LA RAZÓN DE UN NUEVO BLOG DE GESTIÓN CULTURAL

Ante la avalancha de información cultural noticiosa que recibimos diariamente gracias a la colaboración que me proporciona Arturo Álvarez D'Armas, poeta, fotógrafo y promotor cultural venezolano, así como otros valiosos amigos colaboradores, hemos decidido abrir un nuevo blog de promoción y gestión cultural. Sean bienvenidos todos los amigos interesados en promover la cultura y el arte en general. Pueden enviarnos sus colaboraciones, las cuales subiremos a este blog como entradas tan pronto como las recibamos. Quienes deseen colaborar pueden dirigirnos sus trabajos a nuestro correo personal: renedayre@gmail.com René Dayre Abella. Autor y promotor cultural.

viernes, 21 de octubre de 2016








¿Existe una literatura elitista?







Hay gente que critica a ciertos escritores por hacer “literatura elitista”, destinada a pocas personas y alejadas de las mayorías. Pero la literatura elitista no existe.

1.2K1188
1
La edición del último domingo del Diario Popular, de Buenos Aires, incluye una entrevista a Mario Lozano, un peluquero que atiende desde hace más de 30 años en su local de la calle Sarandí, a metros del Congreso de la Nación, y que además de cortar el pelo toca la guitarra y canta para sus clientes. Un recuadro en la parte inferior de la página lleva por título “Aquel inolvidable encuentro con Borges”. Dice Lozano que estudiaba canto con una profesora del teatro Colón. Un día, al llegar a la casa, mientras esperaba que le abrieran, vio a Jorge Luis Borges bajar de un auto, junto con un ayudante. Los tres entraron en el edificio y compartieron viaje en el ascensor. El peluquero dice que “tímidamente” le dijo:
—Maestro, ¿puedo darle la mano? Lo admiro mucho, aunque reconozco no ser un gran lector suyo.
—Será que yo todavía no aprendí a escribir para usted —respondió Borges, “con ese tono tan particular suyo”.
2
Más de una vez escuché pronunciar la expresión “literatura elitista” para referirse a ciertos autores que, en teoría, escriben difícil y que, en consecuencia, producen obras destinadas a ser leídas por pocas personas. Lo que más me llamó la atención, en muchas de esas ocasiones, es que bajo el rótulo de “elitista” no se hablara solo de obras especialmente difíciles, como pueden ser las de Joyce, Proust, Musil, Perec o Borges, sino también de otras que a mí nunca se me hubiera ocurrido incluir dentro de tal categoría. Las novelas de Michel Houellebecq, por decir un ejemplo cualquiera.
Es cierto, pensé después, que las novelas de Houellebecq pueden ofrecer ciertas dificultades (temáticas, estilísticas) a personas no habituadas a leer literatura. Y que esto las puede llevar a abandonar a las pocas páginas el intento de leer tales obras. Los que sí estamos habituados a leer literatura, en cambio, buscamosnovelas y otras obras que nos planteen ciertos pequeños retos temáticos o estilísticos o de cualquier otra clase, como las de Houellebecq. Quienes leemos literatura somos una minoría de la población. Entonces, ¿somos nosotros la élite a la que está dirigida esa “literatura elitista”?
3
Se hace preciso definir con exactitud el significado de la palabra élite. Según la RAE: “Minoría selecta o rectora”. De ahí su connotación negativa, dado que las minorías selectas y rectoras suelen buscar la continuidad del statu quo y oponerse, por lo tanto, a los intereses de los grupos mayoritarios, esos que en muchísimos casos corresponde llamar sectores populares o, a secas, el pueblo. Vuelvo a preguntarme: ¿somos los lectores una élite? Suena muy feo, pero creo que, al menos según esta definición, sí. Somos una minoría selecta (compuesta por los que hemos tenido la oportunidad de leer, a diferencia de los millones de personas que nacen y crecen en condiciones tan desfavorables que no pueden hacerlo) y rectora (pues en general, como grupo, decidimos qué es bueno y qué no).
Sin embargo, hay una diferencia vital con relación a lo dicho antes: los que leemos no nos oponemos a los intereses de los grupos mayoritarios. Es decir, a los intereses de los no lectores. Por el contrario, en general tenemos interés en promover la lectura. Nos encantaría que nuestros amigos que no leen sí lo hagan, para poder hablar de libros también con ellos, para que también ellos disfruten de las maravillas de las que gozamos nosotros. Y no solo nuestros amigos. Tenemos la sensación —quizá irreflexiva, quizá demasiado optimista— de que si toda la gente leyera literatura, el mundo sería un lugar mejor.
Por desgracia, no todos lo vemos de esa forma. Hay gente que sí se solaza en formar parte de la élite. Gente como de la que habló Jorge Téllez hace poco en estas mismas páginas, que se siente moralmente superior a otra debido a que escribe sin faltas de ortografía. Este hecho no tiene nada que ver con la moral, por supuesto, sino más bien con privilegios y diferencias de clase. Algo parecido suele ocurrir con el hecho de leer literatura. Vale la pena recordar la afirmación de César Aira acerca de que no hay ningún reproche que hacer a la gente que no lee ni quiere leer literatura. “Sería como reprocharle su abstención a gente que no quiere practicar caza submarina”, dice.
4
En cierto sentido, el Premio Nobel de Literatura otorgado a Bob Dylan es un capítulo más en este debate. De un lado, muchas voces se quejan de que condecorar a un cantautor es absurdo e ironizan con la posibilidad de que un escritor gane el próximo Grammy. Del otro, sostienen que las letras de Dylan son poesía y que la decisión de la Academia Sueca amplía los límites de la literatura, ya que no distingue a un autor de obras que la gran mayoría de la humanidad desconoce, sino a alguien popular, alguien que, desde esta perspectiva, acercó la literatura a la gente.
Con relativa frecuencia uno escucha a gente elogiar frases extraídas de canciones como si fueran de alta calidad poética, cuando a mí no me lo parecían ni remotamente. Siempre en esos casos uno piensa: si esta persona leyera más, sabría que esa frase no es tan buena, y mucho menos cuando se cita fuera de la canción a la que pertenece.
Imaginemos el caso de alguien que cree que distintas frases de diversas canciones tienen gran valor poético, pero que en algún momento escucha a Bob Dylan y se da cuenta de que las canciones de él son muy buenas de verdad y las anteriores no. Y que gracias a Dylan se acerca a la poesía y luego a la ficción, y que comienza así un camino que lo lleva, en más o menos tiempo, a leer novelas como las de Michel Houellebecq. No es que al final de esta historia esa persona lea literatura elitista: lee literatura, literatura a secas, cosa que antes no hacía.
La literatura elitista no existe, porque, nos guste o no, toda la literatura lo es. Hay, sí, desde luego, distintos grados de complejidad: nadie duda de que leer el  es más arduo que leer Cien años de soledad. Pero pretender la existencia de una literatura elitista es lo mismo que afirmar que existe una matemática elitista o una medicina elitista o una astrofísica elitista. Criticar a Joyce por lo difícil que es leer sus libros es como criticar a Einstein por lo difícil que es entender la teoría de la relatividad. Cada quien puede llegar a disfrutar de cada una de esas obras en la medida en que sus oportunidades y sus propios deseos se lo permitan. Pero no hay reproches morales que puedan hacerse a sus autores.
Ulises
5
“Me mató”, dice Mario Lozano para graficar la sorpresa que sintió cuando Borges, en aquel ascensor, le dijo: “Será que yo todavía no aprendí a escribir para usted”. Y es que esa respuesta resume, de algún modo, la fantasía de los que no leen: que los grandes escritores, los que les resultan inaccesibles, los supuestamente “elitistas”, puedan aprender a escribir para ellos. Por eso el éxito de los textos apócrifos atribuidos a Borges, a García Márquez, a tantos otros. La realidad es justo al revés: somos nosotros quienes tenemos que aprender a leer a los grandes escritores. Si se lo desea, por supuesto. No hay nada que reprochar a quienes no quieren leer. Probablemente, en contra de lo que nos gusta creer, el mundo no sería mucho mejor si toda la gente leyera literatura.
Pero, si leés, tu mundo es un lugar mucho mejor que si no leés. Y de eso no me cabe la menor duda.



jueves, 20 de octubre de 2016


Leonard Cohen: “Me propongo vivir para siempre”

El cantautor presenta su nuevo disco, ‘You want it darker’, el día en que se anuncia el Nobel a Dylan: “Es como ponerle una medalla al Everest”, dice con admiración



Leonard Cohen, en la portada de su nuevo disco, 'You want it darker'. EFE / EL PAÍS VÍDEO
Leonard Cohen entra en la habitación con una gran sonrisa. Se mueve como flotando, con traje negro, camisa gris y sombrero borsalino. Cuando se acerca al micrófono para contestar preguntas, esa voz cavernosa y a la vez cálida y reconfortante inunda la sala. Su nuevo disco, You want it darker, acaba de sonar para la prensa internacional. Habla de amor, de despedida, del final de algo. Su música vuelve a lograr esa sensación envolvente, un vehículo para que el viejo sabio canadiense recite sus poemas. En la portada aparece Cohen con ese traje y ese sombrero, gafas de sol, asomado a una ventana como si estuviera de viaje y fumando. Un momento, ¿no había dejado de fumar? “Hay tipos de los que no te puedes fiar”, responde.


Cohen enseñó su nuevo trabajo este jueves por la noche en la residencia del cónsul de Canadá en Los Ángeles, California. En las últimas horas todo alrededor de este álbum tiene aroma a despedida de un hombre de 82 años con las fuerzas mermadas, aunque en plenas facultades artísticas. En una larga entrevista en la revista The New Yorker, publicada el día antes, Cohen ha impresionado a sus fans diciendo: “Estoy preparado para morir”. En la canción que da nombre al disco canta: “Hineni, Hineni (aquí estoy, en hebreo) / Estoy listo, Señor”. Así que la primera pregunta es sobre su salud. “Dije que estaba dispuesto a morir. Creo que estaba exagerando. Me propongo vivir para siempre”.
“Cualquier compositor, y esto lo sabe Dylan mejor que nadie, sabe que va a escribir canciones de todas formas”, continúa Cohen. “Si tienes suerte, mantienes el vehículo sano y preparado a lo largo de los años. Si tienes suerte, porque tus propósitos tienen poco que ver con eso. Durar mucho realmente no es elección tuya”.
La referencia a Bob Dylan viene a cuento. A nadie se le escapa que hace solo 12 horas el mundo de la música se vio sacudido por el anuncio de que el premio Nobel de Literatura de este año será para Dylan. En el ambiente está presente el hecho de que Cohen ha estado siempre en las quinielas para el día en que el comité sueco decidiera premiar a uno de estos dos poetas enormes que además cantan. El Príncipe de Asturias lo hizo en 2011. A Cohen no hizo falta preguntarle este jueves por el premio. “Voy a decir algo de que le den el Premio Nobel. Para mi es como ponerle una medalla al monte Everest por ser el más alto del mundo”, dijo. Dylan es tan grande, según Cohen, que el premio es apenas un detalle, además de una obviedad.
“Suelo decir que si supiera de dónde salen las buenas canciones, iría allí más a menudo”, contesta Cohen cuando se le pregunta por su rutina creativa. “Todo el mundo tiene su propio sistema mágico que utilizan con la esperanza de que abra los canales. Mi mente siempre ha estado muy desordenada, así que busco maneras de simplificar mi entorno. Porque si mi entorno está tan desordenado como mi cabeza, no podría ir ni de una habitación a otra. El sistema me funciona a mí, a pesar de tener que sudar cada palabra”.
Los poemas de You want it darker vuelven a estar llenos de referencias religiosas, algo habitual en la música de Cohen. Dios es un personaje tan presente en sus canciones como sus amantes. Pero es solo una referencia cultural, explica. “Nunca me he visto como una persona religiosa, no tengo una estrategia espiritual. Ocasionalmente, siento la gracia de otra presencia en mi vida, pero no le doy una estructura espiritual. Este es el vocabulario con el que crecí. El paisaje bíblico me es muy familiar y es normal que utilice esos puntos como referencias. En un tiempo fueron referencias universales y todo el mundo lo entendía y lo repetía. Ya no es así. Pero sigue siendo mi paisaje. Intento asegurarme de que esas referencias no sean demasiado extrañas”.
La aparente fragilidad física de Cohen contrasta con su actividad artística. “Quizá nunca ha sido tan potente”, opina su hijo Adam, que ha producido el disco. “Está al tope de su poder. Sigue siendo, como él dice, un trabajador de las canciones”. Cohen pertenece, como Dylan, a una generación que está desapareciendo después de cambiar el mundo e influir sobre la cultura durante medio siglo. “Está pasando muy deprisa”, dice Adam Cohen. ¿Y quién los sustituye? “Lo más profundo que se hace ahora son algoritmos”.
“Gracias por venir, amigos”, se despide Cohen, después de hablar de la familia, de la vejez y de su religión y de regalar un poema recitado a los asistentes. “Espero que podamos hacer esto otra vez. Me propongo vivir hasta los 120 años”.