LA RAZÓN DE UN NUEVO BLOG DE GESTIÓN CULTURAL

Ante la avalancha de información cultural noticiosa que recibimos diariamente gracias a la colaboración que me proporciona Arturo Álvarez D'Armas, poeta, fotógrafo y promotor cultural venezolano, así como otros valiosos amigos colaboradores, hemos decidido abrir un nuevo blog de promoción y gestión cultural. Sean bienvenidos todos los amigos interesados en promover la cultura y el arte en general. Pueden enviarnos sus colaboraciones, las cuales subiremos a este blog como entradas tan pronto como las recibamos. Quienes deseen colaborar pueden dirigirnos sus trabajos a nuestro correo personal: renedayre@gmail.com René Dayre Abella. Autor y promotor cultural.

sábado, 29 de octubre de 2011

Arenas, l'enfant terrible

Liliane Hasson
Liliane Hasson, traductora de varios títulos de Reinaldo Arenas, entrevista a la madre del escritor.
Oneida Fuentes, en la casa donde vivió hasta sus últimos días. La Habana, 2002. © Suzanne Nagy
Es una muchacha bonita, Oneida Fuentes. Vive con sus padres, campesinos humildes, en una finca de Oriente, ubicada no lejos de Birán, el pueblo natal de Fidel Castro, en la actual provincia de Holguín. En la casa, son once hermanos y hermanas. Un día, en un baile, Oneida conoce a un buen mozo del lugar, José Antonio Arenas. Tienen una "aventura" y queda embarazada. Relación efímera, es la única de su vida. En julio de 1943, trae al mundo a Reinaldo Arenas. Con el consentimiento de su familia, el seductor da su apellido al niño, pero no se casa con aquella madre que regresa a Perronales, donde sus padres.
En 1995, en La Habana, visité a una de las tías de Reinaldo en su chalé de Miramar, barrio residencial de diplomáticos y de miembros de la nomenklatura. Pasamos horas juntas. Detalle simpático: los nombres de la madre y de las tías de Reinaldo Arenas comienzan todos con la letra O. Orfelina Fuentes me contó: "Oneida parió asistida por una simple comadrona. Fui en caballo a verla. Era en un bohío con techo de yaguas y piso de tierra. A los diecinueve días, ella regresó a casa de nuestros padres con la criatura".
En 1985, en París, Reinaldo me concedió una larga entrevista que citaré con frecuencia. Me aseguró que su abuela había tenido once hijas. "Sí, hembras. Ellas tenían hijos pero, muy desafortunadas en el amor, cada hija volvía a la casa paterna sin marido, y yo soy un fruto de eso. O sea, que mi madre volvió, como se dice en Cuba, abandonada, soltera pero con un hijo. Desde luego en aquella sociedad, una mujer soltera y con hijo era muy difícil que volviera a casarse. ¿No?"
Ya al final de su vida, Reinaldo escribió sus memorias, Antes que anochezca. Autobiografía, donde se lee, con algunos matices, casi lo mismo: "Mi madre era una mujer 'abandonada', como se decía en aquellos tiempos. Difícil era que pudiera volver a encontrar un marido".
La madre, heroína literaria
Oneida Fuentes se ha convertido en heroína literaria. Aparece en la Pentagonía, cinco novelas de inspiración autobiográfica; en algunos cuentos, como el admirable La Vieja Rosa (Termina el desfile); en Adiós a mamá y, por supuesto, en las memorias.
Un año después del suicidio de Reinaldo, en 1991, yo comencé a escribirle a su madre. Nuestra correspondencia era caótica por la lentitud del correo. Confieso haberme cansado de enviar cartas por Navidad que llegaban en Semana Santa. Más constante, Margarita Camacho ha mantenido, contra viento y marea, el envío de cartas y paquetes.
En 1995, estando yo en Cuba, hablé largamente con Oneida por teléfono, imposibilitada de visitarla en Holguín, donde ella vivirá hasta el 2002.Al año siguiente pude por fin conocerla en La Habana, y la entrevisté varias veces. Ella, al cabo de sesenta años, aún atormentada por la culpa y el resentimiento, nunca aludirá directamente a aquel nacimiento extramatrimonial.
El niño fue criado en el "odio feroz" hacia el padre desconocido. Las mujeres de la familia le enseñaron a cantar una canción de moda, dedicada al hijo de una mujer ultrajada: "El muchacho creció y se hizo un hombre/ y a la guerra se fue a pelear/ y en venganza mató a su padre./ Así hacen los hijos que saben amar". (Antes que anochezca).
Un episodio de su infancia que lo marcó enormemente, hasta el punto que Reinaldo lo relató en términos casi idénticos en un par de ocasiones: primero, en el documental Havana de Jana Bokova; luego en sus memorias.Ese episodio debió gustarle mucho al pintor Julian Schnabel, director del filme Before Night Falls, libremente inspirado en su autobiografía, de ahí que lo cuente dos veces, al principio y al final de la película. He aquí la historia: Reinaldo tiene cinco años y camina con su madre a orillas de un río. Aparece un hombre muy bello de cabellos rizos. Su madre, furiosa, lo insulta y le lanza piedras; sin embargo, el hombre se acerca, acaricia la cabeza del niño, le da dos pesos y desaparece. Conclusión: "No lo volví a ver más, ni tampoco los dos pesos". (Antes que anochezca). Era su padre. La ausencia del padre, un tema recurrente en su obra, está evocado aquí con "patetismo y humor". (América)
Holguín, donde ni siquiera existe el mar
En septiembre de 2003, la fotógrafa Suzanne Nagy y yo visitamos La Habana. Después de un primer contacto con la madre de Reinaldo Arenas, viajamos a Holguín, la cuna familiar. La ciudad se encuentra a más de 700 kilómetros de la capital y preferimos el avión. Tuvimos suerte con Cubana de Aviación, porque bastó con reservar nuestras plazas en la víspera, mientras que para un ciudadano cubano de a pie, la espera puede ser de algunas semanas y, en algunos casos, hasta de meses.
Vista desde arriba, Holguín me sugiere la ciudad "chata" repetidamente descrita y aborrecida por Arenas. Cuenta con algunos espacios verdes. Vamos a dar a un motel de la periferia, situado en un bosque. El decorado y la gestión del lugar son de inspiración soviética. En la piscina se estanca un agua verdosa. Una música estridente, que no incita a bailar a los escasos clientes, escapa de los altavoces.
Es domingo y, en nuestra primera noche, vamos, como todos, a pasear por el parque Calixto García, una plaza bastante grande con árboles frondosos, lugar de ligue de todos los géneros, según Arenas. En su época, quizás.
La banda municipal toca en la glorieta. Una pequeña multitud impecable, endomingada, deambula: las niñas, emperifolladas como muñecas, apenas se atreven a jugar. Los enamorados apenas se atreven a agarrarse de las manos, bajo las miradas inquisitivas. En esa capital de provincia, el ambiente es el de un pueblito. La España de los años de plomo no está muy lejos de allí. A ratos, me da la impresión de encontrarme en 1956, en Calle Mayor, la inolvidable película de Juan Antonio Bardem que evocaba el clima agobiante y feroz de un pueblo de provincias.
Esa impresión viene reforzada por la presencia de calesas y carretas del "período especial". La gente se espía, se critica con dureza —sorprendo algunas conversaciones. Muy correcto todo, muy conformista; contrasta fuertemente con el atuendo desenfadado y las costumbres de los habitantes de la capital. En el tedio de la noche, añoramos la brisa habanera. Reinaldo se quejaba mucho de eso: ¿Qué es una ciudad donde ni siquiera existe el mar? ¿Una ciudad con un parque arrasado?
"En el parque Calixto García mostramos nuestra gran colección de disfraces. Las viejas, desde los bancos, nos agasajaban con gladiolos que no sé cómo consiguieron en aquella región, en aquel desierto donde no se veía ni un árbol". (Que trine Eva, de Viaje a La Habana)
Pues, vamos a cenar: hay allí justamente, a dos pasos, una pizzería, bajo una agradable enredadera. Sin embargo, está tan desprovista de clientes como de pizzas. Tratamos en otro sitio: una soberbia residencia de estilo colonial convertida en restaurante. Lamentablemente, ni los dorados relucientes ni los mármoles resultan comestibles. Músicos de otra época cantan con entusiasmo un antiguo éxito, el inevitable Bésame mucho.
En la casa familiar
Al día siguiente, salimos a buscar la casa familiar de los Fuentes en el barrio de Vista Alegre. La calle Diez de Octubre, con casas bajas y uniformes, resulta interminable. A un pedido nuestro, el taxi nos deja un poco lejos. Recorremos a pie el resto del trayecto, y pronto nos sigue un tropel de chiquillos risueños que preguntan con amabilidad: "¿Vienen por Reinaldo?"
Interior de la casa familiar de los Fuentes en Holguín, 2003. © Suzanne Nagy.
Vamos primero a donde Carlos Fuentes, tío del escritor. A escasas puertas de él vivían sus dos hermanas, Oneida y Onelia. Reinaldo tenía una buena opinión del tío:
"Carlos era del Partido Comunista, pero para él la familia era primero que todo y se portó muy bien conmigo". (Antes que anochezca) Carlos y su mujer Nersa Arencibia nos reciben, campechanos. Se muestran dispuestos a cooperar, probando una simpatía por los miembros de la familia que no son "fanáticos", y sobre todo, demostrando un gran cariño por Oneida. La casa donde ésta viviera tiene un pequeño jardín, un traspatio con lavadero y árboles. Ciertamente una casa modesta, pero de ningún modo miserable: una salita de estar, dos dormitorios, una cocina, un cuarto de baño. Debió haber sido cómoda, agradable, a juzgar por las casas idénticas de enfrente.
Aquí vivió la numerosa familia del escritor desde finales de los años 50, aquí es donde vivirá Oneida, sola pero no aislada, rodeada de mucha gente, no sólo familiares. Un enjambre de vecinos y amigos acuden, avisados por Radio Bemba, el boca a boca de los cubanos. Rosa Fernández Ricardo, su gran amiga; Sara, que vive enfrente; Mercedita y Antonio Cruz (alias Crucito), ahora un cincuentón, el benjamín del grupo, todos están allí.
Crucito asegura que debe su primera borrachera, que casi lo mata, a Reinaldo, quien en un juego le había hecho beber aguardiente haciéndole creer que era agua. Él tenía ocho años y Reinaldo iba ya por los veinte. Todos nos bombardean con preguntas sobre Oneida, el cariño hacia ella es manifiesto. Se entiende que la madre de Reinaldo añore su casa y su ciudad, a pesar del lujo del apartamento en que vive ahora en La Habana, y de todas las atenciones médicas que se le prodigan.
Ella nos alertó: su antigua casa había sido invadida por una "negra y diez negritos". De hecho, viven en ella una pareja de raza negra y sus cinco niños, más otro por venir. "Para evitar problemas" colgaron a la entrada un letrero del Comité de Defensa de la Revolución (CDR). Las habitaciones están vacías de objetos, sólo hay colchonetas en el suelo. Y una escoba contra un muro. Me acuerdo entonces de esas sobrecogedoras páginas de Arenas acerca de las visitas a su madre: Oneida barriendo, sin descanso, el polvo y las derrotas de su vida. "La madre tuvo una vez un marido que la abandonó dejándole un hijo que siendo casi un adolescente también se largó del pueblo. Le quedaba la escoba. Lo que siempre tuvo". (El color del verano)
Un padre desaparecido
No se conocía casi nada del progenitor de Reinaldo hasta la búsqueda realizada por Manuel Zayas para su documental Seres extravagantes. Él encontró su rastro con la ayuda de Carlos Fuentes y lo entrevistó. El hombre vive en Puerto Padre, en la misma provincia.
Los dos octogenarios sólo se habían visto décadas atrás. Un diálogo picante tiene lugar entre el tío y el padre biológico de Reinaldo, quien hace de Oneida un elogio en el que expresa el orgullo de haber "conquistado" a una mujer así y, también, cierto remordimiento. Reconoce haber sido muy aventurero en su juventud y recalca con convicción, refiriéndose a Oneida: "Bueno, esa señora que tuve yo, nunca se casó más, ni tuvo novio, ni querido ni nada. Esa aguantó ahí toda la vida. Es una mujer muy honrada. Ella educó muy bien a su hijo. (…) Yo la conocí en un baile y me casé con ella. Después que nació el niño, yo la dejé por otra. Si yo me hubiera casado con Oneida, su hijo hubiera sido diferente".
El arte del eufemismo llega aquí a un punto cumbre. Carlos Fuentes tampoco se queda atrás: "Él tenía cosas de no normal. Pero siempre fue inteligente. La madre nunca supo que él era homosexual. Lo sabíamos algunos de los hermanos. Yo nunca estuve de acuerdo con que aquello fuera correcto, pero hoy en día ya veo que es casi normal".
Como si hermano y hermana le hubieran dado la palabra, otro miembro de la familia Fuentes, la tía Ozaida, que vive en Miami desde 1957, califica así a su sobrino: "Era un muchacho normal, sí, normal, como le digo, un muchacho normal. Muy juguetón, vaya, que hacía muchas maldades, muchísimas. Pero estudiaba muy bien en la escuelita rural, era muy inteligente".
Un día, con mucha cautela, intenté preguntarle a Oneida sobre el padre de Reinaldo: "¿Usted volvió a verlo, intentó él aproximarse a su hijo?"
—Nunca en la vida. Hace poco, unos amigos [se trata por supuesto de su propio hermano Carlos y de Manuel Zayas] fueron a verlo a Puerto Padre. Parece que está muy envejecido, que es un viejo canoso. Era un tipo bajo. ¡Jesús! Era terrible, de esos hombres que abusan de las mujeres.
—¿Reinaldo nunca intentó encontrarlo?
—Eso nunca le interesó.
—¿Y la escena de las piedras que él narra en sus memorias?
—Sí, eso es verdad.
—Bueno, siempre me lo pregunté, porque su hijo tenía mucha imaginación y nunca se sabe. Oneida se ríe con gusto.
—Él inventaba muchas historias, nos desternillábamos con ellas. Tenía tanto humor e imaginación, que no parábamos de reírnos. Inventaba comentarios y trabalenguas con los apellidos de todo el mundo. Siempre tuvo mucho talento… era temible (risas). Pero eso fue verdad. Pequeño como era, comenzó a tirarle piedras…
—¿Él? ¿Y usted no?
—¿Yo? No. Entonces su padre le dio tres pesos y se fue.
Me asombra que el niño lleve el patronímico del padre. Oneida lo admite a regañadientes: su seductor aceptó darle su apellido, a fin de evitarle a ella la humillación de traer al mundo un niño sin padre.
Unos treinta años después, será Reinaldo Arenas quien dará su apellido a Roberto, hijo de su esposa Ingrid González, a pesar de que él no era el padre. Y existe otro Roberto Arenas, hijo legítimo de José Antonio y, por tanto, medio hermano de Reinaldo. Me cuido de hablar de él frente a Oneida.
Arenas creció en el campo, en la finca de sus abuelos. Más tarde, evocará con lirismo su comunión con la naturaleza, tanto en su primera novela, Celestino antes del alba, como en sus últimas obras. De ello me había hablado con elocuencia a raíz de nuestra entrevista: "Para mí el ambiente era extraordinario, con el campo, con el río, con aquel mundo de animales. El pueblo más cercano estaba como a cinco leguas (…). Nosotros vivíamos allí, y una de las cosas que desarrollé en mi mundo imaginativo y que me ha motivado a escribir era quizás la soledad. Recuerdo que las noches, cuando nos reuníamos, uno hacía un cuento, otro hacía otro (…). Y se fue despertando en mí la pasión de también hacer cuentos inventados, aquello fue un estímulo para la imaginación".
Una expresión literaria muy cercana se encuentra en sus memorias: "Creo que el esplendor de mi infancia fue único porque se desarrolló en la absoluta miseria, pero también en la absoluta libertad; en el monte, rodeado de árboles, de animales, de apariciones…" (Antes que anochezca)
Visitando a Oneida
Fue en La Habana donde vi a Oneida Fuentes, quien debió dejar, a pesar suyo, la humilde casa de Holguín donde viviera desde 1957. Cuando la visité compartía techo junto a su hermana Onelia, su cuñado Elpidio Polanco (fallecido poco después), tipógrafo jubilado, y Maricela Cordovez, inválida de nacimiento, nacida de un primer matrimonio de Onelia.
Estamos en el barrio residencial del Vedado, frente a un flamante edificio nuevo gestionado, como luego supimos, por el Consejo de Estado. La explicación resulta de lo más simple: Rogelio Polanco, hijo de Onelia y, por tanto, primo hermano de Reinaldo, es una personalidad influyente dentro del régimen castrista. Cuadro del Partido Comunista de Cuba, director del periódico Juventud Rebelde, es presentador de la mesa redonda televisiva, programa de "debates" entre personas de las misma opinión sobre temas sociales o políticos.
Rogelio Polanco sólo tenía catorce años cuando Reinaldo Arenas se marchó al exilio. Polanco pudo obtener para su familia dos apartamentos en este edificio de alto nivel. En la planta catorce, en un penthouse, vive él con su mujer y sus hijos.
Debido a la avanzada edad y a una salud en declive, Oneida no podía quedarse sola en Holguín, pues precisaba de atenciones médicas adecuadas. En su casa holguinera recibía visitas cada vez más frecuentes de admiradores de su hijo, periodistas, cineastas, bibliotecarios, investigadores… Para resumir, las condiciones materiales en las que vive ahora son excelentes, pero sufre por estar alejada de los suyos.
El edificio está vigilado día y noche por un custodio en uniforme, armado, que tiene acceso al interfono, una rareza en Cuba. Los visitantes deben identificarse; sólo el centinela puede preguntar al morador si acepta, o no, recibirlos. Suzanne Nagy y yo llegamos por fin, con grabadora y cámara de foto. Las dos hermanas, ya avisadas de nuestra visita, tan impresionadas como nosotras, nos esperaban en la puerta del ascensor de la tercera planta, correctas, dignas, impecables. La madre de Reinaldo, ayudada por su hermana más joven, apenas ve, tiembla un poco debido al mal de Parkinson y su elocución se hace difícil, aunque está perfectamente lúcida.
Entramos en un magnífico apartamento luminoso, moderno, de esos que nunca vimos en Cuba, dotado de una cocina americana muy bien equipada. El apartamento tiene una gran vista a las casas del barrio y a una iglesia que Oneida frecuenta. Aunque ella echa de menos a su consejero espiritual, el padre Jean-Pierre Borderon, sacerdote en Holguín.
En la sala hay un sofá donde descansa Maricela. Su primo Reinaldo, generoso, le había dedicado su primera novela, Celestino antes del alba, "para Maricela Cordovez, la muchacha más linda del mundo". Cuando se publicó el libro, ella tenía unos diez años. La madre de la inválida, conmovida, nos confirma que Reinaldo quería mucho a su hija. La infeliz gime sin cesar. El ir y venir continuo de la casa, a la manera cubana, y la llegada de un joven fornido que ayuda a transportar a la muchacha a la cama, no impiden que continuemos la entrevista. Es hora de salida de la escuela y alguien trae a una de las nietas de Onelia.
Ambas hermanas conocen la razón de nuestra visita y nos siguen el juego de muy buena gana. Primero preguntan por Manuel Zayas, lamentándose con sinceridad de que el rodaje no haya podido realizarse allí, debido a la oposición firme de los Polanco. Pero que eso no sea un obstáculo, nosotras intentaremos organizar un nuevo encuentro con el cineasta. A todas luces, Oneida quiere perpetuar la memoria de su hijo. ¿Qué tiene de raro?
—Sufro mucho —dice— al ver que, en vida, no le dieron importancia, y después de muerto es que se la dan. Era un muchacho amargado que cargaba con el peso de la soledad, desde niño. Era muy raro. A su edad, le gustaba jugar con fantasmas, pero… (largo silencio). Yo fui su primera maestra. Vivíamos en el campo, sin luz eléctrica. Por la noche, yo encendía un candil y le enseñaba a leer, a escribir, a contar, todo lo que me habían enseñado en la escuela rural de Perronales, donde él estudió luego.
Son casi las mismas palabras de Reinaldo de la entrevista ya citada:
"Era un campo totalmente primitivo donde no conocíamos ni la luz eléctrica ni el agua corriente (…). Mi madre fue quien me enseñó a leer y a escribir, en la casa, a la luz de un candil".
—Papá siempre nos compró libros —puntualiza Oneida—, manuales escolares, teníamos de todo. La escuela estaba a cuatro kilómetros de la casa, más o menos, pero siempre fuimos a clase todos los días, los once hermanos y hermanas, y en esa época no vayas a creerte que era muy fácil. Reinaldo no faltó nunca a clase, jamás de los jamases, lloviera o relampagueara. En el campo, sólo había una maestra para alumnos de todos los grados y todas las asignaturas.
—A pesar de todo —confirma su hermana Onelia—, me acuerdo que nosotros teníamos mejor ortografía que la gente de ahora. Veo jóvenes que apenas saben escribir, siendo estudiantes. Allá, en el campo, la maestra nos metía la ortografía en la cabeza.
En efecto, conservo cartas de Oneida en las que el estilo y la ortografía son irreprochables. Ella respondió a mi primera carta disculpándose por su extensión: "Discúlpame, ¡me gusta tanto escribir!".
Oneida manifiesta gran ternura por su madre; Reinaldo también quería a su abuela y admiraba su sabiduría. Ambas mujeres elogian al padre, que frecuentó también la escuela y leía todo lo que le cayera en mano: libros, periódicos, revistas de la época. Oneida dice: "No era como ahora, había muchos libros de clase, o lo que sea. Hacía falta ir a la escuela todos los días, nuestro padre era intransigente en eso".
—Reinaldo iba impecable con su uniforme —añade Onelia— porque mi hermana hacía un punto de honor de que fuera bien vestido. Nunca le faltó de nada, ni cartapacio, ni cuadernos, ni libros, él tenía de todo, de todo.
De adolescente, ya Reinaldo escribía: su madre ha conservado dos novelas garabateadas en cuadernos escolares: ¡Qué dura es la vida! y también, ¡Adiós, mundo cruel!, directamente inspiradas en las radionovelas que las mujeres de la familia escuchaban. Más tarde, él hablará de aquellas novelas riendo a carcajadas. En todo caso, su ortografía era a veces fantasiosa, como pude constatar a través de sus cartas y a veces en sus textos mecanografiados. Pero escribía acosado, usando máquinas defectuosas. En Estados Unidos, tampoco le fue mucho mejor: "Yo me acuerdo de una máquina horrible, a la cual le faltaba la letra S; para rematar, estos teclados americanos carecen terriblemente de letra Ñ y de acentos".
Un café de despedida
Más tarde, voy a tener la oportunidad de reencontrarme con Oneida, tan deseosa de volver a ver al cineasta: "Manuel [Zayas] es buena persona, él me inspira confianza". ¿Pero cómo dejarse filmar en este apartamento? Se fija la cita, iremos a almorzar a un restaurante tranquilo, el Vuelta Abajo. Zayas podrá filmarla, Suzanne podrá hacer fotos y yo misma, seguir grabando la entrevista.
En el restaurante, una orquesta ataca con Bésame mucho. Hay que ver… A Oneida le encanta esa vieja canción que le recuerda su juventud.
—Era mamá quien cocinaba para todos nosotros. Se cocinaba con carbón. Lechón asado, tamales, una delicia.
—Rey me habló de la temporada en qué se desgranaba el maíz por las noches, de casa en casa, y la gente contaba historias.
—Oh, sí, y cantábamos. A Reinaldo le gustaba mucho cantar. Pero… no ha tenido suerte, no, ninguna suerte, no pudo disfrutar…
Vamos a tomar el café en la terraza del hotel Ambos Mundos, lugar célebre gracias a Hemingway. La vista de la entrada de la bahía de La Habana es extraordinaria. Al frente, la antigua prisión del Morro, donde estuvo preso Reinaldo. Oneida, agitada, se acuerda de sus esperas interminables en los días de visita, muy escasos. Sus recuerdos se amontonan.
Se acuerda muy bien de Lázaro Gómez Carriles, al que vio en La Habana y más tarde en Nueva York. Un joven bien parecido, "muy amable", que no había estudiado, pero con el deseo de instruirse. Ahora, dice ella, Lázaro es fotógrafo gracias a Reinaldo, que le pagó sus estudios. Había otros, "allá", que eran tipos terribles. De repente, muy vengativa, suelta:
—En La Habana hay un montón de gente que no trabaja, ni estudia, ni hace nada. Lo sabes, todo estaba prohibido, y a él le gustaba mucho la libertad, él no soportaba la dictadura. En Cuba siempre tuvimos dictadores, incluso antes de Batista. Él hubiera podido vivir aquí, más o menos. Pero él no aguantaba… Decía siempre que no podía vivir en un país sin alma. Ah, si no hubiera sido por el comunismo. Es verdad que Castro hizo cosas buenas, sobre todo a favor de los pobres, en la educación, pero él es muy… él, siempre él, no hay nada que no sea él, un dictador. En cuanto a la medicina, antes había que esperar meses para operarse y era de pago, mientras que ahora, hay miles de hospitales, y todo es gratis. Pero, ¿por qué tanto odio, porque él tiene que fajarse con la tierra entera? Todo le pertenece, la gente no puede tener nada.
—Recuerdo un buen episodio de su hijo. Fue en Francia, el 3 de junio de 1988, en la televisión. Bernard Pivot lo invitó a Apostrophes, el programa literario más visto, después de la publicación en francés de dos de sus libros, El portero y Termina el desfile.
Oneida lo ignoraba."Él no me contaba su vida". Se emociona tanto como si, retrospectivamente, tuviera miedo escénico por su hijo.
—¿Y él llego a ir? ¡Es impresionante!
—Por supuesto que fue. Él hablaba bien el francés, había estudiado en la Alianza. Y, a pesar de su acento y de su vocabulario limitado, se impuso. Su hijo veía lejos. En su novela El color del verano, concebida en los años 70, predecía que esto duraría todavía varias décadas y la historia le ha dado la razón. Oneida no se muestra sorprendida, siempre supo que su hijo era un visionario. Aparte de eso, a él le gustaba la comida sana, bebía poco, en su juventud, y fumaba mucho. Y cuando se ponía a escribir, entonces… ¡Ay, su máquina!
Post-Scriptum
Oneida Fuentes falleció en La Habana el 4 de junio de 2010, a sus 87 años, afectada de Parkinson y cáncer. Como su hijo, eligió ser cremada. Sus cenizas fueron depositadas en el panteón de la familia Fuentes en el cementerio de Holguín.
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Texto tomado del primer capítulo, "L'enfant terrible", del libro de Liliane Hasson: Un Cubain libre. Reinaldo Arenas. (Photographies de Suzanne Nagy). Actes Sud, Coll. Archives Privées, París, 2007.
Traducción del francés: Carlo Landestoy.
TOMADO DE: http://www.ddcuba.com/de-leer/arenas-lenfant-terrible

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