sábado, 28 de abril de 2018

Lo que queda de James Brown

Un libro reciente denuncia el saqueo de la herencia del Padrino del 'Funk'


El cantante James Brown, en una actuación en 1973.
El cantante James Brown, en una actuación en 1973.
Con Kill 'Em and Leave, el último libro publicado sobre James Brown, el literato James McBride ha causado cierto malestar. Verán, existe una rica bibliografía sobre el personaje, pero, en general, son obras de autores blancos. McBride se muestra respetuoso con sus predecesores, pero sugiere que están demasiado lejos de la experiencia vital de un negro sureño para entender sus claves íntimas.
En realidad, también McBride ha crecido en un mundo muy diferente del de James Brown. Neoyorquino de 1957, es hijo de un reverendo baptista y una madre judía. Como periodista, ha colaborado con medios potentes. Como literato, ha publicado media docena de libros que ganaron premios (incluyendo la Medalla de las Humanidades, de manos de Barack Obama). Ha escrito guiones, llevados al cine por Spike Lee.
Pero lo decisivo, cuando se embarcó en la investigación de Kill 'Em and Leave fue el color de su piel, que le permitió llegar a lugares inaccesibles para reporteros blancos. Logra así establecer el árbol genealógico de James, dinamitando el mito del niño abandonado que creció en un burdel. De paso, avisa de que Get on Up, el biopic de 2014, es tan poco fiable como cualquier producto de Hollywood, a pesar de que Mick Jagger figurara en la producción, más o menos como garante de veracidad. Lo cual, como comprobaríamos luego en la serie Vinyl, no garantizaba nada.
No se trata de purificar la reputación de Brown. Todos los horrores que se cuentan se sustentan en la realidad: la tacañería con los músicos, la crueldad con sus mujeres, el caos en los negocios. Y aun con todos esos lastres, ocupó el centro gravitacional de la música afroamericana durante casi toda la segunda mitad del siglo XX. Una carrera extraordinaria, ya que su público natural exigía consistencia y novedad, combinación difícil para alguien que trabajaba —económicamente hablando— en los márgenes del negocio, sin el respaldo de las multinacionales que lanzaron a Michael Jackson o Prince.
El escritor James McBride explica las claves de la herencia de James Brown.
Charles Bobbit, que fue su ejecutor durante los años de gloria, reconoce aquí que James Brown vivió bajo el signo del miedo. “¿Miedo de qué?”, pregunta el escritor. Miedo del hombre blanco, que le podía quitar todo —lo intentó la Hacienda federal— o mandarle a la prisión, como hicieron en 1989, tras una persecución policial que pudo acabar con su vida (y que no hubiera ocurrido si el perseguido hubiera sido Jerry Lee Lewis, por mencionar otro sureño turbulento).
Lo ratifica la revelación más cruda de Kill 'Em and Leave: el despojo de su herencia. Dejó un testamento supuestamente inexpugnable, que repartía sus efectos personales entre sus hijos, dejando un fideicomiso para la educación de los nietos; el grueso de su fortuna —derechos de autor, uso de su imagen, etcétera— iba a una fundación para socorrer a niños pobres (blancos y negros, especificaba).
Un experto calculaba que, con una explotación diligente, aquello podía rendir unos 100 millones de dólares. Un pastel demasiado apetitoso para las hienas de Carolina del Sur, un Estado neocolonial donde políticos, jueces y abogados ejercen el poder real. Esa jauría ha enfrentado a unos sucesores contra otros, generando una impenetrable maraña de litigios.
Algunos herederos han recibido pellizcos sustanciosos; los bufetes de abogados y los administradores cobran regularmente facturas de seis dígitos. Y los niños que en esos condados dependen de la caridad para recibir material escolar y alimentación, no han visto ni un centavo. La última valoración reduce el actual valor del legado a unos 4.700.000 dólares (3,8 millones de euros).
  TOMADO DE:https://elpais.com/cultura/2018/04/22/actualidad/1524413381_845905.html

viernes, 20 de abril de 2018

Los cuatro revólveres de ‘La noche de la iguana’

Huston consiguió un reparto tan estelar como repleto de egos: Richard Burton, Ava Gardner, Deborah Kerr y Sue Lyon


Alcohol, frustraciones, sexualidad reprimida, miserias... En La noche de la iguana, el dramaturgo Tennessee Williams volvió a combinar el abanico de ingredientes emocionales con los que había estado experimentando a lo largo de toda su carrera. El director John Huston los envolvió en una atmósfera sofocante de aislamiento, calor y humedad, y, entre los dos, cocinaron una obra maestra a fuego intenso.
El guion estaba basado en la obra del mismo título que había triunfado en Broadway con Bette Davis como protagonista. John Huston consiguió un reparto estelar: Richard Burton, Ava Gardner, Deborah Kerr y Sue Lyon, que después de haberse dado a conocer en Lolita se había convertido en el icono de la precocidad sexual. Todos estaban en lo más alto de su popularidad. Consciente del impacto que podría tener la presencia de todas aquellas estrellas en el lugar de rodaje y de la revolución mediática que podrían ocasionar, Huston se decantó por una localización aislada. La película se rodó en la localidad mexicana de Puerto Vallarta que, por entonces, no pasaba de ser una remota aldea de pescadores. El elenco de estrellas se instaló allí durante semanas, en una convivencia que puede que sirviera para que los actores se acercaran al estado emocional de sus personajes, pero que a priori era temible. Una reunión de egos en la que todo hacía presagiar que saltarían chispas, más aún teniendo en cuenta que –todo el mundo lo sabía– no era difícil trazar en aquel grupo conexiones de tipo sentimental. Sin ir más lejos, Peter Viertel, marido de Deborah Kerr, había tenido un lío previo con Ava Gardner. Curándose en salud, antes de viajar a Puerto Vallarta, Huston reunió a sus actores y regaló a cada uno de ellos un revólver Derringer. "Dentro hay unas balas doradas en las que están escritos los nombres de los demás", les dijo. "Si las necesitáis durante el rodaje, utilizadlas, y así me evitáis a mí problemas".
Contra todo pronóstico, nadie echó mano de su arma. Y eso a pesar de que, al parecer, el alcohol fluía a oleadas, con un Richard Burton que desayunaba cerveza y una Ava Gardner que trataba de ahogar la inseguridad que le provocaban algunas escenas. A Puerto Vallarta también se trasladó Tennessee Williams, que ayudaba a Huston cuando este se estancaba con algún diálogo; el novio de Sue Lyon, a quien el director prohibió acercarse al plató porque no dejaba de darse arrumacos con la actriz, y también Liz Taylor, que se instaló allí para acompañar a Richard Burton y que trabó una relación tan estrecha con el sobrino de un vecino que, meses después, volvería para asistir a su primera comunión. En sus memorias Ava Gardner sólo tuvo halagos para la Taylor y, ante tanta armonía inesperada en un rodaje que se preveía tumultuoso, la prensa desplazada hasta la zona no tuvo más remedio que entretenerse escribiendo acerca del lugar. La noche de la iguana supuso un antes y un después para Puerto Vallarta que, a partir de entonces, empezó a transformarse en un centro turístico. "Fue una bendición a medias", diría John Huston años después. “Las playas se llenaron de hoteles y grandes y edificios de apartamentos. Los habitantes se convirtieron en camareros, doncellas y policías. La mayoría de las tiendas están orientadas al turismo, pero el agua es potable, la fiebre tifoidea y el tifus casi han desaparecido. Los niños tienen tantas posibilidades de nacer vivos como en cualquier lugar de Estados Unidos y ahora hay escuelas”.
La noche de la iguana ganó en 1965 los Oscar a mejor fotografía, dirección artística y mejor actriz de reparto, para Dorothy Jeakins. Ava Gardner, sin embargo, ni siquiera consiguió una candidatura. Ganó, eso sí, el premio a mejor intérprete femenina en el Festival de San Sebastián, y hoy todo el mundo coincide en que La noche de la iguana es una de sus mejores interpretaciones. Un gran texto de Tennessee Williams. Una de las grandes películas de John Huston.

jueves, 12 de abril de 2018

Hace mucho tiempo

La impresionante obra de Sergio Pitol corrió al parejo de su gusto por divertirse a expensas de unos y en sintonía con otros.

Sergio Pitol, durante una entrevista en 2005.
Sergio Pitol, durante una entrevista en 2005.
Sergio Pitol hizo de la amistad una religión. A contrapelo del escritor que requiere de aislamiento, buscó a los demás con insólita vocación gregaria. Recuerdo el entusiasmo con que leyó el primer libro de Mario Bellatin publicado en México, Salón de belleza, y el orgullo con que comentó que ya era su amigo. En un oficio plagado de recelos y competencias, jamás pensó en desmarcarse de los otros. Y no sólo eso: escribió convencido de que la literatura se produce en densidad. Su sostenida tarea como traductor deriva de su convicción de que no hay literaturas individuales. Todo autor, por original que sea, se inscribe en la tradición que lo explica.
Nacido en 1933, en un ingenio azucarero de Veracruz dominado por italianos, Pitol conoció desde niño la ambivalencia de vivir entre dos culturas. Sus mayores añoraban la ópera y los salones de Venecia y el entorno ofrecía los estímulos sensuales del trópico. Esta tensión aflora en los cuentos de Los climas y en cierta forma explica su deseo de entender el mundo como un horizonte sin fronteras.
Durante veintiocho años vivió en China, Polonia, Yugoslavia, Inglaterra, España, Hungría, la Unión Soviética y Checoslovaquia. Esta errancia lo llevó a traducir cerca de cien libros de cinco lenguas diferentes. Por un tiempo vivió en barcos cargueros; alquilaba un camarote sin preguntar cuál sería la ruta y se dedicaba a traducir en su oficina náutica. A esa etapa se deben sus versiones de Cosmos y Transatlántico, de Witold Gombrowicz, que deberían formar parte de la Enciclopedia biográfica de traductores inmortales propuesta por Ricardo Piglia.
La generosidad con que Pitol se ocupó de obras ajenas demoró la valoración de su propio trabajo. En 1969 publicó una novela excepcional, El tañido de una flauta, sobre el fracaso artístico y la dificultad de pertenecer a la cultura mexicana. De manera previsible, esta obra no tuvo los lectores que merecía y Carlos Monsiváis señaló que estaba destinada a convertirse en un “clásico secreto” de la literatura mexicana.
Durante casi una década, Pitol se concentró en traducir y prologar obras ajenas. A partir de su estancia en Moscú, a principios de los años ochenta, recuperó la fibra narrativa con Nocturno de Bujara, volumen de cuentos cuyo tema esencial es el misterioso origen de los cuentos. En uno de sus regresos a México, advirtió que la historia del país sólo podía ser contada en clave novelesca y concibió El desfile del amor, donde un historiador busca desentrañar sucesos de 1942 y advierte que la única manera de llegar a ellos son las conjeturas de la ficción.
En la cuerda de Sebald y Magris, escribió libros sin género preciso, mezcla de ensayo, crónica, fabulación y autobiografía. A esta etapa pertenecen El arte de la fuga, El mago de Viena y El viaje.
Su casa de Xalapa era un monumento a su pasión por la escritura ajena. Atrás de su escritorio, la pared estaba decorada con fotos de sus autores favoritos. Ahí, los clásicos alternaban con los amigos. Al revisar su biblioteca, me sorprendió que diera especial importancia a la estadística de la lectura. Al final de cada libro anotaba las veces que lo había leído, como una prueba de que la pasión mejora al reincidir.
Pero ninguna lealtad superó en él al trato con los amigos. Durante casi toda su vida se benefició del afecto y el humor de Carlos Monsiváis, Luis Prieto y Margo Glantz. En España, esta devoción se extendió a Lali Gubern, Jorge Herralde y Enrique Vila-Matas. Sabía, como Choderlos de Laclos, que toda relación es peligrosa, y por eso mismo la cortejaba, convencido de que el entusiasmo derrota las más complejas neurosis: “No hay quien se resista a un disco de Toña la Negra”, decía. Sin pedir auxilio a la sabiduría química, aconsejaba beber licores cada vez más fuertes para no sucumbir a una instantánea borrachera. Este manual de comportamiento no dio grandes resultados en el terreno de la salud, pero le permitió explorar el carnaval de la existencia. Como Gógol, entendió que el ser humano es un sujeto que se considera estupendo y de pronto sufre un retortijón. Los dispositivos teatrales que generaba en vida le permitieron ser testigo de situaciones intensamente ridículas que recreó en Domar a la divina garza y La vida conyugal.
Lo conocí en 1980 cuando participamos en el ciclo “Encuentro de generaciones”, donde un autor consagrado leía junto a un principiante. Me trató como si nos hubiéramos visto desde siempre. Después de la lectura, fuimos a casa de unos amigos suyos. Uno de los asistentes era Augusto Monterroso, mi maestro de taller de cuento. Afectado por la magia de Pitol, que borraba las generaciones, dije que conocía a alguien desde hacía mucho tiempo. Monterroso me reconvino en broma: “A tu edad, no tienes derecho a usar la expresión ‘hace mucho tiempo’”.
Cuarenta años después puedo decir con agraviante naturalidad: hace mucho tiempo conocí a Sergio Pitol. Mi opera omnia constaba entonces de un cuadernillo con tres relatos, pero él me trató como un colega. Cuando le dije que tenía problemas para escribir una novela, me dio a leer Los orígenes del Doctor Faustus. Le comenté que mi circunstancia era muy distinta a la de ese egregio autor. Entonces me palmeó la nuca y dijo: “Nadie es distinto a Thomas Mann”.
Sergio Pitol creía en los demás con una “fe de carbonero”, como él decía. Su impresionante obra corrió al parejo de su gusto por divertirse a expensas de unos y en sintonía con otros. La comedia humana alimentó su escritura y le brindó, en las más arduas circunstancias, el imbatible remedio de la risa
TOMADO DE: .https://elpais.com/cultura/2018/04/13/actualidad/1523578367_488087.html