LA RAZÓN DE UN NUEVO BLOG DE GESTIÓN CULTURAL

Ante la avalancha de información cultural noticiosa que recibimos diariamente gracias a la colaboración que me proporciona Arturo Álvarez D'Armas, poeta, fotógrafo y promotor cultural venezolano, así como otros valiosos amigos colaboradores, hemos decidido abrir un nuevo blog de promoción y gestión cultural. Sean bienvenidos todos los amigos interesados en promover la cultura y el arte en general. Pueden enviarnos sus colaboraciones, las cuales subiremos a este blog como entradas tan pronto como las recibamos. Quienes deseen colaborar pueden dirigirnos sus trabajos a nuestro correo personal: renedayre@gmail.com René Dayre Abella. Autor y promotor cultural.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Los maestros que influyeron al ‘boom’

Para producir algo original, los escritores del boom supieron aprender de los mejores maestros; para renovar las formas,

Faulkner, Cervantes, Kafka, Wool, Borges y Rulfo fueron algunos de los que más influyeron

Hace un buen tiempo que planeo dar un curso sobre la influencia de William Faulkner en el boom. Comenzaría con Mario Vargas Llosa, que dijo que el escritor norteamericano fue el primer novelista que leyó con papel y lápiz a mano, tratando de reconstruir “racionalmente” la arquitectura de sus novelas, ver cómo funcionaba ese juego complejo con la cronología y el punto de vista. Las técnicas faulknerianas son obvias en los primeros libros de Vargas Llosa: la ambigüedad de perspectivas de La ciudad y los perros, el hábil manejo del tiempo a través de, como dice el crítico peruano Efraín Kristal, “círculos concéntricos”, y la misma trama referida en buena parte a una investigación criminal, le deben mucho a Luz de agosto. Hay escenas de La casa verde que parecen haber sido escritas tomando como punto de partida escenas de ¡Absalom, Absalom! A esta misma novela de Faulkner Vargas Llosa también le debe el tema central de Conversación en La Catedral: una investigación de los fallos morales de una sociedad.
El novelista peruano escribió que en sus años universitarios aprendió más de Yoknapatawpha –el condado donde transcurren las novelas de Faulkner— que de sus clases. Pero no fue él, sino García Márquez, quien decidió crear su propio Yoknapatawpha: Macondo
El novelista peruano escribió que en sus años universitarios aprendió más de Yoknapatawpha –el condado donde transcurren las novelas de Faulkner— que de sus clases. Pero no fue él, sino García Márquez, quien decidió crear su propio Yoknapatawpha. Macondo es un microcosmos en el que el escritor colombiano vertió, entre otras cosas, su lectura de Faulkner: la sociedad derrotada pero orgullosa de El sonido y la furia --un mundo que quiere el futuro pero no se atreve a dejar atrás el pasado--, los coroneles melancólicos que viven de viejas glorias y están dispuestos a nuevas batallas, aunque estas solo ocurran en sueños.
Faulkner es la figura tutelar del boom, pero hay otros nombres importantes, entre los que prevalecen escritores del high modernism como Virginia Woolf, Franz Kafka y James Joyce. García Márquez aprendió sobre todo de los dos primeros: de Woolf, la forma en que la conciencia de sus personajes se movía en el tiempo, escarbando en el pasado pero también proyectándose al futuro (lección asimilada en Cien años de soledad); en cuanto a Kafka, La metamorfosis fue el catalizador para que el entonces joven estudiante de derecho decidiera que, si eso era la literatura, él también quería ser escritor. Los juegos verbales en el Ulises son fundamentales para Guillermo Cabrera Infante en Tres tristes tigres. Más autores: La región más transparente de Carlos Fuentes no se entiende sin Dos Passos, José Donoso le debe mucho a Henry James, y en la obra de Julio Cortázar laten los surrealistas franceses.
Fuentes se puede encontrar a Cervantes; en Cabrera Infante respira el lúdico ejemplo del Tristram Shandy de Sterne. Y aunque lo que viene de afuera es más y hubo un confesado desdén a buena parte de sus precursores locales, los escritores del boom también le sacaron partido a otros latinoamericanos
No todo es siglo XX. En Vargas Llosa se encuentran las novelas de caballería (Tirant lo Blanc) y Flaubert; Cortázar le debe mucho a los cuentos de Edgar Allan Poe; en García Márquez coexisten la Biblia y las crónicas de Indias; en Fuentes se puede encontrar a Cervantes; en Cabrera Infante respira el lúdico ejemplo del Tristram Shandy de Sterne. Y aunque lo que viene de afuera es más y hubo un confesado desdén a buena parte de sus precursores locales, los escritores del boom también le sacaron partido a otros latinoamericanos. El realismo mágico de García Márquez tiene como antecedente el concepto de lo “real maravilloso” del cubano Alejo Carpentier, plasmado en un par de ensayos y en su novela El reino de este mundo; Fuentes asimiló las lecciones de los novelistas de la revolución mexicana y sus secuelas (Yañez, Revueltas, Rulfo); aunque el ethos no puede ser más diferente, Borges está en Cortázar.
Para producir algo original, los escritores del Boom supieron aprender de los mejores maestros; para renovar las formas, combinaron a los clásicos con los innovadores. Así hoy los leemos: como los clásicos innovadores que son.
* Edmundo Paz Soldán (Bolivia, 1967) es autor del libro de cuentos Billie Ruth (Páginas de Espuma) y la novela Norte (Mondadori).
TOMADO DE:  http://cultura.elpais.com/cultura/2012/11/09/actualidad/1352457938_093590.html
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Amigos:

Por una situación imprevista María Elena Cruz Varela y Juan Benemelis no podrán asistir a la actividad anunciada el viernes, 16 de noviembre.

La noche se ha reprogramado con la participación del poeta Juan Carlos Valls, y su invitado especial Roberto Zurbano.

Los esperamos el viernes, de 7pm a 9pm.

Gracias,

Manny López

Alliance Francaise
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Miami, Fl 33130

lunes, 12 de noviembre de 2012



Libros

Marcel Proust: en busca del poeta perdido

Se publica su «Poesía completa», la mayoría inédita en castellano

Día 13/11/2012 - 02.55h
Proust, melancólico, aquel día de comienzos de 1919. Frío en París, sobre todo en el 102 del Boulevard Haussmann donde otra vez, Marcel, acosado por el asma y el insomnio se levanta a tomar un tentempié, apenas una taza de te y una rebanada de pan tostado que se lleva a la boca con desgana.
Pero lo que entonces se abrieron otros apetitos, e iba a empezar uno de los festines más celebrados y sabrosos de la literatura contemporánea, el nacimiento de «En busca del tiempo perdido», esa obra colosal que todo el mundo conoce y que, casi nadie, ha sabido navegar viento en popa hasta su punto final. Proust lo recordaría tiempo después: «En el momento que puse el pan tostado en mi boca y tuve la sensación de su blandura impregnada por el gusto del té en mi paladar, sentí un trastorno, olores de geranios, una sensación de luz, de claridad...».
Fuera una rebanada de pan, una magdalena o unos churros, el escritor parisino había llegado a conclusiones determinantes para su arte y su novelón: «Cada día otorgo menos valor a la inteligencia. Cada día me doy cuenta de que no es en ella donde el escritor puede recobrar alguna de las impresiones del pasado, es decir, alcanar algo de sí mismo y la única materia del arte. Lo que la inteligencia nos entrega bajo el nombre de pasado no es tal cosa«. Aquel pasado se hacía presente y «En busca del tiempo perdido» abría sus puertas: «Mucho tiempo he estado acostándome temprano. A veces apenas había apagado la bujía, cerrábanse mis ojos tan presto, que ni tiempo tenía para decirme: Ya me duermo.
Marcel Proust: en busca del poeta perdido
ABC
Portada del libro
Pero antes del histórico tentempié, Marcel Proust ya había hecho sus pinitos literarios (en el tiempo que le dejaban libre sus vigilias habituales en los salones aristocráticos parsinos) en plena juventud, cuando a los 25 años publicaba en 1896 «Los placeres y los días», en una edición lujosa que, lejos de vender, se encargó de regalar a sus notables amigos.
En aquel libro, Proust incluyó algunos poemas. Luego seguiría de vez en cuando dándose a la rima, aunque nunca tuvo ya la menor intención de publicarla. Y publicarla ahora al completo y con la mayor parte inédita es lo que hace Cátedra. El traductor y editor es Santiago R. Santerbás. Él nos pone en antecedentes. «Sí, la mayor parte de la obra es inédita en castella. Los "Ocho retratos de pintores y músicos", como parte integrante de "Los placeres y los días", fueron traducidos por Consuelo Berges (Alianza Ed., 1975) y Mauro Armiño (Valdemar, 2006), la revista "Turia" ha publicado once poemas de Proust traducidos por M. Armiño (2011)».

Proust, poco leído

Poco conocida es sin duda esta faceta lírica del escritor, como recalca Santerbás: «Creo que los poemas de Proust son prácticamente tan desconocidos en Francia como en España. Aunque es un escritor mencionado con cierta frecuencia, Proust no es muy leído. La mayoría de quienes citan a Proust se limitan a sacar a colación la magdalena mojada en té».
Por otra parte, nos encontramos ante una obra creada en momentos muy dispersos y sin un horizonte claro. Ya que, como explica el editor, «no se puede hablar de poesía proustiana como de un conjunto uniforme, constante y susceptible de clasificación. Los primeros versos y los Retratos de poetas y músicos responden quizás a una sincera e ingenua vocación poética. Los restantes, inéditos, son muy variada índole. Incluso finalmente rechaza el clasicismo parnasiano y presenta esquemas a lo Baudelaire y Verlaine. O simples juegos versificados sin pretensión alguna».
Es más, Santiago R. Santerbás también apunta que el mismísimo autor no se tenía por vate. «Proust, evidentemente no era poeta, y él era consciente de ello. Pero hay que advertir que, a semejanza de otro magníficos prosistas Marcel Proust no pudo soslayar caer en la tentación de la palabra rimada. Recordemos, por ejemplo, al gran novelista Anatole France que, antes de cumplir los 30, publicaba "Les Poèmes Dorés"; o , sin ir más lejos, a mi muy admirado Pío Baroja, que, cumplidos los 70, no tuvo reparos en perpetrar unas espeluznantes "Canciones del Suburbio"».
Quizá en el Olimpo de la Poesía Marcel Proust no se merezca uno de los sillones principales, pero no deja de ser curioso que el autor de una de las novelas más extensas y de prosa más meticulosa de la historia de la literatura se sintiese atraído por la rima y sus pesares. Lectores, ya lo saben, si una madrugada andan metidos en las espesas harinas del insomnio, no lo duden, una taza de té y una rebanada de pan tostado. O una magdalena. Incluso un picatoste. La gloria literaria puede ser suya
TOMADO DE: http://www.abc.es/20121113/cultura-libros/abci-proust-poesia-completa-castellano-201211121732.html

jueves, 8 de noviembre de 2012

Historia y supresión de archivos: Afro-descendientes - 1932




Rafael Lara-Martínez
Tecnológico de Nuevo México
Desde Comala siempre…

Esta gente es la madera afro-americana… Miguel Ángel Ibarra

La lectura de Cafetos en flor (1947) de Miguel Ángel Ibarra sugiere una doble enseñanza. No hay historia sin supresión de archivos. No hay testimonio sin mirada retrospectiva de un pasado revocado.

Ibarra nace en Atiquizaya, en el departamento de Ahuachapán en El Salvador en 1902. En la década de los veinte y treinta, se desempeña como líder sindical en la Federación Nacional de Trabajadores de El Salvador (FNTES y en la Federación Regional (FRTES)). Participa en la Universidad Popular de Ahuachapán y también milita en el Socorro Rojo Internacional (SRI), donde conoce a “Augusto Martí”.

Empero, su militancia “democrática y popular” no le basta para que la historia del siglo XXI escuche su deposición testimonial. Para hacer ciencias sociales, hay que tachar. La historia es bastante selectiva sobre los sujetos con derecho a testimoniar sobre un suceso histórico. Ibarra no aparece mencionado en ningún trabajo sobre 1932.

Su experiencia de vida en Ahuachapán, su lucha por los derechos de los trabajadores en el occidente del país, su exilio guatemalteco y su cárcel a la víspera de los sucesos de enero de 1932 y años siguientes, los escribe en el México pos-cardenista. Hay un desfase del hecho vivido (1932) a su recopilación (1947). Toda experiencia de vida se conjuga en el pretérito sin ninguna “urgencia por testimoniar”. “Mis ojos vieron mucho”.

II.

La excusa para suprimir su auto-biografía de todos los libros de historia será simple: su difícil acceso. La novela de Ibarra sólo la catalogan El Colegio de México y la Universidad de Calgary en Canadá. Pero tal pretexto valdría si se tratara de un caso excepcional.

La cuestión crucial para la historia del siglo XXI es que la quema sistemática de los archivos define su práctica acostumbrada. Como sección privilegiada de las ciencias sociales, la historia obra según una convención rigurosa. Hay que tachar toda documentación primaria inconveniente. Interesa ofrecer una visión coherente y elegante del pasado. Interesa acomodarlo a la política de la memoria en una actualidad antojadiza.

Para el período que comenta la autobiografía de Ibarra —el despegue violento del martinato (1932)—la convención de la historia salvadoreña resulta sencilla e implacable. Hay que suprimir todas las publicaciones oficiales y las revistas culturales autónomas de la época.

Los periódicos más obvios —el Diario Oficial y La República. Suplemento del Diario Oficial— los censura la historia del siglo XXI. El pacto científico habla del general Maximiliano Hernández Martínez (1931-1934; 1935-1939; 1939-1944) sustituyendo las fuentes primarias por los prejuicios actuales. Hay que hablar del martinato sin Martínez.

La misma supresión afecta a las revistas culturales de la época. De una veintena de publicaciones culturales —tachadas adrede por la historiografía del siglo XXI— sobresalen Cypactly. Tribuna del Pensamiento Libre de América, y el Boletín de la Biblioteca Nacional. Su inclusión obligaría a considerar que el arte nacional salvadoreño legitima la Matanza o, al menos, le resulta un hecho sin infamia ni recuerdo

Hay un imperativo categórico de las ciencias sociales en El Salvador. Hay que borrar todas las declaraciones teosóficas como las dos citas siguientes:
Quienes deciden “lanzarse a desantentadas rebeldías obedeciendo azuzamientos subversivos [de los comunistas] sólo les dejan saldos de miseria y muerte” (Cypactly, No. 19, 31 de julio de 1932).

Matan a sangre fría […] los peores asesinos. Por eso merecen condena eterna todos los hechos sangrientos hace algunos meses ejecutados por forajidos […] es una dolorosa equivocación creer que el comunismo se practica segando vidas y arrasando propiedades. Esas doctrinas que tuvieron origen en el Sermón de la montaña, no son de destrucción sino de conservación […] Esto lo han ignorado […] nuestros campesinos por eso han delinquido […] y se dejaron llevar al sacrificio de su vida” (Eugenio Cuéllar cuyo cuento lo ilustra Pedro García V., quien diseña varios “cuentos de barro”. Cypactly, No. 17, 22 de junio de 1932).

De lo contrario, “Francisco Gavidia, Salarrué… cuántos y cuántos, todos los ungidos, las almas luminosas de nuestra patria, [que] ungen y consagran con sus plumas estilistas las páginas de Cypactly“ (Lydia Valiente, Cypactly, No. 13, 20 de marzo de 1932). Todos los ungidos serían cómplices de un régimen que el siglo XXI condena por la Matanza.

Que condena sólo por sus actos militares, ya que la colaboración artística —tal cual lo demuestra Cypactly— el siglo XXI la juzga una manera de resistencia. En palabras de Salarrué, la resistencia significa acusar a los insurrectos por su “levantamiento de venganza”, en vez de aceptar “la resinación del venado indefenso […] el sacrificio” prescrito por “la raza” (“Balsamera”, 1935).

Sus “cuentos de barro” más radicales —la restauración de la comunidad ancestral por el entierro de “botijas”— inauguran la publicación oficial del Boletín de la Biblioteca Nacional en 1932. Se trata de la obligación del “intelectual en el amplio sentido de la palabra”, según Quino Caso, miembro del Directorio Militar en diciembre de 1931. Su publicación oficial consigna el compromiso de la literatura teosófica e indigenista con el despegue de un nuevo régimen militar.

Fue preciso que la tragedia surgiera, para que supiéramos […] los hombres de letras […] sugerir ideales” de identidad nacional. Por un pleonasmo en crasa paradoja, los “naturales” engañados por el comunismo se naturalizan como salvadoreños gracias al arte que los re-presenta.

III.

Por tal razón, la exclusión de Ibarra denuncia una coartada adicional de la historia del siglo XXI. Hay que suprimir toda militancia de izquierda indeseable. Su vindicación del estalinismo —luego del asesinato de León Trotsky (1940)—desluce la imagen que se anhela recrear del pasado. Ibarra hace de Farabundo Martí un “estalinista” y de la revuelta una “venganza” contra la represión “burguesa”.

Yo conocí al camarada Agustín Martí […] el orientador que nos puso en contacto con el gran país de Lenin y de Stalin. {Por él aprendí que] el marxismo es una ciencia y los grandes hombres, creadores de él eran personas cultas que se ligaron al pueblo: Engels, Marx, Lenin y Stalin. El comunismo es la perfección de la sociedad humana […] entonces [todos] amarán a Stalin”.

Vi levantarse la figura justiciera y vengadora de un campesino […] los campesinos por ese instante vengaron la sangre de sus hermanos […] Ese fue, el principio, de la revolución […] La noche era negra olía a tragedia y a sangre […] porque nos persiguen y nos asedian, nos quieren convertir en criminales” (Miguel A. Ibarra).

Ni la imagen de un líder de la izquierda salvadoreña, Farabundo Martí, como maestro del leninismo y estalinismo, menos aún, la de un levantamiento como reacción “justiciera y vengadora” se adecúan a la memoria que se aspira recrear del pasado. Por tal motivo la decisión científica resulta implacable. Hay que borrar. De otra manera, todos “amarán a Stalin”.

IV.

Asimismo, para despecho de un país sin grupos étnicos, Ibarra evidencia el legado de una población afro-descendiente. Más que un país mestizo, El Salvador se halla dividido en grupos étnico-raciales cuya filiación determinan la jerarquía social de un individuo. “Los nativos [son] tratados como esclavos”; “la madera afro-americana” de Atiquizaya alimenta la etnografía local, mientras “la mezcla de alemanes […] europeos aventureros” controla las haciendas.

A la hora de la revuelta, su descripción cobra un giro inaudito que resalta el linchamiento colectivo de un “negro” y de su perro guardián. La “venganza” no sólo se ejerce contra el opresor. Se practica también en una violencia horizontal, contra otro oprimido de distinto color de piel: un afro-descendiente.

La auto-biografía de Ibarra no se ciñe a las exigencias de la historia científica del siglo XXI. En vez de describir en detalle la revuelta y el “hay que matar indios y bolcheviques”, relata la anécdota de una amigo emblemático: Regino, un herrero huérfano de “origen negro” y su perro Quindinduy. La muerte del afro-descendiente y el linchamiento de su mascota simbolizan la colaboración popular, vergonzosa, con la Matanza.

V.

Que el propósito de la historia sea el olvido y el tachón de la documentación primaria es obvio. Cito sólo cuatro omisiones flagrantes que revelan la imagen de un martinato sin Martínez, según la convención de las ciencias sociales en el siglo XXI: Diario Oficial, La República. Suplemento del Diario Oficial, Cypactly. Tribuna del Pensamiento Libre de América y Boletín de la Biblioteca Nacional. Existe una veintena de revistas tachadas adrede que se añadirían a la lista.

Pero en nombre de lo objetivo, las publicaciones deben ocultarse. Antes que la consuma la hoguera de una nueva inquisición, rescato la experiencia de un afro-descendiente. Esta censura Ibarra la llama linchamiento de su amigo Regino y de su perro Quindinsuy, en los albores de 1932. Para la memoria del sindicalista, el emblema de la negritud sacrificada realiza los hechos.

Hay que quemar las fuentes primarias para crearse una credibilidad científica en una historia sin memorias incómodas. En nombre del pueblo, ni siquiera la experiencia de un sindicalista ahuachapaneco, militante del SRI, merece una mención. La lapidación de su “camarada” ciego, “de origen negro”, amerita un olvido más profundo.

La historia como ciencia es el teatro de lo reprimido. La escena de lo suprimido…


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Publicado por Blogger para HISTORIOGRAFIAS el 11/08/2012 10:34:00 a.m.

miércoles, 7 de noviembre de 2012


TOMADO DE: http://www.abc.es/20121108/cultura-libros/abci-huidobro-antologia-201211071704.html

Libros

Vicente Huidobro: y el verbo se hizo gracia

La Fundación Banco Santander publica «Poesía y creación», fantástico canon de Gabriele Morelli sobre el poeta chileno

Día 08/11/2012 - 02.40h
Vicente Huidobro: y el verbo se hizo gracia
ABC
Vicente Huidobro, en 1916, en el barco rumbo a España
Vicente Huidobro dejaba América. El contramaestre de ese navío que levaba anclas en Buenos Aires aquel día de noviembre de 1916 no daba crédito a lo que veía. ¿Pero quién ha metido una vaca en el barco?, se preguntaba estupefacto aquel lobo de mar. El culpable estaba entre el pasaje. Era un joven chileno de veintitrés años, casado y con dos hijos. Y, además, poeta, poeta rumbo a España, al apasionante y apasionado París donde fermentaba la cerveza de los ismos.
Huidobro, Vicente Huidobro, ese es su nombre, confirmó el marino. Lejos estaba aquel oficial de saber que en el buque, además de la susodicha vaca (para dar leche fresca a los pequeños hijos del chileno) viajaba uno de los grandes poetas del siglo XX, rompedor de formas y de fondos, alquimista de la palabra, incansable demiurgo, el hombre que inventaba la vida verso a verso.
Polemista apasionado, enfrentado años y años con Neruda («el Bacalao», lo llamaba, «su poesía es para todas las tontas de América»), comunista («de culo dorado», le contestaba don Neftalí Reyes), descendiente de Alfonso X El Sabio y del Cid, riquísimo, enamoradizo (hasta secuestró a uno de sus amores, Ximena, de quince años y se la llevó a París lo que casi le cuesta morir a manos de los sicarios mandados por la familia), epicentro de la vida cultural de la Ciudad de la Luz desde 1916 (amigo de Breton, de Picasso, de Apollinaire, Paul Éluard, Tristán Tzara y, sobre todo, de Juan Gris)...
«Oxígeno casi invisible de nuestra poesía», según Octavio Paz, la influencia de Huidobro es patente hasta en García Lorca, e incluso en el propio Neruda y sus «Veinte poemas de amor y una canción desesperada», evidentemente en sus amigos Larrea y Gerardo Diego, y trascendental en el desarrollo de las vanguardias españolas.

Inventor de la palabra

Huidobro era un inventor, un poeta iniciático, una fuerza mítica y telúrica del verso. Y siempre fiel a los principios de su credo poético: «Crear, crear, crear, como la Naturaleza crea el árbol. ¿Por qué cantáis la rosa?, hacedla florecer en vuestros versos».
La obra de Vicente Huidobro, tras largo tiempo desasistida entre nosotros (la Generación del 27 siempre prefirió tener entre los suyos a Pablo Neruda) vuelve a ser valorada como se merece en los últimos tiempos, como el auténtico germen y la más alta modernización de la poesía española, como el visado para cruzar las fronteras de la vanguardia.
Vicente Huidobro: y el verbo se hizo gracia
ABC
Portada del libro
Pocos como él trazaron un mapa de coordenadas tan imaginativas y apasionantes para la lírica escrita en español. En esta línea de recuperación del genial autor de «Altazor» se sitúa «Vicente Huidobro. Poesía y creación», nuevo título de la Colección Obra Fundamental de la Fundación Banco Santander, en edición de un gran experto, Gabriele Morelli, catedrático de Lengua y Literatura Española de la Universidad de Bérgamo.

Textos poco conocidos

El libro recoge la mayoría de su poesía (incluido un poema casi desconocido en España, «Hermanos» («Hombre de mi lengua y de mis lenguas / El hombre siempre desgraciado / El que honra al cielo y trabaja la tierra»), una suerte de reconciliación con el género humano), sus trascendentales manifiestos, y un puñado de cartas, alguna inédita, del chileno con Lorca, Gerardo Diego, Guillermo de Torre, Buñuel («me cago en usted hasta la quinta generación», le suelta), e incluso una marvillosa entrevista publicada en el diario santiagueño en mayo de 1939.

Cuchilladas por escrito

En ella, además de señalar que «la poesía contemporánea empieza en mí» y de tirar puñales a todo bicho viviente (Lorca, Neruda, la crítica), arremete de forma elocuente, probablemente desaforada contra la literatura española en la forma que conviene resaltar aquí al completo: «No hay en España un Dostoyevski, ni un Gogol, ni un Tolstoi, ni un Stendhal, ni siquiera un Proust, ni un Meredith, ni un Goethe, ni un Hölderlin, ni un Nietzsche... Lo mejor que ha tenido la literatura espñola en los últimos tiempos es acaso Valle-Inclán, a pesar de su voz engolada. No hubo en España un Víctor Hugo, un Musset, un Baudelaire, un Rimbaud, un Lautreamont, un Mallarmé, ni nada comparable. Mientras Inglaterra poseía un Byron, un Shelley, un Blake, España no tenía sino un Zorrilla, un Espronceda, un Núñez de Arce o novelistas como el señor Pereda, que todavía se atreven a editar los editores españoles. Desde el Siglo de Oro, las letras españolas son un desierto intelectual hasta Rubén Darío. Esta es la verdad, la triste verdad». Desde luego, en España, salvo el caso de Larrea y Diego, Huidobro no se dedicó a hacer amigos.
Vicente Huidobro murió en 1948, a los 55 años de edad. Los padecimientos que pasó al final de la II Guerra Mundial (participó en la liberación de Berlín) le pasaron factura. Contó incluso que había robado el teléfono de Hitler en su Nido de Águila. Fue enterrado (de pie) en Cartagena, a un paso de la Isla Negra nerudiana con el que se había reconciliado al final de sus días. Su epitafio, otra bandera poética tremolando: «Aquí yace el poeta Vicente Huidobro. Abrid la tumba. Al fondo se ve el mar».

«Hermanos», último poema de Huidobro

Frida abre sus armarios

El ropero de la artista mexicana Frida Kahlo ve la luz tras medio siglo oculto

Las prendas han sido inspiración de diseñadores de todo el mundo

Hay un misterio en casa de Frida Kahlo. No es difícil creer en fenómenos paranormales en la vivienda que la artista compartió con Diego Rivera en Ciudad de México, hoy museo inundado de pertenencias personales, dibujos y sillas de ruedas; Frida y Diego por los cuatro costados, como si el tiempo se hubiese parado en los años cincuenta. Quizá sea el surrealismo característico de México el que permita que algún trabajador de la Casa Azul de Coyoacán comente, en voz baja, que las prendas de Frida llegan ligeras a la sala de restauración y al final del día vuelven pesando más. Como si Frida (Ciudad de México, 1907-1954) se reencarnara en su ropa.
El autor del supuesto milagro de reencarnación es Renato Camarillo, de 24 años, que, con guantes y bata de cirujano, toma las prendas con cuidado y las regresa a la vida. A contrarreloj, para que el próximo 22 de noviembre se inaugure la muestra Las apariencias engañan: los vestidos de Frida Kahlo, que por primera vez exhibe faldas, blusas, pantalones, joyas, zapatos y otros objetos personales encerrados durante medio siglo en la casa que compartió con Diego Rivera.
Frida Kahlo pintando un retrato de su padre, Wilhem, en 1951. / Gisèle Freund
La historia de las pertenencias perdidas de la artista, fallecida en 1954, tiene también su dosis de surrealismo mágico: permanecieron 50 años guardadas en un cuarto de baño y varios baúles y roperos. Allí las relegó el testamento de Diego, que exigió 15 años de veto en un intento de preservar la intimidad de la pareja. La albacea, Dolores Olmedo –de la que se dice que era rival amorosa de Frida, pero cuya profesión conocida fue la de coleccionista de arte y musa de artistas como Rivera–, se tomó el deber de preservar el legado con tanta seriedad que mantuvo cerrados los cuartos mucho más; hasta su muerte en 2002. “Mi mamá pensó: ‘Si Diego quiere que se cierren, vayan a saber qué haya ahí dentro”, explica su hijo, Carlos Phillips, director del Museo Diego Rivera-Anahuacalli y del Museo Dolores Olmedo. Dos años después, un equipo abría por fin las habitaciones, “llenas de polvo”, agitadas por terremotos y maltratadas por la lluvia y algún animal que se coló, rememora Hilda Trujillo, la directora de la Casa Azul. De los baños y los baúles salieron durante meses 6.000 fotografías, casi 200 prendas de vestir y montones de medicamentos, corsés, documentos, joyas… Trujillo recuerda aquel colosal descubrimiento como un evento emocionante. Los documentos políticos que Rivera temía desvelar, agrega, perdieron interés. Lo personal, en cambio, se ha revalorizado. La gente tiene hambre de Frida, la torturada, la excéntrica, la incombustible.
La ropa de Frida no era solo ropa. Kahlo aprovechaba el vestido para “exhibir convicciones de mexicanidad y políticas”, explica Circe Henestrosa, comisaria de la exposición. Por ello, esta muestra se centra en dos significados clave de su vestimenta: etnicidad y discapacidad, señala. Etnicidad, porque la reivindicación de lo indígena de Kahlo resultaba llamativa en los círculos de intelectuales mexicanos, que seguían la moda europea. Frida encarnó la mexicanidad basándose en lo indígena, un concepto menospreciado ayer y hoy en este país. Discapacidad, porque Frida dominaba su cuerpo dañado mediante su ropa.
Muchas prendas pertenecen a la tradición tehuana no por casualidad. Además de que hay fotos de la familia materna de Kahlo con estos trajes, ella distraía con sus blusas recargadas la mirada sobre sus imperfecciones: la pierna derecha le quedó deformada tras sufrir polio de niña. Después llegó el accidente de tranvía en el que quedó atravesada por un pasamanos. Y luego, durante casi toda su vida, sufrió los corsés (que customizaba) para enderezar la espalda y múltiples intervenciones para intentar aplacar un dolor incesante. “Además, las tehuanas administran la sociedad; el vestido es símbolo de poder femenino”. Eso sí, algunas teorías dicen que lo adoptó para complacer a Diego.
Aquel cuarto de baño que guardó los secretos de Frida es hoy un almacén y la ropa se traslada a diario a la sala de restauración, donde Camarillo se aplica en dejar listas las prendas para asomarse de nuevo al mundo. Veintidós atuendos rotarán para no dañarse, porque “un objeto textil debería descansar tres años tras estar en exhibición cinco meses”. Los arreglos de faldas, pantalones, enaguas, blusas, corsés y trajes de baño se distinguen de los originales, a propósito, para no “falsear” el resultado. La revista Vogue, que, como otras, recurre a Kahlo periódicamente como icono de estilo – ya en 1937 publicó una foto tomada por Toni Frissell–, también participará en la exhibición, con motivo de la cual lanza un número monográfico dedicado a la artista, con su icónica y poderosa imagen en portada. La influencia de la mexicana en la cultura pop y en el diseño internacional es evidente en diseñadores como McQueen, Gaultier, Riccardo Tisci, Rei Kawakubo o Viktor & Rolf. Frida vive.

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lunes, 5 de noviembre de 2012

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Alliance Francaise, eRIGINAL Books y Project Zu los invitan
a la presentación del libro
Apremiante deseo de manantial
de Elena Iglesias

Jueves, 8 de noviembre, 7pm a 9pm

Alliance Francaise
618 Southwest 8th Street  
Miami, FL 33130

Alliance Francaise 

Presentación a cargo de Karin Aldrey


 Apremiante deseo de manantial 


Sobre la escritora:


Elena Iglesias (Cuba) es escritora y periodista independiente. Es autora de cuatro poemarios: Península (1977); Mundo de Aire (1978), con poemas premiados por la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas; Campo Raso (1983), fruto del Taller de Poesía del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos de Caracas; y Temblor de Luz (2009), dedicado a Dulce María Loynaz.

Es además autora de Cuenta el Caracol (1995), recreación de patakíes de la tradición afrocubana; dos libros de cuentos infantiles, Aloni Gabriel y Mariposa / Aloni Gabriel and Butterfly (2004, 2005 y 2009, 2011) y Who am I Butterfly? (2011); y un libro de fábulas The Philosophy of My Wandering Cat, también del 2009.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Libros

La última venganza de Truman Capote contra la alta sociedad de Nueva York

Sale a la luz el manuscrito inédito «Yates y cosas», que formaba parte de su libro inacabado «Plegarias atendidas»

Día 04/11/2012 - 16.54h
Decía Virginia Woolf (1882-1941) que, con cierta frecuencia, solía «saquear» las bibliotecas públicas y las encontraba «llenas de tesoros hundidos». Esa misma sensación, la de poseer un tesoro literario entre las manos, es la que debió experimentar Sam Kashner, colaborador de la edición estadounidense de la revista «Vanity Fair», en la Biblioteca Pública de Nueva York. Hace unos meses, Kashner descubrió, en la Sección de Manuscritos y Libros Raros de la institución, «Yates y cosas», un relato inédito de seis páginas escrito por Truman Capote y que formaría parte de «Plegarias atendidas», libro que el autor dejó inacabado.
Según Kashner, en el texto, que aparecerá publicado en el número de diciembre de «Vanity Fair» y podrá leerse online a mediados de noviembre, «el narrador es claramente Truman y Mrs. Williams es, posiblemente, Katharine Graham, editora del ‘Washington Post’». La narración detalla cómo «los dos están listos para embarcarse en un idílico crucero de tres semanas por el Mediterráneo a bordo de ‘La brujería’, el yate alquilado de un amigo, pero debido a una muerte en su familia, su anfitrión italiano -muy probablemente Gianni Agnelli- no puede unirse a ellos en el último momento», explica en la revista el descubridor del relato.
Pese a los lógicos recelos que surgen cada vez que el adjetivo «inédito» se asocia al supuesto trabajo de algún escritor fallecido, Sam Kashner defiende su hallazgo. Para ello recurre a Joanne Carson, en cuya casa murió Capote. «En mi casa tenía una habitación para escribir y pasó mucho tiempo allí porque era un lugar seguro. Tenía muchos manuscritos, muy buenos. Leyó un capítulo, pero llamó alguien y cuando volví lo puso a un lado y dijo: ‘Lo leeré tras la cena’. Pero nunca lo hizo, ya sabes lo que pasó», explica Carson.

Una idea de Santa Teresa

Lo que pasó fue que Truman Capote falleció el 25 de agosto de 1984 dejando inacabada «Plegarias atendidas», cuyo título tomó de una idea de Santa Teresa (se derraman más lágrimas por las oraciones contestadas que por las que no tiene respuesta) y que vió la luz en 1987 con tres capítulos: «Monstruos Perfectos», «La Côte Basque» y «Kate McCloud». En ellos, publicados de forma separada entre 1975 y 1976 en «Esquire», Capote realiza un feroz y sarcástico retrato de la alta sociedad neoyorquina, incluyendo detalles de la vida de Gloria Vanderbilt, Peggy Guggenheim o Jacqueline Kennedy Onassis.
Todos ellos, hasta entonces sus «amigos» y quienes le acompañaron en el famoso «Baile en blanco y negro» en el Plaza de Nueva York en noviembre de 1966 en honor de Katharine Graham, le condenaron al ostracismo tras la publicación y muchos ni siquiera volvieron a dirigirle la palabra. Durante sus últimos años, Capote habló con su editor, en numerosas ocasiones y con todo lujo de detalles, de cuatro capítulos restantes de «Plegarias atendidas», llegando a citar fragmentos de diálogos. Dicho material, que nunca llegó a entregar a Random House, habría desaparecido tras su muerte.

Leyendas urbanas

El editor americano de Capote, Joseph M. Fox (1926-1995), cuenta en el prólogo de «Plegarias atendidas» (Anagrama), cómo su albacea literario, su biógrafo y el propio Fox llevaron a cabo «un minucioso examen de todos los efectos personales del autor tras su muerte». El resultado fueron ocho cajas grandes que en 1985 fueron donadas a la Biblioteca Pública de Nueva York por los herederos de Capote. «Lo guardaba prácticamente todo y no había razón alguna para destruir tales documentos», asegura Fox.
En dicho prólogo, el editor incluye «Yates y cosas» dentro de los «capítulos que (Capote) mencionó en algunas conversaciones conmigo y con otras personas». Incluso hay teorías sobre la pérdida del material. La primera dice que el manuscrito fue terminado y está oculto. La segunda es que Capote no escribió ni una línea más tras publicar «Kate McCloud» en 1976. Y la tercera es que sí escribió algún capítulo, pero lo destruyó. No sabemos qué pensaría Fox, partidario de la última, al conocer el descubrimiento de «Yates y cosas», aunque, como decía en el prólogo: «No dudo que estas líneas existieran solo en su cabeza, pero cuesta creer que en algún momento no las plasmara en papel».

«Plegarias atendidas» de un ama de casa

jueves, 1 de noviembre de 2012


Un pensador en busca de la escueta realidad

El escritor muere en Zamora a los 86 años

Ensayista, poeta, dramaturgo, traductor y profesor, fue apartado de su cátedra durante el franquismo por apoyar las protestas estudiantiles

Agustín García Calvo, en un retrato de 1990. / MIGUEL NOVACK
La totalidad de la extensa obra de Agustín García Calvo como poeta, como dramaturgo, como filósofo, como filólogo, como traductor, como maestro, como articulista, parece guiada por una voluntad constante e irreductible: entrever la realidad, la escueta realidad, detrás de la espesa niebla que las convenciones sociales levantan a su alrededor. Para identificar esas convenciones contaba con uno de los instrumentos más infrecuentes en estos días de insensato desprecio de las humanidades, como era su excepcional conocimiento de la cultura clásica. La cultura clásica no fue solo su dedicación como universitario, discípulo de Antonio Tovar en Salamanca y, más tarde, catedrático en Sevilla y Madrid; fue sobre todo el estímulo para su propia creación y también el punto de apoyo desde el que lanzar su radical sentido crítico contra los asuntos más inmediatos de la actualidad. Gracias a su conocimiento de la cultura clásica podía advertir cuánto de accidental se esconde en verdades que se proclaman eternas, y cuánto de pretencioso, incluso de estúpido, inspira la convicción de que el mundo pueda vivir jamás una nueva era donde los saberes del pasado resulten inútiles y ociosos. De existir alguna verdad, para Agustín García Calvo, fallecido ayer en Zamora a los 86 años, nunca adoptaría la forma de una respuesta sino la de una inagotable interrogación, frente a la que todas las respuestas son siempre provisionales.
El régimen franquista lo apartó de la cátedra tras la revuelta universitaria de 1956, junto a Enrique Tierno Galván y José Luis López-Aranguren. Su apoyo a los estudiantes tuvo menos que ver con la defensa de la democracia que con la defensa de la libertad, y esa diferencia, que solo pudo manifestarse sin equívocos tras la muerte del dictador, fue la que definió la singularidad y la estimulante excentricidad de su figura. En nombre de la libertad, Agustín García Calvo era tan contrario a la dictadura como a la democracia, que consideraba una forma eficaz de convalidar aquellas convenciones sociales que levantaban la niebla alrededor de la realidad, de la escueta realidad que él trataba de entrever.
Pertenecía a la limitada nómina de escritores que, arremetiendo sistemáticamente contra las creencias establecidas, contra las convenciones sociales, contribuía a depurarlas y, al tiempo, a revelar su extraordinaria fragilidad. Podía despertar por ello tanta fascinación intelectual como desconcierto civil, colocando a sus lectores y también a sus discípulos ante la saludable necesidad de distinguir los planos de la reflexión y de la acción, del pensamiento y de la política. Si algo aborreció Agustín García Calvo fue la lógica de los mercaderes, la búsqueda obsesiva de la ganancia y los múltiples disfraces que adoptaba.
Tanto como su conocimiento de la cultura clásica influyó en su obra y en su actitud el estudio de la lengua y de los mecanismos del lenguaje. Los conceptos acuñados, las palabras de uso más corriente, influyen tanto como las convenciones sociales, de las que suelen ser directa expresión, en el enmascaramiento de la realidad. La filología en su sentido más extenso, lo mismo que la cultura clásica, no eran para Agustín García Calvo saberes intransitivos, conocimientos que se agotan en el simple esfuerzo de adquirirlos, sino instrumentos de su radical sentido crítico. Durante los últimos años, y en especial desde su jubilación universitaria en 1992, su participación en los debates públicos fue escasa pero siempre contundente y original, como se pudo comprobar durante el movimiento del 15-M. No por ello dejó de estar presente, puesto que, tanto a través de su obra como de sus discípulos, consiguió afianzar una manera de aproximarse a los problemas que llevan su marca indiscutible. Animó iniciativas como el Círculo Lingüístico de Madrid, en el que también participó Rafael Sánchez Ferlosio, y durante sus años de exilio en París fue el centro de la tertulia de La boule d’or. Es probable que el pensamiento más estimulante de la España de las últimas décadas no pueda entenderse sin la influencia de esas reuniones y sin Agustín García Calvo. Contradiciéndola en parte y en parte siguiéndola, su voluntad constante e irreductible de entrever la realidad, la escueta realidad, ha marcado la historia de las ideas en España.
TOMADO DE:  http://cultura.elpais.com/cultura/2012/11/01/actualidad/1351802053_032913.html

martes, 30 de octubre de 2012

El escorpión, la rana y la naturaleza humana

El científico Edward O. Wilson sustenta en la vida social y el altruismo su nuevo estudio sobre la esencia del hombre

detalle de la portada de 'La conquista social de la Tierra'.
La conquista social de la Tierra
Edward O. Wilson
Traducción de Joandomènec Ros
Debate. Barcelona, 2012
382 páginas. 23,90 euros (electrónico: 15,99)
Existe una vieja fábula que cuenta que un escorpión le pidió a una rana que lo transportase a través de un arroyo. La rana se negó, diciendo que temía que el escorpión la picase, pero éste le aseguró que no haría tal cosa. “Después de todo”, le dijo, “ambos pereceríamos si yo te picara”. En vista de ello la rana aceptó. Sin embargo, a medio camino de la travesía del arroyo el escorpión le clavó su letal aguijón. “¿Por qué lo hiciste?”, preguntó la rana mientras ambos se hundían bajo la superficie. “Es mi naturaleza”, contestó el escorpión.
Si hubiese que resumir en pocas palabras el tema central del libro objeto de la presente reseña, La conquista social de la Tierra, bastaría con decir que trata de responder a la cuestión de cuál es la naturaleza humana, una cuestión que es difícil contestar con la seguridad que el escorpión dio a la rana. ¿Cuál es, en efecto, nuestra naturaleza? El autor de esta obra es Edward Wilson (1929), que no sólo es un entomólogo de talla mundial, probablemente el mayor experto en el estudio de las hormigas (mirmecología), sino también un magnífico y prolífico autor de libros destinados al público general, ocupación en la que ha cosechado éxitos de importancia: ganó dos premios Pulitzer, el primero (1979) por —el tema al que ahora vuelve— Sobre la naturaleza humana y el segundo (1991) por Las hormigas, que escribió junto a Bert Hölldobler. La conquista social de la Tierra constituye en mi opinión algo así como su visión última de la naturaleza, a cuya comprensión y conservación tantos esfuerzos ha dedicado. Comprender la naturaleza humana es para Wilson ser capaces de contestar a las preguntas más transcendentales que podemos hacernos: ¿de dónde venimos?, ¿qué somos? Preguntas que deberían servirnos para plantearnos otra no menos fundamental, la de ¿adónde vamos? La ciencia, como la historia, recordemos, encuentra una de sus justificaciones más sólidas si nos sirve para actuar sobre el presente y orientar el futuro.
Decía antes que hace más de tres décadas Wilson ya se ocupó de este tema, pero los avances científicos realizados, especialmente durante las dos últimas décadas, permiten plantearlo ahora de manera más satisfactoria y más coherente. La conclusión a la que ha llegado Wilson es que la clave del asunto se encuentra en el concepto de “sociabilidad”, de “social”. El Santo Grial en el que se basa es el concepto de “eusocialidad”, la característica de los individuos “eusociales”, aquellos que se reúnen en grupos que contienen múltiples generaciones y que están dispuestos a realizar actos altruistas como parte de su división de trabajo. Resulta, y ello ya nos dice algo sobre nuestra privilegiada posición en la historia de la vida sobre la Tierra, que han existido muy pocos individuos de este tipo a lo largo de la historia de la Tierra: tres clases de insectos, las abejas melíferas, los termes constructores de termiteros y las hormigas, y una especie de homínidos, los Homo sapiens, esto es, nosotros.
Una vez centrados en la sociabilidad, en la eusocialidad, surgen múltiples cuestiones ligadas básicamente a por qué existe la vida social avanzada y por qué se ha dado tan pocas veces en la historia de la vida, así como cuáles han sido las fuerzas motrices que la hicieron aparecer. Ahora bien —y esto es un problema— ¿no es una de las enseñanzas centrales de la selección natural introducida por Darwin, la de la lucha por la existencia, aquello de la competición por preservar y transmitir los genes propios? Wilson reconoce este hecho, que la fuerza evolutiva que abrió camino a nuestro linaje a través del laberinto evolutivo fue la selección natural, pero una selección que se aplicó no sólo a los individuos sino también a los grupos. “En la evolución social genética”, escribe, “existe una regla de hierro, según la cual los individuos egoístas vencen a los individuos altruistas, mientras que los grupos altruistas ganan a los grupos de individuos egoístas. La victoria nunca será completa; el equilibrio de las presiones de selección no puede desplazarse hasta ninguno de los dos extremos. Si tuviera que dominar la selección individual, las sociedades se disolverían. Si acabara dominando la selección de grupo, los grupos humanos acabarían pareciendo colonias de hormigas”.
Sustentado por este pilar, el de la eusocialidad, Wilson desarrolla su trama, en un auténtico tour de force, reuniendo información procedente de múltiples disciplinas, desde la genética molecular, la neurociencia y la biología evolutiva hasta la arqueología, la ecología, la psicología social y la historia. Como basa su argumentación en la característica grupal y ésta apareció primero en algunos insectos, dedica algunos capítulos a éstos, en particular a las hormigas, su especialidad, con la razonable esperanza de encontrar allí claves para comprender cómo semejante característica surgió en nuestra especie. Aunque inevitables, puede que más de un lector encuentre estos capítulos a veces algo pesados y excesivamente prolijos, pero se verá compensado por otros que sentirá muy vivamente como “suyos”, los dedicados a cómo evolucionó la cultura, los orígenes del lenguaje, la moralidad, el honor, las artes creativas y la religión. Sobre éstas, Wilson, que entiende bien su firme basamento eusocial, es particularmente duro: “¿Por qué razón”, escribe, “es prudente poner abiertamente en tela de juicio los mitos y los dioses de las religiones organizadas?”. Y contesta: “Porque son idiotizantes y divisivos… Porque fomentan la ignorancia, distraen a la gente de reconocer los problemas del mundo real y con frecuencia los conducen en direcciones equivocadas que provocan acciones desastrosas”. Valga este ejemplo para señalar a los lectores que La conquista social de la Tierra es, efectivamente y como promete su autor al inicio, más que una reconstrucción de los caminos que han conducido a la aparición y consolidación de los Homo sapiens; es también una valiosa ayuda para comprender nuestra propia naturaleza, una naturaleza eficaz para nosotros, pero peligrosa, muy peligrosa para el conjunto de la vida terrestre. Acaso comprendiéndonos, podamos evitar lo peor que hay en nosotros mismos: nuestra depredadora naturaleza.
TOMADO DE:  http://cultura.elpais.com/cultura/2012/10/24/actualidad/1351088555_295758.html