LA RAZÓN DE UN NUEVO BLOG DE GESTIÓN CULTURAL

Ante la avalancha de información cultural noticiosa que recibimos diariamente gracias a la colaboración que me proporciona Arturo Álvarez D'Armas, poeta, fotógrafo y promotor cultural venezolano, así como otros valiosos amigos colaboradores, hemos decidido abrir un nuevo blog de promoción y gestión cultural. Sean bienvenidos todos los amigos interesados en promover la cultura y el arte en general. Pueden enviarnos sus colaboraciones, las cuales subiremos a este blog como entradas tan pronto como las recibamos. Quienes deseen colaborar pueden dirigirnos sus trabajos a nuestro correo personal: renedayre@gmail.com René Dayre Abella. Autor y promotor cultural.

viernes, 31 de mayo de 2013

Todos los caminos del impresionismo conducen a Pissarro

Día 01/06/2013 - 00.43h
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El Museo Thyssen restituye la figura del artista francés, eclipsada por Monet, con la primera monográfica en España, que puede visitarse del próximo martes al 15 de septiembre

Humilde y colosal. Así definía Cézanne a Camille Pissarro, patriarca del impresionismo. Pese a ser uno de los que redactó los estatutos fundacionales del movimiento y el único de sus miembros que participó en las ocho exposiciones impresionistas, entre 1874 y 1886, no ha tenido el mismo reconocimiento que otros de sus compañeros: fue eclipsado por la fuerza arrolladora del ciclón Monet. El Museo Thyssen ha querido rehabilitar la figura de Pissarro con la primera monográfica de su obra en España: a partir del próximo martes, y hasta el 15 de septiembre, la pinacoteca vuelve a impregnarse de impresionismo con 79 obras del pintor francés, que revisan todas sus etapas. La muestra viajará después a CaixaForum Barcelona.
Un autorretrato de 1903 –se inmortalizó ya anciano poco antes de morir–, donado a la Tate por su hijo Lucien en 1931, cuelga, junto a una paleta en la que el artista pintó un paisaje en 1878, al comienzo de la exposición, que recorremos junto al comisario, Guillermo Solana, director artístico del museo. La vocación de maestro de Pissarro le llevó a enseñar a Cézanne y a Gauguin y, muy posiblemente, dio consejos a Van Gogh y Matisse. No está mal su curriculum...

El camino

Los paisajes dominan casi por completo la muestra. Como dominaron toda la producción de Pissarro. Solana ha puesto el énfasis en ese leit motiv que siempre acompañó el trabajo del artista francés: el camino. Muchas décadas antes de que la generación beat emprendiera su autodestructivo viaje On the Road, Camille Pissarro va escogiendo sus caminos y plasmándolos, literalmente, en sus lienzos. Los primeros, rurales: las calles de un pueblo, los senderos de un bosque, las carreteras que cruzan los campos...
Un rincón de Francia, Louveciennes, pasaría a la Historia del Arte como el lugar donde nació el impresionismo. Allí pintaron mano a mano Monet y Pissarro. Hay en la exposición paisajes de ese lugar. También de Pontoise, donde se establecería durante diez años. Siempre ha cargado Pissarro con el sambenito de pintor aburrido, monótono, demasiado clásico. No sería la alegría de la huerta, pero, como explica Solana, experimentó con su pintura: hay composiciones muy osadas y modernas. Pero, como ocurre en muchas ocasiones, el hijo se come al padre: Cézanne acabará devorándolo.

Marcha a la ciudad

Apenas un puñado de retratos se cuelan entre sus caminos: pinta a su hija, a su esposa... Y el camino continúa. Se detiene Solana ante una obra de la National Gallery de Canadá: «El antiguo camino de Ennery, Pontoise» (1877). Lo ve como el precedente de una de las obras más célebres de Van Gogh, «Campo de trigo con cuervos». Muy cerca, otra obra de Pissarro, «Sendero de la Ravinière», que perteneció a Gauguin. Otro de los lugares de Pissarro –siempre siguiendo el curso del Sena– fue Éragny, pero aquí ya el artista sufre un problema en la vista que le impide pintar al aire libre. Desaparece, momentáneamente, el camino en sus paisajes. Su pintura da un vuelco de 180 grados.
Pissarro se marcha a la ciudad. Son los años 90. Descubre nuevos caminos: las avenidas y bulevares de París, que pinta desde los balcones de varios hoteles de la ciudad. Es su etapa más célebre y reconocida. Cuelgan en las paredes del Thyssen obras maestras como «El Bulevar Montmartre, mañana de invierno» (1897), préstamo del Metropolitan de Nueva York. Pissarro retrata las Tullerías, el Louvre, la Rue Saint-Honoré... Pero también viaja a Rouen (donde Monet deslumbra con su serie de la catedral), Londres, Dieppe, Le Havre...

Siempre fiel a su estilo

Y nuevos caminos se cruzan en este viaje pictórico y vital de Camille Pissarro. Los últimos, los ríos y los puentes que pasan sobre ellos. Las elegantes avenidas parisinas dejan paso a los barrios proletarios e industriales. Alo largo de toda la exposición descubrimos que Pissarro no da grandes saltos estilísticos, se mantiene muy fiel a su estilo, evoluciona paso a paso, como explica Solana. Quizás Monet y Cézanne le ganaran la partida (sus obras son más famosas y cotizadas), pero advierte el comisario que Pissarro es «uno de los grandes del impresionismo; este movimiento no es solo Monet». El Museo Thyssen dedicará en un futuro exposiciones a otros destacados impresionistas, como Renoir y Caillebotte.

Un cuadro con polémica

TOMADO DE: http://www.abc.es/cultura/arte/20130601/abci-pissarro-201305312144.html

jueves, 30 de mayo de 2013

Arte

Picasso se reivindica en primera persona

Día 31/05/2013 - 01.32h

El Museo Picasso de Barcelona acoge la primera gran antología de autorretrato del artista malagueño

Pablo Picasso se autorretrató desde su infancia hasta poco antes de su muerte. Más de ochenta años retratándose. Una afición que ahora podemos analizar con detalle gracias a la exposición “Yo Picasso” que presenta en primicia su museo de Barcelona.
El artista escribió: “Yo pinto del mismo modo que otros escriben su autobiografía. Mis telas, acabadas o no, son las páginas de mi diario, y tienen validez como tales. El futuro escogerá las páginas que prefiera”. Esta declaración deja evidente su obsesión por captar sus diferentes estados de ánimos y sus diferentes etapas biográficas.
Picasso se reivindica en primera persona
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Autorretrato de 1907
Los comisarios Eduard Vallès e Isabel Cendoya reconocen que no hay una estructura lineal en el autorretrato picassiano. “La mayor parte de los autorretratos tradicionales los hizo antes de adentrarse en el cubismo con 'Les Demoiselles d’Avingon (1907)”. Este dato queda palpable en el espectacular “Autorretrato” de 1907, un óleo sobre lienzo, que se enmarca en el precubismo y que es una de las grandes joyas de esta exposición. El cuadro, que pertenece a la Národní galerie de Praga, ya estuvo hace años en el museo de Barcelona y ahora tiene el honor de capitanear la campaña de publicidad de esta cita obligada para los amantes del arte.
En la primera sala encontramos estos retratos que pertenecen a los primeros años. En esta necesidad de afirmarse descubrimos su primer óleo conocido donde aparece en segundo plano junto a un familiar con bigote que toma el protagonismo; el artista se pintó durante el verano de 1895 en Málaga a la temprana edad de trece años.

Barcelona, fuente de inspiración

Siempre se ha dicho que Picasso pintó la mayoría de sus autorretratos en Barcelona y esta gran recopilación lo confirma. En esta ciudad se dedicó a investigar las sombras, los rasgos y los contrastes entre los claros y los oscuros de la cara.
Y de ahí pasa a los autorretratos como creador, como artista, como pintor. En este apartado se puede hacer una división clara: los autorretratos individuales y en los que aparece acompañado en entornos bohemios con sus amistades. Su traslado a París en abril de 1904 cambiaría todos sus hábitos. Entre sus diferentes trabajos reconocemos a un Picasso disfrazado de Arlequín en el Lapin Agile, óleo que pertence a The Metropolitan Museum of Art de Nueva York. O interpretado como un saltimbanqui en un óleo propiedad de la National Gallery of Art de Washington.
Picasso se reivindica en primera persona
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Autorretrato de 1972
El comisario Eduard Vallès desvela algunas curiosidades de este gran viaje por el “yo” de Picasso. “En 1945 pintó una cabeza de muchacho, un retrato evocativo de su juventud, un ejercicio de volver a recuperar su infancia”, señala Eduard Vallés. La sombra también es clave en su trabajo. En 1953 pintó “La sombra sobre la mujer” después de que su mujer Françoise le abandonase y en 1963 realizó “El pintor y la modelo I”.
Sus autorretratos son, en efecto, un gran ábum de su vida personal y artística. Finaliza esta actividad en 1972 con dos autorretratos sobre la muerte, premonitorios de su defunción que ocurriría en abril de 1973. La despedida de esta gran muestra impactará al espectador con su “Autorretrato” de 1972 hecho con lápices y ceras de colores que pertenece a una colección particular de Tokio.

miércoles, 29 de mayo de 2013


Todos se acuerdan de Baby Jane

Bette Davis y Joan Crawford fueron dos de las más grandes estrellas de Hollywood y mantuvieron toda su vida una enconada rivalidad

“Tal vez se acuerde de mí. Soy Baby Jane Hudson”, decía Bette Davis en un momento de la película. “Oh… sí, claro”, mentía el empleado de una oficina postal. “Y, ¿quién sería esa Baby Jane Hudson?”, añadía un tercer personaje que salía en la secuencia. Al contrario de lo que ocurría en el filme, los buenos aficionados al cine no han olvidado nunca a Baby Jane, esa antigua estrella infantil que, vestida grotescamente como una niña, martirizaba y aterrorizaba a su hermana inválida dándole de comer incluso una rata muerta.
Bette Davis y Joan Crawford fueron dos de las más grandes estrellas de los años dorados de Hollywood y mantuvieron a lo largo de toda su vida una enconada rivalidad. El director Robert Aldrich compró los derechos cinematográficos de la novela en la que se basa el filme pensando en que ellas dos protagonizaran la película y trasladar así a las pantallas su larga y legendaria enemistad. Y es que ¿Qué fue de Baby Jane? (1962) es una historia de odios, celos y envidias entre dos hermanas. Una, Bette Davis, fue una niña prodigio que cuando creció cayó en el olvido. La otra, Joan Crawford, se convirtió en una gran estrella del cine pero quedó inválida después de un misterioso accidente.
Solo Bette Davis era capaz de interpretar a un personaje como Baby Jane sin caer en el ridículo. A la actriz no le importó en absoluto salir fea en pantalla y cantar y bailar de forma risible. Incluso ella misma preparaba el maquillaje que utilizó para afear su rostro.
Durante el rodaje no hubo grandes problemas entre las dos, aunque sí una fría distancia. Robert Aldrich, solía contar que todas las noches las dos le llamaban por teléfono tratando de influir para que su personaje tuviera más peso que el de su oponente. Después, la rivalidad se fue acentuando conforme se acercaba la ceremonia de los Oscar de aquel año. Bette Davis estaba nominada y Joan, que no había obtenido la candidatura, no se resignó a ser una mera testigo del éxito de su rival. Anne Bancroft, que optaba al premio por El milagro de Ana Sullivan, había anunciado días antes que no podría asistir a la gala, y Joan Crawford aprovechó la circunstancia para ofrecerse amablemente a recoger el Oscar en su nombre en caso de que fuera necesario. Y así fue. Anne Bancroft ganó y, aunque fuera por delegación, Joan consiguió subir entre aplausos al escenario ante la mirada atónita de su enemiga. Cuentan los asistentes que las dos se sentaban en la misma fila de butacas y que, al deslizarse junto a Bette Davis, la Crawford se limitó a decirle en un tono muy dulce: “¿Me disculpas?”.
¿Qué fue de Baby Jane? fue un gran éxito. Robert Aldrich intentó que las dos actrices intervinieran de nuevo en una película similar: Canción de cuna para un cadáver. En un principio Joan Crawford aceptó, pero antes de comenzar el rodaje renunció al papel y fue sustituida por Olivia de Havilland.
¿Qué fue de Baby Jane? es, por tanto, la única oportunidad de ver juntas a estas dos grandes reinas de Hollywood. Una historia de terror y suspense. Y como telón de fondo, la fugacidad de la fama en el mundo del cine.
TOMADO DE: http://cultura.elpais.com/cultura/2013/05/09/videos/1368100919_190053.html

martes, 28 de mayo de 2013

Arte

La inteligencia visual de Emmet Gowin, en la Fundación Mapfre

Día 29/05/2013 - 01.11h
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Exhibe en la sala Azca dos centenares de imágenes del fotógrafo norteamericano, que repasan cinco décadas de riguroso trabajo

© Emmet Gowin, cortesía Pace/MacGill Gallery, New York
© Emmet Gowin, cortesía Pace/MacGill Gallery, New York
© Emmet Gowin, cortesía Pace/MacGill Gallery, New York
© Emmet Gowin, cortesía Pace/MacGill Gallery, New York
© Emmet Gowin, cortesía Pace/MacGill Gallery, New York
© Emmet Gowin, cortesía Pace/MacGill Gallery, New York
© Emmet Gowin, cortesía Pace/MacGill Gallery, New York
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Es un artista atípico. Nada de ego, nada de pose, nada de divismo. Todo lo contrario. En una época de tanto «ruido» artístico, donde lo que prima es el arte-espectáculo, Emmet Gowin (Danville, Virginia, 1941) nos sorprende con su callado y silencioso trabajo. Destila humildad, contagia paz, felicidad... Así lo pudimos comprobar ayer en la presentación de la más completa retrospectiva de su obra que se ha visto hasta ahora en Europa: cinco décadas de trabajo continuo y apasionado (de 1963 a la actualidad).
Y es que, como comenta Pablo Jiménez, director del Instituto de Cultura de la Fundación Mapfre, es «un fotógrafo excepcional, tan intenso como discreto». No está reñido. Casi dos centenares de fotografías cuelgan, hasta el 1 de septiembre, en la sala Azca de la Fundación Mapfre (General Perón, 40). La muestra, aunque programada con anterioridad, se enmarca, al coincidir en las fechas, dentro de PHotoEspaña, festival al que se incorpora por vez primera esta fundación. La sala Azca tiene los días contados, pues esta entidad ha adquirido un edificio en el Paseo de Recoletos, vecino al que ya atesora, donde se mostrarán en el futuro las exposiciones de fotografía.

Una voz propia muy poderosa

Pese a que el trabajo de Emmet Gowin parece, a primera vista, fácil y nada extraordinario, explica el comisario de la muestra, Carlos Gollonet, que el fotógrafo tiene una voz propia muy poderosa, al margen de escuelas y movimientos, y sus obras son muy originales. Y decíamos que parece poco extraordinario, porque sus instantáneas parecen sacadas de un viejo y polvoriento álbum familiar. «Pero es la elegancia formal de estas imágenes lo que las hace especiales», advierte el comisario. Los modelos que aperecen en ellas son su entorno más cercano -los Morris, su familia política- y, muy especialmente, su esposa, Edith, que casi monopoliza sus retratos. La retrata obsesivamente a lo largo de toda su carrera. Acaricia con su cámara su cuerpo, su rostro, su pelo, sus ojos... El amor que siente por ella traspasa el objetivo.
Pero si al mirar estas instantáneas familiares parece que lo hacemos a través de una cerradura (nos tornamos en voyeurs que violan la intimidad), Emmet Gowin cambia completamente de registro en otras de sus series: mira el mundo desde lo más alto en sus fotografías aéreas. No hay medias tintas en Gowin: o mira muy de cerca o muy de lejos. Otro de sus grandes amores es la naturaleza, que también se cuela en muchas de sus fotografías. Viaja por Europa y por Asia y le atrapan las ciudades semiabandonadas: los paisajes de Matera (Italia), la ciudad roja de los nabateos, Petra, que le fascinó...

Agudo sentido moral e intelectual

Pero también le interesan los territorios devastados por el hombre: minas de carbón, centrales térmicas... «No denuncia, no emite juicios, tan solo nos transmite la necesidad de respetar la naturaleza», advierte el comisario, quien subraya el «agudo sentido moral e intelectual» de Emmet Gowin, amén de su especial sensibilidad. Están presentes en la muestra unas imágenes muy recientes, de 2012, realizadas para esta exposición. Son fotografías aéreas de un viaje a Andalucía, concretamente de la comarca de Guadix-Baeza. «Para mí es un honor y un privilegio estar en un país tan bello como España. Cuando Carlos (Gollonet) me propuso hacer estas fotos en Andalucía pensé que iba a poder hacerlas en tan poco tiempo, pero en menos de dos horas hice 20 ó 30 fotografías».
Además de una gran inteligencia visual, la curiosidad sin límites de Gowin también le llevó a apasionarse por la biología: los insectos y, especialmente, las mariposas nocturnas, que fotografió casi compulsivamente. También aquí vuelve a aparecer la omnipresente Edith, pero ya solo vemos su silueta.

«Si ves mis fotos, me ves a mí»

Le preguntan a Emmet Gowin por qué esa necesidad de fotografiar su entorno familiar. Cuenta que casi coinciden en el tiempo con la Guerra de Vietnam: «Yo pensaba qué podría ofrecerle a esa gente cuando volviera a casa... Alguien me comentó una vez que podría parecer algo incestuoso retratar a tu familia, pero cuando amas a alguien le prestas toda tu atención. Si hubiera sido una decisión intelectual hacer esas fotografías, hubiera fracasado. Es solo la reafirmación de lo más importante de mi vida, lo más precioso para mí». ¿Y por qué hay tan pocos autorretratos?, le preguntan. «La mejor forma de conocerme es viendo mis fotografías. Si ves mis fotos, me ves a mí».
En 2009 pronunció una conferencia en la Universidad de Princeton (incluida en el catálogo de la muestra). Fue su despedida. Y quiso en ella recordar a todos aquellos fotógrafos a los que debe tanto. Como Anselm Adams (tuvo una visión al ver de pequeño en la consulta deld entista una imagen suya de unos brotes de hierba junto a un árbol quemado), Robert Frank, Cartier-Bresson, Walker Evans o Harry Callahan, que fue su maestro
TOMADO DE: http://www.abc.es/cultura/arte/20130529/abci-mapfre-201305282104.html

lunes, 27 de mayo de 2013

Música

Hoy se cumplen 50 años de «Blowin' in the Wind»

Día 27/05/2013 - 15.02h

El 27 de marzo de 1963 apareció publicado en Estados Unidos «The Freewheelin' Bob Dylan»

Tres días después de cumplir los 22 años, Bob Dylan publicaba uno de los álbumes más influyentes de la historia de la música popular de todos los tiempos. Era su segundo disco, y esta vez iba en serio: once de las trece composiciones de las que se componía «The Freewheelin' Bob Dylan» eran suyas, frente las dos que había incluido en su debut.
Hoy se cumplen 50 años de «Blowin' in the Wind»
¡Y qué composiciones! En plena fiebre creativa (hubo muchos descartes) Dylan dejaba para la posteridad un puñado de himnos y estándars inmediatos: «Blowin'in the wind», «Masters of War», «Bob Dylan’s Blues», «A Hard Rain's a-Gonna Fall», «Don't Think Twice, It's All Right»...
Con ellos, y con el simple acompañamiento de una guitarra y una arrmónica, el músico de Duluth trascendía como nadie hasta ese momento los círculo del Greenwich Village y de la música folk, y se convertía en el portavoz de una generación que encontró en sus canciones las palabras que expresaban su insatisfacción, su descontento y/o su rebeldía.
Pacifismo e irónico sentido del humor impregnaban este inmortal trabajo. Pero antes de su grabación, a finales de 1962, Dylan había grabado un rock & roll, «Mixed Up Confusion», que fue descartado con la idea de lanzar al artista como cantautor acústico. También se eliminaron algunas pistas grabadas junto a una banda de acompañamiento.
Peter, Paul & Mary convertirían, en el verano de 1963, en un éxito mundial la respuesta que estaba en el viento. Porque a muchos les llegó el nombre de Dylan a través de las versiones que hicieron otros artistas de sus canciones: Sam Cooke, Johnny Cash, The Byrds... Los Beatles no escucharon este disco hasta 1964, y, naturalmente, quedaron inmediatamente expuestos a su influencia.
Hasta la imagen de la portada, un frío paseo en el cruce entre Jones Street con West 4th Street, junto su novia de entonces, Suze Rotolo, se ha convertido en un icono que ha perdurado en el tiempo. Se dice que fue ella, fallecida hace un par de años, la que introdujo en el cerebro del trovador esa conciencia política de la que luego renegaría.
La Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos seleccionó «The Freewheelin' Bob Dylan» entre las 50 grabaciones discográficas para ser añadida en el Registro Nacional de Grabaciones.
TOMADO DE: http://www.abc.es/cultura/musica/20130527/abci-thefreewheelin-201305271247.html

domingo, 26 de mayo de 2013

Muere el escritor y ensayista mexicano José María Pérez Gay

El traductor fue uno de los colaboradores más cercanos al excandidato presidencial Andrés Manuel López Obrador

José María Pérez Gay (Ciudad de México) recordaba el día en que, jovencísimo, conoció a Martin Heidegger en su casa en Alemania. Entonces era un estudiante de alemán y, acompañado por otro estudiante boliviano, se animó a visitar al filósofo alemán en su casa en Friburgo. Contaba que apenas había participado en la conversación porque su alemán estaba en pañales, pero guardó minuciosamente los detalles en su memoria. Tiempo después, Pérez Gay se convertiría en uno de los principales divulgadores en español de la literatura alemana del siglo XX. Traductor, escritor, ensayista, académico, diplomático y novelista, José María Pérez Gay murió este domingo en la capital mexicana, según anunció su hermano Rafael en su cuenta de Twitter. Tenía 70 años.
Pérez Gay creció en un edificio de la colonia Condesa en “un estrecho pero glorioso departamento”, evocaba en un texto escrito en 2009. Tras su estancia en alemana, y superado el trance por el aprendizaje del alemán, se convirtió en uno de los primeros traductores de alemán en el suplemento cultural de la revista Siempre!, que dirigía el también fallecido Carlos Monsiváis.
Se convirtió en un divulgador fundamental de la cultura alemana. Tras su encuentro con Heidegger –“a unos 20 kilómetros de donde Fausto hizo el pacto con el diablo” escribió– tradujo al español a T. W. Adorno, Jürgen Habermas, Thomas Mann, Franz Kafka, Walter Benjamin y Elias Canetti. El Gobierno de Austria le otorgó la Cruz de Honor para las Ciencias y las Artes y el Gobierno de Alemania, la Orden de la Gran Cruz al Mérito.
Sirvió como embajador mexicano en Portugal y agregado cultural frente a la República Federal Alemana. El excandidato presidencial mexicano Andrés Manuel López Obrador lo nombró como su interlocutor frente a la diplomacia extranjera en los tumultuosos días previos a la polémica elección presidencial de 2006, y no hizo un secreto que pensaba nombrarle como canciller de resultar ganador de la contienda. El nombre de Pérez Gay aparece con frecuencia en los cables del Departamento de Estado difundidos por Wikileaks en 2010 que mencionan la campaña electoral mexicana de ese año.
La cercanía con López Obrador fue tal que el candidato votó por él en las elecciones de 2012, por considerarle “un intelectual, un amigo” (en el sistema mexicano es posible votar por candidatos no registrados y el líder de la izquierda alardeó de no haberse dado el sufragio a sí mismo).
En una columna publicada en la revista Nexos en 2003, Pérez Gay recordaba una frase de Nietzsche, –a quien definía como “gran estratega de la dicha y uno de los más desdichados de todos”– “Quien no pueda olvidar todos los pasados, quien no sea capaz de habitar el instante, sin vértigo ni temor, nunca sabrá lo que es la felicidad y, peor aún, jamás hará feliz a los otros”. No hay ensayo suyo en que no evoque a algún escritor alemán, en el que habla con naturalidad y sencillez de pensamientos lejanos al lector, con incorregible pasión didáctica. Y también, siempre asoma una pizca de fina ironía. En otro texto, en el que también habla sobre la búsqueda de la felicidad, concluía: “La oferta de paraísos ha sido siempre menor a nuestras necesidades”. Las de la humanidad, es decir.

TOMADO DE:http://cultura.elpais.com/cultura/2013/05/26/actualidad/1369593329_113595.html

sábado, 25 de mayo de 2013

Mapa total de Blas de Otero

El poeta vasco es uno de los autores más influyentes de la posguerra

Con la publicación de su 'Obra completa' trasciende la etiqueta de poeta social

Blas de Otero, el 5 de junio de 1976, en un homenaje a Federico García Lorca en Granada. / Ricardo Martín
Si hay un poeta a la altura de los mejores autores de la generación del 27 en la literatura española de posguerra, ése es sin duda Blas de Otero (Bilbao, 1916-Majadahonda, Madrid, 1979). Fue Dámaso Alonso quien, en 1952 y con la vista puesta tan sólo en sus dos primeros libros, aseguró que la capacidad idiomática de Otero era comparable “a las de un García Lorca y de algunos otros poetas de mi propia generación”. Incluso alguien tan reticente al halago como Jaime Gil de Biedma reconocía ante la lectura de Pido la paz y la palabra (1955): “Otero es un poeta de recetario, como todos. Lo malo de los poetas de postguerra es que se les conoce el recetario enseguida […]. Otero enseña el suyo más que ninguno, pero es el más excitante de todos […] Su gusto por la buena retórica suntuosa me le hace simpático”. Vicente Aleixandre evocaba la “tensión […] en su silencio”: “Este gran solitario es uno de los hombres con más voluntad de comunidad que se haya dado acaso entre los poetas de este tiempo”. Son los míticos silencios de Blas de Otero que, como recordaría Emilio Alarcos, mostraban toda una tensión interior, una dimensión netamente moral de su obra y su persona, una voluntad de profundización en su escritura poética que no olvidaba el cuidado formal (“Voy al fondo. / Voy al fondo dejando bien cuidada / la ropa. Soy formal”) y que apuntaba esa bipolaridad fundamental en su poesía entre alusión y elisión, entre escritura y silencio (“escribo y callo”, repetiría Biotz-begietan); una tensión que, en otro nivel, se manifestaba entre el yo autobiográfico y el yo histórico en el curso de devenir escritura (“Esta es la historia de mi vida, / dije, y tampoco era”), lo que adelanta una de las dimensiones más novedosas de su obra: la de la autoficción poética, la de constituir una ficción autobiográfica (o una autobiografía ficticia), marcada por un signo ético, por la que la escritura de la memoria deviene memoria de la escritura en sus últimos libros, en un desarrollo en el que literatura y vida acaban fundiéndose (“yo quiero averiguar cómo se salva la distancia entre la vida y los libros”).
El volumen, de 1.200 páginas, incluye tres libros inéditos, entre ellos, unas breves memorias escritas en 1969
Cuando Blas de Otero se integra en el campo literario de la posguerra es ya un poeta formado, maduro (tiene 34 años cuando se publica su primer libro propiamente dicho), sin titubeos, consciente del decurso que quiere imponer a su poesía; si bien, como advertía Aleixandre, “de Blas de Otero hay que hablar siempre con provisionalidad y cuidado”, porque su obra, de una profunda unidad, está siempre sometida a constante transformación, en un proceso de búsqueda, de discernimiento, que lo entronca con los más sólidos proyectos poéticos modernos y que hace de él uno de los poetas fundamentales del siglo XX en lengua española a uno y otro lado del Atlántico. Más allá del Cántico espiritual (1942), un homenaje a San Juan de la Cruz para los actos de celebración del centenario del carmelita, escrito como “un entretenimiento en una fábrica” (“Liberación”), la de Forjas de Amorebieta, donde trabajaba en esos años, Blas de Otero hace su entrada en el mundo literario nacional “de cuerpo entero” (“Morir en Bilbao”) con Ángel fieramente humano (1950) y Redoble de conciencia (1951), una poesía “compacta”, al decir de Dámaso Alonso, que señala que “Otero es quien con más lucidez que nadie ha expresado […] los datos esenciales del problema del desarraigo”. Atrás quedan los tanteos poéticos de los años treinta, las colaboraciones en El Pueblo Vasco, en Vértice, en Escorial, la mención honorífica en el Adonais de 1943 (la no concesión del premio en 1949), los años de aprendizaje, hasta que en 1944 —el soneto “Hermana”, inédito hasta ahora, es estremecedor en este sentido— se produce la gran crisis personal y estética: “hasta entonces —escribe en Historia (casi) de mi vida—, desde mis doce años, yo había escrito infinidad de poemas, con mucho arrebato, pero con poca autoconciencia y control”. En esos dos libros complementarios, que refundirá y ampliará en 1958 en Ancia, se condensa la experiencia existencial de la posguerra mundial, la conciencia del hombre moderno arrojado a un mundo sin rumbo ni sentido.
Otero no cesa de indagar en una búsqueda poética que revoluciona a cada momento su obra, que afronta el cambio como su esencia, motor dialéctico de la Historia y de la vida personal que discurren acordadas. Ya en marzo de 1949, le escribe a Gabriel Celaya: “Hoy día sobre todo, hace falta, es necesario llegar a todos, por lo menos a una mínima mayoría. El poeta tiene que decir cosas, […] pero bellamente”. Surge entonces su trilogía social (Pido la paz y la palabra [1955], En castellano [1959] y Que trata de España [1964]), una obra “a la altura de las circunstancias”; otros proyectos quedan abandonados entre estos. Pero encasillar la producción de Blas de Otero con la etiqueta de “poesía social” es un ejercicio rutinario de pereza intelectual, porque su obra, en todo momento, supera los límites de todas las clasificaciones; “Blas es él solo una entera clasificación”, escribió José Ángel Valente. Tal vez resultaría más adecuado hablar, como propuso el poeta en 1959, de “poesía histórica”, en un sentido amplio, para referirse a aquella que se ocupa “del hombre en una situación de lugar y tiempo determinados y hasta determinantes”; la poesía sería, así, un documento histórico de excepción. La aparición de estos libros supuso un revulsivo en el ambiente literario de la época, planteó una transformación radical de los modos de percepción poética, de las estructuras de comunicación social de la poesía, abriendo una década dominada por una lírica de corte histórico y realista; supuso, por otro lado, poner a la poesía española dentro de los parámetros europeos, vinculándola no sólo con el desvelamiento que promulgaba el modelo engagé sartreano, sino también con los planteamientos performativos que se derivaban de la filosofía del lenguaje; pero, sobre todo, supuso una problematización del medio, un ejercicio de constante indagación lingüística y de interferencia con los discursos de poder, la conciencia de la responsabilidad de la forma como base del compromiso estético, que adelanta algunas de las propuestas poéticas posteriores más interesantes.
Encasillar la producción de Blas de Otero con la etiqueta de “poesía social” es un ejercicio rutinario de pereza intelectual
En los años sesenta son continuos sus viajes y cambios de residencia: primero a París, luego a la URSS y China, para instalarse en Cuba entre 1964 y 1968, aunque vuelve un año a Bilbao. De esos viajes surgen los poemas de Que trata de España (1964) y del inédito hasta ahora Poesía e Historia, escrito entre 1960 y 1968, que supone una ampliación del campo poético precedente: la percepción histórica de una transformación internacional (China, URSS y Cuba), que apunta a la realización de la utopía propugnada, pero también una revolución en el lenguaje acorde con la evolución histórica, más allá de los estrechos debates patrios. En Cuba, siguiendo el camino abierto por Rimbaud y Baudelaire, escribe las prosas de Historias fingidas y verdaderas (1970), que se encuentran a la altura de la mejor prosa juanramoniana o de Ocnos, de Luis Cernuda. El libro se compone como una meditación profunda sobre los tres pilares básicos de su obra toda (biografía, obra e Historia); pero lo hace en una fusión de elementos que apunta desde su forma la disolución de los límites genéricos y de la subjetividad individual, al paso de la transformación que la literatura occidental está sufriendo en esos momentos. Las inéditas Nuevas historias fingidas y verdaderas, escritas entre 1971 y 1972, continúan el camino abierto por aquellas, como en cierto modo lo hace esa medio-biografía que es Historia (casi) de mi vida, escrita en 1969, estando ya de vuelta en España.
De Cuba regresa a Madrid un 28 de abril de 1968, divorciado, rendido y enfermo, pero con una nueva concepción de la poesía que se ha ido conformando en diálogo con la revolución castrista (también con la china y la soviética), con las voces poéticas de José Martí, Nicolás Guillén y Heberto Padilla, pero también con aquellos “humanos mástiles” que evocaba en 1959 en “Coral a Nicolai Vaptzarov” (Vallejo, Hikmet, Machado, Maiakovski, Éluard, Celaya, Neruda, Miguel Hernández, Aragon, Alberti y Mao), atento a la producción de sus contemporáneos. Para entonces el poeta tiene ya un “aura mítica”, en palabras de Antonio Martínez Sarrión, y su nombre es ineludible en la historia de la literatura reciente y en las poéticas de autores más jóvenes (de Ángel González, Valente o Claudio Rodríguez a Manuel Vázquez Montalbán, entre otros muchos). Pero Otero da una nueva vuelta de tuerca a su poesía en esa constante decantación del lenguaje, no ya hacia lo que la crítica ha venido denominando como una “meditación integradora”, en síntesis dialéctica de su obra anterior, sino más bien hacia una nueva apertura (“poesíabierta”), hacia una liberación absoluta de la palabra poética, del libro, del verso, de sí misma, que se funda y confunda con la vida. Lleva a cabo, así, una exploración que supone una de las propuestas más revolucionarias y novedosas del momento en uno de los periodos más fructíferos de su producción personal, recogida en Hojas de Madrid con La galerna (2010), un libro capital en la poesía contemporánea (no sólo en la española).
Habría que preguntarse qué hubiera supuesto para la poesía española la publicación de ese libro (también la de los tres inéditos que ahora se ofrecen) en su momento histórico, en plena Transición (los poemas se escriben entre 1968 y 1977), cómo hubiera podido transformar el decurso poético del periodo y sancionar algunas estéticas juveniles que, poeta atento a su mundo, Blas de Otero asumía haciéndolas propias, integrándolas en su dicción personal, en una poesía unitaria en constante transformación. Eso nos llevaría a preguntarnos también por el lugar de Blas de Otero en la poesía del siglo XX, no sólo como “el mayor de los poetas españoles de la llamada promoción de posguerra”, en palabras de Valente, o como “paradigma en la historia de nuestra literatura de posguerra”, como señaló José Manuel Caballero Bonald, sino como el autor de una de las propuestas poéticas más ricas, personales y sugerentes del pasado siglo, con una irradiación que alcanza a muchas de las voces más representativas de la poesía reciente, y que logró transformar a aquel hombre que moriría la madrugada del 29 de junio de 1979, con sólo sesenta y tres años, en un clásico de nuestra literatura (como Bécquer, Machado, Juan Ramón o Lorca), con esa doble faz de permanencia y continua influencia sobre cualquier planteamiento que quiera encarar una voluntad de riesgo, una aventura hacia la indagación del hombre como ser histórico.

Mucho más que la paz y la palabra

La publicación de la Obra completa de un poeta de la talla de Blas de Otero debería ser un acontecimiento literario de resonancia no solo nacional, sino internacional. Máxime si se tiene en cuenta que buena parte de la obra aquí reunida por primera vez quedó inédita a la muerte del autor o dispersa en publicaciones periódicas. Es encomiable la labor realizada por Sabina de la Cruz, compañera del poeta, salvaguarda de su legado y responsable de la edición en colaboración con Mario Hernández, al reunir en el presente volumen, junto a los libros publicados por el autor, los más de trescientos poemas de Hojas de Madrid con La galerna (2010) y una serie de textos dispersos y otros no publicados anteriormente; entre ellos, tres libros rigurosamente inéditos: Poesía e Historia, que incluye más de ochenta poemas escritos entre 1960 y 1968; Nuevas historias fingidas y verdaderas, que incluye 28 nuevas prosas escritas en 1971 y 1972, y las deliciosas casi-memorias de Historia (casi) de mi vida, escritas en 1969. La cuidada publicación del canon oteriano se hace tras meticulosa revisión de los textos conservados, enmendando las intrusiones de la censura y las erratas diversas. Aunque no se anotan variantes ni otros pormenores, las Notas finales dan noticia suficiente de la historia textual de los libros recogidos.
Se reúnen aquí los 12 libros del poeta: los ocho libros publicados en vida del autor se presentan en orden cronológico de primera edición de cada volumen, iniciados por Cántico espiritual (1942) e incluyendo acertadamente las versiones de Ángel fieramente humano (1950) y Redoble de conciencia (1951) y su reunión posterior en Ancia (1958), puesto que efectivamente se trata de tres libros diferentes; los cuatro libros que quedaron inéditos a su muerte, en orden cronológico de composición de los textos. Se completa la edición con un amplio e interesantísimo corpus de Complemento: ‘Poemas inéditos y dispersos’, con más de cien poemas, entre ellos nueve inéditos del periodo 1942-1946 cedidos recientemente por la Fundación Gerardo Diego; ‘Versiones’ de poetas en otras lenguas, y ‘Declaraciones y entrevistas’. Por un criterio de rigurosa selección, no se incluyen muchos textos de los primeros años; alguna otra ausencia posterior queda, quizás, menos justificada. No obstante, el material complementario es suficientemente rico para hacerse idea de la labor de Blas de Otero y un cierre excepcional para esta destacable edición. J. J. L.
Obra completa (1935-1977). Blas de Otero. Edición de Sabina de la Cruz con la colaboración de Mario Hernández. Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores. Barcelona, 2013. 1.274 páginas. 30 euros.
TOMADO DE:  http://cultura.elpais.com/cultura/2013/05/22/actualidad/1369220401_239182.html

miércoles, 22 de mayo de 2013

Arte

El mar, musa eterna para Sorolla

Día 23/05/2013 - 01.27h
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Es el tema favorito y el más popular de la producción del pintor valenciano. También son sus obras más buscadas y cotizadas. El mar centra la nueva exposición del Museo Sorolla, que hoy se inaugura

El Mediterráneo corría por sus venas; haber nacido en Valencia marcó su profundo amor por el mar, que utilizó como paisaje en numerosas composiciones, entre ellas algunas de las más célebres. Fue un tema que se repite una y otra vez en la larga y prolífica carrera de Joaquín Sorolla (1863-1923). Sin embargo, el museo del artista en Madrid no había dedicado aún una exposición monográfica a este tema. Y eso que se repite en torno al 20% de las obras de la colección.
El secretario de Estado de Cultura, José María Lassalle, inaugura hoy «Sorolla. El color del mar» (hasta el 20 de octubre), un festín de agua, luz y pintura. Visitamos la muestra acompañados de la comisaria, Consuelo Luca de Tena, directora del museo, y José Manuel Pascual, pintor y comisario adjunto. Nos recibe a la entrada de la muestra un panel que reproduce una fotografía de Sorolla pintando en la playa su obra «Niños en la playa» (1916-1917). Perfectamente acicalado, con traje de chaqueta y un sombrero para protegerse del sol, el artista inmortaliza en un lienzo colocado sobre un caballete a unos niños jugando en la playa. Una tela a modo de toldo protege el lienzo. Esta imagen se repitió muchas veces en playas de distintos lugares de España.

Notas de color inéditas

Ya en la exposición volvemos a ver a Sorolla en el único autorretrato en la playa que atesora el museo, de 1909. Se inmortaliza en mangas de camisa mirando fijamente al frente. Es una de las 66 pinturas que cuelgan en la muestra. Además, se exhiben preciosas notas de color (pequeños apuntes en tabla o cartón en los que pintaba del natural en sus salidas al aire libre), así como materiales pictóricos del propio Sorolla: encerrados en vitrinas vemos una de sus cajitas de pinturas, una paleta, larguísimos pinceles, muestras de pigmentos, cartas en las que pedía material para pintar...
El mar le permitió a Sorolla investigar sobre la luz y el color como con ningún otro tema. La primera parte de la muestra se centra en el agua, que captó su interés desde muy joven: es un elemento que nunca se mantiene quieto, cambia constantemente. Cuelga una «Marina» muy académica, vedutista, que pintó en 1880 con tan solo 17 años. A su lado, estudios del mar -nunca se habían expuesto-, donde Sorolla descubre todas las posibilidades pictóricas de este tema: los matices de color, texturas, formas; los reflejos ópticos (transparencias, reflejos) debido al efecto del sol sobre el agua dependiendo de la hora del día, el oleaje... Las imágenes se fragmentan. Todo ello fue un desafío para el pintor.

El mar como paisaje

En su primera visita a Jávea, en 1896, Sorolla escribe a su esposa, Clotilde: «Esto es todo una locura, un sueño, el mismo efecto que si viviera dentro del mar...» De esta etapa hay estudios del agua en Venecia, San Sebastián, Jávea... En este último lugar descubre un agua de color verde esmeralda. No faltan cuadros emblemáticos como «El balandrito» -un niño juega en el mar con un barco: ambos se reflejan en el agua-, «Nadadores. Jávea» -brillante estudio de los cuerpos de unos niños bajo el agua- o «María en la playa de Biarritz» -los reflejos del agua en el mar son tan protagonistas como la propia María-.
La segunda parte de la exposición se centra en la pintura de Sorolla que ya no se centra tanto en el agua como en el mar como paisaje de sus composiciones. Su paleta va cambiando drásticamente dependiendo tanto de la hora del día (amanecer, atardecer, anochecer), como del lugar donde pinta y el clima. Así, las playas luminosas de Jávea, donde la luz es intensísima, provocan unas sombras fortísimas que parecen tener vida propia. Es el caso de otra obra maestra del museo: «Pescadora con su hijo, Valencia». La mujer se protege del cegador sol son su brazo.

Los humores del mar

Otra de las joyas de la muestra es «Saliendo del baño», un prodigio de tratamiento del mar, en el que la luz es cenital. Ambas obras contrastan con otras pintadas en el Norte: Biarritz, Guetaria, San Sebastián, Zarauz... Son lugares de moda para veranear y Sorolla va a ellos. El mar cambia de humor (de los días luminosos a los tormentosos); los colores se apagan: azules pálidos, verdosos, grises amoratados... La luz se matiza, se suaviza. Es el caso de «Rompeolas. San Sebastián».
Por último, una sala reúne cuadros y apuntes en los que el color del mar adquiere aspectos poéticos. Las formas casi desaparecen. Son sus obras más abstractas. Algunos apuntes parecen obras de Rothko: franjas horizontales de color, pura poesía. Sorolla se centra en la belleza de los colores combinándolos en la superficie de sus lienzos. En 1919 estuvo en Mallorca, donde pinta la Cala de San Vicente.

«Sorolla. El color del mar»

Música

Muere Ray Manzarek, cofundador del mítico grupo The doors junto a Jim Morrison

Día 21/05/2013 - 10.41h

El coautor de temas como «The end», «Raiders on the storm» o «Light My Fire» falleció en Alemania víctima de un cáncer

Ray Manzarek, teclista y miembro fundador junto a Jim Morrison de la mítica banda de rock The Doors, falleció anoche en Rosenheim (Alemania), a los 74 años, según informó su publicista en un comunicado, en el que señalaba que Manzarek llevaba tiempo combatiendo un cáncer en la vesícula biliar.
El músico falleció en la clínica RoMed de la ciudad alemana rodeado de su esposa, Dorothy Manzarek, y sus hermanos Rick y James, según se detalla en la página oficial del grupo en Facebook.
Ray Manzarek, coautor de temas como «The end», «Light My Fire», «People Are Strange» o «Riders on the Storm», que hoy son parte de la historia de la música, fundó en 1965 el grupo musical The doors después de conocer al poeta Jim Morrison en la playa de Venice (Los Ángeles, California), mientras estudiaba cinematografía en la Universidad de UCLA.
The Doors se convirtió en una de las bandas de rock más famosas de la historia y su música aún hoy es referencia décadas después de que su líder Jim Morrison apareciese muerto en la bañera de una habitación de un hotel en París en 1971. La muerte de Morrison, enterrado en el cementerio parisino de Pere-Lachaise donde cada día numerosos seguidores acuden en peregrinación a su tumba, provocó la disolución de la formación dos años después ante la imposibilidad de ocupar el vacío dejado por el carismático Jim Morrison.
El grupo ha vendido más de 100 millones de discos en todo el mundo. En 1993, The Doors entraron en el Salón de la Fama del Rock and Roll.
«Me ha entristecido profundamente la noticia de la muerte de mi amigo Ray», ha explicado Robby Krieger, guitarrista y compañero del fallecido Manzarek en The Doors. «Me siento feliz de haber tocado canciones de The Doors con él durante la última década. Ray fue una parte enorme en mi vida y siempre le echaré de menos», agregó.
Ray Manzarek, símbolo de una era, fue interpretado por Kyle McLachlan en la película «The Doors», de Oliver Stone, en 1991. Escribió sus memorias, «Light My Fire: My Life with The Doors», en 1998.
Nacido en Chicago en 1939, este pianista de origen polaco continuó en activo en el mundo de la música tras la muerte de Morrison. Fue muy criticado por parte de medios especializados que el sonido de su teclado sonaba a música de feria.
Tras tratar de mantener a flote la banda y ejercer incluso como vocalista de la formación, publicó trabajos en solitario como «The Golden Scarab» (1973) o «Carmina Burana» (1983) y colaboró con otras bandas como Nite City. También produjo el alabado trabajo punk «Los Angeles», de la formación X, en 1980.