LA RAZÓN DE UN NUEVO BLOG DE GESTIÓN CULTURAL

Ante la avalancha de información cultural noticiosa que recibimos diariamente gracias a la colaboración que me proporciona Arturo Álvarez D'Armas, poeta, fotógrafo y promotor cultural venezolano, así como otros valiosos amigos colaboradores, hemos decidido abrir un nuevo blog de promoción y gestión cultural. Sean bienvenidos todos los amigos interesados en promover la cultura y el arte en general. Pueden enviarnos sus colaboraciones, las cuales subiremos a este blog como entradas tan pronto como las recibamos. Quienes deseen colaborar pueden dirigirnos sus trabajos a nuestro correo personal: renedayre@gmail.com René Dayre Abella. Autor y promotor cultural.

miércoles, 17 de julio de 2013

Provenza, el gran circo del arte

Dos exposiciones reactualizan la eterna imagen del soleado sur de Francia como meca creativa

Picasso, Matisse y Van Gogh son sus símbolos principales

Marsella / Aix-en-Provence 17 JUL 2013 - 21:31 CET
Pablo Picasso, caracterizado de payaso en su finca La Californie, en la localidad de Vauvenargues, en la Provenza. 1957. / David douglas duncan
Sucedió durante el largo invierno de 1888. Insatisfecho con su existencia en París y con graves problemas de inspiración, Vincent van Gogh decidió subirse a un tren con destino a Marsella. Nadie sabe exactamente qué le impulsó a apearse en Arlés, pero puede que aquel transbordo cambiara para siempre la historia del arte.
Van Gogh quedó fascinado por un clima de una suavidad insólita y por una luz que hacía vibrar los colores y acentuaba el contraste de formas y siluetas. “Gozamos de un calor maravilloso y poderoso, sin ningún viento. De un sol y de una luz que, a falta de mejor apelación, solo puedo cualificar de amarilla. De un amarillo azufre pálido, de un amarillo limón pálido”, escribió a su sufrido hermano Theo, mientras inmortalizaba los campos de trigo camargueses y luego experimentaba con verdes ácidos y naranjas fluorescentes en una serie de obras mayores en su trayectoria. Van Gogh tuvo una idea brillante: invitar a sus correligionarios a instalarse en la región para fundar “un gran atelier del Midi”. Es decir, una comunidad artística instalada en la Provenza y constituida por los grandes nombres de la época. “El futuro del arte moderno está aquí”, les advirtió. Ese gran taller nunca llegó a buen puerto, pero a Van Gogh no le faltaba razón. Su viaje sería emulado por decenas de artistas que, a lo largo de casi un siglo, colonizaron la costa francesa para reinventar su pintura.
Una doble exposición en Marsella y Aix-en-Provence celebra hasta el 13 de octubre el papel de la región provenzal como tierra de acogida de artistas. Lo hace a través de una espectacular selección de 200 obras, firmadas entre 1880 y 1960 por artistas como Cézanne, Gauguin, Matisse, Renoir, Bonnard, Signac o Picasso. La muestra es uno de los platos fuertes de la capitalidad europea de la cultura (que Marsella comparte, simulando ser buena hermana, con su histórica archirrival Aix e incluso con el resto de la región) e indaga en la relación entre la creación artística y la geografía que la hospedó, atribuyendo a la costa norte del Mediterráneo un papel fundamental en la experimentación de colores y formas que precedió a las vanguardias.
La muestra doble en el museo Granet de Aix y en el Palacio Longchamp de Marsella permite a los amantes del comparatismo recorrer los lugares que esos artistas, protagonistas de un surtido anecdotario, frecuentaron o plasmaron sobre el lienzo. También sirve para explorar el poderoso mito de la Provenza, que sigue siendo percibida como reducto de un modo de vida pintoresco en vías de extinción, gracias en gran parte a los paisajes idealizados de los propios pintores, por los que decenas de oficinas de turismo siguen dando gracias a los dioses.
Sin ir más lejos, resulta curioso que una ciudad como Arlés saque tanto partido a los quince meses que Van Gogh pasó allí hace más de un siglo, teniendo en cuenta que casi lo echaron a patadas. El pintor logró convencer a Gauguin para que se uniera a su causa, pero la sana emulación existente entre ambos terminó convertida en un odio en estado puro. La convivencia acabó durando tres meses y terminó con la más célebre de las leyendas. Después de una pelea entre ambos, Van Gogh tuvo la ocurrencia de cortarse una oreja y regalarla a una de las prostitutas que frecuentaba.
Una de las salas de la exposición que el museo Granet de Aix-en-Provence dedica a los artistas que se afincaron en la Provenza. / SAM MERTENS
Si Gauguin no era capaz de aguantarle, sus vecinos todavía menos. En 1889 circuló por la ciudad una petición que exigía que fuera expulsado de su perímetro. El artista holandés terminó recluido a pocos kilómetros, en el sanatorio de Saint-Rémy. Atrás dejaba 185 cuadros y un centenar largo de dibujos pintados en menos de año y medio. “Ese pobre holandés”, diría más tarde Gauguin. “Estaba todo ardiente y entusiasta. Se había metido en la cabeza que el Midi iba a ser algo extraordinario”. Pese a todo, antes de abandonar Arlés, el desencantado Gauguin dejó pintado un buen puñado de paisajes camargueses (por ejemplo, Les Alyscamps, reflejo de un oscuro hipnotismo de la necrópolis romana de la ciudad), que demuestran que el influjo provenzal tampoco le dejó del todo indiferente.
“Si todos esos artistas abandonaron París para instalarse aquí, fue porque sintieron la necesidad de renovarse”, comenta el comisario de la muestra en Aix, Bruno Ély. “La aventura impresionista había acabado y tenían que cambiar de paisaje para enfrentarse a nuevos retos sobre el lienzo. La Provenza supuso una nueva paleta de colores e incluso una nueva forma de mirar. Fue casi como volver a empezar de cero”. Como dejó dicho el pintor Maurice de Vlaminck, “el secreto de la pintura consiste en olvidar y volverse puro”.
Puede que esta repentina pasión por el sur sea menos súbita de lo que intenta hacer creer la muestra, y que se trate más bien de una variante actualizada del tour que todo artista debía hacer casi obligatoriamente por las grandes ciudades italianas a partir del siglo XVII. O bien un reflejo semejante al que llevaría a los románticos a abrazar el helenismo o el españolismo, dirigiéndose a tierras situadas en los confines con el exotismo. Lo mismo sucedía con Marsella, calificada por el pintor Pierre Puvis de Chavannes en 1868 como “colonia griega y puerta de Oriente”, pese a que ya no fuera ni una cosa ni la otra. Igual que otros se habían marchado a Roma y a Pompeya, los artistas de entresiglos se subieron a la línea de tren, recién inaugurada, que unía París con Marsella y luego recorría la Costa Azul hasta llegar a la frontera italiana.
Ya hacía más de un siglo que la Provenza se había convertido en territorio venerado por su luz, su clima y su belleza. Pero fue durante la década de 1880 cuando el éxodo se volvió casi generalizado. Lo protagonizaron artistas que aspiraban a trabajar con esa célebre luz mediterránea, pero también a conducir una vida en comunión con la naturaleza, lejos del mundanal ruido de la ciudad y ajena a la industrialización incipiente.
Matisse, en su estudio del hotel Régina de Niza, delante de sus célebres gouaches sobre papel. / AFP
El Midi francés se erigió en paraíso terrenal donde el sueño hedonista se volvía posible. Para algunos no fue un exilio, sino un retorno. Único provenzal de su generación, Cézanne decidió volver a su tierra y se instaló en L’Estaque, antes de regresar a su Aix-en-Provence natal, donde estudió junto a Émile Zola. Allí retrató hasta 80 veces la mítica montaña de Sainte-Victoire, que conocía desde su más tierna infancia. En general, desde lo alto de su estudio de los Lauves o en el Jas de Bouffan, una mansión de tres pisos comprada por su padre, aprendiz de sombrerero reconvertido en adinerado banquero, con quien el pintor mantuvo relaciones execrables, ya que la pintura le parecía cosa de pobres y desgraciados. Si se pide educadamente y con cierta antelación, es posible visitar la casa y su jardín, donde Cézanne pintó algunas de sus obras, lejos de los círculos parisienses en los que nunca logró integrarse. Modesto y arisco, Cézanne alcanzaría la gloria ya mayor, al regresar a Aix cuando pintores jóvenes y consagrados emprendían largos viajes para visitar su hogar, como quien va a consultar a un oráculo.
Por ejemplo, Monet y Renoir recorrieron la costa hasta Ventimiglia e hicieron escala en L’Estaque para visitar al maestro en este puerto cercano a Marsella, con vistas espectaculares sobre su bahía. Aunque siempre prefirió Giverny, Monet escogió Antibes como base temporal de operaciones y pintó tres decenas de cuadros en poco más de tres meses, que le ayudaron a perfeccionar su trabajo sobre el reflejo de la luz —“tuve que llegar a las manos con el sol”, reconoció el pintor—, mientras que Renoir se instalaba en Cagnes, pueblo costero descubierto en 1898 y en el que terminaría sus días. Veinte años atrás, durante un viaje a Argelia, el pintor había quedado fascinado por la luz mediterránea y las costumbres de los autóctonos, que dijo reencontrar en la costa francesa.
Bonnard quedaría vinculado para siempre a Le Cannet, mientras que Signac se convertía en un asiduo del Saint-Tropez mucho antes de su reconversión en capital del pijerío turístico. Tras haber frecuentado Collioure en compañía de Derain durante la breve pero intensa aventura del fauvismo, Matisse decidió asentarse durante casi tres décadas en Niza, ciudad que le rinde homenaje durante este verano con una extensa retrospectiva en el museo que lleva su nombre.
En la localidad vecina de Saint-Paul de Vence, el anciano Matisse, incapaz de caminar y enfermo de una bronquitis que había venido a curarse, deambuló bajo los naranjos y tomó el té de las cinco en su propio coche, al tiempo que Cary Grant visitaba las galerías de arte y Simone Signoret vivía su romance con Yves Montand, que solía jugar a la petanca frente al Café de la Place.
Otro mediterráneo de adopción fue Picasso, que no solo pasó temporadas en Ceret, Antibes, Cannes, Vallauris, Arlés, Avignon, Menerbes, Saint-Juan-les-Pins y Mougins. Obsesionado por Cézanne, a quien consideraba “algo así como un padre” pese a no haberle frecuentado, compró el castillo de Vauvenargues para poder tener vistas directas sobre la montaña de Sainte-Victoire, donde sería enterrado junto a su última esposa, Jacqueline.
Ambiente veraniego en el superviviente Café Van Gogh de Arlés. / J. P. Degas
Entre todos ellos lograron configurar un territorio prácticamente mitológico, a partir de una representación embellecedora de la realidad imitada, marcada por el hechizo provenzal de quienes sostenían paleta y pincel. En ella quedaron proscritas las referencias a la modernidad, las chimeneas de la industrialización incipiente (a excepción de Braque y Duffy, que les cedieron un espacio, discreto pero visible, en un par de cuadros) y también las primeras oleadas de inmigración, si exceptuamos las roulottes arlesianas de Van Gogh y algún que otro retrato de gitanas, aunque respondieran más a la identificación del artista con los pueblos nómadas —ambos eran, al fin y al cabo, bohemios— que a una voluntad de denunciar la vida en los márgenes.
“El éxtasis experimentado también provocó cierta ceguera. A estos pintores no les gustaba ver las fábricas, sino las mimosas y los almendros”, argumenta la otra comisaria de la muestra, Marie-Paul Vial, directora de l’Orangerie de París. “Al huir de la ciudad en dirección al sur, los pintores persiguen un paisaje idealizado y preservan una imagen del Mediterráneo como cuna de la civilización grecorromana. Se trata de una especie de Arcadia reencontrada, donde todo lo que no responde a ese ideal queda desestimado, con muy pocas excepciones”, añade Vial. Por ejemplo, Renoir nunca quiso pintar su mansión en Cagnes, porque le parecía “demasiado moderna”. Y Bonnard se quejaba, en los años cuarenta, de lo feas que le parecían todas las fábricas levantadas en las afueras de Cannes. Hasta el punto de resultar algo reaccionarios: preferían pintar la vegetación de sus minúsculos jardines que los cambios a los que asistía el mundo. Los temas clásicos, el bucolismo virgiliano y los reflejos apolíneos, también aparecen en cuadros que describen una tierra rural a salvo del progreso industrial y bañada por una luz purificadora. Sin embargo, como sostiene la muestra, puede que sin la luz provenzal el paso a la abstracción no hubiera llegado a la misma velocidad. La intensidad luminosa diluía las formas y permitía una experiencia subjetiva del color, lo que conducirá a los pintores a negar el academicismo y, a la larga, la figuración. Al regresar de una escapada en la Riviera, Monet se dijo incluso asustado por el azul omnipresente del cielo y el mar, fundidos en un punto invisible del horizonte, que le obligaban a descodificar el espacio de una manera nueva. “Nadamos en un aire azul. Es sobrecogedor”, dijo a sus amigos Duret y Geffroy. Nicolas de Staël aseguraba que fue en la Provenza donde logró ver pintado el mar, por primera vez, de color burdeos.
TOMADO DE:  http://cultura.elpais.com/cultura/2013/07/17/actualidad/1374089501_034056.html

viernes, 12 de julio de 2013

Atención: un cuentista

La reunión de los relatos de José Hierro sitúa a un poeta canónico entre los narradores significativos de los años cincuenta, una época de esplendor del cuento español

Hasta la aparición de este volumen, apenas sabíamos nada de los cuentos de José Hierro, y ello a pesar de que entre 1941 y 1963 hubiera escrito o publicado 17 narraciones, y luego una más, siete de las cuales permanecían inéditas. Por tanto, sorprende su ausencia en todas las antologías que se editaron a lo largo de la posguerra, pues ni siquiera aparece en la de Francisco García Pavón.
Buena prueba del interés que José Hierro mostró siempre por la narrativa es que en una entrevista realizada en 1981, tras diversos alegatos en favor de la novela, afirmara que lo mejor que había escrito fuera el cuento ‘Quince días de vacaciones’, opinión difícil de compartir. A su manera, José Hierro fue un narrador realista (aunque no falten en sus relatos diálogos absurdos, espacios simbólicos, escenas grotescas o alegatos en pro de la fantasía), y aun cuando no guarde semejanza con los narradores de las dos primeras décadas de posguerra, debió de sentirse más cerca de los neorrealistas por su cuidada prosa y su manera a veces oblicua de encarar la realidad. De hecho, sus mejores relatos los escribe en los cincuenta. Unos cuantos parecen esconder un significativo componente autobiográfico, según se observa en ‘Ciudad Lineal’, sobre todo por la presencia y los efectos de la Guerra Civil, como se aprecia en ‘Quince días de vacaciones’. E incluso en ‘Parábola del viejo, el sol y la gaviota’ alguno de sus baqueteados personajes que han pasado por la cárcel, sorprendentemente la añoran, quizá porque en la calle estaban peor si cabe. Y aunque sus historias nunca tengan un componente estrictamente político, sí nos muestran situaciones que los censores no hubieran tolerado, tal como sucede en ‘Intimidad de ayer’. Acaso por ello el autor descartara recogerlos en un volumen.
A su manera, José Hierro fue un narrador realista
Las narraciones, que a veces recurren al desenlace sorprendente (‘El teniente coronel o quien mal anda mal acaba’), a menudo se valen del planteamiento clásico y de tipos inamovibles. Al igual que en su obra lírica, aquí encontramos, junto a componentes documentales, ciertos ribetes poéticos, aunque en distinta proporción en cada caso (‘El rival’ se halla más cerca del testimonio que de la mera ficción), adoptando a veces las hechuras del refrán, de los “cuentecillos románticos” o de la parábola. Así ocurre tanto en ‘Fresas de Aranjuez’ como en ‘El parque’. Este último cuento, uno de los mejores del conjunto, transcurre en un simbólico parque cuidado por un jardinero que, en ‘un instante irreal’, lo encuentra cambiado; no en vano durante la noche anterior ha habido una guerra. El resultado: han desaparecido árboles, estatuas y fuentes; al tiempo que surgían cráteres en la tierra, cuerpos mutilados, armas ensangrentadas y jirones de banderas... Entre los despojos halla dos cuerpos aparentemente intactos que entierra juntos, con sus correspondientes banderas. Pero al llegar el amanecer, acuden al lugar partidarios de ambos bandos, quienes se dirigen a sus difuntos empleando las mismas palabras. Al fin, unos niños descubren entre risas que el jardinero había trastocado las banderas. Y sin embargo, el protagonista se siente satisfecho porque así “estos hombres han rezado al muerto que no querían. Gracias a él una indescifrable armonía ha sido creada”. El relato cuestiona de manera simbólica el sentido de la guerra entre españoles, y puesto que el texto se publica en 1958, podemos pensar que el autor apoyaba la política de reconciliación nacional que el PCE defendía desde 1956.
Los cuentos de José Hierro muestran los avatares de la vida cotidiana, a la que el autor concede suma importancia, aunque siempre acabe surgiendo el conflicto, debido a la desconfianza, la ambición o el dinero, según puede observarse en ‘La esfinge’. Así, su literatura transmite la inutilidad de la rebeldía, ya que los personajes nunca alcanzan sus aspiraciones. Y aunque el conjunto resulte desigual, también destacaría ‘El obstinado’, una especie de poética en defensa de la imaginación, cercano en el tono a los relatos que componen Los niños tontos, de Ana María Matute. En él se cuenta la historia de una venganza, la que lleva a cabo el ángel que protege a los niños de los señores obstinados incapaces de entender los juegos infantiles, el mundo plagado de fantasía de los hijos.
Confío en que, a partir de ahora, primero los lectores, pero también los estudiosos de la narrativa breve y los de la obra de José Hierro tengan en cuenta estas notables narraciones que habría que comparar con su poesía, pues no sería extraño que compartieran formas expresivas, fraseos e inquietudes vitales. La aparición de este libro debería convertirse en un acontecimiento literario, al situar a un poeta canónico entre los narradores significativos de los años cincuenta, allá cuando el cuento español vivía una época de esplendor.
 Cuentos reunidos. José Hierro. Prólogo de Santos Sanz Villanueva. Universidad Popular. San Sebastián de los Reyes (Madrid), 2013. 214 páginas.16 euros

TOMADO DE: http://cultura.elpais.com/cultura/2013/07/09/actualidad/1373383862_309984.html

martes, 9 de julio de 2013

La gloria literaria gracias a los demonios familiares y a los secretos íntimos

Colm Tóibín retrata en 'Nuevas maneras de matar a tu madre' las tortuosas relaciones de parentesco de 20 grandes autores

Austen, James, Mann, Yeats, Beckett, Williams, Borges, Cheever...

El lado oscuro y los secretos íntimos que han servido para hacer grande a grandes escritores que ayudan a comprender mejor sus obras

Cada escritor tiene un campo en cuyas tierras ha enterrado sus secretos más oscuros y preciados que no cesan de refulgir en las noches como guacas, como enterramientos indígenas que ellos saquean a su antojo. La gran literatura suele estar enraizada en crímenes artísticos, estar levantada sobre desdichas propias y ajenas.
¡Benditas infelicidades! ¡Benditos guaqueros!
Uno de esos guaqueros es Colm Tóibín, escritor irlandés hoy convertido en explorador de guacas ajenas. Ha rastreado los campos de los demonios tutelares de 20 grandes autores y puesto sus tesoros a los ojos de todos en Nuevas maneras de matar a tu madre (Lumen). Cuatrocientas y un páginas con joyas secretas de toda índole: incestos, traiciones, duelos sentimentales y económicos, envidias, amores frustrados o vanidades diversas, cuyos fulgores suelen ser de tres clases: poder, reconocimiento y sexualidad. "Las obras de los genios surgen de fuentes insólitas", afirma el autor de títulos como Crónica de la noche, El faro de Blackwater, El maestro y Brooklyn. El escritor desvela cómo conflictos con la madre, el padre u otros miembros de la familia influyen en la decisión de alguien a la hora de convertirse en escritor.
Hoy es un día de guacas. Hoy el recorrido es por los campos sagrados, de sagrados secretos de Jane Austen, Henry James, W. B. Yeats, Thomas Mann, Samuel Beckett, Jorge Luis Borges, Tennessee Williams, John Cheever o V. S Naipaul. El libro es un asomo a la vida y a sus semillas de autores. "Ellos son como todos nosotros. Son una muestra pequeña de cualquier familia", aclara Tóibín, profesor de la Universidad de Columbia. Todo a través de diarios, cartas, autobiografías y biografías que conforman una especie de predio literario de El jardín de las delicias, de El Bosco.
El joven Jorge Luis Borges junto a su madre Leonor, su padre y su hermana. / EL PAÍS
Tóibín arroja luz sobre la humanidad de los autores y ayuda a entender mejor sus obras. Narra vidas, conecta lazos, escarba y encuentra semillas, se asoma al origen del big bang de algunos maestros. Muestra la necesidad que tienen ellos de dar forma a sus verdades sobre el mundo.
¡Benditas infelicidades! ¡Benditos guaqueros!
De las tías a la soledad
Lo primero que surge en el libro es que las madres fueron prácticamente desaparecidas en las novelas de los siglos XVIII y XIX. James y Austen son dos de los autores que más desconfían de ellas en la ficción, y en su reemplazo pusieron a las tías, incluso en el papel de malas y/o como guías de los protagonistas-héroes o heroinas que debían enfrentarse al mundo y conquistar libertades. Un personaje sustituido, hasta hoy, por la soledad del individuo y su mundo interior, porque, según Tóibín, “estar solo es fundamental, al igual que sentirse solo en un grupo. La mitad de tu vida eres un solitario, hay una mitad en sombra, no necesitas a nadie que te guíe porque ya eres libre, las novelas contemporáneas hablan de la conquista de sí mismo”.
Madres para olvidar
Si la madre de Borges podría ser el prototipo de mujer controladora, las de J. M. Synge y Samuel Beckett eran conflictivas y su semilla está esparcida en sus obras porque ellos las utilizaron como fuente de material creativo. Pero hay una decisiva en lo personal y creativo: May Roe, la madre de Beckett. El Nobel irlandés tenía, según Tóibín, “un problema, simple y nada fácil de resolver: consistía en cómo vivir, qué hacer y quién ser”. Llegó a tener dos psicoanalistas que visitaba hasta tres veces por semana, en busca del origen de todas sus sombras. En una carta escribió: “con un dolor específico acudí a Geoffrey, y luego a Bion, para averiguar ‘el temor y el dolor específicos’, los síntomas menos importantes de una enfermedad que se inició en una época que no podía recordar, en mi ‘prehistoria’. Beckett sabe dónde está el origen de todo y lo plasma en otra carta de 1937, cuando su madre lo dejó solo en la casa familiar: “Y no podría desearle nada mejor que la posibilidad de sentir lo mismo cuando no estoy. (…) soy lo que su amor salvaje ha hecho de mí, y está bien que uno de los dos lo acepte por fin. (…) Sencillamente no quiero verla ni escribirle ni saber de ella.”
Padres para retar
Varios escritores surgen o se hacen fuertes gracias al duelo sostenido con sus padres que un día quisieron ser escritores pero fracasaron. Es el caso de lo vivido por Henry James, Borges, Yeats y Naipaul. Un duelo soterrado. Padres que nunca acababan las cosas que empezaban, y, tal vez, aventura Tóibín, precisamente eso es lo que llevó a que sus hijos fueran perfeccionistas.
Si los hermanos James, Henry y William, cometieron el parricidio literario enmascarado de generosidad permitiendo la publicación del libro de su padre que no valía nada, el protagonizado por los Yeats es de novela:
En una carta John, el padre, le dice a su hijo William Butler: “Nunca eres más feliz ni son más oportunas tus palabras que cuando en la conversación describes la vida y haces comentarios sobre ella. Pero cuando escribes poesía es como si te pusieras el frac, por así decirlo, y te obcecaras y olvidaras qué resulta vulgar en un hombre con frac. Estoy seguro que algún día escribirás una obra sobre la vida real donde la poesía será la inspiración”. Luego le pedía opinión a su hijo, ya famoso, sobre un libro suyo, a lo que este respondía con silencio e indiferencia. Y, poco a poco, se produce el asesinato más humillante: “El anciano es como un niño, todo inocencia con su orgullo y su esperanza, y el hijo se muestra distante, endiosado y todopoderoso, dispuesto a ignorar, criticar y machacar discretamente. El hijo es frío y despiadado; el anciano está desesperado por que lo asesinen. Es como si Edipo, Herodes y alguna tercera fuerza salida del oscuro laboratorio de Freud se hubiesen unido”.
William Butler Yeats y su mujer. / EL PAÍS
Cómo malograr a la familia
Ser insensibles con los tuyos para crear sensibilidad en las obras. Esa parece ser la premisa de algunos autores, quienes utilizan la vida de sus familias como fuente y material de inspiración. “A veces”, reconoce Tóibín, “ser escritor es como ser un niño con un lápiz. Juegas con fuego, con la vida de otros, pero más importante porque lo haces con los sueños de tu vida. El proceso es lento, los autores no son malos ni buscan hacer daño adrede, pero si conocen o descubren un secreto familiar que les pueda servir para la obra eso es como el diablo”. Lo utilizan en función de crear una obra, de crear belleza.
Eso lo han hecho casi todos. Pero él habla aquí de Tennessee Williams, J. M Synge o de John Cheever, que muestra su vida emocional cotidiana porque “su obra es la sombra de su vida, o con más vida, destilada, y malogra a su familia”.
Aunque el ejemplo por antonomasia es el de la familia Mann. Un ecosistema único en el cual convergen múltiples tipos de familias: el padre, Thomas, poderoso dentro de la casa y admirado fuera y con un secreto inspirador para su obra: su homosexualidad; la madre, Katia, que quiere rodearlo todo pero bajo la sombra del marido; la hija mayor, Erika, favorita del padre (veló por él sus últimos años), escritora, homosexual; el segundo hijo, Klaus, el favorito de mamá y quien despertó en el padre una atracción sexual, se haría escritor con obras clave como Mephisto, aunque sin llegar a eclipsar al padre, muy unido a su hermana Erika a quienes se acuso de incesto, y que al final se suicidó; luego están Golo (homosexual), Monika y Michael, que también se suicidó. Son solo hebras de luz en una familia de miembros muy talentosos, pero como recuerda Tóibín, citando un pasaje de Muerte en Venecia, de Thomas Mann: “Es, sin duda, positivo que el mundo solo conozca la obra bella y no sus orígenes”.
Desveladas o no las semillas que forjan a un autor, con sus diversas sombras, demonios y traumas, los escritores, en el fondo, quieren que se sepa todo, de lo contrario, dice el escritor irlandés, no dejarían los diarios o cartas al alcance de sus familiares.
Escondan las guacas lo que sea, con sus enterramientos de los tesoros más oscuros, secretos y preciados de dolores familiares, y escondan sus fulgores los verdaderos motivos de los escritores, para Tóibín, "la imaginación es más grande que la familia y el mundo, porque los genios ven lo que los demás no vemos".
TOMADO DE:  http://cultura.elpais.com/cultura/2013/07/08/actualidad/1373312904_735534.html

domingo, 7 de julio de 2013

Bienvenido al sur, ‘Tomás Moro’

Bienvenido al sur, ‘Tomás Moro’

El Festival de Almagro, bajo un signo shakespeariano, estrena en España un montaje de la obra parcialmente atribuida al Bardo

Una escena del montaje 'Tomás Moro, una utopía', de Tamzin Townsend.
Once obras de Shakespeare por cinco de Lope, cuatro de Calderón y 14 más de otros autores, infantiles aparte. El Cisne de Stratford-upon-Avon se lleva el gato al agua (otra vez) en esta 36ª edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro, marcada por la expectación que levantó anteanoche el estreno en España de Tomás Moro, una utopía,obra colectiva en cuya redacción intervinieron seis manos, una de ellas la de Shakespeare, aunque este extremo no es del todo seguro. Al Bardo se le atribuyen 149 versos de un monólogo en el que el protagonista consigue aplacar las iras del pueblo, amotinado contra los emigrantes que, en tiempos de Enrique VIII, andaban quitándole el negocio a los naturales de Inglaterra.
Aunque, según una investigación paleográfica, la letra de la mayor parte del texto es de Anthony Munday, y de que existen claros indicios de que el resto son adiciones (la parte manuscrita por Munday es la única que lleva anotaciones del censor de su majestad), se ha especulado no poco con la hipótesis de que el texto entero pudiera ser de Shakespeare, no porque existan indicios racionales de ello, sino por el interés que suscita en círculos católicos la hipótesis de que el autor de Hamlet lo sea también de una pieza criptocatólica: imagínense lo que para algunos significaría poder adscribir con fundamento a esta religión al dramaturgo que Harold Bloom puso como pieza central del canon literario universal.
De momento, todo son dudas respecto a la autoría y la fecha en que fue escrito Tomás Moro, drama en el que se echa muy de menos una figura antagonista. Sin la presencia de EnriqueVIII, con quien Moro mantuvo el pulso de David contra Goliath, el conflicto queda enunciado, pero no es vívido y la pieza deriva suave, pero persistentemente, hacia latitudes hagiográficas, muy en consonancia con la santidad que Pío XI concedió en 1935 al pensador y humanista anglosajón. En el texto, tampoco quedan suficientemente claros para el profano los pormenores del asunto que puso a Moro a los pies del verdugo: su negativa a aceptar ese Acta de Supremacía a la carta que convirtió al rey de Inglaterra en cabeza visible de una nueva Iglesia, todo ello para que Enrique VIII no tuviera impedimento en divorciarse de Catalina de Aragón, para unirse a Ana Bolena.
En Tomás Moro falta continuidad, a pesar de que Ignacio García May, autor de una versión ágil, comprime escenas; elimina más de 40 personajes, episódicos en su mayoría, y hace aparecer una figura de nuevo cuño, en absoluto isabelina: un narrador que, desde nuestra época, intenta rellenar las lagunas de información que anegan el texto original, en el que no faltan algunos de esos elocuentes monólogos que caracterizan al teatro de la época.
La directora británica Tamzin Townsend ha hecho un buen trabajo con un material original al que no es fácil sacar partido. Su montaje da un tratamiento coral enérgico y acertado a la multitud de figuras que rodean a Moro, que entran y salen de las escenas con ritmo y presencia pero sin dejar huella, porque su identidad ya en el texto de partida está francamente diluida. En cambio, la decisión de utilizar proyecciones donde se pone en imágenes pasajes que mejor sería dejar a la imaginación libre del público, tratándose de una obra católica lanza un mensaje equívoco: podría simbolizar el destino, imponiéndose trágicamente al libre albedrío.
Apoyado en su imponente presencia, su buena voz y sus muchas tablas, José Luis Patiño crea un protagonista plausible, sin añadir modulaciones de carácter a un material escaso en ellas, aunque haya un par de escenas en las que, por hacer gala Moro de un sentido del humor refinado y de astucia, su figura histórica y sacra queda higiénicamente humanizada.
La presencia de Shakespeare durante estos días inaugurales se ha completado con El mercader de Venecia interpretado solo por actores de sexo masculino (según la tradición isabelina), que Tilmann Köhler ha dirigido a la Staatsschauspiel de Dresde, y con una versión libre de Otelo para actores, marionetas y objetos, de la compañía chilena Viajeinmóvil, que podrá verse en el Fringe de Madrid la semana próxima.
TOMADO DE: http://cultura.elpais.com/cultura/2013/07/06/actualidad/1373143791_404899.html

DERROTA RAFAEL CADENAS


Derrota
Rafael Cadenas*


Yo que no he tenido nunca un oficio
que ante todo competidor me he sentido débil
que perdí los mejores títulos para la vida
que apenas llego a un sitio ya quiero irme (creyendo que mudarme es una solución)
que he sido negado anticipadamente y escarnecido por los más aptos
que me arrimo a las paredes para no caer del todo
que soy objeto de risa para mí mismo
que creí que mi padre era eterno
que he sido humillado por profesores de literatura
que un día pregunté en qué podía ayudar y la respuesta fue una risotada
que no podré nunca formar un hogar, ni ser brillante, ni triunfar en la vida
que he sido abandonado por muchas personas porque casi no hablo
que tengo vergüenza por actos que no he cometido
que poco me ha faltado para echar a correr por la calle
que he perdido un centro que nunca tuve
que me he vuelto el hazmerreír de mucha gente por vivir en el limbo
que no encontraré nunca quién me soporte
que fui preterido en aras de personas más miserables que yo
que seguiré toda la vida así y que el año entrante seré muchas veces
más burlado en mi ridícula ambición
que estoy cansado de recibir consejos de otros más aletargados que yo
("Ud. es muy quedado, avíspese despierte")
que nunca podré viajar a la India
que he recibido favores sin dar nada a cambio
que ando por la ciudad de un lado a otro como una pluma
que me dejo llevar por los otros
que no tengo personalidad ni quiero tenerla
que todo el día tapo mi rebelión
que no me he ido a las guerrillas
que no he hecho nada por mi pueblo
que no soy de las FALN y me desespero por todas esas cosas y por otras cuya enumeración sería interminable
que no puedo salir de mi prisión
que he sido dado de baja en todas partes por inútil
que en realidad no he podido casarme ni ir a París ni tener un día sereno
que me niego a reconocer los hechos
que siempre babeo sobre mi historia
que soy imbécil y más que imbécil de nacimiento
que perdí el hilo del discurso que se ejecutaba en mí y no he podido encontrarlo
que no lloro cuando siento deseos de hacerlo
que llego tarde a todo
que he sido arruinado por tantas marchas y contramarchas
que ansío la inmovilidad perfecta y la prisa impecable
que no soy lo que soy ni lo que no soy
que a pesar de todo tengo un orgullo satánico aunque a ciertas horas haya sido humilde hasta igualarme a las piedras
que he vivido quince años en el mismo círculo
que me creí predestinado para algo fuera de lo común y nada he logrado
que nunca usaré corbata
que no encuentro mi cuerpo
que he percibido por relámpagos mi falsedad y no he podido derribarme, barrer todo y crear de mi indolencia, mi flotación, mi extravío una frescura nueva, y obstinadamente me suicido al alcance de la mano
me levantaré del suelo más ridículo todavía para seguir burlándome de los otros
y de mí hasta el día del juicio final.
*Rafael Cadenas (Barquisimeto 1930) poeta y ensayista venezolano. Profesor de la Escuela de Letras de la Universidad Central. De sus libros de poesía y ensayo podemos destacar, "Los cuadernos del destierro" en 1960, "Falsas maniobras" en 1966, "Memorial" en 1977, "Intemperie" en 1977, "Anotaciones" en 1983, "Amante" en 1983, "Dichos" en 1992, "Gestiones" en 1992 y "Apuntes sobre San Juan de la Cruz y la mística" en 1995. TOMADO DE: www.enfocarte.com

viernes, 5 de julio de 2013

Marguerite Yourcenar abierta en canal

Marguerite Yourcenar abierta en canal

‘Fuegos’ llega a Mérida bajo la batuta de José María Pou

Carmen Machi, Nathalie Poza, Cayetana Guillén Cuervo y Ana Torrent protagonizan la obra

José María Pou da instrucciones a Cayetana Guillén Cuervo (izquierda), Ana Torrent y Carmen Machi durante los ensayos de 'Fuegos'. / Santi Burgos
“Si tu casa fuera asolada por las llamas, ¿qué querrías salvar de entre la destrucción? Yo sólo salvaría el fuego”.
Ese brevísimo diálogo, cuya autoría no está clara aunque recurrentemente suele atribuirse a Jean Cocteau, era uno de los preferidos (y utilizados) por Marguerite Yourcenar (Bruselas 1903-Maine 1987), la inolvidable autora de Memorias de Adriano cuyo apellido era un anagrama de Crayencour, su nombre real.
Ese fuego purificador y catártico incrustado en el fugaz intercambio está en el núcleo central del montaje Fuegos, basado en la desgarradora prosa poética de la escritora y primera propuesta teatral de altura en la programación del 59º Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Fuegos se representará del 10 al 14 de julio sobre un escenario que, a buen seguro, habría fascinado a Yourcenar: el del imponente Teatro Romano.
Se trata de unos textos en los que la autora, abierta emocionalmente en canal, habla de su propio desgarro, cuando su relación con el editor André Fraigneau se fue a pique, a través de la voz de Clitemnestra, Safo y María Magdalena, interpretadas por Nathalie Poza, Cayetana Guillén Cuervo y Ana Torrent, que se desdoblan en otras heroínas. A través de esos textos, el director José María Pou y el dramaturgo Marc Rosic también han querido hacer hablar a la propia Yourcenar, interpretada por Carmen Machi.
Una vez más las prosas siempre poéticas de la novelista sirven para recrear mundos escénicos en los que, como si fueran máscaras, Yourcenar expresa los rincones más arrebatados y torturados de su decepción. Y una vez más la autora se sumerge en las profundidades de un mundo clásico por el que sintió verdadera devoción.
En Fuegos, una de sus obras más aclamadas, escrita en 1935, alterna relatos basados en mitos clásicos con fragmentos sobre la pasión amorosa. Una obra que empieza diciendo: “Espero que este libro no sea leído jamás”. A partir de esa frase es inevitable el engrandecimiento de esta pieza compuesta de nueve prosas líricas inspiradas mayoritariamente en mitos griegos, prosas que van siendo unidas por unos fragmentos definidos por la autora como textos sobre la noción del amor: la misma que tenía en ese momento de tremenda crisis emocional, surgida tras su mayor fracaso amoroso, ya que dos años después rehízo su vida sentimental con la traductora norteamericana Grace Frick, con la que vivió hasta la muerte de esta en 1979, diez años antes de la de la propia Yourcenar. Ambas están enterradas juntas cerca de la casa que compartieron en Estados Unidos.
“A modo de purga, como si quisiera sanar de esa melancólica enfermedad, la autora vierte todo el dolor de su corazón en la escritura. El resultado fue esta colección de monólogos que tienen como elemento unificador una serie de interludios en primera persona, extraídos de su diario personal, donde ofrece aforismos, pesimistas y clarividentes, alrededor del sufrimiento amoroso”, apuntan Rosic y Pou, a lo que añade este último que el germen de este proyecto está en una propuesta que le hicieron Jesús Cimarro, director del Festival, y la productora Focus. “De entrada dije que no, porque me da mucho miedo todo aquello que no está pensando para que sea teatro y al leerlo vi que eran reflexiones en voz alta, pero había tres monólogos, los de Magdalena, Clitemnestra y Safo, que tenían más carne dramática y me empeñé en superar ese reto. Con Rosic buscamos el camino para que no fuera una actriz detrás de otra, sino algo unitario, cosa que nos facilitó el hecho de incorporar la figura de la propia Yourcenar, una mujer abandonada y convertida en materia artística”.
A todas ellas las une el desamor y, al situarlas juntas en un escenario, Rosic y Pou abordan un juego pirandelliano en el que tres personajes conversan con la autora que las ha creado y comparten, rompiendo la cuarta pared, esa vivencia con el público. “Tanto antes como ahora los personajes de mujeres siempre han estado escritos por hombres”, apunta Carmen Machi. “Con Yourcenar vemos a estas heroínas defendiéndose del papel que les ha dado la Historia y cuentan su propia versión, lo que es muy de agradecer porque vemos que son seres inteligentes y con capacidad de verbo”, añade la actriz. Su compañera Nathalie Poza explica: “La escritora describe muy bien el dolor porque lo conoce. Todos los personajes sangran por la misma herida”. “Es un vómito emocional y privado”, añade Guillén Cuervo. Por su parte, Ana Torrent, que se estrena en el Teatro Romano, confiesa: “He oído tanto sobre este espacio que ando nerviosa, pero estoy mucho más preocupada por abordar el personaje”. Fuegos viajará después de Mérida a los festivales Grec de Barcelona y San Javier (Murcia).

Platos fuertes

El festival emeritense rescata la Medea del coreógrafo José Granero, el músico Manolo Sanlúcar y el director escénico Miguel Narros, bajo mando de Antonio Najarro con Maribel Gallardo y Esther Jurado, de protagonistas.
Fuegos, Hécuba, Julio César, El asno de oro, Las Tesmoforias y Los gemelos. Siete grandes espectáculos, todos ellos representados en el imponente teatro romano de la ciudad pacense, de los que cinco son estrenos absolutos de autores clásicos.
La verdad sospechosa de Ruiz de Alarcón y la Compañía Nacional de Teatro Clásico con puesta en escena de su directora, Helena Pimenta Helena Pimenta, comparte protagonismo en Almagro con Tomás Moro, una utopía.
Tamzin Towsend dirige el retrato que William Shakespeare hizo del teólogo y pensador humanista. Una de sus obras más densas, que en su versión original contó con más de 60 personajes.
TOMADO DE:  http://cultura.elpais.com/cultura/2013/07/05/actualidad/1373052797_059988.html

jueves, 4 de julio de 2013

Vargas Vila o el insulto como una de las bellas artes

Vargas Vila o el insulto como una de las bellas artes

Consuelo Triviño novela en ‘La semilla de la ira’ la vida de José María Vargas Vila, uno de los escritores más polémicos del siglo XX

Consuelo Triviño, escritora colombiana fotografiada en el Instituto Cervantes. / Samuel Sanchez
Considerado por Borges el maestro del insulto en América Latina, el colombiano José María Vargas Vila (1860-1933) ha sido definido por los críticos como un escritor genial, panfletario, soez y sutil a partes iguales. El intelectual colombiano se hizo famoso por sus textos libertarios contra el caudillismo, su posición anticlerical y sus narraciones demasiado eróticas para la época que lo convirtieron en uno de los autores más leídos y a la vez más repudiados por las autoridades. La novelista colombiana Consuelo Treviño Anzola ha reinventado su figura y su discurso en su novela La semilla de la ira que fue escrita en 2005, publicada en Colombia en 2008 por Seix Barral, y que acaba de editarse en España apadrinada por la editorial Verbum.
“Mi libro es un híbrido entre la ficción y la historia” cuenta Triviño en una terraza aledaña al Instituto Cervantes de Madrid, donde trabaja desde 1997, “pero también es una novela de viajes, una biografía novelada y por fin una fantasía, porque tras su muerte, el espíritu de Vargas Vila sigue sobrevolando la historia de América como un cóndor que avista las dictaduras, el caudillismo y la violencia”. La obra, narrada en primera persona en un estilo que evoca la literatura escultórica y preciosista del modernismo, reinventa la belle époque hispánica y retrata a figuras tan legendarias como Rubén Darío y José Martí, al que el protagonista define con un tono de voz “vibrante poderoso y terrible”. “Creo que el modernismo es lo más interesante que nos ha ocurrido a los latinoamericanos literariamente hablando. Es nuestra mayoría de edad cultural y Darío la encarna mejor que nadie”, explica la autora, que también ha publicado las novelas Prohibido salir a la calle (1998), La semilla de la ira (2008), La casa imposible (2000), Una isla en la luna (2009) y la biografía José Martí, amor de libertad (2004).
Mi libro es un relato histórico, una novela de viajes, una biografía novelada y también una fantasía”
Consuelo Triviño
“No tuve dios, no tuve patria, no tuve un amor; en mí sobrevivió solo una pasión, a la que no he renunciado jamás y por la que he sacrificado todo cuanto soy: ¡LA LIBERTAD!”. La voz a ratos airada y a ratos apasionada de Vargas Vila planea por las páginas de la novela retratando ciudades como París, Roma, Madrid y Buenos Aires, ajustando cuentas con sus enemigos terrenales y sus fantasmas internos. “Esa faceta suya tan sarcástica y punzante le hace parecerse a nuestro Fernando Vallejo”, comenta la escritora refiriéndose al polémico autor de El desbarrancadero (2001). “Él siempre ha querido escribir una novela sobre Vargas Vila, pero creo que no ha encontrado el tono. De hecho me intentó convencer de que había cometido un error escribiendo esta obra”.
Aunque la novela sobre su vida la escribió Consuelo Triviño en solo un año, el bagaje documental se remonta tres décadas. En 1983, año en el que se instaló definitivamente en España, la autora hizo una tesis doctoral sobre el personaje: “Cuando acabé mi investigación, quise olvidarme de Vargas Vila, pero en 1987 Fidel Castro anunció que habían encontrado sus manuscritos en Cuba. Sin dudarlo, fui a La Habana a rescatar el texto. Esos diarios han sido mi principal fuente de documentación”. La autora también bebió de su extensa obra novelística: Vargas Vila es autor de más de un centenar de libros, como Aura o las violetas, Flor de fango, Los divinos y los humanos, Los césares de la decandencia, El ritmo de la vida, motivos para pensar, Los parias,El huerto del silencio, Ibis y Lirio blanco. Delia.
Como ejercicio literario, la imitación de voces históricas ha dado frutos de todo tipo, desde la documentación exhaustiva de El farmer (1996) de Andrés Rivera, en la que el argentino se mete en la conciencia del caudillo Juan Manuel Rosas, hasta la versión surreal de El mundo alucinante, en la que Reinaldo Arenas mezcla la biografía del mexicano Fray Servando Teresa de Mier con la suya propia, basándose en su experiencia como exiliado y represaliado. “Yo también fusiono la visión de Vargas Vila con la mía propia”, explica la autora de La semilla de la ira, “pero documentándome a través de lo diarios y la literatura de la época”. De esta forma, el protagonista de la novela se siente desolado en un Madrid de principios del XX “provinciano, apolillado y conventual” tal y como lo describió Baroja en La lucha por la vida (1904). Pero en este caso, la opinión del Vargas Vila ficcional no coincide con la de Triviño: “Hoy es la ciudad que más me gusta de España, la única en la que me siento una ciudadana del mundo”.
Desde los años setenta, la novela histórica hispanoamericana ha experimentado una eclosión cualitativa y cuantitativa. Entre las decenas de obras destacables se encuentran la novela de dictador Yo, el supremo (1974), del paraguayo Augusto Roa Bastos, el drama bélico Noticias del imperio (1987), del mexicano Fernando del Paso, la surrealista visión del descubrimiento en Los perros del paraíso (1983), de Abel Posse, el viaje póstumo de Santa Evita (1995), de Tomás Eloy Martínez, y la aclamada y desgarradora La fiesta del chivo (2001), de Mario Vargas Llosa. Trivino asegura que su obra no ha bebido de la novela histórica sino del modernismo y la experiencia personal, pero no ahorra elogios a la hora de ensalzar la literatura hispanoamericana pasada y presente y reivindicar la autenticidad de los nuevos escritores: “Creo que la actual narrativa está en una búsqueda muy interesante tanto en España como en América. Ante la caída de la industria editorial no tiene sentido escribir para vender. No hay más remedio que ser auténticos”.