LA RAZÓN DE UN NUEVO BLOG DE GESTIÓN CULTURAL

Ante la avalancha de información cultural noticiosa que recibimos diariamente gracias a la colaboración que me proporciona Arturo Álvarez D'Armas, poeta, fotógrafo y promotor cultural venezolano, así como otros valiosos amigos colaboradores, hemos decidido abrir un nuevo blog de promoción y gestión cultural. Sean bienvenidos todos los amigos interesados en promover la cultura y el arte en general. Pueden enviarnos sus colaboraciones, las cuales subiremos a este blog como entradas tan pronto como las recibamos. Quienes deseen colaborar pueden dirigirnos sus trabajos a nuestro correo personal: renedayre@gmail.com René Dayre Abella. Autor y promotor cultural.

sábado, 19 de febrero de 2011

Mansión centenaria Al norte de Nueva York
Yaddo, legendario refugio para creadores


No son pocas las biografías de escritores en las que aparece mencionada esta colonia de artistas, la más antigua de Norteamérica y que sirvió de refugio literario a Cheever, O'Connor, Highsmith, Bellow, Capote y tantos otros más actuales, como Nicole Krauss y Monica Youn. Por ella han pasado más de 60 premios Pulitzer, un Nobel y un sinfín de historias y anécdotas.  

Soledad Rodillo  Cuando en 1969 Philip Roth publicó su comedia sexual El mal de Portnoy , la celebridad y el escándalo le llegaron de golpe y porrazo. Agobiado por la prensa y su recién estrenada fama de sexópata, su primera reacción fue huir de Manhattan, rechazar cualquier aparición pública y recluirse en un lugar tranquilo y silencioso. El lugar donde llegó fue Yaddo, una colonia de artistas ubicada en Saratoga, al norte de Nueva York, donde no sólo tomó distancia de su obra al crear a los narradores de sus futuras novelas -a su alter ego Nathan Zuckerman y al estudioso David Kepesh- sino también encontró el sosiego y la rutina monacal que tanto ansiaba para seguir escribiendo.
A Yaddo también llegaron en su momento Truman Capote, Flannery O'Connor, Jonathan Lethem, John Cheever y Patricia Highsmith, quien tras su muerte en 1995 legó toda su herencia -aproximadamente 3 millones de dólares- al lugar que tanto la había ayudado en su carrera como novelista. Aunque la escritora vivió en Yaddo sólo durante un par de meses en 1948, fue ahí donde, por sugerencia de Truman Capote, decidió reescribir y terminar su primera novela, Extraños en un tren , la que poco después fue llevada al cine por Hitchcock y llenó a su autora de reconocimiento y fama.
Fundada a comienzos del 1900 en un terreno de poco más de dos hectáreas, el sitio de Yaddo -con su mansión de estilo gótico, sus jardines de rosas, sus lagunas artificiales y sus fuentes y esculturas de mármol- fue inicialmente el lugar de veraneo de la familia del banquero Spencer Trask y su mujer, Katrina. Pero, tras la muerte prematura de sus cuatro hijos, el matrimonio, en un arranque de romanticismo, decidió convertirlo en "un lugar para inspirarse": un refugio donde los artistas pudieran trabajar sin interrupciones durante un período de su carrera y donde todos, hasta los menos conocidos, sintieran que lo que estaban haciendo era algo importante.
Desde entonces hasta hoy, más de seis mil artistas han pasado por la elegante mansión de tres pisos: poetas, cineastas, pintores, músicos, compositores, aunque sin duda han sido los escritores quienes más se han beneficiado de la tranquilidad de Yaddo y los que, a su vez, le han dado mayor fama a la colonia con sus 64 premios Pulitzer, un centenar de premios literarios y el Premio Nobel de Literatura para Saul Bellow, a quien John Cheever recordó años después como el más trabajador de los escritores que pasaron por Yaddo y cuya ética despertaba "cierta ansiedad" entre sus pares del lugar.
"Este Yaddo es el ejemplo más repugnante de algo que estalló como una peste por todo el este y el norte", escribió en los años 40 la escritora Katherine Anne Porter, "edificado con ganancias de guerra, todo imitación Jacobino y la tiesa mansión inglesa construida por nuevos ricos que ganaron su fortuna en la guerra. Pero estas personas tienen algo más: su historia -su historia personal- es muy humana y llena de sufrimiento...". En efecto, después de perder a sus cuatro hijos entre 1880 y 1889, el propio Spencer Trask murió arrollado por un tren en 1909.
Katherine Anne Porter llegó a la colonia de Yaddo tras su segundo quiebre matrimonial y aunque "no imaginaba nada tan severamente enclaustrado y delimitado", su paso por el lugar no pasó inadvertido por la escritora Carson McCullers -quien solía acosar a la Porter en la puerta de su dormitorio- ni por Truman Capote, al que la escritora despreciaba profundamente y frente a quien solía jactarse de que sus estudiantes de Stanford eran lo suficientemente sabios como "para vomitar sobre él".
Un retiro ¿monacal?
Hasta el día de hoy, en las habitaciones de Yaddo no hay teléfono ni internet y las reglas de la casa prohíben que alguien toque la puerta de un residente, a menos que haya sido invitado. El desayuno se toma en un comedor común en el primer piso, pero el almuerzo lo dejan en un canasto en la puerta de cada pieza para así no interrumpir las horas de trabajo que van desde las 9 de la mañana hasta las 4 de la tarde. "Un Shangri-La emocional y una Meca literaria", la definió Carson McCullers, quien en una de sus muchas estadías en la colonia de Yaddo escribió su pequeña novela La balada del café triste , además de varios de sus cuentos.
"Puedo escuchar los pájaros, a la camarera del salón tosiendo y sobre el lago un montón de cuervos", le escribió John Cheever a su mujer en 1939 durante una de sus primeras estadías en Yaddo. "Estas son las habitaciones más agradables de la casa. Un departamento sobre el portecochere , un gran estudio con una chaise longue amarilla y un escritorio imperio, bustos de Bruto y Horacio, volúmenes amarrados de Punch de 1833 a 1891...". Seis años antes, un veinteañero Cheever había tratado de ingresar a Yaddo con una carta dirigida a la directora Elizabeth Ames en la que le declaraba sus planes de convertirse en escritor y de seguir "trabajando en el aprendizaje de la prosa" en un lugar tranquilo: "La idea de dejar la ciudad nunca ha sido algo tan distante o deseable". Pero, por falta de cupo, su solicitud fue denegada y debió esperar hasta el año siguiente para entrar a la colonia que terminó convirtiéndose en su segundo hogar por el resto de su vida.
Según cuenta su hija Susan en su autobiografía Home Before Dark fue en el Yaddo de los 40 donde Cheever trabajó en sus cuentos, así como en los 50 en La Familia Wapshot , en los 60 en Bullet Park y en los 80 en Falconer . Pero también fue en Yaddo donde el escritor y la novelista Josephine Herbst se emborracharon tanto que terminaron arrastrando a la periodista Mary Heaton Vorse escaleras abajo. Y fue también en Yaddo donde Cheever se jactaba de haber tenido sexo en cada superficie plana de la mansión, sin contar el jardín y las canchas.
No fue el único. Porque es un secreto a voces que en Yaddo abundan los affaires y el alcohol. Y como las estadías no incluyen a cónyuges, parejas ni amigos, no son pocos los residentes que mantienen romances dentro de la colonia, que terminan a la semana siguiente o que incluso llegan a convertirse en relaciones de por vida. En los años 40, el escritor Henry Roth conoció a la pianista Muriel Parker en Yaddo cuando el autor de Llámalo sueño había perdido el deseo de vivir, y fue ella quien lo devolvió a la vida y se convirtió en una fiel compañera hasta su muerte. Y fue en Yaddo donde Truman Capote comenzó su larga relación con el crítico literario Newton Arvin. Y donde la escritora Elizabeth Hardwick, fundadora del prestigioso New York Review of Books, conoció a su futuro marido, el poeta Robert Lowell, quien en los 50 -en pleno Peligro Rojo- causó un gran escándalo político en Yaddo al acusar de espía soviética a la escritora Agnes Smedley -que llevaba cinco años residiendo en el lugar- y además denunciar a Elizabeth Ames, la eterna directora de la colonia, como encubridora. Finalmente, los jueces las declararon inocentes, aunque el bochorno difícilmente fue olvidado por el maníaco de Lowell y su crédula amiga Flannery O'Connor, quien lo había apoyado en la acusación y tras el escándalo nunca más se atrevió a volver a la colonia.
Silencio, tranquilidad y ocio
En Yaddo, los artistas no dictan clases ni asisten a conferencias y hay una regla no escrita que prohíbe preguntar por los trabajos de cada uno. No hay que mostrar progresos ni proyectos terminados, la única obligación de los huéspedes -además de mantener una conducta apropiada- es permanecer durante el día en alguna de las 55 habitaciones de la casa, dedicados -en silencio- a lo que vinieron, sea pintar, escribir, leer o simplemente divagar. La escritora A.M. Homes, quien se ha "internado" en la colonia de escritores para cada una de sus últimas novelas, recomienda alojar durante la estación lluviosa de mayo, "cuando está lloviendo y congelando y hay enormes cantidades de trabajo por hacer". Y el escritor William Carlos Williams recordó en su autobiografía su fructífero paso por Yaddo durante un frío agosto de 1950, en el que casi no salió de su habitación durante las dos semanas de estadía enfrascado en terminar el cuarto tomo de su voluminoso libro Paterson : debió quemar tanta leña para calentar la pieza "que el lugar olía a cenizas y perfumada putrefacción".
En esas habitaciones, Sylvia Plath escribió varios poemas de su primer libro, El Coloso , y tras su estadía -que compartió con su marido, el escritor Ted Hughes- envió una carta a la directora de la colonia, donde declaraba que "nunca en su vida se había sentido tan tranquila como para poder leer y pensar y escribir durante siete horas al día". Una experiencia muy distinta a la que vivió Elizabeth Bishop en 1950: según le escribió a Robert Lowell, fue incapaz de "trabajar" en lo absoluto y se pasó la mayor parte del tiempo "agradablemente sentada en el balcón soplando burbujas". Otros han pasado sus horas "de encierro" durmiendo o mirando por la ventana. O atrapando murciélagos, como lo hacía el propio Truman Capote, un pasatiempo bastante común en Yaddo, aunque declaradamente prohibido.
En las tardes -una vez terminadas las horas de trabajo-, los residentes suelen reunirse en el comedor o en el living de la mansión, y es ahí, como en un reality show , cuando suceden las cosas más sorprendentes. Pueden surgir amistades nuevas como la que se dio en 1996 entre un joven Jeffrey Eugenides y un no tan joven Robert Stone. O pueden planearse salidas nocturnas al pueblo, como las que hacía A.M. Homes al cine del centro comercial o Carson Mc Cullers al bar New Worden de Saratoga. O descubrir alguna inspiración literaria, como le ocurrió a Colm Toibin cuando encontró la biografía que Leon Edel había hecho de Henry James o a Jonathan Franzen -durante el invierno de 1991- cuando dio con un viejo ejemplar de Personajes desesperados en la biblioteca de Yaddo. Quedó tan fascinado con su lectura que no tardó en reeditarlo, posicionando a su autora, la octogenaria Paula Fox, en el lugar de los grandes de la literatura norteamericana actual.
 Otras colonias y la experiencia chilena Su enorme mansión gótica y los ilustres huéspedes que han pasado por Yaddo le han dado gran notoriedad a esta colonia de artistas ubicada en Saratoga. Pero experiencias similares a Yaddo existen desde hace más de un siglo en todo el mundo, especialmente en Estados Unidos, Alemania e Inglaterra. Una colonia muy similar a Yaddo es MacDowell, en New Hampshire, Estados Unidos, también abierta a artistas plásticos, compositores y escritores, y donde se hospedaron Thornton Wilder, Michael Chabon y Leonard Bernstein, entre otros.
En nuestro país, la única experiencia conocida fue a principios del siglo XX, cuando un grupo de escritores y artistas jóvenes crearon la mítica "Colonia Tolstoyana". La idea fue de los escritores Augusto D'halmar y Fernando Santiván, junto al pintor Julio Ortíz de Zárate. El propósito era tener un espacio para leer, estudiar y crear, pero además trabajar la tierra y encontrar una tranquilidad física y espiritual.
En un principio, la colonia iba a instaurarse en la provincia de Arauco. Querían seguir el proyecto misionero de Tolstoi, cuyo fin era mejorar la vida de los campesinos rusos. Sin embargo, los chilenos no lograron sobrellevar una vida rústica en el sur y se instalaron en un terreno que les cedió el poeta Manuel Magallanes Moure, ubicado en San Bernardo.
Por el lugar pasaron distintos artistas como los pintores Rafael Valdés y Pablo Burchard, además de los escritores Baldomero Lillo, Luis Ross y Carlos Mondaca, entre otros. La colonia, aunque estaba alejada de la capital, atrajo la atención de la prensa y de los intelectuales de aquellos años. Su mítica historia se puede rastrear en Memorias de un Tolstoyano , de Fernando Santiván, quien cuenta la travesía al sur, lo duro que significó regresar a Santiago y luego toda la experiencia de formar la colonia, las labores domésticas, el trabajo de la tierra y, también, las conversaciones filosóficas y literarias entre los "colonos". El proyecto, finalmente, duró sólo un año. Nunca más se registró una experiencia de este tipo en nuestro país.
 

Sorpresa en Brasil: negros y mulatos son genéticamente hasta un 80% más europeos que africanos o indios

El estudio sobre un millar de personas demuestra también que la contribución africana es también mayor que la indígena que no supera el 10%

JUAN ARIAS - Río de Janeiro - 19/02/2011
Un estudio científico, coordinado por Sérgio Danilo Pena, catedrático de la Universidad Federal de Minas Gerais (UFMG) ha cogido por sorpresa a los brasileños. Contra lo que se pensaba hasta ahora, negros y mestizos, cuyo porcentaje entre los 190 millones de ciudadanos ha superado ya el 52% de la población, tienen un ADN mucho más europeo que africano o indio.
El estudio, que ha analizado genéticamente a un millar de personas desde Belem a Porto Alegre, demuestra que la ascendencia europea nunca es inferior. De media es del 60% y en muchos casos alcanza un 80%. La contribución africana es, sin embargo, mayor que la indígena que no supera el 10%.
Según Pena, el estudio revela que a pesar de las enormes diferencias regionales de Brasil, casi un continente, "la ancestralidad de los brasileños acaba siendo muy uniforme entre blancos, negros y mestizos". Según el catedrático, "la sorpresa y el mensaje del estudio es que genéticamente Brasil es mucho más homogeneo de lo que se esperaba".
Para analizar el genoma del muestrario, los investigadores, cuyo trabajo completo aparece en la revista Plos One, se valieron de un conjunto de 40 variantes de ADN, los llamados indels, es decir, pequeños trechos de letras químicas del genoma que a veces sobran o faltan en el ADN de la persona. Dependiendo de la combinación de estos indels en el genoma de un individuo, es posible estimar la proporción de sus ancestros, llegados de cada continente.
Según los realizadores del estudio, la combinación entre emigración europea desde el siglo XVI y los matrimonios de hombres blancos con mujeres indias y negras, generó una población en la cual la apariencia física tiene poco que ver con los ancestrós de dichas personas. Lo que ocurre, y ha podido llevar al error es que los genes del color de la piel o del pelo, por ejemplo, son muy pocos, una parte casi despreciable de la herencia genética, a pesar de que su efecto sea muy visible y evidente.
Algunos comentaristas han querido enseguida- quizás de forma demasiado precipitada e imaginativa- ver en el estudio reflejos en los gustos de los brasileños, no sólo de los blancos sino tambien de los negros y de los pardos, cuyo sueño casi unánime es el de "visitar una vez Europa", mucho más que Africa, por ejemplo.
TOMADO DE: http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Sorpresa/Brasil/negros/mulatos/geneticamente/europeos/africanos/indios/elpepusoc/20110218elpepusoc_16/Tes

Vargas Llosa, premio Nobel

CARLOS FUENTES
Babelia. Madrid: 19 de febrero de 2011.
Rafael Leónidas Trujillo
Rafael Leónidas Trujillo (1891-1961).- Life Magazine / Cordon Press / Hans Walker.
Un análisis de la obra del escritor peruano a través de La fiesta del Chivo, retrato el horror de la opresión de Trujillo en República Dominicana. "Es novela, novedad, y también nivola, nube y niebla unamunianas gracias a una presencia que comunica los hechos".
En el otoño de 1967, coincidí en Londres con Mario Vargas Llosa. Ambos habíamos leído, recientemente, y con admiración, la colección de retratos de la guerra de secesión norteamericana Patriotic Gore, por Edmund Wilson. Sentados en un pub de Hampstead, se nos ocurrió que no estaría mal un libro comparable sobre la América Latina: una galería imaginaria de retratos. En ese instante, varios espectros entraron al pub londinense reclamando el derecho a encarnar. Eran los dictadores latinoamericanos.
Los datos están ahí, pero el marco novelesco los reduce (o eleva) a testimonios de una realidad atroz
Vargas Llosa y yo invitamos a una docena de autores latinoamericanos. Cada uno debería escribir una novela breve -no más de cincuenta páginas por dictador- sobre su tirano nacional favorito. El volumen colectivo habría de llamarse Los padres de las patrias. Nuestro editor francés, Claude Gallimard, se convirtió en el padrino del proyecto. Por desgracia, a la postre resultó imposible coordinar los múltiples tiempos y las variadas voluntades de los escritores que, si mi memoria es tan buena como la de El Supremo de Augusto Roa Bastos, incluían, además de Vargas Llosa y yo mismo, al propio Roa, el argentino Julio Cortázar, el venezolano Miguel Otero Silva, el colombiano Gabriel García Márquez, el cubano Alejo Carpentier, el dominicano Juan Bosch, a los chilenos José Donoso y Jorge Edwards (Donoso prometió ocuparse de un dictador boliviano; su mujer, María Pilar, nació en ese penthouse de las Américas). Al fracasar el proyecto, tres de los escritores mencionados decidieron seguir adelante y concluir sus propias novelas: Carpentier (El recurso del método), García Márquez (El otoño del patriarca) y Roa Bastos (Yo el Supremo).
Vargas Llosa, a partir de entonces, ha publicado una serie de grandes novelas que culminan, las más recientes, con La fiesta del Chivo (2000) y El sueño del celta (2010). Destaco Conversación en La Catedral (1969) y La guerra del fin del mundo (1981) para concentrarme en La fiesta del Chivo, toda vez que rememora el propósito de aquella vieja conversación en un pub londinense y culmina la preocupación literaria con el tirano genérico en García Márquez y en Carpentier. En El otoño del patriarca (1975), los modelos son Franco y Salazar primordialmente, aunque no quedan fuera resabios de dictadores latinoamericanos del pasado, del presente y del futuro. En El recurso del método (1974) el modelo es el hombre fuerte Venezolano Antonio Guzmán Blanco, un contradictorio personaje que confiscó los bienes de la Iglesia, creó el sistema de educación primaria y apoyó la educación superior... pero también gobernó con mano dura, no frenó a la corrupción y padeció de una vanidad tan ancha como el río Orinoco. Carpentier enfoca un rasgo semicómico de Guzmán Blanco: sus periódicas retiradas del poder para gozar de la vida en Francia y decorar, nostálgicamente, su piso parisino como una selva tropical, con cacatúas y todo. Aunque el poder le importaba más que París: apenas estallaba una rebelión en Venezuela, Guzmán Blanco regresaba -lenta pero seguramente, en barco- a retomar el poder y acentuar la tiranía.
Roa Bastos, en contraste, escoge a un tirano individual -el doctor Francia- y Vargas Llosa a otro más contemporáneo, Rafael Leónidas Trujillo, el sátrapa dominicano. Sólo que Roa Bastos puede hallar elementos de redención en la figura de Francia y Vargas Llosa no los admite en la de Trujillo. Si Francia es explicable a la luz de la inestabilidad post-independiente del siglo XIX, Trujillo no es explicable, ni admisible, en pleno siglo XX: Es una sangrienta anacronía.
Iniciado por Valle-Inclán en Tirano Banderas (1926) el tema del abuso del poder, el autoritarismo despótico y la distancia entre la ley y la práctica, se continúa, con los Ardavines de Gallegos, el don Mónico de Azuela, el Pedro Páramo de Rulfo, el Caudillo de Guzmán y ya citados, los dictadores de Roa Bastos, García Márquez y Carpentier. La diferencia en Vargas Llosa es que no apela a un seudónimo literario o a una figura simbólica, sino que nos refiere a un dictador concreto, personalizado, con nombre, apellido y fechas certificables de nacimiento y muerte: Rafael Leónidas Trujillo Molina, Benefactor de la Patria Nueva, Restaurador de la Independencia Financiera y Primer Periodista de la Nación, aunque los dominicanos, para no meterse en aprietos, lo llamaron "Mr. Jones" o "Mr. Jackson".
Esta salubre denominación -las cosas por su nombre- no significa que Vargas Llosa se limite a un ejercicio periodístico acerca de los treinta años de la dictadura trujillista. Los datos están ahí, biográficos, exactos, lúgubres, pero el marco novelesco los reduce (o eleva) a testimonios de una realidad atroz, en tanto que la misma realidad es cercada (y revelada) por la imaginación narrativa, que se propone, a su vez, como parte de una realidad más ancha, que incluye a la realidad de la invención literaria.
De esta manera, conocemos al detalle el horror de la opresión trujillista. A los enemigos "los echamos a los tiburones, vivos como usted mandó". Las prisiones son hoyos de tortura en los que la sevicia del tirano es ampliada por la sevicia y los rencores de cada torturador. Los enemigos del régimen son fusilados por doce bandidos que a su vez serán fusilados para que no queden testigos. Racimos de hombres desnudos son vejados, torturados, asesinados... Trujillo cuenta con una corte de aduladores, asesinos y subordinados. Johnny Abbes, a quien se le puede atribuir todo lo malo: "Para que un gobierno dure treinta años, hace falta un Johnny Abbes que mete las manos en la mierda". Ladrón de cadáveres ayer, asesino de sospechosos hoy, maricón, casado con una "horrible y aguerrida mexicana", Lupita, "que andaba con pistola en la cartera".
"Soy el perro de usted", le dice a Trujillo.
Henry Chirinos, llamado "el constitucionalista beodo", "la inmundicia viviente", come atragantado, dueño de una "insolente fealdad", autor de poemas, acrósticos y oraciones fúnebres. Es el-hombre-que-nunca-suda: no necesita ventilador. Sus labios son del color de la ceniza; sus palabras exhalan vaho.
Y está, al cabo, Agustín Cabral, "experto en imperdonables": trampas, triquiñuelas, intrincadas traiciones. Le atribuye a Trujillo que "los dominicanos descubrimos las maravillas de la puntualidad". Es el padre de Urania. Y está, más allá del bien y del mal, Joaquín Balaguer, que sabe lo conveniente y no se entera de lo inconveniente. Sabe callar. Es más jesuita que los jesuitas: actúa como si creyera...
Trujillo veja a sus colaboradores. Se especializa en humillar a quienes, cultos, universitarios, le sirven. Atiza la lucha de facciones trujillistas, neutralizando a sus colaboradores. ¿Ha leído a Maquiavelo? Como Hernán Cortés en la Conquista de México, ni falta que le hace. Su instinto lo conduce a ejercer un principado vengativo, sangriento, que sin embargo, como lo dijo El Príncipe, sangra a su vez por varios costados. Como todos los tiranos patrimonialistas Trujillo es el benefactor, no sólo de la Patria, sino de su familia. Su madre "la excelsa matrona", "madre del perínclito varón que nos gobierna" y la Prestante Dama, mujer de Trujillo, una vieja "gorda y pendeja", mujercita de "medio pelo y dudoso vivir, apodada La Españolita".
¡Ah! Y faltan los hijos del dictador, Radhamés y Ramfis, así nombrados, en honor de la Aída de Verdi. Radhamés es "brutito" y Ramfis el niño mimado, nombrado coronel a los siete años, elevado a general a los diez, enviado a la Academia militar de Fort Leavenworth, donde no recibe el trato que se merece ("general Trujillo") y regresa a la patria a ser festejado como héroe: nombrado Jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas. Crece rodeado de "dos o tres amigos que lo festejan, adulan, sirven y medran a su costa". Hace regalos a las actrices que seduce -Kim Novak, Zsa Zsa Gabor- equivalentes a la ayuda militar de los EE UU a la República Dominicana. Y el propio benefactor, Padre de la Patria Nueva, ¿qué hace?, ¿qué no hace? Nunca suda. Disimula. Controla sus corajes. Se blanquea la tez mulata. Tiene centenares de uniformes, casas grandes y casas chicas multiplicadas. Le gusta "hacer chillar a las hembritas". Confía en que su régimen será eterno, ¿o no lo ha bendecido el propio Cardenal Primado de Nueva York, Francis Spellman? ¿No cuenta con el apoyo norteamericano? Luego de servir como mandadero, entra a la Guardia Nacional durante la ocupación norteamericana y es elevado a Coronel, protegido por el Mayor Watson: "¡Trujillo piensa como un marine!". Golpe de Estado mediante, llega al poder desde 1930 y ya no lo suelta. Asesina impunemente a siete mil trabajadores haitianos en 1937 y a decenas de miles de ciudadanos dominicanos hasta el fin de la Dictadura. Sin él, la República Dominicana sería "país horda, tribu, caricatura". ¡Qué pena, para un gobernante tan superior, tener una familia, "el error de mi vida", la calamidad incomparable, "sin otro horizonte que el trago, las penas y tirar"! Es a pesar, no gracias a ellos -la horda, la tribu- que el régimen se sabe eterno. "¿Quién iba a pensar que un día la Tierra podría dejar de girar alrededor del Sol?".
Esta "fe" le permite al dictador sobrellevar sus propias miserias personales. La próstata infectada. La incontinencia. Mearse en los pantalones. No controlar el esfínter. No poder "hacer chillar a una hembrita".
Y no poder evitar, tampoco, la muerte.
La muerte del tirano: la anticipan los valientes, impacientes, mal preparados opositores que preparan la celada final para asesinar a Trujillo. Y lo consiguen de manera desorganizada, bravos, dispuestos, ellos mismos, a morir en el intento. Del país de "pijoteros, vampiros y pendejos" despreciado por el dictador, surgen los locos justicieros que lo matan y lo mandan a un lecho de hielo, como si el frío pudiera resucitarlo. Ha perseguido a los curas, ha perdido el respaldo de Washington, ha dejado un vacío que llena el hombrecito Balaguer y la transitoria posición de Ramfis como jefe del ejército. Todo es apresurado, todo es pasajero. Lo entendió desde siempre la Prestante Dama "la terrible, la vengadora" y la astuta dama, que fue acumulando millones de dólares en los bancos suizos, últimos beneficiarios de la rapiña trujillista. La Dama nunca reveló los millones de las cuentas suizas. Murió en la pobreza, en Panamá, y llevaron a enterrarla en un taxi.
La novela de Vargas Llosa no es periodismo: no revela nada que no se haya publicado sobre la tiranía trujillista. Tampoco es historia: demasiados dominicanos sufrieron o se aprovecharon de las tres décadas de Trujillo como para esfumarlas en el pasado.
Es novela, novedad, y también nivola, nube y niebla unamunianas gracias a una presencia que comunica los hechos, la distancia, los humaniza, los vuelve novedosos y novelables. La presencia es la de Urania, hija del senador Agustín Cabral, el "cerebrito" del régimen y ahora un vegetal humano, despojado de voluntad, a quien su hija abandonó, protegida por las monjas, para salvarse del destino de Rosalía Perdomo, de tantas otras muchachas violadas por Trujillo, por los Trujillos, por las bandas de los Ardavines, los Pedro Páramo, los hijos de patriarcas y los descendientes del tirano Banderas: las legiones del poder sin ley de la América Latina.
Urania Cabral se salva. Se va a Nueva York a llevar una vida propia, como profesionista independiente, lejos de la fatalidad de la fuerza bruta. Regresa a reconocer a su padre inválido. Regresa a contar esta novela a su tía Adelina, a sus primas Lucinda y Manolita, es decir, a todos nosotros, los lectores de una novela de Mario Vargas Llosa que no sólo cuenta lo que ya sabíamos sino lo que no sabíamos: el efecto de esta historia en el alma de una mujer, Urania, que escapa de la historia para poder contar la historia, desde el marco de una personalidad hecha por la historia pero salvada de la historia para contarla -Urania Cabral- dándole un marco personal, protagonista, que renueva y hace inteligible a la historia.
TOMADO DE: http://www.elpais.com/articulo/portada/Vargas/Llosa/premio/Nobel/elpepuculbab/20110219elpbabpor_65/Tes

De garífunas y otras puntas afrocaribeñas

CARLOS GALILEA
Babelia. Madrid: 19 de febrero de 2011.
En 1635 dos barcos, con su cargamento de esclavos del golfo de Guinea a las Indias Occidentales, naufragaron frente a la isla de Saint Vincent. Los africanos supervivientes se unieron a los indios caribes en la montaña cimarrona y resistieron con fiereza a las incursiones de los británicos. Derrotados a finales del siglo XVIII, y desterrados en la pequeña isla de Baliceaux, fueron luego expulsados a la costa Atlántica de América Central. Los garífunas o garínagu, descendientes de aquellos esclavos africanos, viven hoy en la franja costera de Nicaragua, Honduras, Guatemala y Belice, y en ciudades de Estados Unidos como Nueva York o Los Ángeles. Son alrededor de 250.000. Un precario ecosistema cultural el de los garífunas, declarado hace diez años Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad por la Unesco. Su música la ha grabado Ivan Durán en discos de su sello Stonetree Records -acuerdo de edición y distribución internacional con Cumbancha- gracias a un estudio móvil con el que puede trabajar en las propias comunidades. Hijo de catalanes, y con su base de operaciones en Belice, a un kilómetro de la frontera con Guatemala junto a las ruinas mayas de Xunantunich, Durán es el productor de Wátina -del cantante, maestro de escuela y activista Andy Palacio-, Umalali -laborioso proyecto con mujeres garífunas- o el recién publicado Laru beya -en el sello discográfico de Peter Gabriel- de Aurelio Martínez, un hondureño originario del departamento de Gracias a Dios. Sencilla y emotiva música de voces, guitarras y percusión en unos discos que, según el fallecido Andy Palacio, aseguran la supervivencia del idioma para algunas generaciones. La historia musical de los garífunas o garínagu -hace cuatro años la realizadora Patricia Ferreira rodó para TVE un interesante documental titulado La aventura garífuna- se refleja también en un libro de 288 páginas con hermosas fotografías en blanco y negro, editado el pasado mes de noviembre. En Clave AfroCaribe, proyecto de los centros culturales de España en Guatemala, Costa Rica, Honduras, Nicaragua y República Dominicana para la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), ofrece una visión de las expresiones musicales, no sólo garífunas, sino de la población afrodescendiente asentada en la costa Caribe de Centroamérica, República Dominicana y Haití. Una pega: no están presentes en este valioso estudio sobre la herencia cultural de la diáspora africana -también hay un disco con 16 canciones- países como Cuba o Jamaica. Son tierras de clave, cajón, marimba, maracas, guitarras, conchas marinas, quijada de burro, tumbadoras o güiro; de la figura rítmica del cinquillo; del calypso, la parranda, el rara, la punta o el tamborito; de orichás, las deidades que nos conectan con las fuerzas de la naturaleza, cada una con sus propios cantos, toques de tambor, danzas, oraciones, colores... Como escribe Manuel Monestel, coordinador de las investigaciones para En Clave AfroCaribe, las movilizaciones masivas de esclavos desde África Occidental hacia el Caribe se traducen en formas de expresión que, basadas en lo africano, adoptan lo europeo y generan toda una innovadora forma de hacer música.
TOMADO DE: http://www.elpais.com/articulo/portada/garifunas/otras/puntas/afrocaribenas/elpepuculbab/20110219elpbabpor_64/Tes

Ciudadanos árabes

JAVIER VALENZUELA
Babelia. Madrid: 19 de febrero de 2011. 
En el epílogo de El lado oscuro del amor (Salamandra, 2008), Rafik Schami rememora los motivos que le forzaron a exiliarse en Europa: "La censura y la arbitrariedad política me dejaron claro que mis planes de vivir en Siria como maestro y escritor no tenían futuro. Un régimen despótico no deja espacio a los tonos intermedios. El que no está a su favor, es su enemigo". Schami explica asimismo por qué la política tiñe la historia de su novela, la del arduo amor de Farid y Rana: "Un personaje no puede vivir en uno de los peores regímenes despóticos de Oriente y mantenerse completamente al margen del él. Lo más importante para mí era mostrar cómo la dictadura interfiere en la vida del individuo".
En este arranque de 2011, una revolución democrática que ya cuenta con dos grandes victorias en Túnez y Egipto ha introducido en la escena internacional un nuevo sujeto político: el ciudadano árabe. Allí donde tantos occidentales veían una masa informe marcada fatalmente por la religión desde el cabello al alma, han surgido millones de ciudadanos que se juegan la vida para derrocar dictaduras y establecer democracias. ¿Sorprendente? No tanto. Si el cerumen y las legañas de la pereza y la ignorancia de las que hablaba Lawrence no les hubieran taponado los oídos y los ojos, los occidentales, o al menos los más perspicaces, hubieran podido detectar la emergencia del ciudadano árabe.
Con historias como la del sirio Schami, las letras árabes ya llevan un tiempo dándole el protagonismo a personas que luchan trabajosamente por la libertad y la dignidad en el norte de África y Oriente Próximo. Podría citarse también El Edificio Yacobián (Maeva, 2007), de Alaa al Aswani, un escritor egipcio que se sumó desde el primer día al combate de la plaza de Tahrir. O recordarse el conjunto de la obra del libanés Amin Maalouf. Incluso el aspecto que más ha llamado la atención mediática, el uso de las nuevas tecnologías por las rebeldes juventudes urbanas del mundo árabe, ya está contado en la obra reciente de Fatima Mernissi. La socióloga marroquí inventó hace unos años el concepto de ciber-umma para referirse a la comunidad árabe virtual creada a partir de un uso masivo, inteligente y liberador de la televisión por satélite, los teléfonos móviles y las redes sociales en Internet.
Seamos justos: también algunos occidentales han intentado contarnos que algo muy importante se estaba gestando en el seno de ese universo que va del Atlántico al Golfo Pérsico. Harta de versiones estereotipadas de segunda mano, Allegra Stratton, una periodista inglesa de veintipocos años, se plantó la pasada década en Oriente Próximo y se puso a compartir las vidas de los jóvenes de ambos sexos de El Cairo, Beirut, Amman, Damasco y otras ciudades. En Muhayababes (451 Editores, 2009), hizo un retrato fresco y clarividente de una nueva generación árabe hastiada de la falta de libertad, trabajo y justicia social, plenamente conectada a la modernidad global y de envidiable vitalismo.
Traumatizado por el 11-S, Occidente ya sólo hablaba de los musulmanes. No por ello, los árabes -unos musulmanes, otros cristianos, muchos descreídos- dejaban de existir. Su reciente historia la cuenta Eugene Rogan en Los árabes (Crítica, 2010). Y cabe citar que este libro termina con el amargo comentario de que los muchos árabes partidarios de la libertad seguirán combatiendo con las manos atadas mientras "Occidente siga haciendo prevalecer unas razones de Estado mezquinas en vez de una promoción activa de los valores democráticos".
En fin, es hermoso pero no extraño que El Cairo haya sido durante tres semanas el epicentro de la revolución árabe. Ibn Batuta llamó a la capital egipcia el Ombligo del Mundo y el gran Naguib Mahfuz decía que es como una amante vieja, muy arrugada y con un mal aliento insoportable, a la que no se cambiaría por ninguna joven belleza. En ese clásico contemporáneo que es El Cairo. La ciudad victoriosa (Almed, 2010), Max Rodenbeck escribe que la metrópolis del Nilo "nunca ha vendido ni su dignidad ni su alma. Después de todo, éste es el lugar que dio al mundo el mito del ave fénix". Al derrocar al faraón Mubarak, lo acaba de demostrar una vez más: siempre renace de sus cenizas y por eso su nombre en árabe clásico es Al Qahira, la Victoriosa. Esta vez, el triunfo ha sido de los ciudadanos árabes.
Javier Valenzuela (Granada, 1954) acaba de publicar el libro -recopilación de 36 artículos y reportajes- De Tánger al Nilo. Crónica del norte de África (Los Libros de la Catarata. Madrid, 2011. 232 páginas. 18 euros). www.javiervalenzuela.es.
TOMADO DE: http://www.elpais.com/articulo/portada/Ciudadanos/arabes/elpepuculbab/20110219elpbabpor_1/Tes

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