LA RAZÓN DE UN NUEVO BLOG DE GESTIÓN CULTURAL

Ante la avalancha de información cultural noticiosa que recibimos diariamente gracias a la colaboración que me proporciona Arturo Álvarez D'Armas, poeta, fotógrafo y promotor cultural venezolano, así como otros valiosos amigos colaboradores, hemos decidido abrir un nuevo blog de promoción y gestión cultural. Sean bienvenidos todos los amigos interesados en promover la cultura y el arte en general. Pueden enviarnos sus colaboraciones, las cuales subiremos a este blog como entradas tan pronto como las recibamos. Quienes deseen colaborar pueden dirigirnos sus trabajos a nuestro correo personal: renedayre@gmail.com René Dayre Abella. Autor y promotor cultural.

miércoles, 30 de abril de 2014

100 años de Sir Alec Guinness, el actor de los mil y un rostros

A un siglo de su nacimiento, TCM recuerda al intérprete

Fue protagonista de filmes como El puente sobre el río Kwai y Lawrence de Arabia

Le llamaron “el actor de los mil rostros” y con razón. Fue, por ejemplo, el inolvidable Coronel Nicholson en El puente sobre el río Kwai; el Príncipe Feisal en Lawrence de Arabia; el hermanastro bolchevique del Doctor Zhivago o el inquietante profesor Marcus en El quinteto de la muerte. El pasado 2 de abril se cumplieron 100 años de su nacimiento y TCM le recuerda durante todos los domingos del mes emitiendo algunos de sus mejores trabajos.
Alec Guinness tenía un talento infinito para la actuación y, a lo largo de seis décadas, se metió en la piel de todo tipo de personajes. Interpretó al Papa Inocencio III, a Adolf Hitler, al emperador Marco Aurelio, a Sigmund Freud, pero también al inventor de un tejido que no se puede manchar o romper en El hombre del traje blanco. Su vida, sin embargo, no comenzó de manera fácil. Su madre era soltera y siempre se negó a dar a conocer el nombre de su padre.
Alec se acostumbró desde niño a la soledad y solo cuando fue a la escuela, descubrió que un nuevo mundo, el de la actuación, se abría ante sus ojos. Con 20 años, cuando todavía era estudiante de Arte Dramático, debutó en el teatro y, paso a paso, comenzó a destacar en distintas producciones. "Llegar al teatro temprano, alrededor de las siete. Ponerme una bata y maquillarme; charlar unos minutos con mis compañeros y luego, de manera inconsciente, comenzar a asumir una personalidad que se quedaría conmigo hasta la caída del telón. Eso era todo lo que quería de la vida", escribió en una ocasión.
En 1939 participó en la adaptación teatral de la novela de Charles Dickens Grandes esperanzas. La obra fue todo un éxito. Uno de los espectadores era un joven director llamado David Lean, que una vez finalizada la guerra, le contrató para rodar la adaptación cinematográfica.
En el cine Alec Guinness comenzó haciendo comedias para los famosos estudios Ealing. De aquella época destacan títulos como Ocho sentencias de muerte, en la que interpretó a otros tantos personajes, incluida una mujer; Oro en barras, por la que fue candidato al Oscar por primera vez; El quinteto de la muerte o El hombre del traje blanco. En 1951 los distribuidores lo eligieron como la estrella británica más popular.
A las órdenes de David Lean cosechó sus mayores éxitos, y eso que la relación entre los dos no fue nunca del todo buena. Por su papel en El puente sobre el río Kwai consiguió el Oscar al mejor actor en 1958, aunque no pudo recoger el premio personalmente. En 1980 le concedieron una segunda estatuilla, esta vez honorífica, por haber llenado la pantalla con una galería de personajes inolvidables.
Pero fue gracias a su participación en La Guerra de las Galaxias, a finales de los años 70, cuando se hizo inmensamente popular ante los ojos de una nueva generación de espectadores. Alec Guinness nunca dio demasiada importancia a su presencia en la trilogía de George Lucas, ni a su papel del maestro Obi-Wan Kenobi. “Es una película asombrosa como espectáculo y técnicamente muy brillante. Las escenas de batalla al final duran demasiado tiempo y algunos de los diálogos se pierden por el ruido”, escribió en su diario. En una ocasión un joven fan de la saga le pidió que le firmara un autógrafo diciéndole que había visto la película más de cien veces. Alec Guinness le estampó su rúbrica pero le hizo prometer que no viera el film nunca más. “Va a tener un efecto negativo en tu vida”, le dijo.
Murió el 5 de agosto del año 2000 de un cáncer de hígado. Tenía 86 años y atrás quedaba toda una vida dedicada al cine y al teatro, habiendo hecho disfrutar y soñar a varias generaciones de espectadores de todo el mundo.

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Selección de temas realizada automáticamente con TOMADO DE: http://cultura.elpais.com/cultura/2014/04/15/actualidad/1397582635_155900.html

martes, 29 de abril de 2014

Mi Imperio

Imperio Argentina. (YOUTUBE)
Amada por Gardel, invitada por Hitler, admirada por Gide y acusada de haber tenido un romance con Marlene Dietrich, la historia de la cantante Imperio Argentina empieza en el canturreo de una abuela en La Habana.
Imperio Argentina. (PAVELGRANADOS.BLOGSPOT)
    Para Tiíta, por sus ochenta años

Yo llegaba del colegio —esa palabra tan suya, tan anacrónica, pues hacía rato que en La Habana le decíamos "escuela"— y descubría a mi abuela materna, Sagrario Pérez Rodríguez, natural de Olleros de Sabero, en frías tierras mineras al noreste de León, España, inclinada encima de la mesa del comedor, cortando grandes pliegos de papel espeso, dibujando moldes para las blusas que confeccionaba. El sonido seco y continuado de su tijera sobre la madera me llegaba con su voz, con su modo de canturrear cualquiera de los viejos temas de Imperio Argentina.
En aquella primera etapa la relación entre mi abuela y su cantante preferida era percibida por mí como algo meramente anecdótico, tal vez epidérmico, pero con los años ha pasado a ser una especie de marca de agua sobre el embalaje de mi propia historia, una de esas huellas indisolubles que suelen pasar inadvertidas para el ojo ajeno. Como el sonido de una tijera apoyada en la madera.
Contemporáneas eran —apenas tres años de diferencia—, y hasta se parecían: rostro lozano y alargado, con el toque peculiar de una ligera punta como prolongación de la barbilla, como un manguito…, ojos ojivales, boca pequeña, labios oscuros, a la usanza de toda heroína de cine del momento.
Vuelvo a ver esa escena de Morena clara, de 1936, en la que Imperio interpreta "El día que nací yo" mientras borda sentada en el alféizar de una ventana, y al acto me vienen a la mente las dos o tres imágenes de mi abuela Sagrario, jovencísima ella, en fotos sepia, que mi memoria y algún álbum extraviado han retenido.
Nace Imperio Argentina
El azar llevó a Imperio a nacer en Buenos Aires, en el popular San Telmo. Sería Magdalena, según su certificado de nacimiento, aunque siempre la llamaron Malena. Sus padres, el guitarrista gibraltareño Antonio Nile y la actriz y bailarina malagueña Rosario del Río, vivían a caballo entre la península y la que ya entonces era una ciudad cosmopolita, paso obligado para todo artista.
Se dice que a los cuatro años debutó en el Café Armonía, en Buenos Aires, y se sabe que hacia 1918 trabajó en el Teatro Comedia ante la cupletista y bailarina española Pastora Imperio, quien le adjudicó su primer nombre artístico, Petit Imperio.
Vendrá luego su presentación, en plena adolescencia, en el teatro Romea de Madrid, tras la cual se produjo aquella exclamación del escritor Jacinto Benavente: "Canta tan bien como Pastora Imperio y baila tan bien como Antonia Mercé, la Argentinita". Había nacido Imperio Argentina.
Uno de los primeros espectadores que sucumbieron a su encanto fue el cineasta Florián Rey, quien la escogió en 1927 para interpretar La hermana San Sulpicio, una película muda basada en la novela homónima de Armando Palacio Valdés. De esa época sobresale su interpretación del tema Caminito campero, junto a Carlos Gardel, en el filme Melodía de arrabal, de Louis Gasnier, rodado en París en 1933.
Casi setenta años después, en una entrevista con al diario español El País, en septiembre de 2000, Imperio Argentina declararía: "Era un tipo raro, Carlos. No era un hombre culto, y eso me fastidiaba. Yo considero que el artista tiene la obligación de cultivarse. Carlos era muy guapo, muy atractivo. Estuvo enamorado de mí, pero yo entonces era una jovencilla y mi verdadero amor era mi trabajo: cantar. Y cantar con él, todavía más. Me llamó para trabajar conmigo y yo, por supuesto, estaba feliz".
Mediaban los años 30, década en la que Imperio luciría sus mejores galas en el cine con tres títulos que la consagrarían, Nobleza baturra, Morena clara y Carmen la de Triana, esta última de 1938, donde Malena cantara la célebre copla "Los Piconeros". Y mientras disfrutaba de su éxito, en Europa se desataba la oleada nacionalsocialista: Leni Riefenstahl rodaba El triunfo de la voluntad, los humores se agriaban, los viejos resquemores despertaban...
El momento de mayor esplendor en la trayectoria de Imperio Argentina se produce con la recepción que el público hace de Nobleza baturra. Se cuenta que David O. Selznick, productor de Lo que el viento se llevó, viajó de repente a La Habana para constatar con sus propios ojos hasta dónde la eclosión de Imperio era real y para ver quién era exactamente la actriz que acababa de desplazar a Greta Garbo de la preferencia de los espectadores. No por gusto André Gide hablaría del fuego que corría por la sangre de Malena.
Junto a Hitler, en el Tercer Reich
Tras este logro, el director Florián Rey, ya entonces su esposo, acomete la realización de Morena Clara, un filme que llegó a hacer taquilla en las dos Españas, la rebelde y la republicana, en plena Guerra Civil; escalón previo a la filmación de una versión alemana de Carmen, de Prosper Merimée, rodada en Berlín, de donde destaca la invitación que el mismo Adolf Hitler le hiciera con la mediación de Joseph Goebbels, Ministro de Propaganda del III Reich.
"Yo he estado con Hitler así como estoy contigo y era un hombre muy atractivo —narró la actriz en una entrevista de marzo de 1995—. (…) Yo vi que ese hombre tenía el mundo en sus manos y que irradiaba una fuerza vital enorme. Cuando fui a visitarle me quedé asombrada. Me pareció un hombre muy atractivo, que luego lo perdió todo por su actitud asesina. Fue un gran periodista y un gran dibujante. Yo he tenido durante mucho tiempo unos preciosos dibujos realizados por el Führer".
En el año 2000, tras la insistencia punzante de la prensa, Malena abundaba sobre aquella cita en Berchtesgaden a la que había acudido ataviada con sobriedad, de terciopelo negro y una pequeña alhaja. Tenía veintisiete años: "Yo he estado al lado de Hitler. Era un señor especial. No era feo. Lo que le afeaba era ese bigotillo. Me abrazó y hablamos un rato. (…) Él quería ser amante mío, pero yo me negué. Me gusta decir que mis ideas sólo son artísticas. De política entiendo, pero me callo. Pero cuando vi de lo que Hitler era capaz... Aquello era espantoso".
Sin embargo, un documento sin firma redactado el 18 de mayo de 1937 por un representante del franquismo en Alemania, depositado en la caja 266 del Archivo General de la Administración del Estado, en su Sección Cultura, da cuenta del ambiente fraternal que primaba en aquellos tiempos: "Los centros oficiales alemanes que tienen verdadero deseo de conocer nuestra cultura nacional, no quisieron que, durante el tiempo en que nuestro glorioso Libertador tardase en arrojar de España a la canalla marxista, se interrumpiera la labor cinematográfica de Imperio y Florián, y llevaron su generosidad hasta a invitarles y poner a su disposición los estudios y recursos técnicos alemanes, para que desde Alemania pudieran seguir trabajando por el buen nombre y la cultura de España".
A la salida del encuentro con Hitler, según este mismo artículo propagandístico, Florián Rey, "dueño en todo momento de sí mismo", deja escapar de su mirada "una alegría intensa", mientras que su efusiva esposa tiende al desbordamiento: "Es increíble el tono de camaradería con que nos trató el Ministro. Y luego Hitler… Nada más bueno, más caballeroso, más humano y más sencillo que este hombre. Nos habló de España, de nuestra historia, de nuestra cultura y de la dura prueba que está atravesando nuestra amada patria".
Pero la historia privada de Malena tomaría otro derrotero: ya sea porque al día siguiente de la sangrienta Kristallnacht se percatara del inicio de la barbarie contra los judíos —se dice que ella misma reconoció los cadáveres de su sombrerera y de su marido, quienes se habían suicidado ante la avalancha de las hordas nazis—, o porque su relación con Florián Rey hacía aguas a partir de sus amoríos con el actor Rafael Rivelles, compañero de reparto en Carmen la de Triana, lo que obviamente no era para nada bien visto por la moral de alto voltaje católico del franquismo…, lo cierto es que Imperio da por cerrado su ciclo de dos años en la Alemania del Tercer Reich.
'La mujer ideal'
En sus maletas, tras el regreso a España y a las giras por varios países de América, Malena cargaba con su temple profuso y con un anecdotario muy particular. El eco de aquella tournée germana resonaría años después, cuando una presentación suya en el Carnegie Hall de Nueva York fue boicoteada por un grupo de espectadores que la acusaban de haber sido amante de Adolf Hitler, a lo que siguió la defensa de su admirador, el dramaturgo Tennessee Williams en The New York Times y el argumento de que hasta la Primera Dama Eleanor Roosevelt tatareaba sus canciones bajo el techo supuestamente impoluto de la Casa Blanca —como mi abuela Sagrario Pérez, de Olleros de Sabero, ama de casa y costurera por vocación, en La Habana, a donde había llegado para siempre de la mano de sus padres.
Otro fue el escándalo, cuando a partir de una foto en la que aparece junto a una Marlene Dietrich vestida de hombre en los estudios alemanes de la UFA, el biógrafo Donald Spoto le endilgara un romance lésbico con la actriz alemana.
Lo cierto es que Imperio Argentina, a quien Alfonso Reyes considerara "la mujer ideal", la misma a la que Juan Ramón Jiménez enviara tantas flores, resultó siempre objeto de deseo y símbolo de templanza para las cabezas ejecutorias del franquismo español.
José Antonio Primo de Rivera y el mismo Francisco Franco no escondieron su admiración por la diva. Junto a Lola Flores y a Concha Piquer, Malena completaba la femenina y sensual trinidad en el imaginario de la España de los años 50 y 60.
Quedaría por relatar su otro matrimonio, más que efímero, con Ramón Baíllo Pérez-Cabellos, Conde de las Cabezuelas; el nacimiento de sus dos hijos y más adelante sus trágicas muertes; la caída de su popularidad tras el fallecimiento de Franco, relegado su estilo y su figura por el empuje de los géneros en boga durante "El Destape"; su afinidad rampante con la mano dura del franquismo, su empatía con el muy castizo autoritarismo español, su anacronismo en los nuevos tiempos, el homenaje que recibiera pocos años antes de morir; un pedazo de película en las que canta "La falsa moneda" como luego nadie ha podido repetirlo; su soledad y su pujanza, su permanencia en la memoria colectiva…
Ella misma adelantó su retrato en Malena clara, el libro de memorias que escribiera en 2001 con la ayuda de Pedro Víllora: "He conocido el éxito, pero sé también lo que es el fracaso. He amado, pero alguna vez he sido traicionada. Incluso he padecido lo peor que le puede ocurrir a una madre: dos hijos he tenido y los dos han muerto ya".
"Si pierdo la memoria, qué pureza", escribió en un arranque de ilusión el poeta catalán Pere Gimferrer. Entiéndase esto, pues, como el deseo del retorno a lo primigenio, el olvido de la mala historia, de la mala conciencia, de la mala memoria.
Pero resulta que la memoria es también un valor, lo que nos salva en los momentos de hastío y de escasez.
A dieciséis años de la muerte de María del Sagrario Pérez, a diez de la desaparición de Malena, he vuelto a escuchar con fruición los viejos temas de Imperio Argentina. Su voz, su mirada desafiante a la cámara…, y luego el sonido áspero de una tijera que avanza encima de la madera familiar, son también una hermosa posesión, una especie de imperio particular, un pequeño territorio que ostentamos en silencio.
TOMADO DE: http://www.diariodecuba.com/cultura/1397859951_8205.html

sábado, 26 de abril de 2014

Libros

«'El Maestro y Margarita' es una reivindicación de la piedad en tiempos de Stalin»

Día 26/04/2014 - 19.09h

La filóloga rusa Marietta Chudakova presenta en Barcelona la versión definitiva de la obra cumbre de Mijaíl Bulgákov, un clásico del siglo XX

Pocos libros han sabido captar con más lucidez y emoción la época soviética que «El Maestro y Margarita», la novela que le sirvió a Mijaíl Bulgákov (1891-1940) para satirizar y personificar la era de Stalin con un insospechado descenso sobre Moscú del mismísimo diablo, Woland, acompañado de una insólita corte.
Aunque desde 1968 existía en España una versión en Alianza Editorial traducida por Amaya Lacasa, la que ahora presenta Nevsky Prospects se pude considerar como «la edición definitiva», fruto del trabajo de la filóloga y presidenta de la Fundación Bulgákov Marietta Chudakova, que el jueves se presentó en Universidad de Barcelona, gracias al empeño del Instituto de la Traducción de Rusia.
Admite Chudakova que la obra cumbre de Bulgákov, plena de filosofía y humor, supone una «reinvidicación de la piedad en tiempos de Stalin». Marta Rebón, traductora de la novela, hizo también de intérprete vía e-mail de esta entrevista.
—¿Qué aporta su edición de «El Maestro y Margarita»?
—La novela es bien conocida en nuestro país desde finales de los 60. La gente joven habla el idioma de esta novela. Diría que forma parte de nuestro cada día. Durante el período post-soviético ha habido muchísimas reediciones.
—¿Cuándo empezó Bulgákov a desencantarse de la revolución bolchevique y en qué medida «El Maestro y Margarita» es una impugnación de las tesis fundamentales del comunismo?
—Bulgákov nunca se sintió encantado con la revolución bolchevique y, en general, con las revoluciones (a diferencia de la gran mayoría de los escritores rusos, sus contemporáneos). Supongo que de allí viene la firmeza de su postura vital. El desencanto de aquellos que habían simpatizado con la revolución y vieron después sus atrocidades les privó de voluntad para resistir. Él no pensaba que fuera factible crear un «hombre nuevo». Bulgákov lo formula en la sentencia que Woland pronuncia durante el espectáculo de Varietés: «Bueno, son hombres como todos... Les gusta el dinero, pero eso ha sucedido siempre... (...) Bueno, son frívolos..., ¿y qué? ... La piedad llama también a veces a sus corazones... Son seres corrientes, recuerdan a los de antes, lo único es que el problema de la vivienda los ha echado a perder...».
—¿Por qué quemó Bulgákov el manuscrito original?
—Se estaba preparando para poner punto final a su vida.
—Dice que después de haber destruido el libro Bulgákov lo escribió de memoria otra vez. ¿Es eso posible? ¿No sería un libro distinto, o lo tenía pensado hasta sus últimos detalles?
—En la primera versión, la que fue quemada, no había más de unos veinte capítulos. En las versiones posteriores estos mismos capítulos se reconstruyen de manera casi exacta (es una de las peculiaridades de talento artístico de Bulgákov). Pero en gran medida es otra novela, con dos protagonistas nuevos, quienes finalmente dan el nombre al libro.
—¿La edición que conocíamos hasta ahora estaba basada en esa reconstrucción parcial hecha por Bulgákov y divulgada por su viuda?
—No. Es exactamente la última versión de la novela con grandes añadidos dictados por el autor, cuando ya estaba mortalmente enfermo, a su esposa.
—¿Cómo fue su trabajo de reconstrucción con la ayuda de la viuda y el archivo del autor, frase a frase?
—En mi caso sólo se trata de la reconstrucción de la primera redacción de la novela. Que no tiene nada que ver con la redacción impresa (y que se publica desde entonces). Trabajé en la reconstrucción ya después de la muerte de Yelena Serguéyevna... No sólo frase a frase, sino palabra a palabra...
—Dice que comenzó a reconstruir las partes perdidas de forma hipotética, y de que su viuda y usted se convencieron de que «su arsenal retórico se componía de una serie de palabras y expresiones muy queridas, que ocupaban un lugar especial», de tal modo que se puede hablar de «cierto grado de previsibilidad en cualquier texto de Bulgákov». Es decir, ¿podemos decir que todo gran escritor tiene un idiolecto propio y que Bulgákov no es una excepción?
—Sí, el estudio de todos los manuscritos de Bulgákov me condujo en su momento a una observación inesperada y a la conclusión sobre la construcción de su universo estético. De manera breve lo expliqué en mi estudio sobre el archivo de Bulgákov en 1976. De forma más detallada presenté el material y las conclusiones treinta años más tarde, en mi trabajo sobre la poética de Mijaíl Bulgákov. Allí, basándome en un gran volumen de textos, demostré que el brillante universo de Bulgákov se construye con una especie de bloques, de elementos prefabricados, de bloques argumentales y narrativos, en general, predecibles.
—Yelena Serguéyevna, la tercera mujer del escritor y la Margarita de su obra cumbre, salvaguardó sus obras inéditas y las publicó después de 1940. ¿En qué medida se pueden establecer paralelismos entre Yelena y Nadezhda Mandelstam, y entre Mijaíl Bulgákov y Ósip Mandelstam, desde el punto de vista político, moral y literario?
—Sí, se puede hablar de paralelismos. Pronto se publicarán los borradores de las notas de Nadezhda Mandelstam de la época en que escribió sus «Memorias». Hay allí un fragmento que dice: «...A menudo discutíamos con Ó. M. sobre quien habría de morir el primero. Él hizo suyo este derecho sin contar en absoluto conmigo. Lo cierto es que él pensaba que yo no le sobreviviría, que me ayudarían a marcharme al otro mundo. Pero se olvidaron de mí y me vi obligada a seguir con vida para salvar sus versos. Seguiré viviendo en caso de que estas notas no caigan en manos de alguien. No quiero que así ocurra. Quiero vivir hasta el día en que todo lo que he salvado aparezca publicado. Yo me enfrento al imponente poder del Estado con la enloquecida obstinación de una mujer. Ya veremos quien es más terco y de qué parte está el tiempo». Aquí se ve la semejanza con la postura de Yelena Seguéyevna.
—Los archivos del KGB y de otras instituciones de la era soviética estuvieron abiertos durante unos años, y fueron fuente de valiosos descubrimientos, pero se han vuelto a cerrar. ¿No cabe que en ellos figuren obras inéditas de Bulgákov?
—Es posible: una parte de los diarios de la primera mitad de los años 20. En general, con Bulgákov todo es posible.
—¿Se podría reconstruir el Moscú de los años treinta a partir de la topografía literaria del libro de Bulgákov?
—Cuando Bulgákov en su «segundo período moscovita» residió por la zona de la calle Prechístenka dio con el círculo de los que se llamaban «los hijos del viejo Moscú». Para muchos de ellos él seguía siendo un «kievita», es decir un provinciano. Bulgákov se propuso convertirse en cantor de Moscú. Y lo consiguió. Y sí, se puede reconstruir Moscú de los años treinta a partir de su novela.
—¿Qué representa el aceite que derramó Ánushka para los lectores de Bulgákov y los estudiantes rusos en general?
—No quisiera conjeturar. En general, el aceite vegetal forma parte importante de la cotidianidad rusa desde antaño. En su tiempo, por ejemplo, descubrí que un proverbio popular ruso que dice «El aceite no estropea la papilla» (significa algo como «por mucho pan nunca fue mal año») hace referencia a la papilla de alforfón rociada con aceite vegetal...
—El libro habla de la inversión de los valores morales en la URSS, ¿se puede decir que «El Maestro y Margarita» es de alguna forma una reivindicación de la piedad en tiempos de Stalin?
—Sin lugar a dudas.
—La literatura es uno de los componentes esenciales de los que se ha dado en llamar «el alma rusa». ¿Existe algo así?
—¡El «alma rusa» es un enigma! Me abstengo de entrar en el tema.
—¿El hecho de que Lenin o Stalin se tomaran tan en serio a los escritores quiere decir que los consideraban ingenieros de almas imprescindibles en la tarea de construir el «hombre nuevo»?
—Lenin y Stalin comprendían que Rusia, al menos a partir de los años cuarenta del siglo XIX, era un país «literaturocentrista». Y por tanto no rechazaron la literatura, tal como en toda lógica exigían los teóricos de la «literatura de los hechos», auténticos comunistas convencidos, y utilizaron en toda sus posibilidades la tradicional actitud de la sociedad hacia los escritores, la confianza hacia los escritores. Así que los escritores soviéticos en su mayoría actuaron como los hilos conductores de la política de los líderes del régimen totalitario. Es decir, la actitud del poder era del todo pragmática.
—Para Vladímir Putin la desaparición de la URSS fue uno de los hitos, de las catástrofes del siglo XX. ¿En qué medida está tratando de recrear aquel imperio bajo nuevos parámetros?
—En gran medida. Espero que no lo logre.
—¿Le daría pie la Rusia de Putin y sus maniobras en Ucrania para una segunda parte de «El Maestro y Margarita»?
—Prefiero no hacer conjeturas. Pero sí, estoy convencida que los hechos actuales darán bastante material para nuestros escritores contemporáneos de talento, por ejemplo a Pelevin o Alexéi Ivánov...
—¿Cuál era la visión del cristianismo y de la figura de Cristo que a su juicio se puede extraer de su gran novela?
—Bulgákov trató de acercarnos a la personalidad del Cristo. Opino que lo consiguió en gran medida. Y acercó a la gente al cristianismo. Es importante también la figura de Iván. En la «casa del dolor» su consciencia se libera y busca saber qué fue de Pilatos y Ga-Nozri. Ante nosotros ya es un «nuevo» Iván que sustituye al «antiguo». Se sabe que en la tradición de las epístolas paulinas el renacimiento de un cristiano está relacionado con el hecho de «despojarse del hombre viejo y de sus obras, transfigurarse en un hombre nuevo» («Epístola a los colosenses», III).
—¿Se puede establecer un paralelismo entre el Maestro que escribe su visión de la pasión y muerte de Jesús y el Maestro que pretendía ser Jesús para sus discípulos?
—La novela en sus últimas redacciones se construye sobre este paralelismo.
—En «Corazón de perro» Bulgákov propone introducirse en el estómago de un perro para averiguar qué se come en Moscú. El gato que acompaña al diablo es un figura fundamental en «El Maestro y Margarita». ¿Qué papel atribuye a los animales en la literatura de Bulgákov?
—Es un papel importante. Tenemos a Shárik en «Corazón de perro», al gato Beguemot, al perro Banga en «El Maestro...». En el espacio en que encontramos al final de la novela a Pilatos junto a él está su perro Banga. Como dice Woland, «quien ama debe compartir la suerte del amado».
—¿Cómo se ha leído a Bulgákov en la Unión Soviética y cómo se lee ahora?
—¡La suerte lectora de la novela es increíble! Durante muchos años estuve convencida de que esta novela realmente repercute sólo en quienes conocen bien la vida soviética. Porque casi cada párrafo proyecta esta vida. Sin embargo, desde hace diez-quince años la novela continúa siendo la favorita de los jóvenes que como mucho conocen de oídas la vida soviética... Sólo hay una explicación: la cualidad de lo clásico... El lector ruso (y no sólo ruso) tiene hoy una idea muy imprecisa de, por ejemplo, de la realidad española del siglo XVII, situación que el autor de la novela sobre «Don Quijote de La Mancha» daba por supuesto en sus lectores... No obstante, amamos y comprendemos el Quijote. Es al parecer un rasgo propio de las obras clásicas: se van del espacio iluminado por la conciencia lectora, desaparecen los rasgos concretos de la época, y surgen al primer plano las capas que podríamos definir como eternas: la lucha entre el bien y mal en el alma de cada ser humano... Por supuesto, tan impactante para nosotros, los primeros lectores de los años sesenta, como la conversación sobre la existencia divina en el primer capítulo, a nadie ya sorprende en Rusia moderna. Para los jóvenes lectores, creo, en el primer plano se encuentran la historia del amor del Maestro y Margarita y el inigualable humor de esta novela.
—¿Se puede rastrear su influencia en los jóvenes autores?
—Indudablemente. Pero ahora mismo no podría ponerme a buscar los ejemplos concretos.
—Dentro de la gran tradición literaria rusa, ¿qué supone la aportación de Bulgákov?
—Bulgákov NO es discípulo de los clásicos rusos (como muchos escritores de la época soviética, que entonces se proclamaban como discípulos literarios de los clásicos: no se trataba de recoger su modo de ver el mundo, sino sólo de recoger su arte a la hora de componer el texto), sino que es su legítimo heredero. Es otro de los clásicos más que ha mantenido el vínculo de sangre con la gran literatura rusa. En su novela «La guardia blanca» se orienta en Tolstói, en «Guerra y paz». En su «Novela teatral» evoca a Gógol. En «El Maestro y Margarita» están presentes Gógol, Dostoyevski, Bunin...
—¿Es a fin de cuentas «El Maestro y Margarita» la gran impugnación moral desde la literatura del mundo nuevo estalinista que había decretado la muerte del espíritu y del individuo y de que el amor existe y puede vencer al mal, que también existe?
—Estoy completamente de acuerdo con su formulación.
TOMADO DE:http://www.abc.es/cultura/libros/20140426/abci-bulgakov-maestro-margarita-version-201404231242.html

jueves, 24 de abril de 2014



YORDANIS LA MONTERO


Yordanis Montero CANTA CON EL ALMA
Cuba ,España, México le ha servido de entrada al mundo del espectáculo internacional y ya se prepara para su presentación oficial en Miami:
Yordanis Montero, una cubana que cuenta con la belleza y el talento para atrapar al público internacional ”, tal y como dice una de sus letras de pesos y bella interpretación
 En Cuba, su mundo natal, de donde emerge esta artista con la fuerza escénica y enigmática que le caracteriza, ya ha presentado credenciales suficientes como para adueñarse de espacios televisivos, gráficos, de radio, teatros, plazas y centros nocturnos, debido a que posee una de las voces más interesantes de la industria.
Lo mismo acontece en México, donde ya conquista los corazones del público, con una fe tan fuerte, lo cual le ha permitido que la vida le haya puesto personas claves que han confiado en su indiscutible talento, para enrumbarse por el camino de la realización de sus sueños.
 Quiere que la gente conozca más de ella, que escuche sus canciones  y espera contar con el apoyo también del público en Miami”, expresa esta artista cubana, de atractiva personalidad escénica.
En este momento, Yordanis promovió en México su primer disco “No puedo esperar”, que lanzó al mercado internacional y al cual le ha realizado un impactante vídeo con elementos simbólicos característicos y donde la silueta ejerce un rol protagónico.
“Es de arte abierto, de arte conceptual”, así define al vídeo Yordanis Montero.
Esta artista nacida en la ciudad de Holguín, la ciudad de los parques de Cuba, tuvo la oportunidad de estudiar arte en su país y se graduó en actuación en la escuela Manuel Muñoz Cedeño. Baila, canta y encanta.
 En la escuela de canto Félix Varela, en la Habana, desarrolla sus potencialidades vocales de amplios registros, y planta los cimientos de un histrionismo que la dotarían de un desenvolvimiento escénico tal, que la hacen dueña de las tablas en cada actuación.
Yordanis cuenta con una voz excepcional y prodigiosa. No sólo es una preciosa “muñeca Barbie” de carne y hueso, sino que derrocha carisma, sensualidad y movimiento escénico singular, que a veces se apoya en la coreografía que componen bailarines profesionales.
En su incansable búsqueda por llegar a realizar sus sueños, viaja a México, es así como ella realiza su primer material discográfico para el mercado, con una vanguardista propuesta tecno-pop, ahora 2014, ¡¡¡ se prepara con su estilo para conquistar al mundo.
 Está enamorada de la música, de su magia y de la gente.
 Siente que el público se identificará con el nuevo disco de “cantando con el alma” con temas de amor y desamor.
 Hoy quiere seguir conquistando corazones del mundo con su música

 
 

Shakespeare, el mayor inspirador

Fuente inagotable de fertilidad literaria, el dramaturgo y poeta inglés sigue siendo el escritor que corre más por las venas de los autores del presente

Un estímulo que alimentan novelas, películas o series de televisión

Aunque su nacimiento fue registrado el 26 de abril de 1564, habría nacido entre el 19 y el 25 del mismo mes

Sé de numerosos escritores que leyeron a los más grandes en su temprana juventud —quizá cuando sólo eran lectores— y luego jamás vuelven a ellos. En parte lo entiendo: resulta desalentador, disuasorio, incluso deprimente, asomarse a las páginas más sublimes de la historia de la literatura. “Existiendo esto”, se dice uno (yo el primero), “¿qué sentido tiene que llene folios con mis tonterías? No sólo nunca alcanzaré estas alturas o esta profundidad, sino que en realidad es superfluo añadir ni una letra. Casi todo se ha dicho ya, y además de la mejor manera posible”. Hay escritores, por tanto, que para sobrevivir como tales y encontrar el ánimo para pasar meses o años ante el ordenador o la máquina, necesitan fingir que no han existido Shakespeare ni Cervantes ni Dante ni Proust, ni Faulkner ni Montaigne ni Conrad ni Hölderlin ni Flaubert ni James, ni Dickens ni Baudelaire ni Eliot ni Melville ni Rilke, ni muchos más seguramente. Lo último que se les ocurre es regresar a sus textos, al menos mientras trabajan, porque el pensamiento consecuente suele ser: “Mejor me quedo callado y no doy a las exhaustas imprentas otra obra más: ya hay demasiadas, y la mayoría están de sobra. Por cálculo de probabilidades, sin duda las mías también”. Para quienes estamos en activo la frecuentación de los clásicos puede ser más paralizante y esterilizadora que nuestros mayores pánicos e inseguridades, y créanme que, excepto los muy soberbios (los hay, los hay), no hay novelista ni poeta que no se vea asaltado por ellos, antes, durante y después de la escritura.
Su grandeza y misterio me invitan a escribir,
me espolean,
incluso me dan ideas
Quizá por esa extendida evitación sorprende un poco —quizá por eso se me haya solicitado esta pieza— que alguien como yo, todavía en activo y más o menos contemporáneo, esté en permanente contacto (sería presuntuosa la palabra “diálogo”) con el más intimidatorio de cuantos escritores han sido, Shakespeare, hasta el punto de incorporarlo a menudo a mis propios textos, en los que lo cito, lo comento, lo parafraseo; está presente en muchos de ellos. De hecho le debo tanto que seis títulos de libros míos son citas o “adaptaciones” de Shakespeare, y aún pueden ser siete si la novela que acabo de terminar conserva finalmente el provisional que la ronda. No es que desconozca esa admiración desalentadora, ese estupor disuasorio que producen los más grandes autores, al lado de los cuales uno siempre se siente un iluso o un fatuo. Vivimos en una época en la que el deslumbramiento por los vivos está casi descartado, porque está más vigente que nunca aquel viejo lema, creo que medieval: “Nadie es más que nadie”. Cada vez está más generalizada la negativa a reconocer la “superioridad” de nadie en ningún campo (salvo en el deportivo), y hoy sería poco imaginable la reacción del narrador de El malogrado, de Thomas Bernhard, quien abandona su carrera pianística al coincidir con Glenn Gould y darse cuenta de que, por competente que llegara a ser, jamás se aproximaría al talento y al virtuosismo del intérprete canadiense. Cualquier artista actual está obligado a suprimir —o a silenciar, al menos— la admiración por sus colegas vivos, más aun si son compatriotas suyos o escriben en la misma lengua. Incluso hemos llegado a un punto en el que, para sobrevivir, también hace falta desacreditar a los muertos —qué molestia son, qué incordio, cómo nos hacen sombra, cómo subrayan nuestras deficiencias y nuestra mediocridad—; o, si no tanto, hacer caso omiso de ellos y desde luego rehuirlos. No son escasos los literatos que hoy afirman no haber leído apenas —ya les trae cuenta— y tener como referencias únicas el cine, la televisión, los cómics o los videojuegos. El propio, posible talento con las palabras no se ve amenazado si uno ignora lo que otros lograron con ellas.
Supongo que, en este mundo temeroso y mezquino, mi actitud es anacrónica. Frecuento a Shakespeare porque para mí es una fuente de fertilidad, un autor estimulante. Lejos de desanimarme, su grandeza y su misterio me invitan a escribir, me espolean, incluso me dan ideas: las que él sólo esbozó y dejó de lado, las que se limitó a sugerir o a enunciar de pasada y decidió no desarrollar ni adentrarse en ellas. Las que no están expresas y uno debe “adivinar”. Por eso he hablado de misterio: Shakespeare, entre tantísimas otras, posee una característica extraña; al leérselo o escuchárselo, se lo comprende sin demasiadas dificultades, o el encantamiento en que nos envuelve nos obliga a seguir adelante. Pero si uno se detiene a mirar mejor, o a analizar frases que ha comprendido en primera instancia, se percata a menudo de que no siempre las entiende, de que resultan enigmáticas, de que contienen más de lo que dicen, o de que, además de decir lo que dicen, dejan flotando en el aire una niebla de sentidos y posibilidades, de resonancias y ecos, de ambigüedades y contradicciones; de que no se agotan ni se acaban en su propia formulación, ni por lo tanto en lo escrito.
Es su verbo, es su estilo, el que abre brechas
por las que otros nos podemos asomarnos
En mis novelas he puesto ejemplos: “It is the cause, it is the cause, my soul” (“Es la causa, es la causa, alma mía”), así inicia Otelo su famoso monólogo antes de matar a Desdémona. El lector o el espectador leen o escuchan eso tranquilamente por enésima vez, lo comprenden. Y sin embargo, ¿qué demonios quiere decir? Porque Otelo no dice “She is the cause” ni “This is the cause” (“Ella es la causa” o “Esta es la causa”), que resultarían más claros y más fáciles de entender. O cuando a Macbeth le comunican la muerte de Lady Macbeth, murmura: “She should have died hereafter” (“Debería haber muerto más adelante”, más o menos). ¿Y eso qué significa —esa célebre frase—, cuando la situación es ya desesperada y el propio Macbeth morirá en seguida? También Lady Macbeth, tras empaparse las manos con la sangre del Rey Duncan que su marido ha asesinado, vuelve a este y le dice: “My hands are of your color; but I shame to wear a heart so white” (“Mis manos son de tu color; pero me avergüenzo de llevar un corazón tan blanco”). No se sabe bien qué significa ahí “blanco”, si inocente y sin mácula, si pálido, asustado o cobarde. Por mucho que ella quiera compartir el sino de Macbeth, ensangrentándose las manos, lo cierto es que la asesina no ha sido ella, o sólo por inducción, instigación o persuasión. Su marido es el único que se ha manchado el corazón de veras.
Son ejemplos de los que me he valido en el pasado. Pero hay centenares más. (“¡Ojalá fuera tan grande como mi pesar, o más pequeño mi nombre! ¡Ojalá pudiera olvidar lo que he sido, o no recordar lo que ahora debo ser!”, dice Ricardo II en su hora peor). Las historias de Shakespeare rara vez son originales, rara vez de su invención. Es una prueba más de lo secundario de los argumentos y de la importancia del tratamiento. Es su verbo, es su estilo, el que abre brechas por las que otros nos podemos atrever a asomarnos. Señala sendas recónditas que él no exploró a fondo y por las que nos tienta a aventurarnos. Quizá por eso sigue siendo el clásico más vivo, al que se adapta y representa sin cesar; el que sobrevuela películas y series de televisión oceánicas como El señor de los anillos, Los Soprano, El padrino o Juego de tronos, o más superficialmente House of Cards. A él sí osamos volver. No sólo yo, desde luego, aunque en mi caso no haya la menor ocultación. Lo reconozcan o no otros autores, a los cuatrocientos cincuenta años de su nacimiento y a los trescientos noventa y ocho de su muerte, Shakespeare sigue siendo el que corre más por nuestras venas y el mayor inspirador de nuestros balbuceos.

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martes, 22 de abril de 2014

ENTREVISTA

“Lo de la mujer en México es aterrador”

En el umbral de sus 82 años, Elena Poniatowska habla de política, literatura y periodismo

La escritora mexicana recibirá mañana el premio Cervantes

Elena Poniatowska, fotografiada tras la entrevista en su casa de México DF. / SAÚL RUIZ
La escritora y periodista Elena Poniatowska (París, 19 de mayo de 1932) recibirá mañana en la Universidad de Alcalá de Henares el Premio de Literatura Miguel de Cervantes, el más prestigioso en habla hispana. Hija de un príncipe polaco, Poniatowska es más mexicana “que el mole”, según sus palabras. Y es la primera autora mexicana en obtenerlo: el quinto galardón para México y la cuarta mujer en sus 38 años de historia. Confiesa que está nerviosa. “Mira, sirve que lo escuchas, para ver que no voy a decir ninguna barbaridad”, comenta.
Ha llovido en la Ciudad de México. Cae la noche. Ella es menuda, pequeña y rubia. Güerita, en mexicano. Detrás de su mirada curiosa se esconde una de las mejores entrevistadoras de México y una resuelta cronista, que ha dibujado la biografía de mujeres notables (Tina Modotti, Angelina Beloff, Leonora Carrington, y así hasta completar una larga lista) y ha relatado uno de los acontecimientos más duros en la historia del país: la matanza de decenas de estudiantes —nunca se supo el número exacto— a manos del Gobierno priísta el 2 de octubre de 1968, en la plaza de Tlatelolco.
No para de hacer preguntas, de interesarse por todo. Es escritora, es periodista y es curiosa. Y de ahí su trayectoria, su obra y su premio.
Siempre fui una preguntona y seguiré siéndolo hasta que muera”
Pregunta. Diego Rivera le llamó “polaquita preguntona”, ¿se sigue considerando así?
Respuesta. Pues sí. Siempre seguiré siéndolo, siempre fui una preguntona y seguiré siéndolo hasta que me muera.
P. No le gusta que le llamen Elenita.
R. Así es. Todo el mundo… bueno, no todo el mundo, pero muchas personas me llaman así. Y suena bastante infantil.
P. México es el país del ahorita, que utiliza muchos eufemismos en su día a día. ¿Usted cree que los mexicanos temen a las palabras?
R. Sí. Siempre terminamos nuestras frases con un “¿no?”, “¿verdad?”... Estamos buscando la aquiescencia, la aceptación del otro. “La casa está bonita, ¿no?”. “Llovió muy fuerte hoy, ¿verdad?”. Siempre el otro nos tiene que apoyar.
El PRI ha actuado como un dictador, pero no hay una alternativa política”
P. Y hablando de palabras, ¿diría que el PRI, que gobernó durante 70 años México ininterrumpidamente, era una dictadura, un régimen autoritario?
R. El PRI ha sido un poder prepotente y que ha actuado como un dictador, siendo un partido. Se ha impuesto y amedrenta. El PAN y el PRD no han inventado una nueva forma de hacer política, ni han actuado en forma muy distinta al PRI. No han aportado nada cuando han subido al poder. No hay aquí alguien que podamos señalar, un diputado o una senadora que yo quiera oír o que quiera seguir, no existe. En México no hay una forma alternativa de hacer política más que la del PRI.
La periodista y escritora Elena Poniatowska, en un momento de la sesión fotográfica. / SAÚL RUIZ
P. Usted fue una de las figuras del mundo cultural mexicano que apoyó de manera más abierta al polémico y dos veces candidato opositor Andrés Manuel López Obrador.
R. Andrés sabe de Historia. Lee. Ahora, eso no quiere decir que tienes que estar de acuerdo con él en todo, eh. Y que no pienses que no tiene defectos. Obviamente los tiene. Es terco.
P. Su apoyo a López Obrador le ganó muchas críticas.
R. Ay, sí. Me hicieron pinole [harina de maíz tostado en México]. Mucho rechazo, displicencia. No sabes la cantidad de llamadas por teléfono con mentadas de madre. Un día sí me hicieron llorar y yo no soy nada llorona. Llamaron como a las dos de la mañana. Una voz de hombre, cordial, me dijo: “Elenita, hay un hombre en su jardín”. Yo me puse la bata y bajé, salí a la calle, vi que no había un alma y que estaba en penumbras. Y entonces regresé a la cama y ahí sí, me eché a llorar. Me sentí muy agredida.
En México siempre estamos buscando la aquiescencia, la aceptación del otro”
P. Cuando usted publicó La noche de Tlatelolco, un referente sobre lo ocurrido el 2 de octubre de 1968, el momento más duro de la represión del régimen, ¿se sintió amenazada?
R. Sí. Amenazaron a Tomás Espresate Pons [catalán exiliado en México tras la Guerra Civil, librero y editor] que era el que estaba imprimiendo el libro. Le dijeron que iban a quemar su negocio. Él respondió: “Mire, yo estuve en la Guerra Civil de España. Yo sé lo que es la guerra y este libro se publica”. Luego esparcieron el rumor de que el Ejército lo iba a incautar, pero eso fue la mejor propaganda. Todo el mundo salió corriendo a comprarlo. Se hicieron cuatro ediciones en un mes. La locura.
La periodista y escritora Elena Poniatowska, en un momento de la sesión fotográfica. / SAÚL RUIZ
P. ¿Se considera usted una feminista?
R. ¡Claro!
P. ¿Y qué es una feminista?
R. Es una mujer que pone ante todo el respeto a sí misma. En este país, 400 mujeres han sido asesinadas con total impunidad en Ciudad Juárez. Es aterrador. Y lo de las mujeres en general en México es aterrador.
P. ¿Las mujeres inteligentes dan miedo?
R. No, no creo que todavía sea así. Al contrario, pienso que hoy las mujeres inteligentes son muy buscadas. Esa cosa de las revistas de moda de que a la que es sabia o a la que estudia o a la que se basta a sí misma o a la que se mantiene nadie se le va a acercar, ha pasado a mejor vida. A los hombres actuales les interesa la competencia. ¿Usted siente que en el periodismo la tratan mal por eso? En mi época, cada vez que había un buen reportaje, era para un hombre, nunca para una mujer. Nadie quería invertir en la carrera de una periodista porque se iba a casar, iba a tener hijitos, guardaría su título en un baúl y no había por qué invertir en ella. Lo que sí es que todavía se dice es que cualquier logro de una mujer ha sido porque se ha acostado con el jefe o porque son guapas. Hay quien cree que todos los méritos de una mujer tienen que ver siempre con su cuerpo.
P. Y también con su condición de mujer…
La mujer inteligente ya no da miedo, al contrario, creo que hoy es muy buscada”
R. Una vez escuché un comentario que me pareció muy denigrante. Yo era muy, muy joven y se me grabó. Una mujer muy guapa me dijo: “Yo, cuando una puerta se me cierra, la empujo con las nalgas”. Qué feo, ¿no? Muchas tristemente todavía así lo creen, pero a lo mejor cada vez son menos. Incluso ya las indígenas, las que están con el subcomandante Marcos, las mujeres más fregadas del país, exclamaron que querían tener los hijos que podían y deseaban tener y que querían elegir al hombre con el que se unirían, mirarlo a los ojos para que no las cambien por un garrafón de alcohol. Es una victoria.
P. Siempre hace la diferencia de que antes de escritora es periodista…
R. Lo digo mucho. Ahora que leí a dos amigas el discurso que daré, me dijeron: “Ya deja eso, porque a ti te dan el premio por escritora”. Como si me quisiera disculpar por ganar. Hasta mi hija me dijo que lo dejara: “Mamá, vas a hacer ver como si el jurado fuera tonto por premiarte”.
P. ¿Cuál es la diferencia entre la escritora y la periodista?
R. Un escritor francés decía que el periodista es inmediato y debe ser rápido, tienes un jefe que te exige que entregues tu texto ya. En cambio, el escritor hace un ejercicio muy solitario sentado en tu mesa de trabajo. No sabes cómo se va a publicar o si se va a publicar. Es un reto entre tú y tu mesa. Es una aventura. Lo del periodista es otra cosa, entregas y no sabes qué harán con lo que entregaste. Le cambiarán el titular, le quitarán palabras. En cambio, el escritor entrega sus textos como suyos. Necesitas disciplina y mucha tranquilidad.
La periodista y escritora Elena Poniatowska, en un momento de la sesión fotográfica. / SAÚL RUIZ
P. ¿Qué consejo da a una escritora joven?
R. Que escriba, que escriba, que escriba. Un día de tanto escribir hallará una página en la que se sorprenderá y no creerá que lo ha hecho ella misma. Y leer. Observar. Estar alerta. Darte cuenta de cómo un pinche político maltrata a un camarero en un restaurante. Carlos Fuentes, de joven, le pedía a los camareros que le contaran la receta de lo que se había comido. Solo para escucharlos. Él conversaba mucho para poder escribir. En la calle de las prostitutas le gritaban: “Oye, güero, ¿le saco punta a tu pirulí?”. Y todo eso se le quedaba.
P. ¿Quiénes son sus maestros?
R. Todos los que me han precedido. Yo lamento mucho no haber ido a la universidad. Pero bueno, al menos toda la gente que leo son mis maestros.
P. ¿Qué quería estudiar?
R. Medicina. Yo quería salvar a la gente, a todos los que les pasara algo horrible. Estar ahí para ayudarlos. ¿Te imaginas qué ilusa era?
P. Pero usted no ha perdido la ilusión…
R. Para nada. Soy una persona muy afortunada. Voy a cumplir 82 años y te puedo decir que me ha ido muy bien.
P. ¿Qué libro le regalaría a una niña de 13 años?
R. A mí me gusta mucho El profesor Zíper y la fabulosa guitarra eléctrica, de Juan Villoro. Porque tiene mucho sentido del humor. Y me encanta el título.
P. ¿Y alguno de Elena Poniatowska?
R. Lilus Kikus. Cuentos. El que escribí de Monsiváis, Sansimonsi. El burro que metió la pata, ¡ese es muy padre! Es de mi hijo Mane, el mayor, el que es científico.
P. ¿Elena Poniatowska tiene nervios de dar el discurso de recepción del Premio Cervantes?
R. ¡Muchísimos! Pero estoy tan cansada que ya ni puedo estar nerviosa.

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lunes, 21 de abril de 2014

Imaginario visual de Shakespeare

La obra del poeta y dramaturgo, pletórica de imaginación y de sentido narrativo, es fértil para ser abordada desde lo visual

Como todos los grandes genios literarios, William Shakespeare y su obra ha servido de inspiración a una amplísima y variada grey de artistas, sobre todo, los que, como él, han fascinado más a nuestra época, que lo convirtió merecidamente en un mito. Hago esta precisión porque el formidable ascendiente crítico y público de este maravilloso poeta y dramaturgo inglés se fraguó a partir del siglo XVIII, alcanzó una plena proyección internacional en el XIX y se mantiene vigente hoy en día sin visos de decaer. Desde el punto de vista de las artes visuales, ha generado imágenes de todo tipo y técnica, desde obviamente el arte gráfico, la pintura y la escultura, hasta la fotografía, el cine y los nuevos medios. Frente a este inmenso caudal, no cabe mas que centrar nuestra atención en algunos ejemplos característicos, seleccionados entre los que se produjeron durante la primera etapa de su progresiva entronización universal. En este sentido, hay que tener en cuenta además que la obra de Shakespeare, pletórica de imaginación y de sentido narrativo, es particularmente fértil para ser abordada desde una perspectiva visual. En cualquier caso, el arranque de su fama universal estuvo asociado con el romanticismo, el movimiento decisivo para configurar la mente y la sensibilidad de nuestra época.
Durante la segunda mitad del siglo XVIII, el interés artístico por Shakespeare se fue acrecentando y despertó un particular interés entre los artistas visionarios de corte prerrománico, como entre otros, el del suizo britanizado Johan Heinrich Füssli o Fuseli
De todas formas, las primeras manifestaciones de rendida admiración para la obra de Shakespeare y, por tanto, de su plasmación en imágenes artísticas se produjeron, como era lógico esperar, en su propio país, como así lo corroboró la temprana atención que le dedicó su compatriota, el pintor y grabador William Hogarth (1697-1764), el cual no en balde estaba muy interesado por el teatro y la novela de cuño moderno. Amigo del célebre actor David Garrick (1717-1779), figura capital para la promoción teatral de Shakespeare, Hogarth lo retrató, en 1745, interpretando el papel de Ricardo III, tras haber ya antes pintado cuadros como Falstaff pasando revista a sus reclutas (1730) o Una escena de La Tempestad (1730-35). Durante la segunda mitad del siglo XVIII, el interés artístico por Shakespeare se fue acrecentando y despertó un particular interés entre los artistas visionarios de corte prerrománico, como entre otros, el del suizo britanizado Johan Heinrich Füssli o Fuseli (1741-1825), que representó escenas de El rey Lear, Hamlet, Macbeth, El sueño de una noche de verano, Las alegres comadres de Windsor, etcétera, o el de William Blake, que también insistió en algunas de estas piezas dramáticas. A lo largo del siglo XIX, en pleno romanticismo, se multiplicó exponencialmente el número de artistas británicos fascinados con Shakespeare, como así lo pusieron en evidencia los llamados Prerrafaelistas, como los pintores Ford Madox Brown (1821-1893), William Holman Hunt (1827-1910), John Everett Millais (1829-1896) –cuya versión de Ofelia (1852) es una impactante obra de referencia- o hasta el escultor Thomas Woolner (1825-1892).
Delacroix bebió en abundancia de la fuente literaria del romanticismo británico, lo que le remitió, una y otra vez, de forma indirecta, a la musa shakesperiana hasta colorear con ella una buena parte de su producción
No obstante, la expansión internacional de la fama de Shakespeare estuvo también encauzada por el romanticismo francés, uno de cuyos artistas mas emblemáticos, Eugène Delacroix (1798-1863), lo convirtió en un tema recurrente, pues entre 1835 y 1859 pintó una veintena de cuadros inspirando en él a los que hay que añadir la serie de dieciséis litografías sobre su Hamlet entre 1834 y 1843. Es verdad que, siguiendo en esto la estela de Gericault, muy anglófilo, Delacroix bebió en abundancia de la fuente literaria del romanticismo británico, lo que le remitió, una y otra vez, de forma indirecta, a la musa shakesperiana hasta colorear con ella una buena parte de su producción y sin animar con ella a otros colegas contemporáneos franceses como, entre otros, a Antoine-Félix Bosselier (1790-1857), pero también, en general, a todo el resto de los románticos continentales que ya por entonces tenían como referencia obligada lo que se hacía en París.
Con las emergentes vanguardias artísticas al comienzo del siglo XX el panorama cambió, no en relación a la rendida admiración por Shakespeare sino por haberse impuesto la desliteraturación del arte, que creyó hallar en sus propios medios suficiente campo para expresarse como tal. En este contexto de un arte no narrativo o simbólico, Shakespeare emigró a otros medios como, sobre todo, el cine donde el vate inglés se convirtió en un astro de la pantalla, además de haberlo sido siempre del teatro, la ópera y otras artes escénicas, de cuyo material artístico se podría hacer una enciclopedia. Sea como fuere, la contribución inspirativa de Shakespeare al cinematógrafo fue y es inmensa, destacando en ello alguna figura asimismo genial, como Orson Welles, cuyo Otelo o Campanadas a medianoche son y serán memorables en todos los sentidos, y eso sin contar que no ha habido cineasta de enjundia, occidental u oriental, que no se haya desafiado con las obras del escritor británico e incluso con su propia biografía, como nos recuerdan Shakespeare in Love o Anonymous, por recordar un par de obras relativamente recientes. De manera que, no cabe duda, Shakespeare sigue hoy siendo un asidero seguro para nuestras artes visuales, entre otras cosas, porque forma parte de nuestra forma de ser y de pensar, porque somos lo que somos gracias a su escritura.

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