LA RAZÓN DE UN NUEVO BLOG DE GESTIÓN CULTURAL

Ante la avalancha de información cultural noticiosa que recibimos diariamente gracias a la colaboración que me proporciona Arturo Álvarez D'Armas, poeta, fotógrafo y promotor cultural venezolano, así como otros valiosos amigos colaboradores, hemos decidido abrir un nuevo blog de promoción y gestión cultural. Sean bienvenidos todos los amigos interesados en promover la cultura y el arte en general. Pueden enviarnos sus colaboraciones, las cuales subiremos a este blog como entradas tan pronto como las recibamos. Quienes deseen colaborar pueden dirigirnos sus trabajos a nuestro correo personal: renedayre@gmail.com René Dayre Abella. Autor y promotor cultural.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Las cifras del Gran Terror estalinista
Día 24/11/2014 - 14.27h

Falsos juicios, ejecuciones, campos de prisioneros. La ola represiva estalinista de 1937 se cobró dos millones de muertos. En las purgas de Moscú nos adentra «Terror y utopía», de Karl Schlögel, ensayo del que ofrecemos un avance

La maquinaria de arrestos, condenas y asesinatos trabajaba a pleno rendimiento. En muchos lugares resultaba incluso difícil mantener el ritmo de las desapariciones de personas. Instituciones enteras tuvieron que suspender sus actividades por falta de personal, se paralizaron determinados procesos de trabajo y quedaron colapsados. Entre el arresto y la ejecución mediaban a menudo sólo dos días, pocas veces duraba más de dos semanas. Las listas de arrestos ya estaban preparadas, pues desde la propia Revolución ya se habían registrado todos los elementos potencialmente sospechosos, y eran actualizadas una y otra vez según los datos más recientes. La represión podía recurrir a un amplio aparato de procesamiento de datos.
Desde principios de la década de 1920, cada dirección regional de la GPU disponía de listas con distintas categorías de enemigos: antiguos funcionarios de la Administración zarista, antiguos guardias blancos, participantes en las revueltas campesinas durante la guerra civil, retornados, inmigrantes políticos, antiguos prisioneros de guerra, sacerdotes condenados, antiguos kulaks y campesinos arrestados. A ello se añadieron algunos renegados políticos y antiguos militantes del Partido, los cuales representaban un grupo nutrido y, en algunos lugares, superaban a los propios militantes activos.
Cuando se agotaba la reserva de dichas categorías se hacía una selección arbitraria. A partir de entonces empezó a anotarse en las listas cuántas personas procedían de una determinada capa social, de un determinado grupo profesional o sector de la economía. Debía mantenerse una especie de proporción. Los interrogatorios se llevaban a cabo en correspondencia con las exigencias de determinados patrones prescritos, y se procesaba a los acusados durante el tiempo necesario –entiéndase por ello el desgaste psicológico– para que sus confesiones se correspondieran con el patrón exigido (espionaje para los fascistas alemanes, para Japón, para el Servicio Secreto polaco, o para otros).

«Álbumes» de sentencias preparadas

De ese modo, siguiendo un principio que en cierto modo funcionaba como una cinta transportadora, se podían conseguir decenas de confesiones al día que más tarde serían presentadas ante la troika. Ello, a su vez, garantizaba decenas de condenas en cada sesión (casi siempre nocturnas); el récord en este sentido lo alcanzó la troika de Omsk el 10 de octubre de 1937, con 1.301 condenas por sesión. Con una cantidad de quinientos casos cada noche –según informó Semiónov, el sustituto del jefe del NKVD en Moscú– era imposible centrarse en ciertos casos individuales. Ello es válido sobre todo para el nivel más alto de la toma de decisiones, al cual le presentaban los «álbumes» con las sentencias ya preparadas de antemano, que debían ser confirmadas. De ese modo Vyshinski y Yezhov consiguieron confirmar entre mil y dos mil sentencias cada noche.
Y aunque las discusiones sobre las cifras de víctimas aún no han acabado, hay una estadística presentada en el año 1953, a raíz de la muerte de Stalin, que muchos investigadores aceptan como un punto de partida realista. Según esa estadística, en el lapso de 1937 a 1938 los órganos de la Seguridad del Estado arrestaron a 1.575.259 personas, un 87 por ciento de ellas por razones políticas, de las cuales 1.344.923 (es decir, un 85 por ciento) fueron condenadas. La cifra total de los internos en los campos y prisiones había aumentado entre 1937 y 1938 hasta 1.006.030 personas. Si en el pasado las estimaciones sobre las ejecuciones en los años 1937 y 1938 oscilaban entre las 500.000 y los siete millones de personas, sí que se da por sentado que en ese período de tiempo fueron fusiladas 681.692 personas.
Si se suman a ello los casos de muerte como consecuencia de las condiciones infrahumanas de los campos y prisiones, es preciso atribuir directamente a la ola represiva de esos años un total de dos millones de muertes. En lo porcentual, esto significa que el 1,66 por ciento de la población entre los 16 y los 69 años fue arrestado en esa fecha y que se le quitó la vida a un 0,72 por ciento de la población. Ello representa, incluso en medio de una cadena ininterrumpida de excesos de violencia como la que había vivido Rusia desde el comienzo de la guerra en el año 1914, un inconcebible «exceso dentro del exceso» (Alec Nove).

Un día más, otro día menos

Las operaciones masivas se interrumpieron con el acuerdo del Politburó del 17 de noviembre de 1938. En el documento firmado conjuntamente por Mólotov y Stalin se hacía un llamamiento a continuar la lucha contra los espías, los terroristas y los saboteadores, pero se criticaba al NKVD por haber cometido graves «errores» en su labor. No era el terror lo que se criticaba, sino las faltas cometidas durante el tiempo en que este se desató. Se trataba más bien de incrementar la eficacia, de perfeccionar los métodos en la lucha contra los enemigos del poder soviético. Arrestos masivos no justificados durante las operaciones, «métodos de instrucción simplificados», actas confeccionadas de forma incorrecta, falsificadas: todo ello había estado en el orden del día, así como el impulso otorgado a esas prácticas por parte de la fiscalía. Todo aquello era obra del enemigo, que incluso había conseguido abrirse paso y penetrar en los órganos de la represión, es decir, el NKVD. Todas las prácticas ilegales y criminales que habían sido diseñadas por Stalin, el Politburó y el propio NKVD en los meses anteriores, que habían sido iniciadas y realizadas por esas instancias, eran presentadas ahora como obra del enemigo.
Poco después –el 23 de noviembre de 1938– Yezhov escribió a Stalin y dimitió de su cargo como comisario del pueblo para Asuntos Internos (ministro del Interior). Asumió entonces un nuevo cargo: el de comisario del pueblo para el Transporte Marítimo y Fluvial, mientras que Lavrenti Beria era ascendido a jefe del NKVD. Al final de las operaciones masivas le siguió entonces el arresto y el asesinato del personal directivo del NKVD encargado de llevarlas a cabo, incluido el propio Yezhov, quien tras varios años de prisión en Sujánovka fue fusilado el 4 de febrero de 1940 en el sótano del edificio de la calle Varsonófievskaia, supuestamente por uno de sus «colaboradores para misiones especiales», V. Blojin. Sus cenizas, mezcladas con las de sus víctimas, fueron depositadas en una fosa común en el cementerio del monasterio de Donskói.
El campo de tiro de Bútovo, situado en las afueras de Moscú, fue un escenario fundamental del Gran Terror de los años 1937 y 1938. Las primeras noventa y una víctimas fueron transportadas desde varias prisiones de Moscú al campo de tiro el día 8 de agosto de 1937, y las últimas cincuenta y dos el día 19 de octubre de 1938.
En los primeros quince meses transcurridos entre esas dos fechas perdieron allí la vida, según datos fiables, 20.761 personas. Casi a diario tenían lugar en Bútovo ejecuciones en masa, un día más, otro día menos. Del Bútovski poligon formaban parte también otros «enclaves especiales», y Bútovo era únicamente uno de los tantos sitios de ejecución en el territorio de la ciudad de Moscú y sus alrededores. Fue el punto final en la vida de miles de personas, de las cuales apenas había alguien que supiera por qué había sido detenida, condenada y ejecutada. Los hombres y mujeres cuyos cuerpos, tras el disparo en la nuca, caían en las fosas recién abiertas –tapadas luego por una excavadora de la marca Komsomolez adquirida a ese efecto– procedían de todos los estratos sociales, de todas las regiones de la URSS, eran ciudadanos de numerosos países extranjeros y representaban todas las confesiones religiosas.

En el lugar equivocado

Entre los asesinados había miembros de la vieja élite prerrevolucionaria y miembros de la vieja guardia bolchevique. Fue enterrada tanto gente anónima como personalidades otrora prominentes: generales, deportistas, pilotos, artistas. Bútovo se convirtió en una fosa común para millares de personas que sólo fueron fusiladas por pertenecer a una determinada nacionalidad. Y muchos encontraron allí la muerte aunque no pertenecían a ninguna de la categorías buscadas, expuestas a la persecución, sino tan sólo por el hecho de que el cupo de las personas entregadas a la muerte por parte de las organizaciones del terror de Estado no se había cumplido. Bastaba con estar en el lugar equivocado en el momento equivocado para caer bajo el engranaje del Gran Terror. Las cifras de las ejecuciones documentadas en Bútovo entre agosto de 1937 y octubre de 1938 son estas:
Agosto de 1937: 1.296
Septiembre de 1937: 3.165
Octubre de 1937: 2.045
Noviembre de 1937: 1.743
Diciembre de 1937: 2.376
Enero de 1938: 546
Febrero de 1938: 2.326
Marzo de 1938: 2.335
Abril de 1938: 882
Mayo de 1938: 1.346
Junio de 1938: 1.169
Julio de 1938: 510
Agosto de 1938: 780
Septiembre de 1938: 119
Octubre de 1938: 126
El 21 de septiembre de 1937 fueron asesinadas 429 personas; el 8 de diciembre de 1937, 474; el 17 de febrero de 1938, 502; el 28 de febrero de 1938, 562: esos fueron los peores días. El 26 de junio de 1938 fueron asesinadas dos personas, y el 2 de julio de 1938, sólo una. La mayor parte del tiempo hubo en Bútovo entre cien y ciento sesenta ejecuciones diarias.
El abrupto incremento y el no menos abrupto retroceso de las ejecuciones masivas, el escenario y la manera de proceder en Bútovo son representativos de lo que estaba sucediendo en todo el país entre julio de 1937 y noviembre de 1938: el despliegue del Gran Terror, del que fueron víctimas –en los quince meses que duró la puesta en marcha de las «operaciones masivas» entre julio de 1937 y la destitución de Yezhov en noviembre de 1938– casi un millón y medio de personas, de las cuales aproximadamente setecientas mil fueron asesinadas. El campo de tiro de Bútovo, que antes de la Revolución había sido una localidad de dachas con un criadero de caballos perteneciente a los Simin (una conocida familia de mecenas moscovitas amantes de la música), se convirtió en el escenario del Gran Terror a escala capitalina.

Bajo un halo de sombra

A diferencia de los procesos públicos de Moscú, que dominaron la percepción pública de la «Gran Purga», los escenarios del Gran Terror permanecieron bajo un halo de sombra hasta el final de la URSS. Durante más de medio siglo el campo de tiro de Bútovo fue un lugar del que no se hablaba. En Bútovo se suspendieron los fusilamientos hacia finales de 1938, mientras que otros enclaves, situados en las inmediaciones –Sujánovka, Kommunarka–, continuaron funcionando. En los terrenos de Bútovo se realizaron durante un tiempo viajes de prueba del vehículo del modelo denominado SIS-110, destinado a Stalin. Durante la guerra, las barracas allí situadas todavía se usaron como alojamiento de prisioneros de guerra. En la década de 1950 se le añadieron viviendas, escuelas y un centro de formación, así como un sanatorio del Ministerio del Interior (MVD), y un campamento de pioneros para hijos de los «chekistas». La valla alrededor de esos terrenos se renovaba cada cierto tiempo. Bútovo era una típica colonia de dachas moscovita, en la que circulaban ciertos rumores acerca de que allí había ocurrido algo especial, y en donde se encontraban a cada rato restos humanos.
No obstante, fue preciso un gran esfuerzo para hallar el lugar exacto de las ejecuciones del Gran Terror y sacarlo a la luz. En ello desempeñaron un papel importante tanto las comisiones de rehabilitación como los arqueólogos. Sin la colaboración de los activistas de la organización Memorial y del personal cooperativo del KGB no se hubiera encontrado el lugar. El camino para ello se abrió con el inicio de la Perestroika, cuando el Congreso de los Diputados del Pueblo, en octubre de 1988, y el Politburó del Partido Comunista de la URSS, en diciembre de 1988, sentaron, según el artículo 58, las premisas jurídicas para la rehabilitación de los condenados y pusieron a disposición recursos y mano de obra para iniciar ese costoso proceso y acelerarlo. En el año 1991 se creó un grupo especial de trabajo que encontró documentos que señalaban hacia determinados lugares de Moscú donde había fosas comunes: el hospital Yauza y los cementerios de Vagánovskoi y Donskói.
Pero todavía a principios de la década de 1990 no se habían mencionado los nombres de Bútovo o de Kommunarka. Ni siquiera en los «registros de fusilados» (rasstrélnye knigui) encontrados en 1991 se hallaban indicios de los lugares, y los pocos que tenían que saberlo –los colaboradores del antiguo NKVD y luego del KGB– guardaron silencio. También para los empleados del KGB que participaron en las labores de búsqueda, la localización de los lugares de las ejecuciones suponía una labor bastante difícil. Sin embargo, finalmente apareció un colaborador del NKVD moscovita que todavía estaba con vida, A. Sadovski, quien dio a la comisión de investigación una pista crucial.

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