LA RAZÓN DE UN NUEVO BLOG DE GESTIÓN CULTURAL

Ante la avalancha de información cultural noticiosa que recibimos diariamente gracias a la colaboración que me proporciona Arturo Álvarez D'Armas, poeta, fotógrafo y promotor cultural venezolano, así como otros valiosos amigos colaboradores, hemos decidido abrir un nuevo blog de promoción y gestión cultural. Sean bienvenidos todos los amigos interesados en promover la cultura y el arte en general. Pueden enviarnos sus colaboraciones, las cuales subiremos a este blog como entradas tan pronto como las recibamos. Quienes deseen colaborar pueden dirigirnos sus trabajos a nuestro correo personal: renedayre@gmail.com René Dayre Abella. Autor y promotor cultural.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Para Nicanor, de un amigo de La Habana Raúl Rivero | Madrid TOMADO DE: EL MUNDO.ES


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LITERATURA | Premio Cervantes

Para Nicanor, de un amigo de La Habana

  • El poeta y colaborador de EL MUNDO fue testigo de su caída en desgracia en Cuba
Nicanor Parra. | EfeNicanor Parra. | Efe
El pasado 6 de octubre, horas antes de que la Academia Sueca anunciara el nombre de Tomas Transtromer como Premio Nobel de Literatura de 2011, ELMUNDO.es preguntó a algunos escritores a quién le darían ellos el galardón. El poeta y periodista cubano nombró entonces a Nicanor Parra aunque "sé que este año no toca Nobel para un escritor en español". El Cervantes que ayer le fue concedido a Parra y aquella alusión sirven ahora para iindagar en la hemeroteca de EL MUNDO, diario en el que Rivero escribe desde 2005 y en el que se ha referido varias veces a Parra, a su desigual relación con Cuba y, sobre todo, a su poesía. Esta es una selección de esos textos.

Artefactos y hojas de Parra (9 de septiembre de 2006)

"Lo confundían en la calle con uno de aquellos agentes rusos que usaban traje y corbata en el único país socialista del trópico. Lo confundían con un burgués retrasado que había perdido el último avión hacia Miami. Lo confundían con un militante comunista del cono sur que buscaba instrucciones de Moscú. Sólo un enjambre de poetas jóvenes que lo seguía a distancia supo a ciencia incierta que Nicanor Parra castigaba La Habana. La rendía con el peso específico y los remolinos de su antipoesía.
Su visita, en los primeros años de la década de los 60, dejó una marca muy importante en la obra de una promoción de escritores que estaba empeñada en llenar sus versos y cualquier texto que les pasara por el rodillo de la máquina con un lenguaje coloquial, con giros y expresiones populares para hacerse más asequibles al lector.
Así es que la llegada del profesor de matemáticas con sus Poemas y antipoemas se consideró casi una aparición milagrosa. De repente, cuando se marchó silencioso con sus ternos oscuros y una expresión intermitente de fauno reeducado, los poemas de aquellos jóvenes eran más despejados, irreverentes, solariegos y, en algunos casos extremos, más chapuceros y vulgares.
Se produjo una especie de liberación verbal, una insurrección redentora que le permitió a uno de aquellos poetas adolescentes publicar con orgullo de vanguardia exteriorista esta línea de palabras presentada como un poema de amor: 'Ana María, estoy metido contigo como un camión en un bache'.
Cierta crítica la emprendió contra el chileno por sus malas influencias en la naciente literatura revolucionaria cubana. Otros atribuyeron esas expresiones de coloquialismo radical a la natural desmesura de los habitantes de esa isla donde las dictaduras duran medio siglo y cualquier acontecimiento cotidiano se recibe con esta exclamación: «Qué cosssa más grande, caballeroooo».
La verdad es que, como suele suceder, con el paso del tiempo, se asimilaron las enseñanzas del gran poeta de Chile y el balance de sus contactos con aquellos jóvenes se percibe ahora como un elemento positivo en el camino errático y sin vino de su formación. Tampoco se puede culpar a Nicanor Parra de la brillantez o la mediocridad de una generación de poetas extranjeros.
De lo que sí es responsable Parra, hoy por hoy, es de las aglomeraciones de público en el Centro Cultural del Palacio de la Moneda, de los tranques de automóviles en esa zona de Santiago de Chile, porque todos quieren ir a ver su exposición de artefactos, vídeos, juegos, poemas y dibujos, que se presenta allí bajo el título general de Obras públicas.
A sus 92 años, un Parra renovado y polémico, como siempre, presenta ahora su cara de artista plástico. Sin disimular el rostro del poeta que aparece por todos los espacios de la muestra con sus versos de punta.
La misma mordacidad y agudeza que hizo que el oficialismo cubano lo desterrara del paraíso cuando escribió «Cuba sí. Yanquis también» aparece por sorpresa en cualquier rincón de 'Obras públicas', donde uno puede ver, tranquilos y serenos en sus horcas, a todos los presidentes de la Historia de Chile y otro texto que dice: "strong>La izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas".
En la exposición, se pueden ver documentales sobre Nicanor Parra, vídeos con algunos de sus discursos, y se organizan recitales de otros poetas chilenos, foros, mesas redondas y bautizos de libros como la reedición de Canciones rusas y las Obras completas de Parra, editadas por Galaxia Gutenberg.
Como el poeta ha vivido casi un siglo, su obra es extensa y múltiple. Los códigos de la antipoesía indican una especie de desprecio por el lenguaje poético convencional y un apego al uso de la lengua cotidiana. Humor, ironía, exaltación del antihéroe son los elementos que cierran ese condado que inventó y habita en solitario el poeta Nicanor Parra.
Antes de fundar esos territorios duros, en su primer libro, por ejemplo, se le vio caminar muy cerca de Federico García Lorca. En toda esa pendencia subversiva que ha instalado Parra en la poesía escrita en español, hay un lirismo que nadie niega.

Artefactos y listas negras (27 de marzo de 2010)

Aquí está otra vez Nicanor Parra, con casi 500 páginas de poesía, atribulado porque entra en la recta final de su centenario y no recibe noticias de Estocolmo. Llega en una antología, 'Parranda larga' (Alfaguara), para recordar que su antipoesía estremeció el verso escrito en español y seguro de que ha vivido tantos años porque las violetas que cultivaba su madre en Chillán le curaban la tos y el olvido.
Es el poeta monumental y sabio negado a envejecer (nació en 1914) que, en su batalla particular por dinamitar la poética tradicional, se hizo fundador de la antipoética tradicional. Ha hecho el mismo viaje, pero por un camino vecinal, a pie, a caballo, en carretones con perdularios y borrachines, una procesión de ayudantes y cómplices que le han asistido a la hora de convertir el lenguaje popular en materia de poesía y la ironía en una suerte de lirismo implacable y heridor.
Parra, el irreverente profesor chileno de matemáticas, no ha hecho todo ese estropicio en las formas de la poesía y en la manera habitual de asumirla para desmitificar o abolir a Pablo Neruda, a Gabriela Mistral, ni a ninguno de los otros grandes poetas de su país o del idioma. Dijo una vez que había dos maneras de refutar a Neruda: no leyéndolo o leyéndolo de mala fe. «Yo he practicado ambas», comentó, «pero ninguna me ha dado resultado».
Ha trabajado en la arboladura de su obra sin boletines de prensa. Sufrió y vivió los contenidos de sus mensajes, diseñó y tarareó el sonido, cosió y se probó el vestuario, conectó la corriente de las luces y, en definitiva, levantó a martillazos el escenario de su discurso: cualquier plaza, cualquier patio bajo el cielo de Chile donde tienen eco también las canciones de su hermana Violeta.
Desde el Caribe y desde España lo he visto siempre como un poeta puro porque no ha desdeñado ninguna impureza. Porque ha vivido para escribir después de pagar sus panes, sus vinos y sus ruiseñores con miles de horas de clases en las universidades. Y porque el enorme cuchillo afilado (con cabo de nácar) que pueden ser su humor y su ironía, ha estado en el aire para todo el mundo, pero a muy pocos centímetros también de su cabeza blanca.
Sus poemas y antipoemas comenzaron a publicarse en 1948. De ese momento a esta fecha no se puede negar la influencia de su obra en varias generaciones de autores que escriben prosa y poesía en este idioma. Para ser completo tiene también sus detractores. Aunque la mayoría de las opiniones tienen que ver con esta afirmación del escritor argentino Elvio Eduardo Gandolfo, autor del prólogo de Parranda larga: «En el siglo XX los dos grandes virajes o sacudones del lenguaje poético español y latinoamericano lo propinaron el nicaragüense Rubén Darío y el chileno Nicanor Parra».
De todos los sitios donde aparece el nombre del chileno, el más sombrío, el más oscuro, el más triste, es el que ocupa en la lista de aspirantes al premio Nobel de Literatura. Este año vuelve a estar allí, en un papel amarillo, roto por las puntas gracias al trasiego, y mecanografiado porque Parra apareció propuesto por primera vez en 1972.
Este libro puede contribuir a que su nominación pase a otros soportes y se estrujen con indiferencia o regresen a los helados archivos de Estocolmo, las cartas para que un tercer poeta de Chile reciba esa medalla de oro.
'Parranda larga' es una selección rigurosa en la que el inventor de los artefactos, unas pedradas sorpresivas en verso, sigue imbatible allá abajo, en el lugar de su tierra al que se mudó hace años con Olimpo y todo. Es bueno volver a leer y recordar unos versos: 'Que el presente no existe/ Sino en la medida en que se hace pasado/ Y ya pasó.../como la juventud/ En resumidas cuentas/ sólo nos queda el mañana:/ yo levanto mi copa/ por ese día que no llega nunca/ pero que es lo único/ de lo que realmente disponemos'.

Parra, perdón y olvido (14 de febrero de 2009)

La dictadura cubana sufre ataques de rabia en primavera. Lo sabe muy bien el poeta chileno Nicanor Parra que, en mayo de 1970, fue desterrado de la izquierda latinoamericana con un cable fechado en La Habana. Se le transfería, mediante la prosa seca del telegrama, a las filas del enemigo, a la torva cueva de burgueses vendidos al imperio y a las filas de los escritores que se quedarán para siempre sin porvenir.
El poeta estaba invitado a trabajar como jurado en un concurso literario en la isla, pero cometió el pecado de asistir a un té cultural en Washington, junto a otros escritores del continente y con la esposa del entonces presidente Richard Nixon.
Los amos de la hacienda ideológica izquierdista se pusieron al borde del infarto y procedieron a expulsarlo de sus tierras y a borrarlo de la historia literaria, como tratarían de hacer después con otros tres chilenos: Pablo Neruda, Jorge Edwards y Roberto Ampuero.
A 40 años del cable de la demolición de Parra, la dictadura necesitaba que el poeta acompañara a la presidenta Michelle Bachelet a un viaje a Cuba. Y decidieron llamarlo otra vez a sus desvencijados parapetos de guerra.
Nicanor Parra, a sus 95 años, sabio por viejo, por diablo y por poeta, desde el porvenir, rechazó la invitación. Discreto, sin declaraciones ni ataques a quienes le pasaron la piedra de esmeril, dejó que un amigo refrescara en la prensa este viejo artefacto de su obra poética: ¡Hasta cuando siguen fregando la cachimba/ yo no soy derechista ni izquierdista/ yo simplemente rompo con todo'.
Así es que el poeta, pasado el breve sobresalto de sentirse amenazado por el perdón, tiene que haber vuelto a sus poemas sin atender siquiera a un zalamero tracatán caribeño que, desesperado por verlo en la pasarela habanera con la señora Bachelet, había escrito con el mismo lápiz coreano de los insultos: «Nos habría encantado tenerlo y disfrutar su palabra de doble filo o de miles de filos».
Yo creo que, en aquella primavera de 1970, Nicanor Parra se sintió molesto y herido. Y, más tarde, liberado. Fuera de la cobertura del mando a distancia, como puede haberse sentido ahora, libre otra vez porque se le ha dado la oportunidad de romper de nuevo.
Él es un profesional de las rupturas y eso fue lo que hizo para llegar al hallazgo de la antipoesía a finales de la década de los 50, muchos años después de su primer libro, 'Cancionero sin nombre' (1937), que estaba más cerca de Federico García Lorca que de casi todo el mundo, Parra incluido.
Se quitó de arriba al poeta de Granada, al viejo tumultuoso Walt Whitman con su barba de mariposas y a Charles Chaplin, el indigente que comía zapatos. A los poetas ingleses y a los surrealistas. A todo el que le había dejado algo en el corazón y en la palabra. En esas reyertas de amor y renuncias está el origen de la corriente literaria que lo ha puesto en el sitio donde vive hoy fiel al recuerdo de una mujer que se hacía la dormida. Lejos de los trasiegos de la politiquería, a salvo de los críticos y de los oportunistas que se indignan y rechazan a los dictadores de derecha y bendicen y reverencian a los de izquierda.
Nicanor Parra está vivo, nadie lo puede envolver y montarlo en un avión para ir a celebrar 50 años de esclavitud en un país donde es bien leído y bien querido.
No se lo pueden hacer al hombre alerta, irónico y lúcido que escribió, entre otros libros, 'Poemas y antipoemas', 'Canciones rusas', 'Chistes para desorientar a la policía', 'Poemas para combatir la calvicie', 'Coplas de Navidad', 'Hojas de Parra', 'Páginas en blanco', 'Versos de salón', 'El hombre imaginario' y 'Discurso de sobremesa'.
Envío: como no pudieron llevar a Nicanor, llevaron la sombra de Enrique Linh. El poeta de 'La pieza oscura' trabajó un tiempo en La Habana y regresó a Chile decepcionado y molesto. Así murió.
Han publicado una antología de sus versos a toda prisa, más que para complacer a los lectores, para redondear el inventario de libros en una feria dedicada a Chile. La exposición, inaugurada por la presidenta Bachelet, tiene su sede en las instalaciones de una fortaleza militar, La Cabaña, donde montó su comandancia Ernesto Guevara en 1959. Los cubanos creen que ahí se escuchan todavía las órdenes de fuego a los pelotones de fusilamientos.
No. Qué va. Nicanor Parra no quiso ir.

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