LA RAZÓN DE UN NUEVO BLOG DE GESTIÓN CULTURAL

Ante la avalancha de información cultural noticiosa que recibimos diariamente gracias a la colaboración que me proporciona Arturo Álvarez D'Armas, poeta, fotógrafo y promotor cultural venezolano, así como otros valiosos amigos colaboradores, hemos decidido abrir un nuevo blog de promoción y gestión cultural. Sean bienvenidos todos los amigos interesados en promover la cultura y el arte en general. Pueden enviarnos sus colaboraciones, las cuales subiremos a este blog como entradas tan pronto como las recibamos. Quienes deseen colaborar pueden dirigirnos sus trabajos a nuestro correo personal: renedayre@gmail.com René Dayre Abella. Autor y promotor cultural.

martes, 29 de marzo de 2011

Garibaldi: El Héroe de Italia POR: Fabio Solano / solanofabio@hotmail.com

Garibaldi: El Héroe de Italia
Fabio Solano / solanofabio@hotmail.com   A las siete de la tarde el local parecía lleno. Claro que siempre se veía como abigarrado, quizás por la gran cantidad de pinturas, o por las decenas de botellas en la estantería tras la barra atendida por un hombre de mediana edad, quien lucía una barba a lo Garibaldi, relativamente corta y rubia. En la mesa de la esquina interior del gran salón, a la izquierda del bar, un grupo de hombres con paltó levita y sombrero, discutían ruidosamente. Estaban en el café más viejo de Roma, “El Greco”, con casi cien años de antigüedad, el cual era el centro de reuniones de escritores, pintores y músicos, en fin, la bohemia de los años 50. La fachada no decía mucho del ambiente interior, pero una vez que alguien se ubicaba en una mesa era difícil que se levantase rápido, lo cual no desesperaba a los dependientes, siempre y cuando las botellas de vinos circularan con regularidad.
En una pequeña mesa adosada a la pared, a unos tres metros de la barra central, discutían Francesco y Paolo, uno escritor-periodista, y el otro pintor. Casi siempre hablaban de sus intereses particulares: Francesco sobre la miseria que pagaban los diarios por sus reportajes, y Paolo más intangible en sus dichos, sobre la luz y el sufrimiento para captarla en el lienzo. Pero en aquella ocasión el hombre de las palabras tenía algo diferente que contar: “Amigo, acabo de regresar de Palermo. Increíble, pero la verdad es que vi a Dumas y Garibaldi juntos. Fue hace cuatro semanas, una gran casualidad, pues yo acababa de llegar a la ciudad para ver que sacaba en claro de la avanzada de “Los Mil”, cuando me encontré con Mario, un amigo quien ahora es oficial del líder de los camisas rojas. El me llevó al Palacio del Senado y vi como se abrazaban los dos.
Por cierto que Garibaldi no es tan alto como lo pintan, sino más bien de estatura mediana, se viste casi siempre de rojo y usa una especie de gorro. ¿Sabes por qué? Para tapar la calva. El hombre tiene largos cabellos, pero arriba nada. Eso sí, cuando habla se transforma y sus ojos, intensamente azules, lanzan llamaradas de pasión”.
---Vamos, vamos –contestó Paolo—que vosotros los escritores todo lo exageran como si estuvieran escribiendo una novela. Garibaldi no es más que un aventurero, quien ahora parece estar en el sitio y momento adecuado. Ya corrió por la América, y según me cuentan estuvo por el sur combatiendo en un rio que llaman de La Plata, pero al parecer no le fue muy bien y por eso se regresó. Yo no le quito su valentía y liderazgo, pero al final todo eso de revolucionario y amigo de los pobres terminará en nada. Garibaldi quiere algo improbable: una Italia unificada y es imposible. Hace muchos años tenemos aquí a los austriacos, los Saboya, además está el Papa quien no permitirá que la iglesia pierda espacio en lo terrenal. Creo que Garibaldi es muy teatral y ese encuentro con el gran Dumas me lo confirma. Son harina del mismo costal, les gusta la notoriedad, pero cuando llegue lo concreto, quien sabe qué pasará.
Francesco pidió otra de botella vino tinto, y unos pastelillos. Luego miró a su amigo y dijo: “Caramba Francesco, tu como que mejor te quedas con la pintura, y tus problemas para captar la luz, porque en política pareces un poco ciego. ¿Tú no te has enterado de los avances de Garibaldi? ¿De dónde vengo yo? De Palermo, pues Garibaldi está en la Sicilia y ahora va hacia Nápoles. Los mil hombres iniciales ahora son veinte mil, pues todos los campesinos de las zonas por donde pasan se pliegan y se integran a su tropa. Si nadie lo detiene te aseguro que llegará a Roma y el Papa deberá irse. Ya oí que detrás de todo esto está la intención de crear una monarquía única, con Vittorio Emanuele aspirando a ser el Rey de la Italia unificada”.
El aventurero
La vida de Giuseppe Garibaldi podría ser catalogada como el ejemplo de la aventura en su máxima expresión, mezclada con un especie de sentimiento de justicia social y libertad, el cual fue poco a poco ganando más espacio en el devenir del tiempo, tanto que el personaje terminó como la imagen misma del héroe nacionalista y republicano.
Garibaldi nació en Niza cuando esa ciudad era parte del reino del Piamonte, en 1807. Con su casa frente al mar evidentemente su destino sería el de marino y como tal se enroló a los 15 años para navegar por el mar Negro. Pero antes dejó su sello de “héroe” que le acompañaría toda la vida: estando en un lavandero público en Niza, vio como una de las mujeres cayó a un profundo pozo y, sin pensarlo dos veces, se lanzó al rescate salvando la vida de la humilde mujer. En verdad la aventura lo perseguía, pues en uno de esos viajes, su barco fue secuestrado por turcos en guerra con Rusia y dicen que se salvó de milagro pues sólo salió con una herida en una mano, escapando de sus captores por poco. Es una muestra de lo turbulenta que sería su vida.
En 1833 Garibaldi ya era un rebelde y se enroló en la revolución encabezada por el líder de la joven Italia, Giuseppe Mazzini. En dos años de lucha obtuvo el grado de capitán de la marina piamontesa, pero ante el fracaso debió huir, hasta que el final decidió que mejor era irse a la América. Con apenas 28 años arribó a Brasil y pronto conseguiría una patente de corso, con la cual navegó por el Rio de la Plata. Como era de esperarse del inquieto aventurero se involucró en movimientos insurreccionales al sur del continente, con sus altibajos de siempre, derrotas y victorias como acontece a todo militar.
Estuvo en Uruguay, Buenos Aires y varias ciudades del sur, en plan casi mercenario, pues llegó a crear una “Legión Italia”, la cual peleaba para luego proceder al saqueo sin que su líder lo impidiera. En 1848 volvió a Europa, pues ya había oído las noticias de la preparación de otro alzamiento contra los austriacos. Participó como militar formal en un levantamiento que llevaba como objetivo crear la República Romana de la mano de Mazzini, pero el movimiento revolucionario fue derrotado en toda la línea. Garibaldi hubo de huir en compañía de su amada esposa Anita, de procedencia sudamericana, quien lamentablemente falleció por fiebre tifoidea en ese tiempo. Para salvar su vida ante la persecución imperial, el fugitivo fue a vivir una temporada muy corta a Tánger y de allí salió rumbo a América, pero esta vez fue directo a los Estados Unidos, a Staten Island. Sin embargo la inquietud invadió el alma de Garibaldi, quien sin esperar mucho decidió marchar a Sudamérica, y en un viaje poco conocido, llegó a Nicaragua el 14 de mayo de 1851, acompañado de su amigo y subalterno de otras luchas Francesco Carpaneto. No iba en plan guerrero, sino de comercio, puesto que los dos italianos pretendían montar un negocio de importación desde Génova, el cual no resultó.
Pasó por Granada y en Masaya pretendió instalar una fábrica de velas. Además se hizo famoso en la población local por enamorar una hermosa viuda. Recorrió el país de arriba abajo, pasando por Chinandega y el rio San Juan. Daba discursos donde siempre expresaba que su espada estaba al servicio de los oprimidos. Luego fue al Salvador y de ahí regresó a los Estados Unidos.
Como es de suponer la nostalgia y el deseo de hacer algo por su patria pudieron más que sus deseos de viajar y conocer tierras desconocidas. En 1854 regresó a Europa, fue a Londres y se entrevistó con Mazzini, el antiguo líder de “La Joven Italia”, quien aun andaba en conspiraciones. Después arribó a Niza, donde compró la isla La Caprera y allí pretendió establecerse.
Debía quedarse tranquilo porque en verdad cualquier acción suya era peligrosa para su vida. Fue cuando al primer ministro del Piamonte, Camillo Benso, más conocido como el conde de Cavour, le permitió la vuelta a ese territorio para activarse como comandante militar, creyendo que así lo alejaría de Mazzini y de los pensamientos radicales que profesaba. De esa manera, Giuseppe Garibaldi, un curtido aventurero cincuentón, se convirtió en el jefe militar cuyas acciones llevarían a la reunificación de Italia.
El héroe
Al comenzar el siglo XIX Italia sólo se podía mirar como una unión geográfica de varios estados independientes, con diferentes culturas, lenguaje, himnos y banderas, respondiendo a sus propios intereses. Eso cambió un poco cuando Napoleón conquistó la región, anexionado una parte importante a Francia, y creando su propio reino de Italia, del cual se declaró monarca absoluto. Con su derrocamiento en 1815, Italia fue repartida entre las familias dinásticas de Europa. El imperio austríaco tomó para sí a Lombardía y el Véneto y colocó príncipes de su entorno en Parma, Módena y Toscana. Se unificaron Piamonte, Cerdeña, Saboya y Niza, integrando el reino del Piamonte.
Los Estados Pontificios, con el Papa como jefe de Estado, volvieron a tener relevancia y sobre los restos del trono de Nápoles se creó el Reino de las dos Sicilias, con los borbones al mando. Todo esto tenía una gran deficiencia, la falta de apoyo popular, por lo cual hubo insurrecciones, de las cuales las más sonadas se produjeron en 1830 y 1848. Giuseppe Garibaldi estuvo en esas revoluciones fallidas.
Para la década de los 50 parecía haber un ambiente propicio para que se cumpliera el sueño de una Italia unida y fuerte, aunque algunos querían la república, influidos por la aparición del Manifiesto Comunista de Carlos Marx en 1848 y todo lo que significó para la Europa de aquellos años. El conde de Cavour, primer ministro del reino del Piamonte, pudo interesar a Napoleón III en cuanto a recuperar el norte de Italia con la intención de crear una confederación, para sacar de allí a los austriacos, enemigos del franceses en ese tiempo. Por eso en 1859 Cavour le dio el mando de las tropas a Garibaldi quien, con su liderazgo y experiencia militar, ganó los territorios de Varese y Como, para luego invadir la Brescia. Aquí privaron los intereses internacionales: Napoleón III firmó la paz con los austriacos sin consulta alguna y Garibaldi se enfureció, por cuenta propia se fue al sur e invadió el reino de los dos Sicilias con un contingente muy famoso después: “Los Mil”, pues sólo eran mil voluntarios en esta nueva aventura.
Contra todo pronóstico, Garibaldi cumplió su fin cuando de primera invadió a Sicilia por Marsala. Después se fue a Calabria y por último conquistó la capital Nápoles, instaurando allí un nuevo gobierno de corte dictatorial. Vittorio Emanuele II, rey del Piamonte, envió de nuevo a Cavour para convencer a Garibaldi de la cesión del reino de los dos Sicilias. Entonces el líder de las camisas rojas autorizó un referéndum con voto universal masculino. Los resultados fueron favorables a la anexión propuesta.
Posteriormente se supo que muchos Si fueron fraudulentos, pues los soldados garibaldinos votaban hasta 10 veces cada uno; hubo engaños a la población a la cual hicieron creer que el Si era para el regreso del depuesto Francisco II; y en los sitios de votación hubo mucha gente armada, lo cual evidentemente inclinaba la votación hacia el lado rojo.
Luego de este triunfo Garibaldi pretendía seguir la guerra, pero Cavour lo disuadió y pacíficamente entregó las Sicilias al Piamonte, cuyo gobierno continuó en su empeño de unificar a Italia. Para el 17 de marzo de 1861 Vittorio Emanuele II, de la casa Saboya, fue coronado como Rey de Italia, aun cuando pasarían varios años antes de que Roma se anexara definitivamente a la unificada nación.
Garibaldi, anticlerical de por vida, siguió en su meta por lograr la conquista de Roma, pero resultó herido en una batalla y se fue al retiro, a su isla de La Caprera, para escribir sus memorias. Esperaba recibir la ayuda del gran escritor Alejandro Dumas, su amigo desde la época en que invadió las dos Sicilias.
El gran líder de las camisas rojas fue reconocido a nivel internacional, tanto que Abraham Lincoln le ofreció mando en sus tropas. En los años posteriores se hizo un crítico acérrimo del gobierno de Italia y rechazó una pensión oficial. Al final de su vida fue diputado electo a la Asamblea de Burdeos, y aceptó ser diputado en el parlamento italiano. Se casó de nuevo, escribió buena parte de sus memorias y en junio de 1882, falleció a los 75 años de edad. Enseguida, entró al mundo de los mitos, convirtiéndose en un personaje protagonista de novelas y poemas, cuando la verdad es que fue un héroe-aventurero, quien tuvo la suerte de sobrevivir a múltiples batallas, prisiones y heridas de combate, manteniendo una línea frontal a favor de los oprimidos y en contra de las decadentes monarquías europeas.
TOMADO DE: http://www.el-carabobeno.com/impreso/articulo/t260311-lt02/Lider-de-la-reunificacion:-Garibaldi:-El-Heroe-de-Italia


A favor de la nueva Libia
El movimiento de solidaridad que ha despertado el conflicto libio a nivel mundial ha logrado reunir, en la misma coalición, tanto a los Gobiernos occidentales como a los países miembros de la Liga Árabe

BERNARD-HENRI LÉVY



¿Qué es exactamente una guerra justa? Aquella con la que se detiene una guerra contra los civiles

Los opositores libios siempre serán mejores que un dictador psicópata que había hecho del apocalipsis su religión
No es una operación terrestre, con carros de combate, infantería, ocupación, green zones, etcétera.
Por tanto, es lo contrario de la descabellada guerra de Irak.
Lo contrario de la guerra -justa- de Afganistán.
No sé (es infinitamente más complicado que eso) si la guerra (justa) de Afganistán o la guerra (descabellada) de Irak eran guerras "neocoloniales"; pero lo que es seguro es que esta guerra, esta intervención cuyo primer objetivo es proteger a los civiles que estaban siendo masacrados en Misrata, Zauiya y Bengasi; esta operación de salvamento, que nunca contempló la posibilidad de que un soldado occidental pusiera un pie en suelo libio, es lo contrario de una expedición colonial.
¿Qué es exactamente una guerra justa?
Una guerra con la que se detiene una guerra contra los civiles.
Una guerra que, por parodiar una célebre y desafortunada fórmula (la de François Mitterrand intentando impedir hasta el final los ataques aéreos contra las posiciones serbias sobre Sarajevo), sustrae la guerra a la guerra.
Una guerra que, finalmente, lejos de pretender lanzar en paracaídas un kit de democracia listo para armar, con su manual de instrucciones, pero en mitad de un desierto político -como en el caso de Irak-, se apoya en una insurrección incipiente para permitir -solo permitir- que los libertadores hagan su trabajo de libertadores, y ayuden así a los libios a liberar Libia.
Esta guerra es una guerra de iniciativa francesa, pero no es una guerra francesa.
Es una guerra en la que, ya el sábado 19, vimos aviones franceses sobrevolando Bengasi y martilleando la capacidad militar de un Gadafi acorralado que se había jugado el todo por el todo lanzando sus obuses sobre la ciudad. Es una guerra en la que, junto a Francia y los occidentales, en la misma coalición, participan los cataríes, los emiratíes y los egipcios, ya por propia iniciativa, ya como miembros de una Liga Árabe presente desde el comienzo en el centro de ese movimiento de solidaridad mundial con un país arrasado a sangre y fuego por su propio dirigente, ya acatando la voluntad de un pueblo (es el caso de Egipto) inmerso en un levantamiento cuyos valores pretende universalizar. Este conflicto es, pues, tan árabe como occidental.
¿El propósito de esta guerra?
¿Proteger a los civiles de Misrata, Zauiya y Bengasi? ¿Solamente?
¿Para luego contentarse con ver cómo Gadafi mantiene un perfil bajo, empaca su arsenal y se repliega hasta su feudo tripolitano a esperar el momento de tomarse la revancha, dentro de seis meses o un año?
No lo creo.
Espero que no.
Cuesta imaginar que la comunidad internacional vuelva a caer en el error que cometiera con Sadam Husein al dejar intacta su capacidad para el crimen y la desestabilización tras la primera guerra del Golfo.
Y también cuesta imaginar que la resolución adoptada por Naciones Unidas tras una votación histórica y después de convencer a los chinos y a los rusos de que no ejercieran su derecho al veto produzca un resultado tan irrisorio.
Gadafi ha cometido crímenes contra la humanidad.
¿Acaso el primer reflejo de este Gadafi que, según algunos, había cambiado hasta el punto de renunciar al terrorismo y convertirse en un agudo lector de Montesquieu (Patrick Ollier, ministro francés -¿hasta cuándo?- de Relaciones con el Parlamento) no fue decir, cuando conoció el resultado de la votación: "Si atacan mis aviones de combate, yo atacaré sus aviones comerciales; sus civiles pagarán con uno, dos o tres nuevos Lockerbie"?
Con Gadafi ya no es posible ni la negociación ni el compromiso.
Ahora le corresponde a la comunidad internacional, al unísono con el pueblo libio y su Consejo Nacional de Transición, decir: "¡Gadafi, lárgate!".
Porque, ¿qué quieren los libios libres?
¿Quiénes son?
¿Y qué es, en particular, ese Consejo Nacional de Transición al que Nicolas Sarkozy fue el primero en reconocer, en un gesto político decisivo y valiente?
Por supuesto que no son ángeles (hace tiempo que no creo en los ángeles).
Por supuesto que no son demócratas churchilianos nacidos, como por arte de magia, del tronco del gadafismo (de hecho, algunos de ellos fueron sus servidores y sus deudos antes de desertar).
Tal vez incluso haya antisionistas entre ellos, o hasta antisemitas disfrazados de antisionistas (aunque yo nunca, en ninguno de mis encuentros, primero en Bengasi y luego en París, ni ante ninguno de sus dirigentes, he olvidado decir quién soy ni en qué creo).
Tan solo pienso que, como sus hermanos de Túnez, Egipto o Bahréin, esos hombres y mujeres van hacia una democracia cuyos principios y reflejos están reinventando a toda velocidad.
Y estoy seguro de que esos combatientes que han aprendido, frente a las columnas infernales y los carros de combate, lo que quiere decir "libertad" y en qué lenguaje se escribe su nombre siempre serán mejores que un dictador psicópata que había hecho del apocalipsis su última religión.

Traducción: José Luis Sánchez-Silva.
TOMADO DE: http://www.elpais.com/articulo/opinion/favor/nueva/Libia/elpepusocdgm/20110327elpdmgpan_1/Tes

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