martes, 29 de mayo de 2018

Muere la cantante María Dolores Pradera a los 93 años

Actriz de cine y teatro, se reinventó con éxito en intérprete del repertorio musical hispanoamericano


María Dolores Pradera, en una imagen de 2012.
Con su discreción habitual, María Dolores Pradera se despidió el lunes 28 de mayo, en su Madrid natal. Deja atrás una rica trayectoria profesional, primero como actriz y luego como estilista de la canción. A ella se debe la popularización en España de buena parte del gran repertorio hispanoamericano, temas firmados por Chabuca Granda, Atahualpa Yupanqui, Cuco Sánchez o José Alfredo Jiménez. A la vez, elevó a la categoría de clásicas las composiciones de cantautores españoles como Carlos Cano y Joaquín Sabina.
Había cierta confusión respecto a su nacimiento: según la fuente que se consultara, vino al mundo el 29 de agosto de 1924 o en el mismo día de 1926. Da lo mismo: lo que conviene saber es que sus padres eran una vasco-francesa y uno de esos asturianos emprendedores que hicieron las Américas. La familia vivió una breve etapa en Chile, donde María Dolores descubrió que cantar se concebía allí como una actividad natural, presente en todas las reuniones. Más adelante, ya con uso de razón, se enfadaba cuando veía en bares españoles el famoso cartel de “Se prohíbe cantar”.
Sufrió la Guerra Civil en Madrid; cuando terminó, debió olvidarse de sus estudios para ganarse la vida. Su temperamento artístico se expresó inicialmente como actriz. María Dolores Pradera hizo mucho cine y teatro, a veces con su marido desde 1945, el galán Fernando Fernán Gómez. Participó en películas de Florián Rey, Juan de Orduña y Gonzalo Delgrás pero también en cintas polémicas, como la musical Embrujo (1947), de Carlos Pérez de Orma, o el drama Vida en sombras (1949), de Lorenzo Llobet-Gràcia. Títulos incómodos, que fueron torpedeados por la censura.

Buen gusto musical

En teatro, fue Melibea en el montaje de La Celestina que realizó Luis Escobar y participó en obras de Jardiel Poncela, García Lorca y Alejandro Casona; hasta conoció el teatro del absurdo, con El rinoceronte, versión de José Luis Alonso, en compañía de José Bódalo.
Madre de dos hijos, Fernando y Helena, tras separarse de Fernán Gómez en 1957 potenció su faceta de cantante. La Pradera, como era conocida en el ambiente, tenía buen gusto musical , pero urge destacar que también sabía escoger las mejores piezas para su estilo elegante. Aunque admiraba a las intérpretes desgarradas, tipo Chavela Vargas, lo suyo era cantar a media voz, con maravillosa serenidad. Como dijo a Elsa Fernández-Santos en este periódico: “Yo nunca me despeino, solo me desmeleno por dentro”.
Tras darse a conocer en la radio y en salas de fiestas como Alazán, fue fichada en 1960 por el sello Zafiro, donde comenzó grabando EPs (discos de 4 canciones). Con ese soporte introdujo en España temas como La flor de la canela (1961), El rosario de mi madre (1965), Fina estampa (1965), Amarraditos (1966), Amanecí en tus brazos (1967). Inicialmente, Pradera había trabajado con orquestas, pero ella buscaba una expresión más ascética, algo que logró con el acompañamiento de Los Gemelos, Julián y Santiago López Hernández, dos guitarristas madrileños que también habían conocido América.
A lo largo de medio siglo de grabaciones, Pradera realizó su particular antología de la canción popular tal como se entiende a ambos lados del Atlántico. Su cancionero abarcaba boleros, rancheras, valsecitos, tangos, sones, fados, copla, cumbias y todo lo que uno pueda imaginar: sabía apoderarse del fuego sagrado de aquellos compositores.
Unas músicas de corazón desnudo que permitían expresar lo que ella sentía. Hablando en 1983 en estas páginas con Maruja Torres, explicaba así su relación con Fernando Fernán Gómez: “Es muy buena, en cuanto nos separamos fue muy buena. Porque eso es lo malo del desamor, que te llevas muy bien luego... Mientras te dura el amor lo echas a perder o lo echan ellos. A mí siempre me han tocado hombres muy celosos, y no sé por qué, porque yo soy una mujer muy fiel”.
Era querida y respetada. De vez en cuando, su inocencia hasta creaba problemas, como ocurrió al proporcionar argumentos arrojadizos al argentino Fito Páez, en su contencioso con el jienense Joaquín Sabina.
Alejada del aspecto competitivo de la música, la cantante racionaba sus actuaciones, que procuraba que coincidieran con los fines de semana. Afortunadamente, contó con eficaces productores como Javier Iturralde, Antoni Parera Fons y Rosa León; los dos últimos insistieron en colocar su voz en contextos inesperados.
Colaboró frecuentemente con el conjunto canario Los Sabandeños, que compartían su pasión por la música latinoamericana, una relación plasmada en Al cabo del tiempo (2006) y Te canto un bolero (2008). Es menos conocido que tuvo encuentros discográficos con instrumentistas como Cachao, Chano Domínguez, Flaco Jiménez o Gerardo Nuñez.
Dedicó álbumes completos al repertorio de Chabuca Granda, José Alfredo Jiménez y Carlos Cano. Son los discos que conviene buscar. Esos y los directos, como Por derecho (1991), donde estaba la esencia de su arte sobrio.

miércoles, 23 de mayo de 2018

Philip Roth, la escritura y la lujuria

El autor de ‘El lamento de Portnoy’ muere a los 85 años. Retirado desde 2010, su obra, explora la identidad judía y la sexualidad masculina en la América contemporánea


Philip Roth, en su casa en Manhattan, el pasado 5 de enero.
Philip Roth, en su casa en Manhattan, el pasado 5 de enero. The New York Times / Contacto
Philip Roth, titán de las letras norteamericanas y una fuerza de la naturaleza cuya portentosa producción novelística obliga a pensar, como se ha dicho en más de una ocasión, que no era exactamente un escritor sino una literatura, falleció la noche del martes a los 85 años de edad en un hospital de Manhattan, rodeado de amigos y familiares.
Había nacido en 1933, en la localidad de Newark, en New Jersey, escenario de buena parte de su dilatada obra, que suma más de treinta títulos de ficción, además de un valioso conjunto de libros de ensayo y memorias personales. Le fueron concedidos innumerables premios y distinciones, algunos de ellos los de mayor prestigio a que puede aspirar un escritor, incluido el Príncipe de Asturias de las Letras o Man Booker International a toda su carrera en 2011. La excepción fue el Nobel: haciendo honor a los altibajos de su trayectoria, la Academia Sueca no supo estar a la altura del genial novelista.
No era algo que a le importara demasiado. Roth escribía movido por un imperativo categórico. En una conversación particular con él con motivo de la publicación de una de las novelas centrales de su extenso corpus, Pastoral americana (1997), el escritor declaró que para él escribir entrañaba una entrega dolorosa. Su vida fue de principio a fin una aceptación de ese destino. Philip Roth encarnaba la idea del escritor total, y la dedicación a su oficio exigía de él, como en el caso de Kafka, una de sus influencias más conspicuas, una entrega sin fisuras, casi un sacrificio.
Había en su manera de entender su vocación una actitud comparable a la de uno de sus novelistas más admirados, Dostoievski. Como él, se adentraba en los abismos de la condición humana sin calcular los riesgos: “Cada mañana, siento que desciendo a una mina, de la que al final de la jornada regreso con los materiales que después he de pasar a la página”, dijo en aquella conversación. Su corpus novelístico, extraordinariamente sólido, incluye varias obras maestras.

Imprescindibles

El lamento de Portnoy (1969).
La mancha humana (2000).
Pastoral americana (1997).
La conjura contra América (2004).
Némesis (2010).
Operación Shylock (1993).
El teatro de Sabbath (1995).
Elegía (2008).
El animal moribundo (2002).
Hay altibajos, pero por encima de todo lo que cuenta es el valor de conjunto de su obra, que es un todo esencialmente indivisible. Tras un debut que marcaba la aparición de un escritor excepcional, Goodbye, Columbus (1959), Roth inició una trayectoria fulgurante, que incluye más títulos imprescindibles de los que cabe señalar aquí. Algunos: El lamento de Portnoy (1969), probablemente la exploración más tormentosa y radical de la sexualidad masculina que se haya llevado a cabo jamás; la heptalogía centrada en torno a la figura de su alter ego literario, Nathan Zuckerman, en la que explora en profundidad qué significa ser escritor. Aunque la mayor parte de su obra se movió dentro de los parámetros de una concepción realista de la ficción, en algunas novelas, como La contravida (1986), experimentó con las posibilidades de la narrativa, buscando nuevas formas de expresión. Otros títulos fundamentales de su canon son Operación Shylock (1993) y El teatro de Sabbath (1995). Su exploración de lo que significa ser judío en los Estados Unidos, una de sus preocupaciones centrales, le valió tantos rechazos como adhesiones. A finales del siglo XX, la marcha triunfal de su escritura continuó con obras como Pastoral americana, Me casé con un comunista y, ya en el tercer milenio, La mancha humana.
Tras haber tratado a fondo cuestiones como la historia, la naturaleza del deseo y el papel de la literatura en la cultura actual, Roth dirigió la mirada hacia lacras que aquejan tanto al individuo como a la sociedad estadounidense contemporánea. A esta fase corresponden El animal moribundo, La conjura contra América, Elegía, Sale el espectro, que pone punto final a la saga de Zuckerman, Indignación, Humillación y Némesis. Publicadas casi a razón de una por año, el torrente creativo de Roth echa por tierra la idea del escritor que entra en declive en las décadas finales de su vida.
Tan importantes como sus novelas son sus obras de no ficción, entre las que destacan Los hechos (1988) y Patrimonio (1991). En conversación con David Remnick, director del New Yorker, tratando de explicar la energía interior que lo guiaba, señaló: “No sé adónde voy con esto, pero no puedo parar. Es así de sencillo”. No obstante, el momento de parar llegó. Tras la publicación de Némesis (2010), Philip Roth anunció al mundo que dejaba para siempre la escritura.

Frenazo en seco

La revelación fue recibida con estupor e incredulidad. Para su público, la idea era inaceptable. Con la misma inexorabilidad con que se entregó a la escritura, Philip Roth la abandonó. Fue un frenazo en seco para la historia literaria, no solo de su país, sino para los millones de seguidores que tenía en todos los idiomas y latitudes. Adoptó la decisión con total serenidad. Para decirlo con sus palabras, dejó de bajar a diario a la mina en busca de un material que le exigía transformar el dolor en belleza. Se abrió más a la vida social. Disfrutó de la amistad de escritores con los que no había podido relacionarse tanto como hubiera querido. Le asombraba seguir vivo. Un día más, se decía cada vez que se levantaba por la mañana, y continuaba la plácida rutina de la que no había podido disfrutar ni un solo día desde que aceptó la condena de vivir para la escritura. La muerte de Philip Roth deja un vacío que no será fácil cubrir, porque, efectivamente, con él no desaparece un autor, sino toda una manera de entender la literatura.
 
TOMADO DE:  https://elpais.com/cultura/2018/05/23/actualidad/1527093625_855231.html

sábado, 19 de mayo de 2018

La poesía sigilosa de Rafael Cadenas gana el premio Reina Sofía

El poeta venezolano sucede a Claribel Alegría en la XXVII edición del galardón

Rafael Cadenas,  poeta venezolano.
Rafael Cadenas, poeta venezolano. EL PAÍS
“Humilde, silencioso y rebelde”, así se autorretrató en un poema el venezolano Rafael Cadenas, que acaba de obtener el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Convocado por Patrimonio Nacional y la Universidad de Salamanca, el galardón se ha convertido en el más prestigioso del género en los países de lengua española y portuguesa. Cadenas toma el relevo este año de la nicaragüense Claribel Alegría, que lo obtuvo el año pasado, meses antes de fallecer.
El jurado encargado de seleccionar a Cadenas como ganador del premio estuvo copresidido por Alfredo Pérez de Armiñán y de la Serna, presidente del Patrimonio Nacional, y Ricardo Rivero Ortega, rector de la Universidad de Salamanca. Su composición la completaron Darío Villanueva Prieto, director de la Real Academia Española; Juan Manuel Bonet Planes, director del Instituto Cervantes; Ana Santos Aramburo, directora de la Biblioteca Nacional de España; y José Manuel Mendes, presidente de la Asociación Portuguesa de Escritores, entre otros poetas y personas vinculadas con el mundo de la poesía como Berna González Harbour, Luis Alberto de Cuenca, Pilar Martín-Laborda y Bergassa o Blanca Berasategui.
Nacido en Barquisimeto (Venezuela) en 1930 y vecino de la urbanización La Boyera, al sureste de Caracas, Cadenas es uno de los autores fundamentales de la lírica latinoamericana de los últimos años, papel ya reconocido por el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances que otorga la Feria del Libro de Guadalajara (México) o el García Lorca que se concede en Granada. Sigiloso en el trato y lento en la conversación –piensa cada palabra como si formara parte de un futuro poema-, Cadenas ha ido ocupando poco a poco un lugar en el Olimpo de los poetas vivos sin abdicar ni de su humildad ni de su rebeldía ni de su silencio. Ni de un compromiso crítico al que se ha acercado también sin estridencias.
Era un jovencísimo militante comunista autor de un libro de poemas –Cantos iniciales (1946)- cuando tuvo que exiliarse a la isla de Trinidad, circunstancia a la que suele quitar hierro diciendo que se puede llegar a ella “en lancha” desde la costa venezolana: “está a 30 kilómetros”. Cuatro años tardó en recorrerlos de vuelta para instalarse en la capital en 1957, pocos meses antes de la caída del dictador. Un año más tarde publicó el poemario La isla y en 1960, uno de sus libros clave, titulado, no por casualidad, Los cuadernos del destierro. En 1966, en medio de una profunda depresión, dio a la imprenta Falsas maniobras (1966), que incluye su poema más famoso, un verdadero hito en América Latina: Derrota. “Yo que no he tenido nunca un oficio / que ante todo competidor me he sentido débil / que perdí los mejores títulos para la vida / que apenas llego a un sitio ya quiero irme (creyendo que mudarme es una solución)…” Cuando se le recuerdan esos versos Cadenas responde que los escribió con 32 años –en unos meses cumplirá 88-, que ya no se reconoce en ellos y que su éxito se debió a la situación política de los años sesenta en su país, volcado en la consolidación de la democracia con el presidente Rómulo Betancourt. Se reconoce, eso sí, en el verso que dice que es un hombre que apenas habla. “¡Que cada palabras lleve lo que dice. / Que sea como el temblor que la sostiene. / Que se mantenga como un latido”, dicen tres famosos versos suyos.
Su laconismo le ha llevado a cultivar una poesía cada vez más influyente y, a la vez, más esencial. Menos exuberante, matiza él. A la reunión en 2007 de su Obra entera (Pre-Textos) -700 páginas que contienen libros como los citados más Intemperie, Memorial (los dos de 1977), Amante (1983) o Gestiones (1992)- le siguieron títulos como Sobre abierto (2012) o En torno a Basho y otros asuntos, su último libro hasta la fecha. “Lo que salva de los escombros / es la mirada”, escribió en él. Aunque es difícil encontrar en su poesía rastro alguno de intención política, Cadenas mantiene una actitud muy crítica respecto al Gobierno de su país. Siempre se ha declaro a favor de la democracia, “por defectuosa que sea”, y alarmado por la ausencia de separación de poderes en Venezuela. Pese a los ataques que ha recibido por ello desde el flanco gubernamental, siempre ha quitado importancia a su propio papel. Rebelde y silencioso era su autorretrato.