LA RAZÓN DE UN NUEVO BLOG DE GESTIÓN CULTURAL

Ante la avalancha de información cultural noticiosa que recibimos diariamente gracias a la colaboración que me proporciona Arturo Álvarez D'Armas, poeta, fotógrafo y promotor cultural venezolano, así como otros valiosos amigos colaboradores, hemos decidido abrir un nuevo blog de promoción y gestión cultural. Sean bienvenidos todos los amigos interesados en promover la cultura y el arte en general. Pueden enviarnos sus colaboraciones, las cuales subiremos a este blog como entradas tan pronto como las recibamos. Quienes deseen colaborar pueden dirigirnos sus trabajos a nuestro correo personal: renedayre@gmail.com René Dayre Abella. Autor y promotor cultural.

martes, 4 de agosto de 2015

CULTURAL / LIBROS

«Cartas a Véra», de Vladimir Nabokov

Día 14/07/2015 - 20.03h
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Lo de Nabokov y Véra fue amor a primera cita. Se conocieron en 1923 y ya no se separarían nunca. Hasta la muerte del escritor, cuando ella dijo: «Alquilemos un avión y estrellémonos». «Cartas a Véra» nos da la medida de esta pasión

Ya lo dije: los escritores –que no son otra cosa que lectores que escriben– bien pueden proponer al Vaticano la canonización, como santos tutelares, de Francis Scott Fitzgerald y Vladimir Nabokov. El melancólico mártir norteamericano como aquel que enseña con su (mal) ejemplo todo lo que puedes (des)hacer en tu vida, más allá de tu obra, como virtual paladín de la autodestrucción. El extático apóstol ruso, en cambio, como bendita muestra de que se puede ser una víctima de la Historia de su tiempo, huyendo de bolcheviques y de nazis y, aún así, valerse de todo ello para reinventarse y recrearse y renacer hasta alcanzar la inmortalidad habitando un paraíso propio en esa tierra de nadie que es un hotel.
Fitzgerald, ya se sabe, contó a su lado, como socia en el crack-up, con esa demencial centrifugadora que fue Zelda Sayre. Vladimir Vladimirovich Nabokov (1899-1977), en cambio, tuvo la suerte de conocer y reconocer el gran sentido práctico y dedicación absoluta y complicidad sinestésica (como él, ella podía oír y leer en colores) y ardor de Véra Yeveseyevna Slonin (1902-1991), fan de Fitzgerald, hija de acomodada familia judía de San Petersburgo.
Nabokov la atrapó y fue atrapado en un baile el 8 o el 9 de mayo de 1923 en Berlín. Esa noche Vera (el acento sobre la «e» vendría después) llevaba su rostro cubierto por un antifaz y le recitó a Vladimir, de memoria, algunos de los poemas del joven pero ya prestigioso escritor émigré que apenas se escondía tras el alias de V. Sirin (nombre de criatura mitológica oriunda de Kiev con cabeza y pechos de mujer y cuerpo de ave). Amor a primera cita, sí. Es a ella (y por ella) a quien se dirige –tras el un tanto decepcionante El original de Laura– este voluminoso tomo que se convierte en una de las piezas claves e indispensables de uno de los autores definitivos del siglo XX.

Historia de amor

No es la primera entrega epistolar de este autor sin fronteras. Ya se había disfrutado de despachos sueltos en el desopilante y megalómano y combativo Opiniones contundentes (1973). Y del duelo entre amigos recopilado en The Nabokov-Wilson Letters (1980, corregido y aumentado en 2001 como Dear BunnyDear Volodya: 1940-1971), donde fuimos testigos de la guerra caliente de dos cerebros privilegiados adorándose y odiándose en el nombre de la traducción de Pushkin como excusa perfecta para desencadenar una inevitable Tercera Guerra Mundial entre dos. Y de Vladimir Nabokov: Selected Letters1940-1971 (de 1989), donde el coleccionista de mariposas suelta sobres y misivas para que vuelen a las manos y los ojos de gente como Stanley Kubrick y John Updike y Hugh Heffner y, de tanto en tanto, Véra.
Por fin, después de muchos años de anunciarlas, aquí tenemos una de las grandes historias de amor de toda la Historia. Un monólogo –recitándose a lo largo y ancho de varios países, entre 1923 y 1977– a la altura de la pasión despertada por una Zina o por una Lolita o por una Ada (Véra destruyó todas sus cartas a su marido por considerarlas «poco interesantes»; aunque es sabido que suyas eran muchas de las cartas firmadas por V. N.) en las que Nabokov se erige como, probablemente, el escritor más felizmente casado de su tiempo. «Ningún matrimonio literario del siglo pasado duró más», precisa el especialista Brian Boyd. Lo que, claro, no impide la ocasional infidelidad y el flirteo en serie con alumnas que sólo parecen servirle a Nabokov para confirmar lo acertado de su elección por esta mujer única. Alguien que –voluntariosa pluriempleada bordeando la esclavitud voluntaria– lo lee. Lo corrige. Lo traduce (suya es la versión de Pálido fuego en su idioma natal). Lo representa. Lo estimula. Lo reproduce convirtiéndolo en padre amantísimo de Dmitri.
Además, Véra lo lleva de aquí para allá (Nabokov no sabía conducir y las dos veces que lo intentó se las arregló para chocar con el único automóvil en un parking vacío; sus cacerías lepidópteras por moteles a través del «adorable, confiado, soñador, enorme país» han sido recientemente catalogadas en el recomendable Nabokov in America: On the Road to Lolita, de Robert Roper). Lo protege de editores y de cultistas y de biógrafos y de freaks (la mujer solía llevar un pequeño y elegante revólver en su bolso) y de sí mismo (impide que su hombre, desesperado, queme el manuscrito de la novela/nínfula que lo convertirá en ídolo universal y bien pagado).

La reina blanca

Véra –como apunta Stacy Schiff en la magnífica biografía que dedicó a la rusa– «no se relajó jamás» porque «me casé con un genio». Y Nabokov premió esa tensión y atención constantes dedicándole todos y cada uno de sus libros (en las ediciones personales añadía iluminados dibujos de mariposas, con nombres como Irídula Vérae y leyendas del tipo «Para Véra, de su captor»).
Ahora, este libro que llega muy póstumo pero tan vivísimo desde el otro lado de todas las cosas, maravilla por tantos motivos: primero, el amor; segundo, la gracia y elegancia del firmante, puesta en evidencia hasta en la más casual de las notas; tercero, el modo en que Nabokov se permite ser el más entregado de los románticos proponiendo apodos empalagosos y arriesgándose a caer desde los riscos de la cursilería sentimental para, siempre, en el último momento, hacer una pirueta en el aire y elevarse a lo más alto de su vertiginoso genio. «No puedo escribir una palabra sin oír cómo la pronunciarías tú», dice. Y todo indica que Nabokov no mentía.
Semejante epifánica confesión no librará a Véra de las detalladas descripciones de una psoriasis crónica, de una infección bucal (con muy nabokoviana descripción del pus incluida), de los efectos de una intoxicación, o de las perturbaciones de ver de cerca el ojo ciego de James Joyce.
A partir de 1945, las cartas son cada vez menos frecuentes. El motivo no es el fin del deseo sino que, desde entonces, Vladimir y Véra son más que inseparables: son una entidad de dos cabezas. «Entraste en mi vida no como alguien que llega de visita… sino como quien arriba a un reino en el que todos sus ríos te esperaban para reflejarte y todos los caminos aguardaban tus pisadas.»
Y no hay que olvidarlo nunca: la reina blanca destinataria de todas estas misivas, de pie en la habitación de un hospital suizo donde, a su vera, yacía el cadáver de su compañero de vida –tras despreciar el pésame de una enfermera con un «S’il vous plait, Madame»–, miró a su hijo y, soberana, le ordenó: «Alquilemos un avión y estrellémonos».

«Cartas a Véra»

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