LA RAZÓN DE UN NUEVO BLOG DE GESTIÓN CULTURAL

Ante la avalancha de información cultural noticiosa que recibimos diariamente gracias a la colaboración que me proporciona Arturo Álvarez D'Armas, poeta, fotógrafo y promotor cultural venezolano, así como otros valiosos amigos colaboradores, hemos decidido abrir un nuevo blog de promoción y gestión cultural. Sean bienvenidos todos los amigos interesados en promover la cultura y el arte en general. Pueden enviarnos sus colaboraciones, las cuales subiremos a este blog como entradas tan pronto como las recibamos. Quienes deseen colaborar pueden dirigirnos sus trabajos a nuestro correo personal: renedayre@gmail.com René Dayre Abella. Autor y promotor cultural.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Música / centenario

Britten, la voz que no se apaga

Día 22/11/2013 - 12.57h

Un 22 de noviembre de hace un siglo, coincidiendo con la fiesta de Santa Cecilia, nacía Benjamin Britten, el más importante compositor inglés desde la época de Henry Purcell

En 1945, cuando gran parte del continente europeo era tan sólo un gigantesco campo de ruinas, se producía el imparable despegue de quien poco después sería considerado como el más importante músico inglés desde los lejanos tiempos de Henry Purcell. El estreno en el Sadler’s Wells londinense, el 7 de junio de aquel año, de la ópera Peter Grimes reportaba al joven Benjamin Britten un clamoroso triunfo que muy pronto traspasaría -y eso era algo que no se contemplaba desde hacía siglos- la infranqueable frontera de las islas británicas.
Desde el mismísimo año de su llegada al mundo, 1913, justo un siglo después de que nacieran Wagner y Verdi, todo parecía encaminado para que el inmenso talento de Britten pudiera manifestarse con toda plenitud en el terreno operístico, por más que su estrella llegara a brillar con luz propia en todo tipo de géneros musicales.

Original y directo

Ya a partir de sus primeras obras (On this Island, Our Hanting Fathers, Ballad of Heroes o Paul Bunyan, todas ellas sobre textos de su gran amigo W. H. Auden), Britten manifestó un sentido privilegiado para la escritura vocal. Si su refinado instinto literario le permitió adueñarse con idéntica destreza de los versos de Michelangelo Buonarroti(Seven Sonnets), Donne (The Holy Sonnets), Blake (Songs and Proverbs), Pushkin (The Poet’s Echo), Hölderlin (Six Hölderlin-Fragmente), Hugo y Verlaine (Quatre chansons françaises), Rimbaud (Les Illuminations), Hardy (Winter Words) y Eliot (The Journey of the Magi, The Death of Saint Narcissus) o de las construcciones narrativas de Melville (Billy Budd), Maupassant (Albert Herring), James (The Turn of the Screw, Owen Wingrave) o Mann (Death in Venice), el caleidoscópico lenguaje britteniano logró que, a lo largo de un legado tan cuantioso como polifacético, cohabitaran sin estridencias todo tipo de huellas e influencias, en apariencia irreconciliables: estructuras formales isabelinas, prosodia heredada de Musorgsky, sutileza tímbrica y expresividad emocional de ecos mahlerianos, armonías, colores y ritmos deudores de Debussy y Stravinsky, cierta tensión expresionista de estirpe bergiana -Britten pretendió estudiar con el autor de Wozzeck, cuya escucha en Viena le provocó un perdurable impacto- o incluso un personal acercamiento al dodecafonismo son algunas de las características de un estilo que consigue ser espontáneo, directo y profundamente original e independiente.

Pacifista, progresista y homosexual

Antifascista en la década de 1930, pacifista y objetor de conciencia durante la Segunda Guerra Mundial -lo que forzaría su marcha a los Estados Unidos en unión de su siempre fiel Peter Pears-, progresista y homosexual en medio de la puritana sociedad inglesa de su época, Britten resultaría a la vez demasiado avanzado para el reaccionario establishment británico e imperdonablemente conservador para los guardianes de las esencias de la vanguardia serial de postguerra.
Los conflictos del individuo en el seno de una sociedad que le persigue en razón de su diferencia, frecuente en su producción desde Peter Grimes, la obsesión por la impureza, la decadencia o el omnipresente tema de la inocencia ultrajada, que marcarán óperas como The Rape of Lucretia, Billy Budd o la testamentariaDeath in Venice, todas ellas símbolos de ese imposible ideal de belleza y amor inviables en el marco de un contexto histórico hostil, la represión sexual y la corrupción del alma infantil -que confluirían a través de una música escalofriante en esa obra maestra de la ambigüedad llamada The Turn of the Screw- y una más o menos soterrada pulsión homoerótica, rastreable incluso en obras ajenas a la escena como Les Illuminations o los Seven Sonnets of Michelangelo, constituyen algunos de los pilares sobre los que Britten consolidó el discurso ético de algunas de sus partituras más memorables.

Obras para el público infantil

En 1942, un año antes de componer la formidable Serenade para tenor, trompa y cuerdas, el músico de Lowestoft logró con A Ceremony of Carols su primera obra importante dedicada a los niños. Desde entonces, el universo coral infantil ya no abandonará su carrera y a él consagrará piezas de extrema delicadeza como Let’s make an Opera (conocida también como El pequeño deshollinador), Noye’s Fludde o, sobre todas ellas, la ópera en miniatura The Golden Vanity.
El encanto onírico y la nostalgia de lo sobrenatural, encarnados en A Midsummer Night’s Dream, el horror ante la masacre bélica, ejemplificado en el estremecedor War Requiem, la atracción por las sonoridades exóticas del gamelán balinés, recreada en el ballet The Prince of the Pagodas, o la inesperada amalgama del espíritu de las alegorías medievales con la gestualidad rigurosamente codificada del teatro nô japonés, que vertebra las tres soberbias «parábolas de iglesia» y, en concreto, Curlew River, milagro de equilibrio musical, son otros tantos testimonios que explican por qué la obra de Britten conserva intacta su capacidad de fascinación.
Ahora, cuando se cumplen cien años de su nacimiento, podemos hacer nuestras aquellas proféticas palabras de Peter Grimes presentes en la escultura que recuerda a su autor en la playa de Aldeburgh, no lejos de su tumba: «Oigo esas voces que no se apagarán».

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