LA RAZÓN DE UN NUEVO BLOG DE GESTIÓN CULTURAL

Ante la avalancha de información cultural noticiosa que recibimos diariamente gracias a la colaboración que me proporciona Arturo Álvarez D'Armas, poeta, fotógrafo y promotor cultural venezolano, así como otros valiosos amigos colaboradores, hemos decidido abrir un nuevo blog de promoción y gestión cultural. Sean bienvenidos todos los amigos interesados en promover la cultura y el arte en general. Pueden enviarnos sus colaboraciones, las cuales subiremos a este blog como entradas tan pronto como las recibamos. Quienes deseen colaborar pueden dirigirnos sus trabajos a nuestro correo personal: renedayre@gmail.com René Dayre Abella. Autor y promotor cultural.

martes, 17 de mayo de 2011

Las revueltas fallidas

Pilar Rahola


Una de las primeras conversaciones que tuve en El Cairo durante los días de la revuelta fue con gente de la comunidad cristiana, aterrorizada con la idea de que cayera Mubarak. ¿Porque eran amantes de una dictadura? No, porque sabían que aquella dictadura era un muro de protección ante la violencia islamista. Y sabían de qué hablaban, no en vano los ataques contra cristianos por parte de los radicales habían aumentando en los últimos tiempos. El acoso contra los cristianos en todo el mundo islámico es un hecho aterrador que ha llegado al cenit en Pakistán, donde incluso montan hostigamientos legales. Y no hablemos de las zonas palestinas donde han vivido durante dos mil años, y donde son sistemáticamente violentados. No tardaremos mucho en ver un Belén totalmente musulmán... La aparición del fenómeno integrista y el uso de millones de dólares del petroislam en la propagación del salafismo ha comportado uno de los momentos más negros para los cristianos que viven en tierras musulmanas. Egipto es un laboratorio privilegiado, vista la importancia de la comunidad copta. Y era evidente, pese a la euforia de algunos corresponsales que parecían confundir el periodismo con la pancarta, que aquellas revueltas escondían el huevo de la serpiente. Lo dije al volver: no todo lo que se manifiesta en la plaza Tahrir es democrático. O dicho al revés, mucho de lo que se manifiesta sueña con una dictadura peor que la anterior. Esta afirmación también vale desgraciadamente para Túnez y para Siria, y para Bahréin. Hay que ser muy ciego para no ver que, hoy por hoy, los movimientos más populares en el mundo islámico, no son precisamente los democráticos y que las organizaciones radicales dominan barrios, pueblos y universidades. De momento han conseguido un éxito escalofriante: excluir a cristianos y a mujeres del redactado constitucional. Y el 8 de marzo, escupieron y violentaron a las mujeres que se manifestaron. Al mismo tiempo, los Hermanos Musulmanes van asumiendo cotas más altas de poder. El futuro de Egipto, tal como denuncian feministas e intelectuales, presenta sombras tenebrosas. Pero como ocuparon la calle en contra de una dictadura, aquí nos pusimos el sombrero de Quico el Progre, lo confundimos con nuestras manis contra los grises y se hizo una lectura naif, ingenua y simple de lo que estaba pasando. Algún periodista enviado a la zona llegó a parecer el jefe de la revuelta. Y sin embargo, estaba claro que nada estaba claro. No se puede decir que no pasará nada con el islamismo radical, si los Hermanos Musulmanes son millones y dominan la oposición organizada. Ciertamente, significa no conocer nada de lo que pasa en el mundo musulmán. Y así vamos, con la flor de la revuelta marchita en manos de los corresponsales entusiastas, que ahora no deben saber qué hacer. Egipto no pinta bien. Los coptos y las mujeres lo saben. Quizá algún día lo sepamos también nosotros.

 TOMADO DE: http://www.lavanguardia.com/opinion/articulos/20110511/54152492457/las-revueltas-fallidas.html



Coetzee-Xtreme, por José Luis Amores
Por José Luis Amores
Sé de buena tinta que la concesión del Nobel de Literatura no genera muchas más ventas de las que ya tuviera el autor antes de recibir al motorista con la notificación. Si además el premio se otorga en uno de esos años reservados para el pago de deudas internacionales o interculturales, las editoriales lo tienen aún más crudo para rentabilizar el obligado gasto en reimpresiones. Probablemente la causa sea la acostumbrada: la literatura no vende porque no interesa. Harían mejor en emplear todo ese papel y toda esa tinta en la fabricación de billetes falsos; actividad mucho menos peligrosa y bastante más lucrativa.

John M. Coetzee (Foto: biografiasyvidas.com)
Un caso demostrativo de lo enunciado es el de Coetzee. Recibe el Noble Nobel en 2003, tras una sólida y larga trayectoria literaria. En España, Mondadori se frota las manos e inunda el mercadillo con el correspondiente producto, ya reducido a merchandising del ahora verdadero producto: el escritor John Maxwell Coetzee. El habitual grupúsculo multiétnico acude a comprar lo que por otra parte no deja de ser novedad: uno que escribe bien y, además, tiene algo que decir. Se desata una especie de furia Coetzee y da la impresión de que los pro-coetzianos proliferan como hongos, o que se reproducen por esporas. Sin embargo, el cómputo final de ventas es irrisorio. Como siempre, los ingresos sedimentan en bolsillos de promotores inmobiliarios, supermercados, franquicias, bares, camellos, clubes de carretera y futbolistas. Un libro sigue resultando excesivamente caro y su consumo poco atractivo; un caña a dos euros, uno por el agua y el otro por la espuma, no.
Coetzee conoce estas paradojas y en cada una de sus obras no deja escapar la oportunidad de insistir en ello. Sólo que su inteligencia le permite disimular tales manifestaciones entre palabras y metáforas brillantes. En el complejo palimpsesto que son sus narraciones, bajo esa inicial pátina de sencillez, digamos que a media distancia entre la capa de objetivos aparentes y el fondo de auténticas intenciones, subsiste la empresa, en su caso con poco o ningún tinte satírico aunque sí despiadada, de poner de manifiesto el sempiterno enfrentamiento entre el sector culto de la sociedad (el verdaderamente culto, de mayoría empobrecida) y el que no lo es (acomodados o no). Pero en ese señalamiento Coetzee no emplea materiales sarcásticos, y en rara ocasión utiliza la invectiva. Se limita a exponer unos hechos históricos, pintando contra el telón de fondo difícilmente mejorable constituido por la Sudáfrica del apartheid. No se trata, por supuesto, del único fin de su literatura, aunque sí el más obviado por los lectores, críticos o no.

Sin embargo, en contra de lo que podría parecer, utiliza ese enfrentamiento cultural como parte y medio de una estrategia de demolición de su figura pública, de socavamiento de su imagen. En su última obra publicada en España, Verano, completa el ciclo autobiográfico iniciado con Infancia y Juventud, dejando a su alter ego escrito con la inquietante edad de 35 años, nel mezzo del cammin di nostra vita: estudioso de la obra de Elliot y de su comúnmente admirado Virgilio, Coetzee parecería utilizar una metáfora dantesca para anticipar su muerte a los 70; vaticinio no cumplido, pues ya los ha sobrepasado. Hubiera sido Verano el epitafio de un gran escritor empeñado en autoderrocarse de un trono que parece considerar inmerecido.
Como es sabido, Verano está compuesta por cinco entrevistas y dos pequeñas recopilaciones de extractos de diarios personales de la época. Coetzee ha muerto en Australia y un investigador literario habla con personas que le conocieron y tuvieron cierta relación con él. Cuatro mujeres y un hombre. Se le describe y narra como sujeto asocial, huraño, equivocadamente comprometido con su entorno, no demasiado brillante, fracasado congénito en sus relaciones amorosas e incluso acosador incipiente. En las entrevistas, que son relatos escritos con una habilidad deslumbrante, lo acompaña una figura paterna patética y demediada, más un estorbo que un sostén aunque también sería válida una inversión de papeles. Circunstancias, entorno, comportamiento y opiniones sirven para caracterizar a un Coetzee extremo en cuanto a lo que de él se decía, por otros y fuera de la ficción, como persona y no como escritor: frío, helado, desagradable y torpe, nadie. No tiene mucho sentido, al menos desde la óptica literaria, preguntarse si lo narrado es cierto. Sí merecen interrogación, a mi juicio, los porqués de tal acción y actuación.
Creo ver al menos tres razones fundamentales y dos derivadas. Respecto de las primeras, una podría ser, simple y llanamente, contar la verdad, aunque esta verdad no nos interese, o quizá sólo nos interesara en la medida en que se ajustase al arquetipo del héroe literario más o menos clásico; aquel nacido para convertir el mundo en frases y éstas en arte, y no alguien necesitado de que le expliquen ese mundo que, por lo que se ve o se lee, no comprende. Pero la verdad puesta por escrito tiende a deformarse, tanto por la incapacidad del lenguaje para ponerla de manifiesto como por la visión y la opinión de quien la escribe. Que en este caso es el propio autor y, por tanto, sospechoso de pseudofraude. He aquí, pues, la segunda razón: tratar de desmitificar una figura enNOBLEcida por haber sido enNOBELcida. Coetzee observa al Coetzee mediatizado y concluye que no soporta la fama, aborrece esa imagen suya repetida hasta la saciedad y se propone, con lo que acaso él crea la verdad, desmitificarla mediante el uso de sus mejores armas, las literarias. Para lo que escribe su propia historia, interrumpiéndola en los albores de lo que hoy se conoce y entiende como marca Coetzee: el autor, sus obras, el premio y los chismorreos alrededor de su persona. Enseñando al individuo despojado de estos atributos, eligiendo las escenas precisas para mostrarlo al mundo en un estadio anterior a su concepción como el J. M. Coetzee recreado por los medios, lo desmitifica y, con ello, lo destruye.
Intuyo una tercera intención, más simple y personal, en parte substanciada por las dos primeras. Coetzee podría haber entrado, incluso antes de recibir El Premio, en un bucle interrogativo: ¿por qué yo?, ¿no os dais cuenta del tipo de individuo que estáis ayudando a encumbrar? Sean o no ciertas las revelaciones biográficas contenidas en Verano, lo cierto es que, como se dijo más arriba, ofrecen una imagen demeritada de quien objetivamente es uno de los mejores escritores de nuestra época. Coetzee podría comprender el interés suscitado por su literatura, un interés deseado y perseguido como escritor; cómo no, pues en caso contrario poco sentido hubieran tenido los esfuerzos en publicarla. Pero no estaría conforme con lo que de intromisión (y fabulación) en su ser privado conlleva esa paulatina (y acelerada a partir de 2003) fama. De ahí la vuelta de tuerca que supone Verano en el ritmo de revelaciones biográficas. Unas revelaciones que, concordando con el habitual amarilleo sobre sus modos de estar y comportarse, van más allá de la penetración en la sórdida cotidianidad del joven literato que fue, adentrándose en un diorama de inducción al rechazo sólo entrevisto en personalísimos diarios kafkianos.
Las razones que he dado en llamar derivadas entran en terrenos exclusivamente literarios. Una sería la ya apuntada referencia a la Divina Comedia de Dante. Verano se situaría en un plano paralelo a la segunda parte, la del Purgatorio, con sus siete cornisas (cinco entrevistas más dos capítulos fragmentarios de sus diarios personales), y con una Beatrice central en este caso brasileña, o brasileñas si hay que hacer caso del testimonio ofrecido por la mujer entrevistada.

Pero también cabría encontrar en el texto una primaria intención referencial a la obra de Marcellus Emants, uno de los autores incluidos en su libro de ensayos Costas extrañas (Mondadori, 2004). Trata este ensayo fundamentalmente de una novela de Emants, Una confesión póstuma, en la que el protagonista, Willem Termeer (trasunto deformado del Willhelm Werther de Goethe), teme enfrentarse a su auténtico yo, «un yo impotente, cobarde, ridículo». Entre otras múltiples y numerosas coincidencias, Coetzee apunta que Termeer fue llevado a la escuela y abandonado allí «como un conejo en una jaula de fieras [...] siente la hostilidad de la gente que intuye que hay algo raro en él y quieren eliminarlo por el bien de la especie. Sus congéneres son bestias salvajes, y la sociedad misma un gigantesco sistema de ruedas y engranajes en el que las criaturas ineficientes como él están predestinadas a ser aplastadas». (Como el Coetzee a que él mismo nos ha acostumbrado: a disgusto con su entorno, incómodo en el mundo). La confesión de Termeer «es casi tanto una pieza de análisis introspectivo y de astuto exhibicionismo como una desesperada súplica de piedad», la cursiva es mía. Esta hipótesis nace por la dificultad de sustraerse a la aglomeración de similitudes e intertextos, desde el título de la novela aludida (Una confesión póstuma, y recordemos que Verano es una confesión posterior a la muerte de Coetzee) hasta las propias conclusiones del ensayista Coetzee sobre la novela de Emants: «No podemos separar a Willem Termeer de Marcellus Emants: el autor se implica en el proyecto anómalo de su criatura para transmutar en oro el metal de baja ley de su yo», para terminar diciendo de Emants que es «un pensador menor, un artista menor, un psicólogo menor (¿y quién no lo es?) […] atrapado en las redes de Rousseau».
En todo caso, una obra sorprendente tanto por la elevada calidad de su factura como por los múltiples estratos que cabe deducir en su análisis, que siempre será incompleto y probablemente fuera de lugar. Lo que seguro nunca estará de más es leer a Coetzee, sea lo que sea lo que éste tenga que decir.
José Luis Amores
http://bolmangani.blogspot.comm
TOMADO DE: http://www.revistadeletras.net/coetzee-xtreme-por-jose-luis-amores/

Mark C. Taylor: “De Derrida aprendí que los únicos escritores que valen la pena son aquéllos que no pueden dejar de escribir”
Por Berta Ares

Mark C. Taylor (1945) es uno de los teóricos de la religión más prestigiosos de Estados Unidos. Profesor de religión y director del departamento en la Columbia University, Taylor es también crítico cultural de referencia en los debates sobre posmodernismo y autor de una extensa bibliografía que abarca y relaciona temáticas tan variadas como religión, filosofía, literatura, arte, arquitectura, política, tecnología, ciencia, economía, ecología y educación.

Mark C. Taylor (Foto: Columbia University)
Pertenece a la generación que se rebeló a la guerra del Vietnam y abrazó la contracultura. Amigo y gran conocedor de la obra de Jacques Derrida, fue pionero en aplicar el enfoque de la deconstrucción y el posestructuralismo en los estudios religiosos, que extendió luego a sus reflexiones en el campo de la filosofía, la cultura y las artes. Su interés por las artes visuales y la arquitectura le ha llevado a participar en diversos proyectos colaborativos con artistas contemporáneos y arquitectos. En su formulación de una Teoría de la Religión, Taylor recurre a apreciaciones de sociólogos y científicos, así como de teólogos, filósofos y críticos literarios, y concibe la divinidad como la emergencia de la creatividad en el hombre.
Desde que en 2005 un cáncer y unos importantes problemas de salud le pusieran al límite de la vida, Taylor ha publicado tres libros indispensables. El primero es la esencia de su pensamiento intelectual y la suma de su obra: After God (Después de Dios), 2007. El segundo es una memoria filosófica con referencias autobiográficas: Field notes from elsewhere, 2009. Y el tercero es fruto de su preocupación por el sistema universitario de EE UU, una burbuja, que según él, puede estallar: Crisis on Campus, 2010.

Taylor ha venido a Barcelona a presentar el primero de sus libros traducidos al castellano, Después de Dios. La religión y las redes de la ciencia, el arte, las finanzas y la política (Ediciones Siruela, 2011), que se publica en la colección El Árbol del Paraíso, dirigida por Victoria Cirlot y Amador Vega, y a impartir un seminario en la UPF invitado por el Grupo de investigación de la Biblioteca Mystica et Philosophica Alois Maria Haas. Durante la entrevista, la primera que concede en España, el profesor comparte con generosidad su conocimiento y desgrana algunas de las ideas sobre las que se articulan sus tres últimas obras.
Me gustaría comenzar con una cuestión relevante para mis estudios doctorales. Cada vez se cruzan más las técnicas para crear ficción literaria y recrear la actualidad a través de los mass media. ¿Cuál es a su entender la relación entre la ficción y el trabajo periodístico en tiempos postmodernos?
La principal cuestión reside en la narrativa. Parte de la labor periodística es crear narrativa en torno a un evento aportando orden y significado. Una de las cuestiones más interesantes que se están tratando recientemente en Estados Unidos es la introducción de la palabra ‘narrativa’ en periodismo. Primero se comentaba que Bush creaba narrativa, o que ahora lo que Obama hace es crear narrativa en torno a la guerra de Libia, por ejemplo. Hace quince o veinte años, en cambio, toda la cuestión de la noción de narrativa era criticada como muy, muy problemática, y no sólo por el pensamiento posestructuralista. Se llegó a la idea de que cualquier narrativa es ficción, y yo creo que esto es probablemente así.  Y cuando digo que algo es ficcional no necesariamente significa que no sea cierto. Igualmente, creo que no hay nada que no sea ficcional. Nietzsche dijo en algún lugar ‘No hay hechos, sólo interpretaciones’.

Una imagen del libro "Fields notes from elsewhere", de Mark C. Taylor
No creo que la vida sea una narración continua, lineal. Uno de mis libros, Field notes from elsewhere, combina la memoria autobiográfica con reflexiones. Este libro adopta la forma de diario con 52 capítulos, uno por cada semana del año, cada uno con una entrada am y otra pm que le dan un orden general; pero no es una vida narrada. Algunos de los editores decían que no publicarían el libro porque no reflejaba una narración continuada de vida, pero yo no quería escribirlo así, porque la vida no es algo que transcurra de forma narrativa, y sus episodios no guardan necesariamente conexión.
Ahora bien, sobre cada cuestión que tratamos de forma narrativa estamos creando ficción, ya sea sobre lo que es político, personal o esencial. La línea entre los hechos y la ficción es frágil, me parece a mí. Dicho esto, en el trabajo periodístico todavía podría decirse que hay algunas cuestiones, cómo decir, menos ficticias. Gadafi ha masacrado gente y cuando lo escuchamos o leemos suena narrativo, como un relato, pero sabemos que hay verdad en ello. Sin embargo, eso no significa que la narración o relato creado sea objetivamente verdad, no existe tal verdad objetiva, me parece a mí.

En su libro Después de Dios, sostiene que la secularidad es un fenómeno religioso, ¿también lo es la literatura moderna?
Yo creo que sí. Si no entendemos la religión como una parte de experiencia que concierne a ciertas instituciones, sino que la entendemos como aquello que concierne o implica ciertos problemas, cuestiones, o temas. No importa sobre qué traten: sobre lo que es real, sobre lo que está bien, sobre la comprensión de las cosas, los límites del conocimiento y su naturaleza; entonces son cuestiones que tienen relación con la literatura, el arte, las artes visuales, la filosofía, la teología. La novela teológica más importante que América ha producido es Moby Dick. Moby Dick es una obra acerca de Dios. Por otro lado, ¿puede alguien decir que Kafka no es un escritor religioso?
Creo que parte de lo que sucedió a finales del XVIII y principios del XIX entre el arte y la literatura es su reflexión en torno a lo divino. En cuanto a la noción moderna de literatura, también tomó forma en Jena de la década de 1790.  En los Fragmentos, la obra filosófica de Schlegel, podemos ver lo que emerge convertido en literatura. Desde mi punto de vista, Schlegel es un escritor religioso. Mucha gente desecharía esta idea, y me parece a mí que parte del problema reside en los límites de la noción de posibilidad de entendimiento o problemática de entendimiento, de posibilidad del lenguaje, o problemática del lenguaje, de lo que puede ser nombrado… Schlegel, en un estilo performativo y literario, invoca los espíritus que crean las condiciones de la posibilidad de experiencia. El verdadero estilo es performativo, es decir, actúa la experiencia, no la describe sino que lo que hace es crear la ocasión para la experiencia.
Señala que cuando el arte desplaza la religión como foco del esfuerzo espiritual, los profetas devienen artistas de vanguardia cuya misión es realizar el reino de Dios en la tierra transformando el mundo en una obra de arte. En 2009, el Papa Benedicto reunió en la Capilla Sixtina a más de 250 artistas de todo el mundo para instarles a crear belleza como camino hacia el trascendente, hacia Dios, y así crear la posibilidad de espiritualidad a través del arte.  ¿Está guiando el Papa a sus profetas?
Lo que me parece interesante sobre el Papa es…, permíteme contextualizarlo. Me gradué en Harvard en 1968, un año muy, muy interesante; un año muy difícil. En enero tuvimos la ofensiva del Tet en la Guerra de Vietnam, en febrero el presidente Johnson anunció la revocación de las prórrogas de alistamiento en el ejército también para los que estudiábamos en la universidad, en marzo la Primavera de Praga, en abril Martin Luther King fue asesinado, en mayo cerraron las universidades, en junio Bobby Kennedy fue asesinado. Un año muy interesante. En Estados Unidos abrazamos la contracultura. Hay principalmente dos puntos en cuanto a la contracultura: uno en relación al poder político y otro en relación a la religión y al poder papal. Trato este tema en Después de Dios. La cuestión del momento era originar un cambio. O cambiar el mundo cambiando la conciencia. O cambiar la conciencia cambiando el  mundo. O cambiar todo a la vez.

París, mayo del 68 (Foto: D.P.)
En Europa estaban los marxistas más fuertes. El actual Papa Benedicto, hasta ese año 1968, había sido relativamente liberal. En ese momento daba clases en la Universidad de Tubinga y era partidario de una política de reconciliación de la Iglesia con el mundo moderno. Pero todo eso cambió abruptamente en 1968, cuando estalló la revolución de estudiantes en Tubinga, en toda Alemania y en otros muchos países. Había entonces por parte de los estudiantes un rechazo muy fuerte a la autoridad. Entonces es cuando el actual Papa Benedicto se hizo de derechas, según mi manera de entenderlo.
En cuanto al papel de los artistas de vanguardia. Creo que el texto clave del desarrollo del papel que jugaron son las cartas de Schiller Sobre la educación estética del hombre (1795), donde toma conciencia de abrir la posibilidad de comprender la transformación del mundo en una obra de arte. El arte debía estar presente en el mundo. La clave era pues transformar el mundo en una obra de arte, llevar a cabo esos ideales de la sociedad y liderar el camino hacia la transformación. La utopía desarrolla el papel de principio rector y luego son los artistas de vanguardia los que lideran o guían esta comprensión del arte. Esta comprensión del mundo continúa siendo muy importante para la Revolución rusa, incluso en cierta manera para la Bauhaus. Tomemos artistas como Klimt o Kandinsky. Se estaba inaugurando una nueva era espiritual. Kandinsky y Mondrian eran filósofos. Una de las influencias más importantes en el pensamiento francés del siglo XX fue Alexandre Kojève, crucial para el posestructuralismo. Todos aquéllos que se han convertido en personalidades clave del pensamiento francés asistieron o leyeron sus seminarios sobre Hegel de 1935-1938: Jacques Lacan, Jean-Paul Sartre, Georges Bataille, Raymond Queneau. Kandinsky era tío de Kojève, esto es muy, muy importante. Para todos ellos el arte se convierte en una práctica transformadora.

James Turrell, con el Roden Crater al fondo (Foto: wikipedia)
Ahora, tomemos artistas contemporáneos: Joseph Beuys, Matthew Barney o James Turrell. El arte para todos ellos es reconfigurar en lo espiritual, y sus obras están asimismo in-formadas por cierto sentido de espiritualidad. En lo que respecta a James Turrell, su obra maestra es el Roden Crater, en Arizona, que supone la transformación del volcán en una obra de arte, convirtiendo el cráter en un enorme observatorio diseñado para ver el fenómeno celestial; esto es salvaje y disparatado, pero conlleva la transformación de la percepción. Y esto es parte de lo que estoy hablando hoy, me refiero a que aquello que es necesario para el cambio social es un cambio en la percepción: en cómo vemos el mundo y cómo interpretamos el mundo, dos diferentes acciones para crear dos diferentes marcos de interpretación.


Matthew Barney (Foto: cremasterfanatic.com)
Arte transformador y creatividad divina …
Así es. Yo no creo en lo trascendente. La vida es lo que es. Es duro, pero…, pasar toda tu vida a la espera de lo trascendente…, es el problema del mesianismo, siempre a la espera de algo más. Yo he estado muy cerca de la muerte. Y creo en la vida, no en el más allá.  Creo que el nihilismo es la denigración de la vida tal como la conocemos. Nunca he sido religioso en el sentido tradicional, pero digamos que creo en la crucifixión y no en la resurrección. Y esto es lo que hay, creo en la vida en este mundo, y la vida en este mundo es lo que es, y el reto es no negarla a la espera de que llegue algo mejor.
Derrida defendió la posibilidad de una mimesis que muestra la identificación de la acción humana con la acción divina; de una libertad con la otra. ¿Comparte esta visión?

Jacques Derrida (Foto: wikipedia)
Derrida siempre trató de desprenderse de una noción de mimesis como representación, o una simple repetición de figuras preformadas. Más bien describió una mimesis que no es la representación de una cosa mediante otra, sino una forma de actividad. Conocí bien a Derrida. Fue una persona extraordinaria. Solía decir “lo único más importante que querer escribir, no es incluso no escribir, sino no no-escribir, no poder dejar de escribir”. Y así fue, Derrida no pudo parar de escribir, y se mantuvo escribiendo. No he leído todo lo que escribió. Durante muchos años incluso no le leí. Pero él no podía parar de escribir, -no podía parar la actividad de la mimesis-, y durante mucho tiempo me sentí frustrado porque pensaba que de alguna manera Derrida estaba devaluando el valor de la vida, porque él continuaba escribiendo, escribiendo y escribiendo…. Hasta que me di cuenta de que lo que le hacía incapaz de parar de escribir es lo que de hecho hacía de él un gran escritor. Así que me dije “los únicos escritores que merecen la pena son aquéllos que no pueden parar de escribir”.
Creo que hay mimesis en la actividad de escribir, y que ésta no es una representación de una cosa mediante otra como sostiene la tradición, sino la continua acción del proceso creativo. Mimesis como creatividad. Si intercambiamos la comprensión de un Dios creador por la comprensión del sentido de divinidad del proceso creativo, podemos entender el mundo como una obra de arte. Poiesis se refiere a toda actividad productora y creadora. Mientras estamos, creamos, participamos de esa actividad. No existe la inmortalidad. No hay vida después de la muerte. Participamos en este proceso y lo que queda tras nosotros es nuestra contribución a este proceso, cualquiera que ésta haya sido. En algún lugar en su Fenomenología, Hegel define el absoluto -y esa es la manera de encontrar a Dios-, como “el emerger que nunca pasa, pero que en realidad nunca llega a emerger, que nunca llega a pasar tampoco”; o como acabo de sugerir, el infinito proceso creativo. Esto es lo divino.



¿El actual sistema educativo facilita esta comprensión de actitud mimética?
El problema con el sistema educativo de Estados Unidos, y pienso que probablemente se pueda aplicar aquí, es que muchas cosas están relacionadas con la mimesis mala y no con la mimesis buena. Heidegger señaló que es distinto tener una beca (scholarship), que pensar (thinking). Para mí el objetivo de la enseñanza siempre ha sido el pensamiento constructivo. La labor de pensar no es simplemente leer algo de Hegel o Kierkegaard, sino tomar sus enseñanzas y hacer algo nuevo y diferente. En los últimos años estuve envuelto en una controversia por un artículo que publiqué en The New York Times titulado End the University as we know it (26 de abril de 2009), donde, entre otras cosas, sostengo que el sistema de educación universitario se ha vuelto un proceso de clonación y de producción en serie. Yo le digo a mis estudiantes: ¡No hagáis lo que yo hago, haced lo que yo nunca podría imaginar hacer, y entonces volved y contádmelo!
Afirma que la religión es más influyente donde es menos obvia. ¿Podemos reconocerla en las redes sociales?
Sí, pienso que sí. Por una razón u otra, siempre he podido ver con antelación las novedades que acababan llegando. Siempre he dicho que sé por qué lado sopla el viento escuchando a mis alumnos. Gran parte de mi comprensión de estos temas tiene que ver con esto, con escucharles. No estoy muy metido en facebook, twitter…, no sé si es generacional, pero sí conozco las redes sociales en cuanto a lo que significan en términos de conectividad y relación. En el campo de la educación, que es un proceso muy complicado, creo que cualquier profesor, para ser efectivo debe encontrarse con su estudiante donde quiera que esté. Las redes sociales están creando nuevas formas de comunidad. La misma noción de comunidad está cambiando. Pero, ¿cómo podemos definir ahora qué es comunidad?, y, ¿cuál es la noción de identidad?
¿En su opinión, cuál de las tradiciones religiosas está más preparada para acoplarse a la actual cultura postindustrial de redes, para comprender este Wikiworld?
Si conociera un poco mejor esta tradición, probablemente diría el Budismo, porque posee una filosofía transcultural que permite articular una filosofía o una ética global. El problema con el Cristianismo es que nadie comparte mi visión, la forma en que yo lo entiendo… Si Hegel estuviera vivo creo que trataría de hacer algo parecido a lo que yo intento. Quiero decir que tocaría diversas disciplinas: filosofía, estética, tecnología, ciencia, cultura, economía, literatura, lo que fuera para intentar comprender de qué manera esas diferentes dimensiones y experiencias están conectadas y relacionadas. Y este es el mundo. El único en el que los lectores de esta entrevista van a vivir.
Berta Ares
TOMADO DE: http://www.revistadeletras.net/mark-c-taylor-de-derrida-aprendi-que-los-unicos-escritores-que-valen-la-pena-son-aquellos-que-no-pueden-dejar-de-escribir/

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