LA RAZÓN DE UN NUEVO BLOG DE GESTIÓN CULTURAL

Ante la avalancha de información cultural noticiosa que recibimos diariamente gracias a la colaboración que me proporciona Arturo Álvarez D'Armas, poeta, fotógrafo y promotor cultural venezolano, así como otros valiosos amigos colaboradores, hemos decidido abrir un nuevo blog de promoción y gestión cultural. Sean bienvenidos todos los amigos interesados en promover la cultura y el arte en general. Pueden enviarnos sus colaboraciones, las cuales subiremos a este blog como entradas tan pronto como las recibamos. Quienes deseen colaborar pueden dirigirnos sus trabajos a nuestro correo personal: renedayre@gmail.com René Dayre Abella. Autor y promotor cultural.

sábado, 30 de noviembre de 2013

Bonnefoy reivindica la poesía como algo esencial en la enseñanza y la vida

El discurso del poeta, ensayista, traductor y crítico francés de 90 años, Premio en Lenguas Romances 2013, inaugura la XXVII edición de la FIL

Sucedía que era preciso destruir y destruir y destruir, / Sucedía que la salvación sólo era posible a ese precio”… Y sucedió que los versos de Yves Bonnefoy deambularon entre los millares de libros distribuidos en 34.000 metros cuadrados de la feria. Sucedió que el poeta, ensayista, traductor y crítico francés de 90 años, y de cabellos blancos revueltos, silenció el bullicio de la gente con su voz llena de reflexiones impregnadas de lirismo con las que reivindicó la poesía como algo esencial en la enseñanza y la vida. Y sucedió que así inauguró la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) su 27ª edición, con la presencia del Nobel Mario Vargas Llosa, en la que se otorgó el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances a este escritor sensible y sabio que un día escribió La imperfección es la cima:
Sucedía que era preciso destruir y destruir y destruir,
Sucedía que la salvación sólo era posible a ese precio.
Arruinar el rostro desnudo que asciende en el mármol,
Machacar toda forma, toda belleza.
Amar la perfección porque ella es el umbral,
Pero negarla una vez conocida, olvidarla muerta
La imperfección es la cima
”.
Poesía en una mañana que contrastaba con un despliegue de seguridad más allá de palabras mexicanas Algo inédito. Vigilancia secreta, policial y militar como nunca antes rodearon el complejo de la Expo ante la visita de la delegación de Israel, invitado de honor, encabezada por su presidente y premio Nobel de la Paz Shimon Peres, cuyo pabellón es una simulación del desierto con dunas de diferentes alturas, en módulos de madera escalonados, esparcido de olivos, donde la gente puede pasear.
El protagonismo absoluto fue para la poesía, las reflexiones sobre el arte, la vida y las palabras de Yves Bonnefoy. Un poeta sorprendido y feliz ante la acogida aún por estos lados de la poesía: “Pensar en ella hoy no es algo natural ni simple”. Lamentó el poeta que en otras partes del mundo la tecnología y sus empleos comerciales eclipsen la mirada sobre la poesía para ayudar a comprender la vida y que en las universidades no se considere este arte como una necesidad fundamental. “Es en las dudas angustiadas de Hamlet donde la modernidad del espíritu encontró su suelo más fértil”, recordó quien ha traducido a Shakespeare al francés.
La sensatez del poeta con la realidad apareció para recordar que la existencia, “que se topa incesantemente con los imprevistos del azar, es, antes que nada, una relación con el tiempo; ¿y cómo acceder a la comprensión del tiempo sino escuchando los ritmos, esa memoria del tiempo, actuando sobre las palabras fundamentales de la lengua?”.
Hasta que Bonnefoy se adentró en la relación de las palabras y el milagro que ellas representan ante lo que cada uno ve cuando las pronuncia o escucha o ve. Así pastoreó por su bosque de palabras al millar de personas que lo escuchaban invitándolas a pronunciar, por ejemplo, “Árbol”… “Río”… “Sol”…“Piedra”… Para terminar celebrando el derrumbe de la torre de Babel porque de lo contrario, asegura, “habríamos sido prisioneros de una lengua única, que nunca habría tomado conciencia de sus límites en el contacto con otra. Fatalmente esa lengua solitaria no habría sido sino un gran sueño, encerrada en una ideología”. Luego lanzó una invitación: “Amemos las otras lenguas”. Él mismo reconoció su deuda con el idioma español. “¿Y qué es lo que le debo?”, se preguntó el poeta, que contestó cerrando un círculo que es comienzo y fin de sus palabras: “Una buena parte de este pensamiento acerca de la importancia de las palabras que acabo de formular ante ustedes”.
Y sucedió que los versos de Yves Bonnefoy siguieron su paseo por la feria, incluido el poema El libro para envejecer:
“Estrellas trashumantes; y el pastor que se inclina
Sobre la dicha de la tierra; y tanta paz
Como ese grito irregular de insecto
Que un dios pobre modela. De tu libro
Subió el silencio hasta tu corazón.
Corre un viento sin ruido en los ruidos del mundo.
Lejos sonríe el tiempo, por dejar de existir
Sencillos en el huerto son los frutos maduros.
Envejecerás
Y, al perder tu color en los árboles,
Al formar una sombra más lenta sobre el muro,
Al ser amenazada la tierra, al fin, de alma,
Retomarás el libro donde lo abandonaste,
Y dirás: Eran ésas las últimas palabras oscuras”.

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Ensayo

George Orwell a 110 años de su nacimiento

George Orwell hablando por la BBC. (DAILYMAIL.CO.UK)
'Rebelión en la granja' y '1984', sus dos obras más conocidas, han vendido más de 50 millones de copias en todo el mundo. En ellas denunció no solo peligros de su época, sino peligros futuros.
Richard Walmsley, funcionario inglés en la colonia británica de la India, trabajaba para el Ministerio del Opio en la comunidad de Motihari, un pequeño pueblo del norte, casi irrelevante, a solo cincuenta kilómetros del Himalaya. Lo único notable en aquel lugar perdido entre los campos de labranza y los ríos tributarios del Ganges, era un monumento de piedra: la estupa budista que el emperador Ashoka había mandado erigir más de un milenio atrás. Era la mayor estupa del mundo, pero eso a los ingleses no les importaba.
Richard se había casado con Ida Mabel, una mujer de ascendencia birmana y francesa, y allí les nació su primer hijo, Eric Arthur Blair, en junio de 1903. Dos años después, la familia se trasladó a Inglaterra y el niño comenzó a asistir a un colegio parroquial. Eran pobres y no podían pagarle una buena educación a su hijo, pero Eric destacaba y obtuvo becas para estudiar en las mejores escuelas inglesas. Le gustaba escribir, trabajó en varias revistas estudiantiles e incluso publicó algunos poemas. Sin embargo, no logró conseguir una beca para la universidad y, siendo ya adolescente, sus padres decidieron enviarlo de vuelta a la India para que se uniera a la policía de Birmania.
A los veinticinco años, harto de la policía y sus abusos, resentido con el Imperio Británico y su sistema colonial, Eric regresó a Europa. Probó suerte en Londres, pero la pobreza lo obligó a refugiarse en casa de una tía, en París, donde trabajó como lavaplatos para un hotel de lujo. Su situación, lejos de mejorar, se hacía peor, y un año después, enfermo, tuvo que retornar a casa de sus padres en Suffolk. Allí escribió sus dos primeras novelas —Sin blanca en París y Londres (1933) y Los días de Birmania (1934)—, en las que contaba crudamente sus experiencias. Fue por esa época que adoptó el seudónimo de George Orwell. Aquellos libros iniciales no tuvieron éxito, pero Eric era tenaz: La hija del clérigo (1935), Mantened la aspidistra izada (1936) y su primer volumen de ensayos, El camino a Wigan Pier (1937), lo confirmaron en su afán de ser escritor.
Era un hombre de izquierdas, opuesto al imperialismo desde su juventud y apasionado defensor de los más pobres, de manera que al estallar la Guerra Civil Española se alistó como miliciano y partió a Barcelona, donde combatió junto al Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). Sobre sus vivencias en esta guerra, en la que fue herido y enfermó de tuberculosis, escribió en el relato autobiográfico Homenaje a Cataluña (1938), donde criticaba duramente los desmanes de los comunistas que, al servicio de Stalin, minaban la fuerza de los republicanos españoles. Sus críticas no encontraron mucho apoyo y le trajeron el odio de los partidos de orientación pro-soviética no solo en España, sino también en Inglaterra, que comenzaron una campaña de descrédito en su contra.
Sin reconocimiento como autor, Eric sobrevivió escribiendo reseñas para el New English Review hasta que en 1940 estalló la Segunda Guerra Mundial. Su salud, debilitada por la tuberculosis, le impidió participar en los combates, aunque no se resignó a la inactividad: escribió numerosos ensayos y artículos de propaganda antifascista, y en 1941 fue contratado como periodista por el Servicio Oriental de la BBC.
Creía en el socialismo y sus textos despertaban las sospechas del gobierno británico; pero rechazaba también el estalinismo, y sus duras diatribas contra el Pacto Molotov-Ribbentrop no le hicieron más fácil la existencia. Títulos como El león y el unicornio (1941) y sus contribuciones a la antología La traición de la izquierda, de Victor Gollancz, dan fe de su difícil posición como intelectual.
'Rebelión en la granja'
Ya en abril de 1944 tenía terminado el manuscrito de Rebelión en la granja, donde describía con ingenio y mordacidad la corrupción del socialismo soviético bajo el gobierno de Stalin, pero las editoriales inglesas se negaban a publicarlo porque la URSS era un importante aliado, y el libro solo vio la luz en agosto de 1945, cuando la guerra llegaba a su fin.
Rebelión en la granja fue un éxito rotundo. Desde entonces hasta 1947, siendo ya un escritor de prestigio, pero agravado en su enfermedad, se mudó a un rincón tranquilo de la isla de Jura para escribir su última y más célebre obra, 1984. La novela se publicó en junio de 1949 y pocos meses después, en enero de 1950, Eric Arthur Blair —conocido ya universalmente por su seudónimo George Orwell— murió en Londres a la edad de 46 años.
Su vida y su obra, signadas por los acontecimientos y las paradojas de su época, lograron trascenderla y extraer de ella imágenes que aún hoy siguen conmoviendo a sus lectores. A más de sesenta años de su muerte, odiado por unos y admirado por otros, George Orwell es sin dudas el más influyente autor inglés de su generación —más incluso que Graham Greene y Evelyn Waugh—, y solo sus dos últimos libros, traducidos a 62 idiomas, han vendido alrededor de cincuenta millones de copias por todo el mundo.1 Para algunos, a pesar de su honestidad personal, su idealismo y el valor con que expresó sus opiniones, Orwell es un mal escritor, cuyo éxito es desproporcionado y se debe solamente a ciertas circunstancias sociales y políticas que le favorecieron.2
Es cierto que las circunstancias de su tiempo y los posteriores años de Guerra Fría influyeron mucho en la recepción de su obra, aunque esa influencia no fue solo positiva ni resulta suficiente para explicar el interés que aún genera. El propio T. S. Eliot, en la carta donde argumentaba las razones por las que no publicaría Rebelión en la granja en la editorial Faber and Faber, admitía "que se distingue por su escritura, que la fábula se maneja con mucha habilidad y que la narración logra conservar el interés del lector en su propio plano —y eso es algo que muy pocos autores han logrado desde Gulliver".3
Esa comparación entre las obras de Orwell y Jonathan Swift no es, sin embargo, gratuita: Orwell había estudiado profundamente la sátira política de Swift y lo admiraba al punto de reconocer que "Los Viajes de Gulliver ha significado más para mí que cualquier otro libro jamás escrito".4 Pero más que el elogio implícito en los comentarios de Eliot, la comparación entre estos dos escritores es útil porque ayuda a entender las analogías y diferencias de sus pasiones.
Bertrand Russell escribió al respecto en junio de 1950: "Ambos dieron cuerpo a su desilusión en sátiras amargas y magistrales. Pero si la sátira de Swift expresa un odio universal e indiscriminado, la de Orwell tiene siempre una corriente subterránea de ternura: él odia a los enemigos de aquellos a quienes ama, mientras que Swift solo podía amar (y poco) a los enemigos de aquellos a quienes odiaba. Más aún: la misantropía de Swift brotaba de una ambición frustrada, mientras que la de Orwell nacía de la traición de ideales generosos por parte de aquellos que decían ser sus defensores."5
Russell respetaba a Orwell porque, en su opinión, "había conservado un impecable amor a la verdad y se había permitido aprender incluso las lecciones más dolorosas", pero veía en él un hombre triste que había perdido su fe en la humanidad.6 Aquel futuro mundo distópico que Orwell describe en 1984, donde el ciudadano, despojado de toda libertad, de toda privacidad, se encuentra a merced de un Estado tiránico que vigila y castiga cruelmente cada disidencia, hasta la de pensar, se le antojaba a Russell expresión de la desesperanza de Orwell.
Muchos estudiosos han encontrado en esa última novela, sin embargo, la advertencia de un peligro más que el augurio de un futuro inexorable.7 El propio Russell, en 1938, veía con preocupación esa posibilidad: "Muchas fuerzas conspiran para guiar a las comunidades modernas hacia la uniformidad —las escuelas, los diarios, el cine, la radio, la instrucción militar, etc. Por lo tanto, la posición de equilibrio momentáneo entre el aprecio a la independencia y el amor al poder tiende, en las condiciones actuales, a moverse cada vez más en la dirección del poder, facilitando así la creación y el éxito de Estados totalitarios. Mediante la educación es posible debilitar el amor a la independencia hasta un extremo cuyos límites hoy se ignoran. Cuánto puede aumentar gradualmente el poder que un Estado ejerce hacia el interior de su sociedad sin provocar una revuelta, es imposible decirlo; pero no parece haber razones para dudar de que, con el tiempo, ese poder puede crecer mucho más allá del punto que en la actualidad han alcanzado los Estados más autocráticos." 8
'1984'
La Segunda Guerra Mundial sacudió, como ninguna otra guerra antes, la conciencia de la humanidad. La masacre de millones de personas, el inmenso poder de destrucción que la tecnología había puesto en las manos del hombre, el efecto combinado de la propaganda y el terror, hacían posibles esas oscuras pesadillas. Incluso el presidente de los Estados Unidos, Dwight D. Eisenhower, llamó la atención sobre esa posibilidad cuando, en su discurso de despedida, advirtió sobre los riesgos combinados de la autocomplaciente desidia de los ciudadanos y la incontrolada adquisición de influencia por parte del complejo militar-industrial.9
La señal de alarma que Orwell lanzó con 1984 no debe verse entonces —como pensaba Russell— solo como una consecuencia directa de la decepción ni como el temor exagerado de un único sujeto visionario. De hecho, al menos en sus rasgos más generales, mucho de lo que Orwell describe en 1984 había sido imaginado ya por otro popular autor inglés, Herbert Spencer, en su ensayo El individuo contra el Esta, que se publicó inicialmente en 1884.
Allí Spencer escribía: "incluso en sociedades privadas que se forman de manera voluntaria, el poder de las organizaciones reguladoras tiende a hacerse grande, si no irresistible. […] E incluso en entidades cooperativas que se forman para realizar negocios de manufactura o distribución, y que no necesitan de la obediencia a sus líderes que se requiere donde los propósitos son ofensivos o defensivos, suele suceder que las agencias administrativas adquieren tal supremacía que despierta protestas sobre 'la tiranía de la organización'. Juzguen ustedes entonces que pasará cuando, en vez de asociaciones relativamente pequeñas, a las que las personas pueden pertenecer o no, según deseen, tengamos una asociación nacional en la que todos los ciudadanos estén incorporados y de la cual no puedan separarse sino abandonando el país. Juzguen, bajo tales condiciones, cómo será el despotismo de un oficialismo centralizado y jerarquizado que tenga en sus manos los recursos de la comunidad y que disponga de cuanta fuerza demande para hacer cumplir sus decretos y mantener aquello que quiera entender por orden."10
La novela de Orwell vio la luz en una época cuando esas premoniciones de Spencer parecían más próximas. Lóbrega y asfixiante como los peligros a que la humanidad despertaba tras la guerra, 1984 suscitó desde su publicación numerosas lecturas, favorables o no, pero siempre apasionadas y casi siempre bajo el prisma de lo ideológico, de uno u otro signo. Así, hubo quienes vieron en ella una profecía y quienes la tildaron de vulgar propaganda.
Algo similar había ocurrido antes con Rebelión en la granja, y en cierta medida también con Homenaje a Cataluña y con casi toda su obra ensayística desde El camino a Wigan Pier. El cuestionamiento y la defensa de la calidad artística de su literatura, apoyados en la aceptación o el rechazo de sus ideas políticas y —lo que es peor— en su manipulación, lo convirtieron en un autor muy difícil de valorar objetivamente. Su destino como intelectual es también sui generis: fue un socialista ignorado en los países socialistas que, con sus críticas al control total de la sociedad por el Estado, se ganó el epíteto de subversivo, y que, no obstante su lealtad a la clase obrera y sus duros retratos del imperialismo, se convirtió —a su pesar— en bandera de la lucha contra las ideas socialistas.
Esa circunstancia lo llevó más de una vez a pensar sobre los compromisos intelectuales del escritor y sobre la compacta imbricación de literatura y política en su propia obra: "Uno no puede mirar con interés puramente estético a una enfermedad que lo está matando; no puede sentirse ecuánime ante un hombre que está a punto de cortarle la garganta. En un mundo donde el Fascismo y el Socialismo peleaban el uno contra el otro, cada persona que pensara debía tomar partido […]. La literatura tenía que volverse política, porque otra cosa hubiese implicado una deshonestidad mental."11
Pero su necesaria toma de partido no lo hizo un mero instrumento al servicio de un dogma impuesto ni coartaron el ejercicio de su capacidad para pensar por sí mismo: un escritor —dijo— "no debe negarse jamás a considerar una idea por el hecho de que esta pueda conducirlo a la herejía, y no debe preocuparse demasiado si su heterodoxia se hace visible".12
Es difícil no coincidir con Harold Bloom cuando afirma que sus obras son hijas de una época y que eventualmente se olvidarán;13 aunque tal vez esa época no sea tan breve ni esté tan concluida como él supone. La "herejía" de Orwell, su "heterodoxia", y el carácter parabólico de sus dos últimos relatos, les confieren una indeterminación cronotópica significativa: podemos leerlos en tanto que representaciones magnificadas del totalitarismo soviético, pero ni su sentido y ni sus implicaciones terminan con la caída del socialismo en Europa del Este.
Para Dennis Wrong, por ejemplo, Orwell "fue uno de los principales creadores del concepto de totalitarismo, entendido como una nueva forma de tiranía que se apoya en técnicas de vigilancia y comunicación que se hicieron de uso general sólo a partir del siglo XX",14 un tipo de gobierno que —aunque ya, en su opinión, parezca improbable— es "una posibilidad permanente en las sociedades industriales urbanas orientadas hacia el progreso tecnológico y la comunicación de masas".15
Otro concepto orwelliano todavía bastante popular en estos tiempos, y muy vinculado con las modernas técnicas de espionaje, es el del "Gran Hermano", cuyas resonancias pueden advertirse sin demasiado esfuerzo en proyectos de vigilancia global como Echelon y Prism, y en muchas de las llamadas "teorías de la conspiración".
Sin embargo, juzgar sobre la mayor o menor probabilidad de que una tiranía al estilo de 1984 se instaure en este siglo me parece innecesario para valorar la trascendencia de la obra de Orwell. No me cuento entre quienes lo ven como el profeta de un porvenir oscuro, sino apenas como un autor cuyas ideas han dejado huellas que todavía persisten y que acaso sean útiles en el análisis de la sociedad y la política de nuestro tiempo.
Pero la notoriedad de Orwell va más allá del impacto causado por sus ficciones realistas o distópicas, más allá de la capacidad de sus neologismos y conceptos —"policía del pensamiento", "doble pensar", "crimental", "Gran Hermano", etcétera— para ilustrar aspectos o quizás tendencias de la realidad posterior a la Segunda Guerra. Su extensa obra ensayística y la coherencia de su propia vida con las posiciones que defendía en sus textos, son interesantes como paradigma intelectual y arrojan luz sobre los riesgos que suele enfrentar quien desafía los estereotipados fanatismos con que la propaganda oscurece la comprensión de la realidad. En este sentido, también, George Orwell sigue vivo a 110 años de su nacimiento.
Sin forzar las cosas, podríamos decir sobre él lo que dijo José Martí acerca de Spencer: "Es su frase como hoja de Toledo noble y recia, que le sirve a la par de maza y filo, y rebana de veras, y saca buenos tajos, y tanto brilla como tunde: derriba e ilumina. [...] Como en una idea agrupa hechos, en una palabra agrupa ideas".16


1 John Rossi y John Rodden, "A political writer", The Cambridge Companion to George Orwell (Cambridge University Press, Cambridge, 2007, p. 10).
2 Harold Bloom, "Introduction", Bloom's Modern Critical Views: George Orwell (Chelsea House, Nueva York, 2007, pp. 2-4).
3 "that it is a distinguished piece of writing, that the fable is very skilfully handled and that the narrative keep’s one interest on its own plane —and that is something very few authors have achieved since Gulliver", T. S. Elliot, en Edward Quinn, Critical Companion to George Orwell. A Literary Reference to His Life and Work (Facts On File, Nueva York, 2009, p. 23).
4 "Gulliver’s Travels has meant more to me than any book ever written", en Edward Quinn, op. cit., p. 386.
5 "Both embodied their despair in biting and masterly satire. But while Swift’s satire expresses universal and indiscriminating hate, Orwell’s has always an undercurrent of kindliness: he hates the enemies of those whom he loves, while Swift could only love (and that faintly) the enemies of those whom he hated. Swift’s misanthropy, moreover, sprang mainly from thwarted ambition, while Orwell’s sprang from betrayal of generous ideals by their nominal advocates", Bertrand Russell, en Jeffrey Meyers (ed.), George Orwell: The Critical Heritage (Routledge, Londres-Nueva York, 1997, p. 300).
6 "He preserved an impeccable love of truth, and allowed himself to learn even the most painful lessons. But he lost hope". Idem, p. 301.
7 Bernard Crick, "Nineteen Eighty-Four: context and controversy", The Cambridge Companion to George Orwell, ed. cit., pp. 153-155.
8 "Many forces conspire to make for uniformity in modern communities —schools, newspapers, cinema, radio, drill, etc. Density of population has the same effect. The position of momentary equilibrium between the sentiment of independence and the love of power tends, therefore, under modern conditions, to shift further and further in the direction of power, thus facilitating the creation and success of totalitarian States. By education, love of independence can be weakened to an extent to which, at present, no limits are known. How far the internal power of the State may be gradually increased without provoking revolt it is impossible to say; but there seems no reason to doubt that, given time, it can be increased far beyond the point at present reached even in the most autocratic States", Bertrand Russell, Power. A New Social Analysis (Unwin Hyman, Londres, 1988, p. 115).
9 "Eisenhower’s Farewell Address to the Nation".
10 "even in private voluntarily-formed societies, the power of the regulative organization becomes great, if not irresistible: often, indeed, causing grumbling and restiveness among those controlled. […] And even in bodies of co-operators, formed for carrying on manufacturing or distributing businesses, and not needing that obedience to leaders which is required where the aims are offensive or defensive, it is still found that the administrative agency gains such supremacy that there arise complaints about 'the tyranny of organization'. Judge then what must happen when, instead of relatively small combinations, to which men may belong or not as they please, we have a national combination in which each citizen finds himself incorporated, and from which he cannot separate himself without leaving the country. Judge what must under such conditions become the despotism of a graduated and centralized officialism, holding in its hands the resources of the community, and having behind it whatever amount of force it finds requisite to carry out its decrees and maintain what it calls order", Herbert Spencer, The Man Versus the State (The Caxton Printers, Caldwell, Idaho, 1960, pp. 48-49).
11 "You cannot take a purely aesthetic interest in a disease you are dying from; you cannot feel dispassionately about a man who is about to cut your throat. In a world in which Fascism and Socialism were fighting one another, any thinking person had to take sides […]. Literature had to become political, because anything else would have entailed mental dishonesty", George Orwell, "The Frontiers of Art and Propaganda", The Collected Essays, Journalism and Letters of George Orwell, vol. II (Secker & Warburg, Londres, 1968, p. 89.)
12 "He should never turn back from a train of thought because it may lead to a heresy, and he should not mind very much if his unorthodoxy is smelt out", George Orwell, "Writers and Leviathan", The Collected Essays…, vol. IV, ed. cit., p. 412.
13 Harold Bloom: "Introduction", en Kim E. Becnel, Bloom’s How to Write about George Orwell (Bloom’s Literary Criticism, Nueva York, 2011, p. VII).
14 "[Orwell] was one of the prime formulators of the concept of totalitarianism as a new kind of tyranny that is very much dependent upon the techniques of surveillance and communication that came into general use only in the twentieth century", Dennis Wrong, en John Rodden, Every Intellectual's Big Brother. George Orwell's Literary Siblings (University of Texas Press, Austin, 2006, p.127).
15 "[Totalitarianism] might be a permanent possibility in urban industrial societies committed to technological progress and mass communication", Idem, p. 126.
16 José Martí, "Herbert Spencer", Obras Completas, t. 15, (Ciencias Sociales, La Habana, 1991, p. 387).
TOMADO DE:  http://www.diariodecuba.com/de-leer/1385665205_6128.html

jueves, 28 de noviembre de 2013

El amor insondable de Kafka y Felice

Las cartas del autor de ‘El proceso’ permiten reconstruir una enigmática relación llena de turbulencias

Editorial Nördica recupera 'Cartas a Felice' cuarenta años después de que apareciera en España

El 16 de junio de 1913, Franz Kafka le confesó a Felice Bauer que no era gran cosa. “La verdad es que no soy nada, lo que se dice nada”, le escribió. Inmediatamente después le explicaba que no conocía a nadie tan desastroso en las relaciones humanas como él, y que tenía la impresión de que “no hubiera vivido nada”. Por si acaso añadía: a) que era incapaz de pensar y b) que tampoco sabía narrar, “ni siquiera hablar”. Poco antes, tras informarle de que estaba enfermo, le había preguntado: “¿Querrás reflexionar (…) y llegar a una conclusión respecto a si quieres ser mi mujer?”.
Nórdica vuelve a publicar estos días Cartas a Felice casi cuarenta años después de que apareciera el libro en España, y lo ha hecho (marca de la casa) en una magnífica edición (la traducción es de Pablo Sorozábal) y en el momento oportuno: nunca está de más sumergirse en esa insondable y enigmática relación que tan a fondo explora los laberintos del amor. “Yo perdería mi soledad, que en su mayor parte es horrible, y te ganaría a ti, a quien amo más que ningún otro ser”, le seguía contando Kafka en la misma carta. “En cambio tú perderías tu vida tal como la has llevado hasta el momento, vida con la que te sientes satisfecha casi por completo”. Así que remataba: “En lugar de esta nada despreciable pérdida ganarías un hombre enfermo, débil, insociable, taciturno, triste, rígido, casi desprovisto de toda esperanza, cuya tal vez única virtud consiste en que te quiere”.
Kafka conoció a Felice Bauer el 13 de agosto de 1912 en casa de la familia de Max Brod, seguramente su mejor amigo. El 20 de septiembre le escribió por primera vez. Kafka tenía entonces 29 años; Felice, 25. Él trabajaba en una empresa de seguros, vivía en Praga y estaba a punto de publicar su primer libro de relatos, Contemplación. Ella era ejecutiva en Carl Lindström S.A., una empresa dedicada a la fabricación y distribución de dictáfonos y residía en Berlín. “Cuando llegué a casa de los Brod”, apuntó unos días después en su diario a propósito de Felice, “estaba sentada a la mesa. No sentí la menor curiosidad por saber quién era, porque enseguida fue como si nos conociéramos de toda la vida”.
“Yo perdería mi soledad, que en su mayor parte es horrible, y te ganaría a ti, a quien amo más que ningún otro ser”
No tardarían mucho en escribirse con inusitada frecuencia, casi diariamente y, de tanto en tanto, varias veces en el mismo día. En su sexta carta, del 27 de octubre, Kafka reconstruyó milimétricamente el día en que se conocieron. No volvieron a verse, sin embargo, hasta el 23 de marzo de 1913, casi nueve meses después de su primer encuentro. En mayo, Kafka fue recibido por la familia de Felice, y lo pasó francamente mal. Por fin, en junio, le pide que sea su esposa. El 1 de abril, sin embargo, le había confesado: “Mi verdadero miedo –no se puede decir ni oír nada peor– consiste en que jamás podré poseerte”.
El volumen de Nórdica que contiene las cartas a Felice tiene 827 páginas. Casi el ochenta por ciento del espacio lo ocupan las que le escribió hasta finales de 1914. La última es del 16 de octubre de 1917. Fueron cinco años de una relación extraña, casi siempre a distancia, llena de recovecos, de equívocos, de turbulencias. Se amaban locamente, locamente temían por lo que les fuera a deparar el futuro. Les tocó ser a ratos cómplices y a ratos enemigos.
Todo cuanto se le pasaba a Kafka por la cabeza, todas manías, su día a día, sus gustos literarios y sus reflexiones sobre la escritura, sus complejos y miedos, todo está ahí. Aparecen sus celos por otros escritores, su obsesión por la delgadez de su cuerpo, sus batallas contra el insomnio y su adoración por el sueño, su enfermiza incapacidad de decidir, su compleja relación con los niños, su temor a casarse, su habilidad para desentrañar los mecanismos de poder. Kafka no le oculta a Felice la mala química que tiene con su padre, deja ver cuánto le gusta metamorfosearse en lo pequeño, le habla de su interés por los animales diminutos, los perros aparecen una y otra vez, y sus quejas por la insoportable vida de funcionario y por lo insoportable que le resulta Praga. En las cartas se revela su amor por los bosques y su predilección por el silencio y el vacío.
“Mi verdadero miedo –no se puede decir ni oír nada peor– consiste en que jamás podré poseerte”
En El otro proceso de Kafka, el ensayo que dedicó a las Cartas a Felice, Elias Canetti resume así el significado de esta fascinante obra: “Estas cartas contienen una inconcebible dosis de intimidad; son más íntimas aún de lo que sería la exposición detallada de una felicidad. No existe indecisión cuya descripción puede comparársele, ni personalidad que se haya desnudado tan fielmente. Este intercambio epistolar resulta casi insoportable para una persona primitiva, a tal punto se tiene la impresión de estar ante el exhibicionismo de una impotencia espiritual; pues uno se encuentra constantemente con todo lo que lo caracteriza: indecisión, temerosidad, frialdad de sentimientos, minuciosidad en la descripción de una ausencia de amor, un desvalimiento de tales proporciones que solo resulta creíble por la hiperexactitud con que se lo narra. Pero todo está formulado de tal forma que al instante se convierte en ley y conocimiento”.
Felice respondió que “sí” a la carta de junio de 1913, que aceptaba casarse con él, e inmediatamente después empezaron los tormento de Kafka. En septiembre huye del compromiso, ingresa en un sanatorio de Riva, quiere olvidarlo todo. Allí conoce a la “chica suiza” de la que se enamora durante diez días. Felice, por su parte, envía a finales de octubre a una amiga suya, Grete Bloch, para que haga de mediadora y consiga salvar lo que pueda salvarse.
Todavía surgen más complicaciones: Kafka empieza a cortejar a Grete por correspondencia, pero al mismo tiempo va recuperando poco a poco a Felice. Vuelven a prometerse en junio de 1914, vuelven a romper un mes después tras un incómodo episodio en un hotel que Kafka identifica con una suerte de proceso en el que lo condenan. De nuevo la distancia, tiras y aflojas, breves encuentros.
Entre el 3 y el 13 de julio de 1916, Kafka y Felice pasan diez días en Marienbad. Al principio las cosas chirrían, pero luego “siguieron cinco días felices con ella, uno, se diría, por cada uno de sus cinco años en común”, escribe Canetti en su ensayo. De nuevo piensan en casarse: cuando termine la guerra. Pero vuelven a discutir. Todavía su amor reverdece a ratos, pero en octubre de 1917, la relación se ha extinguido ya. El 30 de septiembre Kafka le ha escrito la carta más triste, la penúltima de todas aunque sea la del verdadero final. “Mi barca es muy frágil”, le confiesa. Se escuda en su enfermedad. Ha perdido. “Jamás recuperaré la salud”. Todo ha terminado.

Señales de humo

J. A. R.
En El otro proceso de Kafka, el libro donde escudriña la compleja relación entre el escritor y Felice Bauer, Elias Canetti va trazando puentes entre sus cartas y sus obras e intenta, de esa manera, comprender la envergadura de su literatura. “El comportamiento de Kafka durante los tres primeros meses de su intercambio epistolar con Felice fue exactamente lo que él necesitaba”, escribe. “Él sentía lo que le hacía falta: una seguridad lejana, una fuente de fuerza que no trastornara su sensibilidad mediante roces demasiado estrechos; una mujer que estuviera a su disposición sin esperar de él más que palabras, como una especie de transformador cuyos errores técnicos conocía y dominaba hasta el punto de que al instante podía corregirlos con ayuda de una carta”.
Para entender de qué manera Kafka se servía de la escritura para explorar cada vez más dentro, cada vez más al fondo de sí mismo, y cómo procuraba iluminar los rincones más oscuros y las anomalías y los ruidos de su interior, valgan unos cuantos párrafos de algunas de las Cartas a Felice (Nórdica, 2013; traducción de Pablo Sorozábal):
La mejor forma de vida
“Con frecuencia he pensado que la mejor forma de vida para mí consistiría en encerrarme en lo más hondo de una vasta cueva con una lámpara y todo lo necesario para escribir. Me traerían la comida y me la dejarían siempre lejos de donde yo estuviera instalado, detrás de la puerta más exterior de la cueva. Ir a buscarla, en camisón, a través de todas las bóvedas sería mi único paseo. Acto seguido regresaría a mi mesa, comería lenta y concienzudamente, y enseguida me pondría de nuevo a escribir. ¡Lo que sería capaz de escribir entonces! ¡De qué profundidades lo sacaría! ¡Sin esfuerzo! Pues la concentración extrema no sabe lo que es el esfuerzo. Lo único es que quizá no perseverase, y al primer fracaso, tal vez inevitable incluso en tales condiciones, no podría por menos que hundirme en la más grande de las locuras: ¿qué dices a esto, mi amor? ¡No retrocedas ante el habitante de la cueva!”. (Carta del 14 al 15 de enero de 1913)
El estado de confusión
“...¿has conocido alguna vez la incertidumbre? ¿Has visto cómo se abrían aquí y allá para ti solamente, descontando a los demás, diversas posibilidades, y que con ellas surgía una verdadera prohibición de efectuar todo movimiento? ¿Has desesperado alguna vez de ti misma, simplemente desesperado, sin que entrase en tu mente, ni del modo más fugaz, pensar en el otro? ¿Desesperado hasta el extremo de tirarse al suelo y permanecer así más allá de todos los Juicios Universales? (...) ¿Y qué es lo que te sostiene, la idea del judaísmo o la de Dios? ¿Sientes --y esto es lo principal-- vínculos ininterrumpidos entre ti y una altura o profundidad tranquilizadoramente lejana, posiblemente infinita? El que siente tal cosa no se ve en la necesidad de un lado a otro como un perro perdido que, mudo, lanza a su alrededor miradas implorantes (...)”. (Carta del 9 al 10 de febrero de 1913)
Cerca de mí
“Por eso corro en todas direcciones --no deliberadamente, claro está--, como las ardillas locas dan vueltas y más vueltas en la jaula, con el solo fin, mi amor, de retenerte ante mi jaula y saberte cerca de mí, aunque yo no pueda verte. ¿Cuándo te darás cuenta de ello, y una vez que te hayas dado cuenta, cuánto tiempo permanecerás ahí?”. (Carta del 21 al 22 de febrero de 1913)
El futuro
“Por supuesto que no tengo ningún plan, ninguna perspectiva, yo no puedo entrar en el futuro por mis propios pasos; precipitarme en el futuro, rodar en el futuro, tropezar y caer en el futuro, eso sí puedo hacerlo, y lo que mejor soy capaz de hacer es quedarme tumbado”. (Carta del 28 de febrero al 1 de marzo de 1913)
El sacrificio
“No me preguntes sin parar si quiero hacerte mía. El leer estas preguntas es algo que me da una tristeza mortal. Esas son las preguntas que hay en tu carta, pero en cambio no hay una sola palabra, ni una palabrita sobre ti, ni una palabra que diga lo que esperas para ti, ni una palabra que hable de lo que significaría el matrimonio para ti. Todo concuerda, para ti se trata de un sacrificio, no hay nada más que hablar sobre el particular”. (Carta del 21 de marzo de 1914)
Los dos combatientes
“Que en mi interior hay dos seres que combaten, es cosa que ya sabes. Que el mejor de ambos combatientes te pertenece, es algo que en estos últimos días he dudado menos que nunca. Sobre las vicisitudes de la lucha has sido informada a lo largo de cinco años mediante la palabra y el silencio y mediante sus entremezcladuras, por lo general para tu tormento. Caso de que me preguntes si ha habido siempre veracidad, solo te puedo decir que jamás hacia ninguna otra persona me he abstenido tan enérgicamnte de decir mentiras conscientes, o para ser aún m´ñas exacto, más enérgicamente, que hacia ti. Disimulos ha habido algunos, mentiras muy pocas, suponiendo que, de por sí, sea posible eso de que haya ‘muy pocas’ mentiras. Soy un ser mentiroso, de otra manera no sé conservar el equilibrio, mi barca es muy frágil”. (Carta del 30 de septiembre al 1 de octubre de 1917)
TOMADO DE:  http://cultura.elpais.com/cultura/2013/11/26/actualidad/1385500118_716708.html

lunes, 25 de noviembre de 2013

Una exposición recoge las tragedias de Herculano y Pompeya

La Casa del Lector ofrece el mural 'Volcán' dentro de la exposición 'La villa de los papiros' hasta el próximo 24 de abril

La villa de los papiros es el nombre que recibe la casa particular de Lucio Calpurnio Pisón Cesonino, suegro de Julio César en Herculano, cerca de Nápoles (Italia). En el año 79 d.C., esta propiedad y todas las de la zona fueron sepultadas por un manto de lava en la erupción del volcán Vesubio. Años después, entre 1750 y 1765, el arquitecto e ingeniero Karl Jakob Weber realizó las primeras excavaciones en la zona. Encontró 1.785 rollos de papiro carbonizados, pero no quemados en la villa. Hoy, reconstruidos, se pueden visitar en una exposición que la Casa del Lector ofrece hasta el 23 de abril. A raíz de la muestra, la artista Marina Núñez ha estrenado un mural inspirado en las fotografías aéreas de Pompeya, que representa una carta geográfica.
Imposible no verlo, o al menos no pisarlo, ya que se trata de una imagen impresa en el suelo de 795x522 cm. Cuando el espectador entra en el pabellón 14 de Matadero, justo en la entrada puede observar un gigantesco mural en el que hay representados tres ambientes: el volcán, la ciudad en ruinas y el mar. “Es una exposición muy ambiciosa. He planteado una imagen aérea, una especie de cartografía que el espectador tiene que pisar para pasar por ella, por lo que este la ve a ojo de pájaro”, explica Núñez.
En la entrada, el espectador observa un gigantesco mural en el que hay representados el volcán, la ciudad en ruinas y el mar
En cada una de las escenas hay una mujer joven y desnuda. Representan cada una de las vidas que se perdieron en la tragedia. “Las tres chicas son fantasmagóricas y adolescentes. Están en un estado latente entre la vida y la muerte”, explica la autora. Concretamente esta imagen de muerte se representa en las dos primeras escenas. “En la imagen del volcán ella está marcada por las sombras de los árboles carbonizados. En la ciudad en ruinas está metida en una especie de hueco tumba”. Aunque en este punto deja un matiz para la libre interpretación, ya que el observador puede también entender este espacio como un refugio. "La chica está eternamente en llamas. Es una especie de ente que se representa de forma transparente”.
El momento de la esperanza llega en la tercera escena: el mar. La joven está sumergida en las profundidades. Ahogada. Pero en el fondo, lo que está es saliendo de ella. De su cuerpo emanan esporas o microorganismos que pretenden escapar del agua. La escena concluye con una visión optimista de la tragedia, la de una nueva vida.
Excepto las tres chicas, que son de carne y hueso y han sido fotografiadas, el resto de elementos que componen el mural están diseñados por ordenador. “Tardé seis meses a tiempo continuo en hacer esto. Involucra trabajos en programas como el Photoshop o de efectos especiales y de creación en 3D”.
TOMADO DE:  http://cultura.elpais.com/cultura/2013/11/21/actualidad/1385052833_615723.html

domingo, 24 de noviembre de 2013

Música / centenario

Britten, la voz que no se apaga

Día 22/11/2013 - 12.57h

Un 22 de noviembre de hace un siglo, coincidiendo con la fiesta de Santa Cecilia, nacía Benjamin Britten, el más importante compositor inglés desde la época de Henry Purcell

En 1945, cuando gran parte del continente europeo era tan sólo un gigantesco campo de ruinas, se producía el imparable despegue de quien poco después sería considerado como el más importante músico inglés desde los lejanos tiempos de Henry Purcell. El estreno en el Sadler’s Wells londinense, el 7 de junio de aquel año, de la ópera Peter Grimes reportaba al joven Benjamin Britten un clamoroso triunfo que muy pronto traspasaría -y eso era algo que no se contemplaba desde hacía siglos- la infranqueable frontera de las islas británicas.
Desde el mismísimo año de su llegada al mundo, 1913, justo un siglo después de que nacieran Wagner y Verdi, todo parecía encaminado para que el inmenso talento de Britten pudiera manifestarse con toda plenitud en el terreno operístico, por más que su estrella llegara a brillar con luz propia en todo tipo de géneros musicales.

Original y directo

Ya a partir de sus primeras obras (On this Island, Our Hanting Fathers, Ballad of Heroes o Paul Bunyan, todas ellas sobre textos de su gran amigo W. H. Auden), Britten manifestó un sentido privilegiado para la escritura vocal. Si su refinado instinto literario le permitió adueñarse con idéntica destreza de los versos de Michelangelo Buonarroti(Seven Sonnets), Donne (The Holy Sonnets), Blake (Songs and Proverbs), Pushkin (The Poet’s Echo), Hölderlin (Six Hölderlin-Fragmente), Hugo y Verlaine (Quatre chansons françaises), Rimbaud (Les Illuminations), Hardy (Winter Words) y Eliot (The Journey of the Magi, The Death of Saint Narcissus) o de las construcciones narrativas de Melville (Billy Budd), Maupassant (Albert Herring), James (The Turn of the Screw, Owen Wingrave) o Mann (Death in Venice), el caleidoscópico lenguaje britteniano logró que, a lo largo de un legado tan cuantioso como polifacético, cohabitaran sin estridencias todo tipo de huellas e influencias, en apariencia irreconciliables: estructuras formales isabelinas, prosodia heredada de Musorgsky, sutileza tímbrica y expresividad emocional de ecos mahlerianos, armonías, colores y ritmos deudores de Debussy y Stravinsky, cierta tensión expresionista de estirpe bergiana -Britten pretendió estudiar con el autor de Wozzeck, cuya escucha en Viena le provocó un perdurable impacto- o incluso un personal acercamiento al dodecafonismo son algunas de las características de un estilo que consigue ser espontáneo, directo y profundamente original e independiente.

Pacifista, progresista y homosexual

Antifascista en la década de 1930, pacifista y objetor de conciencia durante la Segunda Guerra Mundial -lo que forzaría su marcha a los Estados Unidos en unión de su siempre fiel Peter Pears-, progresista y homosexual en medio de la puritana sociedad inglesa de su época, Britten resultaría a la vez demasiado avanzado para el reaccionario establishment británico e imperdonablemente conservador para los guardianes de las esencias de la vanguardia serial de postguerra.
Los conflictos del individuo en el seno de una sociedad que le persigue en razón de su diferencia, frecuente en su producción desde Peter Grimes, la obsesión por la impureza, la decadencia o el omnipresente tema de la inocencia ultrajada, que marcarán óperas como The Rape of Lucretia, Billy Budd o la testamentariaDeath in Venice, todas ellas símbolos de ese imposible ideal de belleza y amor inviables en el marco de un contexto histórico hostil, la represión sexual y la corrupción del alma infantil -que confluirían a través de una música escalofriante en esa obra maestra de la ambigüedad llamada The Turn of the Screw- y una más o menos soterrada pulsión homoerótica, rastreable incluso en obras ajenas a la escena como Les Illuminations o los Seven Sonnets of Michelangelo, constituyen algunos de los pilares sobre los que Britten consolidó el discurso ético de algunas de sus partituras más memorables.

Obras para el público infantil

En 1942, un año antes de componer la formidable Serenade para tenor, trompa y cuerdas, el músico de Lowestoft logró con A Ceremony of Carols su primera obra importante dedicada a los niños. Desde entonces, el universo coral infantil ya no abandonará su carrera y a él consagrará piezas de extrema delicadeza como Let’s make an Opera (conocida también como El pequeño deshollinador), Noye’s Fludde o, sobre todas ellas, la ópera en miniatura The Golden Vanity.
El encanto onírico y la nostalgia de lo sobrenatural, encarnados en A Midsummer Night’s Dream, el horror ante la masacre bélica, ejemplificado en el estremecedor War Requiem, la atracción por las sonoridades exóticas del gamelán balinés, recreada en el ballet The Prince of the Pagodas, o la inesperada amalgama del espíritu de las alegorías medievales con la gestualidad rigurosamente codificada del teatro nô japonés, que vertebra las tres soberbias «parábolas de iglesia» y, en concreto, Curlew River, milagro de equilibrio musical, son otros tantos testimonios que explican por qué la obra de Britten conserva intacta su capacidad de fascinación.
Ahora, cuando se cumplen cien años de su nacimiento, podemos hacer nuestras aquellas proféticas palabras de Peter Grimes presentes en la escultura que recuerda a su autor en la playa de Aldeburgh, no lejos de su tumba: «Oigo esas voces que no se apagarán».

sábado, 23 de noviembre de 2013

La casa de Sabato busca donantes para convertirse en museo

El consagrado autor argentino, deseaba que, después de morir, su casa se mantuviera “abierta a la comunidad”, cuenta su hijo

Mario (director de cine) y Luciana (arquitecta), hijo y nieta de Ernesto Sábato en la casa donde vivió el escritor argentino / Ricardo Ceppi
Ernesto Sabato vivió 66 de sus 99 años en una casa de Santos Lugares, en la periferia de clase media de Buenos Aires. Pese a su inclinación al aislamiento, su hogar fue lugar de encuentro de escritores y pintores, como él; de músicos, algunos con los que compuso letras para tangos y canciones folclóricas; periodistas, políticos, lectores y vecinos. En los últimos años de su vida, que acabó en 2011, tras la muerte de su esposa y de uno de sus dos hijos, Sabato se fue dejando estar y la vivienda, construida en 1927, también entró en decadencia. Incluso después de su fallecimiento, su otro hijo, el cineasta Mario, y su nieta Luciana, arquitecta, descubrieron que la habitación donde escribía el autor de El túnel y Sobre héroes y tumbas y donde durmió sus últimas noches estaba a punto de derrumbarse.
El consagrado autor argentino, uno de los mejores de habla hispana en el prolífico siglo XX, deseaba que, después de morir, su casa se mantuviera “abierta a la comunidad”, cuenta Mario. Así es que este director de varias películas de Los Parchís -las hizo con pseudónimo durante la última dictadura militar de su país (1976-1983) para seguir viviendo de su oficio- y sobre la vida y obra de su padre -Ernesto Sábato, mi padre y El poder de las tinieblas- se puso a montar un museo en la casa. Primero debía restaurarla. El jardín parecía una jungla y todos los rincones del inmueble estaban deteriorados. Por eso comenzó a gestionar hace dos años una subvención de la provincia de Buenos Aires, que finalmente la desembolsó a principios de 2013. Entonces comenzó la obra, a cargo de Luciana Sabato, y ya se ha ejecutado todo el dinero. Los fondos han alcanzado para el 70% de las necesidades de refacción, por lo que Mario Sabato ha comenzado a difundir por los medios de comunicación locales que el proyecto necesita de donantes particulares. Aparecieron varios, pero aún falta.
Mario y Luciana Sabato esperan que si llega el dinero suficiente la obra podrá terminarse este mismo año. Y en marzo próximo abrirá el museo. El hijo sobreviviente de quien presidiera la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, que creó la democracia argentina en 1983 para revisar los siete años anteriores de dictadura militar, aclara que la palabra museo no le gusta: “Parece solemne y esto no lo es. Será un museo vivo”. En el estudio donde se encuentra la biblioteca con parte de los 6.500 libros de Sabato, en la habitación del escritorio donde murió o en el taller donde comenzó a pintar en los 80, habrá pantallas en las que el propio genio explicará cada uno de esos rincones. Son filmaciones hechas por su hijo. “En esas imágenes aparece un Sabato entretenido, ameno, no trágico”, cuenta Mario, que reconoce que aún no ha definido otras actividades además de las visitas guiadas por las nietas del escritor. Ya ha recibido varias propuestas de museólogos para organizar el espacio y el cineasta está dispuesto a evaluarlas una vez que se abra en marzo.
No por iniciativa del escritor sino por la de su esposa, Matilde Kusminsky Richter , la casa solía ser centro de reuniones muy animadas. Por allí desfilaban escritores y consagrados, como Abelardo Castillo y Vicente Battista, músicos como Los Fabulosos Cadillacs, Mercedes Sosa, Jaime Dávalos, Eduardo Falú o Cuchi Leguizamón, pintores como Juan Carlos Castagnino y Antonio Berni, cineastas como José Martínez Suárez y Leopoldo Torre Nilsson, el príncipe Felipe o presidentes argentinos como Arturo Frondizi (1958-1962), Raúl Alfonsín (1983-1989), Fernando de la Rúa (1999-2001), Néstor Kirchner (2003-2007) y Cristina Fernández. Pero los días más especiales de la casa eran los 26 de junio, cuando Sábato celebraba su cumpleaños abriendo las puertas a quien quisiera entrar. Desconocidos y famosos se acercaban a Santohttp://cultura.elpais.com/cultura/2013/11/22/actualidad/1385121267_564771.htmls Lugares, a 15 kilómetros del centro porteño.
Pero la casa también tiene sus rincones oscuros, como el sótano. Allí Sabato y su esposa hicieron sesiones de espiritismo, sin que ningún fantasma apareciera. También allí durmieron algunas noches del último régimen militar porque, a pesar de recibir críticas sobre supuesta complacencia con el dictador Rafael Videla, Sabato recibía amenazas por “comunista” y entonces se resguardaba bajo tierra por temor a que un comando irrumpiera, según cuenta su hijo.
TOMADO DE:  http://cultura.elpais.com/cultura/2013/11/22/actualidad/1385121267_564771.html

jueves, 21 de noviembre de 2013

Luz Casal, Premio Nacional de las Músicas Actuales 2013

“A veces se olvidan de que también existo en España”, señala la artista

“Te voy a decir exactamente como me siento. Cansada, porque llevo un tute aquí en París que no te cuento. Pero aparte de constatar el desgaste físico, estoy contenta. Muy contenta, y muy sorprendida. No sabía que se estaba deliberando el premio, y es una sorpresa muy agradable”, decía Luz Casal por teléfono apenas 30 minutos después de conocer que había sido galardonada con el Premio Nacional de las Músicas Actuales de 2013. Se lo comunicaron en un restaurante, en una pausa en la promoción de su disco Almas gemelas y eso despertó el júbilo. “Los franceses se han puesto como cabras de alegría. A veces se olvidan de que también existo allí”, bromeaba Casal, que es en Francia casi más popular que en España.
El veredicto del jurado, que ha otorgado el premio por mayoría, incide en dos valores de la artista. Uno la “calidez” de una voz “que se graba en la memoria” y el segundo, su trayectoria. “Ha recorrido un camino fértil que empezó por el rock y abrazó géneros como las baladas y los boleros, que ensancharon su trayectoria y la de todos y han llegado a públicos diversos y a diferentes generaciones”, dice el texto. “Todo lo que he hecho de inesperado es la consecuencia de mi espíritu. Yo no puedo pasarme el resto de mi vida cantado Rufino o Piensa en mí. Lo hago porque me lo piden, por supuesto, pero necesito seguir probando cosas".
Pone como ejemplo de esto su última grabación: Siete versiones de distintos compositores –de Jobim a Benjamin Biolay, pasando por el griego Vangelis-. "Eso sí, si me dices en los ochenta que voy a cantar una canción de Jobim, te hubiera dicho, “venga ya, eso lo hace otro tipo de cantantes”. Pero ahora lo que intento es ver hasta donde soy capaz y hasta donde pueda no voy a parar de ponerme retos. Mira yo me recuerdo de pequeña diciendo que yo me sentía cantando más libre que en el resto de los momentos de mi vida. Y si no me doy libertad yo, ¿Qué hago? No puedo quedarme en lo que ya he hecho, porque me aburro y porque se aburren mis seguidores”.
La cantante, gallega de nacimiento (Boimorto, A Coruña, 1958), pero asturiana de adopción, debutó en 1980. Su carrera fue en constante ascenso popular y en 1991 publica A contraluz, que obtiene cuatro discos de platino. En él figura el bolero Piensa en mí, de Agustín Lara, que Pedro Almodóvar eligió para su película Tacones Lejanos, que significó su ascenso internacional.
Con el galardón a Casal, el Nacional de Músicas actuales, que concede anualmente el Ministerio de Cultura, parece consagrar a la generación de músicos españoles nacidos en los años cincuenta. En 2012 se concedió a Kiko Veneno, (Figueras, 1952) y en 2011, a Santiago Auserón (Zaragoza, 1954).
Tienen mucho en común: comenzaron en los albores de la Transición; crecieron en la escena pop-rock de los ochenta y giraron después a géneros más adultos. El bolero, en el caso de Casal. . “son mayores que yo”, matiza la premiada entre risas. "Pero Son personas que también han pasado por periodos muy personales. A mí el último disco de Kiko, me pareció un riesgo, una apuesta extraordinaria, me encantó. Lo mismo que hace Santiago cuando se metió, por resumir, en la música cubana. Fue de una valentía extraordinaria. Para mí no hay una dicotomía entre lo que he hecho en los 80, los 90, y lo de ahora. A veces no sabes si es un avance, un giro a la derecha, a la izquierda, arriba o abajo. Pero necesito sorprenderme”.
Reclamada por otros medios, (y con el pobre teléfono de su representante echando humo), apenas le queda tiempo para aventurar el destino de la dotación del premio, 30.000 euros. “Supongo que como hay tantos rotos que cubrir, alguno se me ocurrirá. Ya lo anunciaré en su momento”.





Luz Casal ha sido galardonada hoy con el Premio Nacional de las Músicas Actuales de 2013. Este premio, que concede anualmente el Ministerio de Cultura, está dotado con 30.000 euros.
En su fallo, el jurado ha resuelto proponer, por mayoría, la concesión del Premio a María Luz Casal Paz (Luz Casal), “porque con su calidez y una voz que se graba en la memoria ha recorrido un camino fértil que empezó por el rock y abrazó géneros como las baladas y los boleros, que ensancharon su trayectoria y la de todos y han llegado a públicos diversos y a diferentes generaciones”.
La cantante gallega de nacimiento (Boimorto,A Coruña, 1958), pero asturiana de adopción, debutó en 1980. Su carrera fue en constante ascenso y en 1991 publica A contraluz, que obtiene cuatro discos de platino. En él figura el bolero Piensa en mí, de Agustín Lara, que Pedro Almodóvar eligió para su película Tacones Lejanos.
Como la flor prometida (1995) vende más de medio millón de discos, convirtiéndose en el de más éxito de su carrera. En 1998 publica un recopilatorio, sólo para Francia, Luz Casal, que vende en ese país 400.000.
En 1999 obtiene el Premio Ondas con el tema Mi confianza. En 2001 se le concede, junto a Pablo Guerrero, el Premio Goya a la mejor canción original con Tu Bosque animado, de la película El bosque animado.
En 2004 publicó Sencilla alegría en el que incluye Negra Sombra, el poema de Rosalía de Castro musicado por Juan Montes Capón que sería tema principal de la película Mar adentro, de Alejandro Amenábar. En 2005 edita el recopilatorio, Pequeños, medianos y grandes éxitos.
En 2007 es operada de un cáncer de mama y el 20 de junio del mismo comunica en su página web que ha superado la enfermedad, colgando en ella el tema Sé feliz, de su nuevo álbum, Vida tóxica. En 2009 edita La Pasión.
En noviembre de 2011 publica un álbum recopilatorio que lleva por título Un ramo de rosas que incluye tres nuevas canciones.
TOMADO DE:  http://cultura.elpais.com/cultura/2013/11/19/actualidad/1384860469_427825.h