LA RAZÓN DE UN NUEVO BLOG DE GESTIÓN CULTURAL

Ante la avalancha de información cultural noticiosa que recibimos diariamente gracias a la colaboración que me proporciona Arturo Álvarez D'Armas, poeta, fotógrafo y promotor cultural venezolano, así como otros valiosos amigos colaboradores, hemos decidido abrir un nuevo blog de promoción y gestión cultural. Sean bienvenidos todos los amigos interesados en promover la cultura y el arte en general. Pueden enviarnos sus colaboraciones, las cuales subiremos a este blog como entradas tan pronto como las recibamos. Quienes deseen colaborar pueden dirigirnos sus trabajos a nuestro correo personal: renedayre@gmail.com René Dayre Abella. Autor y promotor cultural.

viernes, 13 de mayo de 2011

Neruda fue “asesinado” Clarín, Miércoles, 11 de Mayo de 2011 09:54 Francisco Marín*




Neruda fue “asesinado”  



Clarín, Miércoles,   11 de Mayo de 2011 09:54 Francisco Marín*
  



Todo estaba dispuesto para que el poeta y premio Nobel de Literatura   Pablo Neruda se exiliara en México. Había viajado de su casa en Isla Negra a   Santiago de Chile y un avión enviado por el gobierno mexicano estaba listo   para recogerlo. Sin embargo, tuvo que ser internado en la clínica Santa María.   Avisó por teléfono a su mujer, Matilde Urrutia, y a su asistente Manuel Araya   que un médico le había puesto una inyección en el estómago. Unas horas después   murió. Araya –quien estuvo al lado del poeta en sus últimos días– cuenta a   Proceso un secreto que lo ahoga: el poeta “fue   asesinado”.









Valparaíso.-   El poeta chileno Pablo Neruda “supo a las cuatro de la madrugada (del 11 de   septiembre de 1973) que había un golpe de Estado. Se enteró a través de una   radio argentina que captaba por onda corta. Ésta informaba que la marina se   había sublevado en Valparaíso.



“Trató   de comunicarse a Santiago, pero fue imposible. El teléfono estaba fuera de   servicio. Recién como a las nueve de la mañana confirmamos que el golpe se   había concretado. (…) Ese 11 de septiembre fue un día caótico y amargo porque   no sabíamos qué iba a pasar con Chile y con nosotros.”



Manuel   Araya Osorio habla de Neruda con la familiaridad de quien ha compartido   momentos cruciales con un personaje histórico. Y sí. Fue asistente del poeta   desde noviembre de 1972 –cuando regresó de Francia– hasta su muerte el 23 de   septiembre de 1973.



El   corresponsal se reunió con este personaje el pasado 24 de abril en el puerto   de San Antonio. La entrevista se llevó a cabo en la casa del dirigente de los   pescadores artesanales chilenos Cosme Caracciolo, a quien Araya le pidió ayuda   para develar un secreto que lo ahogaba: “Lo único que quiero antes de morir es   que el mundo sepa la verdad, que Pablo Neruda fue asesinado”, asegura a   Proceso.



Sólo   el diario El Líder, de San Antonio, dio cuenta parcial de su versión el 26 de   junio de 2004. Pero no trascendió por la poca influencia de este   medio.



Araya   afirma que siempre ha querido que se haga justicia. Cuenta que el 1 de mayo de   1974 le propuso a Matilde Urrutia, viuda de Neruda, aclarar esa muerte. Ambos   fueron testigos de sus últimas horas: durmieron, comieron y convivieron en la   misma habitación a partir del golpe del 11 de septiembre de 1973 y hasta la   muerte del poeta, 12 días después, en la clínica Santa María de   Santiago.



Pero   Araya afirma que Matilde –quien murió en enero de 1985– no quiso tomar acción   alguna para fincar eventuales responsabilidades. Según él, Urrutia le dijo:   “Si inicio un juicio me van a quitar todos los bienes”. Araya cuenta que en   otra ocasión tuvieron una discusión que marcó un quiebre final en su relación   con la viuda. “Me dijo que lo que había pasado era cosa de ella y no mía,   porque yo ya había terminado de laborar con Pablo, ya no era trabajador y no   teníamos nada que ver”.



“Neruda   quería que cuando muriera, la casa de Isla Negra quedara para los mineros del   carbón (…) Pero la fundación (Pablo Neruda) se apropió de su obra y no ha   concretado ninguno de sus sueños. A ellos (los directivos de la fundación)   sólo les interesa el dinero”, espeta.



Afirma   que hace dos años le entregó a Jaime Pinos, entonces director de la Casa Museo   de Isla Negra, de la fundación, un relato sobre los últimos días del poeta.   “Pero no han hecho nada con esa información, ni siquiera la han dado a   conocer. No quieren que la verdad se sepa (…) Nunca me han dado la palabra en   los actos que organizan ni siquiera en las conmemoraciones de su   muerte”.



Araya   proviene de una familia de campesinos de la hacienda La Marquesa, cerca de San   Antonio. Cuando tenía 14 años fue acogido en Santiago por la dirigente   comunista Julieta Campusano, quien le dio trato de ahijado.



Este   vínculo le ayudó, pues Campusano llegó a ser senadora y la mujer más   influyente del Partido Comunista, y gestionó que Araya recibiera una   preparación especial en seguridad e inteligencia, entre otras materias. Araya   escaló rápido. Fue mensajero personal de Allende antes de fungir como   principal asistente de Neruda.



Araya,   quien hacía de chofer, mensajero y encargado de seguridad de Neruda, acepta   que el autor de Canto general tenía cáncer de próstata, pero no cree que esa   enfermedad lo matara. Asegura que dicho padecimiento “estaba controlado” y que   Neruda “gozaba de buena salud, con los achaques propios de una persona de 69   años”.



“Abandonados”



Araya   dice que después del golpe del 11 de septiembre, Neruda, su mujer y el resto   de los habitantes de la casa de Isla Negra quedaron “solos y abandonados”. El   contacto con el mundo exterior se reducía a las noticias que les llegaban a   través de una pequeña radio que Neruda sintonizaba, a las esporádicas   conversaciones telefónicas de un aparato que sólo recibía llamadas y a lo que   les contaban en la hostería Santa Elena, cuya dueña “era de derecha y sabía   todo lo que pasaba”.



Cuenta   que el 12 de septiembre llegó un jeep con cuatro militares. “Todos llevaban   los rostros pintados de negro. Yo salí a recibirlos. (...) El oficial me   preguntó quiénes estaban en la casa. Le tuve que decir que en ese momento   estaban Cristina, la cocinera; la hermana de ésta, Ruth; Patricio, que era   jardinero y mozo; Laurita (Reyes, hermana de Neruda); la señora Matilde,   Pablito (Neruda) y yo.



“El   oficial nos señaló que en el domicilio no podía quedar nadie más que Neruda,   Matilde y yo. Entonces tuvimos que arreglárnoslas entre los tres: dormíamos en   la recámara matrimonial que estaba en el segundo piso. Yo dormía sentado en   una silla, arropado con un chal. Lo hacía para estar más cerca de Neruda,   porque no sabíamos lo que nos iba a pasar.”



El   13 de septiembre, cerca de las 10 de la mañana, los militares allanaron la   casa. Araya dice que eran como 40 soldados que venían en tres camiones. Iban   armados con metralletas, con las caras pintadas de negro y uniforme de   camuflaje. Vestidos y pertrechados “como si fueran a la guerra”.





Recuerda:   “Entraban por todos lados: por la playa, por los costados (…) Salí al patio   para preguntar qué querían. Hablé con el oficial que daba las órdenes. Me dijo   que abriera todas las puertas. Mientras revisaban, destruían y robaban, los   militares preguntaban si había armamento, si teníamos gente escondida adentro,   si ocultábamos a líderes del Partido Comunista (…) Pero no encontraron nada.   Se fueron callados. No pidieron ni perdón. Se sentían dueños y señores del   sistema. Tenían el poder en las manos”.



Añade   que como a las tres de la tarde, poco después de que se habían ido los   soldados, llegaron marinos. “Estuvieron más de dos horas. También allanaron la   casa y robaron cosas. Registraban con detectores de metales. (...) La señora   Matilde me contó que el mandamás de los marinos entró al dormitorio de Neruda   y le dijo: ‘Perdón, señor Neruda’. Y se fue”.



Araya   recuerda que durante varios días la marina puso un buque de guerra frente a la   casa del poeta. “Neruda decía: ‘Nos van a matar, nos van a volar’. Y yo le   decía: ‘Si nos tenemos que morir, yo voy a morir en la ventana primero que   usted’. Lo hacía para darle valor, para que se sintiera acompañado. Entonces   le dijo a la señora Matilde: ‘Patoja –que así la nombraba–: mire el compañero,   no nos va a abandonar, se va a quedar aquí’”.



Araya   cuenta que conversaciones de ese tipo tenían lugar en la pieza del matrimonio:   ellos acostados y él sentado a los pies de la cama. “Nos preguntábamos que   haríamos nosotros solos. Pensábamos que a Neruda lo iban a asesinar. Entonces,   resolvimos que la única opción era salir del país”.



El   viaje



Araya   narra que Neruda le dijo que su plan era instalarse en México y una vez en ese   país pedir “a los intelectuales y a los gobiernos del mundo entero ayuda para   derrocar a la tiranía y reconstruir la democracia en Chile”.



Rememora:   “Desde la hostería Santa Elena –a menos de 100 metros de la casa de Isla   Negra– nos comunicamos con las embajadas de Francia y México. La de México se   portó un siete (nota máxima en el sistema educativo chileno). El embajador   (Gonzalo Martínez Corbalá) se movilizó para ayudarnos. Creo que el 17 de   septiembre nos llamó para decirnos que se había conseguido una habitación en   la clínica Santa María. Allí deberíamos esperar la llegada de un avión   ofrecido por el presidente Luis Echeverría”.



El   problema era trasladar al poeta a la clínica. “Con Neruda y Matilde pensamos   que la mejor y más segura manera de llegar hasta allá era en una ambulancia.   Mi misión era conseguirla. Viajé a Santiago en nuestro Fiat 125 blanco y pude   arrendar una ambulancia. (...) Recuerdo que ofrecí como seis veces más de lo   que me cobraban para asegurar que efectivamente fueran a buscarnos. Acordamos   que fueran el 19, porque ese día la clínica tendría todo dispuesto para   recibir a Pablito.



“Llega   el 19 y solicitamos a Tejas Verdes (el regimiento militar de la provincia de   San Antonio) permiso para trasladar a Neruda. Me dijeron: ‘No estamos dando   salvoconductos, menos a Neruda’. A pesar de la negativa decidimos partir. La   ambulancia entró hasta la puerta que daba a la escalera de su dormitorio.   (...) Al salir se despidió de su perrita Panda, se subió a la ambulancia y se   acostó en la camilla. Neruda y Matilde se fueron en la ambulancia. Yo los   seguí muy de cerca en el Fiat.”



“El   viaje fue triste, caótico y terrible. Nos controlaban cada cuatro o cinco   kilómetros, parecía imposible llegar a nuestro destino. Imagínese que salimos   a las 12:30 y llegamos a las 18:30 a la clínica (distante poco más de 100   kilómetros de Isla Negra).



“En   Melipilla fue el control más maldito. Allí Neruda vivió el momento más   terrible. (...) Los militares lo bajaron de la ambulancia y le registraron el   cuerpo y la ropa. Decían que buscaban armas. Él pedía clemencia, decía que era   un poeta, un premio Nobel, que había dado todo por su país y que merecía   respeto. Para ablandar sus corazones les decía que iba muy enfermo, pero las   humillaciones continuaban. En un momento lloramos los tres tomados de la mano   porque creíamos que así iba a ser nuestro fin.”



Finalmente   la ambulancia llegó a la clínica tres horas más tarde de lo acordado. “Como   llegamos muy cerca de la hora del toque de queda, no pudimos hacer nada más   que quedarnos todos en la clínica a dormir (…)



“El   embajador Martínez Corbalá fue a vernos al día siguiente. Y también el   francés, que nunca supe cómo se llamaba. También recibimos la visita de   Radomiro Tomic y Máximo Pacheco (dirigentes democratacristianos), de un   diplomático sueco, y de nadie más.”



La   inyección misteriosa



Araya   dice que los primeros días en la clínica transcurrieron sin sobresaltos. El 22   de septiembre, la embajada de México avisó que el avión dispuesto por su   gobierno tenía programado salir de Santiago rumbo a México el 24 de   septiembre. Le comunicó además que el régimen militar había autorizado su   salida.



“Entonces   Neruda nos pidió a mí y a Matilde que viajáramos a Isla Negra a buscar sus   cosas más importantes, entre éstas sus memorias inconclusas. Creo que eran   Confieso que he vivido. Al día siguiente –23 de septiembre– partimos temprano   hacia la casa de Isla Negra. (...) Dejamos a Neruda muy bien en la clínica,   acompañado por su hermana Laurita, que llegó ese día a   acompañarlo.”



Asegura   que Neruda estaba “en excelente estado, tomando todos sus medicamentos. Todos   eran pastillas, no había inyecciones. Nosotros nos preocupamos de recoger todo   lo que nos indicó. Estábamos en eso cuando Neruda nos llamó como a las cuatro   de la tarde a la hostería Santa Elena, donde le dieron el recado a Matilde,   quien devolvió la llamada. Neruda le dijo: ‘Vénganse rápido, porque estando   durmiendo entró un doctor y me colocó una inyección’.



“Cuando   llegamos a la clínica, Neruda estaba muy afiebrado y rojizo. Dijo que lo   habían pinchado en la guata (el estómago) y que ignoraba lo que le habían   inyectado. Entonces le vemos la guata y tenía un manchón rojo.”



Araya   recuerda que momentos después, cuando se estaba lavando la cara en el baño,   entro un médico que le dijo: “Tiene que ir a comprarle urgente a don Pablo un   remedio que no está en la clínica”.



Fue   a comprar el medicamento y Neruda se quedó con Matilde y Laurita. “En el   trayecto me siguieron sin que yo me diera cuenta. El médico antes me había   dicho que el medicamento no se encontraba en el centro de Santiago, sino en   una farmacia de la calle Vivaceta o Independencia. Cuando salí por Balmaceda   para entrar a Vivaceta aparecieron dos autos, uno por detrás y otro por   delante. Se bajaron unos hombres y me pegaron puñetazos y patadas. No supe   quiénes eran. Me cachetearon harto y luego me pegaron un balazo en una   pierna.



“Después   de todo lo que me pegaron terminé muy mal herido en la comisaría Carrión, que   está por Vivaceta con Santa María. Luego me trasladaron al estadio Nacional   donde sufrí severas torturas que me dejaron a un paso de la muerte. El   cardenal Raúl Silva Henríquez logró sacarme de ese infierno. Por eso estoy   vivo.”



Neruda   murió a las 22:00 horas en su habitación –la número 406– de la clínica Santa   María.



Consultado   por Proceso, el director de archivos de la Fundación Neruda, Darío Oses, dio a   conocer la posición de esta institución respecto de la muerte del   poeta:



“No   hay una versión oficial que maneje la fundación. Ésta se atiene a los   testimonios de personas cercanas a Neruda en el momento de su muerte y de   biógrafos que manejaron fuentes confiables. Hay bastantes coincidencias entre   las versiones de Matilde Urrutia en su libro Mi vida junto a Pablo, la de   Jorge Edwards en Adiós poeta y la de Volodia Teitelboim en su biografía   Neruda. La causa de muerte fue el cáncer. Uno de los médicos que lo trataba,   al parecer el doctor Vargas Salazar, le había advertido a Matilde que la   agitación que le producía al poeta el enterarse de lo que estaba ocurriendo en   Chile en ese momento podía agravar su estado. A esta situación también   contribuyeron el allanamiento de su casa (...) y el traslado en ambulancia   (...) con controles y revisiones militares en el camino.”



Pero   Manuel Araya dice no tener duda alguna: “Neruda fue asesinado”. Y sostiene que   la orden vino de Augusto Pinochet: “¿De qué otra parte iba a   salir?”.



Consejos   para Allende





VALPARAÍSO,   CHILE.- El presidente chileno Salvador Allende era el visitante más asiduo de   Pablo Neruda en su casa de Isla Negra. “Cuando iba, Allende siempre le pedía   consejos al poeta porque éste era muy sabio en política”, sostiene Manuel   Araya Osorio, exasistente personal de Neruda.



Recuerda,   por ejemplo, los consejos que Neruda le dio a Allende sobre las fuerzas   armadas en las semanas previas al cuartelazo, cuando el 23 de agosto de 1973   la derecha y los militares golpistas forzaron la renuncia del general Carlos   Prats GonzЗlez, comandante en jefe del ejército.



“Tenemos   que descabezar a las fuerzas armadas... Los de nosotros hacia acЗ y los otros   hacia un lado”, le decТa Neruda al presidente.



Araya   lamenta que El Chicho (Allende) no le hiciera caso al poeta en este tema. “Si   lo hubiera hecho, la historia habría sido bien diferente. Otro gallo hubiera   cantado, todavía estaríamos en el poder”, dice convencido.



Y   cuenta que el 10 de septiembre de 1973 –un día antes del golpe militar– Neruda   le pidió que viajara a Santiago para entregarle un mensaje al presidente   Allende. Se trataba de una invitación a la inauguración de Cantalao, el   refugio para la inspiración y el descanso de los poetas, que sería   precisamente el 11 de septiembre.



En   entrevista con Proceso, Mario Casasús, estudioso de la vida de Neruda y   corresponsal en México de El Clarín de Chile, dice que Neruda   había escrito los estatutos de la fundación Cantalao. A ésta traspasaría los   terrenos de la casa de los poetas del mismo nombre, que están muy cerca de su   casa de Isla Negra.



Araya   afirma que Allende lo recibió en su despacho. “Estaba caminando, parecía   nervioso. Leyó la nota de Neruda e inmediatamente redactó una respuesta. Sin   leerla me la guardé en un bolsillo. (...) No tengo idea lo que decía ese   mensaje, pero el presidente me dijo: ‘Dígale al compañero (Neruda) que mañana   yo voy a ir a la Universidad Técnica (donde anunciaría la realización de un   plebiscito) y que posiblemente haya ruidos de sables este 11 de   septiembre’”.



Dice   que Neruda, al conocer el mensaje, se quedó muy preocupado porque entendía el   curso que estaban tomando los acontecimientos. “Esa noche casi no   durmió”.



Ese   11 de septiembre “nosotros quedamos completamente abandonados y solos” afirma   Araya. “La muerte del presidente Salvador Allende afectЧ mucho a don Pablo.   Sin embargo Оl se sentТa con la fuerza y entereza necesaria para seguir   luchando por lo que crea justo”.



“Las   noticias emitidas por los medios de comunicación nacionales eran manipuladas   por el régimen militar. Sabíamos que eran falsas, que todo era   mentira.”



Araya   narra que Neruda se deprimió mucho. Él le pidió que no se pusiera triste. “Le   dije que los militares en un mes le iban a entregar el poder a la Democracia   Cristiana”.



Neruda   le replicó: “No compañero, esto va a durar muchos años, como ocurrió en   España. Yo conozco la historia, usted no sabe de golpes de   Estado”.







*Corresponsal   en Chile del semanario mexicano Proceso, reportaje publicado en la edición   número 1081 del 8 de mayo de 2011. Se reproduce en Clarín.cl con   autorización del autor.

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