viernes, 29 de noviembre de 2019


La extraña pasión nazi de John Lennon

El músico de Liverpool mostró una curiosa afición por la simbología y la parafernalia nacional-socialista, ya desde antes de formar los Beatles

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El 9 de octubre de 1940, John Lennon nació en el fragor de un bombardeo nazi sobre Liverpool (los primeros ataques aéreos sobre la ciudad fueron en agosto de aquel año), una experiencia imposible de recordar para él, evidentemente. Pero cuando años después supo cómo había llegado a este mundo, quizá marcó su subconsciente de alguna manera, ya que desarrolló una extraña afición por la simbología y la parafernalia nacional-socialista.
Dieciocho años después, hacia mediados de 1958, Lennon se aburría en su clase de la Liverpool College of Art (en la que había ingresado el año anterior) y decidió dibujarse a sí mismo como un Führer, subido en un atril con el brazo extendido, y recibiendo gritos de «Heil John!, Heil John!» desde el público.
Mientras pasaba las horas frente a su pupitre, el joven John Winston Lennon, cuyo nombre completo hacía homenaje al archienemigo de Hitler (Winston Churchill), también dibujó águilas fascistas, banderas, estandartes y escudos nazis, cruces gamadas e incluso al propio Hitler (en algunos casos con gafas como las que él llevaba), bajo el que escribió la leyenda «All you people».
Los dibujos fueron vendidos en 1991 por su primera esposa, Cynthia, pero su comprador los puso a subasta el año pasado en Ludlow, Shropshire, donde los garabatos alcanzaron cifras de varios miles de dólares. Su «autorretrato» con el saludo nazi llegó a los 54.000.
Poco tiempo después de salir de la escuela de arte nacieron los Beatles, e hicieron varias visitas a Hamburgo entre 1960 y 1962, para tocar en clubes como el Indra Club, Kaiserkeller, Top Ten Club o Star Club. Allí, Lennon entretenía a la audiencia con chistes sobre nazis, que evidenciaban su conocimiento sobre el tema porque eran realmente ingeniosos. Cuenta la leyenda que en una ocasión, Lennon salió al escenario en ropa interior con un asiento de váter colgado del cuello y una cruz gamada pintada en la frente, y gritó al público: «¡Sieg heil! ¡Dad palmas, jodidos nazis de mierda!».
La fascinación por el hombre ya señalado como el más malvado del siglo XX siguió presente en la mente del futuro pregonero mayor de la paz y el amor, que seguramente quedó cautivado por las imágenes de los documentales de Leni Riefenstahl. En 1964 publicó un librito de textos titulado «In His Own Write», en cuya introducción, titulada «About the awful», relató una suerte de parodia de su nacimiento empleando divertidos juegos de palabras: «I was bored on the 9th of Octover 1940 when, I believe, the Nasties were still booming us led by Madolf Heatlump (who only had one)». Y ese mismo año, al aterrizar en Melbourne dentro de la primera gira australiana de los Beatles, saludó a sus fans desde la terraza de su hotel con el brazo en alto. Para más inri, tapándose el labio superior simulando el mostacho de Hitler. Una broma que fue muy criticada por la prensa local.
En este vídeo, puede verse cómo Lennon vuelve a hacerlo en Liverpool, y a Ringo diciéndole algo que perfectamente podría ser: «Don't do it. Don't do it again please» («No lo hagas. No lo hagas otra vez, por favor»).
En 1967, cuando el grupo estaba ideando la portada del mítico Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, Lennon propuso añadir a Jesús, a Hitler y a Mahatma Gandhi en la composición fotográfica. «Después de lo que John había dicho, decidimos no incluir a Jesucristo», contaría años después el diseñador de la cubierta, Peter Blake, en referencia a la frase de Lennon «somos más grandes que Jesús», que provocó la quema de discos de los Beatles en Estados Unidos. «Gandhi tampoco salió al final, pero Hitler sí. Lo que pasa es que está tapado por Ringo», asegura Blake. Y efectivamente, las fotos de la sesión muestran una figura de cartón de Hitler (tras la batería), pero se quedó fuera de la imagen final. Siempre se rumoreó que quedó detrás de Ringo, pero lo cierto es que Blake no dijo la verdad porque la cartulina se retiró para la foto definitiva, y el hombre de bigote que puede verse tras el baterista en la portada que se publicó es el artista Larry Bell.
Lo más curioso es que George Harrison y Paul McCartney también fueron acusados de simpatizar con el nazismo. Los tabloides The Globe y The Sun aseguraron que Harrison vestía uniformes nazis en sus ratos libres y que tenía una bandera con una esvástica en su salón. Pero el músico los demandó y ganó el juicio. Lo de Macca fue algo más hilarante: cuando en 1968 publicaron «Hey Jude», la canción que Paul había escrito para el hijo de Lennon, el grupo tuvo la idea de pintar el nombre de la canción en el escaparate de la tienda de moda que tenían en Londres. «Pensamos que así la gente que pasase por la calle o en los coches se preguntaría qué era eso», explicaría McCartney años después. «Lo cierto es que la pintada tuvo el efecto contrario. Un día llamó un señor muy enfadado. Era judío y estaba muy cabreado. Pintar “Hola Judíos” en el escaparate de una tienda le recordó la época en que los comercios judíos eran señalados en Alemania. En los días de Hitler «Juden Raus» significaba «Judíos fuera» y yo no lo sabía, no sabía esa conexión y aquel señor estaba furioso, pensaba que nos estábamos riendo de los judíos. Le juré que no tenía nada que ver pero él me dijo que iba a mandar a su hijo a que nos diese una paliza. En ese momento me di cuenta que el título podía ofender a mucha gente».TOMADO DE:
 https://www.abc.es/cultura/musica/abci-extrana-pasion-nazi-john-lennon-201911291216_noticia.html?fbclid=IwAR0HFEzk3ncFmb7sELpSs8ZLn9I0fw8ZxCimNS8Es5uAHntJZX6qh8EB5ds#vca=rrss-inducido&vmc=abc-es&vso=fb&vli=noticia-foto

lunes, 18 de noviembre de 2019


La Esfera de Papel
Literatura

El día en que odiaron a Marcel Proust: viejo, esnob y de derechas


Thierry Laget escribe la historia del motín contra A la sombra de las muchachas en flor, criticada por ser la obra decadente, vana e incomprensible de un escritor vampiresco

Marcel Proust en 1900.
¿Cuánto hace que leímos En busca del tiempo perdido? ¿Cinco años, 15 años, 30 años? ¿Encontraremos alguna vez el momento de releerlo como nos prometimos entonces? Mientras buscan su tiempo, los lectores de Proust se conforman con coleccionar réplicas que mantengan viva la añoranza. Proust y España, Proust enamorado, Proust y la música, Proust y sus editores... Son algunos de los asuntos que han alimentado libros y ciclos durante los últimos años. Ahora, podemos sumar un tema más para la colección: Proust y la gente que odiaba a Proust. Los interesados pueden buscar en Proust, Premio Goncourt. Un motín literario, el libro de Thierry Laget que acaba de publicar Ediciones del Subsuelo.
Un resumen: en 1913, Por el camino de Swann fue candidato al premio Goncourt y sacó un voto. Luego llegó la guerra y luego, el Goncourt de diciembre 1919 (hace ahora un siglo), que tenía un favorito claro: Las cruces de madera, de Roland Dorgelès, era un conmovedor relato de trincheras, patriótico y noble. Tenía al público de su lado. Pero A la sombra de las muchachas en flor se coló en la fiesta, le quitó el premio a Dorgelès y media Francia enfureció. «Premian al viejo», escribió Louis Aragon: «Nunca imaginamos que un snob laborioso fuera a recibir ese premio».
¿Qué se le reprochaba a Proust? Todo. Se le reprochaba que escribiera mal, que escribiera sobre un mundo de refinamientos y naderías cuando Francia aún lloraba a sus muertos, que fuera rico y que fuera viejo (tenía 48 años). También se le reprochaba que le gustasen los hombres y le cargaban los pecados del jurado del Goncourt, en el que, es cierto, había algún personaje sospechoso.
La conclusión era sorprendente: Proust era el escritor de la derecha, representante de unos privilegios insoportables cuando Francia compartía el sufrimiento de la guerra.
¿Proust de derechas? El único recuerdo de política que queda de En busca del tiempo perdido es el caso Dreyfus, en el que Proust se alineaba con los progresistas. «En 1919, Proust era un desconocido; pocas personas sabían que había sido un ferviente dreyfusard. Como escribía en Le Figaro, que era el periódico de la burguesía conservadora, y como su principal apoyo para el premio fue Léon Daudet, que era editorialista de L'Action française, un diario monárquico, la gente imaginó que compartía esas ideas. Además, en su novela se vio la obra de un nostálgico del mundo aristocrático. Y, como su adversario estaba cercano a los socialistas, se inventó una especie de antagonismo político entre ellos: si Dorgelès era la izquierda, Proust sólo podía ser de derechas. La verdad es que Proust iba mucho más allá de estas oposiciones: describe un mundo entero en su complejidad y riqueza. ¿Dante, Cervantes, Shakespeare son de derechas o de izquierdas? ¿Tiene sentido esta pregunta para obras que abarcan siglos y dan testimonio de lo que es más profundo en la experiencia humana?».
Quién habla es Thierry Laget, el autor de Proust, Premio Goncourt. Un motín literario. Y en sus palabras deja caer que el verdadero motivo para desdeñar A la sombra de las muchachas en flor no es la política ni el esnobismo; el verdadero motivo es que el reto de leer a Proust es mucho y no todos están a la altura.
¿Estaba el lector de 1919 preparado para Proust? ¿Había libros que hubieran allanado el camino? «Yo no creo que la lectura de Proust sea difícil, ni en 1919 ni en 2019. Lo difícil es encontrar el tiempo para aprender a caminar al ritmo de la narración. En cuanto tenemos el ritmo correcto todo es extraordinariamente fácil y grato. La única dificultad para los lectores de 1919 era que solo tenían dos de las siete novelas de En busca del tiempo perdido y podía haber confusión ante un libro que parece no tener intriga ni construcción».
¿Entonces, por qué la incomprensión? «¿Era posible entender, en ese momento, la novedad radical de una novela así, que envuelve todo lo real, desde el amor hasta la música, desde la homosexualidad hasta la muerte? La Academia Goncourt supo hacerlo. Pero el propio Proust adivinó las dificultades que tendría que superar. Dijo: 'De vez en cuando, llega un escritor nuevo y original [...] Este nuevo escritor suele ser fatigoso de leer y difícil de entender porque ve las cosas a través de nuevas relaciones'».
Proust es un personaje casi cómico en el libro de Laget. Sus enemigos lo caracterizan como a un vampiro que, en vez de sangre, bebe leche en sus fantasmagóricas salidas nocturnas. Para algunos es tan millonario como un Rotschild; para otros está arruinado y vive patéticamente. Él mismo es ingenuamente vanidoso y se presta al juego con torpeza. Recibe a los peores periodistas de París en su apartamento y queda como un idiota en sus crónicas. «Es cierto que Proust buscó la gloria con una aspiración casi infantil. Pero él era consciente del valor de lo que había escrito y deseaba una recompensa pública por los años de trabajo y soledad. Los actores y los cantantes de ópera saludan al final de la actuación: el público los aplaude. Los escritores no suelen tener ese honor. Y a veces se lo merecen».
Sólo falta preguntar por Dorgelès, el Salieri de esta historia. «Las cruces de madera es una de las novelas francesas más bellas sobre la guerra de 1914. Es el testimonio de un periodista, conmovedor y muy humano, pero no es el trabajo de un escritor que forja su lenguaje. Si no hubiera encontrado a Proust en su camino, habría tenido el Goncourt en 1919 pero no creo que estuviésemos hablando de él ahora».
 TOMADO DE:
 https://www.elmundo.es/cultura/laesferadepapel/2019/11/18/5dcc378bfdddff36b98b466f.html