LA RAZÓN DE UN NUEVO BLOG DE GESTIÓN CULTURAL

Ante la avalancha de información cultural noticiosa que recibimos diariamente gracias a la colaboración que me proporciona Arturo Álvarez D'Armas, poeta, fotógrafo y promotor cultural venezolano, así como otros valiosos amigos colaboradores, hemos decidido abrir un nuevo blog de promoción y gestión cultural. Sean bienvenidos todos los amigos interesados en promover la cultura y el arte en general. Pueden enviarnos sus colaboraciones, las cuales subiremos a este blog como entradas tan pronto como las recibamos. Quienes deseen colaborar pueden dirigirnos sus trabajos a nuestro correo personal: renedayre@gmail.com René Dayre Abella. Autor y promotor cultural.

viernes, 29 de abril de 2011

Este jueves el músico cumpliría 100 años Por: Adriana Carrillo Silva

 




Este jueves el músico cumpliría 100 años
Bauzá, la raíz latina del jazz

Por: Adriana Carrillo Silva

Mario Bauzá nació el 28 de abril de 1911 en la Habana, Cuba, y vivió desde los 19 años en la ciudad de Nueva York. Fue pionero en la inclusión de elementos rítmicos del son en el swing y por consecuencia, padre del ya tradicional jazz latino.

Antes de Paquito D’ Rivera, antes de Arturo Sandoval; mucho antes de Poncho Sánchez y Dave Valentín, y a la par del movimiento del bebop (1940), incluso desde una década antes, Mario Bauzá encabezó el movimiento del jazz afrocubano, al que hoy se le denomina jazz latino. Éste ha sido, históricamente, uno de los más influyentes en la historia del jazz y, aunque ya no como antes, se sigue tocando y escuchando tanto en la ciudad de Nueva York, como alrededor del mundo.
Bauzá estudió  clarinete y oboe en el Conservatorio de Música de la Habana, y en 1930 decide mudarse a Nueva York en busca de un espacio de infinita libertad para sus intenciones de exploración. Allí aprendió, por su cuenta, a tocar trompeta en 15 días y fascinado por el swing se entregó al saxo alto. Podría decirse que su éxito se debe a una cuestión de actitud. Tocó en la banda de Noble Sissle, luego en la de Chick Webb, de la que se convirtió en su director musical y en donde empezó a introducir elementos rítmicos del son en las estructuras del jazz. Siguió en la orquesta de Cab Calloway y terminó en la famosa orquesta de Machito y sus Afro-cubans, donde definió la unión del jazz y la música cubana, hasta llevarla a un grado de madurez en el que se hacía necesario hablar de un nuevo género. Su experimentación fue gradual y la joya representativa de lo que resultó de ello fue Tanga, una suite en cinco movimientos que tiene tanta elegancia, como sabor cubano.
Si algo llama la atención de Bauzá fue su agudeza para descubrir grandes artistas. Fue él quien cedió su puesto por cuatro días a Dizzy Gillespie en la orquesta de Cab Calloway, donde terminó quedándose. Tampoco hace falta decir que después de ahí, Gillespie iría a formar parte de la creación del bebop, junto a Miles Davis, Charlie Parker y Thelonious Monk, entre otros. Fue también Bauzá quien insistió a Chick Webb que le prestara atención a una de las jovencitas que había ido a la audición para entrar en la banda. Era Ella Fitzgerald. Más adelante llevó a Chano Pozo a conocerse con Gillespie, una unión emblemática de donde salió la grabación de Manteca, uno de los himnos del jazz latino.
Desde el 11 de julio de 1993 no contamos con la presencia física del maestro Bauzá, pero sus ecos retumban incluso cuando el género pasa por un momento crítico que le exige una renovación. Hoy la categoría de mejor álbum de jazz latino está fuera de los Premios Grammy, pero sus veteranos como Eddie Palmieri, Paquito D’Rivera, Arturo O’Farrill, Bobby Sanabria y Larry Harlow suman esfuerzos para recuperar la posición en los premios que, como dice Palmieri, representan un elemento motivador para jóvenes con nuevas propuestas.
La herencia de Bauzá trascendió el primer encuentro de la música cubana y el jazz para dar paso a nuevos acercamientos interesantes. El jazz se ha abierto al folclor de cada país, acogiendo sus riquezas y provocando nuevas formas de expresión musical. Las composiciones de Bauzá permanecen vigentes, como evidencia y testamento del encuentro del Caribe y el jazz, ese otro inmenso mar.
Adriana Carrillo Silva | Elespectador.com
TOMADO DE:  http://www.elespectador.com/impreso/nacional/articulo-265637-bauza-raiz-latina-del-jazz

miércoles, 27 de abril de 2011

HAVANAFAMA PRESENTA HUMOR EN TIEMPO DE CRISIS

HUMOR EN TIEMPO DE CRISIS

El espectáculo humorístico que se presenta en Miami
lo invita a divertirse y olvidar sus problemas diarios
en su  3ra semana de presentación




HAVANAFAMA Teatro Estudio
752 SW 10 Ave, Miami, Fl.

Sábados 8:30 PM
Domingos 4:00 PM

PARA INFORMACION O RESERVACIONES (786) 319-1716

martes, 26 de abril de 2011

"El coro mágico" La cultura rusa de Tolstoi a Solzhenitsyn:
Un repaso por la difícil relación del intelectual ruso con el poder
En un ensayo ameno, documentado y lleno de anécdotas sorprendentes, el periodista ruso Solomon Volkov expone las conflictivas relaciones de los intelectuales con el gobierno durante el siglo XX, desde el zarismo a la era soviética.
Pedro Pablo Guerrero
Excomulgado en 1901 por el Santo Sínodo de la Iglesia ortodoxa rusa -dependiente del emperador-, Tolstoi envió una carta a Nicolás II un año más tarde: "La autocracia es una forma de gobierno obsoleta". Como el zar ni siquiera se dio el trabajo de responderle, el autor de La guerra y la paz lo trató de "patético, débil y estúpido". Por mucho menos, otro escritor que no fuera Tolstoi hubiera terminado en Siberia. El editor de un diario escribió: "Tenemos dos zares. ¿Cuál es más fuerte?". La pregunta rondaría a lo largo de todo el siglo XX. Un "gallito" permanente entre el poder y el artista, incluso en situaciones de colaboración, algo que llegó a ser común durante la era soviética, alcanzando momentos de una franqueza brutal.
"Te sugiero que entierres todos los teatros. El comisario de Educación del Pueblo no debería estar ocupándose del teatro, sino enseñando gramática", reprendió un exasperado Lenin a Anatoli Lunacharski, quien se empecinaba en mantener abierto el Bolshoi, contra la opinión del líder revolucionario, para quien la ópera y el ballet eran "ejemplos de cultura puramente burguesa". El mensaje de Lenin a Lunacharski llegó un día después de la ejecución del poeta Nikolái Gumilev. Inspirado en el ejemplo de Tolstoi, aunque sin tener igual de seguras las espaldas, Gumiliov se ufanaba en público: "Los bolcheviques no se atreverán a tocarme".
En El coro mágico -expresión acuñada por Anna Ajmátova- el historiador y periodista Solomon Volkov reúne a los mayores exponentes de la cultura rusa, centrándose en los escritores Lev Tolstoi, Maksim Gorki y Alexandr Solzhenitsyn. Los tres habrían desarrollado, a su manera, una idea que Solzhenitsyn expresa en su obra autobiográfica El primer círculo : "en Rusia, un gran escritor es como un segundo gobierno". El ensayo de Volkov no sólo ofrece un panorama documentado y ameno de la intelligentsia -concepto específicamente ruso, según el autor- en sus relaciones con los gobernantes, desde comienzos del siglo XX hasta los años de la perestroika. El coro mágico también desmiente arraigadas idealizaciones de sus protagonistas y más de un prejuicio acerca de los omnipotentes líderes a los que desafiaron.
¿Creería alguien, por ejemplo, que Stalin era un apasionado del cine, de la música clásica, el ballet y, sobre todo, de la ópera rusa (Glinka, Borodin, Mussorgsky, Chaikovski y Rimsky-Korsakov)? ¿Cómo se puede entender que consumiera más alta cultura que el propio Lenin y que éste, en cambio, confesara: "Soy incapaz de considerar las obras del expresionismo, el cubismo, el futurismo y cualquier otro ismo como la mayor manifestación del genio artístico"? ¿Quién podría imaginar hoy el entusiasmo con el que el dictador soviético leía literatura, asistía al teatro y publicaba críticas anónimas en la prensa oficial? ¿Por qué condenó a muerte a más de 600 escritores y, en cambio, perdonó la vida de un puñado -Ajmátova, Platónov, Tsvetáieva, Pasternak, Shólojov- que desafió los dogmas del realismo socialista y la historia oficial?
Ni siquiera el exhaustivo autor de El coro mágico puede resolver totalmente estos enigmas, pero entrega una imagen de Stalin que destaca por su habilidad para captar el favor de artistas de talento y aplicar a los intelectuales más díscolos la estrategia del palo y la zanahoria mientras le resultaban útiles.
La maldición del Nobel
Volkov recuerda los casos de tres intelectuales prominentes acusados por la inteligencia soviética de integrar un grupo trotskista y de participar, como agentes de gobiernos extranjeros, en una "organización terrorista conspirativa". Se trataba del escritor Isak Bábel, el director teatral Vsevolod Meyerhold y el periodista Mijail Koltsov. Todos fueron arrestados a finales de 1938 y principios de 1939, y ejecutados en 1940 después de ser obligados a denunciar, bajo tortura, a otros miembros de la intelligentsia rusa.
Pero en el implacable libro de Volkov ni siquiera estas muertes, dignas de compasión, convierten automáticamente a los intelectuales en mártires del régimen. El autor se refiere a Bábel, el excelente cuentista de Caballería roja , como "un tipo con un pasado lleno de sombras", que trabajó en su juventud para la Cheka (policía secreta) y, a diferencia de Shólojov, guardó silencio durante el cruel proceso de colectivización agraria. Koltsov, por su parte, fue el periodista favorito de Stalin, hasta que, tras la muerte de Gorki, cayó en desgracia por su amistad con Malraux. Oportunista, Meyerhold, militante bolchevique desde 1918, se arrimó a la sombra de escritores notables -Chéjov, Blok, Mayakovski- que nunca llegaron a confiar por completo en él.
Un caso patético fue el de Boris Pasternak, que trabajó diez años en su libro más querido: Doctor Zhivago . Volkov destaca los puntos de contacto con Tolstoi, partiendo por su filosofía cristiana. El padre de Pasternak había ilustrado la novela Resurrección . Pasternak incluso llegó a inventar que había visto a Tolstoi cuando tenía cuatro años. En todo caso, superó al maestro en temeridad: se atrevió a mandar los originales de su novela al extranjero, donde fue publicada. El escándalo estalló cuando recibió el Premio Nobel en 1958. Pasternak -anota Volkov- fue expulsado del Sindicato de Escritores, como Tolstoi había sido expulsado de la iglesia ortodoxa. Jruschov, que no leyó la novela, sino un resumen de unas cuantas páginas, inició una campaña feroz contra su autor: denuncias en los diarios, como en los viejos tiempos; cartas airadas de "trabajadores soviéticos anónimos"; condenas de escritores rusos, algunos de ellos talentosos, y una diatriba ante 14 mil personas del líder de las Juventudes Comunistas, con insultos dictados por el propio Jruschov.
El mundo quedó atónito cuando Pravda publicó dos cartas de arrepentimiento del novelista, una de ellas dirigida a Jruschov en la que anunciaba su "negativa voluntaria" a recibir el Nobel. La historia se repitió en 1970, año en que la Academia Sueca otorgó el Nobel a Alexandr Solzhenitsyn. El disidente ruso tampoco pudo viajar a recibirlo.
Pero cuando en 1987 ganó el premio Joseph Brodsky -exiliado en Estados Unidos-, el gobierno de Gorbachov permitió a una revista publicar varios de sus poemas. Los tiempos habían cambiado. La perestroika hizo posible la edición, por primera vez en Rusia, de libros como Vida y destino , de Vasili Grossman; Réquiem , de Ajmátova, y Corazón de perro , de Bulgákov. Desde los archivos de la KGB, salieron a la luz pruebas irrefutales de crímenes contra la intelectualidad, expuestas por el investigador Vitali Shentalinski en su trilogía Esclavos de la libertad , Denuncia contra Sócrates y Crimen sin castigo (Galaxia Gutenberg). Gracias a esta apertura documental, se han escrito libros tan importantes como el ensayo El baile de Natacha: Una historia cultural rusa (2002; Edhasa, 2006), de Orlando Figes, y la novela Europa Central (2005), del norteamericano William T. Vollmann.
Pero no todo es tan positivo. Volkov describe al final de su ensayo la cara menos amable de la cultura rusa: las encuestas de opinión revelan durante los últimos años un rápido descenso en la influencia de los intelectuales sobre la sociedad. Esta crisis de la élite fue advertida por Solzhenitsyn ("el único escritor cuyo nombre surgía todavía como barómetro moral y líder cultural"). Muerto en 2008, los escritores hoy aparecen desplazados como referentes. Toman su lugar, dice Volkov, cineastas como Nikita Mijalkov, Alexei Guerman y, sobre todo, Alexandr Sokurov. Su película "El arca rusa" (2002) muestra el país, igual que a principios del siglo XX, en una encrucijada.
"Navegaremos para siempre, viviremos para siempre", son las últimas palabras de la cinta. Expresan, tal vez, el deseo de perduración de una intelligentsia que ha convivido siempre con la autocracia. Desaparecida o debilitada esta última, escritores y artistas podrían correr la misma suerte. Si quieren sobrevivir, deben optar entre un nuevo poder omnímodo, por difuso que sea, o la erradicación de cualquier forma de totalitarismo.
Stalin como crítico musical de Shostakovich
Uno de los mejores ejemplos del doble vínculo entre el dictador y los artistas es la relación que mantuvo con el músico Dmitri Shostakovich, tema sobre el que Volkov escribió un libro entero: Shostakovich and Stalin: The Extraordinary Relationship Between the Great Composer and the Brutal Dictator (2004).
El primer contacto con la obra del compositor ruso desató la ira de Stalin. Luego de asistir el 26 de enero de 1936 a una función de la ópera "Lady Macbeth del distrito de Mtsensk", el dictador inició una virulenta campaña de prensa contra el formalismo de Shostakovich. Abrió el fuego un editorial del Pravda titulado "Ruido en vez de música", escrito o dictado por el mismo Stalin, según ha logrado establecer Volkov. "Desde el primer minuto, el público queda anonadado por el confuso aluvión de sonidos, intencionadamente desprovistos de armonía (...). Es una música difícil de seguir e imposible de recordar", decía el artículo, atacando a continuación la "fealdad izquierdista" de la ópera, para rematar con una amenaza velada: "Estos juegos con lo esotérico pueden acabar muy mal".
Shostakovich recibió dos andanadas más en el mismo diario, ambas sin firmar.
Inesperadamente, una de las glorias vivas de la literatura soviética, el escritor Maksim Gorki, salió en defensa del compositor. En su opinión, los ataques ponían en riesgo el proceso de "culturización" forzado de una sociedad mayoritariamente analfabeta, a la vez que perjudicaban la imagen internacional de la Unión Soviética. Intelectuales amigos, como Romain Rolland y André Malraux, también intercedieron por el músico.
Luego de que Gorki le enviara una carta a Stalin, los ataques cesaron. El misterioso crítico musical del Pravda cambió de opinión. La "Quinta sinfonía", compuesta por Shostakovich en 1937, fue descrita como una "respuesta creativa y seria de un artista soviético a unas críticas justas". Para Volkov, en cambio, es una obra profundamente "ambigua". Plena, a la vez, de un socialismo patriótico y reflejo del gran terror desatado a fines de los años treinta. "La partitura de Shostakovich es una vasija mágica que cada oyente llena imaginariamente a su antojo", resume.
En el proceso de rehabilitación del músico, le fue concedido a su "Quinteto para piano" (1940) el premio Stalin. La invasión alemana de 1941 estrechó aún más esta alianza instrumental. Durante el asedio a Leningrado, Shostakovich escribió el primer movimiento de la "Séptima sinfonía". Luego fue evacuado en un avión enviado por Stalin. Lo mismo se hizo con Ajmátova, Zoshchenko y el cineasta Sergei Eisenstein, a quien sacaron de Moscú cuando empezaba a dirigir "Iván el terrible".
Terminada la Segunda Guerra, Stalin ya no necesitó a los intelectuales. Reemprendió entonces su campaña contra el formalismo. Durante la purga ejecutada por Zhdanov en 1948, Shostakovich fue condenado al silencio, junto a los compositores Prokofiev, Khachaturian, Miaskovsky, Shebalin y Popov. La misma suerte corrieron Ajmátova y Eisenstein.
Según Volkov, Shostakovich nunca se hizo ilusiones acerca del régimen estalinista, y aceptó dar al César lo que era suyo. Únicamente lo salvó su carácter. "Neurótico y agitado, con un aspecto más propio de un escolar asustado gracias a sus gafas redondas y su cabello revuelto, Shostakovich poseía, sin embargo, una disciplina inigualable y una extraordinaria confianza en su talento creativo, lo que le ayudó a sobrellevar los ataques personales de Stalin".
Adiós a Gonzalo Rojas, voz fundamental de la poesía chilena
El escritor murió ayer a los 93 años. Su obra fue reconocida con el Premio Nacional de Literatura, en 1992, y con el Premio Cervantes, en 2003. El Gobierno decretó dos días de duelo nacional. Impulsor de los míticos encuentros de escritores latinoamericanos en Concepción, formó con generosidad a futuras generaciones de poetas. "¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios?", se preguntó Rojas, un eterno enamorado. Poeta del silencio y de la muerte, para él los versos fueron algo sagrado.
Constanza Rojas Valdés
Sílaba por sílaba descompuso y recompuso el idioma castellano. Sonriente, con boina y suspensores, impulsó una escena poética que no existía antes de él. Y fue poeta hasta sus 93 años. Por eso y mucho más, a Gonzalo Rojas Pizarro, quien falleció ayer luego de un infarto cerebral, hoy se le rinde homenaje como una figura esencial de la historia literaria chilena.
Nació en Lebu en 1917, como el séptimo de ocho hermanos. Su padre trabajaba en las minas del carbón de ese lugar, y murió cuando Gonzalo Rojas tenía tres años. A él, cuya ausencia lo marcará profundamente, dedica después el poema "Carbón": "Ahí viene/ embarrado, enrabiado contra la desventura, furioso/ contra la explotación, muerto de hambre".
Cerca de los cinco años, en una noche de tormenta, escucha decir "relámpago" a uno de sus hermanos y con ese sonido nace su fascinación por las palabras. Aprendió a leer recién cerca de los ocho años y en un comienzo tartamudeaba. Para evitar la vergüenza ante sus profesores y compañeros en un exigente internado de Concepción, aprendió a sustituir unos sonidos por otros: así descubrió los juegos verbales que luego darían cuerpo a su poesía.
En este período que él denominaba "larvario" leyó intensamente a los clásicos griegos y latinos, a Rimbaud, Baudelaire y los españoles del Siglo de Oro. Sus primeras líneas las escribió a los 14 o 15 años, y a los 16, sus primeras composiciones poéticas.
Rigor y vigilancia
Al leer la "Antología de la poesía chilena nueva", de Anguita y Teitelboim, en 1935, comienza su relación con las vanguardias. También en esos años se deslumbra con la poesía de Neruda, especialmente con "Residencia en la tierra". En cambio, nunca se sintió atraído por las propuestas de Vicente Huidobro, a quien de todas formas admiraba. Tuvo un breve paso por el grupo surrealista de la Mandrágora junto a Braulio Arenas, Teófilo Cid y Enrique Gómez Correa. Él mismo se consideraría luego parte de la generación literaria de 1938.
Conoció el exilio, el que vivió en Alemania y Venezuela, y siguió de cerca el regreso a la democracia. Escogió Chillán como su hogar definitivo. En 1992 obtuvo el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, y meses después el Nacional de Literatura. El Cervantes llegaría en 2003, como el máximo galardón para un escritor de habla hispana.
"Rojas conforma con Nicanor Parra los dos pilares que, tras Neruda, la Mistral, Huidobro y De Rokha sostienen todo el edificio de la poesía chilena reciente", escribió el académico Marcelo Coddou en el libro "Gonzalo Rojas. Obra selecta". Y este pilar fue construido sobre el rigor, la necesidad y vigilancia, como ha dicho el poeta y amigo de Rojas, Pedro Lastra. "Una de sus mayores lecciones fue que esos valores siempre se ponen a prueba en el poema", dice Lastra.
La poesía fue para Rojas una manifestación de lo sagrado, donde se conjugaba el amor, la muerte, y también el silencio. Citando a Martín Fierro, el poeta decía: "Acostúmbrense a cantar/ en cosas de fundamento". Justamente en la vereda opuesta de Nicanor Parra, quien llevó la poesía a lo cotidiano. Amigos y compañeros de generación, la distancia se fue imponiendo entre ellos al tiempo que crecía la rivalidad poética.
El mundo clásico y divino, una veta metafísica y una cargada de conciencia social, conviven también con el erotismo de un Rojas que se mantuvo enamorado hasta el fin de sus días. Así también, la sintaxis fue para él un terreno de juego, donde las palabras pueden revolverse y combinarse sin límites, hasta transformarse en nuevos signos. Rojas, amante de las esdrújulas, supo convertir adjetivos en sustantivos y sílabas en palabras.
Maestro
"Sólo un poeta como él pudo proponerse y realizar lo que apreciaremos alguna vez como la fundación del diálogo entre nosotros", escribe Pedro Lastra en el prólogo de "Con arrimo y sin arrimo", el último libro de Rojas, publicado por Editorial Pfeiffer.
Porque Gonzalo Rojas deja una huella en la memoria nacional no sólo con su poesía, sino también con la escena poética que creó e impulsó en los 60 con sus Encuentros de Escritores Chilenos y, luego Americanos, en la Universidad de Concepción. A ellos asistieron Ernesto Sábato, Nicanor Parra, Volodia Teitelboim, Carlos Fuentes, Pablo Neruda, Oswaldo Guayasamín, Mario Benedetti, Alejo Carpentier, y muchos otros.
Así como instauró el diálogo entre los escritores de la época, Rojas también mantuvo un rol fundamental como maestro de nuevas generaciones. Estaba consciente de lo que significaba ser poeta.
Y lo estuvo hasta el final. Sólo el infarto cerebral del 22 de febrero, que lo dejó en estado de sopor hasta su muerte, le impidió seguir recibiendo visitas, leyendo y, lo más importante, escribiendo.
Figuras de la escena literaria lamentan su muerte
Ignacio Valente:
"Gonzalo Rojas fue más un poeta del cántico que del habla o del discurso ( song más que speech ), lo que significó ir, en buena medida, a contracorriente de la época. Fue un poeta del conocimiento, del eros, del tiempo y de la muerte. Fue un gran poeta de la sintaxis: la distorsionó hasta el límite, y a veces más allá del límite, pero siempre con suma habilidad".
Jorge Edwards:
"Lo conocí el año 58 en un congreso, y era como un hermano mayor. Tengo un gran recuerdo de él, era una muy buena persona, un verdadero poeta. Fue un escritor importante del postnerudismo y posthuidobrismo, muy original. Sobre todo me gusta su poesía del sur, de la infancia, del padre, su poesía evocativa. Además, fue muy conocido en el mundo hispánico, y dio a conocer la poesía chilena. Me entristeció la noticia".
Óscar Hahn:
"Para mí es una doble pérdida. Se va un poeta que admiré desde siempre y un amigo de muchos años. El poeta sobrevivirá, pero el amigo es irrecuperable".
José Emilio Pacheco:
"Creo que es un grandísimo poeta, alguien muy original, que no se parece a nadie y que tenía el mejor oído de la poesía española. Mi relación es de agradecimiento total con Gonzalo Rojas, por lo que me dio con sus poemas y también con esa amistad y ese apoyo muy raro. Un poeta no va a perder su tiempo con un joven como lo hizo él conmigo (cuando tenía unos 25 años)".
Carmen Caffarel , directora del Instituto Cervantes:
"Representa el inconformismo, la valentía y la búsqueda de nuevos lenguajes que lo convirtieron en uno de los más reconocidos poetas chilenos del último siglo, siguiendo la estela de gigantes como Neruda, Huidobro o Gabriela Mistral".
Mauricio Electorat:
"Hombre lúcido, abierto, espíritu crítico, poeta hedonista y místico al mismo tiempo, como su admirado Virgilio, del que le gustaba recitar sus versos. Poeta de la respiración y de la sílaba, y además, hombre cabal, reidor, generoso hasta la saciedad... Ha muerto uno de los mejores de entre los nuestros".
En homenaje a Gonzalo Rojas
Recuerdo su animada presencia hurgando entre anaqueles repletos de libros que sus ágiles dedos recorrían casi de memoria para detenerse en uno, abrirlo y volverlo a dejar en su lugar. Recuerdo su voz sonora y vibrante recitando desde el alma algún verso de Pound, una línea de Hölderlin, un tormento de Vallejo. Su andadura por el mundo sin dobleces morales ni falsas estéticas fue un testimonio de fidelidad a los demás y a sí mismo, a su arte y a nosotros.
Ni discípulo de Huidobro ni seguidor de Neruda, ni rokhiano ni mistraliano; la amplitud de su personal registro poético abarca múltiples variantes, corriendo a la par en calidad, fuerza y belleza. Después de iniciarse en las distintas vetas de la poesía de Rojas, el lector se da cuenta de la congruencia de su discurso. Un trabajo que ahonda en las fibras más profundas del ser, y que además plantea una estética única que ubica al autor en un privilegiado lugar dentro de las letras latinoamericanas y universales. Por eso, no es exagerado decir que Gonzalo Rojas ingresó en la suma más selecta de los poetas chilenos para grabar allí su propio nombre con letras a la vez elegantes y ardientes.
Sus poemas están colmados de una sonoridad única, un poderío que mezcla lo trascendente, lo cultural, lo erótico y lo filosófico, fundiéndolo con lo banal y rutinario sin que esto trivialice su obra; al contrario, le otorga ese valor agregado que la hizo única. Sus textos están construidos a retazos, entre susurros y murmullos, a través de exclamaciones y estallidos lingüísticos que conceden a las palabras un original sentido y a sus versos un novedoso giro, estilo y ritmo. Sus temas recurrentes son muchos y variados: vemos los eternos contrapuntos de la vida y la muerte, del olvido y la memoria, de la niñez y la adultez, de lo pagano y lo religioso, mezclado con lo mitológico; del amor y el deseo, de lo sumamente tierno, lo evidentemente erótico.
Gonzalo Rojas confesó haber vivido "Temeroso de ver seco el océano y adicto a mirar de día las estrellas"; formuló una de las más bellas preguntas de la poesía chilena del siglo XX, "¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida o la de la muerte?", y nos enseñó que los mejores versos se construyen con palabras, pero también con suaves gemidos y, ¿por qué no?, con dolorosos silencios.
Silencios tan dolorosos como el que tenemos que guardar hoy.
Se apaga "El alumbrado"
Soy de esos adolescentes provincianos de mediados del siglo pasado, que sólo pudimos leerlo en antologías, hasta que en 1964 publica "Contra la muerte". A partir de entonces lo recuerdo como el más amigo de nuestros maestros, al que el tiempo y las circunstancias van transformando en el más maestro de nuestros amigos y en un testigo del desarrollo de nuestra generación, la de los poetas del sesenta. Estuvo con nosotros en Valdivia, en el Encuentro de Poesía Joven del grupo Trilce, 1965; el Grupo Arúspice estuvo con él, junto al mar del entonces festivo Dichato, celebrando sus cincuenta años, en 1967. Él fue el primero en contagiarnos con la fraternidad creadora que iría formándose y a la vez dando forma a encuentros y talleres de poesía. Un maestrazgo sistemático para los que tuvieron la suerte de asistir a sus cátedras, pero también para los que llegábamos -del norte o del sur- a interrumpir su recreo, acogidos junto a Hilda, en su propio hogar de "su Chillán de Chile", o en su refugio casi andino junto al río Renegado. Porque a todo esto había ocurrido el sismo del sesenta y el cisma del setenta y tres, y la charla llena de sabiduría -a la antigua usanza de los ancianos de la tribu- fue sustituida por su correspondencia incansablemente sostenida, como un cordel sobre el naufragio. Bueno: asusta decir tan poco sobre él, en este momento, pero lo mucho ya está escrito o se leerá en la historia de la poesía de esta época, en la que ha escrito páginas decisivas. Por ahora, este personal testimonio, palabra que le era tan querida, para él, cuyo nombre hoy es eso: un testimonio vivo del tiempo que nos tocó vivir. Como él mismo diría: un testimonio no para decirlo, "sino para vivirlo".
Un poeta en el aire
El poeta de la poesía de dos caras, Eros y Tanatos, ha muerto. "Que se ama cuando se ama": la vieja pregunta platónica convertida en interrogación poética por Rojas seguirá resonando por décadas. Y su rebelión "Contra la muerte" se inscribirá entre los más grandes lamentos funerarios de la humanidad, desde el primerísimo de la tablilla VIII del poema mesopotámico "Gilgamesh". ¿En qué se convierten los poetas cuando mueren? Dicen que en estrellas, pero estrellas del universo, no de la farándula. Rojas abrazó la vida y el lenguaje con intensidad erótica, a la manera de los sufíes, sin contradicción entre la materia y el espíritu. Le debemos ese gozo. Gran y querido poeta nuestro: tal vez debamos despedirte recitando contigo ese bellísimo poema que le escribiste al Silencio: "Oh, voz, única voz, todo el hueco del mar/ todo el hueco del mar no bastaría... Y aunque el hombre callara y este mundo se hundiera/, Oh, Majestad, tú nunca cesarías de estar en/ todas partes".
Longevo de la poesía, seguirás silabeando en el silencio. La poesía no envejece, sólo envejece la vida. Entonces: no descanses en paz, descansa en gozo. Gracias por el zumbido y por el oxígeno, niño tartamudo de Lebu. Ahora te encontrarás con los niños que siempre citaste, Heráclito, Vallejo y el copión maravilloso de Ezra, jugando con ellos entre las sílabas mayores del gran Misterio. Y que la Muerte y la Vida sigan haciendo el amor en tus poemas y que de ese fornicio salga polvo de estrellas... ¡No le copien al copión maravilloso de Rojas! Escuchémoslo, recitémoslo de memoria, en el júbilo de su palabra poética que dice más de nosotros que toda la cháchara vacía que nos rodea. Cerremos los ojos y oigamos a Rojas arder en el aire.
Homenajes y legado
Desde ayer el cuerpo de Gonzalo Rojas está siendo velado en el Museo de Bellas Artes (MNBA). Sobre el féretro está la boina del poeta. Lo han visitado más de 200 personas, entre ellas, escolares, escritores y autoridades. El velatorio continuará hasta las 21:00 horas de hoy.
Mañana, también en el MNBA, se realizará a las 10:00 horas una ceremonia encabezada por el Presidente Sebastián Piñera, quien ayer declaró: "Saludo a sus dos hijos, y les digo que se pueden sentir muy orgullosos de haber tenido el padre que tuvieron, porque Gonzalo Rojas fue un gran poeta, un gran padre, un gran amigo y un gran chileno". También el Rey de España, Juan Carlos, envió sus condolencias al Gobierno y al pueblo de Chile.
El jueves, como había sido su deseo, Gonzalo Rojas será sepultado en el cementerio municipal de Chillán después de una misa a las 12:00 horas en la catedral de esa ciudad. Lo espera el "Paseo de los Artistas"; ahí descansará junto a Claudio Arrau, Marta Colvin, y Eduardo "Lalo" Parra.
"Hay una biblioteca de más de 20 mil libros, más de seis mil revistas, fotografías y cartas; es un legado importante y no tenemos del todo claro qué pasará con él. Es posible que una parte quede en nuestro país y otra en el extranjero, porque tenemos ofrecimientos de Europa y de Estados Unidos", dice el hijo del poeta, Gonzalo Rojas-May. Y advierte que su padre "no quería que el material estuviera archivado en el fondo de una biblioteca, sino que el público tuviera acceso real a él". Agrega que tienen bastantes poemas inéditos, con los que planean hacer una edición póstuma.
Otro proyecto en marcha es la biografía que prepara la académica de la UNAM Fabienne Bradu. "Está en proceso. No sé bien cuánto tiempo falta para ser publicada, pero no creo que sea antes de dos años", dice Bradu. Mientras, el investigador Juan Camilo Lorca trabaja en el libro "Gonzalo Rojas, de la A a la Z", en que organiza declaraciones del poeta en torno al abecedario.
Hoy a las 23:45 horas y el domingo a las 17:30 horas, TVN exhibirá el documental "Al fondo de todo esto duerme un caballo", realizado por Soledad Cortés y coproducido por TVN y la Fundación Gonzalo Rojas
"Cobra" El último libro del escritor inglés
Frederick Forsyth contra el narcotráfico
La nueva novela del autor de "Chacal" y "El afgano" entrega iguales dosis de intriga y violencia. Esta vez, su asunto es una guerra declarada contra la droga.
Patricio Tapia
Así como hay una perspectiva que ve una escalada de empeoramiento en el consumo de ciertas sustancias -el jovencito que comienza con excesos alcohólicos pasará luego a la marihuana y, más temprano que tarde, terminará tirado en las calles entregado a las drogas duras-, hay también una más alentadora teoría "evolutiva" de la lectura: si alguien comienza leyendo El código Da Vinci , de Dan Brown, en algún momento cederá a La dama de blanco , de Wilkie Collins para acabar, más tarde que temprano, tirado en su cama entregado a El hombre sin atributos , de Musil. Curiosamente, en el cruce de estas dos hipótesis se encuentra la última novela de Frederick Forsyth: un best-seller cuyo asunto es el tráfico de la cocaína.
De Chacal a Cobra
Por cuatro décadas, Frederick Forsyth (1938) ha mantenido el pulso acelerado y las uñas cortas de tanto mordérselas a millones de lectores con sus novelas de espías, terroristas, traficantes de armas, secuestradores y asesinos políticos. La primera, y quizá más lograda, Chacal (1971), gira en torno al intento de asesinato del presidente francés Charles de Gaulle y el espeluzno de esperar la captura del asesino antes de que mate a su objetivo. No es la única novela en la que incluye como personajes a personalidades políticas reales. Así, en Odessa (1972) aparece la búsqueda del real comandante de las S.S., Eduard Roschmann, y el caza nazis Simon Wiesenthal.
En Cobra , su último libro, el presidente de los Estados Unidos -al que no se nombra, pero se indica que tiene un padre keniata y madre estadounidense, criado en Hawai y tiene una esposa llamada Michelle-, conmovido y furioso por la muerte del nieto de una sirvienta de la Casa Blanca por una sobredosis de cocaína, se desvela y llama de madrugada al director de la agencia antidrogas, DEA (en la novela proliferan las siglas y abreviaturas, al punto de figurar una lista de ellas al comienzo). "Quiero saberlo todo acerca de la cocaína", le dice el Mandatario y le pide un informe breve y preciso sobre todos los detalles de ella. En tres días, el director no come ni duerme y entrega su informe de 10.000 palabras, 5 páginas del libro, que no dice mucho más de lo que cualquier enciclopedia, pero que es elogiado y leído por otras autoridades, incluso más allá de los Estados Unidos ("Impresionante", es el juicio del Primer Ministro británico). El Presidente ha decidido acabar con la industria de la cocaína. Pero, ¿cómo lograrlo?
Le sugieren contactar a un oficial retirado de la CIA, Paul Deveraux, conocido como "la cobra" por su implacabilidad. Deveraux es un "ascético erudito" que, después de semanas de estudio, señala estar convencido de que el tráfico de cocaína no puede ser eliminado por tierra, ni en Colombia ni en ninguna otra parte (Estados Unidos y Europa sobre todo, como mercados principales), sino por mar: atacando los barcos y aviones de los carteles de la droga. Para lograrlo hace algunas exigencias: debe dársele al tráfico de cocaína una clasificación como acto de terrorismo. Exige carta blanca para hacer lo que sea necesario, absoluta reserva y un presupuesto de nada menos que dos mil millones de dólares.
Los hechos
En un artículo reciente, Forsyth comentaba que lo importante de un thriller está en los hechos. Él, que fue periodista de investigación en sus inicios, siempre ha destacado por su labor de investigación y acopio de datos reales. En Cobra nos informa más de lo que quisiéramos sobre la plantación, producción, transporte y venta de la droga, además del funcionamiento de los puertos y aduanas europeos, las islas Chagos, cierto tipo de aviones y una infinidad de otras cosas. Esta información se alterna con, en un primer momento, la formación por parte de Deveraux de una fuerza destinada a destruir la industria de la cocaína y, después, con las acciones de esta destrucción, que culminará en una guerra sangrienta contra el narcotráfico, que se escapará de las manos de todos y... bueno, es mejor no contar más de los hechos y arruinar así la lectura del libro de Forsyth.
Lo importante, entonces, son los hechos, por poco creíbles que algunos parezcan. Tal vez por eso, los personajes están débilmente delineados. El equipo de Deveraux está formado por viejos estandartes: además del propio Cobra, muy activo y principal es un abogado, Carl Dexter, cuya hija fue violada y asesinada; también Jeremy Bishop un genio informático, entre otros, que a ratos parecen sombras. A ellos se suman oficiales de diversas instituciones de seguridad, especialmente estadounidenses y británicos. Algunos de ellos, como ciertos pilotos destinados a destruir naves, no son asesinos a sangre fría. Pero, por suerte, los "brasileños" sí están dispuestos. No queda claro por qué los pilotos brasileños son capaces, pero el ex comandante de la fuerza aérea del país, João Mendoza, movido quizá porque su hermano menor murió por la cocaína, no tiene problemas en derribar cuantos aviones de la droga le sean indicados.
A pesar de lo anterior, hay una suerte de división muy marcada entre buenos y malos. Los buenos pueden matar, lo mismo que los malos, sin misericordia alguna, pero también son patriotas y valientes. Los malos, en cambio, son cobardes, viciosos y paranoicos. Una vez iniciada la "guerra", los buenos son capaces de desconectar las comunicaciones, manejar la tecnología más avanzada, mientras los malos no tienen idea de lo que está pasando, no obstante regentar una industria con beneficios "tan enormes que Gates y Buffet parecían vendedores ambulantes".
Forsyth se mofa de la "corrección política", pero muchas veces parece encarnar una versión de ella. También se burla reiteradamente de la obsesión por los derechos civiles y los derechos humanos de los narcotraficantes (un juez holandés que libera a uno es descrito como "un fanático declarado de los derechos civiles que, en privado, apoyaba la legalización de la cocaína, que él mismo consumía").
Luto en el Valle del Cauca por muerte del habanero Lázaro Rodríguez
El trompetista Germán Lázaro Rodríguez, quien era director de la Nueva Sonora Matancera, murió en Cali a los 71 años de edad tras sufrir un accidente en un centro comercial al norte de la ciudad.
La lamentable noticia fue confirmada por el empresario Luis Fernando Mejía, de la Fundación El Bolero, quien junto al maestro Lázaro lideraba el tradicional Festival del Bolero en Cali.
“Lázaro estaba en un centro comercial, donde fue a ver un local para una discoteca y al bajar la grada del segundo piso se tropezó y se vino rodando. Como consecuencia del golpe se fracturó el cráneo y la clavícula y no alcanzó a llegar a la Clínica de Occidente”, confirmó el empresario.
Amigos cercanos del artista aseguran que él se venía quejando de una rodilla, pero no alcanzó a visitar al médica para determinar lo que sucedía.
Lázaro Rodríguez era un gran conocer de la música cubana. Desde joven aprovechó su excelente oído, el cual lo llevó a perfeccionar la ejecución del instrumento de émbolos.
Desde la época del lejano grupo Mozambique, en donde inició su carrera musical, ha sido trompetista de orquestas tan importantes como Las Estrellas de Chocolate, El Conjunto Colonial de Nelo Sosa, El Conjunto Tropicana, Raúl Planas y La Banda Gigante de Benny Moré, entre otros.
El novelista Eça de Queirós (1845-1900)
La monogamia imposible
Andrea Blanqué
EL ADULTERIO FEMENINO en la literatura occidental hace su debut fulgurante con la guerra de Troya y los complejos y bellos personajes de Homero -Helena y Paris-, y el tosco Menelao. Pero la eclosión se produce en el siglo XIX: con Madame Bovary, de Flaubert, más los cuentos de Maupassant, o Ana Karenina de Tolstoi. En la Península Ibérica, con la obra cumbre de Benito Pérez Galdós -Fortunata y Jacinta- o con La regenta de Leopoldo Alas. Y en Portugal, con la obra del maestro del realismo, el polifacético escritor Eca de Queirós.
La mayoría de las narraciones del bastardo (o "hijo legitimado"), José María Eca de Queirós, tienen como tema el adulterio y la relación prohibida, sacrílega. Hay dos ejemplos de esta última.
En la novela El crimen del Padre Amaro, (1875), en lugar del adulterio denuncia el "amancebamiento" de los curas con las beatas y la imposible castidad de esos hombres de sotana negra. Es una historia que se desarrolla en la abúlica ciudad de Leiría, donde "todo se sabe". En la larga y aplaudida novela Los Maia (1888), un vasto friso de la alta sociedad de Lisboa, con políticos, aristócratas, banqueros, periodistas y poetas -donde abunda el adulterio- la familia central, de apellido Maia, inevitablemente, en un entorno tan endogámico, desemboca en el incesto.
Luego están sus historias de adulterio platónico, como el espeluznante cuento "El difunto", donde un joven se enamora de una bella casada con un viejo siniestro: el celoso maldito le tiende una trampa, pero un ahorcado resucita para salvar la vida al muchacho, muere el viejo y todo termina en boda cuando la bella e inocente viuda por fin puede casarse con el amigo de los fantasmas. En el cuento "José Matías", a través de una tapia llena de flores, un hombre y una mujer se aman intensamente con la mirada, pero basta que ella enviude de sus espantosos maridos (dos), para que José Matías huya despavorido y se convierta en borracho, jugador y mendigo: todo antes de asumir el amor y yacer en el lecho matrimonial.
Lo curioso es que en plena celebridad, cuando Eca de Queirós era el escritor más leído de Portugal -además de ser cónsul sucesivamente en Inglaterra y en París- el cuarentón se casa con una fornida y joven condesa portuguesa. Ella le da una seguidilla de cuatro niños, que hicieron sus delicias antes de morir, prematuramente, a los 55 años, luego de años de mala salud.
Así que, tal como se conservan fotos del joven dandy Eca con su monóculo característico y su flaco cuerpo caricaturesco, entre sus amigos -el poeta y filósofo suicida Antero de Quental, Batalha Reis, Ramalho Ortigao, Oliveira Martins, hombres primero revolucionarios y después "vencidos por la vida", como alguno se autodenominó- , también hay unas impresionantes fotos de Eca, el ex-enemigo del matrimonio, dulcemente instalado en una familia nuclear ideal. Papá, mamá (Emilia, sonriente) y una niña vestida de blanco, más tres niñitos, con jardín de fondo.
LIBROS E HIJOS. Una buena parte de la obra de Eca de Queirós es póstuma, recogida en parte por sus hijos. Su bibliografía muestra que si bien sus grandes novelas realistas se publicaron en vida, y también sus narraciones extrañas y fantásticas, como El mandarín (1880) y La reliquia (1887), una gran cantidad de escritos desparramados fueron reunidos por aquellos que lo amaban.
Por un lado están los textos que se publicaron en periódicos y en libro bajo el título Prosas Bárbaras. En ellos Eca dejaba correr su imaginación, con influencia de Hoffman, Poe y Baudelaire, aunque también pueden haber tenido incidencia los criados negros traídos de Brasil por su abuelo, que tanto lo cuidaron de pequeño y le contaban historias alucinadas.
En 1901 se publicó póstumamente una novela que estaba aún corrigiendo en el momento de su muerte, la idílica y nativista La ciudad y las sierras. En 1902 se publicaron sus cuentos en un volumen, e incluso tardíamente, en 1925, aparecieron novelas inéditas: por ejemplo Álves & Cía, donde el escritor había encontrado una solución "civilizada" a la dicotomía matrimonio/infidelidad. En lugar de que la adúltera se suicide o muera de una enfermedad psicosomática -como la Luisa de El primo Basilio- y de esa forma se expíe el pecado, Eca propone que, luego de la infidelidad descubierta y la tragedia, los cónyuges se reconcilien y se necesiten, se deseen y se amen.
La mirada distante acerca de la familia nuclear convencional y la fidelidad puede haber surgido del resentimiento. Algo de paria siempre tuvo este escritor tan consagrado en vida, que reeditaba tiradas de diez mil ejemplares de El primo Basilio, que fue cónsul en París y esposo de una condesa.
EL ORIGEN. La explicación está en su lugar de nacimiento: Póvoa de Varzim, al norte de Portugal, cerca de Porto. Este pueblito albergó durante meses a una chica embarazada, hija de un militar. Cuando el niño nació, la chica volvió a casa, y el bebé fue criado por un aya. La embarazada era Carolina Pereira de Eca, quien mantuvo una relación clandestina con el joven hijo de un político y magistrado. El amante, José María de Almeida de Queirós, nacido en Brasil y regresado a Portugal, joven revolucionario y perseguido, debió huir dejando a su amada embarazada y enclaustrada para que nadie lo supiese.
De nada valió para la infancia de Eca que, una vez que se calmaron las aguas, la pareja se casara y tuviera más hijos, sus hermanos. Durante toda la infancia los padres lo dieron a criar, pues luego del aya que lo amamantó fue a parar a las rodillas del abuelo. A los diez años los padres pusieron al futuro escritor a estudiar en Porto, donde se haría muy amigo de Ramalho Ortigao -el hijo de su profesor- para toda la vida.
Luego, al pasar a Coimbra, para estudiar abogacía -como su padre y su abuelo- allí encontró a su verdadera familia: los locos, extraños, delirantes jóvenes intelectuales que, puestos a estudiar Leyes, se rebelaban contra una Universidad mediocre y corrupta, y preferían declamar poesía y discutir metafísica en las escaleras de las iglesias, a la luz de la luna, que atender las aburridísimas clases de profesores con lecciones escritas en folletos que debían aprender de memoria. Entre todos estos amigos, a quienes adoró hasta la muerte, Antero de Quental fue calificado por él como "Santo", por su capacidad de iluminación.
Fue allí que Eca de Queirós descubrió su vocación de escritor.
AMOR OCULTO. En El crimen del Padre Amaro se refleja la costumbre de ocultar a una embarazada para dar en adopción al niño. La propuesta sale del propio Amaro, un cura muy joven, ambicioso, bello y lleno de necesidad sexual. Para Amelia, ante su embarazo, luego de esa larga relación erótica y prohibida con el nuevo cura de la parroquia de Leiría, la solución surge instintiva, sana: que él cuelgue la sotana y se case con ella para amarse libremente y tener el niño que es la misma naturaleza. Pero Amaro, quien en la novela deviene un feroz egoísta, no quiere abandonar su carrera eclesiástica y ser un triste profesor de latín en un liceo, así que consigue ocultar a Amelia y su vientre creciente en un tristísimo caserón, y cuando el niño nace, lo entrega a una nodriza sin leche, una suerte de parca llamada "la desangeladora", por que el niño que cae en sus brazos es para morir. En la primera versión de El crimen del Padre Amaro, salida en Revista Occidental, el cura tira a su propio hijo al río. Los amigos de Eca vieron demasiado siniestro este final y se lo dijeron. La novela fue reescrita muchísimo por el autor, hasta su publicación definitiva en libro. Eca de Queirós era cónsul en Newcastle, -una mezcla de destierro y autoexilio- y lo inquietó que no le llegaran noticias de la publicación de su adorada novela.
Para el escritor, El crimen del Padre Amaro era su obra máxima. Ya había escrito una novela a medias con su amigo Ramalho Ortigao en 1870, El misterio de la carretera de Sintra. Cualquiera que lo lea hoy le sentirá olor a naftalina y mucho del tremendismo del romanticismo tardío. Pero hay también modernidad en esta extraña novela: los autores lo publicaron en el Diario de Noticias como si fueran cartas reales, enviadas por personas que prefieren no darse a conocer, dado que hay un crimen de por medio. Fue tal la conmoción que produjo en Lisboa que muchos lectores del diario nunca pudieron creer que finalmente se tratara de una novela, y hasta hubo cartas de personas que denunciaban haber visto a los personajes culpables. Es una verdadera novela policial y experimental, escrita en su mayoría por Eca, más productivo. Ninguno de los dos sabía cómo iba a seguir su compañero de narración. Tenían claro que sería una historia de amor, adulterio y muerte.
Pero en El crimen del Padre Amaro, Eca lleva hasta las últimas consecuencias sus palabras dictadas en la conferencia dada en el Casino en 1871, durante el ciclo ofrecido por el grupo de jóvenes ruidosos y socialistas que embestían contra el conservadurismo y el letargo de Portugal. La primera charla la dio Antero de Quental, la tercera, el propio Eca. Otra debía darla el judío portugués Salomón Saragga, sobre "Los historiadores críticos de Jesús". Los políticos de entonces clausuraron el ciclo de conferencias en un episodio famoso de censura que aún se recuerda en Portugal. El escándalo fue mayor, las polémicas en prensa mayúsculas. Pero Eca había logrado dictar su conferencia "El realismo como nueva expresión de arte".
El parricida Queirós decía que el Romanticismo establecía "el perpetuo aislamiento del artista en relación con la sociedad, la falta de respeto al trabajo, a la moral". Con él "llega la peor de las cosas, el arte por el arte, sin el beneficio de la influencia benéfica que pueda causar y solo con la impresión de lo que pueda producir". Y continuaba: "El arte debe corregir y enseñar y no estar solo destinado a causar impresiones pasajeras. Si el arte no tiene moral, se pierde".
En El crimen del Padre Amaro la galería de personajes repugnantes es vasta. La colección de curas (con una excepción) los muestra como seres corruptos, hedonistas, hipócritas. Las beatas que zumban a su alrededor no se salvan. Oscilan entre la concupiscencia y la esterilidad moral total. Los escasos personajes que no son hostigados por el látigo de Queirós son los jóvenes. Uno de ellos, el padre Amaro, se deja llevar por la madeja de la corrupción y el narcicismo y abandona a Amelia y a su bebé. Ella jamás deja de ser honesta consigo misma, aunque transgreda las normas de la sociedad. Hay otro personaje, un chico periodista, ex novio de Amelia, que a pesar de sus buenas intenciones estropea las situaciones hasta un punto que parece simbolizar la inutilidad de la prensa y los intelectuales.
El realismo, como forma de combatir la indecencia de una sociedad, se detiene en este libro en esos detalles que pintan un mundo: es francamente admirable la descripción de las comilonas que ingieren los curas, el humo de las soperas, el vino verde que riega los cerebros, el arroz con leche, las barrigas producidas por tanto hedonismo.
REHACER PORTUGAL. La novela que siguió a El crimen del Padre Amaro fue creada bajo esos cánones estéticos. El primo Basilio (1878), escrita enteramente desde Newcastle, donde el triste cónsul añoraba su tierra, trata de recordar, entre la bruma de la Inglaterra industrial y la bruma de su propia memoria, a la pequeña burguesía de Lisboa. Aquí el friso de personajes es más complejo, menos polarizado. La lejanía le hizo bien a Eca de Queirós. Su nueva novela va más allá: además de una trama verosímil y siniestra, refleja los horrores del mundo, bucea en la complejidad humana. Todos los personajes son diferentes. Cuando la escribía, sufría del terrible dilema que después lo llevó a una profunda crisis, de la cual surge su formidable obra fantástica El mandarín (1880).
Cabe preguntarse si es posible realizar literatura realista cuando el escritor se halla apartado por el espacio y el tiempo de aquello que quiere pintar, para cuestionarlo y mejorarlo. Le hacía falta Portugal. Pero eso no resultó un problema. En carta a Ramalho Ortigao encuentra la solución exacta: "A veces no sé cómo me queda valor para entender los disgustos de los personajes, cuando tengo que observarlos a través de la espesura de los míos".
Entonces, en la gris Inglaterra reinventa una Lisboa radiante de sol, donde todos los personajes sudan, gritan, se asoman a las ventanas. El primo Basilio es arte mayor. Desde el comienzo se huele el adulterio: un matrimonio bien avenido -sin hijos- con esposa bella y sensible y lectora de novelas, tiene que separarse transitoriamente porque el marido, un agradable ingeniero, debe ir a trabajar a unas minas al sur. En esos días llega el primo Basilio de Brasil. Ella lo lee en el diario: Eca plantea pronto el problema al lector en todas sus novelas. Basilio, el abrasilerado, será el amante de Luisa, la llevará a alturas eróticas incomparables, pero también será un canalla. La historia de la seducida y el bellaco se ve completada por una soberbia puja entre la bella Luisa, y la horrorosa Juliana, la criada, que descubre los amores culpables y la chantajea hasta enloquecerla.
Es obvio ver aquí un retrato de la "lucha de clases". Además, hay una galería de personajes que visitan la casa, desde una prostituta de lujo amiga de Luisa (inolvidable la escena en que esta mujer come con fruición un bacalao con ajo) hasta la tertulia de los domingos con los amigos del ingeniero, cada uno lleno de prejuicios, manías, olores, corpachones o peladas. Aquí Eca de Queirós introduce un personaje de bonhomía total: Sebastián.
Tanto Luisa como Amelia, las bellas de estas novelas, mueren monstruosas. Son despojadas de su belleza por el esfuerzo del cuerpo, el sufrimiento y la propia muerte, pero también por los desastres de los médicos que, evidentemente, no eran personajes gratos para Eca de Queirós.
Lo curioso es que, desde tiempo atrás, los críticos ven en Eca de Queirós odio y resentimiento contra las mujeres. Vianna Mog, autor de Eca de Queirós, el arquetipo del siglo XIX, sostiene: "En toda su obra no se encuentra un tipo de mujer perfectamente equilibrado. Todas sus figuras femeninas son más o menos degeneradas, más o menos taradas". Si resulta extraña esta frase en 1945, cuánta mayor es la sorpresa en el siglo XXI ante el artículo de Pedro Luzes "Psicoanálisis de Eca de Queirós", en el homenaje de la Revista Camões por el centenario de la muerte del escritor. Luzes ve, en los personajes femeninos de Eca, odio y deseo de venganza contra su propia madre.
ABANDONADAS. Sin embargo la novela clave, donde se da toda la magnitud del problema, es su larga y compleja Los Maia. Tres generaciones de aristócratas, en un mundo egoísta y promiscuo, llevan a que el protagonista, Carlos, un médico inútil, sea un diletante mimado por el abuelo. Su madre había fugado con un casanova llevándose su bebé pequeña consigo y el padre se suicidó. Las culpas de las mujeres en la alta sociedad portuguesa son hostigadas de un modo pérfido. Pero los hombres que crea Eca son bastante más culpables que ellas, y reciben bastante más tolerancia en ese mundo que refleja.
Así, el rico y aristócrata Carlos se cruza por el camino con María Eduarda, una mujer bella, inteligente, que rezuma bondad, pero que es una mantenida por un hombre que ha hecho fortuna en Brasil. Tiene una hija natural, una nena de ojos azules, de otro hombre que la abandonó. No se sabe de dónde viene, qué orígenes tiene. Pero ella y Carlos se aman de verdad y hacen bien el amor. Son la pareja ideal, aunque clandestina. Inevitablemente Carlos se entera (por venganzas e infidencias) que María Eduarda es su propia hermana, la bebé que su madre se había llevado a rastras por Europa y que creció. En lugar de decírselo, se acuesta con ella una vez más, y la ve ya no como su amada, sino como un animal. La abandona y la olvida. Ella no reclama nada: ¡ni siquiera su millonaria herencia, a la cual tiene derecho!
La fragilidad de las mujeres en sociedades injustas y sexistas es uno de los grandes temas de Eca de Queirós que aún lo mantienen vivo, que hacen que se lea y se lo adore en Portugal y Brasil.
El encierro de las mujeres en la vida burguesa, la imposibilidad de trabajar, de estudiar, la dependencia atroz del hombre son aspectos que observa como una maldición de esa sociedad tan enferma.
Su cuestionamiento de la monogamia surge de la dicotomía familia/pasión, en la cual creía. Siendo cónsul en Cuba y en Inglaterra, tuvo amantes importantes, anglosajonas (aquellas recordadas rubias). Pero la soledad lo comprimía y, ya treintón, en carta a un amigo, describe a la mujer ideal con la que le gustaría casarse. A pesar de que utiliza los adjetivos "inteligente" y "firmeza", la mujer ideal como esposa era para él una especie de enfermera que jamás lo abandonase.
FINAL FELIZ. Parece haber encontrado ese modelo en la redondita condesa Emilia, portuguesa, por supuesto. La novela La ciudad y las sierras, la última que escribió, es una declaración de su vida que declinaba. En la primera parte, Jacinto, un millonario portugués que vive en París, disfruta de todo el glamour de una ciudad de espantapájaros y de la tecnología con la que ya atomizaba el inminente siglo XX. La casa de Jacinto, "el 202", llena de inventos, es un engendro propio de Frankenstein. La escena en que el pescado se queda atascado en el ascensor y todos los comensales, de gala, pretenden rescatarlo, es apoteósica. Pero Jacinto decide ir a ver sus propiedades en Portugal con su amigo íntimo. Tras un pasaje en tren por España con pérdida de maletas -de un humor insólito en un escritor próximo a la muerte- llega por fin a sus posesiones, que están ruinosas, pero cuya naturaleza es un paraíso. Con la primera cucharada de sopa humeante se da cuenta de que su lugar está allí. Y con el conocimiento de la prima del amigo, una chica tan rozagante como la condesa Emilia, decide quedarse en Portugal, casarse y tener hijos. Eso sí: el rico propietario quiere poner baños en las miserables casas de los jornaleros, sacarlos de la mugre, porque esa es la meta de los avances tecnológicos: mejorar la vida humana, y no enviar pescados en ascensor.

El país de las pesadillas

La nueva novela de Haruki Murakami alude al 1984 de George Orwell, pero en lugar de apuntar contra el totalitarismo lo hace contra el idealismo extremo.
LA NACIÓN | DÉBORAH VÁZQUEZ
Si existiera un ranking de modos poco románticos de convertirse en escritor, la epifanía de Murakami en un estadio de béisbol tokiota pelearía sin duda los primeros puestos. Haruki Murakami (Kioto, 1949) no posa de intelectual ni su literatura de literaria. Por eso, si afirmáramos sin cinismo que como escritor es un excelente corredor de fondo, Murakami probablemente estaría de acuerdo. Para escribir una novela de más de 700 páginas como es el caso de 1Q84 es necesario confiar en que se está entrenado para llegar al final, una actitud que el autor dice haber aprendido con el ejercicio de correr a diario.
A diferencia de Tokio blues o After Dark, 1Q84 no es un título inspirado en ninguna canción, sino un guiño a Orwell.
Aomame -instructora de artes marciales y asesina part-time de abusadores del sexo femenino- y Tengo -profesor de matemática y escritor en ciernes- viven en Tokio, rondan los 30 años y son los protagonistas de 1Q84. Sus vidas nada tienen en común pero terminan convergiendo en una realidad alternativa que Aomame, tentada por la homofonía que en japonés comparten la letra Q y el número 9, bautiza "1Q84". "El año 1984 que yo conocía ya no existe. Esto es 1Q84. El aire ha cambiado, el paisaje ha cambiado. Me tengo que adaptar rápidamente a la forma de ser de este mundo con signo de interrogación". En este inédito y enrarecido pasado Aomame debe matar al líder de Vanguardia, una secta religiosa, y Tengo debe reescribir la ópera prima de Fukaeri, una adolescente disléxica y la hija del líder de la secta en cuestión. Gracias a las maniobras de un editor corrupto, la novela de Fukaeri es premiada y se convierte en best seller. A partir de entonces las cosas se complican, ya que el misterioso relato autobiográfico de la joven -"una Francoise Sagan impregnada de realismo mágico", según la crítica- pone en el tapete las prácticas non sanctas de Vanguardia y enfada a los entes que la rigen. "En el mundo actual el Gran Hermano ya no vale nada. En su lugar ha aparecido la Little People -explica el padre de Fukaeri-. La Little People es invisible. Ni siquiera sé si es benigna o maligna, si tiene un cuerpo o no, pero parece que van socavando el suelo bajo nuestros pies". En otras palabras, así como en 1984 Orwell denunciaba el totalitarismo en general y el estalinismo en particular, en 1Q84, Murakami apunta contra los idealismos extremos y especialmente contra Aum Shinrikyo, la secta que en 1995 perpetró el ataque con gas sarín en el subte de Tokio y que en la novela representa Vanguardia. El compromiso político y moral (algo que el escritor registró tras entrevistar a 60 víctimas del incidente y a ocho de los victimarios en dos libros al respecto: Underground y The Place That Was Promised) es sólo una faceta de 1Q84. La otra es la platónica historia de amor entre Tengo y Aomame. Ambas se entrecruzan sobre un fondo de thriller fantástico y, por qué no, psicológico, en el que la delgada membrana que separa realidad y ficción recuerda a los perturbadores films de David Lynch.
La prosa simple y sin adornos de 1Q84 es oportuna a la hora de desentrañar el complejo andamiaje de esta trama. Hijos únicos con infancias dickensianas y adolescencias en perpetuo desajuste con sus progenitores, los protagonistas llegan a la adultez con sensación de desamparo y problemas de comunicación. La descripción exhaustiva de los personajes contempla desde sus traumas hasta las partes más pequeñas de sus cuerpos. Sus gestos y modos de hablar son desmenuzados con tanta devoción que por momentos pueden exasperar al lector. Otro aspecto que vuelve al relato algo moroso es la repetición: la génesis de la secta es referida sin mayores variaciones por al menos cinco personajes. No obstante, la morbosa combinación de sexo y violencia tamizada con dosis de humor y el eficaz manejo del suspenso mantienen al lector expectante hasta la última página.

lunes, 25 de abril de 2011

Mario Vargas Llosa y la conspiración de los intelectuales Fernando Mires



Mario Vargas Llosa y la conspiración de los intelectuales
Fernando Mires



Domingo, 24 de abril de 2011



¿Sabrán esos desdichados escritores lo que significa ser liberal? ¿O sólo repiten lo que escuchan de los teóricos anti-liberales que  despotrican sin cesar en contra del liberalismo?






Pocas veces un discurso ha sido esperado con más expectación como aquel pronunciado por el Premio Nobel de Literatura  Mario Vargas Llosa con motivo de la inauguración de la Feria del Libro en Buenos Aires el 21 de Abril de 2011. Las razones de la expectación, como es sabido, no fueron de índole literaria sino política, y esas razones –también es sabido- no las impuso Vargas Llosa. Las impuso un grupo de intelectuales argentinos – más gobierneros que gobiernistas-  cuyo propósito no era otro que clausurar la voz del brillante intelectual peruano.

l.-Si no hubiera sido por la cordura o sentido político de la señora Presidente, Cristina Fernandez, Mario Vargas Llosa habría sido censurado, violado su elemental derecho de expresión y su dignidad humana definitivamente atropellada.

Cristina Fernández, sólo al hacer lo que no podía dejar de hacer como Presidenta, salvó a la Argentina de una enorme deshonra. No obstante, la actitud de esos escritores –tal vez envidiosos censores de la palabra bien escrita- permanecerá en el recuerdo como uno de esos hitos que señalan las dimensiones que puede alcanzar la barbarie entre quienes, quizás alguna vez en su vida, soñaron con un mundo mejor y hoy conforman, desde un punto de vista cultural, la parte más cavernaria del continente. Esos intelectuales (escribo sin comillas) al intentar defender a la nación de un supuesto enemigo, han manchado la honra y el orgullo de una cultura nacional que en algún momento llegó a ser admirable, y no sólo en un sentido futbolístico.

No estoy hablando de cualquier gente, de ningún perico de los palotes. Estoy hablando nada menos que del director de la Biblioteca Nacional de la República Argentina, el señor Horacio Gonzáles, cargo que alguna vez ocupó el gran J. L. Borges a quien el Sr. Gonzáles si hubiera podido habría silenciado sin misericordia. Estoy hablando de personas que han alcanzado cierto reconocimiento en las letras como el Sr. José Pablo Feinman –quien adujo extrañas razones “izquierdistas” en contra del escritor peruano- o de quienes durante el actual gobierno ocupan puestos de responsabilidad pública. Estoy hablando, en fin, de otros desdichados intelectuales a quienes no tengo el dudoso gusto de conocer. 

¿He de sorprenderme? Vivo en un país –Alemania- en el cual una gran parte de la intelectualidad más escogida, incluyendo a mi tan admirado Martin Heidegger, no pudo resistir las llamadas de sirenas del nazismo. En un país, donde mis tan admirado Bertolt Brecht, no pudo resistir las llamadas de sirenas del estalinismo. Pero, pesar de todo, todavía me sorprendo. Tanto los unos como los otros inclinaron la cabeza, fascinados por la omnipotencia del poder. Pocas veces, en cambio, he sabido de intelectuales que después de haber emitido una opinión en una nación donde no impera ninguna dictadura, la cambien en cuanto el gobierno al que pretenden halagar les exige hacerlo. Yo hubiese al menos esperado una crítica fundamentada, por muy dura que hubiera sido, en contra de Vargas Llosa. Algo digno de ser polemizado. Pero no: nada. Ni para defender lo que piensan tuvieron bolas. Esa es la razón por la cual, ideologías a un lado, los intelectuales los cortesanos del poder –izquierdistas y derechistas- detestan a Vargas Llosa. Lo detestan como sólo la mentira sabe detestar a la verdad.

Pero más allá de cualquiera legítima indignación, la “reaccionaria reacción” porteña tuvo al menos la virtud de revelar algunos hechos que parecían no existir. El primero fue saber que hay escritores a quienes todavía nadie les ha informado que la llamada Guerra Fría terminó hace tiempo. Un segundo hecho fue mostrar abiertamente los tópicos de los cuales se sirve la izquierda ideológica para atacar al afamado escritor. Quiero decir: la reacción del grupo argentino es un documento histórico que, como tal, permite analizar la textura ideológica de una fracción de la llamada izquierda intelectual no sólo argentina sino, además, continental. Valdrá la pena, por lo tanto, detenerse en ese segundo hecho.

Si intentamos agrupar las opiniones vertidas por los intelectuales de marras, es posible hacer la siguiente clasificación (la que como toda, será incompleta y provisoria).

1)               Los sectarios, quienes adujeron que Vargas Llosa no debía hablar porque es un liberal derechista

2)               Los ultranacionalistas, quienes estimaron que Vargas Llosa había ofendido a la nación argentina.

3)               Los populistas quienes afirman que Mario Vargas Llosa está en contra de los gobiernos populares de América Latina, incluyendo el argentino.

4)               Los acomodaticios (creo que es la fracción mayoritaria) quienes afirman que respetan e incluso admiran al escritor, mas no al político Vargas Llosa.

ll.-Para seguir el método de Drácula, vamos por partes.

Los que negaron el derecho a la palabra de Vargas Llosa por su condición de “liberal” aplican  el título de liberal como estigma, lo que de por sí es un absurdo. ¿De cuando acá ser liberal es un delito? ¿En que cabeza puede caber la idea de que quienes no son socialistas o peronistas deben ser silenciados? Vargas Llosa, como cada uno de nosotros, tiene todo el derecho del mundo para ser liberal o conservador, izquierdista o derechista, y si así lo estimara, mormón o masón, y nadie que no viva en Cuba o en Corea del Norte debería intentar cerrarle la boca por esos motivos. Al llegar a este punto cabe preguntarse ¿sabrán esos desdichados escritores lo que significa ser liberal? ¿O sólo repiten lo que escuchan de los teóricos anti-liberales quienes desde bien dotadas instituciones internacionales despotrican sin cesar en contra del liberalismo (o neo-liberalismo) extendiendo el término para designar a todos aquellos que no apoyamos a ninguna dictadura? Incluso, si así fuera, erraron el tiro. Porque todos esos anti-liberales, o son economistas de profesión o argumentan de modo economista. Pero a Vargas Llosa le otorgaron el Premio Nobel de literatura, insensatos. No el de economía. Y si Vargas Llosa es liberal, no es un liberal económico sino uno político. Liberal, es decir, alguien que asume el partido de la libertad.

Gracias a su liberalismo político, Vargas Llosa ha sabido pronunciarse en contra de todas las dictaduras que hubo y hay en Latinoamérica. Nunca, y esa es una diferencia entre él y el grupo argentino que lo agredió, dividió a las dictaduras en buenas y malas. El liberalismo de Vargas Llosa es, para decirlo de modo breve, sinónimo de democracia.

¿Sabrán los inquisidores literarios que el liberalismo no es una doctrina opuesta al socialismo sino su antecesora? El liberalismo, efectivamente, es al socialismo en política lo que en la religión es el judaísmo con respecto al cristianismo, o lo que en la cultura el mundo griego con respecto al latino. Los primeros socialistas fueron liberales convencidos y el socialismo habría seguido siendo lo que fue hasta las dos primeras décadas del siglo XX- una prolongación moderna del liberalismo- si es que no hubiera sido envilecido por los estalinismos, los maoísmos, los castrismos y otros ismos. Vargas Llosa, en cambio, ha optado, tanto en la política como en la literatura, continuar el trayecto de las tradiciones liberales traicionadas por la izquierda totalitaria. En otras palabras: Mario Vargas Llosa, más que un liberal ha sido siempre un libertario. Un defensor radical de esas libertades que quisieron conculcarle en Buenos Aires, libertades que tanta sangre ha costado obtener. Las mismas libertades que sus enemigos intelectuales odian, pero de las cuales, y hasta el exceso, profitan.

Los ultranacionalistas, en segundo lugar, aducen que el intento de veto a la presencia de Vargas Llosa  en la Feria del Libro resulta del hecho de que el escritor ha agraviado a la nación. Creo que en ese punto es poco lo que hay que decir. Vargas Llosa nunca ha dicho nada en contra de Argentina, todo lo contrario. Si por una nación latinoamericana tiene Vargas Llosa un enorme respeto, es por Argentina, y no ha perdido ocasión para manifestarlo. Aquello que sí ha llevado a cabo el escritor es una fuerte crítica al gobierno de ese país, y eso es algo muy, pero muy distinto.

Un gobierno, a diferencia de lo que piensan los tenaces enemigos del Premio Nobel, no es la nación. Un gobierno es sólo la representación política temporaria de una nación en el Estado. Por lo tanto, el hecho de confundir gobierno con nación revela, más que ningún otro dato, el talante totalitario de algunos intelectuales argentinos. De ahí a decir que Gobierno, Estado, Nación, y Presidente constituyen una unidad indisoluble, hay un sólo paso. “Un pueblo, una nación, un líder” fue, como se sabe, una de las principales consignas del nazismo, la que por su enorme grado de efectividad ha sido adoptada por todas las dictaduras del mundo.

No deja ser interesante constatar que quienes defienden la posición ultranacionalista son intelectuales que se dicen de izquierda. Pienso que esta es una anomalía esencialmente argentina. En la mayoría de las naciones las posiciones ultranacionalistas son defendidas por ultraderechistas. Pero para saber por qué en Argentina izquierdismo y ultranacionalismo son coincidentes, habría que realizar estudios sobre la historia del peronismo, y este no será el momento para realizar tan titánica tarea.

Pasemos ahora al tercer grupo del partido anti-vargallocista: los intelectuales populistas.

No nos olvidemos, estamos hablando de la nación más populista  del planeta. Y por cierto, los intelectuales, seres humanos al fin, también han asumido la condición populista apelando al mágico pueblo cada vez que pueden. No obstante, en un sentido restringido, populista no es quien habla del pueblo sino más bien quien instrumentaliza la noción de pueblo. Y al llegar a este punto hay que decir que pocas veces ha sido presenciada una instrumentalización más descarada de la noción de pueblo que la utilizada por esos escritores que intentaron acallar a Vargas Llosa, aduciendo que el peruano ha atacado a los gobiernos populares del continente.

Ahora, yo no sé que significa gobierno popular desde el punto de vista novelístico o poético, pero sé –asunto profesional- lo que significa desde un punto de vista politológico.

Popular es, no puede ser de otra manera, cualquier gobierno que cuente con más partidarios que sus adversarios. La popularidad, y tampoco puede ser de otra manera, es un asunto de números, no de ideologías ni de autodesignaciones. Pongamos un ejemplo: Con toda seguridad los intelectuales argentinos que atacan a Vargas Llosa piensan que Hugo Chávez en Venezuela es más popular que José Manuel Santos en Colombia. Mas, de acuerdo a las últimas encuestas, a Santos lo apoya más del 60% de la población y Chávez no alcanza el 40%. Es decir, Santos es, desde un punto de vista político, mucho más popular que Chávez. ¿Ha criticado alguna vez Vargas Llosas a Santos? Jamás. Eso significa que si Vargas Llosa ha criticado a algunos gobiernos no es porque sean populares sino por el simple hecho de que al interior de ellos se abrigan tendencias autocráticas, militaristas, e incluso dictatoriales.

Cabe al respecto, introducir una breve acotación. ¿Saben ustedes quien ha sido el gobernante más popular de toda la historia de Europa? Adivinen. ¿No saben? Los voy a ayudar un poco. Su nombre es Adolf. Su apellido es Hitler.

Pero Vargas Llosa no deja a sus enemigos en paz. Ahora ha anunciado que en las próximas elecciones votará por el candidato de la izquierda nacionalista de su país: Ollanta Humala. Y los intelectuales de la derecha latinoamericana ya lo están atacando en el mismo tono que los de izquierda ¿Cuándo alcanzaremos-me pregunto- aquel grado mínimo de civilidad que permita entender que cada uno es dueño y libre de votar por quien quiera sin que por eso deba ser condenado, insultado o silenciado?

He dejado para el final mis referencias a los acomodaticios, vale decir, aquellos que tratan de salir elegantemente del paso señalando que Vargas Llosa es un gran escritor, pero desde un punto de vista político, un ser abominable. Lo mismo, por cierto, se dijo antes de J. L. Borges y, sobre todo, de ese enemigo mortal de toda dictadura que fue Octavio Paz.

Por cierto, que el arte de un escritor pueda ser distinto a su ideología, es algo muy frecuente. Para poner algunos ejemplos, Louis- Ferdinand Céline fue un fascista a toda prueba, lo que no le impidió ser un escritor inmenso. Pablo Neruda  fue estalinista, y sin embargo estoy convencido de que jamás el verso castellano ha estado más cerca del cielo que bajo el influjo del gran poeta. Podemos llenar cuartillas con ejemplos parecidos. No obstante, analizando el caso Vargas Llosa se puede concluir que entre el hombre literario y el político las diferencias son mínimas.

Ya sea en su literatura como en su vida política, Vargas Llosa –hay que reiterarlo- ha estado siempre en contra de toda dictadura. Ni en uno ni en el otro nivel se ha pronunciado a favor de la explotación humana, de la discriminación a las mujeres o de cualquier acto criminal cometido por algún gobierno, sea real o imaginario. Más aún, desde el punto de vista literario hay pocos autores que han mantenido un compromiso social tan intenso y constante como Vargas Llosa ¿Dónde se encuentra una radiografía más profunda de la cultura machista y militarista que en la Ciudad y los Perros? ¿Dónde ha sido mejor revelada la descomposición moral de una oligarquía que en Conversación en  la Catedral? ¿Quién después de José María Argüedas (Los Ríos profundos) ha tratado con tanta sensibilidad el tema de los pueblos indígenas como Vargas Llosa en El Hablador? ¿Quién ha mostrado con mayor destreza la miseria social y cultural de los pueblos andinos como Vargas Llosa a través de las peripecias del sagaz cabo Lituma? ¿Quién ha entendido mejor las rebeliones populares como cuando estudiando con manía historiográfica noveló el movimiento de los canutos en esa obra monumental que es La Guerra del Fin del Mundo? ¿Cuál escritor latinoamericano ha entendido mejor los orígenes históricos del feminismo como Vargas Llosa en la Flora Tristán del Paraíso a la vuelta de la esquina? ¿Dónde se muestra de modo más detallado la monstruosidad de los dictadores centroamericanos que en el Trujillo de La Fiesta del Chivo? ¿Cuál escritor de izquierda se ha esforzado en reconstruir la horrorosa historia del colonialismo europeo de un modo tan prolijo como Vargas Llosa en El sueño del Celta?

No, estimados escritores nacionalistas, izquierdistas, derechistas, populistas y acomodaticios. A Mario Vargas Llosa nadie le regaló el Premio Nobel. Lo ganó con una constancia, con un talento y con una integridad personal, que ustedes, aunque lo lapiden, nunca, ni en sueños, alcanzarán.


TOMADO DE: http://polisfmires.blogspot.com/2011/04/fernando-mires-mario-vargas-llosa-y-la.html