderno, pero el curador (Lázaro Blanco) me eliminó en el último momento, porque dijo que mi trabajo no era fotografía. Era muy difícil estar presente. Ahora ya cambió todo el panorama.”
–¿Qué opina del trabajo que se hace ahora con la fotografía digital?
–Es inevitable el desarrollo tecnológico. Pero yo me quedo con mi criterio del medievo, hay más misterio y gusto. Me dicen que con las digitales hay mil posibilidades, pero yo no quiero tantas, sólo una. La fotografía estenopeica hoy es moda en el mundo entero; me imagino que un sector de las personas creativas se ha cansado del automatismo y quiere recuperar un poco la individualidad que permite este tipo de trabajo.
Adrián Mendieta, investigador del Instituto de Artes Plásticas de la UV, también participa con un texto en el libro Carlos Jurado y el arte de la aprehensión de las imágenes, que se presenta hoy a las 13:30 horas en el contexto de la Feria Internacional del Libro Universitario de la UV, en Jalapa, Veracruz. Participan: Raquel Tibol, Elizabeth Romero y Laura González Flores.
TOMADO DE: http://www.jornada.unam.mx/2010/09/26/index.php?section=cultura&article=a02n1cul

Enfermos pero muy poderosos

JESÚS RUIZ MANTILLA
EN: El País semanal. Madrid: 26 de septiembre de 2010. www.elpais.com
 
Cáncer, depresiones, alcoholismo, deficiencias cardiacas y sobre todo delirios de grandeza o ‘hybris’ han afectado a grandes líderes mundiales. ¿Para bien o para mal? Ambas cosas. El político y ex ministro británico David Owen ausculta la enfermedad instalada en el poder.
Quién sabe si la tensión vivida en la crisis de los misiles cubanos por John Fitzgerald Kennedy hubiese sido menor si este no la afrontara atiborrado de calmantes. Puede que el devenir de Francia en las últimas décadas habría resultado distinto si Mitterrand no hubiese ocultado su cáncer de próstata, o la irritabilidad de Hitler menor si no se pusiera fino de cocaína al final de la guerra. ¿Y del presente? ¿Estaríamos todos involucrados a nivel global en Irak o Afganistán si George Bush o Tony Blair no sufrieran claros síntomas de hybris o desmesura, un mal psicológico muy común en los dirigentes?
    Hitler tenía párkinson y consumía cocaína
    Párkinson y cocaína. Los males psiquiátricos de Adolf Hitler han dado para estudios de todo tipo. Pero no hay nada que indique que tomara decisiones fuera de sus cabales. Al final de la guerra le afectó el párkinson, sobre todo en la mano izquierda. Consumió habitualmente cocaína, recetada por sus médicos en los días del búnker. Tener solo un testículo también marcó su vida.- Fundación José María Castañé
"Si los estadounidenses hubieran sabido que Kennedy sufría la enfermedad de Addison, habría ganado Nixon”
“ Los problemas cardiacos de Tony Blair influyeron notablemente en su decisión de abandonar el poder”
Son cuestiones para las que un político como David Owen tiene varias respuestas. Dilemas y diagnósticos que esparce en su libro En el poder y en la enfermedad (Siruela). A la de diputado, líder del Partido Socialdemócrata y ministro de varios gabinetes británicos, Owen une su vocación médica. Ambas ciencias, la de la política y la de la medicina, le han hecho ofrecer servicios extras en política. Como fijarse si Leonid Bréznev mostraba síntomas de cáncer de garganta al reunirse con él. Pero también le han proporcionado los suficientes elementos de análisis como para ofrecer una más que curiosa y original perspectiva en su visión del poder.
Owen se limita a los últimos 100 años de historia y realiza revelaciones sustanciosas en su ensayo. Desde la polio de Franklin Delano Roosevelt y el alcoholismo de Churchill, hasta las depresiones de De Gaulle, la paranoia de Stalin y el párkinson de Hitler o las recientes borracheras de poder –léase hybris– de Bush y Blair.
La enfermedad es al tiempo un acicate y un freno entre los dirigentes. Tanto la dolencia en sí –física o psicológica– como las reacciones que generalmente produce. La primera de ellas es la ocultación, y eso tiene sus consecuencias. Los casos de Kennedy o Mitterrand son paradigmáticos. Pero sorprende mucho más, por novedoso, el de Blair. Según Owen, el ex primer ministro británico no forzó su salida por cuestiones meramente políticas. Sus problemas cardiacos influyeron mucho en la decisión: "Ahora no está obligado a dar cuenta de ello, ya que se ha retirado de sus responsabilidades. Pero mientras estuvo en ejercicio, como primer ministro elegido, debió hacerlo", asegura Owen.
El análisis y las conclusiones del político británico con el dirigente laborista sobre su posición ante la guerra de Irak son demoledoras. De las casi cien páginas que dedica al asunto, no realiza ni una sola mención a José María Aznar, otro de los miembros de la alianza, a quien, a juzgar por el número de menciones, no atribuye ningún calado político. Tampoco cree que Aznar padeciera el mismo síndrome de hybris que los dos políticos anglosajones. "No podría determinar si lo sufrió o no. Pero el hecho de que renunciara a ser reelegido parece indicar que no fue así", asegura Owen.
Uno de los problemas que genera la hybris es creerse señalado por el destino e imprescindible en la historia. Cuando a eso se une un fuerte sentimiento religioso, como en Blair y en Bush, se puede acentuar. "Blair todavía da muestras de padecer el mal aunque haya dejado el cargo. Su frenética búsqueda de un papel internacional lo denota. Quiere erigirse en negociador principal para el conflicto de Oriente Próximo cuando esa responsabilidad la sustentan más los estadounidenses".
En el caso de Bush, su fanatismo iluminado ha resultado preocupante. Owen cuenta una anécdota en el libro que lo demuestra: "En cierta ocasión le dijo a un ministro de Exteriores palestino: 'Me impulsa una misión de Dios. Él me dijo: George, ve a atrapar a esos terroristas en Afganistán. Y lo hice. Luego me dijo: ve a acabar con la tiranía en Irak. Y lo hice". Para Geoffrey Perret, biógrafo de varios presidentes norteamericanos, "es un lenguaje que no ha empleado ningún otro comandante en jefe en la historia de América".
No fue el ejemplo de Roosevelt –que también padeció hybris, aunque la atenuaba con sentido del humor– o Kennedy. Ni siquiera Nixon o Reagan, por citar dos republicanos con ansias también guerreras. Al primero también le afectó la hybris, esa enfermedad que Bertrand Russell definía como "la intoxicación de poder", pero casi más la depresión. Y el segundo pudo verse tocado por las primeras nubes del alzhéimer en los últimos años de su mandato, según Owen. Su actitud y sus declaraciones en el caso Irán-contra dan pistas acerca de ello.
Kennedy es un caso paradigmático por su rareza. Irrumpió en la escena internacional como un joven decidido y vigoroso. A los 43 años estaba lleno de lo que los kennedianos llamaban vigah: una mezcla explosiva de vitalidad, encanto y sentido del humor. Enfrente, los líderes mundiales, desde Nikita Jruschov en la URSS, con 66 años, hasta el papa Juan XXIII, con 79; De Gaulle, con 70, o el alemán Conrad Adenauer, con 84, le sacaban unas décadas. Pero, según Owen, "todos gozaban de mejor salud que él". Es más. Si los americanos hubieran sabido que Kennedy padecía la enfermedad de Addison cuando concurrió, probablemente habría ganado Nixon. Pero ocultó la insuficiencia que afecta de manera total o parcial a las glándulas suprarrenales. Y con ello, el hecho de que dependía de una terapia sustitutiva de hormonas. Aparte de una espiral de afición gratuita a los calmantes para sus dolores de espalda. Pequeños detalles que exigían tratamientos y medicación. Fue algo que pudo influir en su, según Owen, "inepta gestión del asunto Bahía de Cochinos".
Aun así, cuanto más se sabe de los problemas de salud de Kennedy, más se admira su fortaleza física, sostiene el autor. Los datos van apareciendo poco a poco. Abriéndose camino entre la maraña de secretismo que esparcieron él y otros tantos. Un asunto sobre el que Owen se extiende en el libro. Porque la deliberada ocultación de problemas de salud ha determinado el curso de muchas carreras políticas. ¿Habría seguido siendo Mitterrand presidente de Francia si no se hubiera empeñado en ocultar su cáncer de próstata? ¿Habría adoptado mejores decisiones en torno al conflicto de los Balcanes si el tratamiento no le hubiera afectado?
Queda como incógnita si hubiera presionado con más fuerza para hacer cumplir el plan de Atenas, rechazado por los serbobosnios en Pale. También Ruanda pudo pagar esas consecuencias, según Owen. De haber actuado con más determinación, "la ONU pudo haber aprobado un plan para enviar 6.000 soldados que impidieran el genocidio. Una postura más comprometida".
La Europa de la II Guerra Mundial también padeció las enfermedades de sus líderes y sus tiranos. Churchill fue el caso menos conocido. La cordura aliada frente al nazismo siempre ha hecho a sus líderes inmunes a ninguna sombra de mal. Pero lo cierto es que el primer ministro británico sufrió varias amenazas a su salud. Poco después de convencer al presidente Roosevelt de que entrara en guerra, padeció un leve ataque al corazón. Fue precisamente en la Casa Blanca. Pero más recurrente fue su tendencia a la depresión. El "perro negro", como él llamaba a sus ataques de melancolía, le acechaba de manera constante. La rama paterna era propensa, y esa herencia apenas quedaba mitigada por su afición a la buena mesa, los puros y el alcohol. Aun así, Churchill fue clave en la aniquilación del fascismo. Los enemigos exteriores no lograron doblegarle. Pero los interiores, tampoco.
El presidente estadounidense Roosevelt fue, según Owen, "el líder más influyente en la Segunda Guerra Mundial y, por tanto, en el siglo XX". Y eso que todo su mandato lo pasó en silla de ruedas. La polio que lo atacó con 39 años le dejó paralítico. Pero se resistía a mostrarse como un discapacitado. De las 35.000 fotografías que se conservan en la Roosevelt Presidencial Library, solo dos lo muestran en su silla. Su muerte fue objeto de controversia. Algunos mantenían que falleció de cáncer de estómago; otros, a causa de un melanoma maligno. Pero para el autor, hoy no hay duda de que falleció a causa de un derrame o un accidente cardiovascular por insuficiencia cardiaca.
Entre los sátrapas han preponderado los males psicológicos. Stalin padecía una indiscutible paranoia. Era de tal calibre que, como relata Owen en el libro, "ordenó que dispararan a un guardia personal después de que este, sin darse cuenta, hiciera que le arreglaran unas botas para que no crujieran". Koba se alarmó al comprobar que se acercaba sin que él pudiera oírlo y se empeñó en matarle. Lo paradójico, según el autor, es que en algún caso su obsesiva paranoia "le permitió sobrevivir".
Úlcera gastroduodenal fue el mayor problema físico de Mussolini. Pero lo peor fue su pérdida de contacto con la realidad y su trastorno bipolar. Algo que Hitler no sufrió. El Führer fue siempre consciente de sus decisiones. Era difícil diagnosticarle enfermedades mentales. Las apariencias engañan. El hecho de verle enfurecido en sus discursos no significa que sufriera males que le convirtieran en inútil. Era propaganda. Una mera estratagema para recavar y conectar con el odio creciente de una nación humillada. Fue hábil y sagaz. No hay duda de que sufrió hybris. Psicoverborrea, también. Unos estudios le definen como psicópata neurótico; otros, como obsesivo por el miedo al contagio por vía de sangre, y ha sido probado que durante toda su vida le afectó la monorquidia, el hecho de tener solo un testículo. Lo bueno de eso fue el remedio. Su médico personal le prescribió inyecciones de testículo de toro con azúcar de uva. Aunque para su hipocondría y su insomnio se incrementaron las recetas. La aparición del párkison con temblores en la mano izquierda pudo afectarle en decisiones clave. Pero también la cocaína que consumía y que le condujo a una mayor irritabilidad y decisiones compulsivas. El resto de su derrumbe es de sobra conocido.

sábado, 25 de septiembre de 2010

ALGO DE LITERATURA Y ARTE...

ALGO DE LITERATURA Y ARTE...








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A casi 40 años de su muerte, los poetas jóvenes cuestionan a Alejandra Pizarnik

En el 18° Festival de Poesía de Rosario la consideran una “poeta de iniciación”.
Por Ezequiel Alemián     
 
           ALEJANDRA PIZARNIK. EN UNA FOTO TOMADA POCO ANTES DE SU MUERTE.
ALEJANDRA PIZARNIK. EN UNA FOTO TOMADA POCO ANTES DE SU MUERTE.
Cuatro aperturas tuvo ya el 18° Festival Internacional de Poesía de Rosario , pero seguramente tendrá un solo cierre. El martes abrió Paco Ibáñez con sus canciones sobre textos de Jorge Manrique y el Arcipreste de Hita; el miércoles primero fue Rafael Ielpi, director de una de las sedes, y después Miguel Lifschitz, intendente de la ciudad. El jueves fue el turno de Martín Prieto, director de otra de las sedes. Prieto dejó inaugurada además una maravillosa muestra de collages de Eduardo Stupía, especialmente preparada para este encuentro, que el domingo a la noche se despedirá de Rosario con la puesta en escena de Mujeres terribles , obra de Marisé Monteiro y Viviana Uriarte que indaga en la extraña amistad que mantuvieron Silvina Ocampo y Alejandra Pizarnik.
Hoy sábado se cumplen 38 años de la muerte, por suicidio, de Pizarnik. En Rosario, sin embargo, no se habla demasiado de ella. Incluso para los poetas más jóvenes, los que están editando sus primeros libros, Pizarnik carga con el peso de ser considerada una “poeta de iniciación”.
Luciana Caamaño es una poeta marplatense que lleva tatuada en su antebrazo derecho una frase de Pizarnik (“como cuando se abre una flor y refleja el corazón que no tiene”). Dice Caamaño que empezó a leer poesía leyendo a Pizarnik, y que en su momento leyó varias veces su obra completa. “Me gustaban su cinismo, su non sense . Pero después me cansé del tono que tiene, me agotó esa cosa de estar todo el tiempo preguntándose por lo que hay detrás de la palabra, hasta dónde se puede decir”.
Para Caamaño, los jóvenes leen a Pizarnik como si fuese una especie de versión cool de Alfonsina Storni (depresiva, suicida), y dice que su figura no deja de representar una suerte de Otro absoluto, por poeta y por mujer.
Pizarnik, que había nacido en 1936, publicó cuatro libros en vida: Arbol de Diana (1962), Los trabajos y las noches (1965), Extracción de la piedra de la locura (1968) y El infierno musical (1971). Es una poesía de soledad y de tristeza, construida con un lenguaje de imágenes muy emotivas y casi metafísicas, lejanamente vinculadas con el surrealismo y con la escritura que practicaba Alejandro Porchia. Después de su muerte empezó a circular su prosa, mucho más lúdica y audaz, desafiante, en el juego de sonidos y transformaciones de las palabras y las frases. En el interés que hoy despiertan la edición de textos sobre su vida y su correspondencia, se evidencia un interés que excede a su producción escrita.
“La lectura de su obra está muy marcada por el imaginario que rodea a la persona. Eso a veces dificulta el acercamiento a sus poemas”, señala Julián Bejarano, poeta porteño que vive en Paraná.
Escritores y críticos se han ocupado de la obra de Pizarnik: Tamara Kamenszain, Cristina Piña, Ivonne Bordelois, María Negroni. El novelista César Aira le dedicó un libro.
La poesía de Pizarnik, dice Aira, no abre un camino estético, sino que lo cierra. De ahí, podría pensarse, la dificultad para encontrarle continuadores. Pizarnik admite imitadores, pero no continuadores. En su estilo, es imposible hacer algo que no se le parezca.
“Cuando empecé a escribir”, recuerda la poeta santafesina Cecilia Moscovich, ”sentí que sus poemas ponían palabras a lo que a mí me pasaba. Era como mirarme al espejo. Ahora su figura me da un poco de lástima, por esa pulsión que parecía tener de mejorar su arte a costa de su estabilidad anímica . Porque para escribir como ella, tenés que vivir en ese riesgo”.
En la reedición de su primer libro ( Escrito en un nictógrafo ), Arturo Carrera incluyó un CD con la grabación de una conmovedora lectura del texto, que hizo Pizarnik. Bueno: una lectura de Carrera iba a ser la quinta apertura del festival. Pero Carrera no vino. Al parecer, arreglando unas flores se lastimó un ojo, y le pusieron un parche temporal, que no le permite focalizar bien la mirada sobre los versos de sus poemas.
TOMADO DE: http://www.clarin.com/sociedad/muerte-jovenes-cuestionan-Alejandra-Pizarnik_0_341966005.html

Un poema inédito de Heberto Padilla. A diez años de su partida
Por Belkis Cuza Malé


FOTO: http://www.cubademocraciayvida.org/media/1-f2/HEBERTO%20PADILLA.jpg

Durante años he cargado de un sitio a otro con los archivos de Linden Lane Magazine, y los míos propios, que incluyen la papelería de Heberto Padilla y las fotos familiares de esas casi tres décadas que estuvimos casados.

Ahora que se cumplen diez años de su partida (hacia ese punto infinito que es el cielo espiritual), me han asaltado la tristeza y la nostalgia por tantos años de amor, vividos y compartidos. Por eso, desempolvando mis papeles y buscando algo nuevo que pudiera ofrecer a sus lectores, a ésos que no olvidan sus poemas, no sólo los más polémicos de Fuera del juego, sino también los de El justo tiempo humano y El hombre junto al mar, encontré uno inédito, escrito de su puño y letra.

Los grandes poetas lo son porque sus poemas pueden ser memorizados, tarareados, convertidos en canciones, como hacían los juglares en el medioevo. Y les echamos mano cuando queremos susurrar nuestras emociones o llorar con nuestros fracasos. Y eso está pasando con la poesía de Heberto, aunque no fuese un hombre de escribir muchos libros. Prefería vivir, viajar, compartir un trago con los amigos, hablar de política, leer a su modo los libros que le interesaban y fumar sus habanos. A pesar de su gran talento, fue un melancólico y depresivo (y ni él mismo lo sabía). Yo, que estaba acostumbrada a oirlo, presentía que debajo de su sarcasmo y jocosidad (siempre mezclaba una cosa con la otra), sufría. No dejó nunca de sentirse fuera del juego en todos los sitios. Detrás de ese ser bullicioso y alegre, al extremo de que podía parecer superficial y desafiante -- tono que pareció molestar a Jorge Edwards, según cuenta en su famoso Persona non grata--, estaba el Heberto tímido.

*Yo siempre he vivido en Cuba*
, dice en uno de sus famosos poemas. Pero en realidad, era un hombre que prefería el universo como hogar, y en especial los países escandinavos. Sí, era contradictorio. Muy, mucho.

No voy a hablar aquí de su autocrítica en la UNEAC, la noche del 27 de abril de 1971, ni de lo que sufrió hasta su salida de Cuba, el 16 de marzo de 1980. Quiero sólo recordarlo como el Heberto que fue parte de mi vida y del que aprendí muchas cosas, aunque nunca *a rimar*. Y verán por qué.

Buscando, como dije antes, entre mis archivos, encontré una vieja agenda que alguien, creo que un amigo alemán, no recuerdo si fue el poeta Hans Magnus Enzensberger, o Gunther Mask, le regaló a principio de los setenta. Allí, a ratos, solía escribir algunos textos que nunca usó. Hay un pequeño ensayo sobre Paradiso, de José Lezama Lima, apuntes para su novela En mi jardín pastan los héroes, y otras notas. Pero hay también un poema, que nunca publicó, que nunca pulió, y que sin duda fue escrito en la época de El hombre junto al mar. El tono es lóbrego, duro con él mismo, y sarcástico al final. Está escrito con tinta roja, al igual que otras cosas que aparecen allí.

Sus poemas han sido siempre para mí esbozos biográficos. Tres cosas hay en éste que también lo confirman. En primer lugar, habla de nuestro pequeño apartamento en La Rampa, donde se produjo nuestra detención. Y aunque lo describe como *una covacha* (era sólo un pequeño apartamento), hace referencia a un sofá cama y un aire acondicionado. Sí, eso era todo, aunque también estaban las paredes llenas de libros y cuadros. Al menos, se reconoce feliz porque tenía mucho amor en su corazón.

En segundo lugar, se refiere a los poemas de su esposa (es decir, yo) y dice que eran como imperdibles que herían. Y agrega que yo no sabía rimar. ¿Por qué eran como imperdibles que hincaban? Porque mis poemas de entonces, los de Juego de damas, una especie de, sin yo pretenderlo, contrapartida femenina de su Fuera del juego, hablaba de muchas cosas que a él de seguro le molestaban. Un libro donde intuía mi juicio crítico sobre su machismo, que yo hacía extensivo a la mayoria de los hombres. Y sí, es cierto, no sabía ni sé rimar, no sé hacer cantarín el verso. Y tengo que sonreirme ante su ocurrencia.
Belkis Cuza Malé y Heberto Padilla

Y en tercer lugar, están esas líneas proféticas del final, donde señala que una vez más nuestra perrita (Titina, una salchicha no pura, que trajimos de nuestra *prisión* en Cumanayagüa) había defecado en algún sitio de la casa. Y usa el término honomatopéyico plaf, plaf, para señalar que de seguro hasta en sus funerales lo haría, como si aplaudiera.

Tres días antes de su fallecimiento (y se lo comenté a él por teléfono el viernes 22 de septiembre de 2000), mi salchicha Pattern, de súbito, perdió el control de sus paticas traseras y comenzó a arrastrarse como un reptil. Este doloroso hecho venía acompañado de diarreas incesantes, al extremo de que su grave enfermedad me impidió asistir a los funerales de Heberto. ¿No lo había profetizado en este *Poema póstumo*, que dejó inédito? El, que parecía avergonzarse de mis dotes de *pitonisa*, se ha convertido en fuente de información espiritual desde ese cielo en que ahora habita, y que yo imagino todo azul, como el de Cuba.

Les copio el *Poema póstumo*, y les incluyo nuevas fotos, para recordarlo como él merece, como un gran poeta y ser humano, no lo duden.

 
Poema póstumo

Heberto Padilla fue un gran artista
mientras vivió en la covacha
sin agua. Allí fue suficiciente
el aire acondicionado y el sofá cama
porque recién tenía mucho amor en el corazón.

Ahora, ¿quién puede leer su poesía?
¿Quién habrá de leerla
cuando ya se haya ido?
Los poemas de su mujer
eran como tragarse imperdibles,
todos hincaban. Además, no sabía
rimar.

La vida fue para él como
una herida abierta.
La juventud se encargó. En
la pared de su cueva aún
se incrustaba su casa
de madera.

Plaf, plaf --sigue cagando
la perrita.
Plaf, plaf, hasta
en sus funerales.
Fue como si aplaudiera.
Heberto Padilla (en La Habana, años setenta)
TOMADO DE: http://www.reneabella.com/2010/09/un-poema-inedito-de-heberto-padilla.html Y
www.belkiscuzamale.blogspot.

Galería de gente social media: Jorge Gómez Jiménez

Esta sección bien pudiera llamarse Galería Jorge Gómez Jiménez, porque mucho antes de que el término social media se volviera omnipresente, Jorge llevaba años siéndolo. Todo comenzó con Letralia, la tierra de letras, revista literaria digital que nació en el temprano año de 1996. La fecha siempre me ha impresionado y ya una vez escribí sobre eso: si uno hace memoria, en 1996 Internet en Venezuela daba sus primeros pasos y uno de esos fue Letralia. Por si fuera poco, Letralia fue concebida no sólo como una revista literaria sino como una auténtica comunidad, una ciudad que se habita, que se vive, que tiene mapa y vasos comunicantes. Cuando un autor publica algún trabajo en un número de Letralia, obtiene su pasaporte y se convierte en ciudadano de la tierra de letras, pasando a formar parte de una red muy vasta, tal como se puede apreciar en la lista de firmas de Letralia.
Jorge, por supuesto, también tiene su blog, JorgeLetralia, y su página de perfil personal. Además, desde su cuenta de twitter se ha vuelto una fuente de información indispensable para aquellos que están interesados en el día a día del mundo de la literatura, así como también en noticias de los más variados temas.
Desde el principio, Jorge entendió que el oficio literario digital no consistía únicamente en escribir y publicar, sino tambíen en construir una auténtica red. Por eso, Jorge Gómez Jiménez tiene que ocupar un lugar destacado en esta galería. 
 

ENTREVISTA MONICA LAVIN

Sor Juana: inteligente y seductora

En su novela, la autora mexicana dice de la escritora del Siglo XVII "en 300 años no hubo nadie a la altura de Sor Juana" , y que la hipótesis de que era amante de la virreina es "misógina".

Por: Fernanda Nicolini
Assumpta Serna como Sor Juana en el filme "Yo, la peor de todas"(1990).
Por qué la vida de una monja de clausura de la época del virreinato, que trascendió por haber escrito algunos de los versos más famosos del Siglo de Oro español ­esa literatura barroca que quedó atrapada en los manuales escolares­ aún inspira obras de teatro, ensayos y novelas? ¿Qué tiene Sor Juana Inés de la Cruz que fue recuperada como referente lírico a comienzos del siglo XX, luego reivindicada por el feminismo y, ahora, se ha convertido en personaje de ficción? La escritora mexicana Mónica Lavin, autora de Yo, la peor (Grijalbo) ­libro que vino a presentar a la Argentina­, cuenta que entró a la vida de Sor Juana a través de la cocina: una amiga le había encargado el prólogo de un texto con recetas atribuidas a la poeta de "Hombres necios..." y al investigar, se dio cuenta de que detrás de la figura que aparece en el billete de 200 pesos mexicanos, no sólo se escondía una de las personalidades más fascinantes de la historia de su país, sino una mujer moderna. E imaginó cómo habría sido su relación con otras mujeres, en una novela coral en la que se cruzan las voces de su hermana, su maestra, la virreina, su sobrina y la de la propia Sor Juana, la única que realmente tuvo voz en su tiempo.

"En 300 años de la colonia en México no hubo nadie, ni mujer ni hombre, que estuviera a su altura ­dice Lavin­. No sólo escribía poemas y obras de teatro, también estudiaba astronomía, debatía las ideas de su tiempo, leía sobre ciencia; era renacentista. Y, por otro lado, era muy moderna en su astucia para moverse en su tiempo.

Ella sabía que tenía que estar bien con los poderosos y sabía cómo manipularlos".
-¿Cómo logró moverse entre poderosos siendo mujer y monja? ­
-Por qué ella brilló es una de las tesis de la novela. Había otras mujeres inteligentes y alfabetizadas, pero lo que la hace única es el talento, la disciplina, el rigor, la ambición y la astucia para tomar las señales de su tiempo, navegar con las personas adecuadas y montarse en la ola.
-¿Y cómo hacía para que los hombres la protegieran? ­
-
Esa es una paradoja: necesitaba protección económica al igual que todas las mujeres de su época y como vivió en la corte, logró que pagaran su dote para entrar en el convento. ¿Pero cómo consiguió que la apoyaran? Yo creo que era una seductora con su inteligencia y con su ingenio, tiene muchos textos y poemas graciosos, irónicos. El virrey ­algunos han dicho que era la amante­ la admiraba.
A los que les hacía mella era a los hombres de la Iglesia, era una monja incómoda.
-Octavio Paz dice, en su ensayo "Las trampas de la fe", que Sor Juana se hizo monja para acceder al conocimiento.
-Sí, desde luego. En la respuesta a Sor Filotea, la famosa carta en la que un obispo se hace pasar por mujer para acusarla, da cuenta que ser monja era una posibilidad de ocupar algún espacio en la colonia. El matrimonio no le hubiera servido y desde niña sabía que ella quería acceder al conocimiento: se cortaba el pelo como autocastigo por no haber estudiado lo suficiente.
-¿Encuentra algún paralelismo entre una mujer de hace tres siglos que se movía en el poder y una actual? ­

-
Hay algo que se sigue repitiendo: para avanzar necesitás de esos vínculos de los que se hizo ella.
No creo que podamos hablar de similitudes en las oportunidades, pero sí en la complicidad entre las mujeres, en una red de solidaridad femenina que se arma en temas que las involucran. Ahora podría ser el aborto. De todos modos no creo que tuviera la preocupación de la trascendencia ni de estar dándole voz a las mujeres.
Eso es una idea muy moderna.
Ella tenía sed de inteligencia, fueran hombres o mujeres, por eso era amiga de las virreinas que eran las cultas. Si no, ¿con quién iba a hablar?
­-¿Por qué la novela no incluye la hipótesis de su relación lésbica con la virreina?
­-Porque siento que se ha explotado mucho y no me la creo. Es una salida muy fácil decir "eran lesbianas y por eso la ayudó". Me parece un discurso misógino.
¿Por qué no pueden ser amigas dos mujeres y admirarse?
­ -En los últimos cien años, la figura de Sor Juana fue retomada una y otra vez, ¿qué es lo que la hace tan atractiva?
­-Es intrigante. Ustedes también tienen la película famosa de María Luisa Bemberg (Yo, la peor de todas ). A lo mejor no la hemos ex- primido lo suficiente en el terreno de lo artístico. Es una voz que nos confronta con nosotros mismos y sigue siendo un enigma cómo resolvió librar su tiempo.
TOMADO DE: http://www.revistaenie.clarin.com/notas/2010/09/14/_-02207864.htm

viernes, 24 de septiembre de 2010

La lluvia Por Arturo Uslar Pietri

La lluvia
Por Arturo Uslar Pietri
Uslar Pietri, además de otras muchas cosas, es, tal vez, el más importante escritor venezolano del siglo XX. Su obra más conocida es la novela "Las lanzas coloradas" (en la que narra las andanzas de mi paisano Tomás Boves). Se le considera, junto a su compatriota Rómulo Gallegos y al mejicano Juan Rulfo, uno de los padres del "realismo mágico". En concreto, este cuento es una de las primeras obras editadas asociada a ese movimiento.

La luz de la luna entraba por todas las rendijas del rancho y el ruido del viento en el maizal, compacto y menudo como de lluvia. En la sombra acuchillada de láminas claras oscilaba el chinchorro lento del viejo zambo; acompasadamente chirriaba la atadura de la cuerda sobre la madera y se oía la respiración corta y silbosa de la mujer que estaba echada sobre el catre del rincón.
La patinadura del aire sobre las hojas secas del maíz y de los árboles sonaba cada vez más a lluvia, poniendo un eco húmedo en el ambiente terroso y sólido.
Se oía en el hondo, como bajo piedra, el latido de la sangre girando ansiosamente.
La mujer sudorosa e insomne prestó oído, entreabrió los ojos, trató de adivinar por las rayas luminosas, atisbó un momento, miró el chinchorro quieto y pesado, y llamó con voz agria.
- ¡Jesuso!
Calmó la voz esperando respuesta y entre tanto, comentó alzadamente:
- Duerme como un palo. Para nada sirve. Si vive como si estuviera muerto...
El dormido salió a la vista con la llamada, desperezóse y preguntó con voz cansina:
- ¿Qué pasa Eusebia? ¿Qué escándalo es ése? Ni a la noche puedes dejar en paz a la gente.
- Cállate, Jesuso, y oye.
- Qué.
- Está lloviendo, lloviendo, ¡Jesuso! Y ni lo oyes. ¡Hasta sordo te has puesto!
Con esfuerzo, malhumorado, el viejo se incorporó, corrió a la puerta, la abrió violentamente y recibió en la cara y en el cuerpo medio desnudo la plateadura de la luna llena y el soplo ardiente que subía por la ladera del conuco agitando las sombras. Lucían todas las estrellas.
Alargó hacia la intemperie la mano abierta, sin sentir una gota.
Dejó caer la mano, aflojó los músculos y recostóse en el marco de la puerta.
- ¿Ves, vieja loca, tu aguacero? Ganas de trabajar la paciencia. La mujer quedóse con los ojos fijos mirando la gran claridad que entraba por la puerta. Una rápida gota de sudor le cosquilleó la mejilla. El vaho cálido inundaba el recinto.
Jesús tornó a cerrar, caminó suavemente hasta el chinchorro, estiróse y se volvió a oír el crujido de la madera en la mecida. Una mano colgaba hasta el suelo resbalando sobre la tierra del piso.
La tierra estaba seca como una piel áspera, seca hasta el extremo de las raíces, ya como huesos; se sentía flotar sobre ella una fiebre de sed, un jadeo, que torturaba a los hombres.
Las nubes oscuras como sombra de árbol se habían ido, se habían perdido tras de los últimos cerros más altos, se habían ido como el sueño, como el reposo. El día era ardiente. La noche era ardiente, encendida de luces fijas y metálicas.
En los cerros y en los valles pelados, llenos de grietas como bocas, los hombres se consumían torpes, obsesionados por el fantasma pulido del agua, mirando señales, escudriñando anuncios...
Sobre los valles y cerros, en cada rancho, pasaban y repasaban las mismas palabras:
- Cantó el carraó. Va a llover...
- ¡No lloverá!
Se lo repetían como para fortalecerse en la espera infinita.
- Se callaron los chicharras. Va a llover...
- ¡No lloverá!
La luz y el sol eran de cal cegadora y asfixiante.
- Si no llueve, Jesuso, ¿qué va a pasar?
Miró la sombra que se agitaba fatigosa sobre el catre, comprendió su intención de multiplicar el sufrimiento con las palabras, quiso hablar, pero la somnolencia le tenía tomado el cuerpo, cerró los ojos y se sintió entrando en el sueño.
Con la primera luz de la mañana Jesuso salió al conuco y comenzó a recorrerlo a paso lento. Bajo sus pies descalzos crujían las hojas vidriosas. Miraba a ambos lados las largas hileras del maizal amarillas y tostadas, los escasos árboles desnudos y en lo alto de la colina, verde y profundo, un cactus vertical. A ratos deteníase, tomaba en la mano una vaina de frijol reseca y triturábala con lentitud haciendo saltar por entre los dedos los granos rugosos y malogrados.
A medida que subía el sol, la sensación y el calor de aridez eran mayores. No se veía nube en el cielo de un azul de llama. Jesuso, como todos los días, iba, sin objeto, porque la siembra estaba ya perdida, recorriendo las veredas del conuco, en parte por inconsciente costumbre, en parte por descansar de la hostil murmuración de Usebia.
Todo lo que dominaba del paisaje, desde la colina, era una sola variedad de amarillo sediento sobre valles sedientos y estrechos y cerros calvos, en cuyo flanco una mancha de polvo calcáreo señalaba el camino.
No se observaba ningún movimiento de vida, el viento quieto, la luz fulgurante. Apenas la sombra sí se iba empequeñeciendo. Parecía aguardase un incendio.
Jesuso marchaba despacio, deteniéndose a ratos como un animal amaestrado, la vista sobre el suelo, y a ratos conversando consigo mismo.
- ¡Bendito y alabado! ¿Qué va a ser de la pobre gente con esta sequía? Este año ni una gota de agua y el pasado fue el inviernazo que se pasó de aguado, llovió más de la cuenta, creció el río, acabó con las vegas, se llevó el puente... Está visto que no hay manera... Si llueve, porque llueve... Si no llueve, porque no llueve...
Pasaba del monólogo a un silencio desierto y a la marcha perezosa, la mirada por tierra, cuando sin ver sintió algo inusitado, en el fondo de la vereda y alzó los ojos.
Era el cuerpo de un niño. Delgado, menudo, des espaldas, en cuclillas, fijo y abstraído mirando hacia el suelo.
Jesuso avanzó sin ruido, y sin que el muchacho lo advirtiera, vino a colocársele por detrás, dominando con su estatura lo que hacía. Corría por tierra culebreando un delgado hilo de orina, achatado y turbio de polvo en el extremo, que arrastraba algunas pajas mínimas. En ese instante, de entre sus dedos mugrientos, el niño dejaba caer una hormiga.
- Y se rompió la represa... ya ha venido la corriente... bruum... bruum, y la gente corriendo... y se llevó la hacienda de tío sapo... y después el hato de tía tara... y todos los palos grandes... zaaas... bruuuum... ya y ahora tía hormiga metida en ese aguazón...
Sintió la mirada, volvióse bruscamente, miró con susto la cara rugosa del viejo y se alzó entre colérico y vergonzoso.
Era fino, elástico, las extremidades largas y perfectas, el pecho angosto, por entre el dril pardo la piel dorada y sucia, la cabeza inteligente, móviles los ojos, la nariz vibrante y aguda, la boca femenina. Lo cubría un viejo sombrero de fieltro, ya humando de uso, plegado sobre las orejas como bicornio, que contribuía a darle expresión de roedor, de pequeño animal inquieto y ágil.
Jesuso terminó de examinarlo en silencio y sonrió.
- ¿De dónde sales, muchacho?
- De por ahí...
- ¿De dónde?
- De por ahí...
Y extendió con vaguedad la mano sobre los campos que se alcanzaban.
- ¿Y qué vienes haciendo?
- Caminando.
La impresión de la respuesta dábale cierto tono autoritario y alto, que extrañó al hombre.
- ¿Cómo te llamas?
- Como me puso el cura.
Jesús arrugó el gesto, desagradado por la actitud terca y huraña. El niño pareció advertirlo y compensó las palabras con una expresión confiada y familiar.
- No seas malcriado - comenzó el viejo, pero desarmado por la gracia bajó a un tono más íntimo -. ¿Por qué no contestas?
- ¿Para qué pregunta? - replicó con candor extraordinario.
- Tú escondes algo. O te has ido de casa de tu taita.
- No, señor.
Jesuso se rascó la cabeza y agregó con sorna:
- O te empezaron a comer las patas y te fuiste, ¿ah, vagabundito?
El muchacho no respondió, se puso a mecerse sobre los pies, los brazos a la espalda, chasqueando la lengua contra el paladar.
- ¿Y para dónde vas ahora?
- ¿Y qué estás haciendo?
- Lo que usted ve.
- ¡Buena cochinada!
El viejo Jesuso no halló más que decir, quedaron callados frente a frente, sin que ninguno de los dos se atreviese a mirarse a los ojos. Al rato, molesto por aquel silencio y aquella quietud que no hallaba cómo romper, empezó a caminar lentamente como un animal fantástico, advirtió que lo estaba haciendo y lo ruborizó pensar que pudiera hacerlo para divertir al niño.
- ¿Vienes? - le preguntó simplemente. Calladamente el muchacho se vino siguiéndolo.
En llegando a la puerta del rancho halló a Usebia atareada encendiendo fuego. Soplaba con fuerza sobre un montoncito de maderas de cajón de papeles amarillos.
- Usebia, mira - llamó con timidez - mira lo que ha llegado.
- Ujú - gruñó sin tornarse, y continuó soplando.
El viejo tomó al niño y lo colocó ante así, como presentándolo, las dos manos oscuras y gruesas sobre los hombros finos.
- ¡Mira, pues!
Giró agria y brusca y quedó frente al grupo, viendo con esfuerzo por los ojos llorosos de humo.
- ¿Ah?
Una vaga dulzura le suavizó lentamente la expresión.
- Ajá. ¿Quién es?
Y respondía con sonrisa a la sonrisa del niño.
- ¿Quién eres?
- Pierdes tu tiempo en preguntarle, porque este sinvergüenza no contesta.
Quedó un rato viéndolo, respirando su aire, sonriéndole, pareciendo comprender algo que se escapaba a Jesuso. Luego muy despacio se fue a un rincón, hurgó en el fondo de una bolsa de tela roja y sacó una galleta amarilla, pulida como metal de dura y vieja. La dio al niño y mientras éste mascaba con dificultad la vieja pasta, continúo contemplándolos, a él y al viejo alternativamente, con aire de asombro, casi de angustia.
Parecía buscar dificultosamente un fino y perdido hilo de recuerdo.
- ¿Te acuerdas, Jesuso, de Cacique? El pobre.
La imagen del viejo perro fiel desfiló por sus memorias. Una compungida emoción los acercaba.
- Ca-ci-que... - dijo el viejo como comprendiendo a deletrear.
El niño volvió la cabeza y lo miró con su mirada entera y pura. Miró a su mujer y sonrieron ambos tímidos y sorprendidos.
A medida que el día se hacía grande y profundo, la luz situaba la imagen del muchacho dentro del cuadro familiar y pequeño del rancho. El color de la piel enriquecía el tono moreno de la tierra pisada, y en los ojos la sombra fresca estaba viva y ardiente.
Poco a poco las cosas iban dejando sitio y organizándose para su presencia. Ya la mano corría fácil sobre la lustrosa madera de la mesa, el pie hallaba el desnivel del umbral, el cuerpo se amoldaba exacto al butaque de cuero y los movimientos cabían con gracia en el espacio que los esperaba.
Jesuso, entre alegre y nervioso, había salido de nuevo al campo y Usebia se atareaba, procurando evadirse de la soledad frente al ser nuevo. Removía la olla sobre el fuego, iba y venía buscando ingredientes para la comida, y a ratos, mientras le volvía la espalda, miraba de reojo al niño.
Desde dónde lo vislumbraba quieto, con las manos entre las piernas, la cabeza doblada mirando los pies golpear el suelo, comenzó a llegarle un silbido menudo y libre que no recordaba música.
Al rato preguntó casi sin dirigirse a él:
- ¿Quién es el grillo que chilla?
Creyó haber hablado muy suave, porque no recibió respuesta sino el silbido, ahora más alegre y parecido a la brusca exaltación del canto de los pájaros.
- ¡Cacique! - insinuó casi con vergüenza - ¡Cacique!
Mucho gusto le produjo el oír el ¡ah!, del niño.
- ¿Cómo que te está gustando el nombre?
Una pausa y añadió:
- Yo me llamo Usebia.
Oyó como un eco apagado:
- Velita de sebo...
Sonrió entre sorprendida y disgustada.
- ¿Cómo que te gusta poner nombres?
- Usted fue quien me lo puso a mí.
- Verdad es.
Iba a preguntarle si estaba contento, pero la dura costra que la vida solitaria había acumulado sobre sus sentimientos le hacía difícil, casi dolorosa, la expresión.
Tornó a callar y a moverse mecánicamente en una imaginaria tarea, eludiendo, los impulsos que la hacían comunicativa y abierta. El niño recomenzó el silbido.
La luz crecía, haciendo más pesado el silencio. Hubiera querido comenzar a hablar disparatadamente de todo cuanto le pasaba por la cabeza, o huir a la soledad para hallarse de nuevo consigo misma.
Soportó callada aquél vértigo interior hasta el límite de la tortura, y cuando se sorprendió hablando ya no se sentía ella, sino algo que fluía como la sangre de una vena rota.
- Tú vas a ver cómo todo cambiará ahora, Cacique. Ya yo no podía aguantar más a Jesuso...
La visión del viejo oscuro, callado, seco, pasó entre las palabras. Le pareció que el muchacho había dicho "lechuzo", y sonrió con torpeza, no sabiendo si era la resonancia de sus propias palabras.
- ... no sé cómo lo he aguantado por toda la vida. Siempre ha sido malo y mentiroso. Sin ocuparse de mí...
El sabor de la vida amarga y dura se concentraba en el recuerdo de su hombre, cargándolo con las culpas que no podía aceptar.
- ... ni el trabajo del campo lo sabe con tantos años. Otros hubieran salido de abajo y nosotros para atrás y para atrás. Y ahora este año, Cacique...
Se interrumpió suspirando y continuó con firmeza y la voz alzada, como si quisiera que la oyese alguien más lejos:
- ... no ha venido el agua. El verano se ha quedado viejo quemándolo todo. ¡No ha caído ni una gota!
La voz cálida en el aire tórrido trajo una ansia de frescura imperiosa, una angustia de ser. El resplandor de la colina tostada, las hojas secas, de la tierra agrietada, se hizo presente como otro cuerpo y alejó las demás preocupaciones.
Guardó silencio algún tiempo y luego concluyó con voz dolorosa:
- Cacique, coge esa lata y baja a la quebrada a buscar agua.
Miraba a Eusebia atarearse en los preparativos del almuerzo y sentía un contento íntimo como si se preparara una ceremonia extraordinaria, como si acaso acabara de descubrir el carácter religioso del alimento.
Todas las cosas usuales se habían endomingado, se veían más hermosas, parecían vivir por primera vez.
- ¿Está buena la comida, Usebia?
La respuesta fue extraordinaria como la pregunta.
- Está buena, viejo.
El niño estaba afuera, pero su presencia llegaba hasta ellos de un modo imperceptible y eficaz.
La imagen del pequeño rostro agudo y huroneante, les provocaba asociaciones de ideas nuevas. Pensaban con ternura en objetos que antes nunca habían tenido importancia. Alpargaticas menudas, pequeños caballos de madera, carritos hechos con ruedas de limón, metras de vidrio irisado.
El gozo mutuo y callado los unía y hermoseaba. También ambos parecían acabar de conocerse, y tener sueños para la vida venidera. Estaban hermosos hasta sus nombres y se complacían en decirlo solamente.
- Jesuso...
- Usebia...
Ya el tiempo no era un desesperado aguardar, sino una cosa ligera, como fuente que brotaba.
Cuando estuvo lista la mesa, el viejo se levantó, atravesó la puerta y fue a llamar al niño que jugaba afuera, echado por tierra, con una cerbatana.
- ¡Cacique, vente a comer!
El niño no lo oía, abstraído en la contemplación del insecto verde y fino como el nervio de una hoja. Con los ojos pegados a la tierra, la veía crecida como si fuese de su mismo tamaño, como un gran animal terrible y monstruoso. La cerbatana se movía apena, girando sobre sus patas, entre la voz del muchacho, que canturreaba interminablemente:
- "Cerbatana, cerbatanita, ¿de qué tamaño es tu conuquito?
El insecto abría acompasadamente las dos patas delanteras, como mensurando vagamente. La cantinela continuaba acompañando el movimiento de la cerbatana, y el niño iba viendo cada vez más diferente e inesperado el aspecto de la bestezuela, hasta hacerla irreconocible en su imaginación.
- Cacique, vente a comer.
Volvió la cara y se alzó con fatiga, como si regresase de un largo viaje.
Penetró tras el viejo en el rancho lleno de humo. Usebia servía el almuerzo en platos de peltre desportillados. En el centro de la mesa se destacaba blanco el pan de maíz, frío y rugoso.
Contra su costumbre que era estarse lo más del día vagando por las siembras y laderas, Jesuso regresó al rancho poco después del almuerzo.
Cuando volvía a las horas habituales, le era fácil repetir gestos consuetudinarios, decir las frases acostumbradas y hallar el sitio exacto en que su presencia aparecía como un fruto natural de la hora, pero aquel regreso inusitado representaba una tan formidable alteración del curso de su vida, que entró como avergonzado y comprendió que Usebia debía estar llena de sorpresa.
Sin mirarla de frente, se fue al chinchorro y echóse a lo largo. Oyó sin extrañeza como lo interpelaba.
- ¡Ajá! ¿Cómo que arreció la flojera?
Buscó una excusa.
- ¿Y qué voy a hacer en ese cerro achicharrado?
Al rato volvió la voz de Usebia, ya dócil y con más simpatía.
- ¡Tanta falta que hace el agua! Si acabara de venir un buen aguacero, largo y bueno. ¡Santo Dios!
- La calor es mucha y el cielo purito. No se mira venir agua de ningún lado.
- Pero si lloviera se podría hacer otra siembra.
- Sí, se podría.
- Y daría más plata, porque se ha secado mucho conuco.
- Sí, daría.
- Con un solo aguacero, se pondría verdecita toda esa falda.
- Y con esa plata podríamos comprarnos un burro, que nos hace mucha falta. Y unos camisones para ti, Usebia.
La corriente ternura brotó inesperadamente y con su milagro hizo sonreír a los viejos.
- Y para ti, Jesuso, una buena cobija que no se pase.
Y casi en coro los dos:
- ¿Y para Cacique?
- Lo llevaremos al pueblo para que coja lo que le guste.
La luz que entraba por la puerta del rancho se iba haciendo tenue, difusa, oscura, como si la hora avanzase y sin embargo no parecía haber pasado tanto tiempo desde el almuerzo. Llegaba la brisa teñida de humedad, que hacía más grato el encierro de la habitación.
Todo el mediodía lo había pasado casi en silencio, diciendo sólo, muy de tiempo en tiempo, algunas palabras vagas y banales por las que secretamente y de modo basto asomaba un estado de alma nuevo, una especie de calma, de paz, de cansancio feliz.
- Ahorita está oscuro - dijo Usebia, mirando el color ceniciento que llegaba a la puerta.
- Ahorita - asintió distraídamente el viejo.
E inesperadamente agregó:
- ¿Y qué se ha hecho Cacique en toda la tarde?... Se habrá quedado por el conuco jugando con los animales que encuentra. Con cuanto bicho mira, se para y se pone a conversar como si fuera gente.
Y más luego añadió, después de haber dejado desfilar lentamente por su cabeza todas las imágenes que suscitaban sus palabras dichas:
- ... y lo voy a buscar, pues.
Alzóse del chinchorro, con pereza y llegó a la puerta. Todo el amarillo de la colina seca se había tornado violeta bajo la luz de gruesos nubarrones negros que cubrían el cielo. Una brisa aguda agitaba todas las hojas tostadas y chirriantes.
- Mira, Usebia - llamó.
Vino la vieja al umbral preguntando:
- ¿Cacique está ahí?
- ¡No! Mira el cielo negrito, negrito.
- Ya así se ha puesto otras veces y no ha sido agua.
Ella se quedó enmarcada en la puerta y él salió al raso, hizo hueco con las manos y lanzó un grito lento y espacioso:
- ¡Cacique! ¡Caciiiiique!
- La voz se fue con la brisa, mezclada al ruido de las hojas, al hervor de mil ruidos menudos que como burbujas rodeaban la colina.
Jesuso comenzó a andar por la vereda más ancha del conuco.
En la primera vuelta vio de reojo a Usebia, inmóvil, incrustada en las cuatro líneas del umbral, y la perdió siguiendo las sinuosidades.
Cruzaba un ruido de bestezuelas veloces por la hojarasca caída y se oía el escalofriante vuelo de las palomitas pardas sobre el ancho fondo del viento inmenso que pasaba pesadamente. Por la luz y el aire penetraba una frialdad de agua.
Sin sentirlo, estaba como ausente y metido por otras veredas más torcidas y complicadas que las del conuco, más oscuras y misteriosas. Caminaba mecánicamente, cambiando de velocidad, deteniéndose y hallándose de pronto parado en otro sitio.
Suavemente las cosas iban desdibujándose y haciéndose grises y mudables, como de sustancia de agua.
A ratos parecía a Jesuso ver el cuerpecito del niño en cuclillas entre los tallos del maíz, y llamaba rápido: - "Cacique" - pero pronto la brisa y la sombra deshacían el dibujo y formaban otra figura irreconocible.
Las nubes mucho más hondas y bajas aumentaban por segundos la oscuridad. Iba a media falda de la colina y ya los árboles altos parecían columnas de humo deshaciéndose en la atmósfera oscura.
Ya no se fiaba de los ojos, porque todas las formas eran sombras indistintas, sino que a ratos se paraba y prestaba oído a los rumores que pasaban.
- ¡Cacique!
Hervía una sustancia de murmullos, de ecos, de crujidos, resonante y vasta.
Había distinguido clara su voz entre la zarabanda de ruidos menudos y dispersos que arrastraba el viento.
- Cerbatana, cerbatanita...
Era eso, eran sílabas, eran palabras de su voz infantil y no el eco de un guijarro que rodaba, y no algún canto de pájaro desfigurado en la distancia, ni siquiera su propio grito que regresaba decrecido y delgado.
- Cerbatana, cerbatanita...
Entre el humo vago que le llenaba la cabeza, una angustia fría y aguda lo hostigaba acelerando sus pasos y precipitándolo locamente. Entró en cuclillas, a ratos a cuatro patas, hurgando febril entre los tallos del maíz, y parándose continuamente a oír su propia respiración, casi sintiéndose él mismo, perdido y llamado.
- ¡Cacique! ¡Caciiiique!
Había ido dando vueltas entre gritos y jadeos, extraviado y sólo ahora advertía que iba de nuevo subiendo la colina. Con la sombra, la velocidad de la sangre y la angustia de la búsqueda inútil, ya no reconocía en sí mismo el manso viejo habitual, sino un animal extraño presa de un impulso de la naturaleza. No veía en la colina los familiares contornos, sino como un crecimiento y una deformación inopinados que se la hacían ajena y poblada de ruidos y movimientos desconocidos.
El aire estaba espeso e irrespirable, el sudor le corría copioso y él giraba y corría siempre aguijoneado por la angustia.
- ¡Cacique!
Ya era una cosa de vida o muerte. Hallar algo desmedido que saldría de aquella áspera soledad torturadora. Su propio grito ronco parecía llamarlo hacia mil rumbos distintos, dónde algo de la noche aplastante lo esperaba.
Era agonía. Era sed. Un olor de surco recién removido flotaba ahora a ras de tierra, olor de hoja tierna triturada.
Ya irreconocible, como las demás formas, el rostro del niño se deshacía en la tiniebla gruesa, ya no le miraba aspecto humano, a ratos no le recordaba la fisonomía, ni el timbre, ni recordaba su silueta.
- ¡Cacique!
Una gruesa gota fresca estalló sobre su frente sudorosa. Alzó la cara y otra le cayó sobre los labios partidos, y otras en las manos terrosas.
- ¡Cacique!
Y otras frías en el pecho grasiento de sudor, y otras en los ojos turbios, que se empañaron.
- ¡Cacique! ¡Cacique! ¡Cacique!...
Ya el contacto frío le acariciaba toda la piel, le adhería las ropas, le corría por los miembros lasos.
Un gran ruido compacto se alzaba de toda la hojarasca y ahogaba su voz. Olía profundamente a raíz, a lombriz de tierra, a semilla germinada, a ese olor ensordecedor de la lluvia.
Ya no reconocía su propia voz, vuelta en el eco redondo de las gotas. Su boca callaba como saciada y parecía dormir marchando lentamente, apretando en la lluvia, calado en ella, acunado por su resonar profundo y vasto.
Ya no sabía si regresaba. Miraba como entre lágrimas al través de los claros flecos del agua la imagen oscura de Usebia, quieta entre la luz del umbral.