LA RAZÓN DE UN NUEVO BLOG DE GESTIÓN CULTURAL

Ante la avalancha de información cultural noticiosa que recibimos diariamente gracias a la colaboración que me proporciona Arturo Álvarez D'Armas, poeta, fotógrafo y promotor cultural venezolano, así como otros valiosos amigos colaboradores, hemos decidido abrir un nuevo blog de promoción y gestión cultural. Sean bienvenidos todos los amigos interesados en promover la cultura y el arte en general. Pueden enviarnos sus colaboraciones, las cuales subiremos a este blog como entradas tan pronto como las recibamos. Quienes deseen colaborar pueden dirigirnos sus trabajos a nuestro correo personal: renedayre@gmail.com René Dayre Abella. Autor y promotor cultural.

sábado, 18 de mayo de 2013

La habitación de arriba

'La Chunga', de Vargas Llosa, triunfa, a las órdenes de Joan Ollé, 27 años después de su estreno

Irene Escolar, Aitana Sánchez-Gijón, Tomás Pozzi y Asier Etxeandia destacan en El Español

Irene Escolar, izquierda, y Aitana Sánchez-Gijón, en una escena de 'La Chunga'. / Javier Naval
 El macarra Josefino, un guapo achulado, oscuro y violento, pierde un capital a los dados, y para seguir jugando empuja a su novia, la adolescente Meche, a la cama de la Chunga, dueña de un barucho en las afueras de la muy arenosa ciudad de Piura, al norte de Perú. Las dos mujeres pasan el resto de la noche juntas. Por la mañana, Meche desaparece y nunca vuelve a saberse nada de ella. Esa sería la premisa o punto de partida de La Chunga, la pieza más representada de Vargas Llosa, que publicó y estrenó (primero en Lima, luego en Nueva York) en 1986. La temporada siguiente llegó al madrileño y desaparecido teatro Espronceda, con Nati Mistral, Emma Suárez y José Sancho, a las órdenes de Miguel Narros. Veintisiete años más tarde se ha repuesto, con gran éxito, en el Español, dirigida por Joan Ollé. La escenografía de Sebastià Brosa, que reproduce la planta principal del tugurio y, en su parte superior, la habitación de la Chunga, a la que se accede por una escalera, es minuciosamente realista, y gracias a la luz de Lionel Spycher (casi fulgor de acetileno) adquiere un aire de western sudamericano que podía haber firmado (y filmado) Arturo Ripstein.
La acción, según el autor, transcurre en 1945, pero sus hechuras son míticas: sucede en el territorio de los grandes relatos. Este aguafuerte podría muy bien desarrollarse en la Santa María de Onetti o en una taberna del Carmelo de Marsé, aunque, a diferencia de las evocaciones contrapuestas de Para una tumba sin nombre o los aventis de Si te dicen que caí, aquí no hay especulación verbal sino proyección mental. A lo largo del segundo acto, y ante el mutismo de la Chunga, que se niega a revelar su historia con Meche, los cuatro farristas autoapodados los Inconquistables (Josefino, el Mono, José y Lituma) imaginan lo que hubieran querido que pasara aquella lejana noche en la habitación de arriba. Joan Ollé utiliza un mecanismo sencillo y eficaz: un telón corto convierte la habitación en espacio de las representaciones mentales, en teatro dentro del teatro. No es mal sistema, aunque un poco redundante: quizás le hubiera convenido más a la puesta la manera de Buñuel, que no hacía distingos entre lo real y lo imaginario. O jugar simplemente con la preciosa claridad ensoñadora con la que Spycher baña a Meche cuando, invocada por los otros, se aparece, de modo literal, en el bar, como si fuera la versión humilde y juvenil de la Laura de Otto Preminger.
Irene Escolar está perfecta de naturalidad, de encanto, de intención y ofrece todos los matices de la entrega amorosa
Meche es Irene Escolar, una formidable idea de reparto: ha de convertirse, y lo consigue desde su entrada, en el centro de todas las miradas. Está perfecta de naturalidad, de encanto, de intención, y ofrece todos los matices de la entrega amorosa y la inteligencia de la muchacha. Es estupenda también la escena del “ascenso” a la habitación, con la balada de Silvia Pérez-Cruz a modo de himno, muy bien calzada por el sonidista Orestes Gas y coreada casi sonambúlicamente por los Inconquistables, y con unas coreografías breves y delicadas de Andrés Corchero: Ollé es imbatible en esas repentinas cristalizaciones poéticas.
Aitana Sánchez-Gijón realiza un poderoso trabajo, pero creo que su belleza y su elegancia juegan en su contra para el rol de la Chunga: no me la creo en ese figón. A mi juicio, el personaje requiere un rostro más duro y ajado, sobre el que podamos proyectar su historia anterior. La Chunga pide una actriz con más años y, sobre todo, más visceralidad, a caballo entre Chavela Vargas y Anna Magnani. Ya sé que esos altos percales no abundan y que se impone la composición, aunque Aitana Sánchez-Gijón tenía, en mi recuerdo, sequedad y desgarro en Las criadas de Mario Gas: quiero decir con esto que tiene los mimbres para alcanzar cotas más altas, de voz y de quiebro, en su enfrentamiento final con Josefino. Hay que aplaudir, sin embargo, sus escenas de intimidad con Meche, culminadas con una despedida antológica: ahí está impecable de tono. Encontré igualmente notable la escena de Meche y Lituma en la escalera, con un Jorge Calvo medidísimo y conmovedor, en un pasaje que está muy cerca del primer Tennessee Williams: de los cuatro Inconquistables es el que tiene un perfil más humano. Por el contrario, veo a un buen actor como Rulo Pardo un tanto plano y con una dicción algo forzada: también es cierto que su José tiene escasa tela que cortar.
Hay una parte de La Chunga en la que mi atención vagabundeó un poco. Al principio pensé: “Es que es una obra de dos —de tres, contando a Josefino— con una intensa historia central, y las quimeras de los Inconquistables se me antojan un poco satélites”. Obviamente, esos ensueños ayudan a levantar los perfiles de la Chunga y de Meche, pero diría que el problema es una cierta sobrecarga en el episodio del Mono. Tomás Pozzi, que siempre me hace pensar en una versión anfetamínica de Ulises Dumont, es una elección perfecta para ese arlequín desastrado y casi valleinclanesco, un motor con una vitalidad danzarina y excesiva: tiene mucha gracia pero, como todo lo excesivo, fatiga un poco. Ya desde el texto, el Mono es una criatura expresionista que no se puede encarnar desde el realismo, aunque para mi gusto a Ollé se le va la mano en el masoquismo central: hay un onirismo excesivo, cercano a Castellucci, en las máscaras dionisiacas, y es igualmente desmesurada la resolución de la escena. En el texto original, la Chunga y Meche le dan cuatro zurriagazos al Mono cuando aflora su secreto; en el montaje del Español le meten un machete por el culo: bien podría encontrarse un término medio.
El papel de Josefino, encarnación de un machismo repulsivo y ancestral, corre a cargo de Asier Etxeandia. Es un actor con indudable fuerza y su personaje es complicado, porque no es un chulo prototípico sino un pobre hombre que juega a chulo. Etxeandia me resultó sorprendentemente envarado al principio, pero poco a poco va desvelando las contradictorias capas de la personalidad de Josefino, y se crece y se afianza plenamente en el áspero fin de fiesta, la fantasía (¿o no?) de alcohol y brutalidad que cierra la obra, epilogada por una despedida que es puro y definitivo western crepuscular, con la diferencia de que sus protagonistas son mujeres: hermosa escena, hermoso diálogo y hermosa clausura.
La Chunga. De Mario Vargas Llosa. Dirección: Joan Ollé. Intérpretes: Aitana Sánchez-Gijón, Irene Escolar, Tomás Pozzi, Jorge Calvo, Rufo Pardo, Asier Etxeandia. Teatro Español. Madrid. Hasta el 16 de junio.

NOTICIAS RELACIONADAS

Selección de temas realizada automáticamente con

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada