LA RAZÓN DE UN NUEVO BLOG DE GESTIÓN CULTURAL

Ante la avalancha de información cultural noticiosa que recibimos diariamente gracias a la colaboración que me proporciona Arturo Álvarez D'Armas, poeta, fotógrafo y promotor cultural venezolano, así como otros valiosos amigos colaboradores, hemos decidido abrir un nuevo blog de promoción y gestión cultural. Sean bienvenidos todos los amigos interesados en promover la cultura y el arte en general. Pueden enviarnos sus colaboraciones, las cuales subiremos a este blog como entradas tan pronto como las recibamos. Quienes deseen colaborar pueden dirigirnos sus trabajos a nuestro correo personal: renedayre@gmail.com René Dayre Abella. Autor y promotor cultural.

martes, 31 de julio de 2012

 
 

Enmascarado asalta a los hondureños con obras de arte

 
En esta foto del 29 de julio de 2012, un artista que se hace llamar Maeztro Urbano y conserva el anonimato por razones de seguridad, se detiene a jugar con un perro callejero después de pegar una de sus "intervenciones", una reproducción de "Hijo de hombre" de René Magritte con una granada en lugar de la manzana, en un muro de Tegucigalpa. El artista gráfico de 26 años dejó su trabajo en una agencia de publicidad para dedicarse a piezas cono ésta, con las cuales quiere hacer pensar a los hondureño sobre la violencia que reina en su país. (AP Foto/Fernando Antonio). Fernando Antonio / AP
Imagen 7 de 7

POR ALBERTO ARCE

THE ASSOCIATED PRESS

TEGUCIGALPA -- En la capital del país más peligroso del mundo, un hombre encapuchado y enmascarado baja de su auto para cometer un asalto mientras un cómplice hace de vigía.
Su víctima es una pared desconchada en una esquina llena de basura en Tegucigalpa, que embadurna con cola para pegar una enorme reproducción en blanco y negro de la Mona Lisa de Leonardo Da Vinci.
Un borracho se detiene a mirar y cuando descubre, sorprendido, que la dama del cuadro empuña una pistola pintada de color rosa, levanta las manos y comienza a hablar con ella como lo haría con un policía. "Yo no he hecho nada, yo no he hecho nada" repite mientras deja que le tomen una fotografía.
En apenas cinco minutos, el Maeztro Urbano ha conseguido lo que pretendía con su intervención artística: hacer pensar a los hondureños sobre la violencia que reina en su país.
"El nivel de normalización de las armas en este país ha superado todo lo racionalmente admisible", opina el Maeztro Urbano, un artista gráfico de 26 años convertido en un cruzado con antifaz. "A nadie le sorprenden y a mí me sigue pareciendo una locura".
Maeztro Urbano ha elegido la calle como escenario para mostrar su obra. "Viendo cómo el país se hunde, la idea de utilizar el arte para potenciar el consumo en lugar de contribuir a la transformación social", remarca, "comenzó a volverse insoportable".
La idea surgió porque "al trabajar como creativo publicitario comprendí la fuerza del condicionamiento en el público que se puede generar a través de la mezcla de formatos, grafitti, esténsil, dibujo o sticker y decidí retirarla del consumo y volcarla en la producción de ideas".
Tegucigalpa es una ciudad de calles vacías, bolsas de basura por todas partes y miedo extendido, sin plazas públicas, ni paseos, donde hasta los conductores harán un ligero movimiento de volante para evitar acercarse demasiado a ese encapuchado que hace algo raro sobre una pared, casi como a cualquier persona mínimamente diferente con la que se crucen. Prácticamente los únicos lugares de encuentro son los centros comerciales vigilados por hombres fuertemente armados.
Un muro medio derruido, un portón oxidado, montones de basura en las esquinas, y un perro abandonado que merodea alrededor del artista son el escenario en el que trabaja.
En este contexto y en apenas un par de horas, el Maeztro Urbano interviene con sus materiales a lo largo del centro de la capital más violenta del mundo, una ciudad de 1,2 millones de habitantes en la que murieron asesinadas 1149 personas durante al año 2011.
Tegucigalpa, con un índice de 87,6 homicidios por cada 100.000 habitantes, una cifra que se ha duplicado en los últimos cinco años, multiplica por veinte la de los Estados Unidos, y se sitúa diez veces por encima de lo que la Organización Mundial de la Salud define como "epidemia".
Frente a la Universidad Nacional, un guardia de seguridad mira trabajar, absorto, al Maeztro Urbano.
"¿Quién le paga por eso?", pregunta.
"Nadie".
"Entonces, ¿por qué lo hace?"
"Para ayudarles a pensar".
Lo ha conseguido.
El guardia trata de dilucidar si el arma que los protagonistas de "American Gothic" de Grant Wood, una pareja de pastores para él, portan en sus manos en lugar del rastrillo original es o no es un M-16.
En 15 minutos, la única persona que pasa por la calle es Federico Ramírez, un hombre retirado de 53 años que trata de salir a caminar por prescripción médica.
"No sé nada de arte", admite, pero le gusta ver "algo bonito y diferente, que además tiene mensaje". Aunque está un poco "cansado de ver armas" y no le gusta que éstas se entrometan en los cuadros, reconoce el valor de una propuesta que le parece "valiosa, moderna, original".
"Comencé en octubre de 2011", recuerda el Maeztro Urbano sin dejar de remover la cola con la que embadurna una pared. "El detonante fue un concurso de carteles de la Unesco sobre diversidad cultural. Presenté mi propuesta, dejaron el premio desierto y decidí que si las puertas de las instituciones estaban cerradas, el lugar natural del arte era la calle, olvidándome de los intermediarios".
Utiliza el nombre Maeztro Urbano para conservar el anonimato en una tarea peligrosa e ilegal. Aunque no es famoso, podría considerársele el Banksy hondureño, el artista callejero británico cura identidad es objeto de conjeturas. Sólo sus íntimos saben quién es.
Fabrica su propia cola, hirviendo harina en casa y mezclándola con agua -"es el mejor adhesivo y el más barato"-, y dibuja su nuevo proyecto sobre reproducciones de obras clásicas cuya impresión le cuesta apenas 80 lempiras (unos 4 dólares) por unidad, para luego pasarse las tardes de domingo repartiendo color e ideas por la ciudad. Su cómplice, el documentalista Junior Alvarez, vigila mientras Maeztro trabaja y fotografía la obra final.
Escogió las obras maestras porque piensa que "existe un paralelismo entre la transgresión tan brutal de una obra tan bella que supone la introducción de un arma y la transgresión de la violencia y las armas sobre Tegucigalpa". Argumenta que sin armas, "también esta podría ser una ciudad bella".
El crítico Bayardo Blandino, curador del museo Mujeres en las Artes, dijo que el estilo Banksy es una novedad en Honduras y que el Maeztro Urbano lleva al límite la libertad de expresión en el país.
"Si continúa con perseverancia y sistematicidad", dijo, "llegará a conseguir un público fiel y un efecto, especialmente por la viralidad de su difusión a través de las redes sociales".
Pese a la iniciativa que muestra, el Maeztro Urbano no quiere que juzguen su obra con ingenuidad. Es consciente de que no aporta soluciones. Reconoce que con su arte no puede "disminuir el número de armas, ni conseguir que la educación mejore", pero sí que es posible "provocar una reflexión sobre esos problemas" como "primer paso para que los ciudadanos adquieran conciencia crítica de su contexto. Todo en el arte callejero es contexto".
En la intervención que convierte los postes de electricidad en bañas de ametralladora, "mi proyecto es esperar a que el púbico se acostumbre y apropia de esas balas para reintervenirlas y dibujar dentro de unas semanas, manos que las detengan" explica.
Para la plaza que agrupa varios de los hoteles más elegantes de Tegucigalpa, ha elegido sustituir la manzana que cubre la cara del "Hijo del hombre" de René Magritte, por una granada. Tres jóvenes que se esconden tras unos árboles para fumar marihuana protegidos por la seguridad del entorno no dudan al opinar sobre el cartel. "Los responsables de la violencia en Honduras están escondidos, no conocemos sus caras, pero son poderosos, llevan saco y corbata" dice uno de ellos, Gerson Ortiz, de 21 años y estudiante del instituto metropolitano.
El "Maeztro" se niega a clasificar su obra. "El arte en la calle no es una cuestión de categorías ni fronteras sino de la fuerza de las ideas que provoca" y acepta que "si la muerte en Honduras, forma parte de la cotidianeidad" su labor puede estar en "romper esa cotidianeidad macabra a través de los cambios de sentido". Sueña con "generar una gran bola de nieve que en su descenso le genere inquietud a la monotonía".
Pero pintar en las calles no ha sido fácil durante mucho tiempo en un país que vivió un golpe de estado hace menos de tres años ni, por supuesto, está exento de riesgos. "Hubo una época en la que la policía estaba realmente detrás de quienes trabajamos en la calle", recuerda el Maeztro Urbano. Ahora, ese riesgo ha disminuido, pero no ha desaparecido. A fin de cuentas, lo que hace es ilegal.
"Hay lugares donde me gustaría intervenir y no puedo". Se refiere a los centros de poder, la casa presidencial o las estaciones de policía. "En este país no se andan con tonterías, aquí mientras mantengas tus ideas en privado no pasa nada" sostiene, pero desde el momento en que se ejerce una función pública desde la crítica, más aún si se convierte en viral, compras un número de lotería para que te suceda cualquier cosa".
La violencia que denuncia también le ha rozado a él. "Al principio tenía zozobra cuando salía a la calle" pero ahora "me he acostumbrado a la adrenalina". Recuerda cómo una noche escuchó "el motor de un carro que reducía velocidad. Miré hacia atrás con el tiempo justo para ver cómo se bajaba la ventanilla y asomaba una pistola. Me dispararon tres veces sin mediar palabra. No me dieron. Tuve mucha suerte".

martes, 24 de julio de 2012

El siglo genocida

Serbios, griegos, armenios, camboyanos, tibetanos, judíos, hutus, tutsis… pueblos enteros que fueron masacrados, deportados o encerrados bajo diferentes pretextos, con un balance aterrador de más de 100 millones de muertos

Día 14/06/2012 - 09.56h
La locura. Esa bien podría ser la causa que llevó a algunos líderes a convertir la pasada centuria en el siglo más mortífero de la historia de la humanidad. Pol Pot, Stalin, Hitler, Sadam Hussein… todos rigieron sus territorios a golpe de genocidio, acabando en muchos casos con más del 30% de su población bajo los pretextos más inverosímiles. El balance es aterrador: más de 100 millones de muertos y decenas de miles de pueblos conscientemente masacrados, violados, torturados y desterrado.
El siglo genocida
ABC
Soldados turcos posan junto a un grupo de armenios colgados
El pasó del siglo XIX al XX, en las últimas décadas de dominio otomano en los Balcanes, comenzó con varias limpiezas étnicas contra los serbios, rumanos, búlgaros y griegos. «El Rey Nicolás I (de Montenegro) ha dirigido una proclama a su pueblo exhortándole a acudir en auxilio de sus hermanos los serbios, en cuyo país hombres, mujeres y niños son asesinados por los turcos», podía leerse en ABC el 13 de octubre de 1912, donde aseguraba que el monarca sólo se proponía «impedir el exterminio de sus hermanos».
El genocidio de los griegos en Anatolia aún no ha sido reconocido por la ONU, a pesar de que se estima que acabó con la vida de alrededor de un millón de civiles. Es uno de los mayores crímenes contra la humanidad conocidos si tenemos en cuenta que la población griega total, según el censo de 1914, era de poco más de 2.600.000 de habitantes. Casi el 50% de la población eliminada.

Dos millones de armenios exterminados

Pero el mayor exterminio perpetrado por los turcos fue el padecido por los cristianos armenios que vivían en el este de Anatolia. La población musulmana del Imperio Otomano sentía tal desprecio por estos que, desde finales del siglo XIX, les sometieron a continuas matanzas y expulsiones. Sólo entre 1894 y 1896 fueron asesinados 250.000 armenios.
El siglo genocida
ABC
Cartel de EEUU pidiendo ayuda para los armenios
«En la Europa Occidental parece que estamos en la época de las persecuciones. Los cristianos armenios son objeto de toda clase de tropelías por parte de la autoridades y del pueblo turco», contaba «Blanco y Negro» en octubre de 1894. Y eso que el pueblo armenio no había sufrido todavía su mayor tropelía, en 1915, cuando se les ocurrió intentar independizarse del Imperio Otomano.
Turquía reaccionó con tal violencia que desarmó a los armenios que había en su ejército y los ejecutó. Después masacró y expulsó pueblos enteros hacia el desierto sirio y quemó sus casas y tierras. En total, más de un millón de armenios fue deportado en condiciones extremas o huyó a Rusia, mientras otros dos millones fueron salvajemente asesinados.
Aunque algunos historiadores como Bernard Lewis han cuestionado estas cifras, lo cierto es que de los 2.400.000 armenios que las mismas autoridades otomanas estimaban que había en sus territorios en 1867, sólo quedaron 120.000 en 1918. Un total de 20 países aprobaron una resolución formal para reconocer este genocidio, mientras que otros países como Israel, Reino Unido, Alemania o la misma España no utilizan aún ese término para referirse a los hechos.

Stalin, a golpe de hambruna

La Primera Guerra Mundial se prodigó en matanzas y deportaciones. Por poner sólo unos ejemplos, 150.000 serbios fueron expulsados en 1917 cuando entraron las tropas austriacas en su país y otros 20.000 fueron asesinados en las tierras ocupadas por los búlgaros. Pero la siguiente gran limpieza étnica del siglo fue la llevada a cabo por Stalin en la URSS, donde se llevó a la muerte a millones de personas y otras tantas fueron enviadas a los campos de trabajo forzado o «gulags» en condiciones infrahumanas.
El siglo genocida
Entre 1929 y 1932, siete años después de que asumiera la Secretaría General del Comité Central del Partido Comunista, Stalin provocó un periodo de extrema hambruna en Ucrania mediante la expropiación de tierras, la concentración agrícola y la interrupción de la producción de alimentos. Según el historiador Robert Conquest, murieron allí 14 millones de ucranianos.
La cifra total de muertes bajo el régimen estalinista es una cuestión todavía sometida a debate. Los registros desclasificados tras la caída de la Unión Soviética hablaban de 800.000 presos ejecutados, 1,7 millones muertos en gulags y otros 390.000 durante reasentamientos forzosos. En total, 3 millones de víctimas. Pero otros investigadores hablan de 4 millones de muertos y otros historiadores defienden que la cifra es considerablemente superior.

La «Solución final»

Los genocidios de la Segunda Guerra Mundial son los más conocidos de la historia a causa de la «Solución final», un eufemismo acuñado por el jefe de seguridad de la Alemania nazi, Reinhard Heydrich, para definir la eliminación total del pueblo judío.
El siglo genocida
EPA
Funeral por las más de 700 víctimas de Srebrenica
Aunque también se ha discutido aquí la cifra, se cree que Hitler asesinó a seis millones de judíos con una política que comenzó en 1933 con su exclusión de la función pública, continuó con la expulsión de cientos de miles de ellos de Alemania y acabó con la locura de un exterminio que se llevó por delante también a gitanos, polacos o serbios. Más de 700.000 de estos últimos murieron en el campo de concentración croata de Jasenovac, el más grande de toda Europa.
Los alemanes también perpetraron matanzas en los países que invadieron, ejecutando a pueblos enteros como Oradour-sur-Galne (Francia), Lídice (República Checa) o Glina (Yugoslavia), donde encerraron a todos los niños y mujeres en sus respectivas iglesias y los quemaron vivos.

Japón y el código Bushido

Japón no se quedó atrás. Su particular visión de pueblo superior con respecto al resto de las etnias de Asia, su no reconocimiento de la Convención de Ginebra y el seguimiento del Bushido –código de honor que no respetaba al enemigo que se rendía–, propiciaron todo tipo de barbaridades, especialmente contra la población civil.
Primero, contra los chinos. En Nanking, por ejemplo, perdieron la vida 300.000 civiles en tan sólo seis semanas (20.000 mujeres fueron violadas y 57.000 ejecutadas en un solo día), sometiendo a sus víctimas a todo tipo de experimentos con armas y medicamentos. Y después contra los filipinos en la conocida «marcha de la muerte» de 1945, durante la incursión del ejército estadounidense. Los japoneses prefirieron incendiar la ciudad de Manila y acabar con la vida de cuantos más ciudadanos fuera posible, en un cruel y desesperado intento por evitar que los supervivientes contaran su derrota. Se contabilizaron más de 100.000 muertos, de los cuales, más de 70.000 fueron deliberadamente ejecutados por los soldados. Unos 300 eran españoles.

26 millones de civiles

La cifra de muertos en la Segunda Guerra Mundial dio un salto cuantitativo con respecto a la Primera. Perdieron la vida 26 millones de soldados y otros tantos civiles. A ellos hay que sumar nada menos que 50 millones de desplazados, ya fuera huyendo de los combates, expulsados de sus tierras o deportados, como ocurrió con los cientos de miles de soviéticos disidentes y alemanes que Stalin envió a Siberia en condiciones inhumanas.
El siglo genocida
ABC
Pol Pot en 1970
Tras la guerra les tocó el turno al Tibet y la India. El primero, invadido por el ejército chino, sufrió una matanza sin precedentes con más de 315.000 tibetanos expulsados. En el segundo, los enfrentamientos entre musulmanes, hindúes y sijs tras la independencia de 1947 acabaron con medio millón de personas muertas.
En Oriente Próximo, el mayor drama quizá fue el de los kurdos, un pueblo de 35 millones de habitantes al que se le prometió la organización de un Estado tras la Primera Guerra Mundial, pero que acabó desperdigado entre Turquía, Siria, Irán e Irak, sufriendo la persecución implacable de todos ellos. Son tristemente recordados los ataques con armas químicas ordenados por Sadam Hussein en 1988, que, además de provocar decenas de miles de muertos en el norte de Irak, produjo un drama humanitario entre los que huían hacia la frontera de Turquía.

Pol Pot, el genocida que superó a los nazis

Las torturas cometidas por Pol Pot en Camboya tras la retirada de Estados Unidos en 1975 sobrepasaron los límites de la imaginación. El régimen prochino de los jemeres rojos deportó forzosamente al campo a toda la población urbana, vaciando literalmente las ciudades, y exterminó a toda la población «aburguesada», es decir, a toda aquella que tuviera dinero o un mínimo de cultura. Se calcula que de los seis millones de habitantes que vivían en Camboya, Pol Pot eliminó a una tercera parte en tan solo cuatro años. Superaron, dicen los historiadores, la crueldad nazi.
El siglo genocida
ABC
Masacre de Kibeho contra los hutus, en 1995
Sudamérica no fue una excepción en lo que a violación de los derechos humanos se refiere. Las dictaduras militares de la década de los setenta y ochenta provocaron matanzas indiscriminadas de campesinos en Nicaragua y El Salvador. En el Chile de Pinochet fueron asesinadas 4.000 personas. Mientras que en la dictadura del general Videla en Argentina, tras el golpe de Estado de 1976, los muertos llegaron a 30.000, con familias enteras desaparecidas de forma atroz en una de las peores guerras sucias que ha conocido la humanidad.
Desde 1945, África ha vivido sumergida también en conflictos y golpes de Estado. Primero por las guerras de independencia contra los poderes coloniales, más tarde entre los países por el reajuste de fronteras y, finalmente, por las tensiones entre las etnias y las tribus. Especialmente cruel fue el que se produjo en Ruanda y Burundi en 1994, tras el asesinato de sus respectivos presidentes. La mayoría de la etnia hutu se lanzó a la caza de la minoría privilegiada tutsi, provocando un genocidio sin igual en el continente negro, sobre todo, por la sistematización con la fue organizado. Y por si no fuera suficiente, tras la victoria de las milicias tutsis, se produjo una nueva sangría esta vez entre los hutus, lo cuales huyeron en masa hacia el Zaire. El triste balance de este conflicto fue de un millón de muertos y otro millón de desplazados de sus casas y tierras.
Un siglo XX, en resumen, en el que es fácil perderse entre los millones de muertos de un genocidio u otro. La centuria más atroz de la historia de la Humanidad, que puso su punto y final con nada menos que 50 millones de personas viviendo lejos de sus casas por la sinrazón humana. 
TOMADO DE:  http://www.abc.es/20120614/archivo/abci-genocidios-guerras-sigloxx-201206131906.html

domingo, 22 de julio de 2012

Miguel Arteche en Wikipedia

Saltar a: navegación, búsqueda
Miguel Arteche Salinas (nacido Miguel Salinas Arteche; Nueva Imperial, 4 de junio de 1926 - 22 de julio de 2012)1 fue un escritor chileno, perteneciente a la generación literaria de 1950, que destacó especialmente en poesía. Recibió el Premio Nacional de Literatura en 1996.

Contenido

Biografía

Hijo de Luis Osvaldo Salinas Adrián e Isabel Arteche Bahíllo, su infancia estuvo marcada por la "prematura muerte de su padre y la impronta imborrable de su tío sacerdote don Gonzalo Arteche Bahíllo, quien posee una importante biblioteca donde el joven Miguel inicia sus primeras lecturas poéticas, claramente influenciado por la literatura española de los Siglos de Oro y, más tarde, por la poesía" de la generación del 27.2
Estudió en el Liceo de Los Ángeles y luego en el Instituto Nacional de Santiago. Ingresó a la carrera de derecho en la Universidad de Chile (1945-1946), pero la abandonó y más tarde viajó, becado, a estudiar literatura española en la de Madrid (1951-1953).
En el último año de su estancia en España se casó con Ximena Garcés, a quien había conocido en 1952 en la embajada chilena en Madrid y con quien pasa la luna de miel en Ibiza. El matrimonio tuvo siete hijos: Juan Miguel, Andrea, Rafael, Cristóbal, Isabel, Amparo e Ignacio.
Comenzó a escribir poesía durante su época estudiantil, concretamente en Quintero, en las vacaciones de verano de 1945 e influenciado especialmente por Luis Cernuda.3 Cuatro años más tarde aparecerá su primer poemario, La invitación al olvido, claramente cernudiano, como el mismo Arteche ha reconocido2 (luego vendrá la influencia de Thomas Wolfe y otros). A partir de entonces y hasta su partida a España, publicará cada año un libro nuevo.
Además de estudiar literatura, allí participará en los I y II Congresos Internacionales de Poesía (Segovia, 1952 y Salamanca, 1953), viajará por el país de sus ancestros, y también por Francia, Bélgica, Italia y el norte de África, publicará, en 1953, su sexto poemario y se casará.
De regreso en Chile continuó su colaboración con El Mercurio, que había comenzado en 1951, y empieza a escribir también para otros periódicos —Las Últimas Noticias y El Diario Ilustrado— y revistas como Finis Terrae, Atenea y Ercilla. Se desempeña como secretario de Juan Gómez Millas, rector de la Universidad de Chile (1954) y como jefe de la biblioteca y archivo de El Mercurio (1954-1964).
En 1963 reemplazó al fallecido Eduardo Barrios como miembro de la Academia Chilena de la Lengua y al año siguiente debuta como narrador con La otra orilla, que tiene "una calurosa acogida por la crítica";4 a esta novela la seguirán otras tres y dos libros de relatos.
Bajo el gobierno democristiano de Eduardo Frei Montalva se desempeñó en el cargo de agregado cultural en España (1965-1970), y ese último año fue nombrado en el mismo cargo en la embajada de Chile en Honduras, país donde permanece hasta 1971 ejerciendo al mismo tiempo como profesor visitante en la universidad.
Durante la dictadura militar, Arteche fue una de las voces críticas con el general Pinochet y fundará talleres de poesía "que consiguen forjar un segmento de libertad para el intercambio y difusión de obras literarias y de ideas (Taller Altazor" de la Biblioteca Nacional y Taller Nueve de Poesía, tal vez los primeros espacios de libre circulación en el Chile de esa época)".2
El escritor, que venía firmando como Miguel Arteche y no Miguel Salinas, legalizó en 1972 la inversión de sus apellidos.
Arteche fue profesor de redacción en la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica de Chile (1983-1993) y subdirector de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos entre 1990 y 1991.
En 1996 fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura de Chile.
Tras la publicación del libro Jardín de relojes en 2002, Arteche se retiró de la literatura.5 Durante sus últimos años de vida padeció arteritis temporal. Falleció a los 86 años de edad debido a una insuficiencia respiratoria.1

Obras

Poesía

  • La invitación al olvido, 1947; descargable desde el portal Memoria Chilena
  • Oda fúnebre, 1948
  • Una nube, 1949
  • El sur dormido, 1950
  • Cantata del desterrado, 1951
  • Solitario, mira hacia la ausencia, 1953
  • Otro continente, 1957
  • Quince poemas, 1969
  • Destierros y tinieblas, 1963; descargable desde el portal Memoria Chilena
  • De la ausencia a la noche, antología que reúne los tres poemarios anteriores, 1965
  • Resta poética, 1966
  • Para un tiempo tan breve, 1970
  • Antología de veinte años, 1972
  • Noches, 1976
  • Cantata del pan y la sangre, 1980, 1981, 1986
  • Variaciones alemanas, 1986
  • Variaciones sobre versos de Karol Wojtyla, 1987
  • Monólogo en la Torre, 1989
  • Siete canciones, 1989
  • Tercera antología, Corregidor, Buenos Aires, 1991
  • Fénix de madrugada, 1975-1992; descargable desde el portal Memoria Chilena
  • Antología cuarta, LOM, Santiago, 1996
  • Poemas para nietos, 1996
  • Para un tiempo tan breve, 1997
  • Poesía y prosa, antología; prólogo, selección y notas de Andrés Morales, Editorial Universitaria, Santiago 2000
  • Jardín de relojes, 2002; descargable desde el portal Memoria Chilena
  • El café, 2004

Novelas

  • La otra orilla, 1964
  • El Cristo hueco, 1969
  • La disparatada vida de Félix Palissa, 1975
  • El alfil negro, 1992, inédita

Relatos

  • Mapas del otro mundo, 1977
  • Las naranjas del silencio, 1987

Autobiografía

Ensayos

  • Notas para la vieja y la nueva poesía chilena, 1958
  • La extrañeza de ser americano, 1962
  • Discurso de incorporación a la Academia Chilena de la Lengua, 1965
  • El extraño caso de Gabriela Mistral, 1968
  • Tres visiones de Carlos Droguett, 1971
  • Alfonso Calderón o cuarenta años después', 1978
  • Llaves para la poesía, 1984
  • Algunos de mis fantasmas, 1985
  • Algo acerca de la experiencia poética, 1988
  • La crítica poética y el crítico único, 1988
  • Exposición sobre un taller de poesía, 1988
  • La fuente dividida de Gabriela Mistral, 1989
  • El nombre perdido y buscado en América, 1989
  • Cómo leer un poema, 1989
  • Gabriela Mistral: seis o siete materias alucinadas, 1989
  • Escribir como niño para niños, 1990
  • De modo inseguro y problemático, 1990
  • Los coléricos hijos de Dámaso Alonso, 1990
  • Algunos aprendices de brujo, 1989
  • Palabras en Alberti, 1991

Premios

  • Premio de la Alianza de Intelectuales 1949
  • Premio de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Concepción 1950
  • Premio Municipal de Poesía de Santiago 1950 por El sur dormido (ex aequo con Claudio Solar)
  • Premio Alerce 1960
  • Premio Municipal de Poesía de Santiago 1964 por Destierros y tinieblas
  • Premio Libro de Oro de Poesía 1977
  • Premio Municipal de Poesía de Santiago 1977
  • Premio del Instituto Goethe de Santiago 1979
  • Finalista del Premio Nacional de Novela 1992 de la Editorial Andrés Bello con El alfil negro
  • Premio de poesía 1995 del Consejo Nacional del Libro y la Lectura por Fénix de madrugada
  • Premio Nacional de Literatura 1996

Referencias

  1. a b «A los 86 años muere Miguel Arteche, Premio Nacional de Literatura 1996». Emol (22 de julio de 2012). Consultado el 22 de julio de 2012.
  2. a b c Biografía escrita por Andrés Morales para el libro de Arteche Poesía y prosa (2000), que prologó; acceso 05.01.2012
  3. ¿Quién soy?, Nascimento, Santiago, 1977; descargable desde el portal Memoria Chilena; acceso 05.01.2012
  4. Abrir la imaginación al asombro, presentación de Arteche en el portal Memoria Chilena; acceso 05.01.2012
  5. García, Javier (21 de julio de 2012). «Miguel Arteche y su retiro de la literatura: “Con lo que escribí basta y sobra”». La Tercera. Consultado el 22 de julio de 2012.

Enlaces externos


Predecesor:
Jorge Edwards Valdés
Premio Nacional de Literatura de Chile
1996
Sucesor:
Alfonso Calderón Squadritto
Ver las calificaciones de la página
Evalúa este artículo
Confiable
Objetivo
Completo
Bien escrito

miércoles, 18 de julio de 2012

"SÍNTOMAS POSTMODERNOS: TITANISMO O PSICOPATÍA"
Gertrudis Ostfeld de Bendayán
Trudy de Bendayán es una Analista Junguiana, Magister en Filosofia, con un Doctorado en Estudios Psicoanalíticos. Reside en Caracas, Venezuela, es miembro de la IAAP (International Association for Analytical Psychology) y de la AVPA (Asociación Venezolana de Psicología Analítica). Autora de dos libros: Anima Mundi y Ecce Mulier: Nietzsche and the Eternal Feminine en proceso de publicacion por Chiron Publishing. Dedicada a la practica privada y a la enseñanza. Este documento corresponde a la charla dictada por la autora el 31 de marzo 2007 en Bogotá. Su e-mail es: mailto:%20ughj@hotmail.com

"Me sostiene este vivir en vilo
sin ninguna señal, ni mapa, ni promesa,
en una antesala donde todos trajinan
como empleados, para olvidar".
Rafael Cadenas, Intemperie.
Anterior a la Modernidad, el hombre encontraba serenidad en un mundo que le servía de sostén: se aferraba a Dios y a la tradición, encontrando en estos valores, sosiego, seguridad y esperanza. Dios era el garante de sentido (de la vida, las instituciones, de las leyes naturales y lógicas). En contraposición, en la Modernidad, inaugurada con la Ilustración (siglo XVIII), el hombre, privado de estos pilares ontológicos, se encontró arrojado a un mundo incierto y azaroso. Con la “muerte” de Dios, se perdió la posibilidad de todo apoyo proveniente de una telelología trascendente. Sólo llegó a contar con el argumento del progreso y una promesa de libertad y felicidad. En el epicentro del constante cambio, transformación y del continuo devenir, el sujeto “arrojado a la existencia” se vio precisado a comprenderse, construirse y definirse periódicamente, con el fin de no extraviarse dentro del marco de esta dinámica existencial. Sin embargo, el hombre moderno sólo había matado la idea teológica de Dios.. El relevo lo asumió la razón, de la mano de la ciencia y la tecnología, como dispensadora de sentido, de tal modo sólo se cambió de soberano: fe por razón. Una teología sustitutiva que sigue respondiendo a la nostalgia por lo absoluto profundamente arraigada en la naturaleza humana.
El trono del Otro omnipotente no que vacío, sólo hay un cambio de amo: el Dios muerto es suplido por la entronización del hombre por el hombre Poseído por la energía titánica pasó a ser, acorde con el dictum de Protágoras, “la medida de todas las cosas,” el nuevo absoluto. Sin embargo, al igual que lo sucedido durante la preeminencia de la visión metafísica-religiosa, se había dejado de lado la consideración de una parte primordial de la naturaleza humana: el cuerpo con sus instintos, pasiones y emociones. Nuevamente, se había taponado los oídos a fin de no escuchar el clamor de las necesidades vitales. La razón se instituyó en el nuevo tirano y su primer mandato fue represar, una vez más, la expresión libre de los instintos humanos. Bajo el imperio del nuevo amo, todo aquello procedente de la esfera pulsional – emociones, necesidades más íntimas de afecto, pasiones, creatividad, agresividad, etc. – se iba tornando cada vez más sospechoso. Se creía quee ejercía efectos obstaculizadores sobre la eficaz actuación de la razón. La razón apolínea se fue separando por esta vía de los instintos dionisíacos y dió lugar a ámbitos incompatibles. Se produce así, una ruptura entre el mundo objetivo creado por la razón y el mundo de la subjetividad. Semejante posición generó la represión de aquella parte del individuo capaz de atentar contra el ideal regido por los discursos culturales vigentes. Finalmente, la postura moderna se tradujo en una negación del sujeto a expensas del sistema social.
Para la modernidad, la razón no representaba un privilegio de un grupo o clase social sino, más bien, el orden constitutivo del mundo. Emergió la creencia en la igualdad de los hombres y, por ende, el individuo al alcanzar la racionalidad total, coincidiría con la sociedad organizada sobre la base de los principios racionales.
Dentro del marco de la ideología modernista se concebía que el desarrollo del individuo chocaba con los intereses de la sociedad: la razón intrumental terminaba negando al sujeto en favor del sistema (la clonacion social). La conocida fórmula que reza: “lo que vale para la sociedad vale para el individuo” no es más que la afirmación de la muerte del sujeto. Los instintos dionisíacos negados por la cultura prevaleciente condujeron a una lucha sin cuartel en la interioridad del individuum haciendo del mismo un dividuum a fin de preservar el ideal del yo moldeado acorde con los sistemas valorativos imperantes. Una nueva dicotomía cartesiana generadora de neurosis.
Con esta oposición frente a todo aquello surgido de la esfera irracional, el hombre perdió su fuerza creadora y afirmativa que residía precisamente en su naturaleza instintiva. El “hombre abstracto” fue escindido de su propio sustrato filogenético y mitopoyético. Como resultado de la total negación de toda trascendencia fue conducido por el sistema al camino de la decadencia generada por su propia auto-enajenación. Se separó de su íntima matriz mitológica, nuestra historia perenne y, por ende, de la materia primigenia de la psique. Al respecto escribe Nietzsche:
Pero toda cultura, si le falta el mito, pierde su fuerza natural sana y creadora: sólo un horizonte rodeado de mitos otorga cerramiento y unidad a un movimiento cultural entero (NT: 23)
La razón ilustrada se develó como totalizante, controladora e instrumental lo que condujo a la imposibilidad de formarse un juicio claro y unívoco para asumir una posición coherente acerca de los criterios de racionalidad. La caída de las certezas, aunada a la secularización de la verdad y la promesa prometéica incumplida de la consecución de la felicidad condujo a la crisis de valores. El mundo llegó así a ser un “fábula”, se develó como una creación ficcional construida de simulacros. En consecuencia, se vino abajo todo lo que se había estimado, hasta entonces, como “sagrado, bueno, intocable, divino.” Cayó estruendosamente todo el “columbarioum de conceptos”, junto con los supuestamente sistemas de valores indefectibles sostenidos por la Modernidad.

POSTMODERNIDAD

La década de los sesenta marcó la culminación y el colapso de la cultura moderna con sus“grandes narrativas” o meta-narrativas (teorías universales). Los movimientos de liberación política, sexual y étnica asociados a la mencionada década son el cumplimiento lógico del sueño moderno de obtención de libertad incondicional pero, a la vez, representan el desmoronamiento de la utópica búsqueda moderna de la verdad, de la visión optimista del progreso histórico y del sustrato último de la realidad. Los eventos de los sesenta y sus repercusiones han demostrado que existen muchas maneras de asumir el mundo y numerosos estándares de comportamiento todos igualmente válidos: el “todo vale” es el lema contundente de nuestra era de relativismo. A pesar de que ahora se percibe una nostalgia por formas, estilos y géneros del pasado (tendencia “retro”), los impulsos prometéicos desencadenados han producido cambios significativos irreversibles en nuestra actitud y visión del mundo.
El período posterior a los sesenta ha sido un tiempo de transición, cuando los movimientos radicales de la contra-cultura (que cobraron peso en torno a las revueltas estudiantiles, al movimiento hippie, las drogas y a los movimientos de liberación femenina y sexual) penetraron lentamente a los segmentos más tradicionales de la sociedad y se instalaron de forma radical. El término “post-moderno” es el nombre dado a ese período de transición. Sin embargo, el “postmodernismo” es un movimiento que no es más que una de-construcción negativa sin miras a la creatividad: un estado de transición infinita. Como movimiento filosófico se puede describir como una forma de escepticismo frente a las instituciones, autoridades, sistema educativo, normas culturales y políticas, etc. Como tal, podemos hablar de la instauración de una filosofía anti-fundamentacional que disputa la validez/credibilidad del sustrato del discurso. En su ofuscación, el postmodernismo no está abocado a la confrontación de cuestiones esenciales: el disentimiento es la expresión más poderosa de su ethos y se constituye en el hilo conductor del laberinto postmoderno. De tal manera, se corre el riesgo de asegurar la hegemonía de lo sombrío de la modernidad, su componente destructivo (la titánica psicopatía), sin ninguno de los beneficios de ésta
A modo de movimiento enatiodrómico (búsqueda de opuestos), el postmodernismo constituye de por sí un nuevo paradigma cultural en el proceso de total y opuesta diferenciación con el modernismo sin proponer ninguna alternativa o proyecto substitutivo. La unidad, homogeneidad y singularidad, valores de la Modernidad, han sido sustituidos reactivamente en la postmodernidad por la fragmentación, heterogeneidad y multiplicidad. En consecuencia, el postmodernismo puede ser descrito como un “pastiche” sincrético: se observa una voluntad de combinar símbolos de códigos o marcos disparatados de significación, incluso a un costo de disyunciones y eclecticismo (por ejemplo, yoga y champaña; cristianismo y astrología) (cf. Beckford, 1992, p. 19).
Careciendo de alguna ideología sustentadora, el postmodernismo precariamente sólo es capaz de proporcionarle al hombre canales de escape para actuar su evasión ante el horror vacui. Vaciado de sentido y defraudado por el incumplimiento de la promesa de felicidad, el retoño postmoderno se ve enfrentado ante el abismo contemporáneo habitado por una anárquica proliferación de valores, de verdades consensuales que conducen a 1) una vacancia de sentido o nihilismo o a una 2) super-fecundidad de sentidos que conlleva a una indeterminación inherente de significados.
Judith Squires describe así la condición postmoderna: “La condición postmoderna puede ser caracterizada... mediante tres hechos resaltantes: la muerte del hombre, de la historia y de la metafísica. Esto involucra el rechazo de todo esencialismo y las concepciones trascendentales de la naturaleza humana: el rechazo de la unidad, homogeneidad, totalidad, cierre e identidad: el rechazo de la búsqueda de la verdad. En lugar de estos ideales ilusorios encontramos la aseveración de que el hombre es tan solo un artefacto social, histórico o lingüístico: la celebración de la fragmentación, particularidad y diferencia: la aceptación de lo contingente y aparente” (1993, p. 29).
El postmodernismo con su compromiso con el disentimiento, pluralismo y diferencia cultural y con su actitud escéptica frente a la autoridad genera una inversión en la relación del sujeto con el colectivo: su búsqueda ya no está orientada hacia el bien común, sino hacia su propia persona traducida en una auto-complacencia. No obstante, desprecia su propia trascendencia y, careciendo de una base argumental y coherente, piensa y actúa dentro del estrecho horizonte de la inmediatez. Frente a la desmitificación de los paradigmas modernos, reacciona dando rienda suelta a sus represiones: busca desatar su individualismo teniendo por horizonte la consecución de su propio placer sin alcanzar satisfacción alguna El narcisismo bajo la forma de auto-idealización sustituye la caída de los ideales colectivos.
En esta consagración del sin-sentido, el hombre es poseído por una sed fáustica de aventuras, y compulsivamente va en busca de nuevas y continuas experiencias carentes de todo significado vital. Sus acciones son auto-justificadas a través de la fabricación de una ética a su medida la cual, a la vez, resulta ser una arbitrariedad “procusteana”: está comandada por el afán consumista de moda. Como respuesta ante tal situación, el hombre se aísla produciéndose en él un desapego emocional: busca aquellas relaciones inter-subjetivas que no impliquen compromiso alguno – incluso con él mismo -, como defensa de lo que supone erróneamente como el derecho a su propia libertad emocional. La promiscuidad es una vía idónea para lograrlo, además, al estar constantemente bombardeado por imágenes que invitan a disfrutar de todas las formas de placer sexual, la búsqueda de gratificación sexual ha sido elevada al status de ideología oficial o, más bien, de imperativo categórico: el goce ha devenido obligación.
Sin embargo, debido a la amenaza inminente del sida aunada al sentimiento creciente de alineación, el sexo virtual o cibernético ha ido popularizándose. La virtualidad introduce al sujeto en el goce auto-erótico: el individuo puede dar cumplimiento a sus fantasías sin asumir los compromisos ni los avatares concomitantes a toda relación. Y no es de extrañarse que consideren la renuncia al total contacto humano a favor de una experiencia mutisensorial que podrá ser ofrecida por la virtualidad tridimensional que prontamente parece asomarse. No sólo será más estimulante y placentero que la “cosa real” el programa sexual que podrá ofrecernos la tecnología, sino que para futuras generaciones llegará a ser, esta relación virtual, la propia “cosa real”.
De acuerdo al sociólogo francés y crítico postmoderno recientemente fallecido Jean Baudrillard, la distinción entre objetos y sus representaciones desaparecen. El veloz crecimiento de lo virtual está generando que incluso el concepto de “realidad” sea cuestionado. Nos hemos reintroducido a la caverna de la cual nos sacó Platón al tomar nuevamente las imágenes proyectadas en las paredes de las paredes cavernosas como los objetos reales.
En la cultura del simulacro, por otra parte, la conciencia de identidad llega a ser dependiente de la forma en cómo deseamos ser percibidos por los otros, en lugar de ser moldeado a partir de un sentimiento profundo de dirección interna. Lo que obtenemos es un sujeto sin identidad que tan sólo resulta ser una superposición de múltiples máscaras que ocultan, más bien, la evanescencia de lo real. El sujeto se mimetiza con la mass media y vive, como un juego de espejos, en el “como si”: Es como si amáramos. Es como si sintiésemos. Es como si viviéramos, son perfectas palabras del insigne poeta venezolano Rafael Cadenas para reflejar nuestra condición existencial. Con la caída de la credibilidad institucional no hay un Otro que valide al sujeto como tal (trastorno del Self, el arquetipo de la totalidad, en términos junguianos). Por ende, el individuo actual carece de substancialidad, no es nada en sí mismo y se constituye en un amalgamado de roles dictados por otros particularmente por el mercado consumidor. Nuestra actividad como consumidores define nuestra identidad, es por ello que el dictum cartesiano pienso, luego existo se trasforma en la era postmoderna en consumo, luego existo.
El hombre “posmo” termina por extraviarse al no existir un humanismo coherente comprometido con valores firmes y vinculantes. Pierde conexión con el sentido de su propia vida y vive arrastrado en lo efímero y banal de una sociedad abocada al espectáculo y al consumismo. Una vez alcanzado el punto de sobresaturación de experiencias acaba por asumir una actitud de perplejidad, ironía, indiferencia, evasión, des-compromiso profundo y hastío que lo arrastran superficial y des-conectadamente hasta dispersarse en la pluralidad circundante. La apoteosis de la indiferencia pura que observamos en el sujeto postmoderno resulta de la sobre-saturación imperante: hay de todo en exceso a excepción de creencias firmes. A su vez, el desmedido crecimiento del mundo relacional (superficial y utilitario), conducen al individuo contemporáneo a experimentar una alineación tanto de su entorno como de su propia humanidad. La carencia de intimidad y los sentimientos de vacío, hacen que el hombre actual se vivencie poseído por una angustia difusa que explica causada por la exigencias del veloz mundo tecnológico, competitivo, sin fronteras y que busca sosegar a través de titánicos excesos conducentes a una violenta consumación de su ser (adicciones, promiscuidad, deportes practicados al extremo, velocidad, pornografía, desmedida ansia de poder, etc.). Poder, vacuidad, mimetismo y excesos son elementos básicos del tiranismo.

TITANISMO Y PSICOPATÍA
Gobernados por un impulso futurista prometéico, sin ser siquiera dueños del presente, las tendencias sociales y científicas convergen en reformular una nueva concepción del ser: en una nueva construcción de lo que significa “ser humano”. En su afán de eternidad, tanto la personalidad “natural”, así, como la apariencia “natural” es reemplazada paulatinamente por la idea de re-inventarse uno mismo siguiendo los modelos conceptuales en boga. Las metas de la biogenética parecen ser más bien productos delirantes de la ciencia ficción. La clonación, la posibilidad de intervención de las características del embrión con miras a modificar aspectos de su desarrollo acorde a ideales conceptuales en boga, la búsqueda de la “eterna juventud” y la longevidad, ponen de manifiesto las anticipatorias visiones de Huxley, Orwell y Asimov. Podríamos agregar a la pulsión de vida y muerte, la pulsión de inmortalidad.
Por ello, si el período de la modernidad se caracterizó por el descubrimiento del ser, la era post-moderna puede caracterizarse por un período transicional de la desintegración del ser. Posiblemente, lo que sigue, sea la era de la re-construcción del ser. Sin embargo, esa re-construcción parece ser más de índole conceptual que natural. En consecuencia, existe una menor necesidad de interpretarse psicológicamente o “descubrirse” y, más, el sentimiento de alterarse o re-inventarse. La fantasía y la ficción se mezclan a fin de servir de modelos para la nueva organización de la personalidad. Nuestra sociedad, con el tiempo, irá ganando cada vez más el acceso a los medios ofrecidos por la biotecnología que le permitirá optar directamente cómo deseamos que la especie futura evolucione. Este nuevo poder a la disposición, a fin de controlar si deseamos, la reconstrucción de nuestro cuerpo ganará cada vez más adeptos. La utilización de la manipulación genética será el asunto ético y social más controversial.
A diferencia de aquellas tecnologías capaces de traer más comodidades a la vida, la ingeniería genética, con su acelerado desarrollo y aplicación puede forzarnos a redefinir los propios parámetros de la vida. Para ello requerirá de una nueva ontología. Nuestra propia conciencia del ser tendrá que someterse a un profundo cambio si continúa ceñida a los avances transformadores de las tecnologías biológicas. Una nueva construcción del ser se hará inevitable a medida que las técnicas de alteración del cuerpo logren adquirir estatus de lugares comunes. Así como la cirugía estética ha llegado a ocupar un lugar en la cotidianeidad, así también, lo harán en el futuro, el implante de chips mega-informativos en el cerebro y la alteración genética. El ser se irá haciendo cada vez más incompatible con las nuevas estructuras del cuerpo. Se desarrollará una nueva organización post-humana de la personalidad pues tendrá que reflejar la adaptación de los individuos a nueva tecnología y a sus efectos socio económicos.
La combinación de estas nuevas tecnologías no sólo conducirá a la creación de nuevas formas de vida y canales de comunicación sino, además, transformará nuestras percepciones del espacio y el tiempo que nos conducirán a nuevas formas de estructuras del pensamiento. Vivimos en un espacio sin barreras y en un tiempo comprimido, en un espacio y tiempo acelerados.
El continuo bombardeo mediático no permite la apertura de un espacio para la reflexión, la cual requiere “fuego lento”, de tal modo que no hay posibilidad para la “psiquización” de las experiencias: “la inflación de la información”, concluye Baudrillard, conlleva a “la deflación de significado” (1994, p. 79). Los medios nos ofrecen tan sólo una veloz sucesión de imágenes acompañadas de comentarios compactados que impiden la utilización de un pensamiento complejo. Incluso ante las imágenes de horror que plagan al mundo, vamos agotando nuestra capacidad de asombro por la imposibilidad de “metabolizar” emocional y psíquicamente el inmenso cúmulo de información recibida. Las catástrofes que atestiguamos terminan por convertirse en espectáculos a través de nuestras pantallas. La vertiginosa sucesión de informaciones e imágenes acaba por neutralizar unas a otras. El exceso los vacía de substancialidad Podemos afirmar que conocemos hoy acerca de muchas cosas, mas comprendemos cada vez menos sobre la real naturaleza humana.
Por otra parte, si bien los logros de la ciencia y la tecnología han hecho la vida más cómoda, a la vez, han logrado hacerla menos humana. La idea del crecimiento ilimitado ha alejado al hombre de sus orígenes; lo ha deshabitado de lo esencial. El sujeto se ha ido vaciando del sentido de ser; se ha vaciado de alma. El alma es sabiduría, no conocimiento. El enfoque post-moderno nos ha alejado de lo natural para sumergirnos en el vacío conceptual: vivimos el “nihilismo de la transparencia o de la neutralización” como lo califica Baudrillard.
A pesar de la globalización, el hombre, como nunca antes se ha perdido en la nada vertiginosa. La disyuntiva hamletiana, “ser o no ser”, parece ya no tener cabida en nuestros tiempos. “A cual de las múltiples máscaras me adhiero yo” es la problemática emergente. El pensador venezolano, Juan Liscano, expresa la condición del hombre actual con las siguientes palabras: “el vacío del alma contemporánea [resulta de la ruptura del] vínculo espiritual con la naturaleza y sometida ésta a la exploración tecnológica y a la destrucción ecológica, el civilizado se llena de hechos efímeros existenciales, de inmediateces evanescentes, de novedades publicitadas, envejecidas en seguida, ausente, exacerbado el ego, sin participación ya en el inmenso ritmo cósmico. Es persona y no participante dinámico del orden universal, es decir, personoe, máscara de actor, sólo personaje en una desordenada e improvisada representación del indefinible absurdo que nos rige” (1993, p. 117).
Por ello, si la época de Freud puede ser conceptualizada como la era de la neurosis, la nuestra pueda ser insertada, además de la psicosis, bajo la égida de la psicopatía: del pathos (sufrimiento) de psyche (alma). La psicopatía con sus manifestaciones destructivas y su carencia de ley, orden y límites nos remite directamente al titanismo. Hemos traído lo titánico-prometéico a escena y hemos enviado a Eros, el principio de relación, de conexión y de intimidad (interna y externa) al exilio. Y es que Eros necesita tiempo de sedimentación, y tiempo es de lo que más carecemos: queremos más tiempo para matar el tiempo. Donde no hay eros, reina el poder, concluye Jung. Es decir, la psicopatía. Todos contenemos en nuestra naturaleza esta inferioridad psicopática capaz de irrumpir cuando nuestro “precio” es alcanzado: sea este precio traducido en poder, prestigio, dinero o placer. Realizando una impostación junguiana al terreno psicosocial, el analista junguiano, Adolf Guggenbühl-Craig, nos ejemplifica en su obra Eros on Crutches, las consecuencias del exilio de Eros: Si bien, un guerrero con Eros lucha en defensa de los valores que le son importantes y está presto a entregar su vida por salvar la de otros o por sus elevados ideales, un guerrero sin Eros, en cambio, es un mercenario brutal, un asesino en masa, un exterminador demoníaco.
Sin Eros, nos hemos convertido en máquinas omni-deseantes a fin de colmar el vacío que nos invade. Más, lejos de colmarse, los deseos cumplidos se precipitan al abismo, pues nuestros deseos no tienen una meta legítima. Carentes de un proyecto de vida, son deseos sin objeto. No son motivados por Ananké (Necesidad natural que determina la vida psíquica desde el comienzo) sino que surgen de las necesidades artificiales impuestas por el fantasma del consumismo que nos subyuga bajo una forma vacía e inescapable de seducción.

Exiliados de nuestra interioridad, surge en el hombre contemporáneo un renovado interés por la religión. La palabra religión procede del latín “religare,” que significa re-conectar. Sin embargo, literalizamos la necesidad de reconexión con nuestra interioridad escindida buscando nuevos dioses o renovando los viejos. Por ello, Kristeva concluye que esta aparente religiosidad “más que surgir de una búsqueda legítima, parece, más bien, producto de una pobreza psicológica que provee la fe de un alma artificial con miras a poder reemplazar a la subjetividad mutilada.”Como todo lo relativo al postmodernismo, también esos intentos de religiosidad han asumido un matiz “light” y se han ubicado bajo el edulcorado término de “New age”, nueva era. Dentro del marco de la irracionalidad que nos domina, aquello incapaz de ser representado o aprehendido conceptualmente como lo sublime (Kant-Lyotard) o lo numinoso (Jung) adquiere una enorme importancia simbólica en el pensamiento postmoderno. En consecuencia, las formas religiosas moldeadas por lo sublime como el misticismo parecen encontrar ecos sonoros en nuestros tiempos.
Paralelamente, podemos observar otra situación que está teniendo lugar en la actualidad: en un intento por protegerse de la angustia traída por la diversidad y pluralidad de discursos, saberes y valores, la conciencia condicionada culturalmente al pensamiento monoteísta, al borde del colapso, adopta reglas rígidas e inflexibles traducidas en un fundamentalismo que no es otra cosa más que la afirmación de la “absolutización de lo relativo.” Como consecuencia de la ausencia de mediaciones dialécticas imposibilitada por el exilio de Eros, surge la sombra del poder y, con la misma, la polarización bien-mal, con sus conocidas (y experimentadas) nefastas consecuencias: la historia universal (y local) reciente ha sido ejecutor y testigo del resultado de este estado de unilateralidad, de sectarismo. Las “grandes narrativas” que declaramos inoperantes vuelven a levantarse de las cenizas y los textos sagrados buscan recobrar un lugar regente a fin de determinar el curso del desarrollo y las metas del hombre. Pese a que el fundamentalismo religioso es el ejemplo más claro de la reafirmación de las grandes narrativas frente a las tendencias culturales inaceptables (relativismo moral) no es la única forma de fundamentalismo: podemos hablar también de un fundamentalismo político, ecológico, moral-secular, etc. Las ansiedades paranoicas son despertadas bajo el clima de terror y sospecha imperante en la era del terrorismo. En consecuencia surge una paradoja: aunque el individuo postmoderno muestra un marcado cinismo frente a las instituciones oficiales, al mismo tiempo, cree firmemente en la existencia de conspiraciones por parte organizaciones secretas políticas, militares, industriales, etc. que imagina controlan no sólo las instituciones significantes (gobierno, prensa, mercados) sino la existencia misma de los ciudadanos.

EL PAPEL DEL ESPACIO ANALÍTICO EN NUESTROS TIEMPOS

Si bien la tecnología no nos deja desamparados al ofrecernos la más diversa variedad de psicofármacos, a la vez, esos “paraísos artificiales” sólo perpetúan el problema cartesiano al atender el cuerpo y no el alma.
El espacio analítico tiene un papel fundamental en la recuperación del alma producto de estos tiempos de vacuidad y exceso: ofrece el témenos (espacio sagrado) a fin de que el hombre se re-encuentre con su intimidad perdida y pueda redimir su visión de la vida carente de interioridad. Es el lugar capaz de invitar la reflexión con miras a conducir el caos, a un cosmos y a un nuevo orden.
REFERENCIAS:
- Baudrillard, J. (1994) Simulacra and Simulation. Traducido por Sheila
Faria Glaser. The University of Michigan Press.
- Baudrillard, J. (2002) La ilusión vital. Siglo XXI de España Editores S.A.
- Beckford, J (1993) “Religion, Modernity and Post-Modernity” en B. R. Wilson (ed.), Religion: Contemporary Issues. London: Bellew.
- Jung, C. G. 1979) Collected Works. Sir H. Read, M. Fordham, G.Adler and W. McGuire (eds.), 20 vol. Princeton, N.J.: Princeton University Press (Bollingen Series XX).
- Kristeva Julia (1995) New Maladies of the Soul. Traducido por Roos Guberman. New York: Columbia University.
- Liscano, Juan (1993) La tentación del caos. Caracas: Alfadil Ediciones.
- Nietzsche, F (1991) El nacimiento de la tragedia. Traducido por Andrés Sánchez Pascual. Madrid: Alianza Editorial.
- Nietzsche, F (1992) La Ciencia Jovial. Traducido por José Jara. Caracas: Monte Avila Editores.