LA RAZÓN DE UN NUEVO BLOG DE GESTIÓN CULTURAL

Ante la avalancha de información cultural noticiosa que recibimos diariamente gracias a la colaboración que me proporciona Arturo Álvarez D'Armas, poeta, fotógrafo y promotor cultural venezolano, así como otros valiosos amigos colaboradores, hemos decidido abrir un nuevo blog de promoción y gestión cultural. Sean bienvenidos todos los amigos interesados en promover la cultura y el arte en general. Pueden enviarnos sus colaboraciones, las cuales subiremos a este blog como entradas tan pronto como las recibamos. Quienes deseen colaborar pueden dirigirnos sus trabajos a nuestro correo personal: renedayre@gmail.com René Dayre Abella. Autor y promotor cultural.

martes, 30 de abril de 2013

No se marchitan mis flores del mal

Marlon Brando y Maria Schneider en un fotograma de 'El último tango en París'.
Sin poseer ni una sola gota de aristocracia en mis venas, ni estar convencido de que todo debe cambiar para que todo siga igual, ni haber pisado nunca Sicilia, ni tener demasiadas cosas que perder, me siento tan apesadumbrado como el príncipe de Salina en medio del baile, despidiéndose con su mirada de las cosas que ama al final de la conmovedora El Gatopardo. Me ocurre cuando paseo por Madrid y la exhaustiva memoria sentimental identifica los lugares que antes fueron salas de cine o veo otras en las que presientes su inmediata agonía. Sabiendo que no serán restauradas ni reemplazadas y que sientes irracional alergia a relacionar los multicines de los grandes centros comerciales, los únicos que parecen tener garantizada la supervivencia, con tu ritual ancestral de lo que suponía ir al cine.
Si a eso le añado que mi cumpleaños me afirma que ya llegó el invierno (pero de verdad, no como en la serie Juego de tronos, que llevan anunciándolo desde el primer capítulo y sigue sin aparecer en su tercera temporada), la melancolía prematura crece ante la irremediable desaparición de una de las mejores cosas que me ofreció la vida, el bálsamo infalible que descubriste en la niñez para todas las heridas del alma.
Y está claro que aunque dispongas en tu casa de las películas que amas y puedas disfrutarlas con impecable imagen y sonido, sin que te amenace el ataque de nervios y la furia asesina contra los extraños que engullen ruidosamente a tu lado las odiosas palomitas, nada volverá a ser igual cuando desaparezcan los cines, cuando solo sea un recuerdo lo que Cabrera Infante definió inmejorablemente como Arcadia todas las noches.
La memoria sentimental te recuerda los lugares y las circunstancias en las que viste por primera vez películas que te removieron a perpetuidad, con las que estableciste una relación tan apasionada como enfermiza, habitadas por gente, sentimientos y actitudes con las que te identificas emocionalmente hasta lo alarmante, que aunque sepas de memoria lo que van a hacer y a decir siempre te provocan el nudo en la garganta y las lágrimas. No son las mejores películas que has visto, el clasicismo tal vez no las admita en su intocable gremio, pero son tuyas, han golpeado tus fibras íntimas a perpetuidad.
Siempre vivo en estado de trance El buscavidas, fascinado por el calvario y la redención de aquel tipo arrogante que poseía talento, pero que tuvo que aprender al precio más trágico a tener carácter, a ganarle la definitiva partida a Gordo de Minnesota, a enfrentarse a su explotador, a sus demonios, al lacerante recuerdo del suicidio de la única persona que creyó en él (“Hemos firmado un contrato de mutua tristeza y una impenetrable oscuridad nos rodea”), a costa de que le expulsen de su suprema afirmación, de que le prohíban para siempre expresar su arte.
Aunque el título de Lo importante es amar incite a salir corriendo, todo es anticonvencional, febril, salvaje y desesperadamente lírico en esa inmersión en el infierno, en la historia de amor entre dos personas rotas y que saben que habrá víctimas. La conversación de la maravillosa Romy Schneider con su marido antes de que este trague el matarratas es la secuencia que más me ha perturbado en la historia del cine. Siento algo parecido en el monólogo de Brando ante el cadáver de su esposa en Último tango en París, en su primer encuentro con Maria Schneider, en la alcohólica y patética persecución por las calles de París de esa persona que su pone su último tren vital mientras que ruge el saxo de Gato Barbieri. En la piedad, el misterio y la lírica que despliega Lauzon contándome la historia de Léolo, ese niño que sueña para escapar de la locura. En todas ellas existe una verdad, una belleza, una pasión y una complejidad que emocionan. Y también duelen.

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lunes, 29 de abril de 2013

La Stasi se cita con el escenario en Dresde

Ocho víctimas y un funcionario del servicio secreto recuerdan sus experiencias en 'Mis actos y yo'

Tras vender todas las entradas en su estreno, la obra estará en cartel hasta junio

Gottfried Dutschke (izquierda) y Peter Wachs durante la obra. / Cedida por el Statsschuspiel
Una vez más Alemania se cita con una de esas oscuras etapas de su historia a la que no tiene miedo a enfrentarse. Y no, no se trata de los nazis, esta vez le toca el turno a la República Democrática de Alemania (RDA). En Mis actos y yo (Meine Akte und ich), ocho víctimas y un funcionario del Ministerio para la Seguridad del Estado (Ministerium für die Staatssicherheit) toman el escenario de la Staatsschauspiel de Dresde para recordar sus experiencias con la Stasi.
La función se enmarca dentro del proyecto Vidas paralelas: El siglo XX a través de la policía secreta impulsado por el Festival Internacional de Teatro Divadelná Nitra de Eslovaquia, en el que participan ocho países del antiguo bloque soviético. "Vendrán de Hungría, Polonia, Rumania y Chequia, entre otros. Yo me encargo de la parte alemana y soy el único que ha sugerido trabajar con testigos de la época", explica desde el otro lado de la línea telefónica en alemán Clemens Bechtel (Heidelberg, Baden Würtemmberg, 1964), director de la obra, estrenada el domingo en Dresde.
La iniciativa pretende rescatar el papel del servicio secreto antes de 1989 dentro del ambicioso marco del festival que busca poner el foco sobre fenómenos sociales y la recuperación de la memoria histórica. "Uno de los puntos clave del proyecto es que se abra un diálogo entre víctimas y funcionarios o autores de crímenes. Deseamos que 20 años después empiecen a sentarse juntos y promover el dialogo".
Evelin Ledig-Adam durante su actuación.
Los textos de la obra de 90 minutos de duración se escribieron a partir de una serie de entrevistas con los protagonistas: cinco víctimas de la policía secreta y tres que narran su historia desde la perspectiva de la Stasi. Entre ellos, se encuentra Gottfried Dutschke (Hainsberg, Turingia, 1945). Licenciado en Ciencias del Deporte y Biología, el alemán fue arrestado por ayudar a un grupo de amigos a huir de la RDA para reencontrase con familiares al otro lado. “A mis hijos, mi mujer y conocidos ya lo han escuchado, pero se lo quería contar a los jóvenes. Hay gente que quiere acabar con estas vivencias pero debe haber memoria histórica. Esta gente aún existe y podría ser peligrosa”, apunta sin tapujos. Tras arrestar a uno de sus compañeros de universidad en Praga, la Stasi encerró a Dutschke dos años y medio en la cárcel de Gera, una localidad a 133 kilómetros al oeste de Dresde. “Fue terrible. Mi mujer le dijo a mi hijo de 10 años que estaba en el hospital. No les hicieron nada pero estuvieron bajo vigilancia”. Junto a él, opositores, ciudadanos de otros países del bloque e, incluso, algún exfuncionario formaban parte de una prisión en la que Dutschke fue también castigado en una celda de aislamiento. “Me metieron ahí durante tres días por negarme a salir a andar y contestar a un guardia. Fue horrible: sin luz, contacto humano y sin saber hasta cuando”.
El histórico encuentro no ha resultado, sin embargo, sencillo de organizar. “Dar con víctimas que estuvieron en la cárcel o tuvieron malas experiencias es relativamente fácil pero, lógicamente, es más si uno ha tenido algo que ver con la Stasi. Está estigmatizado, es una marca diferenciadora. Normalmente esa gente esconde su biografía”, considera Bechtel. Entre las escasas personas presentes relacionadas con los funcionarios Evelin Ledig-Adam (Vogtland, Sajonia, 1955), evoca la experiencia de su primer marido. Bajista y violinista de profesión, él confesó a su mujer haberse unido a la Stasi en 1984, dos semanas después de haber firmado el contrato. “Se unió para poder viajar y su trabajo consistía en informar sobre otros músicos. Por aquel entonces pensé que era una traición a los ideales. Tenía miedo de hablar de compañeros y de si querían ir a la República Federal. Lo que nunca sabré es si escribió informes también de mí”, sospecha la antiguamente relaciones públicas de un teatro.
Mis actos y yo se suma así a la ya extensa memoria histórica de un país que, a pesar de saldar sus cuentas con la etapa comunista, ha ido aún más lejos en lo relativo a la época nazi. "Sobre ese periodo hay un verdadero diálogo. De niños nos llevaron con el colegio al campo de concentración de Buchenwald y a mí me impactó profundamente. Es algo que no se olvida", comenta Ledig-Adam. "Después de la Segunda Guerra Mundial hubo más juicios y castigos. Ahora, la gente ha viajado mucho, ha visto mundo, están bien educados y a lo mejor ha llegado la fase de pensar", argumenta Dutschke. "Espero que la juventud conozca esto y no piensen solo en coches y cosas banales. Sería triste y peligroso".

El régimen de la RDA como protagonista en la cultura alemana

Entre los escritores quizá fue Ronald M. Schernikau el que mantuvo una relación más estrafalaria con la República Democrática Alemana (RDA): nacido en el Este en 1960, de niño pasó con su madre a la República Federal escondido en un maletero. En Hannover se afiliaría al Partido Comunista y, todavía un escolar, escribiría una novela corta sobre un joven homosexual de provincias. Lo convirtió en una de las jóvenes promesas literarias en alemán. Cuando todo el mundo daba por muerta (con razón) a la RDA, el escritor solicitó la nacionalidad de su país natal. Se instaló en Berlín oriental en 1989, apenas unas semanas antes de la caída del Muro. Su libro de aquellos días Die tage in l. (Los días en L.) lleva el subtitulo “De cómo la RDA y la RFA no se entenderán nunca y menos a través de su literatura”. Nunca se publicó en el Este.
Schernikau murió de algo relacionado con el SIDA en 1991, en la Alemania ya unificada. Había terminado su tremendo mamotreto satírico y trágico legende (Leyenda. Contiene episodios como “Una canción para Rostock”, donde imagina una imposible victoria de la RDA en Eurovisión y la consiguiente organización del Festival en la ciudad norteña de Rostock. No se publicó hasta 1999.
En el teatro, que disfruta de gran popularidad en Alemania, ha llamado mucho la atención la pieza de 2003 Zeit zu lieben, Zeit zu sterben (Tiempo de amar, tiempo de morir), escrita por Fritz Kater. Pone en las tablas escenas de la vida de varios jóvenes de la RDA, entre nostálgicas y deprimentes.
La autopsia de sus regímenes históricos fracasados es uno de los temas principales en la cultura popular alemana. Hace décadas que interpretar a un nazi en una gran producción sirve de trampolín internacional para actores de lengua alemana. Como segunda opción queda la RDA, cuyo abanico de personajes abarca desde el espía noble de La vida de los otros (Florian Henckel von Donnersmarck, 2006) hasta la enternecedora comunista enferma de Good Bye, Lenin (2003), de Wolfgang Becker. El thriller sobre la policía política de la RDA y la comedia sobre la caída del Muro fueron enormes éxitos internacionales. Menos conocida fuera, pero también un éxito en Alemania, fue la comedia de Leander Haussmann Sonnenallee (1999). Desde que desapareció en 1990, la RDA ha inspirado una larguísima lista de películas de cine y televisión.

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domingo, 28 de abril de 2013

Con todo su dolor, papá Fitzgerald

Las cartas del autor de ‘El gran Gatsby’ a su única hija se publican en español

Las misivas revelan los anhelos y esperanzas del malogrado escritor

Frances Scott Fitzgerald, de la mano de sus padres, Zelda y Francis Scott Fitzgerald.
 Como tantos hijos de padres demasiado autodestructivos y complicados, Frances Scott Fitzgerald construyó una invisible red de seguridad entre su famoso progenitor y ella. No era falta de amor, muy al contrario, era simple instinto de supervivencia. La hija de uno de los escritores más grandes y malogrados de la historia de la literatura pecó de frialdad como única tabla de salvación frente a los tormentos de su padre. No se le puede reprochar a la pequeña Scottie, o Scottina, como a veces la apodaba él, la añoranza infantil por una familia más convencional. Tampoco, que fuera una chica egoísta. Ella misma lo reconoce con pesadumbre en el prólogo a Cartas a mi hija (Alpha Decay): “Comprendí que sólo había una manera de sobrevivir a su tragedia, y era ignorarla”.
El volumen reúne por primera vez en español la correspondencia que Fitzgerald mantuvo con su única descendiente, desde su primer campamento de verano hasta la universidad. Son, sencillamente, piezas tan sabias, delicadas y desnudas, escritas con tanto amor y compresión hacia ella, con tanta esperanza, que resultan desgarradoras. Como apuntó el escritor Malcolm Cowley en una entrevista a The New York Times, cuando Fitzgerald escribe a su hija en Vassar lo hace en el fondo a sí mismo en Princeton, antes de que todo se echara fatalmente a perder y se derrumbara definitivamente. “En la vida, solo creo en las recompensas por la virtud y en los castigos por no cumplir con tus obligaciones, que sin duda se pagan caros”, le escribió el verano de 1933. “¿Le pedirás a la señora Tyson que te deje echar un vistazo a un soneto de Shakespeare donde se lee el verso ‘El lirio que se pudre huele peor que la maleza?”.
Cartas a mi hija está traspasado de una urgencia y una magia que lo dotan de entidad independientemente de que uno sea o haya sido lector de la obra de Fitzgerald”, señala Ana S. Pareja, editora del libro. “Salvando las distancias, es un testimonio equiparable a las Cartas a mi madre de Sylvia Plath, es apasionante por sí mismo”. Frances Scott Fitzgerald, periodista y escritora que falleció en 1986, se decidió a publicar las misivas en 1965. Tenía 44 años, los mismos que su padre al morir. Un poco harta de escuchar las historias que todo el mundo tenía sobre él decidió contar la suya propia y desempolvar las cartas del cajón donde las había arrinconado durante años. “Cuando llegaban a Vassar, me limitaba a examinarlas en busca de cheques y nuevas y luego las metía en el cajón inferior derecho. Ahora estoy orgullosa de haberlas conservado. Sabía que eran magníficas, y si las conservé no fue, desde luego, por codicia, porque papá era entonces un oscuro escritor sin blanca y nadie podía imaginarse que El gran Gatsby se traduciría a 27 lenguas. Las guardé de la misma manera que uno guarda Guerra y paz para leerla en otro momento o Florencia para visitarla algún día”.
Scottie con su padre, Francis Scott Fitzgerald.
Los peores años empezaron cuando Frances tenía 11 años. A su padre, escribe ella, “el mundo se le empezó a venir encima” y comenzó a tomar forma lo que él enunció en su ensayo El Crack up, ese “lento proceso de demolición” del que ya no escapó nunca. Mientras el alcohol y el fracaso empezaban a dar sus devastadores frutos, él le escribía amorosas cartas a su hija donde le regalaba consejos literarios (“si no logras descomponer un poco tu prosa, se quedará en el nivel del periodista mal pagado”); la animaba a leer y escribir (“en un sentido literario, yo no te podré ayudar más allá de un determinado punto”); a construir un estilo (“no te habría escrito esta carta tan larga si no hubiera atisbado, por debajo del sonsonete de tu cuento, algunas huellas de un ritmo auténtico que tiene el sello de Scottina”); a que fuera una mujer atenta, (“el mundo, por lo general, no habita en playas ni en clubes de golf”); a que tuviese disciplina con sus estudios, al mismo tiempo que se mostraba tolerante con que ella prefiriese bailar, salir con chicos o pedirle dinero (“si no te haces a la idea, te convertirás en una de esas chicas que no saben si son millonarias o pobres de solemnidad. No eres ni lo uno ni lo otro”) y, finalmente, a que comprendiera la terrible tormenta que les acechaba. En una carta fechada en 1938, Fitzgerald le habla a su hija sobre su relación con Zelda, sobre el error que fue casarse con ella, sobre el daño que sin darse cuenta le ha causado: “¿Me harás el favor de leerte esta carta una segunda vez? Yo la reescribí dos veces”, le pide.
En la edición de Alpha Decay, el traductor, Albert Fuentes, ha creado un aparato de notas que en total incluye más de 100 referencias que no están en la edición norteamericana. Para ello, Fuentes ha contado también con Lettere a Scottie, edición italiana de 2003 a cargo del especialista Massimo Bacigalupo, que incluyó 20 cartas inéditas del padre y muchas de la hija que no han visto la luz en Estados Unidos. “Cuando conseguimos tener acceso a estas cartas, ya era demasiado tarde para incluirlas en nuestra edición”, explica Pareja. “Pero ahora también tenemos los derechos y puede que preparemos un pequeño volumen para ofrecer a los lectores en lengua castellana la otra cara de la historia”.
“Preocúpate del coraje, de la higiene, de la eficacia”, le escribe en 1933
Scottie fue el personaje de uno de los mejores y más trágicos relatos de su padre, Regreso a Babilonia. Un exalcohólico regresa a París a por su hija abandonada, su redención pasa por recuperarla, pero ella es ese horizonte de salvación que de manera inexorable se le escapa. “Algún día volvería; no podían condenarlo a estar pagando sus deudas eternamente. Pero quería a su hija, y al margen de eso ninguna otra cosa le importaba”, se lee al final del cuento.
En su carta más conocida, Fitzgerald le enumera a su hija (entonces aún en edad escolar) una serie de cosas de las que debe preocuparse y de las que no. “Preocúpate del coraje, de la higiene, de la eficacia, de la equitación... No te preocupes por la opinión de los demás, por las muñecas, por el pasado, por el futuro, por hacerte mayor, porque alguien te supere, por el triunfo, por el fracaso, por los mosquitos, por las moscas, por los insectos en general, por los padres, por los chicos, por las desilusiones, por los placeres, por las satisfacciones...”.
Quizá por eso baste para terminar con hacer caso a la propia Scottie, que cierra su hermoso prólogo también con una recomendación: “Escuchen ahora atentamente a mi padre. Porque da buenos consejos y estoy segura de que, si no hubiera sido mi padre, a quien tanto amé como odié, ahora sería la mujer más cultivada, atractiva, exitosa e inmaculada sobre la faz de la Tierra”.

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sábado, 27 de abril de 2013


Amores de filósofos

Por: | 27 de abril de 2013
Gunter_Stern_Hannah_Arendtpor LUIS FERNANDO MORENO CLAROS
Günther Stern (más adelante adoptaría el pseudónimo de “Anders”) se declaró a la joven Hannah Arendt en un baile de máscaras. Fue en Berlín, en 1929. Él era doctor en filosofía desde 1924, y ella —también filósofa— preparaba su tesis doctoral sobre el amor en San Agustín. Como buen kantiano, Stern la “conquistó” formulando un pensamiento enigmático para los no iniciados, le dijo que “amar es el acto por el que convertimos algo a posteriori —a saber: ese otro al que conocemos  accidentalmente— en un a priori de nuestra propia vida”. Poco después se casaron por sorpresa en una ceremonia civil, sin la asistencia de padres ni invitados. Los dos estaban enamorados: él, de ella; ella, de su antiguo profesor Martin Heidegger.
Arendt no podía olvidar al célebre “filósofo del ser” que había sido su amante durante los años de estudio en Marburgo. Heidegger, el excéntrico que con su verbo embobaba a alumnos y alumnas, casado y con dos hijos, había dejado morir la relación con Hannah. Ésta, despechada, decidió casarse “como quiera y con cualquiera” puesto que no podía tener a Heidegger. En esto llegó Stern, también exalumno del autor de Ser y tiempo, con quien no se llevaba bien.
La-batalla-de-las-cerezas-mi-historia-de-amor-con-hannah-arendt-9788449328138El matrimonio Stern fracasó. Se quebró definitivamente en 1937, durante las vicisitudes del exilio parisino. Muchos años después, solitario en Viena, Günther Anders, ya un pensador conocido gracias a libros como La obsolescencia del hombre, se entera de la muerte de Hannah, “primer y único amor de mi vida”, en 1975. En homenaje a ella y para acallar en algo su profunda melancolía se le ocurrió refrescar unas notas tomadas al vuelo durante el primer año de su matrimonio con la joven. Entonces, ambos creían sólo en la filosofía y en que algún día llegarían a interpretar el mundo y a descubrir los misterios del ser. Sentados en un minúsculo balcón, deshuesaban cerezas para hacer mermelada. Entre cereza y cereza, se entregaban a orgías filosóficas: ¿son las mónadas de Leibniz de verdad tan estancas como parece? ¿Somos nosotros como ellas, incapaces de comunicarnos de verdad? De ahí pasaban a tratar otros asuntos tan trascendentes como la esencia del Dasein para terminar refiriéndose a Heidegger y su fárrago ontológico, pero también a la situación que comenzaba a vivir Alemania en aquella época: el acusado nacionalismo y el ascenso político de la ultraderecha.
Las conversaciones que recreó Anders de memoria dan idea del ambiente en el que vivía aquella pareja de intelectuales noveles, rodeados de libros y conversando sin cesar. Se ve, no obstante, que Anders, aunque admira a Hannah y elogia su belleza, su inteligencia y autonomía, parece ser quien
llevaba la voz cantante: cuatro años mayor que ella, ya doctor y enfrascado en la elaboración de arduos estudios de antropología filosófica, se crecía delante de su esposa, a la que también parece reprocharle en secreto su amor por Heidegger y el empleo de su jerga. No sabía entonces que ella volaría de su lado para seguir su propio camino como pensadora: la llegada de los nazis contribuyó a ello en unos años en los que la supervivencia intelectual se volvió tan necesaria como la física.
Pero si las conversaciones parecen más bien anecdóticas, el ensayo de Christian Dries que las  compaña —y que da cuerpo a este libro estupendo y muy bien traducido— es utilísimo para cualquiera que desee ahondar en la relación de Stern y Arendt, poco tratada en las conocidas biografías de la autora de La condición humana. Situándose más en el punto de vista de Anders que en el de Arendt, el biógrafo nos relata algunos pormenores de la frustrada relación sentimental, y el relato es melancólico y hace reflexionar sobre la vida, sus ilusiones y sus fracasos: Günther Anders fue sólo un episodio en la existencia de Arendt, lo mismo que ella lo había sido en la de Heidegger; pero dichos “episodios” tuvieron consecuencias  inesperadas en ambos casos y cimentaron uniones que sólo la muerte finalmente separó.
Günther Anders. La batalla de las cerezas. Mi historia de amor con Hannah Arendt. Con un ensayo de Christian Dries. Günther Anders y Hannah Arendt: esbozo de una relación. Editado por Gerhard Oberschlick. Traducción de Alicia Valero Martín. Paidós, Barcelona, 2013, 158 páginas, 18,90 euros.
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LUIS FERNANDO MORENO CLAROS se doctoró en Filosofía con la tesis Platonismo en la filosofía del joven Schopenhauer. Traductor de E.T.A. Hoffmann, Nietzsche o Goethe, fue coordinador de la Biblioteca de Grandes Pensadores de la editorial Gredos. Es autor de las biografias Schopenhauer. Vida del filósofo pesimista (Algaba) y Martin Heidegger. El filósofo del ser (Edaf). Ejerce la crítica literaria en Babelia, el suplemento cultural de EL PAÍS.
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Artículo publicado en Babelia, suplemento cultural de EL PAÍS, el 27 de abril de 2013.
TOMADO DE:  http://blogs.elpais.com/tormenta-de-ideas/2013/04/amores-de-filosofos.html

viernes, 26 de abril de 2013

OBITUARIO

Fallece George Jones, la voz más imitada del ‘country’

Fue uno de los músicos más importantes del género

Yo era country cuando el country no era cool. Aunque su nombre no aparece en los créditos (que sí en la letra), George Jones, fallecido ayer en un hospital de Nashville a los 81 años, cantó el coro de ese éxito de Barbara Mandrell publicado en 1981. Le iba como anillo al dedo. “El cantante de country más importante de los últimos 50 años”, según The New York Times, empezó a ser cool (guay) cuando peor le iba en lo profesional y en lo personal. Ese periodo a mediados de los setenta en el que se aficionó a llevar pistola y a la cocaína. Cuando se convirtió en “el borracho y el drogadicto oficial del country”, según escribió en su autobiografía.
Llevaba ya un cuarto de siglo en el negocio, era una leyenda, y su forma de cantar se había convertido en el modelo de miles de vocalistas. De aficionados a estrellas como Garth Brooks, que nunca ocultó su deuda con Jones y consiguió lo que él nunca hizo, traspasar las fronteras de la música vaquera y llegar al público del pop.
La voz de barítono de Jones, llena de matices, sus canciones dolidas y tristes, especialmente en esas baladas desoladas en las que los protagonistas afrontan sus derrotas con un estoicismo casi determinista, se convirtieron en la quintaesencia del country. Para lo bueno y para lo malo. Aquellos que consideraban el country como música pueblerina de vaqueros tristones veían en él al paradigma de ese modelo. Muchas de sus innovaciones vocales se han convertido en tics casi cómicos por culpa de un ejército de imitadores carentes de personalidad.
En lo personal era el prototipo de artista que ganaba millones para arruinarse inmediatamente después. Un desastre ambulante que tuvo cientos de coches y docenas de casas. Un coleccionista de relaciones fallidas, con cuatro matrimonios a sus espaldas. El tercero con otra leyenda del country, Tammy Wynette.
George Glenn Jones, había nacido en Saratoga, Texas, y era hijo de un camionero que le regaló su primera guitarra cuando cumplió los nueve años. Empezó a cantar de adolescente; se casó por primera vez con 17 años; se divorció a los 18, antes del nacimiento del primero de sus cuatro hijos. Sirvió en los marines entre 1950 y 1953; publicó su primer sencillo en 1954; tuvo su primer éxito, Why Baby why, en 1955; empezó a actuar en Grand Ole Opry, la meca del country en vivo, en 1956 y consiguió su primer número uno en las listas, White lighting, en 1959.
Cuentan que se había presentado en el estudio tan bebido que tuvo que grabar 83 veces la toma de voz antes de que se diera por buena. A lo largo de su carrera conseguiría al menos otros 13 números uno, el último en 1982. Para entonces ya era cool, y su vida, dentro de lo que cabe, se había vuelto más estable.
En 1983 se casó con Nancy Sepulveda, que se convirtió en su mánager. Habían cumplido su trigésimo aniversario en marzo. En 1992, la guardia de honor del country, de Garth brooks a Patty Loveless, participó en la grabación de su sencillo I don't need your rockin’ chair. Y en 2012 recibió el homenaje final de la industria, que le otorgó un Grammy honorífico a los logros de toda una vida.


jueves, 25 de abril de 2013

La Chunga, más tablas para Vargas Llosa

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    Aitana Sánchez-Gijón en La Chunga, de Mario Vargas Llosa. Foto: Javier Naval.
JAVIER LÓPEZ REJAS | Publicado el 19/04/2013 |  Ver el número en PDF

Madrid vuelve a mostrar la vocación teatral del Nobel y académico Mario Vargas Llosa. El Teatro Español estrena el jueves 'La Chunga' con Juan Ollé como director y Aitana Sánchez-Gijón como protagonista. Ambos son ya cuerpo y alma de la obra dramática de Vargas Llosa tras haber subido a los escenarios 'La verdad de las mentiras', 'Odiseo y Penélope' y 'Las mil noches y una noche'.


En su discurso Elogio de la lectura y la ficción con el que recibió el Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa no se olvidó del teatro. Recordó el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades de su primera juventud donde vio subir al escenario una “obrita” escrita de su mano. “El teatro fue mi primer amor desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura de Lima La muerte de un viajante de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista”.

Igual de contundente y entregado a la escena se mostró cuando recordó su experiencia francesa en los años convulsos de Sartre y Camus, de Ionesco y Beckett, del descubrimiento de la obra de Brecht... Pero donde realmente desveló su agitación por las tablas fue recordando su experiencia como actor en España junto a Aitana Sánchez Gijón y el director Joan Ollé en títulos como La verdad de las mentiras (adaptación de un ensayo sobre sus lecturas preferidas y en las que se añadieron textos de Francisco Ayala, Faulkner, Onetti, Rulfo y Borges), Odiseo y Penélope (estrenada en el Festival de Mérida y en la que el propio autor encarnaba a Ulises) y Las mil noches y una noche (también con Aitana Sánchez-Gijón, esta vez cara a cara con Scheherezade).

El próximo jueves, el Teatro Español vuelve a programar al autor de La ciudad y los perros. De nuevo serán Joan Ollé y Aitana Sánchez-Gijón -acompañados de un elenco integrado por Irene Escobar, Tomás Pozzi, Jorge Calvo, Rulo Pardo y Asier Etxeandía- quienes suban al escenario madrileño La Chunga. El drama, escrito en 1986, sitúa la acción a mediados de los años cuarenta en el viejo bar que regenta la protagonista. Allí, con cuatro amigos entregados a la bebida y al juego, se precipita un argumento en el que una joven desaparece. A partir de entonces, se van sucediendo comentarios y especulaciones para desbordar después la acción con numerosas imaginaciones. Vargas Llosa mezcla en esta obra realidad y fantasía abordando las pulsiones más profundas del ser humano, de lo que busca y anhela, y de la realidad que le rodea a través de una lúcida reflexión sobre la verdad y la mentira.

Los inconquistables

“Durante años -explica Vargas Llosa- la Chunga iba y volvía, y yo fantaseaba con ella historias que no llegaba a escribir porque algo les faltaba para sentir el personaje en su totalidad. Un día, en Londres, a mediados de los ochenta, se me ocurrió que su medio natural no era la novela sino un escenario teatral. Y, entonces, la vi. De inmediato, también sentí que debía rodearla de los inconquistables, esos vagos y jaranistas legendarios de mi infancia de Piura que atronaban las chicherías con sus guitarras y sus cantos”.

De todas las obras de teatro del Nobel La Chunga es la que más se ha representado. La estrenó en 1985 en Lima el grupo Ensayo dirigida por Luis Peirano con Delfina Paredes en el papel principal. En Madrid fue estrenada en el Teatro Espronceda en noviembre de 1987 con Nati Mistral en el papel de La Chunga y con Emma Suárez y José Sancho como Meche y Josefino.

Para Vargas Llosa, tal vez la explicación de esta supervivencia tenaz sea lo universal “de ese quehacer que puebla con imágenes delatoras el ocio de los cuatro inconquistables: recurrir a la fantasía para alcanzar a través de ella a esos escurridizos fantasmas sin los que no podríamos vivir y que, en la realidad, se nos esfuman cada vez que creemos tocarlos”.

El director de la versión que podremos ver en el Teatro Español a partir del jueves, Juan Ollé (Barcelona, 1955), considera que el valor de La chunga está en la verdad que respira: “La obra es de una gran actualidad y tiene etiqueta de clásica. Al margen de las otras adaptaciones es la primera vez que nos enfrentamos a un texto teatral de Vargas Llosa. Aquí no es un literato sino un autor en toda su dimensión, se muestra plentamente como un dramaturgo”.

Ollé hace hincapié en la sencillez de la puesta en escena. Quiere buscar su textura, los olores, la musicalidad de las frases... “Hablar de homosexualidad femenina en el lugar y la época en la que se escribió, descubrirnos un mundo de pobreza, de macarras, de caciques y de amores prohibidos requiere de una gran valentía”. En esos años, Vargas Llosa andaba fascinado por las relaciones entre la ficción y la vida. “Por esa magia -precisa- a la que recurren casi todos los hombres y mujeres para desagraviarse a sí mismos de sus fracasos y limitaciones”. Chéjov, Buñuel, Camus o Pirandello son algunos de los grandes escritores que Ollé ha llevado al escenario en obras como Tío Vania, El ángel exterminador, El malentendido o Seis personajes en busca de autor. “He intentado hacer el gran teatro del siglo XX pero la ventaja de trabajar con una obra de Vargas Llosa es que puedes llamarle por teléfono y consultarle cualquier cosa que se te ocurra”.

Así, el autor Mario Vargas Llosa siempre ha tenido claro una cosa: “En el teatro todo ocurre como en la vida, una sola y definitiva vez. No hay dos representaciones que sean idénticas”. Para el autor también de obras como La señorita de Tacna, Kathie y el hipopótamo, El loco de los balcones y Ojos bonitos, cuadros feos, en una novela las palabras lo son todo, en un escenario las palabras son sólo parte de la historia: “Además, importan el gesto, la entonación, los silencios, los movimientos... Una historia escrita tiene una permanencia, una estabilidad de las que un espectáculo teatral carece”. Tenga o no que ver, las sugerencias del teatro de Vargas Llosa nos trae a la memoria la frase de uno de los personajes de Mankiewicz en Eva al desnudo en el que clama contra ese “cuarto de marfil verde que es el teatro”.

Finalmente, volver a su Elogio de la lectura y la ficción, en el que el Nobel reconoció en su labor teatral una corriente siempre latente entre su abundante producción narrativa: “Mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novela. Entre novela y novela, entre ensayo y ensayo he reincidido varias veces”. También “reinciden” ahora el Teatro Español, Joan Ollé, Aitana Sánchez-Gijón y, por qué no, el director de Artes Escénicas del Ayuntamiento de Madrid Natalio Grueso, que prosigue con su intención de poner en pie toda su obra dramática a través del ciclo que ahora protagoniza La Chunga.
TOMADO DE:
http://www.elcultural.es/version_papel/ESCENARIOS/32665/La_Chunga_mas_tablas_para_Vargas_Llosa

martes, 23 de abril de 2013

Persecuciones políticas: La Gran Purga y los Juicios de Moscú

Por Prodavinci | 22 de Abril, 2013
purga
Presunta carta de Stalin a Lavrenti Beria, ordenando la ejecución de 346 personas [c. 1940]
El último bolchevique en pie. En 1933 apareció el término “purga” en la vida política de la Unión Soviética. Se utilizó para ponerle nombre a la expulsión de más de 400.000 miembros del Partido Comunista. En adelante, durante más de dos décadas, la palabra sirvió para referirse a mucho más que la expulsión, pues empezaron los arrestos, la prisión, la deportación e incluso la ejecución. Entre 1936 y 1956, miles de miembros del Partido Comunista Soviético –además de socialistas, anarquistas y opositores— fueron vigilados y perseguidos sistemáticamente dentro de las instituciones del Estado donde trabajaban.
Durante este período fueron ejecutados casi todos los bolcheviques que participaron de manera relevante en la Revolución de Octubre y en el gobierno de Lenin. Sólo Stalin sobrevivió de la media docena de miembros del primer Politburó: cuatro fueron ejecutados y León Trotsky fue asesinado en México en 1940. Una cifra más, antes del relato: de 1.966 delegados que asistieron al XVII Congreso del Partido Comunista de 1934, 1.108 fueron arrestados y casi todos murieron ejecutados o en prisión.
La necesidad de afianzar a Iósif Stalin en el poder, tras la muerte de Lenin y los cuestionamientos a su liderazgo, fue más allá de la lealtad con el líder.  El Comisariado del Pueblo, mejor conocido como la NKVD, al mando de Nikolái Yezhov, se encargó de utilizar las figuras expiatorias del “saboteador” y el “disidente”, sumadas a las ganas de “quedar bien” con Stalin y la eficaz excusa del sabotaje. Los juicios públicos pasaron a ser condenas a los campos de concentración y las condenas pasaron a ser fusilamientos.
Los tres juicios. Hubo varios juicios secretos, pero hay tres que resumen la paranoia institucionalizada del gobierno de Stalin convertida en un arma letal, y por eso hoy son un referente histórico para entender las persecuciones dentro de las instituciones del Estado.
Todos los juicios fueron planteados como acusaciones de conspiraciones para matar a Stalin u otros líderes, desintegrar la URSS o devolver el capitalismo a Rusia. El primero fue en agosto de 1936 y fue contra Lev Kámenev y Grigori Zinóviev, dos miembros destacados del Partido. Se les acusó de planificar el controvertido asesinato de Serguéi Kírov, coordinando a más de una docena de camaradas. Luego de casi un año de cárcel, —donde como parte de la tortura se realizaban juicios simulados—, fueron a un juicio público. Todos fueron ejecutados. Meses después, empezando 1937, fue el juicio contra 17 miembros del Partido, entre quienes estaban Karl Radek y Gregori Sokólnikov. Cuatro fueron enviados a un gulag y murieron muy pronto. El resto fue ejecutado. En el tercer juicio, en marzo de 1938, apareció un nuevo fantasma: un bloque de supuestos derechistas y trotskistas que según la acusación estaba encabezado por Nikolái Bujarin. Lo más curioso de este juicio es que entre los 21 acusados estaba Génrij Yagoda, el camarada a cargo de apresar a los funcionarios investigados al comienzo de las purgas. Todos fueron ejecutados.
Zinoviev_and_Kamenev
Zinóviev y Kamenev
Las torturas. Luego de la fragmentación de la URSS en 1991, se reconoció que se empleaban métodos brutales para alcanzar las confesiones de los acosados: palizas diarias, impedirles el sueño, mantenerlos de pie y sin comer, además de amenazas de asesinar a sus familiares. Hay documentos que comprueban que un hijo de Kamenev fue acusado de terrorismo sólo con la intención de hacer confesar a su padre. Él y Zinóviev le pidieron al Politburó que protegieran su vida y la de sus allegados a cambio de la confesión, pero igualmente fueron fusilados. El caso de Bujarin fue distinto: solicitó protección sólo para su familia y ninguno fue ejecutado, pero Anna Lárina —su esposa— fue enviada a un campo de trabajos forzados, al cual sobrevivió para escribir las memorias de ambos.
Uno de los mayores vejámenes del derecho al libre ejercicio político que convierte a La Gran Purga en un referente fue que el buró político incluso echó mano de sus militantes más duros, quienes no se impresionaban con las torturas tras haber pasado por la persecución zarista, a que confesaran públicamente que estos juicios y esas ejecuciones eran necesarias para salvaguardar las conquistas de la URSS. Aún así, luego de confesar que los excesos de Stalin eran un mal necesario eran ejecutados, sólo que ante la opinión pública ya ellos habían estado de acuerdo con sus propias muertes.
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Nikolái Yezhov y Stalin
Yezhov, el problema. Ya en 1939 las autoridades soviéticas hicieron cosas como entregar a la Gestapo nazi a los refugiados comunistas alemanes, polacos y húngaros que estaban bajo el amparo ideológico de la URSS, como parte de un pacto de no agresión. Las víctimas pasaron de los campos de trabajo de la NKVD a los campos de concentración nazis de la SS. Pero ya desde un año antes Stalin y los suyos sabían que lo de las purgas se había salido de control.
Nikolái Yezhov fue sacado de la NKVD y sustituido por Lavrenti Beria, un paisano de Stalin cuya primera acción era de esperarse: una purga dentro de la propia NKVD. Tanto Yezhov como sus colaboradores fueron ejecutados ese mismo año. En noviembre, el Partido emitió un decreto para detener las persecuciones masivas, pero el hostigamiento se mantuvo hasta la muerte de Stalin, en 1953.
La Comisión Dewey. Al otro lado del mundo, en mayo de 1937, se estableció en EE.UU. una Comisión de Investigación para los cargos hechos contra León Trotsky durante los Juicios de Moscú. Se conoce como la “Comisión Dewey” por su presidente, John Dewey. La intención de limpiar el nombre de Trotsky permitió asomar a la opinión pública las pruebas de vicios en los tres juicios.
Al final, la Comisión Dewey concluyó que todos los condenados en los Juicios de Moscú eran inocentes, dejando tres famosas conclusiones: 1. Que durante los juicios nunca se intentó conocer la verdad. 2. Que las confesiones contenían imposibilidades que ponen en evidencia su falsedad. Y 3. Que Trotsky nunca instruyó a ninguno de los acusados para entablar acuerdos con potencias extranjeras ni quería restaurar el capitalismo en la URSS. En resumen: que los juicios fueron montajes, a pesar de las declaraciones de J. E. Davies, embajador de EE.UU. en Moscú, quien sostuvo siempre que los juicios y las acusaciones eran reales.
***
LEA TAMBIÉN: McCarthy y el Comité de Actividades Antiestadounidenses
TOMADO DE: http://prodavinci.com/2013/04/22/ideas/historia-ideas/persecuciones-politicas-la-gran-purga-y-los-juicios-de-moscu/?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed%3A+Pro

lunes, 22 de abril de 2013

Libros

Pedro Salinas: mucho más allá del amor

Día 21/04/2013 - 02.20h
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«Poesía inédita»recupera ciento cuarenta y dos poemas desconocidos del poeta de la Generación del 27

Pocas veces la lengua castellana tuvo un Cupido como él, un ángel debido al amor, siempre tan sencillo y claro que García Lorca decía de él que escribía un género verdaderamente especial, las prosías. Sus razones de amor, su voz a ella debida, su teatro tan poco conocido, sus estudios y ensayos, su pasión por aquella estudiante norteamericana que le hechizó el corazón en la Residencia de Estudiantes en 1932, aquella Katherine Prue Reding, aquel exilio del que nunca pudo regresar, la Patria al otro lado del Atlántico, y el aula en aula, de lección en el lección por los Estados Unidos.
Pedro Salinas, arquitecto de un hermoso edificio tantas veces construido silva a silva, Pedro Salinas, la presencia un poquito más mayor del 27, maestro del hipocondríaco Cernuda, adalid de aquel pastorcillo de Orihuela llamado Miguel. Pedro Salinas, como el jenial Juan Ramón al que siempre admiraría a pesar de los pesares, a pesar de los discutires, a pesar de que el Nobel cambiara en una ácida broma el «La voz a ti debida» por un «La voz a mí debida», Salinas como JRJ, no paró de escribir apenas un solo día de su vida. Ahí están sus libros, pero como es habitual en el oficio de poeta muchos de sus versos acabaron durmiendo en escondidos cajones, traspapelados los unos con los otros, dispersos.

Letra endiablada

Ciento cuarenta y dos de estos poemas inéditos han sido reunidos en «Poesía inédita» (Ed. Cátedra) en una rigurosísima edición de Montserrat Escartín Gual, catedrática y experta en la obra de Salinas. Escartín también es la autora de la exhaustiva y esclarecedora introducción. Sin duda, un trabajo de edición muy complejo. «Ciertamente –explica Montserrat Escartín–, el obstáculo más importante ha sido descifrar la caligrafía del autor, cuya endiablada letra ha convertido la transcripción en un constante ejercicio de paleografía.
Otra dificultad ha sido la consulta de los manuscritos en distintos archivos; el principal, en la biblioteca Houghton de Harvard, donde se custodia el legado de Salinas. Más allá de la caligrafía y la distancia, los frágiles soportes materiales donde fueron escritos los inéditos, la ausencia de datos para fechar los poemas, y la mala catalogación de los manuscritos han convertido su publicación en un apasionante desafío».

Cantidad y calidad

La editora aporta más detalles. «Como en La carta robada de Edgar A. Poe, los inéditos de Salinas siempre estuvieron ahí, ante los ojos de los investigadores, siendo la hermética caligrafía del poeta lo que ha logrado que pasaran desapercibidos y no se catalogaran. Fue la cantidad y calidad de estos inéditos lo que nos decidió a reunirlos en un volumen. El resultado es una antología de piezas muy diversas: desde esbozos con mayor o menor grado de elaboración a poemas ultimados».
A menudo, Salinas volvía sobre poemas antiguos. Cabe preguntarse si esta actitud guarda algún parecido con la de Juan Ramón Jiménez, que siempre llamó a su creación «obra en marcha». «Creo que la técnica de Salinas consiste más en aprovechar materiales descartados que en corregir una y otra vez la obra ya publicada; aunque, al escribir, sí aplica el mismo rigor que su maestro».
Además de en verso libre, estos inéditos también nos muestran a un maestro en poemas de estrofa clásica, con rima. «La opción de Salinas por el verso libre es muy temprana y se mantiene en toda su producción –continúa Escartín–, lo cual no impide que, ocasionalmente, elija la estrofa, caso de siete sonetos descubiertos o la presencia del isosilabismo. Sorprenden algunos poemas muy breves, en la línea de la poesía gnómica; y, en menor número, otros con largos versículos, de 20, 23 ó 26 sílabas en su etapa final, que obligan al estudioso a plantearse si eran indicios de un acercamiento del autor hacia el poema en prosa, experimentos de métrica o simples tanteos descartados».

Trascendencia y soledad

Se suele tener a Pedro Salinas por un poeta del amor, pero estas poesías nos hablan de muchas más cosas, de su trascendencia, de la soledad, de la incomunicación, de las dudas existenciales, incluso encontramos un desgarrador poema dedicado a la guerra, como «¡Oh, vosotros, hermanos!» «Este es uno de los atractivos para el lector: descubrir en los inéditos la presencia de temas nunca tratados por Salinas en su poesía publicada, como la llegada de los nietos; la enfermedad invalidante; el desarraigo; la realidad de la vejez; y otros, que le llevan a especular sobre el sentido de la vida o a meditar sobre la figura de Dios, motivo ausente en su poesía impresa. Para los estudiosos, en concreto, el libro reúne rasgos muy impropios del estilo de Salinas que obligará a revisar mucho de lo escrito sobre su poesía».

¡Oh, vosotros, hermanos!

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domingo, 21 de abril de 2013

Valente, una década de clausura

La casa del poeta en Almería sigue cerrada desde 2003, tras ser comprada por el Ayuntamiento para disponer de un lugar donde revivir su memoria

El poeta José Ángel Valente, en su casa de Almería. / LUIS MATILLA
El poeta José Ángel Valente (Ourense, 1929-Ginebra, 2000) creció entre verdes atlánticos y maduró entre grises ginebrinos. Para reconciliarse con España, escogió el fulgor de Almería. Periferia providencial para un intelectual alérgico al poder (que le rindió pleitesía a lo grande: Príncipe de Asturias, Reina Sofía, Nacional de Literatura...) que amaba la luz, el mástil idóneo para otear aquel nuevo país que se armaba sobre el esqueleto de una dictadura, que en 1971 le había montado un consejo de guerra al poeta por un cuento titulado El uniforme del general.
Valente eligió Almería, en el borde del mapa, lejos de las alfombras y cerca del esparto, en 1984 y le fue fiel desde su espíritu crítico, odiando sus vicios y amando sus cualidades, cuando pensó en su muerte. Pidió que su vivienda, restaurada con la entrega de un cartujo, se convirtiese en la Casa del Poeta, un espacio para que los almerienses le reencontrasen a él y a la poesía.
Esta fue la razón que llevó a su viuda, Coral Gutiérrez, a vender en 2003, tres años después del fallecimiento del autor de Material memoria, al Ayuntamiento de Almería el inmueble y su contenido, valorados en conjunto en 360.607 euros. “Tuve dos ofertas económicas más interesantes, pero eso la convertiría en una casa particular y José Ángel quería que fuese para la ciudad”, recuerda su viuda. “Cuando me marché de esa casa estaba triste, pero encantada porque cumplía su voluntad. Lo dejé todo, desde el abrecartas de plata mexicana a una vajilla. Al margen de la venta, hicimos una donación en la que había obra gráfica de Chillida y Tàpies. Él ya había donado en vida su biblioteca y sus documentos a la Universidad de Santiago. Felizmente”, añade.
Ese fue el espíritu, según la crónica de Ideal del 29 de octubre de 2003, que asumió el alcalde, Luis Rogelio Rodríguez-Comendador (PP), en su primera visita a la casa, además de anunciar la creación de una fundación y la convocatoria de un premio literario para 2004 con el nombre de Valente del que nunca más se supo.
El escritor donó en vida sus papeles y biblioteca a la Universidad de Santiago
De la Casa del Poeta, tampoco. Diez años después de la compra, el hogar del autor de Fragmentos de un libro futuro sigue cerrado. Si el espíritu del poeta vaga entre sus muros decimonónicos, debe lidiar con un prolongado aburrimiento. Y lo poco que ha ocurrido en este tiempo —unas obras que han alterado el estado original de la casa, que figura en el catálogo de elementos protegidos del plan urbanístico municipal— ha indignado a Coral Gutiérrez por atentar contra la voluntad de Valente: “Que tú adquieras una cosa no te da derecho a destrozarla. He visitado muchas casas de creadores y a nadie se le ocurrió mover una mesa. Tienes que mantener las cosas tal y como las dejó él, que se pasaba la vida cuidando esa casa. Estoy viviendo un drama con una impotencia total”.
En esta década el destino del inmueble viró en varias ocasiones. Coral Gutiérrez recibió del Ayuntamiento una propuesta de estatutos para crear una fundación, que rechazó por su cortedad de miras. “Era miserable que para un poeta como Valente, los únicos miembros de la fundación que proponían fuesen el alcalde y algunos más del Ayuntamiento. A mí no me daban derecho a voto. Yo estaría encantada de hacer una fundación donde tuviesen cabida universidades ligadas a Valente como las de Santiago o Salamanca y otras instituciones públicas”, explicaba esta semana en una cafetería de Madrid, recién llegada de Ginebra, donde reside.
Paralizada esta opción, se encargó un proyecto a la editorial El Gaviero para crear la Casa del Poeta que también acabó en vía muerta. Luego por fin ocurrió algo: esas obras que han contrariado a la viuda, especialmente dolida porque han sido acometidas por Ramón de Torres, el arquitecto que restauró en 1985 la casa en plena comunión con el espíritu poético de su propietario. “Al arquitecto que hace una casa, le dicen que la destruya y no dice nada, no tiene la delicadeza de llamarme. ¿Se vuelve insensible? Alguien tenía que haber dicho que no se podía hacer”, se queja Coral, para quien el proyecto solo puede ser uno: dejarlo todo, tal y como estaba en vida del escritor, y acoger recitales de poesía.
Ramón de Torres asegura que se limitó a realizar obras de mantenimiento y a preparar las instalaciones para facilitar las conexiones tecnológicas. También defendió una propuesta para exponer las últimas fotografías del poeta, ya en una fase crítica, realizadas por Manuel Falces “con la idea de que la casa se utilizase para divulgar obra de otros creadores y dentro de la interrelación con otras artes que había distinguido siempre a Valente”. Su recuerdo de la voluntad del poeta contradice el de Coral. “Él quería un centro activo y no una casa-museo, le horrorizaban”, afirma De Torres.
Sobre esta disparidad se apoya el concejal de Cultura de Almería, Ramón Fernández Pacheco, para justificar la inacción institucional. “En Almería hay un círculo amplio de amigos de Valente, en los dos años que llevo he hablado con todos y cada uno tiene una opinión diferente de lo que debe hacerse en la casa”, sostiene. El edil admite que una década sin uso es demasiado tiempo y anuncia que confía en sacar adelante un proyecto museográfico con el poeta como eje del “que su viuda y todo su círculo se sientan orgullosos”. Sostiene que los bienes retirados están guardados y se repondrán si el proyecto que se diseñe lo contempla. “Y si hace falta reproducir algo que ya no está, viendo la capacidad económica que tengamos, se hará”, añade, en alusión a la cocina, desmontada y destruida pese a su singularidad.
Valente repitió como una letanía que aquella casa le había escogido a él, mientras vagabundeaba junto a Coral por las calles de la antigua medina. Desde su azotea miraba el mundo —y la Alcazaba, esa fortaleza que recuerda que hace 1.000 años Almería bombeaba sabiduría sufí— y en el sótano-biblioteca se ensimismaba. Una singular escalera de caracol conectaba cielo y subsuelo, universo y ombligo. En Azotea en el sur escribió: “¿Cómo ascender si antes no hemos descendido? Solo por eso, puedo ahora, arriba, en la plenitud celeste, convocar el universo, llamar a los vivos y a los muertos, es decir, apurar mi luminosa copa de sombra”.
TOMADO DE: http://cultura.elpais.com/cultura/2013/04/20/actualidad/1366486016_226686.html