martes, 6 de junio de 2017

Amigos de las dos orillas del Mediterráneo despiden a Juan Goytisolo

Los restos del escritor fueron sepultados en el cementerio civil de Larache

Amigos de Juan Goytisolo llevan su féretro al cementerio de Larache, ayer en Marruecos. JAVIER OTAZU EFE / ATLAS
Un sol indulgente y cordial recibió a Juan Goytisolo en el cementerio civil de Larache, frente al océano atlántico y muy cerca de su amigo y referente literario Jean Genet. Para cumplir con su voluntad —Goytisolo no quería ni regresar a España ni ser enterrado en un cementerio cristiano—, sus amigos lo llevaron en su último viaje hasta esta ciudad, a media hora desde Tánger —donde le gustaba veranear— y a unas seis horas desde Marrakech, donde murió en la madrugada del domingo en su cama, a cinco minutos caminando desde la plaza de la Yemáa el Fnaa.
Allí estaban buena parte de los amigos de París y Marrakech que lo arroparon durante los últimos años. La cónsul honoraria de Marraquech, Khadija Elgabsi comentó: “Juan ha sido el mejor puente entre España y Marruecos. En la última etapa estaba muy triste porque EL PAÍS le llegaba por correo tarde, solo una vez por semana. Me confesó: ‘Me da pena no poder leer mi periódico todos los días y no poder escribir’. Yo le dije: ‘Si quieres yo te traigo una grabadora y luego ya hay gente que pueden transcribirlo’. Y me contestó: ‘No, para mí la escritura va ligada a la mano”.
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“Su fuerza”, añadió Elgabsi, “consistió en saber integrarse en un barrio complicado de Marrakech. Su grandeza fue adaptar la cultura que tiene a esa gente de la Medina y de la plaza que en su mayor parte es analfabeta. Hablaba el dariya, el árabe dialectal de Marruecos. Tenía una libreta para apuntar sus expresiones en dariya. Y las estudiaba por su interés de entender a la gente, de llegar a ellos. He conocido a muy pocas personas que tengan tanto interés por las causas perdidas. Nadie se pelea por algo donde no gana nada. Y sin embargo, él se empeñó en que la ONU declarase la plaza de la Yemáa el Fnaa Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad. A lo mejor si él no hubiera planteado esa batalla, hoy tendríamos un gran supermercado en la plaza. Él tenía la inquietud de mirar más allá, 40 ó 100 años más tarde. Y sabía involucrar a la gente. Él era muy amable, muy abierto y al mismo tiempo reservado. Tenía una combinación rara, pero era Juan”.
Alin Schulman, su traductora al francés desde hace más de 50 años, fue muy breve en sus palabras ante el féretro. Solo parafraseó unos versos de Federico García Lorca: “Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, un español tan claro y tan rico en aventuras”. Justo antes de esas palabras, en el mismo poema, Lorca escribió: “La tristeza que tuvo tu valiente alegría”.
Schulman recordó que cuando lo conoció, de joven, Goytisolo era más hermético en su literatura y más egocéntrico como persona. “En los 12 últimos años Juan venía mucho a mi casa en París, al menos dos veces por año. Yo tenía la impresión de tener toda la biblioteca de autores españoles ahí delante de mí”. La traductora recuerda cómo fue cambiando el autor y el hombre a lo largo de medio siglo. “De joven era conversador y polemista. Pero lo de la polémica se le fue pasando un poco con la edad. En 2011 estaba muy alegre con la Primavera Árabe. Pero poco a poco se dio cuenta de que lo que él esperaba de ese movimiento al fin no llegó. Y ahí perdió también un poco del gusto por la polémica”.
“Con los años se fue haciendo mucho más humano”, añadió Schulman, “estaba más interesado en los demás. Al principio, como tantos jóvenes, era retraído, ensimismado, no pensaba más que en sí. Y después ya se preocupaba por los niños, los hijos, como él llamaba a los hijos de su compañero y del hermano de su compañero”.
En cuanto a su literatura, Schulman señaló: “Yo traduje al principio Don Julián sin entender de qué se trataba esa novela. Tardé diez años en entenderla realmente. Mientras que el último, Telón de boca (2003), es para mí el libro más bello de Juan, porque está toda la tristeza, está toda su relación humana con su esposa que acababa de morirse, su relación con Tolstoi. Una relación que ya no es política, es humana”.
El pintor Murabiti Mohamed, en representación de los artistas de Marrakech, comentó: “Le echaremos de menos, pero no solo en nuestra ciudad, sino en Marruecos. Para los intelectuales de Marrakech Juan era más que un escritor, un padre espiritual. No faltaba a ninguno de nuestros encuentros. Perdimos a uno de los nuestros”.
Desde Marrakech, el pintor Hassan Bourkia recordaba a este diario que su amigo Juan Goytisolo siempre estuvo al lado de los vencidos, ya fuera en España, en Bosnia, en Marruecos, en Turquía… “Él ha abierto muchas ventanas en Marruecos hacia la literatura en español y universal”.
Finalmente, su amigo íntimo y albacea, el escritor y diplomático José María Ridaoleyó ante el féretro un párrafo de las últimas páginas de su autobiografía En los reinos de taifa: “El expatriado ha orientado sus pasos por el laberinto de la Alcazaba, cruzado jardines y espacios verdes del Marshan, alcanzado la plaza de la Maternidad y zigzagueado hasta el mirador altivo de la Jatifa. Un sol indulgente, cordial, invita a sentarse en las mesas distribuidas en la pendiente a lo largo de las terrazas floridas: nidos de espeso verdor, a cobijo de toda mirada indiscreta, en los que solitarios, grupos, parejas, fuman, leen, divagan, paladean un té con menta ovillados en la tibieza y ociosidad”.
En el libro de condolencias que el Instituto Cervantes de Marrakech abrió en la ciudad, alguien escribió: “Que la tierra le sea leve a Juan sin Tierra”.

viernes, 2 de junio de 2017





OCULTISMO, SIMBOLISMO Y ARTE DE VANGUARDIA

Lunes 01 de Enero, 2007
En 1717, Londres asistió al nacimiento de la masonería especulativa. Muchos los artistas de la época pasaron a engrosar sus listas, y algunos dejaron constancia de ello en sus obras. Un buen ejemplo de esta relación lo constituye el caso del pintor Philippe de Louthebourg, iniciado en la Masonería egipcia del célebre y polémico Cagliostro. Su relación con este personaje fue tan estrecha que, en 1786, decidió acompañarle en su exilio a Inglaterra.
Ya en el siglo XIX, Rosetti, uno de los fundadores de la Hermandad Prerrafaelista, quedó marcado por el artista y visionario William Blake, al tiempo que reivindicaba un retorno a la pintura de la Edad Media y a la del Quattrocento, y mostraba un especial interés por los ciclos del Grial y las leyendas artúricas. A partir de la segunda mitad del siglo XIX y casi hasta la actualidad, otras corrientes esotéricas y místicas vinieron a sumarse a la ya larga lista de creencias heterodoxas que han influido, y en ocasiones de forma determinante, en el devenir de las distintas corrientes artísticas.

El Salón de la Rosa + Cruz
A finales del siglo XIX, fueron los Simbolistas quienes incorporaron a sus obras elementos heterodoxos. Algunos de ellos se vieron mezclados en el círculo de Sâr Péladan y su Salón de la Rosa + Cruz. El pintor holandés Jan Toorop fue uno de ellos. Durante un viaje realizado por Péladan a Holanda para «reclutar» artistas, Toorop quedó muy impresionado, y fruto de aquel encuentro surgió su cuadro La Esfinge y, un año más tarde, Las tres novias, un lienzo repleto de simbolismo católico, masónico y rosacruciano.

Otro pintor, Carlos Schwabe, conoció a Péladan en 1890 y realizó el diseño del cartel para el primer Salón, y expuso algunas de sus obras en uno de ellos. Un papel más destacado jugó Jean Delville, todo un apasionado del ocultismo. También estuvo influido por el «Sâr», e igualmente expuso en sus salones. Pero, además, Delville era un ferviente seguidor de la Cábala, la magia, el hermetismo y, más tarde, de la teosofía y de Khrishnamurti. Buenos ejemplos de sus creencias son las pinturas El amor de las almas (1900), una fusión del hombre y la mujer como símbolo del andrógino, así como Los tesoros de Satán (1895).

Pero, si importante fue la influencia de Péladan, no lo fueron menos otras creencias y doctrinas esotéricas, aunque en este caso en las llamadas vanguardias.

La influencia teosófica
Wassily Kandinsky es considerado uno de los «padres» de la abstracción. Sus primeras obras son paisajes, aunque pronto añade otros temas, cargados de características simbolistas, escenas fantásticas sacadas del folklore y temas medievales.

Sin embargo, su arte pronto comenzó a dirigirse hacia otros derroteros. Se interesó por prácticas «heterodoxas”, y especialmente por el espiritismo, interés que compartía con su esposa Gabriele. Sabemos que estaba muy interesado en lo que se conoce como fotografía espiritista. Así lo demuestran varios libros y revistas que guardaba en su biblioteca. Una de estas obras era Animismo y Espiritismo, de Aksakow. También se conserva un ejemplar de la revista El mundo sobrenatural, de 1908, en la que realizó numerosas anotaciones en los márgenes.

Sin embargo, es otro trabajo el que más influyó en su obra: el libro Thought-forms (Pensamientos-formas), de los teósofos Annie Besant y Leadbeater. Y es que, aunque Kandinsky nunca llegó a formar parte de la Sociedad Teosófica, estuvo profundamente influido e interesado por las doctrinas de Blavatsky. En 1911 Kandinsky escribió De lo espiritual en el arte, en cuyas páginas es evidente la huella que dejaron en él estas creencias. En el libro defiende la inminente llegada de una Nueva Era espiritual, en la cual la pintura debe jugar un importante papel. En otro de los capítulos, Kandinsky explica cómo «la vida del espíritu puede ser representada gráficamente como un gran triángulo de ángulos agudos, dividido horizontalmente en partes desiguales, con el segmento más estrecho en lo alto». No sorprende esta vinculación del triángulo con el espíritu, si sabemos que en la obra de Besant y Leadbeater, las formas geométricas tienen una gran importancia.

Kandinsky estaba convencido de que los colores podían ser utilizados como un lenguaje universal capaz de hablar directamente al alma. Así, el uso de unos colores determinados podía provocar en el espectador una respuesta emocional concreta. Sólo era necesario, según el artista, encontrar la clave necesaria para ‘;desatar’ las cuerdas que oprimen el alma: «El color influye en el alma directamente. Los colores son las teclas, los ojos son los martillos, y el alma es el piano con sus numerosas cuerdas. El artista es la mano que toca, pulsando una tecla tras otra, para causar vibraciones en el alma».

En las pinturas abstractas de Kandinsky influidas por la teosofía, las formas geométricas y los colores no representan objetos identificables del mundo físico, pero sí están reflejando «pensamientos, sentimientos y emociones definidas». Algunas de sus obras adquieren un profundo significado si intentamos «traducirlas» con el libro de Besant y Leadbeater. Así, el verde es «el divino poder de simpatía», el carmesí, «afecto», el rosa «amor altruista», y el azul «sentimiento religioso genuino».

Kandinsky proponía también la necesidad de unir las leyes del arte y la naturaleza, una idea defendida por varios teósofos, y en especial por Rudolf Steiner, quien más tarde creó la Sociedad Antroposófica.

El holandés Piet Mondrian también es un buen ejemplo de la estrecha relación entre ocultismo y arte de vanguardia. Su interés por las doctrinas teosóficas se remonta a 1899. En esa fecha cayó en sus manos el libro Los grandes iniciados, de Édouard Schuré, una obra que ya había influido en algunos simbolistas de las postrimerías del siglo XIX, y que en Mondrian tuvo un efecto devastador. El artista había sido un devoto calvinista, e incluso se planteó ser predicador, pero tras la lectura del libro de Schuré desechó la idea. Más tarde se interesó por la teosofía, y llegó a formar parte de la Sociedad Teosófica holandesa en 1909. Fruto de este interés ocultista es, por ejemplo, su obra figurativa Evolución, una obra que simboliza la búsqueda espiritual del ser humano. El propio Mondrian llegó a declarar que «el arte, aunque un fin en sí mismo, como la religión, es el medio por el que podemos conocer lo universal, y contemplarlo de forma plástica».

No menos importante fue su amistad con el teósofo Schoenmaekers y la lectura de sus trabajos, en los que defendía que todos los colores, excepto los primarios, eran superfluos, idea que hizo suya, y que hoy podemos apreciar en sus geniales pinturas de rectángulos de color, dipuestos en una «rejilla» de contornos negros.

El viajero del astral
Menos conocida por el público es la obra del checo Frantisec Kupka. Como Kandinsky, el artista checo se interesó mucho por la obra de Besant y Leadbeater, pero su relación con lo sobrenatural estuvo mucho más vinculada al espiritismo. Kupka centró su relación con las doctrinas esotéricas, pero no como un mero interesado, sino como médium. Fruto de sus trances son algunas de sus obras más destacas.

Kupka estaba convencido de que la realidad no se reducía a las tres dimensiones percibidas por los sentidos, y confiaba más en las sensaciones obtenidas durante sus «visiones interiores». Plasmaba en sus cuadros lo que «veía» durante las mismas, y practicó lo que hoy se conoce como «viaje astral», tal y como explican Pam Meechan y Julie Sheldon en Modern art: a critical introduction: «Kupka se creía capaz de dividir su conciencia durante las sesiones de espiritismo y ver el mundo desde fuera. Años antes de las primeras fotografías de la Tierra tomadas desde el espacio, Kupka pintaba lo que creyó eran ‘;visiones’ del Cosmos».

Arte desde el más allá
El caso de Hilma af Klint es muy peculiar, pues la importancia que tuvo en su obra su interés por el esoterismo no se ha conocido hasta fechas recientes.

De cara al público, Hilma era una pintora de paisajes y retratos. Sin embargo, a su muerte en 1944, había dejado una ingente cantidad de obras mucho más interesantes: casi 1.000 obras cuyo origen está en sus prácticas espiritistas y en la teosofía. Esta parte de su obra permaneció oculta hasta hace poco, ya que pidió antes de morir que no se diera a conocer hasta 20 años después. Cuando era una adolescente, Hilma ya había mostrado interés por la práctica del espiritismo. Pero, tras la muerte de su hermana en 1880, dicha afición se convirtió en una necesidad. Al mismo tiempo comenzó a leer textos teosóficos, y más tarde se hizo miembro de la Sociedad Teosófica. Mientras estudiaba en Estocolmo entró en contacto con un grupo que practicaba el espiritismo. Pero no fue hasta 1887 cuando decidió formar, junto a otras cuatro amigas, un grupo espirita con inquietudes artísticas. Se hicieron llamar «Las Cinco», y celebraban sesiones durantes las cuales, guiadas por las entidades espirituales a las que supuestamente contactaban, realizaban «dibujos automáticos», una derivación de la escritura automática, en la que el médium deja la mente en blanco y permite que sea la entidad contactada quien escriba o dibuje. El uso de esta técnica dio lugar a decenas de dibujos llegados del «más allá».

Hoy sabemos, gracias a los documentos dejados por af Klint, el nombre de dos de las «entidades» con las que contactaron: Amiel y Ananda. En 1905 Hilma prometió a Amiel «que dedicaría un año a pintar un mensaje para la Humanidad». Fruto de aquella promesa son diez grandes paneles que representan las edades del hombre.

Mundos mágicos
La española Remedios Varo nació cuando los artistas citados ya habían dado sus pasos hacia la abstracción o se disponían a hacerlo, de la mano de sus peculiares lecturas y creencias. Aunque Varo se diferenció de ellos en el desarrollo de una pintura figurativa, coincide con todos ellos en que sus obras estuvieron marcadas por sus intereses ocultistas.

A los 17 años Varo se trasladó a Madrid para hacer realidad su vocación artística. Allí conocería al escritor surrealista Bejamin Péret, con quien se casó en 1937. Péret era un simpatizante de la causa republicana y se vieron obligados a huir a Francia para escapar de la guerra. Una vez en París, Remedios entró en contacto con surrealistas como Breton, Ernst y la que sería su gran amiga, Leonora Carrington. Con la llegada de los nazis, Remedios y su marido decidieron huir a México en 1941. Allí contactaron con otros artistas también exiliados, como Luis Buñuel, y Remedios fortaleció su amistad con Carrington, aumentando su interés por el esoterismo.

Entre sus pinturas destacan las protagonizadas por personajes que emprenden «viajes metafísicos a otros mundos», como en Hacia Aquario (1961) o Trovador (1959). Estas obras sugieren, como explica Lois Parkingson, una influencia de la alquimia medieval. Entre las creencias que influyeron a Varo se encuentran las prácticas rituales de los indígenas mexicanos y la cultura sincrética del país, que la artista tuvo oportunidad de conocer mientras vivió allí. Más importantes que las anteriores, son las influencias ajenas a México. También hasta allí habían llegado las doctrinas espiritistas y ocultistas. Según Parkinson, Varo se mostró muy interesada por una larga lista de disciplinas y autores, como Jung, Blavatsky, Eckart, el sufismo, las leyendas sobre el Santo Grial, además de la geometría sagrada, la alquimia, el I-ching chino o Gurdjieff. ¿Se puede pedir más? En este sentido, resulta especialmente interesante la teoría de Gurdjieff sobre lo que él llamaba «arte objetivo», creaciones que pueden evocar en todo el mundo la misma reacción y capaces de llevar al espectador a un estado superior de conciencia. Los artistas que utilizan este método de creación, según Gurdjieff, dejarían su voluntad en manos de una fuerza superior.

Entre los libros que pertenecían a la biblioteca de la artista, estudiosos como Parkinson encontraron la obra Relatos de Belcebú a su nieto, de Gurdjieff, así como un estudio sobre este personaje, titulado Gurjieff, el mesías del siglo XX, además de otros títulos de corte esotérico.
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