LA RAZÓN DE UN NUEVO BLOG DE GESTIÓN CULTURAL

Ante la avalancha de información cultural noticiosa que recibimos diariamente gracias a la colaboración que me proporciona Arturo Álvarez D'Armas, poeta, fotógrafo y promotor cultural venezolano, así como otros valiosos amigos colaboradores, hemos decidido abrir un nuevo blog de promoción y gestión cultural. Sean bienvenidos todos los amigos interesados en promover la cultura y el arte en general. Pueden enviarnos sus colaboraciones, las cuales subiremos a este blog como entradas tan pronto como las recibamos. Quienes deseen colaborar pueden dirigirnos sus trabajos a nuestro correo personal: renedayre@gmail.com René Dayre Abella. Autor y promotor cultural.

lunes, 23 de noviembre de 2015


A la venta libro ¿Suicidas o Suicidados?
La autora María Argelia Vizcaíno ha publicado un nuevo libro

¿Suicidas o Suicidados? es un libro donde se rescatan historias de celebridades cubanas que supuestamente se han quitado la vida, algunas en circunstancias aún no aclaradas.

Cuba ha ocupado uno de los primerísimos lugares del mundo en que se cometen suicidios, mucho más después de 1959, pues las regulaciones extremistas agravan a los suicidas en potencia, unido a la infelicidad que se siente cuando las metas son inalcanzables en un lugar donde el futuro no existe. Para colmo, los traumas sufridos bajo el sistema tiránico muchos exiliados lo cargan en su maleta de viaje.

Sabemos que poner fin a nuestra vida por nuestra propia mano, no es exclusivo de celebridades cubanas, pero conocer su historia es casi una exclusividad.

En el mismo encontrará las reseñas de más de 70 figuras históricas que supuestamente fueron suicidas o suicidados, como por ejemplo: De antes de 1902 (Carlos Manuel de Céspedes y el General Calixto García); desde 1902 a 1958 (8 figuras célebres como Esteban Borrero; René López; Pablo Lafargue; Adolfo Utrera; Roberto Méndez Peñate; Fernando Collazo; Manuel Fernández Supervielle; Eduardo Chibás); desde 1959 hasta la actualidad, 17 políticos y 30 celebridades artísticas e intelectuales, incluyendo los del llamado proceso de la Microfracción, las presas políticas (Delia Navarro Rodríguez; Teresita Alba Serrano; Berkis Tercio “La Mariposita”) y personalidades políticas en el exilio como el ex presidente Carlos Prío; el comandante Pedro Luis Díaz Lanz; el patriota José E. Bringuier “Cucú” y el expreso político Antonio Villarreal.


Este libro forma parte de la Serie: Archivos Secuestrados. Una colección de libros dedicados a tratar de rescatar un archivo histórico que debió conservarse como patrimonio nacional, pero que fue deliberadamente secuestrado en su mayoría, de ahí que muchas de las figuras reseñadas en este trabajo fueron literalmente borradas de la historia o manipulada la realidad, por lo que reconstruir sus huellas ha sido una tarea bastante difícil.

María Argelia Vizcaíno, natural de Guanabacoa, La Habana, Cuba, es una escritora libre, periodista, editora, autora de cientos de reportajes y artículos publicados en varios idiomas, historiadora y consultora independiente. Sus trabajos son mayormente investigativos sobre temas culturales, recomendados por prestigiosos profesionales, por la seriedad de sus informes.

Ha publicado: El libro de historia Guanabacoa la Bella, tomo I, II y el #III en preparación (una colección de datos y narraciones históricas dedicadas a la Villa de Pepe Antonio, con colaboraciones de coterráneos y amigos); además los libros: Son y Sazón Cubano (una recopilación de más de un centenar de recetas de la cocina típica cubana de personalidades culturales que comparten su plato favorito y breves reseñas de sus trayectorias); Cultos Sincréticos Cubanos (un trabajo investigativo serio, que puede ayudar lo mismo a un neófito en la materia, que a un estudioso y hasta a los propios creyentes o practicantes, con un enfoque cultural y no religioso, por lo que este libro es la mejor manera de entender la Santería, el Palo Mayombe, el Espiritismo, a los Abakuá, entre otros); La gastronomía en la música cubana (ensayo sobre temas musicales censurados; especialmente los dedicados a nuestra cocina tan precaria en tiempos de tiranía castrista, contiene un gran listado de los temas musicales cubanos inspirados en comestibles, que por el racionamiento impuesto al pueblo de la isla después de 1959, la mayoría desaparecieron, no sólo las canciones, también tantos artistas que dieron gloria a Cuba que son desconocidos en la actualidad).

Gracias a todos por su atención. Más información escribiendo a



domingo, 16 de agosto de 2015

Nace una voz  e imagen nuevas en la escena del Hip Hop cubano.
Se llama Mauricio y ésta es su carta de presentación:


Mauricio Mendoza Navarro Nació  en La Habana, Cuba,  el 5 de abril de 1998.
Cuando cursa el 5to grado de la enseñanza primaria comienza a interesarse por las artes, en especial la música, donde la percusión fue su motor impulsor para comenzar el largo camino que hoy transita
Siendo apenas un niño comienza a escribir canciones y es cuando se adentra en la música rap y la poesía. Sus letras reflejan la sociedad cubana retratándola con su verdadero rostro  No se considera opositor sino un artista que encuentra inspiración en la vida cotidiana del cubano de a pie y refleja su verdadero pensar.

 https://cdn.fbsbx.com/hphotos-xft1/v/t59.3654-21/11738611_1436774346651211_1592794767_n.mp3/PARA-DONDE-IRE.-MAURICIO-FEAT.-PANA.mp3.mp3?oh=b1641641e5d3b9949abb979b8a9ea61a&oe=55D45A1F&dl=1

martes, 4 de agosto de 2015

CULTURAL / LIBROS

«Cartas a Véra», de Vladimir Nabokov

Día 14/07/2015 - 20.03h
TEMAS RELACIONADOS

Lo de Nabokov y Véra fue amor a primera cita. Se conocieron en 1923 y ya no se separarían nunca. Hasta la muerte del escritor, cuando ella dijo: «Alquilemos un avión y estrellémonos». «Cartas a Véra» nos da la medida de esta pasión

Ya lo dije: los escritores –que no son otra cosa que lectores que escriben– bien pueden proponer al Vaticano la canonización, como santos tutelares, de Francis Scott Fitzgerald y Vladimir Nabokov. El melancólico mártir norteamericano como aquel que enseña con su (mal) ejemplo todo lo que puedes (des)hacer en tu vida, más allá de tu obra, como virtual paladín de la autodestrucción. El extático apóstol ruso, en cambio, como bendita muestra de que se puede ser una víctima de la Historia de su tiempo, huyendo de bolcheviques y de nazis y, aún así, valerse de todo ello para reinventarse y recrearse y renacer hasta alcanzar la inmortalidad habitando un paraíso propio en esa tierra de nadie que es un hotel.
Fitzgerald, ya se sabe, contó a su lado, como socia en el crack-up, con esa demencial centrifugadora que fue Zelda Sayre. Vladimir Vladimirovich Nabokov (1899-1977), en cambio, tuvo la suerte de conocer y reconocer el gran sentido práctico y dedicación absoluta y complicidad sinestésica (como él, ella podía oír y leer en colores) y ardor de Véra Yeveseyevna Slonin (1902-1991), fan de Fitzgerald, hija de acomodada familia judía de San Petersburgo.
Nabokov la atrapó y fue atrapado en un baile el 8 o el 9 de mayo de 1923 en Berlín. Esa noche Vera (el acento sobre la «e» vendría después) llevaba su rostro cubierto por un antifaz y le recitó a Vladimir, de memoria, algunos de los poemas del joven pero ya prestigioso escritor émigré que apenas se escondía tras el alias de V. Sirin (nombre de criatura mitológica oriunda de Kiev con cabeza y pechos de mujer y cuerpo de ave). Amor a primera cita, sí. Es a ella (y por ella) a quien se dirige –tras el un tanto decepcionante El original de Laura– este voluminoso tomo que se convierte en una de las piezas claves e indispensables de uno de los autores definitivos del siglo XX.

Historia de amor

No es la primera entrega epistolar de este autor sin fronteras. Ya se había disfrutado de despachos sueltos en el desopilante y megalómano y combativo Opiniones contundentes (1973). Y del duelo entre amigos recopilado en The Nabokov-Wilson Letters (1980, corregido y aumentado en 2001 como Dear BunnyDear Volodya: 1940-1971), donde fuimos testigos de la guerra caliente de dos cerebros privilegiados adorándose y odiándose en el nombre de la traducción de Pushkin como excusa perfecta para desencadenar una inevitable Tercera Guerra Mundial entre dos. Y de Vladimir Nabokov: Selected Letters1940-1971 (de 1989), donde el coleccionista de mariposas suelta sobres y misivas para que vuelen a las manos y los ojos de gente como Stanley Kubrick y John Updike y Hugh Heffner y, de tanto en tanto, Véra.
Por fin, después de muchos años de anunciarlas, aquí tenemos una de las grandes historias de amor de toda la Historia. Un monólogo –recitándose a lo largo y ancho de varios países, entre 1923 y 1977– a la altura de la pasión despertada por una Zina o por una Lolita o por una Ada (Véra destruyó todas sus cartas a su marido por considerarlas «poco interesantes»; aunque es sabido que suyas eran muchas de las cartas firmadas por V. N.) en las que Nabokov se erige como, probablemente, el escritor más felizmente casado de su tiempo. «Ningún matrimonio literario del siglo pasado duró más», precisa el especialista Brian Boyd. Lo que, claro, no impide la ocasional infidelidad y el flirteo en serie con alumnas que sólo parecen servirle a Nabokov para confirmar lo acertado de su elección por esta mujer única. Alguien que –voluntariosa pluriempleada bordeando la esclavitud voluntaria– lo lee. Lo corrige. Lo traduce (suya es la versión de Pálido fuego en su idioma natal). Lo representa. Lo estimula. Lo reproduce convirtiéndolo en padre amantísimo de Dmitri.
Además, Véra lo lleva de aquí para allá (Nabokov no sabía conducir y las dos veces que lo intentó se las arregló para chocar con el único automóvil en un parking vacío; sus cacerías lepidópteras por moteles a través del «adorable, confiado, soñador, enorme país» han sido recientemente catalogadas en el recomendable Nabokov in America: On the Road to Lolita, de Robert Roper). Lo protege de editores y de cultistas y de biógrafos y de freaks (la mujer solía llevar un pequeño y elegante revólver en su bolso) y de sí mismo (impide que su hombre, desesperado, queme el manuscrito de la novela/nínfula que lo convertirá en ídolo universal y bien pagado).

La reina blanca

Véra –como apunta Stacy Schiff en la magnífica biografía que dedicó a la rusa– «no se relajó jamás» porque «me casé con un genio». Y Nabokov premió esa tensión y atención constantes dedicándole todos y cada uno de sus libros (en las ediciones personales añadía iluminados dibujos de mariposas, con nombres como Irídula Vérae y leyendas del tipo «Para Véra, de su captor»).
Ahora, este libro que llega muy póstumo pero tan vivísimo desde el otro lado de todas las cosas, maravilla por tantos motivos: primero, el amor; segundo, la gracia y elegancia del firmante, puesta en evidencia hasta en la más casual de las notas; tercero, el modo en que Nabokov se permite ser el más entregado de los románticos proponiendo apodos empalagosos y arriesgándose a caer desde los riscos de la cursilería sentimental para, siempre, en el último momento, hacer una pirueta en el aire y elevarse a lo más alto de su vertiginoso genio. «No puedo escribir una palabra sin oír cómo la pronunciarías tú», dice. Y todo indica que Nabokov no mentía.
Semejante epifánica confesión no librará a Véra de las detalladas descripciones de una psoriasis crónica, de una infección bucal (con muy nabokoviana descripción del pus incluida), de los efectos de una intoxicación, o de las perturbaciones de ver de cerca el ojo ciego de James Joyce.
A partir de 1945, las cartas son cada vez menos frecuentes. El motivo no es el fin del deseo sino que, desde entonces, Vladimir y Véra son más que inseparables: son una entidad de dos cabezas. «Entraste en mi vida no como alguien que llega de visita… sino como quien arriba a un reino en el que todos sus ríos te esperaban para reflejarte y todos los caminos aguardaban tus pisadas.»
Y no hay que olvidarlo nunca: la reina blanca destinataria de todas estas misivas, de pie en la habitación de un hospital suizo donde, a su vera, yacía el cadáver de su compañero de vida –tras despreciar el pésame de una enfermera con un «S’il vous plait, Madame»–, miró a su hijo y, soberana, le ordenó: «Alquilemos un avión y estrellémonos».

«Cartas a Véra»

viernes, 10 de julio de 2015

Muere el actor Omar Sharif

La estrella egipcia, descubierta para el cine occidental con 'Lawrence de Arabia', fallece en El Cairo a los 83 años

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Omar Sharif
Omar Sharif, en el festival de Venecia de 2009. / XAVIER TORRES-BACCHETTA
Había tres leyendas que rodeaban al actor egipcio Omar Sharif: su buena mano con las mujeres, sus cabreos homéricos y que sus días empezaban al mediodía. Todas eran ciertos, y todas bien visibles. También sus gustos refinados, su apostura y su pasión por el bridge: esa sabiduría en el vivir y en la interpretación se han acabado hoy en El Cairo, donde la leyenda del cine ha fallecido esta tarde a los 83 años de un infarto de corazón en un hospital del barrio de Heluán, en el sureste de la ciudad, donde llevaba ingresado casi un mes. Según cuenta la agencia EFE, el arqueólogo egipcio y exministro de Antigüedades Zahi Hawas, amigo íntimo de Sharif, explicó al diario Al Ahram que el actor sufría de pérdida de apetito. Su negativa a ingerir alimentos -que provocó un deterioro de su salud, acuciado por su alzhéimer-  llevó a su hospitalización.
Cualquier entrevista con el ídolo suponía primero esperar a que el protagonista de Doctor Zhivago, Che!, Funny girl, Orgullo de estirpey de docenas de filmes egipcios, el hombre que surgía de la inmensidad del desierto en Lawrence de Arabia, firmara autógrafos a diestro y siniestro: hasta sus últimos días mantuvo su fama mundial. Nacido en Alejandría en 1932, con el nombre de Michel Demitri Chalhoub, el actor empezó en el cine en 1954 con Shaytan al-Sahra. Al año siguiente trabajó con su amigo el gran cineasta egipcio Youssef Chahine en Siraa Fil-Wadi (y fue al festival de Cannes en 1955). En poco más de seis años filmó 18 películas seguidas, y cuando el equipo de David Lean llegó en 1962 a Egipto a rodar parte de Lawrence de Arabia, allí estaba Sharif para encarnar al jerife Alí -personaje conseguido por su perfecto inglés, que para eso había estudiado en la Royal Academy of Dramatic Art de Londres-: su figura se lanzó en el cine mundial. Por ese drama ganó un Globo de Oro y su única candidatura al Oscar. Su segundo Globo de Oro le llegó con su otra colaboración con David Lean: Doctor Zhivago.
Gracias a su físico, realizó bastantes personajes históricos (el Che Guevara, el zar Nicolás II y Genghis Khan son buenos ejemplos). Su único César, el gran galardón del cine francés, lo ganó con El señor Ibrahim y las flores del Corán en 2003, película que le recuperó para las nuevas generaciones.
Entre sus títulos más populares están La caída del imperio romano, Y llegó el día de la venganza, El Rolls-Royce amarillo, La conquista del imperio, La noche de los generales, El oro de Mackenna, Che!, Funny girl -en ese rodaje surgió su relación sentimental con Barbra Streisand-, Orgullo de estirpe, La isla misteriosa, Top Secret, El guerrero número 13 y Océanos de fuego.
Sharif hablaba un español preciso: cuando ganó algo de dinero trajo a su familia a Madrid, y hasta la muerte de su madre, en 1998, el intérprete pasaba largas temporadas en España. "No he vuelto porque me duele mucho el recuerdo. Aunque tengo sobrinos y sobrinos nietos madrileños", recordaba en el festival de Granada en 2009. En Madrid, en el barrio de Salamanca, aún está abierta latienda de camisas de algodón egipcio Sharif.
El actor vivió siempre en hoteles, con pocas posesiones, y hasta 2006, como buen jugador apasionado, se movía de torneo en torneo de bridge. Hasta escribía de este juego de cartas en el Chicago Tribune. "Llegué a perder un millón de dólares en una noche. Lo dejé porque me he centrado en mis nietos. Mi hijo Tarek vive en El Cairo, y allí está con sus tres hijos". Aunque siguió trabajando hasta hace unos dos años, cuando le diagnosticaron alzhéimer (sus últimas películas, ambas de 2013, son Rock the Casbah y Un castillo en Italia, de Valeria Bruni Tedeschi), era muy crítico con su carrera. "Doctor Zhivago era mediana, la segunda parte de El señor Ibrahim y las flores del Corán sobraba... Sólo salvaría algunas de mis primeras películas con Chahine y Lawrence de Arabia". Ya no veía cine. "Sólo me atraen en la tele los filmes mudos de Chaplin".
Nacido cristiano -se convirtió al islam para casarse-, Sharif hablaba mucho sobre el entendimiento entre religiones y al final se definía como ateo: "Aunque soy bondadoso y cuando las cosas me iban mal Dios me ponía películas para que volviera a ganar dinero. Sospecho que en España no me entenderían, y en Egipto me matarían". La mujer que logró su conversión religiosa fue la actriz Faten Hamama, a la que hasta su muerte consideró el gran amor de su vida, y con la que tuvo a su único hijo. Con ella se casó en 1955 y se divorció en 1974. Hamama falleció el pasado enero.
"De mi galanura", confesaba en Granada, donde recibió un premio del Festival de Cines del Sur, "ya no queda nada. Desde 2004 no tengo novia. Bueno, ahora sí, dos de 35 años, una en El Cairo y otra en París, pero quedamos para cenar de vez en cuando. Al acabar nos damos dos besos en la mejilla y cada uno a su casa".
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viernes, 26 de junio de 2015

Hallado un libro inédito de Pío Baroja sobre la Guerra Civil

'Los caprichos de la suerte' cierra la trilogía del autor sobre el conflicto

El manuscrito fue encontrado en Itzea, la casa familiar de los Baroja en Bera (Navarra)

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Pío Baroja (centro) posa durante una reunión con familiares y amigos en su casa 'Itzea', en Vera, en 1955. / EFE
Con un hombre que viaja a pie de Madrid a Valencia mientras comprueba los jirones de vida que España se ha dejado en la Guerra Civil empieza la novela inédita de Pío Baroja, Los caprichos de la suerte. Con esta obra el escritor donostiarra (San Sebastián, 1872 - Madrid, 1956) cerraba la trilogía de la Guerra Civil española, Las Saturnales, iniciada con El cantor vagabundo y Miserias de la guerra, publicada en 2006. Es el último hallazgo barojiano, encontrado en una carpeta olvidada en los archivos de Itzea, la casa familiar de los Baroja en Bera (Navarra), y que confirma tres elementos del escritor: su obsesión por el conflicto español y las teorías sobre sus causas, la presencia de un amor frustrado, habitual en su narrativa, y su estilo directo y claro.
Un hallazgo que aparece unos 65 años después de haber sido escrito y que será publicado en noviembre por Espasa, según informaba ayer el diario ABC. El libro tendrá dos presentaciones: la primera es la novela como tal con un prólogo posicional y la segunda en la colección Austral, en edición no crítica pero sí filológica y con un prólogo de José-Carlos Mainer sobre Baroja y la Guerra Civil. Mainer es el encargado de esta edición y de las Obras completas del escritor en Galaxia Gutenberg.
Los caprichos de la suerte confirma y amplía, según Mainer, “la visión absolutamente negativa de la Guerra Civil. Baroja consideraba que fue una barbaridad y que la culpa la tuvo en buena medida la democratización de la política, y la politización de la sociedad española, incluso la República, donde la gran víctima fue la burguesía”.
Es parte de la mirada de Juan de Oyarzun, aquel hombre que cruza España a pie, y a través del cual se vislumbra la vida de Pío Baroja. Su gusto por las caminatas y la observación de los paisajes y sus descripciones impresionistas mezcladas de reflexiones. Y su obsesión: la Guerra Civil. A medida que la novela avanza, los tintes autobiográficos también lo hacen. De Madrid a Valencia, de Valencia a París, y luego a América, un viaje que siempre tuvo en mente Pío Baroja.

Censura del franquismo

“No hemos descubierto El árbol de la ciencia, ni es una de sus grandes obras, pero sí tiene un enorme interés para completar su trilogía de la Guerra y sus reflexiones sobre la misma”, asegura José-Carlos Mainer.
Como el mismo De Oyarzun, la trama de la nueva novela tiene tres estaciones, cuenta Mainer: nace y procede de Los caprichos del destino, una novela corta de comienzos de los años cuarenta; se desarrolla y finalmente se hace grande en el libro ahora hallado, Los caprichos de la suerte. De éste nacerán, además, dos nuevas obras barojianas: El hotel del cisne y Aquí, París.
La novela hallada, escrita entre 1948 y no más tarde de 1952, seguramente fue creada en Madrid, pero apareció en Itzea, en aquel caserón de tres plantas rodeado de árboles que Pío Baroja compró en 1912 a las afueras de Bera y cerca del arroyo de Xantelerreka, en Navarra. Allí, en las carpetas organizadas por la familia, aguardaba esta historia de la cual algo avanzaba ya Miguel Sánchez-Ostiz en 2006 en el prólogo de Miserias de la Guerra: “No hay, que yo sepa, versión final, sino tres paquetes de cuartillas mecanografiadas cosidas con liza, perfectamente publicables porque apenas tienen (o necesitan) correcciones”. Una publicación que el franquismo truncó. Hasta ahora. Cuando en otoño aparezcan Los caprichos de la suerte, se completará el proyecto literario y de pensamiento de Baroja. Si las dos primeras partes están en el marco de la Guerra Civil, la tercera se sitúa a comienzos de la posguerra y de la II Guerra Mundial.
El original de la novela inédita son unos folios manuscritos de Baroja. Tradicionalmente, el escritor los pasaba luego a alguien para que lo mecanografiara, muchas de las veces a José García Mercadal, según recuerda José-Carlos Mainer. Y no eran cuartillas comunes. A Baroja le gustaba que fueran mecanografiadas de manera apaisada, con lo cual cada línea era más larga y permitía avanzar rápidamente al girar menos el rodillo de la máquina. Son poco más de 200 hojas con muchas anotaciones, apuntes y añadidos, cuya cuidadosa transcripción ha hecho Ernesto Viamonte.
“Pío Baroja se pasó la posguerra escribiendo sobre la Guerra Civil y ahora se completa su mirada y panorama”, afirma Mainer. Para el catedrático, escritor y crítico, las tres novelas están interconectadas más allá del tema central. Lo más barojiano de Los caprichos de la suerte, cuenta Mainer, es la descripción del viaje inicial “con fuerza e intensidad que no es fácil encontrar en el último Baroja por su enorme sensibilidad del paisaje”. Es la mirada de aquel hombre que desde el centro del país camina y camina mientras ve que la España del ayer sombrío sigue ahí.

Se completa el corpus de Baroja

JAVIER GOÑI
Que existía una trilogía, unos textos inconclusos, que se conservaban en la casa de los Baroja en Bera, siempre se ha sabido. En 1972, año del centenario del nacimiento de Baroja, en una exposición en la Biblioteca Nacional, ya se mostraron algunas cuartillas, fragmentos de esa trilogía. Ya entonces Andrés Amorós quiso publicar ese mismo año un texto hallado y titulado Madrid y la revolución, a cuya publicación se opuso la familia. En la muy útil y documentada Guía de Pío Baroja. El mundo barojiano, que editó el otro sobrino de don Pío, Pío Caro Baroja, ya se hablaba, en el apartado de novelas inéditas, de algunos títulos escritos a finales de su vida —el año que viene, 2016, se cumplen 60 años de su muerte—, donde se encontrarían algunos de estos textos incompletos, confusamente ordenados, y más delicados. Se decía en 1987, año de aparición de esta Guía, que era propósito de la familia “darlas a la lux con un estudio”. Algunos de estos libros se han ido publicando en los diez últimos años en la propia editorial familiar, Caro Raggio Editor, que lleva ahora el hijo de Pío Caro Baroja. Y en 2006 apareció Miserias de la guerra(Alianza) y en noviembre llegará Los caprichos de la suerte (Espasa).
Es de esperar que la publicación de la novela inédita acabe por completar el siempre vivo y complicado corpus narrativo de un autor que frente a polémicas y leyendas sigue siendo estando vigente. Un escritor siempre vivo y lleno de interés. 
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